martes, 27 de julio de 2021

DONDE NO HAY ESTABILIDAD ECONÓMICA CRECEN LAS COLAS DEL HAMBRE Y LA MISERIA

 



Es de dominio público, que las marionetas utilizadas en algunas representaciones teatrales, son figuras que personifican indistintamente a seres humanos, animales o a otros seres fantásticos. Pueden ser de distinto tamaño y estar hechas con cualquier clase de material. Y al ser manejadas por el titiritero de turno, adquieren personalidad propia, llena de vida, aunque se trate de una vida dependiente de quien maneja los hilos.

El teatro de las  marionetas o títeres hunde sus raíces en una época muy remota y ha gozado siempre de una inmensa popularidad, tanto en la civilización oriental como en la occidental. Y se recurre normalmente a estos espectáculos de tipo mágico o religioso para hacer frente a la superstición y para para huir del miedo que se siente ante lo desconocido y, también para entretener y divertir a la audiencia.

Es muy posible que estas representaciones teatrales comenzaran a realizarse inicialmente en Egipto. Sabemos que, entre las ruinas de la antigua ciudad egipcia de Antínoe o Antinópolis, en la ribera oriental del Nilo, apareció un barquito,  junto a unos trozos de hilos y varias figuras pequeñas de marfil. Una de esas figuras era articulada y podía moverse manejando diestramente unos hilos. Ni que decir tiene que esa sería una de las primeras marionetas de la historia.

Y esa manera de hacer teatro se iría extendiendo, aunque muy lentamente, al resto del mundo. En China, por ejemplo, las marionetas ya eran muy conocidas  en el año 1000 a.C., y solían utilizarse en las celebraciones festivas de la corte de la dinastía Zhōu, más como simple arte mágico que como entretenimiento.

Estas representaciones teatrales con muñecos, faltaría más, también llegaron a Occidente. El historiador Herodoto, que vivió entre los años 484 y 425 a.C., ya habla en sus escritos de esas figurillas articuladas, que podían moverse con unas cuerdas o con alambres. Y según cuenta Jenofonte, en el año 422 a.C., Callias tenía contratado a un ciudadano de Siracusa, que se ocupaba principalmente de distraer a sus huéspedes, montando esa especie de espectáculos.

Y para saber lo importante que eran las representaciones con figuras animadas en Roma, no tenemos nada más que recurrir a historiadores de la talla de Tito Livio, o a poetas famosos como Horacio u Ovidio, que conocemos sobradamente todos los que estudiamos latín. No había mejor manera de divertir a los niños y de entretener a los adultos, que utilizar esos muñecos para parodiar los excesos, reales o ficticios, de  las personas que han llegado a la fama.

En épocas pasadas, las marionetas o títeres eran muñecos de trapo, de madera o de cualquier otro material, y se accionaban por hilos para imitar los movimientos de los seres humanos. Hoy día hemos progresado tanto  que, en muchos casos, son los propios interesados los que se representan a sí mismos, asumiendo directamente el papel, que antes tenían las marionetas. Es lo que pasó, ni más ni menos, con Pedro Sánchez Pérez-Castejón que, desde que llegó a La Moncloa, actúa como si fuera un muñeco en manos de los populistas y comunistas patrios, de los separatistas vascos y catalanes y hasta de los proetarras de Bildu.

Eso indica al menos la última remodelación que hizo del mastodóntico Gobierno que padecemos. En el Ejecutivo de coalición que él mismo preside, había y sigue habiendo dos tendencias claras e irreconciliables, que reducen claramente su operatividad. Y en vez de cortar por lo sano, Pedro Sánchez sustituye  sin más a militantes fieles de su propio partido y mantiene en el puesto a quienes, desde el principio, han procurado marcar el paso al Gobierno y no han respetado nunca las tradicionales reglas del juego político.

Y mira por dónde, entre los cesados  tenemos nada menos que a Carmen Calvo, la vicepresidenta primera, ministra de la Presidencia y Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, que ha sido una de las personas que más se ha molestado para que el presidente Sánchez llegara a donde llegó.

Es evidente que la vicepresidenta primera del Gobierno cometió el error de criticar públicamente las inaceptables barbaridades de la ‘ley trans’ porque, entre otras cosas, destruye hasta el concepto mismo que las feministas históricas tienen de la mujer. Hay que tener en cuenta, que la ‘ley trans’  es uno de los proyectos estrella de Unidas Podemos, que presenta y defiende Irene Montero, la impresentable ministra de Igualdad.

Y oponerse desde el Gobierno a la libre autodeterminación de género, negando a las personas la posibilidad de cambiar libremente a su antojo el nombre y el sexo en el DNI, puede provocar la enemistad y las represalias de Podemos. Y el insaciable Pedro Sánchez, para apaciguar y tranquilizar a los responsables de la formación morada, quien lo iba a decir, sirvió a Irene  Montero en bandeja de plata, la cabeza de Carmen Calvo.

No obstante, debemos admitir que la defenestración del ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos, resulta aún mucho más llamativa que la caída en desgracia de Carmen Calvo. Es incomprensible que Pedro Sánchez haya prescindido tan fácilmente de quien, sin duda alguna, fue su auténtico fontanero político, de quien más le ayudó a tomar decisiones concretas, para ayudarle a escalar puestos políticos importantes.

Para empezar, hay que reconocer que fue precisamente Ábalos quien negoció, con toda esa tropa de separatistas vascos y catalanes, los diferentes apoyos que necesitaba Sánchez para que prosperara su moción de censura contra Mariano Rajoy. Y por si fuera esto poco, no terminó ahí la ayuda de quien fuera hasta ahora ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, ya que también hay que atribuir al propio Ábalos, la formación del equipo que puso en marcha el actual Gobierno de coalición con Unidas Podemos.

Cabe también la posibilidad, cómo no, que Sánchez haya decidido cesar a José Luis Ábalos, sin previo aviso, por haber sido excesivamente exigente con las mesnadas de Podemos que pastorea ahora  Ione Belarra. No olvidemos que, por culpa de esa rigidez, fracasó en su intento de consensuar  una Ley con los socios actuales del Gobierno, para garantizar la función social de la vivienda y mantener a raya los precios de alquiler.

De todos modos, ha servido de muy poco la remodelación gubernamental que ha hecho Pedro Sánchez. Como dice el refrán castellano, para ese viaje no hacían falta tantas alforjas. Una vez puesto, es lamentable que no haya aprovechado la ocasión para aligerar sensiblemente el número de ministerios y, sobre todo, para deshacerse de los ministros incompetentes que lastran gravemente la actuación de su Gobierno. Y por supuesto, ser bastante más cuidadoso a la hora de elegir a los nuevos miembros del Ejecutivo que sustituyen a los cesados.

Pero está visto que Pedro Sánchez no tiene arreglo y, por ahora, tendremos que apechar necesariamente con sus zarandajas y necedades. De momento seguimos, no sé por cuanto tiempo más, con el Gobierno más numeroso, más caro y más ineficaz de nuestra historia. Y todo, creo yo, porque no sabe hacer otra cosa. Y una de dos, o paramos los pies a tiempo a este incorregible y malvado Adonis, o el futuro de España correrá un serio riesgo económico y social de proporciones insospechadas.

Y a pesar de todas las evidencias en contra, el impresentable presidente Sánchez seguirá pensando efectivamente que, con esta remodelación ministerial, ha conseguido formar el mejor de los Gobiernos posibles. De ahí el desbordante optimismo que derrochó al hacer públicos los cambios realizados en su gabinete. Comenzó la comparecencia, subrayando estas palabras: “hoy comienza el Gobierno de la recuperación” que acabará, “por completo”, con todos los males  que sufre España. Y lleno aparentemente de satisfacción se atrevió a decir que había llegado el momento de impulsar la agenda de cambios y “dar el gran salto adelante”.

En esta ocasión, Pedro Sánchez soltó esta llamativa locución porque le gustan las frases expresivas y contundentes, aunque después, la realidad vaya por otros derroteros más bajos. Y utilizó ese slogan, porque ignoraba que, detrás del Gran Salto Adelante, se ocultaban las medidas económicas, sociales y políticas implantadas por Mao Tse Tung en China entre los años 1958 y 1961, con un resultado francamente apocalíptico. Todo un genocidio, que se cobró de aquella, quién lo diría, más de cincuenta millones de muertos por hambre.

Y por mucho que se empeñe Pedro Sánchez en ocultar la realidad y proclame insistentemente que hemos comenzado la recuperación, los hechos nos muestran todo lo contrario. Todos los indicadores económicos nos dicen que vamos camino del desastre más absoluto, ya que, desde 2018, no ha hecho más que empeorar la situación. Así que, con coronavirus o sin coronavirus, seguiremos, vete a saber hasta cuando, en la cola de Europa y de la OCDE. Porque, no le demos más vueltas, nadie ha gestionado tan mal la pandemia como nuestro presidente.

Analizando por separado los distintos indicadores económicos, veremos que, en 2017, el PIB español creció un 3%, mientras que en 2018 ese crecimiento se redujo al 2,4%, y en 2019 se quedó en un modesto 2%. El verdadero naufragio de la economía española se produjo en 2020, que rompió, ahí es nada, con seis años de crecimiento y registró un descenso de nada menos que un 10,8%, que prácticamente duplica el descenso  de la producción económica del resto de las economías  desarrolladas. Y por lo que parece, el PIB de España sigue el mismo rumbo en 2021, ya que cerramos el primer trimestre,  con una caída de otras 4 décimas más.

Y si revisamos detenidamente el indicador del déficit público, veremos que llegamos a la misma conclusión que con el análisis del crecimiento del PIB. A base de recortes y de reducir el gasto público, Mariano Rajoy logró bajar el déficit público del 11%, al 3% del PIB. Y se mantuvo más o menos estable en ese 3%,  a lo largo del año 2018 y 2019. Pero gracias a la desastrosa gestión del presidente Sánchez y su banda, que casualidad, se volvió a disparar otra vez al 11% del PIB, nada menos que cuatro puntos por encima de la media de la Unión Europea.

Y no digamos nada si ponemos el foco en la deuda pública que complica cada vez más nuestra situación económica. Es verdad que, en general, las Autonomías y los Ayuntamientos han comenzado a reducir su deuda, pero el Estado sigue gastando sin control. Si examinamos los datos suministrados por el Banco de España, veremos que en mayo de 2021, solo por culpa del endeudamiento fiscal, batíamos todos los records de deuda, ya que llegamos a alcanzar los 1,4 billones de euros, superando ampliamente el 125% del PIB.

Pasa exactamente lo mismo con el paro. Ateniéndonos a los datos que ofrece mensualmente la Oficina Europea de Estadística Eurostat, comprobaremos que, a primeros de junio de 2018, fecha en la que Pedro Sánchez aterrizó en La Moncloa, España sumaba ya la abultada cifra de 3.162.162 parados. A partir de entonces, esa cifra siguió creciendo imparablemente, de modo que, al cerrar mayo de 2021, llegábamos ya a los 3.614.392 desocupados, nada menos que 452.230 desempleados más.

A finales de mayo, por lo tanto, teníamos en España un 15,3% de paro, mientras que en la Unión Europea no pasaban del 7,3% de media. Si contáramos también los trabajadores parados, que el Gobierno procura camuflar en los ERTE y los autónomos que están en cese de actividad, el número de desempleados podría sobrepasar holgadamente los 4,9 millones. Y esto nos llevaría, claro está, a un escandaloso 22%  de paro real.

Hay que tener presente, que el aprendiz de brujo que rige nuestros destinos no vale nada más que para presumir. Y para darse más importancia de la que realmente tiene, el presidente Sánchez intentará sobrevalorar exageradamente, como ya vimos, su última remodelación del Ejecutivo, anunciando a bombo y platillo que, gracias a esos cambios, hemos iniciado ya la tan traída y llevada recuperación económica. Y todos sabemos que eso no es nada más que una vana ilusión, un canto a la luna de un empedernido narcisista que se ha enamorado de sí mismo.   

Y para que creamos en la bondad de sus intenciones, Pedro Sánchez nos dice que, a partir de ahora, será Nadia Calviño, la nueva vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital de España, la encargada de pilotar la economía española. Hace falta, eso sí, que atendamos minuciosamente las  indicaciones de Calviño, porque así no tardaremos en enfilar el camino de la huidiza recuperación económica.

Nos presentan a Nadia Calviño como si fuera un auténtico “dique de contención” contra las aspiraciones suicidas del sector populista del Gobierno. Y de hecho, se ha referido muchas veces al incipiente crecimiento económico que no acaba de llegar. En realidad, se repite ineludiblemente la historia de los fallidos brotes verdes, que trató de vendernos la antigua ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado. Pero la realidad es muy tozuda, y no aparecen los brotes verdes y tampoco llega la deseada estabilidad económica.

De todas maneras, sabemos que Nadia Calviño está condicionada lamentablemente por un embustero patológico de la calaña de Pedro Sánchez, que se comporta como una auténtica marioneta, que manejan a su antojo los dirigentes de Podemos. Y justamente por eso, cada vez que han surgido discrepancias entre los dos bloques del Gobierno de coalición, siempre ha prevalecido el criterio de los ministros más radicales del Ejecutivo. Es normal ya que, a ser posible, hay que eternizarse en La Moncloa.

 

Gijón, 23 de julio de 2021

 

José Luis Valladares Fernández



domingo, 18 de julio de 2021

II.- LOS CAPRICHOS Y LA AMBICIÓN DE SÁNCHEZ

 

 



2.-Recupera la Secretaria General y se le antoja La Moncloa

 

Pero un ególatra, tan vanidoso y petulante como Pedro Sánchez, es  totalmente incapaz de digerir hasta el más mínimo fracaso personal. Así que, para deshacer semejante entuerto y terminar con la aparente injusticia que acababa de sufrir, decidió peregrinar por  las diferentes agrupaciones socialistas de España, para solicitar el apoyo del mayor número posible de los militantes de base, especialmente de los más jóvenes.

Y el resultado obtenido por el defenestrado Sánchez, quién lo diría, fue francamente  muy halagüeño y bastante más amplio de lo que esperaba. Y al ver que había  seducido a  tantos afiliados, entre los que estaban casi todos los miembros de las juventudes socialistas, optó de nuevo a la Secretaria General del PSOE, presentando su candidatura en las elecciones primarias, previstas para el 21 de mayo de 2017.

Y en esas primarias, saltó la sorpresa, ya que la militancia se impuso abiertamente a los aparatos de poder, que venían utilizando los líderes históricos para imponer su voluntad. Y este hecho sirvió para que Pedro Sánchez, en competición con Susana Díaz y Patxi López, se llevara él solo más del 50%  de los votos de los militantes. Y este inesperado éxito fue determinante para que, sin el menor problema, volviera a ser proclamado secretario general en el 39º Congreso del partido socialista, que se celebró el 18 de junio de 2017.

Nada más recuperar el cargo de secretario general del PSOE, Sánchez decidió renovar los órganos internos del partido, con la malsana intención de castigar y dejar prácticamente sin cuotas de poder a los aviesos barones que trataron de aguarle la fiesta. Y todo esto, no lo olvidemos, sin abandonar su viejo sueño de llegar lo más rápidamente posible a La Moncloa.

En esa fecha, La Moncloa ya estaba ocupada por Mariano Rajoy. Había sido investido presidente el 30 de octubre de 2016, gracias a la abstención de 68 de los 85 diputados que tenía el PSOE. Y como es público y notorio, Pedro Sánchez no estaba dispuesto a esperar hasta una  nueva convocatoria electoral para sustituirle en el cargo.  Y esto le obligaba lisa y llanamente a tener que mojarse, y aprovechar la primera ocasión que apareciera, para presentar la consabida moción de censura.

Y esa oportunidad llegó precisamente a finales de mayo de 2018, con el fallo de la primera macrocausa del Caso Gürtel. En esa sentencia, el juez progresista José Ricardo de Prada, excediéndose en sus atribuciones, introdujo deliberadamente un inciso para perjudicar al Partido Popular. Según ese inciso, que retiraría posteriormente el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional por su evidente falta de imparcialidad, quedaba acreditada la existencia de una caja B en el partido que dirigía Mariano Rajoy.

Hay que dar por descontado, que  la desfachatez  de Sánchez no conoce límites y no hace ascos a nada. Y olvidándose de los ERE y de otros muchos y graves chanchullos que ensucian su casa, tuvo la desvergüenza de anunciar solemnemente que presentaba aquella moción de censura contra Rajoy, nada menos que para regenerar la vida pública. Y a la vez, se comprometía a formar un Gobierno  “de transición”, que asegurase la “gobernanza” del país y que se ocupara de recuperar la “normalidad democrática”.

Es sabido, que Pedro Sánchez seguía manteniendo los puentes que había abierto con los nacionalistas e independentistas catalanes. También había mejorado considerablemente su relación con Pablo Iglesias. Y en consecuencia, esperaba que, tanto las formaciones políticas de ERC, del PDeCAT y Coalición Canaria, como el propio Iglesias con todos sus lacayos, se decantaran por el voto favorable a la moción de censura. Y también confiaba sinceramente que hicieran lo mismo los diputados de Compromís y EH Bildu y, por supuesto, los del PNV.

Y para bien o para mal, fue lo que realmente pasó. El 1 de junio de 2018, todos esos partidos votaron a favor en la moción de censura, con la excepción de Coalición Canaria que terminó absteniéndose. Aunque, según todos los indicios, una buena parte de los votos afirmativos, más que SIES a Pedro Sánchez, eran NOES rotundos a Mariano Rajoy.

Y así es como el líder socialista entra por fin triunfalmente en La Moncloa, convertido en presidente del Gobierno, por decisión expresa de los enemigos declarados de España. Y aunque Pedro Sánchez, se comprometió ante la Cámara a respetar escrupulosamente todos los compromisos europeos de los españoles y a garantizar nuestra estabilidad económica, no tardarían mucho en aparecer las primeras consecuencias adversas.

Se da la circunstancia que el nuevo presidente, que acaba de aterrizar en La Moncloa, padece un narcisismo demencial y desaforado, que lo inhabilita definitivamente para regir los destinos de un pueblo. Y se puede afirmar, que Sánchez va a estar atado de pies y manos por los que quieren acabar con la unidad de España. El ex presidente andaluz, José Rodríguez de la Borbolla, lo dijo muy claro: “Si se atiende a los nacionalistas, España se va al cuerno”.

Y no acaban aquí las complicaciones que padeceremos, por tener a Pedro Sánchez al frente de la Presidencia del Gobierno. Con sus jaimitadas y su nefasta gestión de la economía, nos está llevando irremediablemente a la miseria y a la pobreza más extrema. Para empezar, tenemos con mucho el Gobierno más caro de la historia.

Los datos que ofrece la Intervención General del Estado son extremadamente claros e indecorosos. Solo en los tres primeros meses de este año, el Gobierno de Sánchez se ha gastado, que casualidad, la friolera de 17,5 millones de euros para abonar la nómina de su numeroso ejército de asesores o personas de confianza, contratados a dedo, como suele ser habitual, entre sus familiares o amiguetes particulares. Y para ser más exactos, a esa abultada cantidad habría que añadir lo que cuestan los asesores que dependen de los numerosos organismos autónomos y de todos los demás entes públicos.

 Entre unas cosas y otras, estamos llegando a unos niveles de endeudamiento, que terminarán hipotecando el futuro de unas cuantas generaciones. Con Pedro Sánchez en el Gobierno, el aumento de la deuda pública está batiendo todos los registros habidos y por haber. En el primer año de su mandato, el ritmo de crecimiento de la deuda alcanzaba el importe de 105,99 millones de euros al día. Y como no ha sabido o no ha querido contralar los gastos relizados, la deuda pública ha crecido escandalosamente, hasta alcanzar los 217,81 millones de euros actuales de media al día.

Si nos hacemos caso del Banco de España, veremos que, con el presidente Sánchez, la deuda pública alcanza un nuevo récord cada mes que pasa. En términos absolutos, ya llegamos a la escalofriante cifra de 1,392 billones de euros. Hemos alcanzado sobradamente nada menos que el 125% del PIB, que se dice muy pronto. Para encontrar un endeudamiento similar en España, tendríamos que remontarnos nada menos que hasta el año 1881 de nuestra historia.

Y todo indica que Pedro Sánchez trata de solucionar semejante problema, incrementando la ya excesiva presión fiscal que soportamos todos los españoles y, por qué no decirlo, con el maná que venga de la Unión Europea. Y es normal que sea así, ya que, como todos sabemos, le queda un poco grande la Presidencia del Gobierno. Y como no piensa  nada más que en sí mismo y vive permanentemente de las apariencias, se olvida de sus auténticas obligaciones y centra toda su atención en granjearse la aceptación de los que le rodean, más que nada para sentirse aceptado por todos ellos.

A principios de 2015, cuando aún no era nadie porque hacía muy pocos meses  que había aterrizado en la Secretaría General del PSOE, el orgulloso y ensimismado Sánchez escribió en su cuenta de Twitter: “Me gustaría ser recordado como el político que arregló la economía de España”. Pero una vez instalado cómodamente en el Gobierno de España, es más práctico y se olvida de lo que origina preocupaciones molestas y se centra en lo que produce honores fáciles y aporta privilegios.

Tenemos que reconocer que, desde que se instaló en La Moncloa, rehúye las dificultades y solo toma decisiones fastuosas y llamativas, susceptibles de crear mucho impacto social, aunque después carezcan de efectos prácticos. A partir de entonces,  es muy difícil que hable de economía o de la pandemia que padecemos. Y si, por casualidad, se ve forzado a referirse  a uno de estos asuntos, dirá simplemente que, gracias a su gestión política, crecemos por encima de la media europea y estamos superando la crisis económica, o que el dichoso coronavirus es ya historia pasada.

Para no mojarse, Pedro Sánchez procurará elegir siempre temas, que sean lo más llamativos posible, pero que eludan  hasta el más mínimo inconveniente. Para dar cumplida satisfacción a todos los políticos de izquierdas, se olvidará de los acuerdos que firmaron todas las fuerzas políticas en 1977, para dar lugar a la famosa transición española, y hablará exhaustivamente, eso sí, de las supuestas mejoras, introducidas en la nefasta Ley de Memoria Histórica. Al parecer, se amplían notablemente los derechos de quienes  sufrieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y el acoso posterior del franquismo.

Y para conseguir alabanzas y elogios más allá de  nuestras fronteras, asumirá riesgos ciertamente impactantes, que no espera nadie. En junio de 2018, tanto Malta como Italia se negaron a que el buque Aquarius desembarcara en sus puertos los 629 inmigrantes  que llevaba a bordo. Sin esperar a más, el presidente Sánchez, que acababa de estrenarse en el cargo, ofreció el puerto de Valencia, hasta ahí podíamos llegar, para que dicho buque dejara allí a dichos inmigrantes. Y repitió la faena otras dos veces más, con el buque de la ONG española Open Arms, originando así el peligroso “efecto llamada”, que tanto daño ha hecho a España.

Si nos atenemos a la trayectoria que ofrece Pedro Sánchez en el desempeño de sus responsabilidades públicas, veremos que, igual que miente con auténtico desparpajo, es todo un flamante doctor, en esta ocasión sí, en hacer el ridículo. Además de pretender eternizarse en La Moncloa, se obstina en dar a conocer su desmesurado afán por recibir halagos y figurar destacada y ostensiblemente en los diferentes medios de comunicación.

En la última cumbre de la OTAN, por ejemplo, se produjo un bochornoso espectáculo, con el simulacro del paseíllo de 29 segundos de Pedro Sánchez con Joe Biden, el escurridizo presidente de Estados Unidos. Y ese paseíllo, que sonrojó a todos los españoles, fue vendido por los amaestrados servidores de La Moncloa como si se tratara de una “reunión de alto nivel” con un socio estratégico, en busca de un acuerdo internacional. Se volvía a repetir, qué casualidad, aquel famoso “acontecimiento histórico”, que se produjo en nuestro planeta, tal como narró Leire Pajín, con la reunión de José Luis Rodríguez Zapatero con Barack Obama.

En esta circunstancia en concreto, el dichoso paseíllo salió sumamente caro a España, porque se recurrió a la mendicidad y al pordioseo, ya que, por lo que parece, se contrató a un ‘lobby’ especializado para preparar ese encuentro fugaz del mandatario español con el estadounidense. Fue así, a base de dinero de todos los españoles, como se consiguió esa fotografía que se venía resistiendo desde hacía tanto tiempo.

Si nos hiciéramos caso de Pedro Sánchez, ese encuentro con Joe Biden habría sido enormemente útil, ya que habría servido para reforzar los lazos militares y la cooperación entre ambos países. Y en ese breve tiempo de 29 segundos, llegaron a hablar, incluso, tanto de la situación migratoria, como económica que se vive en Latinoamérica. Pero todo esto, no son nada más que fantochadas de nuestro presidente, que lo único que sabe hacer bien, es mentir.

Ni que decir tiene que, con la actitud adoptada por Sánchez, que es incorregible, España cada vez pinta menos y está irremisiblemente abocada a la irrelevancia internacional. El panorama de la política exterior española es tristemente desesperanzador. Ya son muy pocos los países europeos que siguen confiando en el pueblo español.

Una buena prueba de que esto es lamentablemente así, lo tenemos en la Conferencia  que se celebró en Berlín los días 23 y 24 del pasado mes de junio sobre  Libia. La pretensión del ministro alemán de Asuntos Exteriores, Heiko Maas y del secretario general de la ONU, António Guterres, organizadores de esa Conferencia, era muy clara. Y todo, porque ya era hora de llevar la estabilización a ese país norteafricano.

Y como ya hemos perdido todo nuestro peso político, no hubo nadie que se molestara en invitar a España para que pudiera intervenir directamente en un evento tan importante como ese. Y sin embargo, sí participó Marruecos, por petición expresa  de Estados Unidos.

 Gijón, 9 de julio de 2021

 José Luis Valladares Fernández


lunes, 12 de julio de 2021

LOS CAPRICHOS Y LA AMBICIÓN DE SÁNCHEZ

 


 

1.-El ascenso precipitado de Sánchez y su defenestración

Si nos hiciéramos caso de las malvadas críticas, tendríamos que aceptar que nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es un verdadero desastre, que no hace nada bien. Y sin embargo, hay cosas que hace magistralmente bien y no encuentra competidores. Presume más y mejor que nadie y es todo un maestro mintiendo con desparpajo y desenvoltura, para alterar u ocultar la realidad cuando se opone a sus designios políticos o intereses personales.

Y no acaban aquí las habilidades del presidente Sánchez. Además de sentar cátedra, vanagloriándose desmedidamente de su atractiva y excelsa figura, no hay quien le gane a mentir. Y por si fuera esto poco, también es meritoria su manera de hacer el ridículo en sus estudiadas  apariciones públicas, sobre todo cuando busca una foto, y encuentra muchas dificultades para conseguirla. Y todo, claro está, porque padece el conocido complejo de Tántalo.

Las personas que padecen dicho complejo, como es el caso de Pedro Sánchez, carecen de principios éticos y morales y son capaces de hacer cualquier cosa, llegando incluso a mentir y a sacrificar lo que haya que sacrificar, para salir con la suya y ver cumplidos sus antojos. Se olvidan frecuentemente, que tanto la justicia como la ética tienen sus límites marcados. Y cuando se dejan llevar por sus ansias de poder y soberbia, suelen traspasar esos límites y, entonces, hacen el ridículo y corren el riesgo de perder hasta lo que tienen al alcance de su mano.

Los entusiastas de la cultura clásica, que disfrutan con las leyendas de la antigua Grecia, conocen  perfectamente la vida, obra y milagros del caprichoso Tántalo, el famoso rey de Frigia, que llegó a ser un personaje muy llamativo y presuntuoso. Y aunque era hijo de Zeus, no llegó a ser un dios olímpico más, porque su madre era una simple mortal. De todos modos, por su ascendencia paterna, ya tenía la consideración de héroe o semidiós y estaba destinado a ocupar un sitio en el cielo después de su muerte. No obstante, terminó en el Tártaro, que es la parte más profunda del inframundo, a donde van todos los malvados.

Y fue su elevada estirpe, lo que ocasionó su desgracia.  No olvidemos que Tántalo, por ser hijo del rey de los dioses olímpicos, fue muy mimado y malcriado desde su más tierna infancia por los demás dioses del Olimpo. Le dejaban hacer lo que se le antojaba y procuraban satisfacer todos sus antojos. Y aunque creció lleno de resabios y acabó completamente lleno de vanidad y de un insufrible engreimiento, los dioses seguían invitándole a sus banquetes.

Claro que Tántalo llegó a acumular tanta maldad en su espíritu humano, que fue incapaz de responder adecuadamente a las múltiples atenciones que recibía de los inmortales y no tardó mucho en actuar contra los dioses de varias maneras. Comenzó revelando a los mortales, lo que se hablaba en aquellos convites celestiales. Y no contento con eso, robaba de la mesa olímpica néctar y ambrosía, que repartía después entre sus amigos terrenales.

Y terminó, como no podía ser de otra manera, negando rotundamente bajo juramento, que no tenía escondido el perro de oro que habían sustraído del templo que Zeus tenía en Creta. Y el colmo de su insolencia llegó con el banquete que preparó para los dioses, cocinando los miembros descuartizados de su propio hijo Pélope. No es de extrañar, por lo tanto, que Tántalo fuera enviado al Tártaro después de su muerte, para ser eternamente torturado por los crímenes que había cometido. 

Es verdad que desconocemos absolutamente el tipo de educación que recibió Pedro Sánchez durante los años de su niñez y en la adolescencia. Pero si tenemos en cuenta su comportamiento actual y su alocada manera de enfrentarse a las complicaciones que ofrece la vida a diario, podemos deducir que salió siempre con la suya, viendo cumplidas todas sus pretensiones. Y por lo que parece, esa ayuda extra o sobreprotección se mantuvo durante toda su juventud. Sabemos que, hasta para lograr su doctorado, contó con una protección extra, que no está al alcance de la generalidad de los que desean obtener ese grado académico.

Además de la ‘falta de integridad académica’ que encontramos en su tesis por la cantidad de párrafos plagiados que contiene, contó con un tribunal hecho un poco a su medida. Había que allanar el camino a Pedro Sánchez para que, a pesar de todo, aprobara con la máxima calificación. Algo querrá decir, creo yo, que tres de los cinco miembros de ese tribunal habían accedido recientemente al doctorado, cuando normalmente se exige ser profesor titular y llevar, por lo menos, seis años involucrado en la investigación.

Está visto, que la palabra de Pedro Sánchez, nuestro actual presidente, no tiene ningún valor. Hay que dar por sentado, que ni él mismo la respeta. Dice una cosa por la mañana y suelta justamente lo contrario por la tarde y se queda tan pancho. Ya no hay nadie que se crea sus continuas y rutinarias fantochadas, porque lo suyo es hablar a sabor de la boca, no sé  si para darse importancia, o para llamar la atención.

Es evidente, que a Sánchez le gusta mucho mandar y detesta profundamente que se discutan sus decisiones. En realidad, siempre ha aspirado a convertirse en un Cesar o un auténtico Caudillo, al estilo de los dictadores históricos, que todos conocemos. Por eso, nada más aterrizar en el PSOE, dio rienda suelta a su desmedida ambición y comenzó a conspirar para promocionarse. Necesitaba exhibir su arboladura física desde un cargo político con reconocido prestigio. De ahí, que intentara recabar apoyos, para ir escalando puestos cada vez más importantes y vistosos, hasta ocupar uno verdaderamente deslumbrante.

En todo caso, debemos reconocer, que el comienzo de la carrera política del candidato Sánchez fue siempre bastante complicado. Era el “patito feo” de la película que no llegaba nunca a la primera. Le pasó, sin ir más lejos, cuando aspiraba a ser concejal en las elecciones municipales de Madrid de 2003, y le volvió a pasar en las elecciones generales de 2008, cuando pretendía hacerse con un escaño en el Congreso de los Diputados. Al final, cómo no, terminó siendo concejal en 2004 por la renuncia de Elena Arnedo a su acta. Y en 2009, se convirtió en diputado, ocupando el puesto que dejaba libre Pedro Solbes con su marcha.

Y mira por dónde, en las elecciones generales de 2011, volvió a ocurrir exactamente la misma historia. Pedro Sánchez ocupaba el puesto undécimo en la lista por Madrid, y el PSOE solo obtuvo diez diputados en esa circunscripción. Y esta vez, para ser diputado, tuvo que esperar hasta noviembre  de 2013, fecha en la que Cistina Narbona abandonó el Congreso de los diputados, para ocupar un puesto en el Consejo de Seguridad Nuclear.

Hay que tener en cuenta que, en esa fecha, el novato Sánchez ya era excesivamente ambicioso y se comportaba como un jovenzuelo torcido y resabiado. Y aunque nunca había formado parte de la Ejecutiva, ni del Comité Federal del PSOE, se le antojó nada menos, que ser el sucesor de Alfredo Pérez Rubalcaba en la Secretaría General del partido. Y sin perder tiempo, empezó a recorrer todas las agrupaciones socialistas de España, en busca del mayor número posible de avales para ver cumplido su propósito.  

Y cuando llegó el momento, quién lo iba a decir, Pedro Sánchez derrotó claramente a Eduardo Madina y a José Antonio Pérez Tapias, que eran los otros aspirantes a ocupar ese puesto. Y el Congreso Extraordinario del PSOE, que se celebró el 26 y 27 de julio de 2014, ratificó sin más los resultados y Sánchez se convirtió oficialmente en secretario general de los socialistas españoles. Y lo que son las cosas, en la reapertura de las sesiones del Congreso de los diputados, pasó a ocupar, por primera vez, el puesto de líder de la oposición.

Es casi seguro, que Pedro Sánchez no esperaba conquistar tan fácilmente el objetivo que se marcó con su primer antojo importante, ya que llegó a la Secretaría General del partido a las primeras de cambio. Y ese hecho, faltaría más, acrecentó inconmensurablemente su ya desenfrenado egoísmo y su insaciable y desbocada avaricia. Así que, sin esperar a más, se encaprichó con un nuevo objetivo, mucho más importante y transcendental que el anterior. Se propuso llegar a La Moncloa para, ahí es nada, ocupar la Presidencia del Gobierno.

Probó fortuna en las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015 y, como fue preciso repetir el proceso electoral, volvió a intentarlo nuevamente el 26 de junio de 2016, que fue la fecha en la que se volvieron a abrir las urnas. Pero, qué le vamos a hacer, fracasó estrepitosamente en ambas ocasiones.

 En la primer tentativa, el líder del PSOE, tuvo que conformarse con 90 escaños, 33 menos que el Partido Popular. Y así y todo, ante la ausencia de otro aspirante, fue propuesto por el rey Felipe VI como candidato a ser investido presidente. Pero cuando llegó la hora de la verdad, Pedro Sánchez sufrió una tremenda frustración con la derrota. Su candidatura recibió exclusivamente el respaldo de su propio partido, el de Ciudadanos y el de Coalición Canaria. En total, 131 votos a favor, contra los 219 en contra de los demás miembros de la Cámara.

En la segunda oportunidad, el antojadizo Sánchez se llevó una nueva decepción, ya que no sacó nada más que 85 diputados y ya tenía a los de Podemos pisándole los talones. Y su disparatado orgullo no soportaba  ya otro fracaso más. Y desoyendo intencionadamente las recomendaciones del Comité Federal del partido, se reunió en secreto con miembros destacados del independentismo catalán, para solicitar su apoyo incondicional en la investidura.

Si los secesionistas avalaban su candidatura, Pedro Sánchez se comprometía firmemente a negociar con ellos la convocatoria del referéndum de autodeterminación que solicitaban, y ordenaría a la Fiscalía, que archivara todos los procedimientos que había abiertos contra los responsables del Gobierno autonómico de Cataluña, por el intento frustrado del referéndum que tenían previsto celebrar en  aquel dichoso 9 de noviembre de 2014.

Pero el insaciable Sánchez se olvidó de algo muy importante. En junio de 2016, fecha en la que se repitieron aquellas elecciones generales, los barones del PSOE todavía pintaban algo en la Ejecutiva Federal del partido. Y como no estaban dispuestos a tolerar que su secretario general coqueteara impunemente con los separatistas, forzaron su dimisión. Y entre lágrimas, entregó también su acta de diputado.

 Gijón, 9 de julio de 2021

 José Luis Valladares Fernández

martes, 15 de junio de 2021

POR FAROLEAR QUE NO QUEDE


El pasado 27 de mayo, el director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, Iván Redondo, comparecía ante la Comisión Mixta de Seguridad Nacional. Y suplantando al famoso Isaac Asimov, aprovechó esa ocasión para anunciar solemnemente la inminente creación de una NASA española. Y afirmó que, con la institución de una Agencia Espacial española,  podíamos prevenir y “hacer frente a los riesgos y amenazas que puedan dañar los intereses nacionales”.

Y para que no quede ninguna duda de las intenciones del Gobierno, el ministro de Ciencia e innovación de España, Pedro Duque, salió al día siguiente a la palestra para confirmar la noticia. Este astronauta español  hizo saber a los descreídos de siempre, que había llegado la hora de competir dignamente con norteamericanos y rusos, disponiendo de una Agencia Aeroespacial propia, capaz de crear y lanzar  cohetes al espacio y de realizar viajes turísticos a la Luna y, por qué no, a otros planetas y satélites. Y todo, claro está, causando “el mínimo trastorno posible a las cuentas públicas”.

De todos modos, tenemos que decir que, o estamos ante un proyecto propagandístico del Gobierno de Pedro Sánchez, ideado cuidadosamente por su fiel escudero, Iván Redondo, para desviar la atención de otros asuntos, o los miembros de ese Gobierno están soñando. Sea como sea, esa propuesta estelar es tan etérea y tan inútil como la España que tienen previsto conseguir en el año 2050.

También es muy posible, que al presidente Sánchez le parezca poca cosa La Moncloa y que, para colmar su desmedida ambición, necesite  estar por encima de los demás presidentes del mundo y aspire por eso a dirigir un Gobierno realmente galáctico. En cualquier caso, la puesta en marcha de una Agencia Espacial española es algo, creo yo, que no está al alcance de nuestro Gobierno, en primer lugar porque carecemos lamentablemente de medios económicos suficientes para instaurar un organismo así, y mucho menos para mantenerlo después.

Y a parte de la evidente inviabilidad económica, nos encontramos también con la falta de capacidad técnica del Gobierno de Pedro Sánchez para desarrollar adecuadamente un proyecto de esa envergadura. Eso indica, al menos, la nefasta gestión que han hecho de la economía en general y de la pandemia generada por el coronavirus. Fallaron lisa y llanamente hasta en la formación del comité de expertos que necesitaban para tomar decisiones más acertadas. Por lo tanto, no podíamos esperar que hubieran acertado a montar la maqueta de una simple nave espacial.

Es verdad que España nunca ha tenido capacidad económica para afrontar la creación y el mantenimiento posterior de una NASA española de esa envergadura. Como mucho, podríamos recrear a gran escala la Misión Intergaláctica Espacial de ‘Mortadelo y Filemón’, plasmada en un cómic por el genial Francisco Ibáñez Talavera. Y esas posibilidades económicas se redujeron sensiblemente aún más con el aterrizaje de Pedro Sánchez en La Moncloa. Y todo, digámoslo de una vez, por su desastrosa gestión al frente del Gobierno.

No olvidemos que, si el presidente Sánchez maneja las cuentas con la misma soltura que  el paraguas en un día de tormenta con mucho viento, tenemos asegurado el desastre económico. Y es lo que efectivamente pasó, ya que se olvidó de la economía productiva y centró todo su esfuerzo en la economía subsidiada, gastando dinero a lo loco, con el consiguiente aumento descontrolado del déficit y de la deuda pública. Y como es sabido, las sociedades subsidiadas terminan inevitablemente sumidas en la pobreza y la miseria más extrema.

Según el Banco de España, al finalizar el año 2020, la deuda pública alcanzaba la escalofriante cifra de los 1,345 billones de euros, lo que representa el 120% del PIB español. Y si actualizamos esa deuda, incluyendo el incremento que se produjo a lo largo del primer trimestre de 2021, nos encontraríamos con una cifra bastante más escandalosa. La deuda del conjunto de las Administraciones Públicas alcanzaría los 1.392.733 millones de euros, con lo que llegaríamos, ahí es  nada, al 125,3% del PIB.

Hay que señalar, digámoslo abiertamente, que el Gobierno de Pedro Sánchez bate todos los récords en altos cargos, en asesores y, por supuesto, en personal de confianza sin más méritos que la relación personal o la amistad. En el primer trimestre de este año, solo los asesores se han llevado un pellizco nada menos que de 17.5 millones de euros.

Teniendo en cuenta todo esto, podemos afirmar categóricamente que el sanchismo ha supuesto un lastre y un tremendo fracaso para los españoles, sobre todo para los colectivos más vulnerables, como es el caso de los más jóvenes y los que sufren el estigma de la pobreza. Gracias a la labor y a los desvelos del doctor ‘cum fraude’ que rige nuestros destinos, España camina decididamente hacia el tercermundismo y a la miseria.

Hay que reconocer que, desde que se produjo el desembarco del presidente Sánchez en La Moncloa, comenzaron a crecer desproporcionadamente las colas del hambre. La Fundación Madrina, por ejemplo, venía atendiendo al mes a unas 400 familias con problemas de  vulnerabilidad social. Ahora, sin embargo, tiene que prestar ayuda económica diariamente a más de 4.000 familias necesitadas.

Sabemos que a Pedro Sánchez le pierde su egoísmo y su desmedida presunción, que le lleva a presumir hasta de su sombra. Y para curarse en salud y  huir de cualquier tipo de responsabilidad  con la situación de pobreza que se vive en España, procura compararnos con los países de nuestro entorno, dando a entender que tenemos un nivel muy similar al de los franceses e italianos. Y se despacha, faltaría más, ocultando que, entre los 27 países de La Unión Europea, lideramos el paro y ocupamos la cuarta plaza en riesgo de pobreza. Solo tenemos por delante de nosotros a Rumanía, Bulgaria y Estonia, que ya es decir.

Y por si fuera esto poco, tenemos que agregar, que  España es el tercer país de la Unión Europea con la mayor desigualdad de la renta disponible. No tenemos nada más que a Bulgaria y a Rumanía por delante de nosotros en la misma circunstancia. Y esa elevada desigualdad sirve naturalmente  para provocar una mayor incidencia de la pobreza.

Si nos atenemos a los datos que publicó la oficina estadística europea, Eurostat, en octubre de 2020, debemos aceptar que uno de cada cinco españoles está en riesgo inminente de pobreza, que viene a ser un 20,7% de la población. Y esto nos sitúa claramente, forzoso es reconocerlo, a más de 3 puntos por encima del 17%, que, como sabemos, es  la media de los 27 países que forman esa conocida asociación económica y política de Europa

Y la peor parte de la desafortunada política económica del Gobierno que preside Pedro Sánchez, se la llevan, cómo no, los menores y los adolescentes, que aún no han cumplido los 18 años. Se da la circunstancia que España, juntamente con Rumanía, Bulgaria e Italia, encabeza el índice de pobreza infantil en la Unión Europea. El 27% de los jóvenes españoles están en riesgo de pobreza. Y otro 12%  padece pobreza severa y exclusión social.

La pobreza infantil genera obviamente un problema estructural muy grave, ya que origina un alto coste para la sociedad, porque suele  ser determinante de la pobreza en la edad adulta y acaba siempre  con la igualdad de oportunidades entre los propios jóvenes. A pesar  de todo, el presidente Sánchez, o no quiere, o no sabe hacer frente a los inconvenientes que originan tanta pobreza. En cualquier caso, creo que es lo primero, ya que los socialistas, sobre todo si están contaminados con grandes dosis de populismo, prefieren tratar con pobres porque son mucho más obedientes y manejables que los que no necesitan subsidio alguno para vivir.

 

Gijón, 11 de junio de 2021

José Luis Valladares Fernández 

sábado, 5 de junio de 2021

LAS SOLUCIONES SE APLAZAN PARA EL AÑO 2050

 


No sé si Pedro Sánchez se acordará actualmente del sermón que soltó en el Parlamento el 25 de julio de 2019, en la sesión de su fracasada investidura como presidente del Gobierno. Pero los que pensábamos, ya de aquella, que semejante candidato no estaba capacitado para regir los destinos de España, recordamos perfectamente toda su perorata.

Al secretario general del PSOE se  le había antojado, por encima de todo, ocupar la Presidencia del Gobierno de España y, quién lo iba a decir,  terminó, saliendo con la suya. Pero hay que reconocer que si Pedro Sánchez  destaca por algo, es precisamente por su vanidad y por su desmedida arrogancia. Y aunque ya era presidente con todas las consecuencias, no estaba plenamente satisfecho, porque no había accedido al cargo en circunstancias normales, tras un proceso electoral y la correspondiente sesión de investidura, como habían hecho todos los demás presidentes de la democracia.

Y para llegar a La Moncloa, el presidente Sánchez no hizo ascos a nada. Y sin pensarlo dos veces, basó su moción de censura en un inciso improcedente que el juez progresista José Ricardo de Prada introdujo maliciosamente en la sentencia de Gürtel para perjudicar al Partido Popular. Según ese inciso, que sería retirado posteriormente  por el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional por su evidente falta de imparcialidad, quedaba acreditada, sin más, la existencia de una caja B en el partido que dirigía Mariano Rajoy.

Y como ante todo había que ser presidente del Gobierno, Pedro Sánchez estaba dispuesto hasta agarrarse firmemente a un clavo ardiendo para no fallar. No olvidemos que la moción de censura, por sí misma, no le garantizaba el éxito. Para salir airoso, necesitaba obviamente contar con el apoyo mayoritario de las fuerzas políticas parlamentarias. Así que,  sin encomendarse a Dios ni al diablo, se vendió miserablemente a los enemigos declarados de la unidad de España. Y cuando llegó el momento de la verdad, votaron a favor de la moción de censura, además de Podemos, todos los nacionalistas y los independentistas periféricos.

Y al contar con el respaldo generalizado de todas las fuerzas progresistas,  Sánchez se comprometió seguidamente  a formar un Gobierno “de transición” que, además de asegurar la “gobernanza”, recupere también la “normalidad democrática”, que había sido puesta en entredicho por la corrupción del Partido Popular. Y una vez conseguido ese objetivo, convocaría elecciones generales anticipadas sin dilación alguna.

No obstante, hay que advertir que, de momento, no hay constancia de la existencia de esa caja B en el partido líder de la oposición. Estamos simplemente, como y vimos, ante una afirmación gratuita e interesada del juez José Ricardo de Prada. De ahí que la moción de censura, aparentemente al menos, muestre ciertos visos de irregularidad.

Y aún hay más, ya que el éxito de esa moción de censura se fraguó realmente con una cantidad de síes determinada que, más que apoyos a Pedro Sánchez, eran noes rotundos a Mariano Rajoy. Si todos aquellos síes hubieran sido suyos, no habría tenido problemas con los presupuestos presentados para 2019 ni, por supuesto, en la sesión de investidura de julio de ese mismo año.

Con las elecciones generales, que se celebraron el 28 de abril de 2019, el presidente Sánchez esperaba acabar, de una vez por todas, con esa sensación de provisionalidad al frente del Gobierno que tanto le molestaba. Y aunque ganó esos comicios con una ventaja verdaderamente pírrica, se presentó a la investidura completamente ilusionado, pensando que, a partir de entonces, podría ostentar el cargo con toda normalidad.  

Pero llegó el 25 de julio, fecha de la segunda votación de la sesión de investidura, y el jefe del Ejecutivo en funciones, Pedro Sánchez, pidió confiadamente el apoyo de la Cámara para ser investido presidente, que es “el mayor honor que puedo asumir como ciudadano, como español y como demócrata”. Pero el resultado siguió siendo tan negativo como el que se produjo dos días antes en la primera votación. Solo votaron afirmativamente los miembros de su propio grupo y el diputado del Partido Regionalista de Cantabria, obteniendo en total 124 síes, 155 noes y 67 abstenciones.

Es sabido que, para acabar definitivamente con aquella situación anómala y salir así de ese prolongado ‘impasse’, el presidente Sánchez había ofrecido a los de la formación política de Unidas Podemos formar un Gobierno de coalición y disfrutar, incluso, de una vicepresidencia. Pero está visto que a Pablo Iglesias, dirigente máximo de ese partido, le seguía pareciendo insuficiente esa oferta. Y esto fue determinante para que, en la última y decisiva votación de investidura, volviéramos a encontrar entre los abstencionistas a los diputados de Podemos.

No es de extrañar, que Pedro Sánchez se sintiera tremendamente defraudado con la decisión adoptada por el principal responsable de Podemos en aquella sesión de investidura. Esperaba normalizar su situación con el respaldo de Pablo Iglesia y de todas sus huestes, y esa inesperada abstención, claro está, terminó sacándole de quicio.

Y movido por esa frustración y por la sensación de haber sufrido inevitablemente  un enorme fracaso, el presidente del Gobierno en funciones no pudo contenerse y, antes de proceder a la votación decisiva, comenzó a lanzar duras invectivas contra el líder bolivariano de Podemos. En esa encendida perorata, Iglesias tuvo que escuchar muchas y airadas reconvenciones: “No hay humillación en una oferta que incluye una Vicepresidencia y tres ministerios de hondo contenido social”. Y le acusó directamente de querer controlar el Gobierno: "Debe haber un gobierno cohesionado, no dos gobiernos en uno, señor Iglesias".

Y sin variar un ápice la aspereza de su discurso, Pedro Sánchez siguió afeando el comportamiento del dirigente morado. Y después de criticar  su “falta de experiencia” en cualquier clase de gestión estatal, afirmó rotundamente algo que sentó muy mal a Pablo Iglesias: “No se puede poner la Hacienda pública en manos de alguien que jamás ha gestionado un presupuesto”.

Y sin dejar de berrear severas diatribas  contra el nuevo miembro de la otrora vituperada casta política y contra sus secuaces, el presidente en funciones procuraba adornarse públicamente con toda una serie de imaginadas virtudes y cualidades que, por lo visto, no existían nada más que en su mente calenturienta.

Y sin que nadie se lo pidiera, Pedro Sánchez sacó a relucir su supuesta lealtad a sus principios y a sus inalterables convicciones, proclamando solemnemente que no estaba “dispuesto” a formar Gobierno “a cualquier precio”. Y zanjó aquel enfrentamiento con una afirmación que ni él mismo se cree: "Si me hace elegir a renunciar a la presidencia de España o a mis convicciones, elijo mis convicciones, elijo proteger a España".

No podemos olvidar que el presidente del Gobierno, que padecemos, ha vivido siempre  en los mundos de Yupi y Astrako, la famosa pareja de alienígenas que aterrizó en la Tierra por una inoportuna avería en su nave espacial. Lo que quiere decir que ha vivido perennemente de espaldas a la realidad, lo que le lleva a no enterarse de nada de lo que pasa a su alrededor. En consecuencia,  casi todas sus actuaciones o rayan en el ridículo o resultan francamente esperpénticas.

Ni que decir tiene, que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa sin tener proyectos claros  y ambiciosos para España. Toda su ambición se reducía a conservar la dichosa poltrona. Y el resultado no se ha hecho esperar. Con personajes así en el Gobierno, no vamos a ninguna parte. Justamente por eso, ya hemos perdido hasta la poca relevancia diplomática que teníamos en el escenario internacional. Nos miran habitualmente por encima del hombro y hasta se ríen de nosotros. Y cuando menos lo esperamos, nos estallan crisis como la de ahora con Marruecos.

Y para mayor desgracia, todos los miembros del equipo de gurús que dirige Iván Redondo, han visto la película ‘Salvar al soldado Ryan’  de Steven Spielberg, y quieren hacer exactamente lo mismo con el líder socialista. Por eso, se despreocupan de España y de las necesidades de los españoles, para centrar todo su esfuerzo  en librar a Pedro Sánchez de las dificultades que ofrece la implicación directa en los actos de gobierno  cotidianos.

Mientras el jefe del Gabinete de Presidencia y su tropa exprimían su ingenio para encontrar proyectos futuros, llenos de fantasías, que colmen satisfactoriamente  el desmedido ego y la insaciable ambición de este doctor de chichinabo, el Covid-19 seguía haciendo de las suyas y aparecían nuevas variantes del virus que enrarecían aún más la convivencia social. Y por si fuera esto poco, la mala gestión de la pandemia provocaba graves problemas económicos por el cierre de muchas empresas y el aumento descontrolado del paro.

Y como no hay dos sin tres, cuando parecía que empezábamos a controlar el coronavirus, tuvimos que afrontar, ahí es nada, la mayor crisis migratoria de nuestra historia que rompió todos nuestros esquemas. Entre el 17 y 18 de mayo pasado, utilizando principalmente los espigones de las playas de Benzú y El Tarajal, entraron en la ciudad autónoma de Ceuta más de 8.000 inmigrantes irregulares, entre los que había también muchos niños. Y esta invasión, digámoslo claramente, ocasionó una crisis humanitaria de proporciones considerables, ya que España no estaba preparada para una llegada masiva de personas foráneas.

De todos modos, los problemas actuales tienen muy poca importancia, ya que con las fantasías de la ‘España 2050’, que nos vendió recientemente el presidente Sánchez, quedan todos resueltos. Según ese equipo de su confianza, en 2050 podremos ser  más pobres, pero seremos inmensamente felices.

 

Gijón, 3 de junio de 2021

 José Luis Valladares Fernández