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domingo, 7 de diciembre de 2014

OTRA VEZ EL FEDERALISMO


Desde que se restauró la democracia en España, el federalismo en el PSOE ha sido como el Guadiana: aparece y desaparece cuando menos lo esperas. Cuando el PSOE tiene responsabilidades de Gobierno a nivel nacional, dicha forma de organización política pervivirá en su subconsciente, pero la elimina totalmente de su discurso. Y cuando las circunstancias les llevan otra vez a ejercer labores de oposición, los socialistas españoles comienzan nuevamente a pedir la reforma urgente de nuestra Constitución. Tratan de implantar a toda costa un sistema político más descentralizado y plenamente homologable con los Estados federales de nuestro entorno.
     Al perder las elecciones de noviembre de 2011, el PSOE volvió a rescatar el discurso federalista, discurso que se agudizó aún más con el aterrizaje de Pedro Sánchez en Ferraz, como secretario general de este partido político. A partir de entonces,  no hay socialista español que, cuando tiene a su alcance un micrófono, no acuse a Mariano Rajoy de inmovilista y que no reclame seguidamente la reforma de la Constitución para instaurar, cómo no, un Estado federal. Actúan todos ellos como si hubiera habido alguna consigna generalizada para defender todos sin excepción ese nuevo  proyecto de país.
     Aunque pasen largas temporadas sin acordarse del federalismo, los socialistas en España siempre han tenido una querencia muy especial por este sistema político y también por la República. Hay que tener en cuenta que el PSOE fue fundado en mayo de 1879, apenas cinco años después del fracaso solemne de la Primera República Española. Y que fue precisamente esta República la que, copiando el modelo político de los Estados Unidos de América, redactó en 1873 una nueva Constitución federal, que no llegó a aprobarse, porque varios territorios y cantones, aprovechando las circunstancias, declararon unilateralmente su independencia. Quizás haya sido este el motivo de que el PSOE eligiera entonces al republicanismo y al federalismo como una de sus principales señas de identidad.
     En el sistema federalista, las funciones del gobierno están siempre repartidas entre los diversos Estados que se hayan asociado y que delegan algunas competencias a otro organismo superior o Estado Federal central, que es a quien corresponde realmente la soberanía. El federalismo será simétrico si todos los territorios asociados comparten los mismos poderes y las mismas competencias. Y será asimétrico cuando alguno de esos territorios federados tenga más atribuciones o más poder jurisdiccional que otros. España, por ejemplo, se comporta como un Estado federal asimétrico, ya que Navarra y el País Vasco tienen más competencias en materia fiscal, que el resto de las Autonomías.
     El sistema autonómico que rige en España desde 1978 se comporta objetivamente del mismo modo que un Estado Federal. En realidad, lo único que cambia son los nombres. En España, el Estado central, en vez de ser un Estado federal, es un Estado autonómico, y las entidades que lo forman, en vez de llamarse Estados federados, se llaman Comunidades Autónomas. Tenemos, si se quiere, otra pequeña diferencia, ya que los Estados federados tienen todos su Constitución propia, mientras  que  en las Comunidades Autónomas rigen los Estatutos de Autonomía. Pero desde un punto de vista estrictamente jurídico, los dos sistemas ofrecen más o menos, las mismas prestaciones. Aunque es muy posible que el Estado federal preserve mejor la unidad territorial y la igualdad entre los ciudadanos que  el Estado autonómico.

martes, 5 de octubre de 2010

DE VUELTA A LA BARBARIE SINDICAL

La huelga del pasado día 29 de septiembre nos demuestra fehacientemente que la izquierda española, y todos los progresistas de boquilla que pululan por ahí, han perdido el norte y se han reinstalado en el marxismo más arcaico y terrible de la égida bolchevique y estalinista. Como nuevos chequistas o talibanes trasplantados a España, se dedican nuevamente a ejercer la violencia y a estigmatizar a todos aquellos que se atreven a disentir, de manera atrevida, de lo que opinan las trasnochadas cúpulas sindicales y el Gobierno socialista. Quieren cerrar el paso a cuantos decididamente se empeñan en caminar por libre y no hacer caso a las recomendaciones emanadas de los aledaños del poder.
No se muy bien si pretenden devolvernos a los gloriosos umbrales de la filosofía griega, donde predominaba el mito que, en realidad, no es otra cosa que la fe del vulgo, época en la que prevalecía la credibilidad simplona y se aceptaba ciega e irreflexivamente todo lo que viniera del divino oráculo. Pues muchos de los acólitos de Zapatero parecen estar sumidos frecuentemente en estado de éxtasis frenético, como la pitia o la pitonisa de turno. O puede ser que quieran retrotraernos a tiempos más cercanos, aunque más aciagos y convulsos, como los de La Segunda República Española. En tiempos de esta República, sus homónimos políticos gozaban de patente de corso y, como buenos estalinistas, practicaban sin trabas el terror y la violencia más extrema e irracional.
Nos espera un futuro económico muy gris. Es más, con Zapatero en La Moncloa, apoyado por Cándido Méndez y Fernández Toxo, no hay futuro posible para los españoles. Llevamos ya siete años que, en vez de acercarnos, nos alejamos cada vez más del nivel de vida de los países más ricos de nuestro entorno. Ahora ya no competimos más que con aquellos países que, por su estilo de vida, se parecen mucho a los pueblos que llamamos tercermundistas. Y menos mal que ya hay muchos españoles que están abriendo los ojos y cerrando sus oídos a los cantos de sirena del neo socialismo que nos invade. La prueba la tenemos en la última manifestación en Madrid del 1 de mayo, a la que no asistieron ni todos los liberados sindicales de la capital, y en el resultado de la pasada huelga general del 29 de setiembre. Eran muchas las personas que, a pie de calle, renegaban de la huelga y de los piquetes que, con inusitada violencia, impedían a mucha gente desarrollar normalmente su actividad laboral.
Es evidente que la huelga general fue un tremendo fracaso para los sindicatos y para el Gobierno. Como era de esperar, todo quedó en un lamentable y deprimente espectáculo. Organizan esta mascarada prácticamente por entregas y de común acuerdo entre los sindicatos mayoritarios y el Gobierno. Tanto UGT como CC.OO., que han perdido totalmente su credibilidad por su apoyo irracional al Gobierno, pretenden recobrarla ahora paralizando al país con ese acto de fuerza. Con la huelga general, que financia el propio Gobierno, buscan desesperada, pero inútilmente lavar su cara ante esos trabajadores que cada vez les dan más la espalda. José Luis Rodríguez Zapatero quiere también aprovechar la circunstancia para simular ante los demás miembros de la Comunidad Europea que tiene graves problemas con los sindicatos por culpa de la Ley de Reforma Laboral aprobada.
Queda muy claro que, en esta aparente refriega, los sindicatos y el Gobierno han buscado siempre el empate, huyendo ambos de todo intento de hacerse sangre mutuamente. También es patente que, ni Cándido Méndez, ni Ignacio Fernández Toxo, han sido capaces de restañar sus heridas con los trabajadores, ya que en ningún momento han puesto fin a esa ya larga y absurda complicidad con la política económica del Gobierno, tan desastrosa para el mundo del trabajo. Las declaraciones de Rodríguez Zapatero, anunciando la continuidad del diálogo con los sindicatos y el beso que se dan después de la huelga María Teresa Fernández de la Vega y Cándido Méndez, lo confirman ampliamente. Hasta la posterior guerra de porcentajes entre Gobierno y Sindicatos se ha hecho con desgana y ha resultado totalmente irrelevante.
Conscientes los líderes sindicales de UGT y CC.OO. de su escaso predicamento ante el mundo laboral, y para no quedar con todas sus vergüenzas al aire, recurren al uso de la violencia. Se dejan llevar por su inveterado sectarismo ideológico y acuden sin remordimiento alguno al juego sucio sindical. Necesitaban apremiantemente paralizar Madrid y conseguir un seguimiento aceptable de la huelga. De ahí la utilización profusa de piquetes, llamados informativos, que no son más que un despreciable ejército de mastuerzos armados con toda clase de objetos contundentes, dispuestos a doblegar como sea la voluntad de los que querían trabajar. En todas las huelgas generales aparece ese vandalismo coactivo, que yo no sé por qué, pero forma parte de la idiosincrasia de los sindicatos de clase. Lo que sí es cierto que en ninguna otra huelga alcanzó un protagonismo tan alto y una extensión tan desmesurada como en esta.
Esta huelga pasará a la historia como la más violenta de todas. Con la ausencia de policía de todos los centros neurálgicos de transporte, se facilito considerablemente la labor coactiva de los piquetes. A pesar de la inusitada violencia desplegada por estos grupos vandálicos, el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, se mantuvo constantemente al margen de la misma. Renunció voluntariamente al cumplimiento de su deber como ministro, dejando que se conculcara el derecho a trabajar de muchos ciudadanos, para no desagradar a los sindicatos. No quiso limitar la capacidad saboteadora de estos cafres violentos, para no desperdiciar futuros apoyos y mantener así intactas todas sus posibilidades de suceder al ya quemado presidente del Gobierno. Es la meta que, al parecer, se ha fijado últimamente. Le falta honestidad y le sobra ambición política.

Gijón, 3 de octubre de 2010

José Luis Valladares Fernández