lunes, 1 de abril de 2013

INTEGRACIÓN DE ESPAÑA EN EUROPA



Consumado el Desastre del 98, España liquida los últimos restos del vasto Imperio colonial español. Después de ceder obligatoriamente a Estados Unidos Filipinas, Puerto Rico y Guam, vendemos a Alemania los Archipiélagos de las Islas Carolinas y Marianas por 25 millones de pesetas. Estos hechos provocaron en la sociedad española un gran pesimismo y una profunda desilusión. Y los intelectuales de entonces, primero los de la Generación del 98 y después los de la Generación del 14, comenzaron a replantearse nuevos desafíos. Empezaron exigiendo la modernización de la sociedad y la renovación política y hasta se permitieron debatir sobre el mismo ser de España.

Aparte de los planteamientos regeneracionistas para recuperar la moral y de tratar de superar la diferencia abismal existente entre la España real y la España legal, los intelectuales ponen su mirada en Europa. No quieren quedar culturalmente aislados. Algunos, como Miguel de Unamuno, abogan por desembarcar en Europa, pero llevando nuestra cultura y nuestro particular modo de entender la vida. Defendían la “españolización de Europa”. Los más jóvenes, como José Ortega y Gasset, reivindicaban la “europeización de España”.

Aunque todos los países compartan la misma cultura, pueden colisionar gravemente sus intereses políticos y económicos y terminar a veces en auténticos enfrentamientos bélicos. Es lo que pasó desgraciadamente en Europa. Y no estaban aún restañadas las heridas provocadas por la Segunda Guerra Mundial, cuando al político luxemburgués Robert Schuman se le ocurre la idea de que,  unificando los intereses políticos y económicos, pueden evitarse también  esas guerras desoladoras entre los distintos pueblos.

Varios países valoran positivamente la idea aportada por Robert Schuman y, con la firma del Tratado de París en abril de 1951, crean la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Este acuerdo fue firmado por la República Federal de Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos. Seis años más tarde, en marzo de  1957, se da un paso más y, con los Tratados de Roma, esos mismos países  crean la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM). Y es entonces cuando nace realmente  el Parlamento Europeo y la mayor parte de sus instituciones. En abril de 1965, con la firma del Tratado de Bruselas o Tratado de Fusión, unifican  estas tres Comunidades en una sola Comisión Europea y en un solo Consejo para optimizar todas sus funciones.


En enero de 1973 se produce la primera ampliación de la Comunidad Económica Europea con el ingreso de Irlanda, Dinamarca y Reino Unido. Grecia lo hace  en enero de 1981 y España y Portugal en enero de 1986. Un mes más tarde, en febrero de 1986, los 12 países miembros comunitarios firman, primero en Luxemburgo y posteriormente en La Haya, el Acta Única Europea, para poner en marcha un espacio sin fronteras interiores en el que esté plenamente garantizada la libre circulación de mercancías, personas, servicios y capitales.

No fue nada fácil para los españoles entrar a formar parte de la Comunidad Económica Europea. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, España fue sometida a un aislamiento asfixiante, complicando así nuestra recuperación económica. Para solucionar tan grave problema, Franco busca la apertura, y en julio de 1959 pone en marcha el famoso Plan Nacional de Estabilización Económica, poniendo así fin a su política autárquica e iniciando el proceso de liberación de nuestra economía. En febrero de 1962 da un paso más y solicita el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea. Se nos deniega la entrada por no tener un régimen democrático.  A pesar de que continuaron las conversaciones, solamente pudo conseguir un simple acuerdo preferencial que propició una mera reducción de aranceles entre la Comunidad Económica Europea y España.

En julio de 1977, en pleno proceso de transición política, el Gobierno de Adolfo Suárez solicita nuevamente nuestro ingreso en la Comunidad Económica Europea. No se iniciaron las negociaciones hasta casi dos años más tarde y, para continuar con las pertinentes conversaciones, España tuvo que  ratificar los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y de Derechos Económicos y Culturales fijados por Naciones Unidas. También se nos obligó a ingresar en el Consejo de Europa, que es un organismo diferente a la Comunidad Económica Europea.

En las elecciones generales de octubre de 1982, el PSOE obtiene una mayoría absoluta y desde entonces es Felipe González el que negocia las condiciones de nuestra adhesión a la Comunidad Económica Europea. Para presumir que fue él quien nos sacó de nuestro tradicional aislamiento económico y político, rebajó nuestras exigencias, sobre todo en agricultura y pesca, y hasta tuvo que admitir el despliegue de misiles norteamericanos en nuestro territorio y comprometerse a mantener la permanencia de España en la OTAN. El Acta de Adhesión de España  a la Comunidad Económica Europea se firma, por fin, en Madrid, el 12 de Junio de 1985. 

Los doce miembros de la Comunidad Económica Europea dan un paso más en el proceso de integración europea y firman el Tratado de Maastricht, que entra en vigor el 1 de noviembre  de 1993. Se inicia así una nueva etapa hacia la integración económica y política de los países miembros, y al establecimiento de una moneda única y la creación de un Banco Central Europeo. El euro, que es el nombre de la nueva moneda, comenzó a circular oficialmente el 1 de enero de 2002 en los países de la Unión Europea que lo adoptaron, entre los que estaba España.

En el Tratado de Maastricht se fijaron unos criterios de convergencia que debían cumplir los distintos países que quisieran integrarse plenamente en la Unión Europea. Se les exigía estar dentro de ciertos límites en inflación, en tipos de interés, en déficit y en deuda pública, que es lo que se llama convergencia ‘nominal’. También era muy importante que nuestra renta per cápita, lo que entendemos por convergencia ‘real’, se acercara lo más posible a la de nuestros socios. Pero casi siempre hemos estado inmersos en un proceso de divergencia, tanto nominal como real, con respecto a la media europea. La inflación, lo mismo que el déficit y los tipos de interés, siempre han sido en España notablemente más elevados que en Europa. Es cierto que nuestra renta ha ido creciendo paulatinamente, pero siempre a menor ritmo que la de los países de nuestro entorno.

No tenemos nada más que analizar los datos reales de nuestra economía durante los sucesivos Gobiernos de Adolfo Suárez y de Felipe González, para darnos cuenta de que se disparó nuestra divergencia nominal con Europa. El mayor resultado negativo lo tenemos en el déficit público,  que creció espectacularmente durante esos años. El Presupuesto del año 1975, último de la era de Franco, fue el último que se  liquidó con superávit. En 1993 por ejemplo, primer año de la cuarta y última legislatura  de González, el déficit superó los cuatro billones y medio de pesetas, lo que representaba el 7,5% del PIB.

Los datos referidos a la deuda pública resultan igualmente preocupantes. Nuestra deuda en el año 1975 representaba la modesta cantidad del 12,8% del PIB. En 1977, Sin ir más lejos, nuestra deuda pública sumaba un total de 1,35 billones de pesetas. En 1996 esa cifra se disparó hasta los 51,6 billones de pesetas, por lo que, en 20 años de democracia, la deuda pública sufrió un incremento del 69,9% del PIB.

En proporción a la deuda, así son los intereses generados y en 1996 ascendían a la escalofriante cifra de 3,6 billones de pesetas. En las elecciones generales de ese mismo año, llega José María Aznar a la Presidencia del Gobierno y se encuentra con que estábamos prácticamente  desahuciados para entrar a formar parte de la Unión Monetaria, ya que no cumplíamos  ninguna de las exigencias impuestas por el Tratado de Maastricht. Pero Aznar no se arrugó. Redujo drásticamente el gasto público, la deuda pública y logró controlar y reducir significativamente la inflación y los tipos de interés, de modo que, cuando llegó el 1 de enero de 2002, fecha fijada para poner en marcha el euro, ya cumplíamos con todos esos requisitos y estábamos en disposición de compartir la misma moneda con nuestros socios europeos.  Habíamos conseguido lo que parecía imposible, la convergencia nominal con Europa.

Costó bastante más nivelar nuestra convergencia real para lograr una capacidad de compra similar o próxima a la de los demás miembros de la Unión Europea. En 1960, por ejemplo, nuestro PIB per cápita estaba en un raquítico 59,1% de la media de los demás países comunitarios. En el año 1975, que es cuando muere Franco, el PIB español alcanzaba ya el 79,9% de dicha media. Y es que entonces, gracias al Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959, se comenzó a crecer en España a un ritmo francamente extraordinario. Entre 1961 y 1975 nuestra tasa media de desarrollo era del 6,7%, bastante superior a la media del 4,1% que crecía la Unión Europea. Y esto a pesar de  que, durante ese período,  la población española creció un 15,4%, mientras que en la Europa comunitaria creció solamente un 10,3%. Por algo se habló entonces  del "milagro económico español" de la era de Franco.

A partir de 1975, y coincidiendo con el inicio de la transición democrática, rompemos esa racha positiva de convergencia real con Europa, de modo que en 1986 el PIB per cápita español bajaba hasta el 70,4% de la media de la Unión Europea. Lo que indica que, entre 1976 a 1986,  retrocedíamos prácticamente a casi un punto por año. Con la entrada de España en la Comunidad Europea se inicia  una tibia recuperación, de modo que en 1993 llegábamos al 76,6% del PIB per cápita de la media europea. Tuvimos que llegar al año 1997 para volver a alcanzar el 79,9% del PIB por habitante que nos dejó Franco a su muerte.

Gracias a la ampliación de la Unión Europea con países más pobres que España, bajó la media de la renta europea, lo que fue determinante para que subiera el porcentaje de la nuestra. Con la entrada de Bulgaria y Rumanía en 2007, nuestro PIB por habitante se situó en el 105% de la media de nuestros socios comunitarios. Este dato llenó de euforia a Zapatero y en septiembre de ese mismo año se atrevió a decir que España estaba en la “Champions League de la economía europea”. Pero duró muy poco la alegría. Cuando se produjo el relevo del Gobierno, a finales de 2011, estábamos nuevamente por debajo de la media  de la Unión Europea, lo que viene a corroborar que, más que en la “Champions League”,  estábamos desgraciadamente en la segunda división europea.

Gijón, 18 de marzo de 2013

José Luis Valladares Fernández    

10 comentarios:

  1. A pesar de todo, de todos los planes de convergencia y todo eso que apuntas, que es muy cierto (datos son datos), no es menos cierto que Europa se ha comportado en muchas ocasiones, más que como una Europa de los mercados, como una Europa de los mercaderes y, encima, en España, esos mercaderes han demostrado ser unos chorizos.

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  2. Una union europea de dos o tres velocidades.Al final volveran los viejos fantasmas de la confrontacion,que parecian ya olvidados,un abrazo,

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  3. Hola,José Luís:
    De acuerdo con lo que dices.
    Prefiero,no obstante, considerar que España contribuyó, de forma muy especial, a la configuración de Europa como continente cristiano, con el Camino de Santiago como vertebrador y las órdenes de san Benito (cluniacenses y trapenses) derramando cultura y oración sobre todo el continente que se fue homogeneizando.
    Después de la exclaustración y ataques a la Compañía de Jesús, el continente empezó a enfermar. Y con la irrupción y eclosión socialista se inició una guerra sin piedad contra la Iglesia, contra Europa, porque el socialismo siempre ha querido acabar con la Iglesia, quemar conventos y pequeños templos o, ya en los últimos tiempos han estado planteando el posible dinamitado o cierrem de Cuelgamuros, como hicieran con la Cámara Santa de la catedral de Oviedo o con el fusilamiento al monumento al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles. Estas gentes siguen teniendo rabo y son enemigas de Europa, hoy tierra de misión.
    Por lo demás, creo que incluso la moderna Europa se debe a la idea de líderes profundamente cristianos, Robert Schuman,Adenauer, De Gasperi, pero a aquel proyecto le han cambiado de vía, los ZP y otros gobernantes inicuos.

    Un abrazo

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  4. Al final lo resultante se parece poco o nada a la idea fundacional y esperemos que no derive justamente en lo mismo que pretendía evitar visto lo que estamos viendo entre unos socios y otros

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  5. La UE tiene los cimientos de barro, sostenida sobre una moneda única debilitada por la ausencia de un modelo único de política fiscal,integrada por paises que jamás debieron formar parte de la zona € por que no cumplían los requisitos indispensables que fijó Mastricht y que se suavizaron por primar los intereses políticos de Delors y Kolh sobre los criterios económicos.
    Estamos condenados a una UE de dos velocidades.

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  6. Pues se me ocurre, José Luis, que podríamos ampliar aún más la CEE con países como Malí, Marruecos, Senegal, Gambia, Somalia (los piratas ya no serían un problema y nos ahorraríamos una pasta gansa en defensa)... Y así subiría como la espuma nuestro PIB per cápita y nos evitaríamos el problema de la inmigración ilegal y las "pateras", compartiendo con el resto de los miembros comunitarios la multiculturalidad (que también tienen por sus antiguas colonias). Sería una Europa más fascinante aún que la que nos ofrece la señora Merkel y, además de ser más ricos en la pobreza democrática, mejoraría la raza y aumentaría la natalidad: ¡Los dueños del mundo recuperando Pangea!
    Saludos y enhorabuena por la magnífica lección magistral.

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  7. Ni unión plítica ni económica: club de burócratas unidos por sus mega sueldos.
    Saludos.

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  8. Matrimonios de conveniencia. Qué distinto al origen de los Estados Unidos, basado en auténticos intereses comunes.

    Al final, todos esos tratados han derivado en lo que comenta aspi... unidos por el amor al euro de unos cuantos burócratas. Paises que, además, tienen -historicamente- intereses antagónicos que se plasman en lo que ahora tenemos, una amalgama que funciona al grito de m.... el último.

    Excelente resumen.

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