domingo, 8 de diciembre de 2013

AHOGADOS POR LA DEUDA PÚBLICA


Los ciudadanos de siempre, los que menos podemos y menos culpa tenemos de la situación actual, llevamos ya demasiado tiempo sacrificándonos y renunciando a muchas cosas para colaborar positivamente en la recuperación económica de España. Y es muy posible que, al final, todos esos esfuerzos resulten completamente inútiles por la actitud incomprensible del Gobierno, que ni baja los impuestos, ni liberaliza la economía y, sobre todo,  no quiere simplificar adecuadamente nuestra mastodóntica Administración Pública.

Para comenzar a producir  riqueza de manera sostenida y crear empleo, tenemos que empezar a reducir drásticamente nuestro enorme gasto público, rebajar de manera significativa los impuestos y, cómo no, liberalizar convenientemente la economía. Tenemos un sector público francamente insostenible. En 2007, por ejemplo, el gasto público alcanzó la enorme cifra de 413.000 millones de euros. Menos mal que, de aquella, la burbuja inmobiliaria cubría satisfactoriamente estos y otros muchos gastos.

Con la llegada de la crisis, se desploma la actividad económica y, en consecuencia, disminuye la recaudación y, sin embargo,  aumenta desproporcionadamente el gasto público. En el año 2012, ya en plena crisis y sin poder contar con el colchón de la burbuja inmobiliaria, ese gasto alcanzó los 494.000 millones de euros, 81.000 millones más que en 2007. Al llegar la crisis, tanto el sector privado, como las familias, procuraron adaptar sus gastos a las circunstancias económicas para no desequilibrar sus balances, algo que no quiso hacer el sector público.

Es evidente que las administraciones públicas en general, a pesar de la crisis, continuaron gastando como si no bhubiera pasado nada.  De ahí que, a finales de 2012, nuestro déficit real se disparara hasta el 10,6% del PIB, al contabilizar los dineros del rescate bancario. Es normal que, con un agujero fiscal tan elevado, se ponga en cuestión nuestra solvencia, además de entorpecer el necesario crecimiento económico y de perder buena parte de nuestra ya escasa competitividad. Y esta situación se agrava aún más por el excesivo encorsetamiento  de nuestra economía y de la desmedida presión fiscal que soportamos
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Mientras no reduzcamos considerablemente semejante déficit, la deuda pública continuará creciendo de manera alocada hasta límites cada vez más insostenibles. Durante los 6 años que llevamos de crisis, dicha deuda creció 543.858 millones de euros, pasando de un aceptable 40% del PIB a más de un 92%. Durante el primer trimestre de este año, la deuda pública aumento nada menos que 39.438 millones de euros, alcanzando un total de 923.311 millones, lo que representa un 87,8% del PIB.  Y cerramos el segundo trimestre, con una deuda de 942.758 millones de euros, equivalente nada menos que al 92,2% del PIB.

lunes, 2 de diciembre de 2013

FACHAS CARPETOVETÓNICOS

El fascismo aparece por primera vez en Italia, un 23 de marzo de 1919, de la mano de Benito Mussolini, con la creación de los “Fascio di Combattimento”. Desde un principio, el primitivo Fascio de Combate se enfrentó decididamente a las demás fuerzas políticas italianas. Se distinguía precisamente por su acendrado ultranacionalismo, su desprecio hacia la burguesía liberal y, sobre todo, por su oposición frontal a cualquier forma de marxismo. De este grupo, de marcado carácter violento y paramilitar, surgiría posteriormente, en 1921, el famoso Partido Nacional Fascista.

El ex socialista Mussolini supo aprovechar, mejor que nadie, el descontento social que se extendió por toda Italia, al terminar la Primera Guerra Mundial. La Triple Entente, integrada por Francia, Gran Bretaña y el Imperio Ruso, había buscado afanosamente la colaboración directa de Italia en la guerra contra las denominadas Potencias Centrales, que formaban el Imperio Alemán, el austro-húngaro y el otomano. Y para asegurar esa contribución, Francia y Gran Bretaña habían ofrecido a Italia, si luchaba a su lado, todas las zonas austro-húngaras habitadas por italianos y gran parte de la costa dálmata.

Los italianos aceptaron encantados la oferta y, para ampliar sus territorios, se implicaron directamente en la contienda. Se gano la guerra, pero el coste en vidas humanas para ellos fue excesivamente alto, unos seiscientos mil muertos y aproximadamente un millón de heridos. Por si todo esto fuera poco, el conflicto bélico debilitó considerablemente a este país, al resultar destruida por los combates una buena parte de la industria establecida en el norte del país, lo que dio lugar a una situación económica extremadamente difícil.  Quebraron cantidad de empresas, la lira perdió más del 80% de su valor, comenzó a generalizarse la corrupción y la deuda del Estado superaba ya, a principios de 1919, la friolera de los 83.000 millones de liras.

Comenzó a crecer el paro, se multiplicaron enormemente los problemas económicos, sociales y políticos y el hambre comenzó a hacer estragos entre la población más desfavorecida. Por si fuera esto poco, los italianos sufrieron una enorme decepción, ya que, al finalizar la guerra, sus antiguos aliados no cumplieron íntegramente su solemne promesa y no les dieron nada más que los territorios de Trento y Trieste. Este decepcionante hecho, unido a las espantosas dificultades económicas, encrespó los ánimos de los excombatientes y causó una tremenda agitación en los sectores más radicalizados de la clase obrera, que desconfiaba seriamente del sistema parlamentario liberal y que quería implantar la revolución bolchevique, que acababa de imponerse en Rusia.

Es entonces cuando entra en escena el ex socialista y ex combatiente  Benito Mussolini y, con sus “Fascio di Combattimento”, aprovecha magistralmente la oportunidad brindada por aquella situación explosiva, para hacerse con el poder. Y lo hará, exaltando el más genuino espíritu patriótico. En un principio, él mismo contribuyó intencionadamente a encrespar y desestabilizar aún más el ambiente, para presentarse después como la única esperanza del país para evitar el amenazador caos social y económico que se avecinaba.

domingo, 24 de noviembre de 2013

ESPANYA ENS ROBA

Fue Victor Klemperer, intelectual alemán de origen judío, que sufrió en sus carnes la brutal persecución  de los nazis, el que dijo de P. Joseph Goebbels que era "el más venenoso y mendaz de todos los nazis". Y es que Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de la Alemania de Adolf Hitler, era un cínico muy peligroso que utilizó la mentira y la manipulación como arma política para conseguir sus objetivos, y llegó a ser indudablemente el mejor evangelista  que tuvo el nazismo.

A Joseph Goebbels le perdía su carácter temperamental. Era tan narcisista  y le gustaba tanto el protagonismo que, lleno de astucia malsana, adoctrinó a sus subordinados con "Los 11 Principios de la Propaganda" para confundir a sus enemigos y engañar  también a sus  conciudadanos. Según sus palabras, "La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas". No es, pues, de extrañar, que sea ésta su máxima preferida: “Una mentira mil veces repetida... se transforma en verdad”.

Lo malo es que Joseph Goebbels tiene en Cataluña discípulos muy aventajados, que manejan a la perfección la retórica mesiánica, popularizada en la Alemania nazi por  tan destacado miembro del Gobierno hitleriano. Tanto Oriol Junqueras como Artur Mas y sus respectivas mesnadas  aplican magistralmente todos y cada uno de los Principios de Propaganda dictados por Goebbels. Unos y otros repiten incansablemente el manoseado mantra de que «Espanya ens roba», “España nos roba”, justificando así su deriva secesionista.

Y como es natural, los separatistas catalanes utilizan arteramente distintas balanzas fiscales para hacer públicas distintas listas de agravios donde aparentemente sale siempre perjudicada Cataluña. Para dar cierta apariencia de verdad a la acusación de que “España nos roba”,  airean casi siempre los impuestos pagados por esta Autonomía y lo que se le reintegra posteriormente por parte del Estado. Otras veces utilizarán los kilómetros de autopistas construidas, que en Cataluña son invariablemente de peaje mientras que, en las demás regiones de España, no se paga nada por circular por ellas.

La estrategia empleada por  Artur Mas no deja lugar a dudas. Busca desvergonzadamente  la manera de reavivar el sentimiento antiespañol de los catalanes, a base de insultos y del maquillaje descarado de los distintos datos económicos.  Según el presidente de la Generalitat, el Estado no devuelve a Cataluña nada más que el alpiste de lo que aporta con sus impuestos. Y alguno de sus secuaces ha difundido, a través de las redes sociales, que  "la España subsidiada vive a costa de la Cataluña productiva". Y el secretario de Organización de los convergentes, Josep Rull, se atreve a decir que esto no es una descalificación, que semejante afirmación no es nada más que una descripción fiel de la realidad.

domingo, 10 de noviembre de 2013

EN BUSCA DEL IMPERIO CATALÁN


Resulta extremadamente difícil encontrar historiadores catalanes, que nos cuenten hoy día, de manera fiable, la historia de Cataluña. Se olvidan frecuentemente del proceso histórico, tal como sucedió, y lo amañan y acomodan a sus propios intereses y a la voluntad de los que mandan. Llevan ya muchos años inventando, adulterando y cambiando la historia, para poder crear esa “nación” catalana que necesitan para justificar de alguna manera sus pretensiones secesionistas.

Estos historiadores, en estrecha colaboración con políticos carentes de todo escrúpulo, intentan reconstruir un imperio catalán que nunca existió o que, por lo menos, paso totalmente inadvertido hasta hace cuatro días. La Cataluña que tratan de vendernos no tiene nada que ver con la realidad. Y aunque, en realidad, se trata de una Cataluña virtual, procuran empaquetarla cuidadosamente en los libros de texto para confundir y engañar a los estudiantes.

Las vicisitudes y los avatares históricos soportados por Cataluña fueron exactamente los mismos que los sufridos por las demás regiones de España. Consta documentalmente que la península Ibérica fue invadida, allá por el año 1.200 a.C., pueblos de origen indoeuropeo,  a los que se les ha denominado celtas históricos. Después llegarían  los fenicios y se establecieron en las costas levantinas y andaluzas. Posteriormente llegaron los griegos, que ocuparon principalmente la zona de la actual Cataluña, y algo más tarde, hicieron acto de presencia los cartagineses, que terminaron controlando las islas Baleares, Córcega, Cerdeña, la parte occidental de Sicilia y una importante franja en el sur de la península Ibérica.

No tardaron en chocar los intereses de Cartago, que dominaba todo el mediterráneo occidental, con las pretensiones de la emergente República de Roma que aspiraba a dominar todo el mediterráneo. El estallido de la Primera Guerra Púnica se produjo en Sicilia de donde fueron oportunamente desalojados los cartagineses. Después de períodos de paz muy precarios, vendrían la Segunda Guerra Púnica y más tarde la Tercera, que terminaría con el descalabro total de los cartagineses, pasando todo el solar ibérico a depender de los romanos. Roma terminó imponiendo su cultura, su idioma y hasta su estilo de vida a todos los territorios peninsulares que, con el nombre de Hispania, pasaron a formar parte del Imperio romano.

Pero después de varios siglos, el Imperio romano termina descomponiéndose y desapareciendo totalmente de la península Ibérica. Esto fue debido a diversos problemas internos, tanto políticos y militares como sociales y económicos y, cómo no, a la presión ejercida por los pueblos bárbaros de origen eminentemente germánico. De hecho, a comienzos del siglo V,  Hispania fue invadida por los suevos, los vándalos y los alanos. Pocos años más tarde, llegarían  los visigodos que, a pesar de ser una minoría con respecto a la población hispano-romana, terminaron por hacerse con todo el territorio de la antigua Hispania romana.

lunes, 4 de noviembre de 2013

GRAN FRACASO DEL ESTADO DE BIENESTAR

El origen del “Estado del Bienestar” se remonta a 1945 y es un intento loable de apartar definitivamente a los ciudadanos de los terribles traumas que vivió como consecuencia de la “Gran Depresión” de 1929, que desembocó en la Segunda Guerra Mundial. Fue en Estados Unidos donde,  por iniciativa de su presidente Roosevelt, se pusieron las bases de un “Estado del Bienestar” incipiente, creando campamentos de trabajo para ocupar a los desempleados, principalmente en trabajos de conservación de parques naturales y de espacios verdes.

Algo más tarde, el economista John Keynes, ministro de Economía de Gran Bretaña, trata de emular a Estados Unidos y pone en marcha este mismo proceso en el Reino Unido, desde donde se extendió posteriormente a toda Europa. En primer lugar, prescindió del oro como patrón del sistema financiero internacional, dejó que el valor de la moneda dependiera prácticamente de la  confianza de los inversores. Propugnó la intervención del Estado en la economía y,  como Roosevelt en Estados Unidos, procuró que aumentara el consumo público y privado para acelerar la salida de la crisis económica.

Según Keynes, la inversión privada es fundamental para reactivar la economía. Y si esta no se produce, el Estado tiene entonces que elevar el nivel de su inversión para incrementar convenientemente el gasto público y recuperar así la demanda. Considera que los empresarios cometen un grave error si, cuando llega una situación de desempleo generalizado, reducen el sueldo de sus trabajadores. Con tan inoportuna medida, se contraería aún más el poder adquisitivo de un buen número de ciudadanos. Esto se traduciría inevitablemente en una merma considerable del consumo, que afectaría negativamente a los propios empresarios y terminarían por verse obligados a cerrar sus empresas o a despedir a parte de sus trabajadores.

Podemos decir, por lo tanto, que el Estado del Bienestar nació a la sombra de una tremenda crisis económica mundial, la llamada “Gran Depresión” y se está ahora deteriorando peligrosa y rápidamente como consecuencia de otra crisis económica mundial, que está haciendo verdaderos estragos en varios países europeos y que se está prolongando bastante más de lo previsto. En la “Gran Depresión” dieron muy buenos resultados la iniciativa de Roosevelt y las recomendaciones de John Keynes. Hoy, en cambio, huimos del keynesianismo y optamos, no se si acertadamente o no, por exigir sacrificios e imponer recortes a los trabajadores y a los jubilados, que son los que menos culpa tienen  de esta crisis tan profunda.