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viernes, 17 de febrero de 2012

LOS CLANES EN LOS PARTIDOS POLÍTICOS

Los socialistas españoles han perdido una buena ocasión para remendar los rotos que les ha dejado Rodríguez Zapatero en su paso por la Secretaria General del partido y, sobre todo con su desastrosa gestión al frente del Gobierno. En la pasada cita de Sevilla, se olvidaron por completo de las severas derrotas cosechadas, tanto en las elecciones locales de mayo como en las generales de noviembre. Ambos candidatos nos prometieron reiteradamente, durante la preparación del Congreso, que en el mismo habría un interesante debate ideológico. Dieron a entender que, cada aspirante a secretario general,  expondría a la consideración de los delegados el modelo de partido que quería, y que analizarían, por supuesto, los motivos del desastre electoral y el monumental fracaso cosechado al frente del Ejecutivo.
Pero nada de esto ocurrió. Ni hubo “debate sobre ideas”, ni nada por el estilo. Todo se redujo a un enfrentamiento personal entre Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón, buscando cada uno de ellos  el apoyo del mayor número posible de delegados. En semejante lucha, Chacón llevaba las de perder. Su contendiente partía con la ventaja de disponer de cartas marcadas para la partida. Desde sus tiempos como todopoderoso vicepresidente del Gobierno, Rubalcaba se convirtió en la cabeza visible del clan que maneja a su antojo todo el aparato del partido socialista.
Es cierto que Carme Chacón supo calentar el ambiente mejor que Rubalcaba. Su discurso carecía de contenido, pero su tono mitinero y excesivamente repetitivo, siguiendo quizás pautas marcadas por el publicista Miguel Barroso, cosechó bastantes más aplausos que el de su oponente. Contaba además, según todos los indicios, con el apoyo de las dos principales agrupaciones socialistas, la andaluza con José Antonio Griñán a la cabeza y la catalana por pura lógica. Así que, en vista del aparente entusiasmo manifestado por los delegados en cada una de las intervenciones de la ex ministra de Defensa y las promesas previas de andaluces y catalanes, se vio ya investida Secretaria General del PSOE.
 Tan segura estaba Carme Chacón de su victoria, que se la vino el mundo encima con los resultados de la votación. Se sintió inmisericordemente  traicionada y vejada por muchos de los que habían prometido su apoyo. Su conmoción fue tal que, llena de rabia, tuvo que retirarse a su habitación para llorar desconsoladamente su fracaso. Pecó de incauta al presentarse por su cuenta y minusvalorar el extraordinario poder de los clanes que luchan para hacerse con el aparato que corta y raja en el partido. Y por si fuera poco el no contar con el paraguas protector de alguno de los  grupos dominantes, va y proclama en su discurso que hay “mucho PSOE por hacer”, dando así a entender que proyecta emprender algo nuevo y diferente.
No es de extrañar que, ante tal proclama, muchos delegados hayan reconsiderado su promesa inicial, sobre todo los de la vieja guardia. Como quieren seguir saliendo en la foto, procuran estar siempre con el aparato que, como si fuera un lobby poderoso, hace y deshace en el partido a su antojo. De ahí que la mayor parte de los aplausos fueran para Carme Chacón y los votos se los llevara mayoritariamente Alfredo Pérez Rubalcaba. Los Congresos de cualquier partido, al final, los gana siempre el que quiere el aparato. Y por lo que parece, el aparato está con Rubalcaba. En este caso concreto, si se hubiera elegido secretario general en unas Primarias, probablemente la ganadora hubiera sido Chacón. Pero aquí se utilizó un Congreso.
Es por eso que  Rubalcaba, sabedor de que Carme Chacón le hubiera ganado muy posiblemente en las Primarias previstas para designar candidato a la Presidencia del Gobierno, la apartara de las mismas sin el menor recato para quedar él como “único” aspirante, que es tanto como ser elegido a dedo. Los partidos políticos en España huyen todos de las Primarias como de la peste, y más si estas son totalmente abiertas. Tienen un terrible miedo a la libertad. Por eso prefieren la vieja práctica de los Congresos, ya que es más fácil controlar el proceso desde el aparato con los tradicionales delegados o compromisarios.
Y aunque el miedo guarda la viña, ha habido algún que otro osado que se atrevió a apoyar a Carme Chacón, más que por beneficiar a esta, para evitar la elección de Rubalcaba, ya que no comulgaban plenamente con él. Su audacia ya tuvo consecuencias. Como el que manda,  manda, a excepción de Griñán, los demás ya han sido relegados y confinados en el frio invierno de una dura oposición interna en el seno del partido. Y no valen ni los servicios prestados anteriormente. Quien se equivoca de  candidato en el PSOE, puede darse por perdido. Igual da que sea el inoportuno Tomás Gómez, que casi nunca acierta,  o la planetaria y polivalente Leire Pajín, o cualquier otro. Por su audacia, serán enviados inapelablemente a las tinieblas exteriores.
Quien echa un pulso a uno de  estos grupos dominantes que operan en los partidos políticos, lleva siempre las de perder, sobre todo si se trata del clan que se ha impuesto a los demás y maneja el aparato. Y no te digo nada si el que está al frente del mismo es Alfredo Pérez Rubalcaba. La existencia de semejantes clanes ha impedido la democratización interna de los partidos, ya que toda su labor se centra en el debate por el poder, sin que quede tiempo para otras discusiones. Semejante lucha por el poder termina siendo una trampa saducea que conduce inevitablemente a que los partidos políticos acaben siendo casi siempre dirigidos por los intereses particulares  de unas pocas personas y no por todos los afiliados del mismo.
Y este no es un pecado que afecte exclusivamente al PSOE. Adolecen  todos ellos del mismo mal, los partidos políticos grandes y hasta los más pequeños. Son lacras  manifiestas que enturbian lamentablemente el devenir diario de las distintas formaciones políticas. Son tres o cuatro los que, a través de un clan,  manejan a su antojo el partido. Se rodean siempre, eso sí, de personas afines, no precisamente las más válidas, sino más bien las obedientes, las que adulan  continuamente  al líder y exaltan de manera desmedida sus virtudes. Completan ese grupo afortunado con viejas glorias del pasado, que se han vuelto extremadamente dóciles para seguir ocupando puestos de salida en las listas electorales, aunque no sean ya más que  antiguos figurones hoy perfectamente inútiles.
Todo esto indica que los partidos políticos aún no han sido capaces de democratizarse, puesto que son siempre los mismos los que acceden a los puestos disponibles. No hay sitio en esas listas para gente nueva que aporte ideas. Es muy difícil hacerse un hueco en ese grupo de elegidos si no hay de por medio una auténtica catástrofe electoral, o una rendición incondicional al clan que maneja a su antojo los distintos resortes del partido. Aunque, por lo que vemos, en el PSOE no es suficiente la debacle electoral. Hace falta algo más para barrer de la escena  a los responsables de la mayor derrota de su historia. Rubalcaba es extraordinariamente duro y, de momento, ni un terremoto es capaz de apartarlo del poder. Carme Chacón por lo menos, no; demostró estar aún demasiado verde. 
Gijón, 11 de febrero de 2012
José Luis Valladares Fernández

lunes, 14 de noviembre de 2011

ASÍ ES EL CANDIDATO RUBALCABA

El tan esperado debate entre los candidatos a la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba, no creo que tenga  reflejo alguno en las encuestas, ni que pueda servir para modificar la intención de voto de los ciudadanos. Pero ha servido, eso sí, para saber ciertamente  quién es Rubalcaba y lo que puede dar de sí. Hasta ahora, a pesar de tratarse de un hombre público nada menos que desde 1992, era un perfecto desconocido hasta para muchos de sus más directos colaboradores. Estamos ante  un personaje sumamente complicado, muy calculador y distante, que disfruta como nadie manipulando la realidad social y política y ejerciendo un enorme  poder a través de terceras personas.  Pero siempre, eso sí, sin dar directamente la cara.

Detrás de todas y cada una de las acciones ejecutadas por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, se adivina la malévola mano y la rúbrica de Rubalcaba. Ninguno de los demás miembros del Ejecutivo se atrevió jamás a discutirle su poder de decisión, aunque a veces lo ejercía desproporcionadamente tanto en el Gobierno como dentro del propio partido socialista. Fue él el que impuso su nombramiento como único candidato a la Presidencia del Gobierno, obviando el tan traído y llevado como impredecible sistema de elecciones primarias. Quizás no pensó detenidamente que, para aspirar a la Presidencia del Gobierno, tenía que salir de detrás de las bambalinas, actuar a cara descubierta y comenzar a ser otro Rubalcaba.

Y sin pensar demasiado en los riesgos que corría, Pérez Rubalcaba se lanzó a la arena dispuesto a la lucha política en vivo y en directo para ejercer por sí mismo el poder y no a través de personas interpuestas. Desde ese momento, se dedicó a preparar un programa electoral que, según dijo, servirá “para ganar y gobernar”. Estaba plenamente convencido de que su partido sería "capaz de recuperar la confianza" de la mayoría  ciudadana, para  así "construir una España distinta y mejor”, según su interesada apreciación.  Y con aires de profesor de otra época,  comienza a explicar que hay dos categorías de políticos: los que buscan la bronca y la crispación cuando hay dificultades y los más sensatos que se dedican afanosamente a buscar soluciones. Pérez Rubalcaba, claro está, se incluye entre estos últimos.

Como por otra parte, según dice, sus ambiciones y proyectos son plenamente coincidentes con la mayoría ciudadana, pensaba que le resultaría fácil “conectar” con la sociedad y dar lugar al denominado “efecto Rubalcaba”, provocando así ese ansiado vuelco en las encuestas. De ahí que, olvidándose de lo que realmente han hecho desde el Gobierno, comenzara de inmediato con su torpe cantinela de que tiene la solución para dar paso a una economía sana y competitiva, con garantías de futuro y, por consiguiente, para crear empleo. Y por si esto fuera poco, se compromete firmemente a reforzar la igualdad de oportunidades y, faltaría más, a poner en marcha las distintas reformas democráticas que piden los ciudadanos.

Comenzaron los mítines y con ellos llegó la desilusión. Se desmoralizaron los suyos porque, a la vista de los resultados, el “efecto Rubalcaba” parecía cada vez más inalcanzable. Se desalentó el propio Rubalcaba al constatar lo difícil que resultaba sintonizar con la audiencia. Se dio cuenta, aunque demasiado tarde, que no era tan fácil como esperaba. Y es que resulta harto difícil vender que uno sabe cómo salir de la crisis económica y cómo crear empleo, si no solucionó el problema cuando pudo hacerlo personalmente mientras ocupo un puesto relevante en el Gobierno. Los ciudadanos piensan, siendo extremadamente benévolos, o  que esas medidas no valen o que Rubalcaba no sabe aplicarlas. Y esto sin contar que, de alguna manera, ha estado involucrado en todos los asuntos turbios que, desde 1982, han afectado al PSOE,  como es el caso de los GAL, las negociaciones con ETA y, para rematar, el chivatazo del bar Faisán.

Que descomponga palpablemente su figura y se muestre crispado, balbuceante y agresivo, cuando está en el centro del escenario y le enfocan las cámaras,  demuestra palpablemente que ha perdido hasta la confianza en sí mismo. De ahí que busque desesperadamente una mano amiga que le ayude a salir del atolladero. No le vale José Luis Rodríguez Zapatero, ya que actualmente o es un apestado político o un cadáver ambulante,  y le haría aún bastante más daño. Por eso decide renovarse acudiendo a un pasado remoto, sin pensar que eso pueda ser un simple disparate o el origen de un mayor desastre.  Así que acude al baúl de los recuerdos y rescata a dos viejas momias, Alfonso Guerra y Felipe González, no se si con la sana intención de no naufragar o para bajar aún más en las encuestas.

Piensa Rubalcaba que es muy posible que los votantes se hayan olvidado ya de las graves implicaciones de Guerra y de González en aquellos famosos casos de corrupción y en el terrorismo de Estado. Pero es difícil que los ciudadanos, a pesar del tiempo transcurrido, se olviden de  Filesa, Malesa, Time Sport, el BOE y del cargo de “conseguidor” de Juan Guerra. Tampoco es posible olvidarse de los GAL y de los fondos reservados. Tanto Felipe González como Alfonso Guerra simulan estar ellos limpios de toda culpa y despotrican ardorosamente contra el Partido Popular y, sobre todo, contra Mariano Rajoy.

El protagonista en el mitin de Dos Hermanas fue Alfonso Guerra y, como en sus mejores tiempos, no dejó títere con cabeza. La emprendió contra los banqueros, los obispos y hasta contra los guerrilleros de Cristo Rey. Felipe González tampoco se queda atrás. Se emplea con tanto ardor, que hay veces que parece ser él el candidato. Afirma que los demás no saben  qué es “lo que hay que hacer” y pide sin más el voto a los “cabreados” para impedir que los especuladores no se adueñen de España. Tanto Guerra como Felipe González señalan que ha sido Rubalcaba el que ha puesto punto final al terrorismo de ETA, como si esta banda criminal  hubiera entregado ya las armas y se hubiera disuelto definitivamente.

El discurso de Alfredo Pérez Rubalcaba, por el contrario, es un tanto displicente, demasiado desdibujado, como si hubiera perdido la confianza en sí mismo y en los votantes de la izquierda. Por eso repite constantemente, de manera un tanto cansina, que de momento son los mercados financieros los que van ganando la batalla a los ciudadanos, pero aún así no está todo perdido y que es factible invertir esa situación con los votos. "Nunca han sido tan importantes los votos. Nunca ha sido tan importante la política para parar esta marea”. Dice además que ir a votar el próximo día 20 es "más importante que nunca" para mantener el Estado del bienestar. Son los votos los que hacen “definitivamente iguales” a los ciudadanos y los que, por otra parte, construyen hospitales y escuelas.

Aunque sin mucha convicción, Rubalcaba culpa a la derecha de la crisis económica que padecemos y repite machaconamente que ésta “no es nuestra crisis. Esta es la crisis de la derecha”. Pero que la derecha no se siente responsable de nada y que lo único que defiende, es nuestro derecho a arruinarnos. Desde que saltó a la palestra como candidato,  sigue con su ya gastado mantra de que el Partido Popular se presenta a las elecciones con un programa oculto o, por lo menos, con un programa “calculadamente ambiguo” para ocultar sus aviesas intenciones de recortar las prestaciones por desempleo, privatizar ciertos servicios sanitarios y primar la educación privada a costa de la educación pública.

A estas alturas de la política y después de lo que ha dado de sí la torpe actuación del Gobierno del que ha sido vicepresidente, sigue reiterando que gastará dinero público para abaratar la contratación de nuevos trabajadores. Para que estas subvenciones no aumenten aún más el ya elevado déficit, anuncia una medida un tanto demagógica, pero que sabe que va a ser aplaudida por la izquierda: impondrá unos impuestos especiales a los grandes patrimonios y a los más ricos y establecerá una nueva tasa para obligar a las entidades bancarias a destinar parte de sus beneficios a crear empleo. Para completar el cuadro, pedirá a la Unión Europea que retrase dos años los planes de ajuste fiscal para que la austeridad en el gasto público no siga frenando el crecimiento.

Está claro que Alfredo Pérez Rubalcaba aún   no se ha enterado de la fiesta, ya que sigue insistiendo en aplicar la política de gastos y de endeudamiento que puso en marcha el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero. Y una de dos, o cambiamos radicalmente esa política suicida que aplican los socialistas o terminamos, por la vía rápida, acompañando a los griegos en su inevitable camino hacia la quiebra segura y la miseria más absoluta. Y para que no falte nada y a pesar de las evidencias, nos dice ahora que su modelo de política y de presupuestos es precisamente el desarrollado por José Antonio Griñán en Andalucía. No se cómo puede decir esto, sabiendo que esa política ha llevado a la Comunidad andaluza a superar el 30% de paro.

La inconsistencia de Rubalcaba quedó prácticamente al descubierto en el pasado debate con Rajoy, donde se comportó como un inexperto y torpe becario. En vez de explicar su programa, malgastó miserablemente el tiempo con sus acostumbradas marrullerías, preguntando y repreguntando por aspectos secundarios del programa electoral del Partido Popular. Aunque los datos cantan y evidencian un peligro manifiesto de seguir el camino de los griegos, Rubalcaba sigue con su rancio discurso. Y termina sus peroratas electorales repitiendo, una y otra vez, su eslogan de campaña: “Pelea por lo que quieres”. Claro que, en vista de que los responsables del PSOE no son precisamente “parias de la Tierra”, sería bastante más acertado sustituir ese eslogan por este otro: “Pelea por lo que tienes”, la poltrona, el coche oficial y otras muchas prebendas.

Gijón, 14 de noviembre de 2011

José Luis Valladares Fernández

sábado, 5 de noviembre de 2011

ESTE NO ES RUBALCABA, NOS LE HAN CAMBIADO

Son muy pocos los políticos que se mantienen tantos años en la primera línea de actuación como Alfredo Pérez Rubalcaba. Comenzó su carrera con Felipe González y, desde entonces, hasta su nominación como candidato para suceder a José Luis Rodríguez Zapatero,  ha estado siempre detrás  de las decisiones importantes que ha tomado su partido, tanto desde el Gobierno como desde la oposición. Pero eso sí, nunca en primera persona, siempre desde la sombra, desde detrás de la barrera. Nunca quiso dar la cara. Durante todo ese periodo, vivió voluntariamente recluido en las cloacas del Estado, desde donde conspiraba con plena libertad, organizaba cacerías mediáticas contra la oposición  y escuchaba, sobre todo escuchaba, lo que le ayudaba a elaborar amplios y comprometedores dosieres para poder chantajear y controlar debidamente a los de casa y a los de fuera de casa.
De este modo, desde que se supo que tenía acceso abierto a los datos suministrados oportunamente por el famoso y temido Sistema Integrado de Interceptación Telefónica (SITEL), Rubalcaba  pasó a ser un personaje temido hasta por sus propios compañeros. Ese temor venía también avalado porque, a lo largo de su carrera política, ha dado  muestras más que sobradas de falta de escrúpulos para salir de cualquier situación comprometida, incluso sin guardar ni la más mínima apariencia de legalidad.  Es muy posible que los socialistas se vieran afectados por algo muy similar al síndrome de Estocolmo, pues muy pronto ese recelo y ese miedo a Rubalcaba  terminó transformándose inesperadamente en sincera veneración.
Creció tan desmesuradamente su fama de hombre de talento que, en muy breve tiempo, se disparó su popularidad y su reputación, hasta límites insospechados. La admiración llegó a tal extremo que José Antonio Griñán, y después  todos los socialistas, copiando el apelativo dado por el pueblo chino a su líder Mao Tse-Tung, comenzaron a ver en Rubalcaba al “gran timonel” que necesitaban para salvarse de una más que previsible quema política. Si Rubalcaba estaba tan lleno de recursos como parecía y disponía de una capacidad tan extraordinaria de trabajo, nadie como  él para levantar nuevamente el vuelo y aspirar con cierta garantía a ocupar la presidencia del Gobierno.
Todas las encuestas vaticinan un fracaso sonoro, pero esperan que, dada la valía del candidato, el “efecto Rubalcaba” obre el milagro y puedan salir victoriosos en las próximas elecciones. Como creen en las posibilidades de Rubalcaba, abrieron la precampaña plenamente eufóricos y esperanzados. De ahí que, para su presentación en Sevilla como candidato siendo aún vicepresidente primero del Gobierno y ministro de Interior, el andaluz José Antonio Griñán preparara un discurso laudatorio y sumamente optimista, en el que, interpretando el sentir de todos los socialistas, exclamó exultante: "Nos sentimos muy bien liderados por Alfredo".
Pero no es lo mismo trabajar a plena luz del día y  a la vista de todos, que hacerlo protegido por la obscuridad, en lo más hondo de las  sentinas del Estado, sin más testigos que unos pocos  colaboradores muy íntimos. Pero el guión de la película exigía que Alfredo Pérez Rubalcaba saliera a la superficie y preparara su asalto a la presidencia del Gobierno con luz y taquígrafos y convenientemente controlado por los medios de comunicación. Y claro, la luz de los focos nos ha demostrado que Rubalcaba no es el Rubalcaba que presumíamos, que es un Rubalcaba bastante más gris y prosaico y más limitado de lo que nos hicieron creer.
Pensaba Rubalcaba que todo era Jauja y hasta llegó a convencerse a sí mismo que él era todo un fuera de serie. Así que, con dedicarse a fondo en  la campaña, piensa que será suficiente para invertir la tendencia de las encuestas y hacer que éstas, al final, le sean claramente favorables. Muy seguro de sus posibilidades, señala que se siente orgulloso de su pasado y, sobre todo, de haber formado parte  del Gobierno de Felipe González y también, como no, de los de José Luis Rodríguez Zapatero. Se presenta como regenerador de la política y, por eso,  hace su primer llamamiento a la regeneración y a la honestidad. Convencido de que va a ganar, promete una campaña limpia, libre,  sin crispación alguna y, como es natural, sin insultos y sin el habitual juego sucio.
Quiere comenzar su actuación, ganándose primero la confianza de las bases del partido. Para ello, organiza detalladamente toda una serie de visitas a las agrupaciones y federaciones socialistas más importantes de España. Para coger fuerza y ser más convincente, quiere  empaparse de “la fuerza del sur”. De ahí que inicie intencionadamente su andadura electoral por Andalucía. Es en la capital andaluza, en Sevilla, donde tiene un primer encuentro con más de mil enfervorizados militantes socialistas. Fue una reunión a puerta cerrada porque Rubalcaba, más que hablar, quería escuchar a los militantes para enterarse de sus preocupaciones e inquietudes. Y para que los afiliados se expresaran  con “más facilidad y libertad”, nada mejor que celebrar el acto a puerta cerrada. De la reflexión provocada por estas manifestaciones libres de los militantes, esperaba que naciera un proyecto político sumamente útil para recuperar la confianza de los españoles en las próximas elecciones generales. Este formato de reuniones se fue repitiendo a lo largo y ancho de la geografía española.
Entre tanto, llegó la Conferencia Política que el PSOE celebró entre los días 30 de septiembre y 2 de octubre, donde Rubalcaba fue nombrado oficialmente candidato a la presidencia del Gobierno. En dicha Conferencia fueron perfilándose varias resoluciones programáticas de carácter ideológico que los barones del partido consideraron idóneas para confrontar ideas y propuestas con el Partido Popular. Si todos los dirigentes que asistían al cónclave estaban plenamente convencidos de la solidez política de Rubalcaba y de su liderazgo, se entusiasmaron con él cuando al final del discurso de clausura dijo solemnemente: "Yo no me voy a dejar ganar, ni vosotros os vais a dejar ganar. Lo podemos conseguir". Fue una despedida apoteósica y llena de los mejores augurios.
Comenzaron los mítines de precampaña aquí y allí con Alfredo Pérez Rubalcaba como protagonista y, aunque ponía todo su entusiasmo, no lograba cautivar emocionalmente al público asistente. Le falta  esa habilidad innata o empatía que tienen otros para comunicarse con la audiencia, infiriendo hábilmente en sus pensamientos y sentimientos. Se da cuenta ahora de que actuar a cara descubierta y bajo la luz de los focos tiene más riesgos de lo que pensaba. Te adivinan lo que hay detrás de los simples gestos y del tono de tus palabras. Por si fuera esto poco, hay algo más que entorpece peligrosamente su camino hacia La Moncloa: el apellido de Rubalcaba. Y es que el apellido de Rubalcaba es indisociable de los GAL y hasta de la cal viva y de la corrupción organizada. Pesa también sobre él el famoso chivatazo policial que impidió desmantelar la trama de extorsión de ETA que operaba desde el bar Faisán. Tampoco se olvida fácilmente que Rubalcaba ha estado siempre detrás de la negociación policial con la banda terrorista.
Los responsables de su nominación como candidato, al ver que el esperado “efecto Rubalcaba”  resultó ser un espejismo y que no había señal alguna de recuperación en las encuestas, comenzaron  a desmoralizarse. Hasta Alfredo Pérez Rubalcaba ha perdido ya el entusiasmo de los primeros días. Tanto el PSOE como el propio Rubalcaba ya no hablan de ganar las elecciones. Se conforman simplemente con un resultado  digno. Como hasta esto peligra,  desempolvan otra vez la lucha de clases y la trasnochada retórica de ricos y pobres. Cambian hasta el escenario donde actúan,  sustituyendo el color rojo de fondo por el azul y borrando del mapa hasta el tradicional logotipo del PSOE. Y como Zapatero ha pasado a ser un apestado incómodo, piden su ayuda a un viejo fantasma del pasado, a Felipe González. Y aún así se atreven a hablar de renovación socialista y de la puesta en marcha de un nuevo liderazgo.
Con el nerviosismo lógico por los malos augurios, se desata la caza de brujas y Rubalcaba y compañeros mártires se dedican ahora a agitar el miedo al regreso de la derecha porque tan pronto llegue, según dicen, desguazará sin más el Estado del bienestar. Piden desvergonzadamente a los suyos que traten de “quitar la careta” al Partido Popular para evitar que hagan esa privatización encubierta de la sanidad con la torpe excusa de la crisis. La sanidad, según afirma Rubalcaba, "es una de las pocas cosas sagradas e intocables para los españoles. Vamos a hacer bandera de la sanidad pública. No voy a firmar nada que debilite nuestro sistema público de salud. Y nada es nada". Y afirma con todo descaro que la derecha pretende “sacar a los jóvenes que enferman poco a la sanidad privada y dejar a los mayores que enferman más en la pública” para así “acabar con la sanidad pública",
En su ayuda, faltaría más,  el candidato Rubalcaba busca la complicidad de los indignados a los que dijo que los socialistas "estamos con los que quieren que gobiernen el mundo las instituciones democráticas y no las instancias económicas". Promete solemnemente "acorralar el gran fraude fiscal y acabar con él en la próxima legislatura", poniendo coto a la evasión y a los paraísos fiscales. Olvidándose del gran recorte social que hizo este Gobierno, siendo él vicepresidente primero del mismo, insiste en que no habrá subida de impuestos "para las clases medias ni para los trabajadores". Y sigue con sus afirmaciones gratuitas: "Estaremos al lado de los parados con la protección por desempleo, garantizaremos la escuela para sus hijos, tendrán hospital si se ponen enfermos y siempre, siempre, tendrán una pensión". La experiencia nos dice todo lo contrario. Si es cierto, sin embargo, que si mantenemos a los socialistas al frente del Gobierno, corremos el serio riesgo de que termine por no haber dinero ni para pagar las pensiones.

Gijón, 27 de octubre de 2011

José Luis Valladares Fernández

domingo, 9 de octubre de 2011

EL PROBLEMA NO ESTÁ EN LOS RECORTES

El inicio del curso escolar en septiembre de 2011 está resultando especialmente conflictivo en alguna de las autonomías donde gobierna el Partido Popular. En Galicia, Castilla-La Mancha y sobre todo en Madrid, un buen número de profesores se ha echado a la calle para protestar ruidosamente, por lo que consideran un recorte inadmisible en educación. Se trata en realidad de un simple aumento de las horas lectivas de los profesores, pasando de las 18 habituales a las 20 horas semanales. Esto da lugar a prescindir de un número significativo de profesores interinos.
Los sindicatos de enseñanza, como no están dispuestos a aceptar por las buenas las propuestas que haga el Partido Popular, organizaron sin más, en esas autonomías, un enorme tiberio con ruidosas protestas  y hasta con alguna que otra jornada de huelga.  Y se empeñan  cínicamente en hacernos ver que no hay motivaciones políticas en el montaje de semejante trifulca. Se trata simplemente, según dicen, de una protesta valiente contra unos recortes que, de llevarse a cabo, deteriorarían aún más la enseñanza pública. Pero no debe ser así, ya que en Andalucía, ocurrió lo mismo y nadie organizó por ello algaradas en la calle. Aumentaron antes que nadie el número de  horas lectivas a 20, e incluso a 21 a la semana, lo que se tradujo igualmente en una reducción notoria del número de profesores interinos contratados. Y aunque no hubo contraprestación económica alguna, el profesorado andaluz ni se movió, lo que quiere decir que el problema no está en los recortes ocasionales dictados por los organismos competentes. El problema es Esperanza Aguirre, María Dolores de Cospedal y otros miembros destacados del Partido Popular.
La primera Comunidad Autónoma que aumentó las horas lectivas fue precisamente Andalucía, y los sindicatos de la enseñanza acataron obedientemente la medida, sin ningún tipo de aspavientos. Para comprender el comportamiento de estos profesores, quizás debamos señalar que Andalucía, desde hace ya muchos años, ha venido siendo el cortijo privado de los barones socialistas  Manuel Chaves y José Antonio Griñan. El  Gobierno de Madrid, en cambio, ha indicado claramente que el aumento de las horas lectivas de 18 a 20 semanales y la reducción de un 12% de los profesores interinos, aunque no tiene “marcha atrás”, lleva aparejado un incremento salarial “significativo”.
Pero estos sindicatos, en Madrid,  no aceptan “limosnas a cambio del deterioro de la educación”, según apostilló el portavoz de CC OO, Francisco García. Y el secretario general de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza de UGT-Madrid, Eduardo Sabina, no anda con rodeos y dice que la compensación ofertada es tremendamente “ridícula”, si la comparamos  con lo que se ahorra el Gobierno madrileño. Y tanto en Galicia como en  Castilla-La Mancha, los sindicatos profesan el mismo credo ideológico que en   la Comunidad de Madrid. Así que, dando muestras de un radicalismo absurdo,  continúan adelante con sus manifestaciones callejeras, con sus ruidosas caceroladas y hasta con los días de huelga previstos.
Para todos estos falsos progresistas, son siempre los Gobiernos de la derecha  los que recortan prestaciones, y los que ponen en peligro  el bienestar social. De ahí que los socialistas prevengan constantemente a sus bases contra el Partido Popular, ya que, según dicen,  representa un enorme peligro para la calidad de la enseñanza. La realidad sin embargo es muy distinta. Ha sido siempre la izquierda, con su intervencionismo enfermizo y recalcitrante, la que ha hundido el prestigio de la educación en España. Gracias al PSOE, los profesores públicos carecen de la más mínima autoridad ante sus alumnos y sin autoridad, es sumamente difícil mantener la disciplina en las aulas, lo que limitará notablemente el aprovechamiento de sus enseñanzas.
También han sido los socialistas  los que han impuesto la enseñanza obligatoria en Secundaria hasta los 16 años, aplicando a todos el mismo patrón, como si fueran todos iguales.  Y encerrar en las aulas, contra su voluntad, a todos estos jóvenes que no quieren estudiar, origina enormes problemas que inciden directamente sobre la calidad de la enseñanza. Para empezar, creamos en los centros educativos la peligrosa figura de los “objetores escolares” que, además de perder ellos miserablemente el tiempo, se lo harán perder a sus compañeros, desmotivaran a los profesores y hasta pueden hacer que peligre su estabilidad emocional. La escolarización forzada de estos jóvenes no les beneficia en absoluto y, como no quieren estudiar, perjudican seriamente a los demás  alumnos, ya que, con ellos en el aula, será poco menos que imposible mantener  el necesario ambiente de estudio que necesita todo estudiante.
Estos jóvenes, que no quieren estudiar,  necesitan urgentemente que se les abra algún otro camino alternativo, donde se les pueda preparar para enfrentarse con éxito  a los problemas de la vida,  sean capaces de alcanzar un desarrollo integral de  su personalidad y terminen por sentirse ellos mismos útiles a la sociedad. Es un tremendo error pretender igualar a todos los jóvenes, cuando es la propia naturaleza la que se empeña tozudamente en diferenciarlos. También aducen que buscarles otro acomodo, diferente al de los demás alumnos, es tanto como discriminarlos. Y esto sí que no es cierto. A quien de verdad se discrimina, con esta política, es a los que sí quieren estudiar, a los que se esfuerzan por aprovechar el tiempo y que, de este modo, no encuentran más que trabas  en su trabajo.
Es cierto que con su Ley General de Educación de 1970, auspiciada por Villar Palasí, abrió el camino de la degradación de la enseñanza. Comenzó a generalizarse la obligatoriedad de  la educación, pero no de una manera tan traumática como ahora, ya que solamente abarcaba desde los seis  hasta los catorce años de edad.  Los aspectos negativos de esta ley quedaron sensiblemente compensados con ese intento loable de poner en marcha una Formación Profesional, bastante adecuada a las exigencias reales del mercado laboral. Hoy día, echamos de menos una formación profesional como aquella. Pero el desastre sin paliativos en la educación, comienza con la Ley Orgánica del Sistema Educativo (LOGSE) de 1990, patrocinada y bendecida por el hoy candidato Alfredo Pérez Rubalcaba.  
Entre los años 1982 y 1996, Rubalcaba era  el ‘factótum’ del Ministerio de Educación y dio  a la LOGSE  un perfil claramente ideológico y hasta simuladamente doctrinario. De ahí esa mezcla anacrónica de progresismo barato y fanatismo doctrinal. Para cambiar este modelo educativo tan nefasto, el Partido Popular, bajo la dirección de Pilar del Castillo, ministra entonces de Educación, promulgó la Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE). Ley que no llegó a aplicarse nunca,  ya que, al llegar Zapatero a la presidencia del Gobierno, paralizó lamentablemente su aplicación. Finalmente fue derogada en 2006,  con la Ley Orgánica de Educación (LOE), dando así continuidad a la debacle educativa iniciada con la LOGSE.
Gijón, 30 de septiembre de 2011
José Luis Valladares Fernández