jueves, 17 de septiembre de 2020

LAS INCONGRUENCIAS DE PABLO IGLESIAS

 


En el siglo IV a. C., vivía en Éfeso un simple pastor, llamado Eróstrato, que buscaba afanosamente la manera de adquirir fama y notoriedad. Quería a toda costa perpetuarse en la Historia y pasar a la posteridad. Necesitaba, por lo tanto, hacer algo muy llamativo e impactante. Y decidió prender fuego al templo de Artemisa, la diosa virgen de la caza, que era uno de los monumentos más bellos del Mediterráneo y una de las siete maravillas  del mundo.

En la primera oportunidad que tuvo, entró disimuladamente en el templo. Y aprovechando un descuido de los encargados de la seguridad, cogió una de las lámparas que iluminaban el interior del recinto y la arrojó sobre las telas y los ropajes que cubrían a la diosa. Cuando los guardianes quisieron reaccionar, era ya demasiado tarde y todo el templo se vino abajo, devorado por las llamas. Apresaron, eso sí, al causante de aquel incendio, y lo llevaron ante el rey Artajerjes III.

Y Eróstrato confesó voluntariamente ante el rey, que había incendiado el templo de Artemisa única y exclusivamente para hacerse famoso. Al escuchar semejante despropósito, Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, estableció castigos severos para quienes osaran nombrarle como autor de semejante incendio. Pensaba que así, le birlaba hasta la más mínima posibilidad de conseguir la popularidad que buscaba.

Y a pesar de sus esfuerzos, Artajerjes no logró borrar de la historia ni  a Eróstrato,  ni a su actuación incendiaria. Hoy  conocemos detalladamente aquellos hechos, porque Teopompo de Quíos, el historiador griego más importante del siglo IV a. C, no respetó esa prohibición y nos dejó una narración completa de los hechos, protagonizados por aquel humilde pastor efesio para conseguir una gloria imperecedera.

Es evidente, que Eróstrato estaría hoy día sumamente satisfecho con el eco que ha tenido aquella aventura incendiaria, que le dio más notoriedad de la que esperaba. Hay que tener en cuenta, que no solamente recordamos su nombre. Llamamos también, cómo no, ‘Síndrome de Eróstrato’ al trastorno psicológico de los que sienten un deseo irrefrenable de sobresalir sobre los demás, de los que buscan obsesivamente el protagonismo porque quieren estar siempre en el centro de atención.

Y aunque parezca mentira, ese desarreglo psíquico, el ‘Síndrome de Eróstrato’, está afectando gravemente a muchos de nuestros políticos actuales. Y entre ellos está, por supuesto, Pablo Iglesias Turrión, el  incombustible líder de Unidas Podemos. Cuando no era nada más que un aspirante inmaduro a dirigir la izquierda española, ya intentó aumentar su fama y el número de sus seguidores, escenificando su supuesta adscripción inquebrantable a la clase de ‘los de abajo’, a los explotados de la ‘clase trabajadora’.

Hay que reconocer que el distrito madrileño de Vallecas, además de contar con una tradición obrera muy especial, desprende también un tufillo ‘izquierdista’ inconfundible. Y el insaciable Pablo Iglesias, faltaría más, aprovechó ambas cosas  para satisfacer convenientemente su desmedida ambición política.

Y para airear públicamente su orgullo de clase, comenzó a pregonar a los cuatro vientos, que vivía en el corazón del madrileño barrio de Vallecas, en un piso más bien humilde de 60 metros cuadrados. Y daba a entender, incluso, que continuaría viviendo allí, aunque llegara a ser elegido para ocupar la presidencia del Gobierno. Y fue más lejos aún, admitiendo que compraba frecuentemente su ropa en el supermercado Alcampo. Y todo, según decía, porque la austeridad era su principal seña de identidad.

Es preciso señalar, que al mochilero Pablo Iglesias siempre le ha perdido su lengua. Entonces, claro está, no pensaba en los efectos devastadores que, con el tiempo, podía ocasionar necesariamente la puñetera hemeroteca. Así que, sin reparo alguno, lanzó muchos escupitajos al aire y ahora, que le vamos a hacer, le están cayendo todos encima.

Solía aprovechar las tertulias y las redes sociales, para acusar a los de la famosa ‘casta política’ de vivir despreocupadamente en chalés de lujo, y  de no saber “lo que es coger el transporte público”, ni lo que cuesta un café. Y soltaba toda su inquina y animosidad contra todos ellos, porque no estaban al tanto de las necesidades reales del pueblo.

Criticó duramente, por ejemplo, a Luis de Guindos, por haber comprado un ático de lujo en La Moraleja, por el que pagó la desorbitada cifra de 600.000 euros. Y escribió en su cuenta de Twitter, “que la política económica la dirija un millonario es como entregar a un pirómano el Ministerio de Medio Ambiente”. Claro que, de aquella, aún no había dado esa vuelta o salto mortal que lo llevó a Galapagar,  y que acabó definitivamente con toda su credibilidad.

Ni que decir tiene que el impresentable líder de Podemos llegó a vivir como un vallecano más. Paseaba aparentemente tranquilo por las calles del barrio y saludaba amistosamente a sus vecinos. Y cuando todos pensaban que estaba totalmente integrado en ese ambiente, el endiosado Iglesias dio la espantada y, sin previo aviso, cambió Vallecas por Galapagar, instalándose con Irene Montero, en el casoplón que compraron en esa zona residencial privilegiada.

No podemos olvidar que Pablo Iglesias logró consolidarse al frente de Podemos, pero tuvo que purgar lógicamente a todos los que aspiraban a liderar a esa formación de extrema izquierda anticapitalista y antisistema. Obviamente, sus ambiciones napoleónicas de ganar unas elecciones en España, de hacerse con el poder y de cambiar radicalmente nuestro modelo constitucional siguen intactas. Esperemos que no lo consiga nunca y que sus pretensiones sigan siendo siempre un simple sueño.

Es verdad que no lo va a tener nada fácil, ya que con la huida inesperada de Vallecas, se ha enfriado mucho el entusiasmo  de las masas populares que simpatizaban con Podemos. Y por supuesto, decepcionó seriamente a muchos seguidores suyos. Este cambio de domicilio, tan sorpresivo como inesperado, sirvió para que, una buena parte de su feligresía particular abriera los ojos y comprobara personalmente que su idolatrado líder les había estado engañando, que sus propuestas rezumaban demagogia barata   y, sobre todo,  porque terminó siendo un miembro más  de la denostada casta política,

El comportamiento de Pablo Iglesias ha sido siempre muy llamativo, ya que suele decir una cosa y hace exactamente la contraria. Da muy poco valor a la ideología y, sin embargo, se desvive por conquistar el poder. No es de extrañar, por lo tanto, que adopte una actitud caudillista y severa que le lleva a exigir a sus prosélitos una adhesión incondicional a su persona y a todos sus planteamientos y propuestas.

Tenemos que admitir, por qué no decirlo, que el imprevisible líder de podemos desconcierta a propios y a extraños. Si destaca por algo, es precisamente por su incoherencia y por su caradura. Es extremadamente contradictorio e incomprensible. Lo mismo enaltece la Constitución y se deshace en loas a la Corona, que lanza vituperios contra el Régimen de 1978 y convoca caceroladas contra el Rey.

Un ejemplo claro lo tenemos con el manejo de los dichosos escraches que importaron de las Repúblicas bananeras de Hispanoamérica. Resulta que si son aplicados por el insidioso Pablo Iglesias, o por sus huestes, no son nada más que “la expresión de la democracia cuando se hace digna de los de abajo”. Dicho de otro modo más expresivo y mucho más provocativo, son “el jarabe democrático de los de abajo”.

No obstante, si entre  los escrachados está el propio líder de podemos o alguno de sus correligionarios más cercanos, cambian el estribillo y dicen que ese tipo de acciones son claramente “negativas” porque “contribuyen a la crispación social”. Y se quejan amargamente de los insultos  y la violencia que tienen que soportar, por culpa de los energúmenos que organizan ese tipo de manifestaciones ardientes y violentas.

Está claro que Pablo Iglesias tiene muchos gestos y ademanes que rezuman machismo por los cuatro costados. Tenemos además, quien lo iba a decir, el ‘caso Dina’, o el deseo manifestado de azotar a la periodista Mariló Montero hasta hacerla sangrar. A pesar de todo, como está siempre a la que salta, se presenta formalmente como un abanderado destacado del feminismo reinante y de la libertad sexual.

Pero está visto, que el ‘Coletas’ asume ese papel simplemente por pura conveniencia, más que nada, para arañar unos votos de las mujeres que integran ese colectivo feminista. ¿Alguien ha visto a este personaje, o a alguno de sus adláteres levantar la voz para denunciar las violaciones, los asesinatos y la vulneración generalizada de los derechos de la mujer que se producen constantemente en Irán, en Afganistán, en la India y, por supuesto, en los países bolivarianos de Hispanoamérica? Y ya sabemos qué quiere decir esto.

El comportamiento del populista Pablo Iglesias no ha cambiado absolutamente nada, desde que se oficializó la formación política de Podemos. Para darse a valer y tener contenta a la progresía, ataca ferozmente  a la ‘casta política’ y, utilizando los argumentos del chavismo y del comunismo bolivariano, pone en solfa la conducta de todos sus adversarios políticos. El Partido Popular siempre ha sido el blanco preferente de sus furibundos ataques.

Es sobradamente conocido que el aspirante al marquesado de Galapagar no tiene pelos en la lengua. Sabemos que chapotea  en el fango de la corrupción, como otros muchos dirigentes políticos. Y a pesar de todo, tiene la desfachatez de decir a Mariano Rajoy que el político que se equivoca y practica o ampara ese mismo pecado, “no pide perdón sino que dimite”. De todos modos, aunque acertó plenamente en lo que deben hacer los responsables políticos corruptos, no podemos esperar que este dechado innegable de incongruencias, tome su propia medicina.

Las tragaderas de Pablo Iglesias  no reparan en esas aparentes menudencias. Y menos ahora, que tuvo la suerte de entrar a formar parte del Gobierno de España. Y esto le lleva naturalmente a jugar a ser gobierno y oposición al mismo tiempo. Y como la vida da muchas vueltas, quiere aprovechar esta circunstancia para desgastar al presidente Pedro Sánchez, para ver si así logra llegar algún día, ahí es nada,  a la presidencia del Gobierno.

 

Gijón, 14 de septiembre de 2020

 

José Luis Valladares Fernández

domingo, 30 de agosto de 2020

QUOD NATURA NON DAT....

 


Quod natura non dat, Salmantica non præstat” es un proverbio latino, esculpido en piedra, que podemos leer  cuando accedemos al edificio donde antiguamente estaban las Escuelas Menores de la Universidad de Salamanca. Esa especie de sentencia, atribuida a Miguel de Unamuno, tiene una traducción muy fácil al español: “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta”.

Aunque se trata de una frase, un tanto lapidaria, que suele utilizarse habitualmente para justificar los inevitables fracasos de algunos universitarios, tiene un significado mucho más profundo y nos indica que las personas nacemos ya con un nivel intelectual determinado inamovible. Y no hay nadie que pueda pretender que la Universidad le otorgue, lo que no quiso darle la naturaleza. Esos centros de educación especializada pueden ayudarte, cómo no, a explotar mejor tus cualidades innatas, pero manteniendo siempre invariable tu propia capacidad intelectual.

Y como el pueblo llano es mucho más directo y gráfico que las personas de letras, plasmó esa misma idea en esta locución que suele repetirse frecuentemente: “Salamanca no hace milagros, el que va jumento, no vuelve sabio”. Y es verdad, porque ni la Universidad de Salamanca, ni ninguna otra Universidad, tiene la potestad de hacer milagros. Cada alumno tiene que conformarse necesariamente con los talentos y la inteligencia con que vino al mundo.

Pero no todos piensan de la misma manera. Hay personas tan autosuficientes y tan atrevidas, que discrepan abiertamente de esas conclusiones. Y entre esas personas está, como no podía ser menos, Pedro Sánchez, el doctor ‘cum fraude’ que preside el Gobierno de España. Piensa de sí mismo, que es un superdotado, que está muy por encima de los demás mortales y, en consecuencia, que puede mejorar aún más su pericia y su talento.

El orgullo y la vanidad del presidente del Gobierno, eso sí, no tienen límites. Está tan pagado de sí mismo, que no reconocerá jamás sus múltiples y clamorosas limitaciones. Ha contado siempre, por qué no decirlo, con el auxilio inestimable de algún compañero de viaje que le ha sacado de apuros, ayudándole desinteresadamente hasta redactar incluso su tesis doctoral. No olvidemos que en esa tesis, además de otros plagios llamativos, encontramos también, sin entrecomillar, informes oficiales  del Ministerio de Industria de  Miguel Sebastián.

Y a pesar de todas esas irregularidades, Pedro Sánchez consiguió el doctorado con la calificación máxima, casi sin despeinarse. Sin duda alguna, los miembros del tribunal que lo examinó fueron excesivamente complacientes con él. En un ambiente académico más estricto y exigente, el premio conseguido no habría sido ni tan destacado, ni tan gratificante.

Y no digamos nada del papelón que hubiera hecho en la etapa dorada de la Universidad de Salamanca, cuando regentaban sus cátedras maestros de la talla  de Antonio de Nebrija,  Fray Luis de León o  Francisco de Vitoria. Con toda seguridad, estaría abonado al fracaso y, al no alcanzar el grado de doctor, abandonaría la capilla de Santa Bárbara sigilosamente, saliendo por la puerta de los carros. Se quedaría sin la correspondiente fiesta, y tampoco tendría la satisfacción de pintar su Vítor en las paredes de la Universidad.

Es una pena, pero el presidente del Gobierno que padecemos está tan satisfecho de sí mismo, que no tiene arreglo. Su  desmedido orgullo, su vanidad y su triunfalismo  le mantienen instalado en su guindo y totalmente aislado de la realidad. Su desahogo y  su enorme endiosamiento le incapacitan para gestionar correctamente una situación tan preocupante y peligrosa como la que estamos soportando actualmente, por culpa de la pandemia generada por el Covid-19.

 No podemos esperar, por lo tanto, que Pedro Sánchez reconozca su incompetencia y que asuma de buenas a primeras sus equivocaciones y sus abundantes fallos. Tiene un concepto tan elevado de sí mismo, que piensa que no hay nadie en España que pueda hacerle sombra. Es más, está plenamente convencido, que cuenta siempre con la asistencia de una luz interior que le ayuda en todas sus actuaciones. Y esto, claro está, facilita el acierto, cuando hay que tomar decisiones arriesgadas.

No obstante, siempre cabe la posibilidad de cometer algún error más o menos importante. Y el ínclito líder del PSOE, como no quiere correr ese riesgo, se pone de perfil y rehúye gestionar personalmente cualquiera de las situaciones complicadas que se avecinan. Ahora, por ejemplo, elude hacerse cargo del control de los preocupantes rebrotes del coronavirus y trata de cargar ese muerto a los presidentes de las Comunidades Autónomas. Pretende que sean los presidentes autonómicos los que asuman esa responsabilidad y solucionen correctamente el problema que nos afecta.

Si los responsables de las distintas Autonomías logran contener eficazmente los rebrotes del Covid-19, el presidente del Gobierno se colocaría, sin más, al frente de la manifestación, para recibir las felicitaciones y los parabienes del acierto como si fuera propio. Y terminaría hastiándonos con sus discursos triunfalistas.

Si los presidentes autonómicos fracasan  y tenemos que seguir soportando el azote de la pandemia, serán ellos solos los verdaderos culpables. Pero aun así, como no quiere que nadie pueda culparle de una gestión nefasta, volverá a recurrir  a la propaganda, ocultando la realidad. Y como ya ha hecho, continuará  camuflando infectados y muertos para despistar y dar la sensación que todo se está haciendo bien.

Es evidente que Pedro Sánchez se desvive por los agasajos y los aplausos. Por recibir halagos y elogios, es capaz de cualquier cosa, llegando incluso hasta poner en peligro su propia dignidad. Es, ni más ni menos, lo que pasó tras su regreso triunfal de la última cumbre de Bruselas. En esa cumbre, la Comisión Europea habilitó unos fondos, utilizables exclusivamente para aliviar la crisis económica provocada por la pandemia.

En esa cumbre, por supuesto, España no consiguió lo que quería. En primer lugar, el Consejo Europeo se opuso rotundamente a la emisión de la deuda conjunta, o  creación de los ‘coronabonos’ o ‘eurobonos’, que solicitaba el Gobierno español. Pero aún hay más, ya que el importe del paquete concedido a España, no alcanzó la cifra que se esperaba. A pesar de todo, Pedro Sánchez aceptó resignadamente y sin discusión, la cantidad que le ofrecieron.

Hay que reconocer que, en este caso, el presidente Sánchez no influyó en absoluto en los importes asignados a España. Fueron los líderes más influyentes  de Unión Europea los que determinaron esas cantidades. Pero como le gusta destacar, y busca incansablemente la adulación y el cumplido, regresó de la capital de Europa fanfarroneando y alardeando de haber conseguido esa cantidad de dinero, gracias a sus dotes como negociador. Era la mejor manera de preparar el ambiente para ser recibido en olor de multitudes.

Comenzó subrayando la importancia de las ayudas que suministraba la Comisión Europea, para paliar  el problema económico, que había generado el coronavirus. Y llegó a decir que esa ayuda era realmente como “un auténtico plan Marshall”. De los 140.000 millones de euros que correspondían a España, 72.700 millones los recibiría en transferencias, y el resto en préstamos normales. Y aparentando estar lleno de satisfacción, confesó que estábamos ante un “gran acuerdo para Europa y para España”, dando a entender  que se había logrado, faltaría más, gracias a su acertada intervención. Y eso, por supuesto, había que celebrarlo.

Para satisfacer los deseos del presidente del Gobierno, sus ministros decidieron homenajearle,  aplaudiéndole a rabiar y con un pasillo, al llegar a la reunión del Consejo de Ministros del 21 de julio. Y Pedro Sánchez, que era incapaz de ocultar su inmensa satisfacción, respondió también con otro aplauso.

Y la bancada socialista parlamentaria, que da cobijo a lo más granado de los prosélitos del presidente Sánchez, decidió copiar  el bochornoso espectáculo de los aplausos, para repetir esa misma faena festiva en el Congreso de los Diputados. Todos ellos saben perfectamente que nos enfrentamos a un rescate en toda regla y que tendremos que renunciar a muchas cosas para comenzar a recibir esas ayudas económicas. Pero eso es lo de menos, ya que, de momento, prima la consigna  de lisonjear al Jefe.

Así que el 29 de julio, ocho días después que los ministros,  los parlamentarios socialistas organizaron su propio festival de aplausos para adular y lisonjear también al presidente del Gobierno. Para montar ese sarao absurdo, asistieron al pleno de ese día todos los  diputados socialistas, incumpliendo flagrantemente la distancia de seguridad de al menos 2 metros entre persona y persona, y saltándose todas las normas que se especifican en el Plan de Contingencia contra el Covid-19,  que aprobó  la Mesa de la Cámara Baja el pasado 12 de mayo.

No cabe duda, que todos esos acólitos incondicionales de Pedro Sánchez serían mucho más comedidos si siguieran las recomendaciones que hace Hamlet a los cómicos en el Acto III, al principio de la Escena II. Además de exigirles cierta discreción, les ruega  que acomoden “la acción a la palabra y la palabra a la acción, cuidando especialmente de no traspasar los límites de la natural moderación”. De momento, es verdad, no pasa nada. La frustración llegará naturalmente cuando la Comisión Europea nos obligue a realizar reformas que afecten directamente al bolsillo de los españoles. Y ese problema no hay manera de arreglarlo con aplausos.         

Gijón, 29 de agosto de 2020

 José Luis Valladares Fernández 

jueves, 2 de julio de 2020

HABLEMOS CLARO


XII.- Los estragos de la incompetencia y la mala fe


Hay que reconocer que Pedro Sánchez, el iluso presidente  del Gobierno que padecemos, tiene el síndrome del  pavo real, y busca desesperadamente el respeto y la admiración de los que le rodean. La naturaleza, es verdad, fue bastante magnánima con él en el aspecto meramente físico, pero muy tacaña a la hora de dotarle de otras cualidades más importantes y necesarias. Y al ser tan vanidoso, es normal que recurra a la falsedad y al engaño para ocultar sus puntos débiles y sus múltiples y evidentes defectos y carencias.

Y como todos los personajes fuleros, necesita perentoriamente sentir los vítores y el aplauso de sus palmeros.  No es de extrañar, por lo tanto, que se deshaga en elogios de sus cacareadas cualidades y de sus supuestos logros, para despertar el interés y la admiración de los suyos. Y por supuesto para ser fuertemente envidiado por unos y por otros. Y para ver cumplidos sus deseos, recurre habitualmente, cómo no, a la mentira y a la manipulación, que es lo único que sabe hacer muy bien, porque lo viene practicando desde su más tierna infancia.

Y no podemos esperar que, con un mentiroso compulsivo como Pedro Sánchez en la Presidencia del Gobierno, se solucionen nuestros problemas económicos y podamos recuperar nuevamente nuestro pasado Estado de Bienestar. Hay que tener en cuenta que lleva siempre puesta la máscara o el disfraz del superdotado, del que todo lo sabe, y no es nada más que un simple neófito sin desbastar. Tampoco podemos esperar nada de sus ministros, ya que, en líneas generales, están cortados por el mismo patrón que su presidente.

Es verdad que, entre los ministros actuales, no hay nadie que destaque por su ingenio y por su valía. Y es lógico que así sea, ya que el presidente Sánchez es tan orgulloso y autosuficiente, que no tolera en su equipo, a nadie que sobresalga, que le pueda hacer sombra y le robe los aplausos. Prefiere rodearse de medianías, que sean conscientes de sus limitaciones, que acaten sumisamente las indicaciones del jefe y que sepan disculpar sus equivocaciones. Tienen que ser maestros, eso sí, en el manejo de la mentira y el engaño, para que le ayuden a embaucar de manera aparentemente amistosa a la sociedad.

Es indudable, que Pedro Sánchez ha perdido el contacto con la realidad. Pero va siempre de sobrado por la vida y, como hacen todos los aventureros políticos, consigue sus propósitos jugando con las cartas  marcadas  y recurriendo constantemente  a los embrollos y a los enjuagues más variados. Y aunque parezca extraño, casi siempre sale airoso. Así fue como se hizo con las riendas de un partido político histórico  tan importante como el PSOE. El proceso seguido fue muy sencillo. Para manejar el partido a su antojo, lo desguaza y, cuando ya no había focos de resistencia, lo puso sin más al servicio exclusivo de su poder personal.

domingo, 21 de junio de 2020

HABLEMOS CLARO



XI.- Infamia, sectarismo y caradura como norma de Gobierno



La gestión realizada por Pedro Sánchez al frente del Gobierno ha sido francamente desastrosa y ha ocasionado daños irreparables a los sufridos ciudadanos españoles. Su manifiesta incompetencia, en realidad, no daba para otra cosa. Hay que recordar, que entró en La Moncloa por una puerta falsa, sirviéndose del apoyo malintencionado de los que buscan constantemente la destrucción de España, que es lo único que saben hacer los populistas, los independentistas y los herederos de ETA.

El primer Gobierno de Sánchez, por lo tanto, será todo lo legal que se quiera, pero es completamente ilegítimo y fraudulento. Es evidente, que la mayor parte de los votos, emitidos en aquella accidentada moción de censura por esa bazofia de partidos políticos, más que síes al aspirante a presidente, eran noes rotundos  a Mariano Rajoy. Y hay que agregar, además, que el líder del PSOE no cumplió ninguna de las muchas promesas que hizo, para granjearse el apoyo en aquella moción de  censura.

No olvidemos, que el aprendiz de brujo que nos cayó en suerte se había comprometido a “anteponer siempre” los intereses generales de los españoles a los suyos propios y a los de su partido, el PSOE. También se obligaba firmemente a “dignificar la democracia con instituciones ejemplares”, para acabar de una vez por todas con “las puertas giratorias”, el enchufismo y la endogamia habituales.

Como prometer cuesta muy poco, llegó a garantizarnos la apertura de una ventana de esperanza que daría origen a una España distinta, con una democracia sana, fuerte y, por supuesto, absolutamente ejemplar. Y continuó con sus bravatas hueras, diciendo que, gracias a su labor, ya no tendríamos que soportar un Gobierno que se había manchado con la corrupción y, al contar con unas instituciones limpias, podíamos disfrutar libremente de un país lleno de oportunidades. Y al final, como suele ocurrir con esta clase de bocazas, nada de nada, y el Gobierno siguió manteniendo su contrastada ilegitimidad.

En enero de 2019, llegan por fin al Congreso de los Diputados los primeros Presupuestos Generales del Estado del Gobierno de Pedro Sánchez. Según el propio presidente, estos Presupuestos eran los “más sociales y los más necesarios”, después de siete años de austeridad y de recortes. Pero fueron rechazados casualmente porque los independentistas catalanes, que habían dado más valor a la marcha de Rajoy que a la llegada de Sánchez,  votaron en contra, exactamente lo mismo que los del Partido Popular y los de Ciudadanos.

viernes, 12 de junio de 2020

HABLEMOS CLARO


X.- Tovarisch Pablo Iglesias y sus soflamas



Hay que remontarse hasta unos 400 años a.C, para encontrarnos con Diógenes de Sinope. Este filósofo moralista vivía muy austeramente en un tonel y solía pasear en pleno día por las calles de Atenas, portando una lámpara de aceite encendida. Y al ver la cara de sorpresa que ponían los atenienses, se justificaba diciendo que buscaba “un hombre honesto”.

Y hoy día también necesitábamos el famoso farol de Diógenes, ya que es poco menos que imposible, encontrar algún hombre honesto y sincero, sobre todo entre los políticos de izquierda. Unos y otros viven instalados permanentemente en el cuento y en el engaño. Y como no quieren perder esa insultante bicoca, tratarán de dignificarse a sí mismos, ocultando celosamente sus verdaderas intenciones, a la vez que falsean o tergiversan interesadamente la realidad.

Pero no todos los políticos de izquierda son capaces de dominarse y guardar las apariencias. Siempre hay alguno que se deja llevar por su excesiva vehemencia y da rienda suelta a su ambición y a sus ansias desmedidas de poder o dominio. Esto le ocurre frecuentemente a tovarisch Pablo Iglesias, actual vicepresidente segundo  del Gobierno y ministro de Asuntos Sociales.

Hay que reconocer que el impresentable líder de Podemos se ha caracterizado siempre por su manifiesto afán  de notoriedad y fama. Y esto le ha llevado infinidad de veces a comportarse como un vulgar matón patibulario. Como todos los que padecen  el síndrome de Eróstrato, trata de conseguir sus objetivos políticos, utilizando  profusamente el insulto, la intimidación y hasta el chantaje. Y aunque ahora forma parte del Gobierno, su interés por salir con la suya se mantiene intacto, lo que le incapacita para ocultar o disimular sus sueños y sus aspiraciones ideológicas.

Es verdad que Tovarisch Pablo Iglesias comanda, con Pedro Sánchez, el bipartido que se ocupa del Gobierno de España o, al menos, ocupa un puesto destacado en esa coalición. Pero quiere mejorar aún más su posición, invadiendo competencias de los demás miembros del Ejecutivo. Y para lograr semejante propósito, nada mejor que seguir actuando como un bravucón o matón incorregible, minando deliberadamente la autoridad del presidente y perturbando y desestabilizando la labor de los demás ministros.

Está visto que Pedro Sánchez depende necesariamente del impertinente  vicepresidente segundo del Gobierno para seguir en La Moncloa. Por lo tanto, no tiene más remedio que tragar saliva, aguantar sus invectivas y provocaciones y disculpar sus continuas embestidas contra las instituciones que nacieron con la Transición Democrática. Y el ambicioso Pablo Iglesias aprovechará interesadamente esa circunstancia para hacerse, poco a poco, con el control del Gobierno, que es algo que necesita para comenzar a dinamitar el ‘régimen del 78’ e iniciar así el camino hacia la ansiada bolivarización de España.