lunes, 17 de abril de 2017

A CADA UNO LO SUYO

I – La Clase Media y el Estado del Bienestar



El dirigente principal de la Revolución de Octubre de 1917, Vladímir Ilich Uliánov, al que conocemos con el nombre de Lenin, nos dejó una frase que ha hecho historia: "Una mentira repetida muchas veces se convierte en una gran verdad". Después vendría Paul Joseph Goebbels y, sin pretenderlo, popularizaría esta misma frase, dándole, eso sí,  esta otra redacción: "una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad".

Es evidente que Goebbels, el fiel jefe de campaña de Adolf Hitler, había asimilado íntegramente la vieja doctrina de Nicolás Maquiavelo sobre la mentira. Mentir, por lo tanto, para este agitador de masas germano, carecía totalmente de connotaciones morales. La mentira era siempre válida, si servía para influir de manera decisiva en la sociedad. Y Joseph Goebbels procuraba sacar, cómo no, el máximo provecho de todas sus mentiras. Y ponía tanta pasión en sus soflamas que, a pesar de estar ardiendo el Reich y la Wehrmacht abandonando desordenadamente los frentes, el pueblo alemán aún pensaba  que era posible la victoria.

Con sus discursos sumamente apasionados, el omnipresente ministro de Propaganda hitleriano, del mismo modo que estructuró el entramado político del régimen nazi, también supo despertar el entusiasmo de la juventud germana, para que se afiliaran en masa al nuevo Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Y gracias a esas encendidas peroratas, esos mismos jóvenes mantuvieron alta su moral y su voluntad de resistencia hasta que llegó el momento de la inevitable derrota. El mismo Goebbels se creía a pie juntillas todas sus patrañas.

La mentira es casi tan vieja como el mundo que nos rodea y los políticos la llevan en su propio ADN. Por lo tanto, necesitan mentir, y utilizan la mentira, unas veces por razones puramente egoístas y, otras, como simple herramienta para rentabilizar su actividad política en beneficio propio y del pueblo a quien dicen servir. Todos ellos han hecho suya la famosa frase de Goebbels y, sin excepción, piensan que, para el desarrollo político, la mentira es mucho más útil que la verdad. Sobre todo para los políticos de la izquierda que, por supuesto, suelen mentir generalmente con mucha más desfachatez e insolencia que los de la derecha.

Los socialistas, por ejemplo, que padecen la peor crisis institucional de su historia por culpa de dos secretarios generales tan nefastos como José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, utilizan la mentira y el embuste, ¡faltaría más!, con verdadero cinismo y desvergüenza. Y lo hacen para disimular su situación actual, que es crítica y totalmente insostenible. Simulan sentirse muy orgullosos, rememorando, cómo no, épocas pasadas mucho más gloriosas. Precisamente por eso, se pavonean de haber puesto a vivir a los españoles, y atribuyen abierta y desvergonzadamente  a los Gobiernos de Felipe González la puesta en marcha del Estado del bienestar.

domingo, 2 de abril de 2017

LOS POLÍTICOS Y EL LOBBY LGTB



En la segunda mitad del siglo V a.C., a la vez que se multiplicaban los enfrentamientos entre las distintas polis o ciudades-Estado de la Antigua Grecia, la muchedumbre más baja irrumpe masivamente  en la vida pública helena. En consecuencia, todos los ciudadanos pueden intervenir directamente en política y ocupar cualquier cargo público. Y esto fue determinante, para que la tradicional cultura griega, como tal, perdiera su propia identidad y comenzara a disgregarse o, al menos,  a ser mucho más localista.

A partir de entonces, y gracias a esos cambios sociales evidentes, la situación política en Grecia es cada vez más inestable. Al intervenir cada vez con mayor frecuencia en los asuntos del Estado, si querían salir airosos en los distintos debates o litigios políticos, los ciudadanos necesitaban perentoriamente una educación mucho más específica. Para poder persuadir y cautivar   a la gente, estaban obligados a recurrir a alguien que les enseñe el arte de hablar bien en público y, sobre todo, a manipular convenientemente el lenguaje. Y en esto eran auténticos maestros los filósofos sofistas de la época.

Los sofistas griegos supieron adaptarse perfectamente a la nueva situación histórica y, en vez de dedicar su tiempo  al estudio de la naturaleza como los filósofos presocráticos, comenzaron a preocuparse prioritariamente del hombre y de su comportamiento social. Y como sabían que, seduciendo y conquistando a los jóvenes, adquirían fama y renombre, les enseñaban a ser buenos ciudadanos y, por supuesto,  les ayudaban a desenvolverse con soltura en los asuntos públicos.

Protágoras de Abdera fue el primer sofista profesional importante que, rompiendo con la tradición de los filósofos presocráticos, se olvidó de los misterios del cosmos y comienzó a recorrer las distintas poblaciones de Grecia para impartir sus enseñanzas. Sostiene que el hombre es la medida de todas las cosas: “como cada cosa me aparece, así es para mí; y como aparece a ti, así es para ti”, que es tanto como decir que todo es relativo, el mundo, el conocimiento y hasta la misma moral. El hombre, por lo tanto,  es incapaz de alcanzar la verdad universal y objetiva. Cada hombre tiene su propia percepción de las cosas y, por lo tanto, su verdad.

El otro sofista importante, Gorgias de Leontinos, defiende un escepticismo y un relativismo subjetivo mucho más radical, si cabe, que el propio Protágoras. Se reía abiertamente de la ciencia y de cualquier clase de conocimiento. Para Gorgias, no existía nada. Y si existía alguna cosa no la podríamos conocer. Y si llegáramos a conocerla, el lenguaje humano no nos permitiría transmitir ese conocimiento a nadie más.

jueves, 9 de marzo de 2017

TAN VERDE COMO NICOLAS MADURO

Fue en marzo de 1921, cuando el 10º Congreso del PCUS prohibió taxativamente  el debate de ideas dentro del partido, exigiendo a todos sus militantes obediencia ciega a las órdenes dictadas por la jerarquía.  Y Pablo Iglesias, que acudió a Vistalegre II con la intención de volver a reeditar los resultados de ese Congreso Soviético, logra hacerse con el poder absoluto dentro de Podemos. Gracias al apoyo casi unánime de las bases de Podemos, se ha hecho con el control omnímodo del partido, arrasando prácticamente en la Secretaria General y en los demás documentos que se votaron en la segunda Asamblea Ciudadana de Podemos.
Para forzar la situación a su favor, Iglesias chantajea a los militantes de su partido, indicando que abandonará hasta la Secretaria General si es derrotada su lista  a la dirección, o rechazan cualquiera de sus documentos políticos  y organizativos. No admite componendas y el ultimátum queda redactado más o menos en estos términos: o lo gano todo o me marcho. Tenemos que reconocer que, la decisión de  plantear su continuidad al frente del partido como si se tratara realmente de un plebiscito, descolocó totalmente  a sus adversarios políticos y obligó a los afiliados a cerrar filas en torno a su postura. Y todo esto se tradujo, cómo no, en una victoria contundente.
“Los cinco de Vistalegre”, que es como se conocía a los auténticos promotores de Podemos, ya llegaron divididos al segundo Congreso de la formación política. Y esa ruptura se ahondó aún más, tras los resultados de esta nueva Asamblea Ciudadana, que legitiman a Pablo Iglesias para imponer abiertamente  su propio rumbo político que, por supuesto,  es mucho más radical que el protagonizado por Iñigo Errejón. Para el reelegido líder de Podemos, tienen mucha más importancia las algaradas y las protestas callejeras que las mismas iniciativas parlamentarias.
Y como el mandamás de Unidos Podemos sigue intentando tomar el cielo por asalto, necesita perentoriamente recomponer la unidad interna del partido, para así poder ganar el futuro. Y comenzó a preparar ese futuro, pero a su manera. Una vez concluida la Asamblea Ciudadana de Vistalegre II, se había comprometido, es verdad, a liderar el partido con unidad y con humildad. Pero como la unidad y la humildad son dos conceptos que no caben en el ideario de Iglesias, se olvidó muy pronto de su promesa, e inició inmediatamente su caza de brujas particular, eso sí, al más puro estilo leninista o estalinista, que tanto más da.

domingo, 19 de febrero de 2017

CONSECUENCIAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero aterrizó en La Moncloa, ya no se hablaba de la República, ni de nuestra trágica Guerra Civil. Estos temas, aunque están en la Historia de España, carecen afortunadamente de actualidad. Y todo, porque hace ya muchos años que dejaron de existir aquellos bandos irreconciliables que se odiaban a muerte y que, en la década de 1930, se mataban entre sí sin contemplación alguna. En esa fecha, marzo de 2004, habían desaparecido prácticamente los escarnios y exabruptos políticos. En realidad, ya no se tildaba a nadie de facha, nazi o rojo, pensara como pensara.

Es cierto que, para completar satisfactoriamente el proceso de nuestra transición política a la democracia, tuvimos que superar complicaciones muy graves. Los líderes de los partidos políticos de la oposición y de las fuerzas sociales que actuaban en España de manera más o menos legal o un poco en la sombra, defendían abiertamente y sin complejos la ruptura democrática. Pero al final, se impuso la cordura y comenzaron a negociar con el Gobierno. Y como era de esperar, cediendo todos ellos parte de sus exigencias, no tardaron en ponerse de acuerdo, instaurando así nuestra ejemplar restauración democrática.

Con la famosa restauración democrática, comenzó a cambiar rápidamente el temple y la idiosincrasia de los españoles. Los que antes eran enemigos que se odiaban a muerte, comenzaron a civilizarse y, mira por dónde, terminaron siendo simples adversarios políticos. Y en vez de seguir odiándose, como en tiempos de la República y durante los primeros años de la postguerra, comenzaron a respetarse mutuamente, y hasta fueron capaces de colaborar juntos y firmar acuerdos tan transcendentales, como los Pactos de la Moncloa, remediando así situaciones económicas verdaderamente complicadas.

El 11 de marzo de 2004, cuando empezaba a alborear el día,  los madrileños se despiertan entre un mar de gritos y un continuo ulular de sirenas, retransmitidas constantemente por todas las emisoras de radio y de televisión. El despanzurramiento con explosivos de cuatro trenes de cercanías, en esa hora punta de la mañana, dejó 193 personas muertas y 1.858 heridas. Este suceso, el más grave que han tenido que soportar los españoles, sumió a Madrid en el desconcierto más absoluto y, por supuesto, hizo que España entera enmudeciera ante un número tan elevado de víctimas.

Los efectos de dicha masacre fueron tan terroríficos, que España quedó totalmente conmocionada y sin posibilidad alguna de reaccionar a tiempo para no votar condicionados por tan terrible tragedia, en las elecciones generales del 14 de ese mismo mes de marzo. Y esto, claro está, influyó decisivamente en el resultado final, que no tenía nada que ver con la situación política del momento y mucho menos con lo que auguraban todas las encuestas.

Votar en esas condiciones, estando España dominada por el miedo e impactada por la muerte violenta de tantas personas inocentes, tenía que terminar necesariamente como el Rosario de la Aurora. Es verdad que, en este caso concreto, no hubo farolazos, pero fue aupado a la Presidencia del Gobierno un personaje tan gris y tan lleno de carencias como José Luis Rodríguez Zapatero. Y todo porque, de aquella, ocupaba ocasionalmente la Secretaria General del PSOE, a la que había llegado por descarte, o de chiripa si se quiere, para frustrar así el desembarco de José Bono en la sede de Ferraz.

lunes, 23 de enero de 2017

CON PODEMOS HASTA EN LA SOPA


Cada vez que veo en televisión a Pablo Iglesias o a cualquier otro elemento de su variada y pintoresca chusma, termino pensando ineludiblemente en el gigantón Diómedes (Διομήδης), aquel mítico rey de la antigua Grecia, que regía con mano dura los destinos de la tribu tracia de los bistones. Todo un personaje siniestro, fanático y extremadamente violento. Y el chantajista Pablo Iglesias no se queda atrás. Además de comportarse como un vulgar matón de barrio, presume de ser un macho alfa, dispuesto en todo momento “a romper la boca” a quien se atreva acosar a alguien de su grupo.
El malvado rey de los bistones era dueño de cuatro yeguas salvajes, que vomitaban fuego y se servía de ellas para atemorizar y amedrentar a todos sus vasallos y servidores. Las mantenía atadas con grandes cadenas de hierro en sus establos y disfrutaba viéndolas devorar  a los extranjeros que llegaban confiadamente a sus dominios, y también a algún que otro súbdito díscolo que desobedecía sus órdenes.
Al tratarse de un hecho tan insólito y excitante, no tardó mucho en saberse, en los demás reinos de la zona, que Diómedes alimentaba a sus cuatro yeguas antropófagas con la carne de esa pobre gente desprevenida e incauta. La reacción de Euristeo (Εὐρυσθεύς), flamante rey de Micenas, fue prácticamente  inmediata y, sin pérdida de tiempo, encargó a su primo Heracles (Ἡρακλῆς), Hércules en la mitología romana, que se desplazara  a Tracia y capturara a esas cuatro despiadadas bestias.
Adiestrado debidamente en el manejo de las armas por el boyero escita Téutaro, Heracles ya había demostrado que tenía más valor y arrojo que nadie para realizar operaciones tan arriesgadas como esa. Este héroe tebano, de aquella, ya se había enfrentado al monstruoso león que tenía aterrorizada a toda Nemea y a las  localidades vecinas. Como dicho león tenía una piel tan gruesa y totalmente impenetrable para las armas, Heracles lo acorraló en su cueva y lo estranguló con sus propias manos. También había librado a Lerna de la terrorífica y espeluznante hidra que asolaba sus tierras, cortándole sus siete cabezas de un solo golpe.