martes, 1 de agosto de 2017

A CADA UNO LO SUYO

            V – Desastroso final de la II República Española

A pesar del enorme fracaso de la Revolución de Octubre de 1934, Francisco Largo Caballero seguía contando con el apoyo de los socialistas adscritos al sector “bolchevique”  o “leninista”. Y quería conseguir el poder, para cambiar el rumbo de la República burguesa e impulsar el socialismo soviético. Reconocía, eso sí, que había cometido un error garrafal al tratar de conseguir ese objetivo, utilizando exclusivamente la insurrección prescindiendo por completo del sistema institucional representativo.
Es verdad que Largo Caballero buscó afanosamente la manera de  importar la revolución rusa, para convertirse inmediatamente en el indiscutible “Lenin español”. Y tardó demasiado tiempo en comprobar que es prácticamente imposible imponer por la brava el socialismo marxista en los pueblos donde la clase media tiene una gran implantación. Y menos aún si, como ocurre en España, los oficiales y los mandos del Ejército proceden de esa clase media o, incluso, de la clase alta.
Tras el morrocotudo fracaso de la Revolución de Octubre de 1934, Largo Caballero y sus acólitos, aceptan sumisamente los consejos de la Komintern o III Internacional, y comienzan a organizar una especie de frente antifascista, coaligando a todas las fuerzas políticas y sindicales de izquierda. Y para que esa alianza tuviera un aire más obrerista, exigieron que entrara a formar parte de ella  el Partido Comunista de España (PCE). Y esa coalición entre los republicanos de izquierda y los socialistas se oficializó, por fin, el 15 de enero de 1936, firmando el PSOE por el PCE, por el Partido Sindicalista de Ángel Pestaña y por el POUM.
Y la República defendida por esa coalición, que comenzó a llamarse Frente Popular, discrepaba substancialmente con los dictados de la II República. Y con el fin de reconvertir el sonado fracaso de octubre en una indiscutible victoria popular, incluyeron en su programa la amnistía de los delitos políticos y sociales y, por lo tanto, la excarcelación de todos los detenidos por la famosa Revolución de Octubre. Semejante consorcio comenzó a ser operativo tras las elecciones generales, que se celebraron el 16 de febrero de 1936.
No se habían resuelto totalmente los problemas derivados del famoso escándalo del estraperlo, cuando estalló el caso Nombela. Y esta circunstancia es aprovechada inmediatamente por José María Gil-Robles para forzar la dimisión del presidente del Consejo de Ministros, Joaquín Chapaprieta, retirando su apoyo al Gobierno de coalición con el Partido Republicano Radical. Y Gil-Robles completa la faena, exigiendo la presidencia del Gobierno para sí mismo.

miércoles, 14 de junio de 2017

A CADA UNO LO SUYO

IV –El Golpe de Estado de octubre de 1934

Los militantes de la derecha y del centro republicano llegaron a las elecciones generales de junio-julio de 1931 totalmente divididos y desorganizados y sin la más mínima opción de obtener un resultado decoroso. Fueron ampliamente derrotados por la llamada Conjunción Republicano-Socialista que, en un principio, estuvo formada por los socialistas,  los radicales de Alejandro Lerroux, los radical-socialistas de Juan Botella, la Derecha Liberal Republicana  de Niceto Alcalá-Zamora y la Acción Republicana de Manuel Azaña.
La abultada derrota de los conservadores les obligó a desarrollar un papel meramente secundario y testimonial en las reñidas discusiones constitucionales que se abrían con aquellas elecciones. Y esta situación fue aprovechada despiadádamente por la flamante Conjunción Republicano-Socialista para rechazar, sin remilgo alguno, su participación en el proyecto de la Constitución de 1931 que se comenzaba a elaborar.
Y aunque esa Conjunción Republicano-Socialista comenzó a redactar la nueva Constitución con ilusión y entusiasmo, el carácter sectario y revanchista de los socialistas del PSOE y de la UGT terminó chocando con la Derecha Liberal Republicana, liderada por Alcalá-Zamora y, más tarde, con el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux. Y esas disensiones, como es lógico, acabaron con el idilio republicano inicial de la coalición.
Tanto Niceto Alcalá-Zamora como Miguel Maura se opusieron rotundamente a la disolución de las Órdenes Religiosas y a que se nacionalizaran sus bienes. Pretendían, cómo no, elaborar una Constitución en la que cupieran todos los españoles, una Constitución, por lo tanto, sin el menor rastro de radicalismo o sectarismo ni de la derecha, ni de la izquierda. Y como no fue posible el acuerdo, Alcalá-Zamora y Maura dimitieron de sus cargos en el Gobierno, siguiendo su ejemplo, poco tiempo después, los radicales de Lerroux, dando paso así al llamado bienio reformista, en el que los socialistas tenían un amplio margen de maniobra.
Es verdad que Alcalá-Zamora y Miguel Maura fueron incapaces de constituir una derecha republicana competitiva y con cierto gancho o predicamento entre los electores. Y esto sirvió, como era de esperar, para que se frustraran totalmente sus expectativas de organizar un grupo con posibilidades reales de exigir cuentas a la coalición izquierdista del Gobierno, que encabeza Manuel Azaña.

viernes, 19 de mayo de 2017

A CADA UNO LO SUYO

III – Primeros pasos de la II República

En España, es verdad, se instauró por dos veces la República, y terminó rematadamente mal en ambas ocasiones.  La I República fue proclamada por las Cortes el 11 de febrero de 1873, tras la renuncia al trono de España del rey Amadeo I de Saboya. Hay que reconocer que, de aquella, el republicanismo tenía muy poco predicamento entre los españoles de a pie, y los políticos estaban internamente divididos. Por un lado estaban los federalistas moderados que pretendían construir la federación desde arriba, desde el Estado. Y por otro, estaban los intransigentes que, como Antonio Gálvez Arce, pretendían construir esa federación desde abajo.
Y gracias a esa división interna que mantenían los federalistas, la República mantuvo siempre su debilidad inicial y su enorme inestabilidad política. Precisamente por eso, y a pesar de su extremada brevedad, fueron cuatro los presidentes que se sucedieron en ese año escaso: Estanislao Figueras, Francisco Pi y Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar, todos ellos militantes del Partido Republicano Federal.
La Tercera Guerra Carlista y los continuos disturbios que se generaban en las Antillas Mayores con la aparición del sentimiento nacional  en Cuba y en otras colonias, estaban demorando excesivamente la puesta en marcha del sistema federal acordado. Y ese retraso fue determinante para que los federalistas jacobinos e intransigentes decidieran independizarse de Madrid y llenar España de minúsculas repúblicas autónomas, los famosos cantones independientes, algunos tan pequeños como Camuñas o Jumilla. Ese levantamiento cantonal afectó principalmente a localidades de Valencia, Murcia y Andalucía.
Destaca por su violencia, y por su duración, la República independiente o cantón de Cartagena, que logró mantener su independencia algo más de medio año. El diputado federal murciano, Antonio Gálvez Arce, apodado  Antonete,  asumió el mando del cantón, y el día 12 de julio de 1873, con la inestimable ayuda de la marinería, se apoderó de la flota de  la Armada, que estaba fondeada en el puerto de Cartagena.
Comandando esa especie de escuadra pirata, el famoso diputado Antonete, se dedicaba constantemente a sembrar el terror en las ciudades y poblaciones costeras más próximas.  Y todo, para que  se unieran a la rebelión y, más que nada, para que contribuyeran a los gastos con cuantiosos impuestos revolucionarios. Y cuando alguna ciudad se negaba a pagar ese impuesto, era inmediatamente bombardeada, como ocurrió con Almería y con Alicante, por negarse a abonar los 100.000 duros exigidos.

martes, 2 de mayo de 2017

A CADA UNO LO SUYO

II – Un golpe de Estado en toda regla


El afán desmedido de intervenir en política de manera  partidista, mostrado por Alfonso XIII desde el comienzo de su reinado, fue determinante para que varios políticos monárquicos abandonaran su filiación  liberal o conservadora y se integraran con los republicanos. El 13 de septiembre, por ejemplo, Miguel Primo de Rivera se sublevó contra el Gobierno para alejar cualquier posibilidad de contagio con la revolución bolchevique y, por supuesto, para solucionar de una vez los problemas derivados de  la inapelable derrota que sufrieron las tropas españolas  el 22 de julio de 1921, ante los rifeños, comandados por el famoso Abd el-Krim.

La reacción del Gobierno legítimo ante la rebelión del capitán general de Cataluña, no se hizo esperar, y el 14 de septiembre, un día después del golpe de Estado, pidió al monarca la destitución fulminante de los generales golpistas y que convocara inmediatamente las Cortes Generales. Al no ser atendida su petición, el Gobierno presentó su dimisión y Alfonso XIII, sin más, nombra presidente del Gobierno a Miguel Primo de Rivera.

Al oficializar por su cuenta y riesgo la Dictadura Militar, el rey cometió  un error francamente garrafal. Con esa desafortunada decisión, además de sembrar el desánimo entre los políticos de tendencia liberal o conservadora, abrió una crisis extremadamente grave y peligrosa que, poco a poco, fue  socavando los cimientos del sistema monárquico tradicional. Es evidente que, en esa ocasión, Alfonso XIII se olvidó de su condición de monarca constitucional, y actuó como si fuera un simple jefe de Estado, lleno de tics de corte dictatorial.

Una vez constituido el Gobierno, Miguel Primo de Rivera confesó espontáneamente que no pensaba eternizarse al frente de un Ejecutivo y que, por lo tanto, su régimen sería algo meramente provisional. Y precisó aún más, señalando que su Gobierno no duraría nada más que los noventa días que, según sus cálculos, necesitaría para salvar a España de “los profesionales de la política” y  su regeneración posterior. Pero se olvidó muy pronto de ese propósito inicial, y su Dictadura duró nada menos que seis años completos y cuatro meses.

Y es en abril de 1924, cuando el dictador da los primeros pasos para  eternizarse en el poder. Comienza creando su propio partido político, la Unión Patriótica, para que su Directorio Militar encuentre un apoyo civil suficiente. Y en diciembre de 1925, aprovechando el indiscutible éxito de la campaña de África, da un paso más y sustituye el Directorio militar por otro más abierto y de carácter civil, con la intención maquiavélica de institucionalizar su régimen dictatorial. Con el Directorio Civil, Primo de Rivera instaura de nuevo el Consejo de Ministros tradicional, en el que participan indistintamente civiles y militares.

lunes, 17 de abril de 2017

A CADA UNO LO SUYO

I – La Clase Media y el Estado del Bienestar



El dirigente principal de la Revolución de Octubre de 1917, Vladímir Ilich Uliánov, al que conocemos con el nombre de Lenin, nos dejó una frase que ha hecho historia: "Una mentira repetida muchas veces se convierte en una gran verdad". Después vendría Paul Joseph Goebbels y, sin pretenderlo, popularizaría esta misma frase, dándole, eso sí,  esta otra redacción: "una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad".

Es evidente que Goebbels, el fiel jefe de campaña de Adolf Hitler, había asimilado íntegramente la vieja doctrina de Nicolás Maquiavelo sobre la mentira. Mentir, por lo tanto, para este agitador de masas germano, carecía totalmente de connotaciones morales. La mentira era siempre válida, si servía para influir de manera decisiva en la sociedad. Y Joseph Goebbels procuraba sacar, cómo no, el máximo provecho de todas sus mentiras. Y ponía tanta pasión en sus soflamas que, a pesar de estar ardiendo el Reich y la Wehrmacht abandonando desordenadamente los frentes, el pueblo alemán aún pensaba  que era posible la victoria.

Con sus discursos sumamente apasionados, el omnipresente ministro de Propaganda hitleriano, del mismo modo que estructuró el entramado político del régimen nazi, también supo despertar el entusiasmo de la juventud germana, para que se afiliaran en masa al nuevo Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Y gracias a esas encendidas peroratas, esos mismos jóvenes mantuvieron alta su moral y su voluntad de resistencia hasta que llegó el momento de la inevitable derrota. El mismo Goebbels se creía a pie juntillas todas sus patrañas.

La mentira es casi tan vieja como el mundo que nos rodea y los políticos la llevan en su propio ADN. Por lo tanto, necesitan mentir, y utilizan la mentira, unas veces por razones puramente egoístas y, otras, como simple herramienta para rentabilizar su actividad política en beneficio propio y del pueblo a quien dicen servir. Todos ellos han hecho suya la famosa frase de Goebbels y, sin excepción, piensan que, para el desarrollo político, la mentira es mucho más útil que la verdad. Sobre todo para los políticos de la izquierda que, por supuesto, suelen mentir generalmente con mucha más desfachatez e insolencia que los de la derecha.

Los socialistas, por ejemplo, que padecen la peor crisis institucional de su historia por culpa de dos secretarios generales tan nefastos como José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, utilizan la mentira y el embuste, ¡faltaría más!, con verdadero cinismo y desvergüenza. Y lo hacen para disimular su situación actual, que es crítica y totalmente insostenible. Simulan sentirse muy orgullosos, rememorando, cómo no, épocas pasadas mucho más gloriosas. Precisamente por eso, se pavonean de haber puesto a vivir a los españoles, y atribuyen abierta y desvergonzadamente  a los Gobiernos de Felipe González la puesta en marcha del Estado del bienestar.

domingo, 2 de abril de 2017

LOS POLÍTICOS Y EL LOBBY LGTB



En la segunda mitad del siglo V a.C., a la vez que se multiplicaban los enfrentamientos entre las distintas polis o ciudades-Estado de la Antigua Grecia, la muchedumbre más baja irrumpe masivamente  en la vida pública helena. En consecuencia, todos los ciudadanos pueden intervenir directamente en política y ocupar cualquier cargo público. Y esto fue determinante, para que la tradicional cultura griega, como tal, perdiera su propia identidad y comenzara a disgregarse o, al menos,  a ser mucho más localista.

A partir de entonces, y gracias a esos cambios sociales evidentes, la situación política en Grecia es cada vez más inestable. Al intervenir cada vez con mayor frecuencia en los asuntos del Estado, si querían salir airosos en los distintos debates o litigios políticos, los ciudadanos necesitaban perentoriamente una educación mucho más específica. Para poder persuadir y cautivar   a la gente, estaban obligados a recurrir a alguien que les enseñe el arte de hablar bien en público y, sobre todo, a manipular convenientemente el lenguaje. Y en esto eran auténticos maestros los filósofos sofistas de la época.

Los sofistas griegos supieron adaptarse perfectamente a la nueva situación histórica y, en vez de dedicar su tiempo  al estudio de la naturaleza como los filósofos presocráticos, comenzaron a preocuparse prioritariamente del hombre y de su comportamiento social. Y como sabían que, seduciendo y conquistando a los jóvenes, adquirían fama y renombre, les enseñaban a ser buenos ciudadanos y, por supuesto,  les ayudaban a desenvolverse con soltura en los asuntos públicos.

Protágoras de Abdera fue el primer sofista profesional importante que, rompiendo con la tradición de los filósofos presocráticos, se olvidó de los misterios del cosmos y comienzó a recorrer las distintas poblaciones de Grecia para impartir sus enseñanzas. Sostiene que el hombre es la medida de todas las cosas: “como cada cosa me aparece, así es para mí; y como aparece a ti, así es para ti”, que es tanto como decir que todo es relativo, el mundo, el conocimiento y hasta la misma moral. El hombre, por lo tanto,  es incapaz de alcanzar la verdad universal y objetiva. Cada hombre tiene su propia percepción de las cosas y, por lo tanto, su verdad.

El otro sofista importante, Gorgias de Leontinos, defiende un escepticismo y un relativismo subjetivo mucho más radical, si cabe, que el propio Protágoras. Se reía abiertamente de la ciencia y de cualquier clase de conocimiento. Para Gorgias, no existía nada. Y si existía alguna cosa no la podríamos conocer. Y si llegáramos a conocerla, el lenguaje humano no nos permitiría transmitir ese conocimiento a nadie más.

jueves, 9 de marzo de 2017

TAN VERDE COMO NICOLAS MADURO

Fue en marzo de 1921, cuando el 10º Congreso del PCUS prohibió taxativamente  el debate de ideas dentro del partido, exigiendo a todos sus militantes obediencia ciega a las órdenes dictadas por la jerarquía.  Y Pablo Iglesias, que acudió a Vistalegre II con la intención de volver a reeditar los resultados de ese Congreso Soviético, logra hacerse con el poder absoluto dentro de Podemos. Gracias al apoyo casi unánime de las bases de Podemos, se ha hecho con el control omnímodo del partido, arrasando prácticamente en la Secretaria General y en los demás documentos que se votaron en la segunda Asamblea Ciudadana de Podemos.
Para forzar la situación a su favor, Iglesias chantajea a los militantes de su partido, indicando que abandonará hasta la Secretaria General si es derrotada su lista  a la dirección, o rechazan cualquiera de sus documentos políticos  y organizativos. No admite componendas y el ultimátum queda redactado más o menos en estos términos: o lo gano todo o me marcho. Tenemos que reconocer que, la decisión de  plantear su continuidad al frente del partido como si se tratara realmente de un plebiscito, descolocó totalmente  a sus adversarios políticos y obligó a los afiliados a cerrar filas en torno a su postura. Y todo esto se tradujo, cómo no, en una victoria contundente.
“Los cinco de Vistalegre”, que es como se conocía a los auténticos promotores de Podemos, ya llegaron divididos al segundo Congreso de la formación política. Y esa ruptura se ahondó aún más, tras los resultados de esta nueva Asamblea Ciudadana, que legitiman a Pablo Iglesias para imponer abiertamente  su propio rumbo político que, por supuesto,  es mucho más radical que el protagonizado por Iñigo Errejón. Para el reelegido líder de Podemos, tienen mucha más importancia las algaradas y las protestas callejeras que las mismas iniciativas parlamentarias.
Y como el mandamás de Unidos Podemos sigue intentando tomar el cielo por asalto, necesita perentoriamente recomponer la unidad interna del partido, para así poder ganar el futuro. Y comenzó a preparar ese futuro, pero a su manera. Una vez concluida la Asamblea Ciudadana de Vistalegre II, se había comprometido, es verdad, a liderar el partido con unidad y con humildad. Pero como la unidad y la humildad son dos conceptos que no caben en el ideario de Iglesias, se olvidó muy pronto de su promesa, e inició inmediatamente su caza de brujas particular, eso sí, al más puro estilo leninista o estalinista, que tanto más da.

domingo, 19 de febrero de 2017

CONSECUENCIAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero aterrizó en La Moncloa, ya no se hablaba de la República, ni de nuestra trágica Guerra Civil. Estos temas, aunque están en la Historia de España, carecen afortunadamente de actualidad. Y todo, porque hace ya muchos años que dejaron de existir aquellos bandos irreconciliables que se odiaban a muerte y que, en la década de 1930, se mataban entre sí sin contemplación alguna. En esa fecha, marzo de 2004, habían desaparecido prácticamente los escarnios y exabruptos políticos. En realidad, ya no se tildaba a nadie de facha, nazi o rojo, pensara como pensara.

Es cierto que, para completar satisfactoriamente el proceso de nuestra transición política a la democracia, tuvimos que superar complicaciones muy graves. Los líderes de los partidos políticos de la oposición y de las fuerzas sociales que actuaban en España de manera más o menos legal o un poco en la sombra, defendían abiertamente y sin complejos la ruptura democrática. Pero al final, se impuso la cordura y comenzaron a negociar con el Gobierno. Y como era de esperar, cediendo todos ellos parte de sus exigencias, no tardaron en ponerse de acuerdo, instaurando así nuestra ejemplar restauración democrática.

Con la famosa restauración democrática, comenzó a cambiar rápidamente el temple y la idiosincrasia de los españoles. Los que antes eran enemigos que se odiaban a muerte, comenzaron a civilizarse y, mira por dónde, terminaron siendo simples adversarios políticos. Y en vez de seguir odiándose, como en tiempos de la República y durante los primeros años de la postguerra, comenzaron a respetarse mutuamente, y hasta fueron capaces de colaborar juntos y firmar acuerdos tan transcendentales, como los Pactos de la Moncloa, remediando así situaciones económicas verdaderamente complicadas.

El 11 de marzo de 2004, cuando empezaba a alborear el día,  los madrileños se despiertan entre un mar de gritos y un continuo ulular de sirenas, retransmitidas constantemente por todas las emisoras de radio y de televisión. El despanzurramiento con explosivos de cuatro trenes de cercanías, en esa hora punta de la mañana, dejó 193 personas muertas y 1.858 heridas. Este suceso, el más grave que han tenido que soportar los españoles, sumió a Madrid en el desconcierto más absoluto y, por supuesto, hizo que España entera enmudeciera ante un número tan elevado de víctimas.

Los efectos de dicha masacre fueron tan terroríficos, que España quedó totalmente conmocionada y sin posibilidad alguna de reaccionar a tiempo para no votar condicionados por tan terrible tragedia, en las elecciones generales del 14 de ese mismo mes de marzo. Y esto, claro está, influyó decisivamente en el resultado final, que no tenía nada que ver con la situación política del momento y mucho menos con lo que auguraban todas las encuestas.

Votar en esas condiciones, estando España dominada por el miedo e impactada por la muerte violenta de tantas personas inocentes, tenía que terminar necesariamente como el Rosario de la Aurora. Es verdad que, en este caso concreto, no hubo farolazos, pero fue aupado a la Presidencia del Gobierno un personaje tan gris y tan lleno de carencias como José Luis Rodríguez Zapatero. Y todo porque, de aquella, ocupaba ocasionalmente la Secretaria General del PSOE, a la que había llegado por descarte, o de chiripa si se quiere, para frustrar así el desembarco de José Bono en la sede de Ferraz.

lunes, 23 de enero de 2017

CON PODEMOS HASTA EN LA SOPA


Cada vez que veo en televisión a Pablo Iglesias o a cualquier otro elemento de su variada y pintoresca chusma, termino pensando ineludiblemente en el gigantón Diómedes (Διομήδης), aquel mítico rey de la antigua Grecia, que regía con mano dura los destinos de la tribu tracia de los bistones. Todo un personaje siniestro, fanático y extremadamente violento. Y el chantajista Pablo Iglesias no se queda atrás. Además de comportarse como un vulgar matón de barrio, presume de ser un macho alfa, dispuesto en todo momento “a romper la boca” a quien se atreva acosar a alguien de su grupo.
El malvado rey de los bistones era dueño de cuatro yeguas salvajes, que vomitaban fuego y se servía de ellas para atemorizar y amedrentar a todos sus vasallos y servidores. Las mantenía atadas con grandes cadenas de hierro en sus establos y disfrutaba viéndolas devorar  a los extranjeros que llegaban confiadamente a sus dominios, y también a algún que otro súbdito díscolo que desobedecía sus órdenes.
Al tratarse de un hecho tan insólito y excitante, no tardó mucho en saberse, en los demás reinos de la zona, que Diómedes alimentaba a sus cuatro yeguas antropófagas con la carne de esa pobre gente desprevenida e incauta. La reacción de Euristeo (Εὐρυσθεύς), flamante rey de Micenas, fue prácticamente  inmediata y, sin pérdida de tiempo, encargó a su primo Heracles (Ἡρακλῆς), Hércules en la mitología romana, que se desplazara  a Tracia y capturara a esas cuatro despiadadas bestias.
Adiestrado debidamente en el manejo de las armas por el boyero escita Téutaro, Heracles ya había demostrado que tenía más valor y arrojo que nadie para realizar operaciones tan arriesgadas como esa. Este héroe tebano, de aquella, ya se había enfrentado al monstruoso león que tenía aterrorizada a toda Nemea y a las  localidades vecinas. Como dicho león tenía una piel tan gruesa y totalmente impenetrable para las armas, Heracles lo acorraló en su cueva y lo estranguló con sus propias manos. También había librado a Lerna de la terrorífica y espeluznante hidra que asolaba sus tierras, cortándole sus siete cabezas de un solo golpe.