viernes, 5 de marzo de 2021

LA BURGUESÍA COMO META INDISCUTIBLE

 




Es algo francamente lamentable, pero siempre ha habido engañabobos que, aprovechando la ingenuidad de una buena parte de la ciudadanía, predican la colectivización de todos los bienes y la igualdad económica más absoluta. Dicen que, para redimir a los pobres y a los desheredados, hay que acabar con la propiedad privada, y poner todas las riquezas: la tierra, el dinero y los demás bienes al servicio de la comunidad.

Pero no escuchemos a estos evangelizadores ocasionales ya que, son incoherentes, e incapaces de vivir de acuerdo con sus encendidos sermones. Utilizan desvergonzadamente sus prédicas o alocuciones para aparentar que se dedican  a proteger y a liberar a los desarrapados y menesterosos, cuando en realidad, no buscan nada más que utilizarlos como escabel para poder vivir personalmente, sin mucho esfuerzo, como auténticos burgueses.

Esto es, ni más ni menos, lo que hizo el mundialmente famoso Karl Marx. Este político alemán, de origen judío, se cansó de clamar  contra la opresión y la explotación de los más desfavorecidos por la fortuna. Y para simular que buscaba desinteresadamente la defensa de la clase obrera, nos dejó varios conceptos, como ‘la lucha de clases’ o la ‘dictadura del proletariado’, que han sido muy manoseados a lo largo de la historia.

Pero eso sí, vivió siempre como un auténtico burgués, sin trabajar y sin estudiar, abusando siempre del vicio y del desorden. Primero, cómo no, a costa naturalmente de sus progenitores, que pertenecían a una clase media acomodada. Y cuando llegó el momento, se retrató a sí mismo, casándose con Jenny von Westphalen, una  baronesa de la clase dirigente prusiana, ya que así podía mantener indefinidamente su habitual estilo de vida. A partir de entonces, claro está, sería la familia de su mujer, la encargada de sufragar una buena parte de sus gastos.

Con ese discurso absorbente y totalitario, Karl Marx logró embaucar a mucha gente, y aún sigue teniendo cantidad de prosélitos en todo el mundo. Y España, por supuesto, no es una excepción. Pero, eso sí, para los que siguen actualmente sus pasos, tienen mucha más importancia sus métodos autocráticos que su doctrina, porque así pueden llegar a  mejorar su situación personal. Y eso solo se consigue, si logras integrarte  en  la lista secreta de personas ‘confiables’ que, en la Unión Soviética, recibía el nombre de ‘nomenclatura’.

Y un aspirante serio, entre nosotros, a ocupar el número uno en esa lista de ‘confiables’ es precisamente Pablo Iglesias Turrión. Como consecuencia de la crisis económica, que se inició en el año 2008, y las medidas  de austeridad, adoptadas por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, miles de personas comenzaron a ocupar plazas y calles. Estaban indignados y trataban de airear públicamente su frustración, por el trato que recibían de los políticos y de las distintas instituciones. Y el enfado de los indignados terminó explotando el 15 de mayo de 2011.

Cuando los líderes, que manejaban esas manifestaciones y acampadas, quisieron darse cuenta, ya se había adueñado Pablo Iglesias de la crispación y del malestar social que reinaba en la calle, plasmando seguidamente todas las demandas de esos grupos en un programa político, que pensaba utilizar en las próximas convocatorias electorales.

Para defender los postulados que demandaban todos los implicados en el Movimiento del 15M, en los próximos procesos electorales, necesitaban crear urgentemente una formación política concreta. Para conseguir semejante objetivo, una treintena de activistas sociales, ligados a la cultura y al periodismo, firman el manifiesto ‘Mover ficha: convertir la indignación en cambio político’, iniciando así la creación de ese partido. Y hay alguien que, inspirándose  en el lema “yes, we can”, utilizado profusamente por Barack Obama para abrirse camino a la Casa Blanca, se le ocurrió bautizar a esa nueva fuerza política con el nombre de Podemos.

De acuerdo con la legislación vigente, la nueva agrupación, que acababa de nacer, fue inscrita en el Registro de Partidos Políticos del Ministerio del Interior el 11 de marzo de 2014. Y aunque no estaba entre los firmantes del manifiesto fundacional, esa formación política estaba presidida, que casualidad, por el inevitable  Pablo Iglesias. Es muy posible que, para esa designación, pesara mucho, creo yo, la proyección mediática innegable del personaje y, por supuesto, el carisma que tenía de aquella.

Y casi sin tiempo para confeccionar el programa político correspondiente, Podemos aúna fuerzas con otros partidos y movimientos de extrema izquierda, y se presenta, sin más, a las elecciones del 25 de mayo al Parlamento Europeo. Querían dar la campanada, y lo consiguieron, ya que obtuvieron un resultado claramente espectacular. Fue la  cuarta fuerza política más votada, logrando nada menos que 5 escaños.

Como consecuencia de esos comicios, comenzaron a dispararse todas las encuestas a favor de la nueva formación política y de sus dirigentes. Dos meses después de esas elecciones, según el sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), Podemos ya superaba al PSOE en intención directa de voto, y se aproximaba al Partido Popular. Y en todos los medios que intervenía su secretario general, Pablo Iglesias, se disparaban las audiencias.

Y llenos de euforia, y en estado prácticamente de shock  por el triunfo cosechado, los dirigentes de Podemos comienzan a preparar la Asamblea ciudadana ‘Sí se puede’, que pensaban celebrar el próximo otoño. En dicha Asamblea, que se celebró entre el 15 de octubre y el 15 de noviembre de 2014, se constituyó oficialmente el nuevo partido político. Como era de esperar, Pablo Iglesias volvió a ser elegido secretario general de Podemos con el 88,7%, de los 107.488 votos emitidos.

Y en las elecciones autonómicas, celebradas a lo largo del año 2015, Podemos consiguió hacerse con una representación suficientemente aceptable  en todas las Autonomías de la geografía española. Y esto es determinante para que el secretario general de Podemos, con todo su equipo, comience a diseñar su estrategia política particular, para presentarse a las próximas elecciones generales, convocadas para el 20 de diciembre  de 2015.

Estos comicios los gana el Partido Popular, pero Mariano Rajoy desecha firmemente optar a la investidura. Se presenta Pedro Sánchez, que cuenta con el apoyo de la muchachada ciudadana de Albert Rivera. Y como el secretario general del PSOE no consigue los votos necesarios para ser investido presidente, se abre un nuevo proceso electoral, fijado para el 26 de junio de 2016.

En estas elecciones, Pablo Iglesias encabeza la lista de Unidos Podemos, que es la coalición formada por Podemos con las huestes de Izquierda Unida, que dirige Alberto Garzón y con otras fuerzas minoritarias, defensoras a ultranza de la igualdad social y del igualitarismo. Y el líder de Podemos acude a este encuentro con las urnas con renovado entusiasmo, porque estaba completamente seguro de dar el ‘sorpasso’ al PSOE, tal como vaticinaban casi todas las encuestas.

Pero el optimismo desmedido del cuartel general de Unidos Podemos fue desapareciendo progresivamente a medida que avanzaba el escrutinio, convirtiéndose al final de la noche electoral, en una sensación inaguantable de frustración y fracaso. Y como fallaron estrepitosamente las expectativas, Pablo Iglesias, Alberto Garzón y demás miembros de Unidos Podemos despertaron del sueño imposible del ‘sorpasso’, y tuvieron que conformarse con los 71 escaños que sacaron.

Y Unidos Podemos que, en atención a la lucha del movimiento feminista, pasará a ser Unidas Podemos, cerró la noche con un mitin de Iglesias, animando a su parroquia a resistir. Les recordó que Salvador Allende tardó cuatro elecciones  en conseguir el triunfo. Y nosotros, dijo, “seguimos llamando a las puertas del cielo”. Y añadió: “nacimos para ganar y vencer” y “esto acaba de comenzar”. Pero la realidad es  tremendamente tozuda, y lo que parecía ser un tsunami arrollador, se desinfló muy pronto, y no tardamos mucho en comprobar que solo se trataba de una simple amenaza.

Y de hecho, Unidas Podemos comenzó muy pronto a perder apoyos. Y esa pérdida de respaldos se intensificó afortunadamente, aún más, a partir de las elecciones generales de junio de 2016. No es de extrañar, por lo tanto, que las mesnadas  populistas asistieran divididos y enfrentados a su segunda Asamblea estatal, conocida como Vistalegre 2, que se celebró el 11 y el 12 de febrero de2017.

Son dos grupos irreconciliables entre sí. Por un lado estaba el omnipresente Pablo Iglesias, que trata de hacerse con todo el poder. Y en la acera opuesta, estaba Íñigo Errejón, que pretende conservar, al menos, el puesto de relevancia que venía desempeñando, para seguir siendo el número 2 de la formación morada.

En esta segunda Asamblea estatal, se enfrentan dos Podemos distintos. Un Podemos más radical y más izquierdista que dirige el tabernario Pablo Iglesias, y un Podemos más posibilista, más sensato y moderado que viene defendiendo Íñigo Errejón. Y se abrió Vistalegre 2 con el plebiscito presentado por Iglesias, al afirmar que, o lo ganaba todo, o se marchaba. Y como las bases se decantaron mayoritariamente por el Podemos más extremista y revolucionario, el que quiere llevar la lucha a las calles, se cerró la segunda Asamblea estatal, con un triunfo contundente de Pablo Iglesias y con Errejón en la cuerda floja.

El reelegido líder se enfrenta ahora al reto de recomponer la unidad del partido de Unidas Podemos. Y trata de conseguirlo,  vilipendiando despiadadamente a los ricos, a los burgueses, a los que llama despectivamente ‘la casta’. Y asegura, que seguirá estando al lado de los menos afortunados y que defenderá, contra viento y marea, a su gente, a los del pueblo llano y a todos los que viven humildemente de su trabajo y necesitan ayudas sociales.

Y como la hemeroteca ha dejado a Pablo Iglesias con las vergüenzas al aire, ya no habla de Vallecas, ni critica a “los políticos que viven en Somosaguas, que viven en chalets, que no saben lo que es coger el transporte público o el precio de un café”. Por razones meramente tácticas, ya no le oiremos decir, refiriéndose  a Luis de Guindos, que poner a un millonario al frente de la política económica, “es como entregar a un pirómano el Ministerio de Medio Ambiente”.

Como cualquier impostor, Pablo Iglesias sigue cantando continuamente las excelencias  de la  vida de los de abajo, de los que suele llamar ‘sus gentes’. Y como ahora ya no es el mileurista que utilizaba frecuentemente el transporte público, que vivía “tan a gustito” en un piso humilde del madrileño barrio de Vallecas, se ha ido a vivir, con Irene Montero, a un Dúplex en Rivas-Vaciamadrid, que es bastante más amplio y cómodo que el piso vallecano.

Y aunque al impresentable caudillo de los morados le gusta más la opulencia que las estrecheces y se siente fuertemente atraído por la vida muelle que llevan los burgueses, sigue cantando las excelencias de la vida de los de abajo, de los que pasan necesidades y tienen que hacer auténticos milagros para llegar a fin de mes.  Sabe que es un incoherente, porque predica una cosa y hace exactamente la contraria, pero como confía en la insensatez de las gentes que tienen que ganar el pan con el sudor de su frente, piensa que ya no necesita disimular sus continuas contradicciones.

A partir de ese  momento, el fatuo Pablo Iglesias, comenzó a vivir a lo grande, como han vivido siempre los aparentemente odiados capitalistas. Y para que las gentes del pueblo, los que trabajan, no descubran el engaño y sigan prestándole sus votos, se presenta como si fuera uno de titanes que, según la mitología, se enfrentaron valientemente a los dioses del Olimpo,  para iniciar el famoso ‘asalto a los cielos’, para tratar de mejorar la situación económica y social de los que tienen que vivir necesariamente de su trabajo.

Y como no podía ser menos, el exigente 'ethos' de Pablo Iglesias y de su pareja Irene Montero, les instaba insistentemente a mejorar su situación personal. Así que ya no les bastaba  con imitar el comportamiento y la vida típica de los burgueses. Tenían que vivir también entre la propia burguesía. Y sin pensarlo dos veces, abandonaron el Dúplex de Rivas-Vaciamadrid, y se marcharon a vivir al casoplón de 268 metros construidos, que compraron en  Galapagar. El chalet está construido dentro de una parcela de más de 2.000 metros cuadrados, tiene piscina, un amplio jardín y cuenta, además, con una casa independiente para invitados.

Y se instalaron en su nueva mansión de Galapagar, rodeándose de todas las comodidades habidas y por haber. Y hasta se rodearon de una servidumbre abundante, más propia de aristócratas que de simples dirigentes comunistas, que se jactan  de estar al frente de un numeroso grupo de populistas baratos y bolivarianos. Y justamente por eso, por ser comunistas, y por llevar un tren de vida que no tiene nada que ver con lo que pregonan, esta pareja no fue muy bien recibida en la sierra madrileña.

Y para colmo de males, esa especie de rechazo social se acentuó aún más cuando, por decisión del presidente  Pedro Sánchez, Pablo Iglesias se convierte en vicepresidente segundo del Gobierno, e Irene Montero se hace con el Ministerio de Igualdad. A partir de ese momento, en las calles de Galapagar, siempre ha habido manifestantes que, con banderas de España y cánticos de Manolo Escobar,  expresan ruidosamente sus protestas contra los líderes de podemos.

Aunque parezca extraño, hay calles de Galapagar por la que no pueden pasear libremente ni sus propios vecinos. Un nutrido grupo de Guardias Civiles, que se encarga de proteger la intimidad de dicha pareja, impide que  los inoportunos viandantes se acerquen a los aledaños del dichoso casoplón. Y como no hay manera de realizar un escrache explícito  a sus moradores, los que realizan esas protestas derrochan ingenio a raudales para que, al menos los ecos de esos alborotos callejeros, traspasen la incómoda barrera policial y molesten e incomoden de verdad a los nuevos ocupantes de ese chalet.

Y por lo que parece, quién lo iba a decir, tanto el vicepresidente, como la ministra, se sienten sumamente enojados por esos escraches a veces un tanto originales. Y como ya están hartos de lo que el propio Pablo Iglesias, en su programa de Fort Apache, bautizó como “jarabe democrático de los de abajo”, ya han comenzado a buscar una nueva residencia.

Como buscan desesperadamente preservar su privacidad, están barajando la posibilidad de aterrizar en otra zona exclusiva de la presierra madrileña, en la ciudad residencial La Berzosa, en las proximidades de Torrelodones  y Hoyo de Manzanares. De momento, han puesto los ojos en la reconstrucción de un chalet, tan amplio y tan lujoso o más, que el de Galapagar.

De todos modos, es incomprensible, que haya personas que subsisten a base de soportar auténticas estrecheces económicas, y apoyen incondicionalmente a unos vividores, que pertenecen  a ‘la casta’ y que solo se acuerdan de los que dicen defender, cuando necesitan sus votos para conservar o incrementar sus privilegios.

 

Gijón, 24 de febrero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández

miércoles, 24 de febrero de 2021

EL DESASTRE ECONÓMICO ESTÁ SERVIDO

 


 

En las Sátiras del antiguo poeta romano, Aulo Persio Flaco, aparece la máxima latina, Qui resistit, vincit que, traducida al español, sería utilizada profusamente por nuestro Premio Nobel  Camilo José Cela. Tanto en sus diálogos frecuentes, como en muchas de sus conferencias, sacaba a relucir esa sentencia, con estas u otras frases similares: “vence quien dura” o “en España quien resiste gana”. Y como no podía ser menos, la frase EL QUE RESISTE GANA terminó figurando como divisa de su escudo.

Y eso es precisamente lo que intenta hacer el presidente del Gobierno que nos han impuesto los enemigos declarados de España, resistir contra viento y marea, para terminar saliendo con la suya. No olvidemos, que Pedro Sánchez llegó de manera totalmente irregular a La Moncloa, porque su moción de censura contra Mariano Rajoy, no cumplía ninguno de los requisitos exigidos por nuestra Constitución.

Para empezar, el aspirante a regir los destinos de España, basó toda su argumentación en una valoración improcedente, que el juez José Ricardo de Prada introdujo de manera francamente arbitraria en la sentencia de Gürtel. Sin guardar la más mínima apariencia de imparcialidad, y con toda su mala intención de perjudicar al Partido Popular, dio por hecho que existía la famosa ‘caja B’ de este partido político.

Este entuerto del juez José Ricardo de Prada, que posibilitó esa moción de censura, fue oportunamente subsanado por el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, de la siguiente manera: borrando ese inciso de la sentencia y apartando a ese juez del juicio pendiente sobre la financiación del Partido Popular, por su evidente falta de imparcialidad.

Y por si fuera esto poco, tampoco puede presumir el secretario general del PSOE de haber contado con una mayoría suficiente para llegar al poder, a través de la moción de censura. Si nos atenemos a los hechos, vemos que aquella mayoría era claramente ficticia. En aquella votación, más que un sí a Pedro Sánchez, encontramos un no rotundo a Mariano Rajoy, para que abandonara la presidencia del Gobierno. Querían hacerle pagar la postura inflexible que adoptó contra los organizadores del referéndum del 1 de octubre de 2017.

Según explica el propio Pedro Sánchez, presentó esa moción de censura para  “recuperar la normalidad institucional” y “regenerar la política española”. Por sus casos de corrupción, era intolerable que el Partido Popular siguiera al frente del Gobierno. Y hace esta afirmación, quién lo diría, el líder de un partido, que aún no ha sido capaz de explicar satisfactoriamente el paradero  de los 680 millones de euros, que desaparecieron  en Andalucía, cuando gobernaba allí el PSOE. Se trata, por lo visto, del mismo partido que creó la trama de las empresas de Filesa, Malesa y Time-Export, para financiar ilegalmente sus propios gastos.

Tenemos que reconocer, que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa como un caballo desbocado, con unas ansias locas de disfrutar del poder. Pero de momento tenía que ser muy cauto, ya que no contaba con más apoyos que sus 84 diputados. La primera prueba de su extremada debilidad, se la dieron los independentistas catalanes, cuando se negó rotundamente  a traspasar la línea roja de la autodeterminación de Cataluña. En esa ocasión, tanto las mesnadas de JxCat, como las de ERC rechazaron de plano los Presupuestos Generales del Estado y el presidente Sánchez se vio obligado a convocar elecciones generales.

Y acudió a esas elecciones, que se celebraron el 28 de abril de 2019, estando convencido de sacar un resultado plenamente satisfactorio para afrontar un Gobierno en solitario. Pero se equivocó de medio a medio, ya que ganó estos comicios, pero tuvo que conformarse con 123 diputados, y necesitaba 53 escaños más para poder gobernar sin ayudas foráneas.

 Como no se alcanzó ningún acuerdo para formar Gobierno, fue preciso volver a las urnas para salir de ese impasse. Y en el nuevo proceso electoral, que se celebró el 10 de noviembre de ese mismo año, se recuperó en parte la derecha, pero volvió a ganar Pedro Sánchez, aunque perdiendo, eso sí, 3 escaños. También perdió fuelle, qué le vamos a hacer,  Unidas Podemos, que  consiguió 7 diputados menos.

Pero hay que tener en cuenta que, ni el presidente Sánchez estaba dispuesto a abandonar el barco, ni el mefistofélico Pablo Iglesias quería perder tontamente la ocasión de sentarse en el Consejo de Ministros. Y puesto que, a cambio de la mesa de negociación bilateral con la Generalitat, podían contar con la abstención de ERC y de EHB, terminaron formando un Gobierno de coalición, que está guardando un cierto parecido con el lamentable ‘Frente Popular’ de 1936.

Sabemos que los Gobiernos que padecimos durante los últimos cuatro años eran extremadamente débiles. Todos vimos las dificultades que encontró Mariano Rajoy, para conseguir su investidura en noviembre de 2016. Y ya vimos que Pedro Sánchez, cuando aterrizó en La Moncloa, en junio de 2018, no contaba nada más que con 84 diputados. Y por si todo esto fuera poco, pasamos prácticamente todo el año 2019 con un Ejecutivo en funciones. Vivimos, por lo tanto, un periodo de inestabilidad política demasiado prolongado y negativo, que  debería haber terminado con el Gobierno de coalición, que se formó en enero de 2020.

Pero desgraciadamente no fue así. Al conseguir su investidura con tantos apoyos, y ver que podía hacer y deshacer  en el Gobierno a su antojo, el ególatra Pedro Sánchez se olvidó de los españoles. Y como todos los narcisistas, comenzó a pensar en sí mismo y a recabar alabanzas y distinciones, que creía propias del cargo que ostentaba.

Y como le urgía verse aclamado y vitoreado por el hecho de ser presidente, no quería  malgastar su tiempo ni en gobernar, porque  eso podía retrasar los vítores y los halagos que  esperaba. Comenzó dando rienda suelta a sus gustos faraónicos, desdoblando absurdamente algunos Ministerios, para rodearse nada menos que de 22 ministros y con 4 vicepresidencias. Sin lugar a dudas, tenemos el Gobierno más numeroso de los países de nuestro entorno.

Al aumentar el número de ministros, se multiplicaron desorbitadamente, como por arte de magia, los secretarios de Estado, los secretarios regionales, los subsecretarios y esa nube enorme  de asesores que, en muchos casos, son amiguetes o afines del que los elige y, muchos de ellos, sin preparación alguna. Pero tener el Gobierno más numeroso, no quiere decir en modo alguno, que sea el más eficiente. Es más bien, todo lo contrario. Es, eso sí, el más caro y el menos recomendable de todos, sobre todo, en tiempo de crisis económica.

Y para complicar aún más las cosas, Pedro Sánchez está gobernando a golpe de capricho y está gestionando terriblemente mal la pandemia que padecemos. En este caso, actúa como el perro del hortelano: como teme que pueda salir malparado, rehúye coordinar personalmente  la lucha contra la expansión descontrolada del coronavirus. Pero tampoco da libertad a las Comunidades Autónomas, para que se ocupen de ese cometido.

Y el resultado está ahí y es inapelable, ya que somos el país que ostenta  la mayor tasa de mortalidad de todo el planeta. Si nos hacemos caso de las estadísticas elaboradas por el propio Instituto Nacional de Estadística, aunque le moleste al Gobierno, encabezábamos notoriamente el número de fallecidos a causa de la pandemia. A mediados de enero de 2021, ya sobrepasábamos con creces la espeluznante cifra de 90.000 muertos por culpa del Covid-19.

Y esto, claro está, comporta otra serie de problemas igualmente graves. Por culpa de tan peligrosa plaga, la economía española ha sufrido un batacazo sumamente espectacular. Para encontrar una caída del PIB de un 11%, que registramos al finalizar el año 2020, quizás tendríamos que remontarnos a los años de nuestra Guerra Civil. Y no acaba aquí el desastre, ya que la Comisión Europea anuncia, que este año, tendremos una recesión del 12,4%.

Es verdad que la pandemia, ha golpeado por igual, sin excepción alguna,  a todos los países europeos. Pero todos ellos procuraron proteger apropiadamente sus economías. Y España no supo o no quiso hacerlo a tiempo, y sus medidas de confinamiento han hundido nuestra actividad económica, hasta límites insospechados hasta ahora. No es de extrañar, por lo tanto, que  tengamos más parados que nadie y que proliferen, cada vez más, las antiguas colas del hambre, que habían desaparecido casi por completo.

Estamos viviendo una situación enormemente crítica y complicada, y va a costar sudor y lágrimas mejorar nuestras expectativas. No podemos olvidar, que los dos máximos responsables del Gobierno carecen de principios, y que son muchos los españoles que han perdido la memoria y se dejan manejar tranquilamente y, así, no vamos a ninguna parte. Y los líderes del PSOE y de Unidas Podemos aprovechan esa circunstancia para tratar de imponernos un igualitarismo trasnochado y absurdo, copiando, por qué no, los postulados expresados por Praxágora, la protagonista de una comedia, escrita por Aristófanes en el siglo IV a. C.

En aquella ocasión, es verdad, los atenienses vivían una situación verdaderamente crítica por culpa  de la guerra del Peloponeso. En el año 415 a. C., los líderes políticos de Atenas reunieron una gran fuerza expedicionaria y, saltándose el tratado de la Paz de Nicias, desataron un ataque contra varios aliados de Esparta.

Pero se encontraron con una respuesta del ejército espartano, mucho más dura y contundente de lo que esperaban. Con la ayuda de Persia y de los sátrapas de Asia Menor, Esparta golpeó sin piedad a los atenienses, destruyó su flota, devastó  los campos del Ática, cerró sus minas y redujo a la esclavitud a miles de soldados atenienses.

A pesar de la aplastante derrota, los responsables políticos de Atenas seguían anteponiendo sus intereses personales sobre los de la polis, y soñaban con organizar una nueva revancha. Y el comediógrafo griego Aristófanes, que estaba en contra  de las intenciones de los gobernantes atenienses, procuró ridiculizarlos explícitamente,  en una de sus obras más famosas, La asamblea de las mujeres.

La protagonista de la comedia de Aristófanes es Praxágora que, al frente de las mujeres  de Atenas, disfrazadas de hombres, imponen su plan de igualdad económica: “todos deben tener  todo en común, hay que hacer de la ciudad una sola casa…, la tierra, el dinero y todo lo que tiene cada uno”.  Al colectivizar todos los bienes, para que todos disfruten de ellos por igual, nos encontramos naturalmente un régimen comunista integral.

Lo malo es que, la doctrina igualitaria, como la que predica Praxágora, y la que quieren imponernos los adalides del socialcomunismo actual, no puede ser universal, ni ecuánime y ni debidamente equilibrada. Para que haya personas completamente libres, que puedan vivir sin preocupación alguna, como reconoce la protagonista de la comedia de  Aristófanes, hay que contar necesariamente con la dichosa esclavitud, que creíamos desterrada.

De todos modos, mientras sigamos en manos  de un ególatra de la talla de Pedro Sánchez y de un filibustero como Pablo Iglesias, no habrá manera alguna de poner fin al desastre que estamos padeciendo. Y como sigan mucho tiempo al frente del Gobierno, terminaremos indefectiblemente, en la ruina más absoluta.

Para empezar, al gestionar tan rematadamente mal la pandemia del coronavirus, han vuelto las interminables colas del hambre, que vemos a diario, ante los bancos de alimentos o comedores sociales. Y en esas dramáticas colas no hay solo desarrapados y emigrantes, que vienen en busca de un futuro mejor. Aunque a nadie le gusta mostrar sus miserias, entre los más vulnerables, hay hoy también mucha gente acomodada y de clase media, que se ha quedado sin trabajo, que era su medio habitual de vida.

Y por desgracia, todo indica  que lo peor de la crisis laboral aún no ha llegado. En octubre del año 2020, con un 17,1% de desempleo, ya encabezábamos holgadamente todas las listas de paro en la Comunidad Económica Europea. Y a finales de enero de 2021, los parados en España alcanzaban la aterradora cifra de 3.964.353, 710.500 más que un año antes.

Y según todos los indicios, el desempleo seguirá creciendo desdichadamente, y sin control alguno, a lo largo del año que acabamos de empezar. Si nos hacemos caso de las previsiones que maneja  el Instituto de Estudios Económicos, finalizaremos el año 2021, con una tasa de paro del 18,8%. Y todavía es más pesimista el  Banco de España, que dice que, para esa fecha, la tasa del desempleo podía llegar hasta el 22%.

Y para terminar de aguarnos la fiesta, y hacernos cada vez más pobres, sigue creciendo imparablemente nuestra deuda. De momento, ya estamos superando el 120% del PIB. Y de seguir así, es muy posible que en el año 2022, superemos sobradamente el 123% del PIB.

 

Gijón, 18 de febrero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández 

sábado, 13 de febrero de 2021

LOS CAPRICHOS DE PEDRO SÁNCHEZ

 



No cabe la menor duda, que siempre es mucho más fácil hablar o dar consejos, que realizar lo que se aconseja. Ya lo dice el refranero español, ‘una cosa es predicar, y otra dar grano’. Y el presidente del Gobierno suele hacer eso precisamente, presumir y hablar mucho, y rara vez acierta. Pero a la hora de actuar, ni está, ni se le espera. 

No sé si con razón o no, pero solemos decir frecuentemente que el pueblo tiene siempre el Gobierno que se merece. Y el famoso escritor francés, Víctor Hugo lo hizo de esta manera: “Entre un Gobierno que lo hace mal y un Pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa”. Y Mahatma Gandhi expresó esta misma idea de una manera mucho más gráfica: “Si hay un idiota en el Poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”.

Sea esto cierto, o no, sí podemos  afirmar rotundamente que los españoles hemos tenido muy mala suerte con los dos últimos aspirantes socialistas que consiguieron dirigir el Gobierno. Ni que decir tiene  que José Luis Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa, porque el PSOE utilizó torticeramente aquel terrible atentado del 11 de marzo de 2004, que despanzurró cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid, dejando un número muy elevado de víctimas. Y para nuestra desgracia, cuando Zapatero se marchó, dejó a España al borde mismo de la quiebra.

Y como no podía ser menos, también hubo juego sucio, por parte del PSOE, en el montaje de la moción de censura contra Mariano Rajoy, para que Pedro Sánchez pudiera satisfacer su capricho apremiante de ocupar inmediatamente la presidencia del Gobierno. Para conseguir ese objetivo, aprovecharon una apreciación improcedente, que introdujo intencionadamente el juez José Ricardo de Prada en la sentencia de Gürtel. Este juez progresista, afín al socialismo, dio por hecho que quedaba acreditada la existencia de una ‘caja B’ en el Partido Popular, destruyendo así la necesaria apariencia de imparcialidad.

Cuando ya era tarde, claro está, vendría el severo varapalo, que el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional dio al atrevido juez de Prada, ya que le apartó sin más del juicio pendiente sobre la financiación del Partido Popular. De este modo tan simple, la Audiencia Nacional confirmó, que la maniobra de Sánchez para alzarse con el poder, se cimentaba artificialmente en un manejo espurio del derecho.

Con la recusación del juez José Ricardo de Prada, podemos afirmar que Pedro Sánchez llegó al poder de manera claramente bochornosa e irregular. A su moción de censura le faltó uno de los requisitos esenciales, ser constructiva, tal como exige nuestra Constitución. A una buena parte de los que votaron con el PSOE, les importaba un bledo Sánchez. Votaron más bien contra Mariano Rajoy, porque querían hacerle pagar su postura inflexible contra el referéndum del 1 de octubre de 2017. Y ya veremos qué hacen con el líder socialista, una vez que consigan el indulto de los independentistas que están cumpliendo prisión.

Es evidente que la mayoría ostentada por Pedro Sánchez en la resolución de su moción de censura era meramente ficticia. Eso indica, al menos, el resultado en las elecciones generales del 28 de abril de 2019. Ganó esos comicios, es verdad, pero fue incapaz de reunir los apoyos que necesitaba para formar Gobierno, y fue preciso repetir las elecciones.

El nuevo proceso electoral tuvo lugar el 10 de noviembre de ese mismo año, y volvió a ganar, el líder del PSOE, pero logrando solamente 120 escaños, 3 menos que en las pasadas elecciones de abril. Pero entonces, se impuso su ambición. Y para no abandonar La Moncloa y ser investido presidente, aceptó encantado el insomnio anunciado y se echó en brazos de su alter ego, el charlatán que cambió la coleta por el moño. 

Con el nuevo Gobierno de coalición, la inestabilidad política que venimos arrastrando desde 2015 se intensificó aún más, por la falta de entendimiento entre las dos facciones del Gobierno. Y también, cómo no, porque al pseudodoctor Pedro Sánchez le molesta enormemente que le controlen. Y como se trata de un personaje sumamente caprichoso y resentido, sin proponérselo, imita a una deidad mitológica de la antigua Grecia, tan llamativa y señalada, como la famosa diosa Hera (Ἥρα).

En los viejos anales helénicos, Hera aparece siempre como una diosa femenina, extremadamente vengativa y rencorosa, que tenía atemorizados a los demás dioses del Olimpo. Es verdad que, por su papel de hermana y esposa de Zeus, tenía la consideración de reina de los dioses.  Y derrochaba rencor y se mostraba especialmente resentida, contra las amantes ocasionales de Zeus y contra los hijos bastardos de éste.

Y entre todos ellos, la diosa Hera se cebó principalmente contra Heracles, el hijo que tuvo Zeus con la mortal Alcmena. Trató de quitarle la vida, cuando era un recién nacido, enviando a su cuna dos serpientes. Pero el pequeño héroe logró estrangularlas con sus manos, antes de que le causaran algún daño. Y siguió persiguiendo a Heracles cuando ya era mayorcito, obligándole a desempeñar las misiones complicadas que le encomendaba  Euristeo, el rey de Micenas.  Esperaba que fracasara y muriera en alguno de esos cometidos. Pero Heracles salía siempre victorioso y acrecentaba incesantemente su gloria.

Y al lenguaraz Pedro Sánchez, que nos aburre continuamente con su verborrea absurda, le está ocurriendo lo que a la reina de los dioses. Si a Hera le sacaban de quicio las amantes de Zeus y los hijos adulterinos que venían detrás, a Sánchez le pasaba exactamente lo  mismo con las instituciones o entidades públicas, que controlaban todas sus actuaciones. Tiene una verdadera fijación por todos esos organismos o contrapesos constitucionales, que tienen la misión de garantizar el comportamiento democrático de los que ejercen el poder.

Es sabido que el malhadado presidente del Gobierno, que padecemos, es radicalmente incapaz de tolerar que lo investiguen y que, para coronar la fiesta, le pidan encima explicaciones de sus actos. Se olvida de lo que hizo él, cuando representaba a la oposición. Entonces, es verdad, se cansó de pedir “transparencia  y rendición de cuentas” a Rajoy. Pero no hay peligro que repase las hemerotecas y se escuche a sí  mismo, y actúe después en consecuencia.

Son particularmente sangrantes las diatribas lanzadas por Pedro Sánchez contra el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. En octubre de 2014, llegaron repatriados a España dos misioneros afectados por el virus del ébola, que murieron finalmente y se contagió con ese virus Teresa Romero, una auxiliar de enfermería del Hospital Carlos III de Madrid.

En aquella ocasión, el líder socialista gritaba desaforadamente al presidente del Gobierno: “necesitamos políticos  que no rehúyan los debates, que den la cara, que aclaren y den seguridad a los ciudadanos, que protejan a los profesionales de la sanidad pública y que no nos victimicen y responsabilicen de sus propios errores”. Y remataba su festival de improperios pidiendo a Rajoy información pormenorizada de la crisis del ébola, y de los “errores cometidos”, tras el “desgraciado espectáculo de incompetencia y desgobierno” que estaba dando su Gobierno.

Volvió a pasar algo muy parecido, por el colapso de la autopista de peaje AP-6 y la A-6, tras la nevada que se produjo entre el 6 y el 7 de enero de 2018. En esa ocasión, quedaron atrapadas, según la acusación del líder de la oposición, varios miles de personas que fueron oportunamente rescatadas por el Ejército. Y achacó toda esa odisea, faltaría más, a “la ineptitud y la irresponsabilidad del Gobierno”.

Y para que nadie te pida cuentas y te exija reiteradamente que des explicaciones que no quieres dar, no hay nada mejor que entrar a saco en esas instituciones públicas y sustituir a las personas incómodas por algún que otro amiguete particular. Y con la intención de perpetuarse en la poltrona gubernamental, Pedro Sánchez procuró ampliar sus apoyos, incorporando a su causa a los independentistas de ERC. Y todo a costa, claro está, de abrir la mano haciendo concesiones  complicadas y, sobre todo, desjudicializando el dichoso  ‘procés’ catalán.

Claro que, si el responsable del Ministerio Público es una persona medianamente independiente, efectuar todos esos enjuagues políticos, acarrearía algunas complicaciones y, más que nada, originaría mucho ruido. Y como era previsible, con un personaje tan pagado de sí mismo como el presidente Sánchez, sucedió lo que tenía que suceder. Para soslayar hasta la más mínima dificultad, prescinde de los requisitos habituales, y procura asegurarse el control del Ministerio Fiscal, poniendo al frente de la Fiscalía General del Estado a su ex ministra y moldeable amiga Dolores delgado García. Y así, se acabó la fiesta.

Y como el ‘asalto’ a la Fiscalía General del Estado salió bastante bien, Pedro Sánchez tardó unos meses, pero terminó haciendo lo mismo con el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno. Hay que tener en cuenta, que el Consejo de Transparencia es un organismo público que, como se sabe, venía desarrollando habitualmente su labor de control al Gobierno de una manera autónoma e independiente.

 Pero está visto que el presidente Sánchez no quiere que nadie  controle su gestión. Es más, le molesta soberanamente que haya alguien que se atreva a indagar si abusa o no de los recursos públicos. Y le indigna sobremanera que pretendan saber hasta dónde llega  su favoritismo con los amigos. Y trató de solucionar su problema, qué le vamos a hacer, del mismo modo que en el Ministerio Público: acabando con su autonomía tradicional y con su independencia.

Y al ser completamente alérgico a rendir cuentas, Pedro Sánchez decide salvaguardar su supuesto derecho a no dar explicaciones de sus actos. Recaba el apoyo de su impresentable vicepresidente segundo y, de común acuerdo, adoptan la determinación de nombrar un presidente del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno, que llevaba vacante desde noviembre de 2017. Y pretenden completar su faena, sustituyendo a Javier Amorós y a Esperanza Zambrano, que eran los dos miembros más exigentes de ese organismo público.

Y a pesar del sigilo desplegado escrupulosamente por los dos líderes máximos del Gobierno social-comunista, no tardaron mucho en trascender sus verdaderas intenciones. Y al saberse que querían relevar a esos dos miembros del Consejo de Transparencia, para poder disfrutar de una opacidad siniestra para todos sus actos, comenzaron a aparecer críticas muy duras por ese hecho, en las tertulias de los distintos medios de comunicación.

Para acallar esas reprimendas y acusaciones, tan molestas  para los que viven en un mundo paralelo o en otro planeta, como es el caso de Pedro Sánchez, cambian tajantemente de disco, y aquí no pasó nada. Se olvidan de la sustitución de  Javier  Amorós y a Esperanza Zambrano, que eran miembros fundacionales de esa institución, y se centran en la elección de un buen candidato para presidir esa institución pública, para poner fin a una interinidad tan prolongada.

Claro que, para el dúo maquiavélico que dirige el Gobierno de coalición, solo es ‘buen candidato’, si se distingue por ser indiscutiblemente dúctil y manejable. Y creyeron ver esas apreciadas cualidades en José Luis Rodríguez Álvarez, que ya había desempeñado cargos públicos relevantes, en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero. Y sin esperar a más, le nombran presidente del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno.

Ni que decir tiene que Pedro Sánchez quedó totalmente satisfecho con esa elección. Y todo, porque sabía que Rodríguez Álvarez, terminaría comportándose, como un magnífico comisario político, dispuesto a realizar los trabajos sucios que fueran necesarios en esa entidad, para imponer su voluntad.

La prueba está en que, desde que asumió esa ocupación, Transparencia no volvió a realizar valoraciones ante la prensa, y a partir de ese momento, el mismo Rodríguez Álvarez se negó firmemente a ser entrevistado por los distintos medios de comunicación. Y como era de esperar, terminó remodelando a su antojo el equipo directivo del Consejo de Transparencia.

Comenzó relevando a la funcionaria Esperanza Zambrano, que llevaba al frente del área  de Reclamaciones desde el año 2015. Y está esperando la oportunidad precisa, para hacer justamente lo mismo con Javier Amorós, subdirector actual de esa organización.

Y como el antojadizo Pedro Sánchez  actúa siempre  a golpe de capricho, también ha querido dejar su sello en el Consejo General del Poder Judicial, para acabar definitivamente con su independencia tradicional. El Poder Judicial lleva en funciones desde diciembre de 2018. Y para poder renovarlo, es necesario contar con una mayoría cualificada de tres quintos de los 350 diputados del Congreso.

Con la aritmética parlamentaria actual, es francamente imposible reunir esa mayoría de 210 diputados, si no hay un acuerdo expreso entre populares y socialistas. Y de momento, ese acuerdo es inviable, porque el presidente Sánchez no quiere desairar a sus socios de Gobierno, y pretende darles voz y voto en la elección del nuevo Consejo General del Poder Judicial. Y eso es algo que no acepta el Partido Popular.

Y en consecuencia, el Poder Judicial sigue necesariamente en funciones y, como no podía ser de otra manera, continúa nombrando cargos clave para puestos importantes de la administración de Justicia. Y esto, por supuesto, saca de quicio al endiosado Pedro Sánchez y a toda su corte de aduladores.  Y como prefiere salir con la suya, antes que pactar la renovación con los Populares, decide cambiar la ley, modificando simplemente la mayoría que se necesita para elegir el nuevo Consejo. Reduciendo la mayoría cualificada de los tres quintos a una mayoría simple, ya no se necesita el concurso del principal partido de la oposición.

Pero realizar esa modificación legislativa, que les permitiría elegir, al menos, a una parte de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, acarreaba otros problemas graves que no habían previsto.  Como la modificación pretendida delimita abiertamente aspectos esenciales del Estatuto de los miembros del Poder Judicial, la Unión Europea obliga a realizar esa tramitación, contando con los distintos sectores implicados.

Y resulta que, entre los sectores implicados, además de los miembros del propio Consejo General del Poder Judicial, está también, quien lo diría, la propia Unión Europea. Y mira por dónde, ese hecho enciende la luz de alarma, que obligó al entrometido Pedro Sánchez y a sus entregados ganapanes a paralizar, momentáneamente al menos, la anunciada modificación de esa ley. Todo un fracaso, que aún no han sido capaces de asimilar.

 

Gijón, 31 de enero de 2021

 José Luis Valladares Fernández


sábado, 6 de febrero de 2021

VUELVEN LOS BROTES VERDES DEL PSOE

 


En una famosa tragedia de la antigua Grecia, atribuida tradicionalmente a Esquilo, se describe con todo detalle las increíbles peripecias de un personaje tan interesante como Prometeo (Προμηθεὺς). Este célebre Titán se atrevió a desafiar a los dioses y, sin miramiento alguno, les robó el fuego divino y se lo entregó a la humanidad. El dios Zeus se enfureció con semejante osadía y ordenó que fuera encadenado en la cima del monte Cáucaso, y dispuso que un buitre le devorara el hígado, que se regeneraría por la noche, para volver a soportar el mismo suplicio al día siguiente.

Con el robo del fuego a los dioses, para dárselo a los mortales, Prometeo se convirtió en un bienhechor de los hombres y en salvador de la humanidad. En un principio, los hombres eran como los fantasmas de los sueños, que todo lo confundían irremediablemente, de modo que viendo no veían y oyendo tampoco oían. Con la entrega de esa llama, los hombres abandonaron la rudeza y comenzaron a buscar  la perfección y a tratar de descifrar los límites que hay entre lo inmortal y lo mortal.

Según confiesa el propio Prometeo, al entregar el fuego de los dioses a los mortales, les liberó de la obsesión de la muerte y les infundió seguidamente ciegas esperanzas. A partir de ese momento, los hombres, y especialmente, los que se dedican a la política, empezaron a experimentar inquietud por lo insondable y a querer descifrar lo indescifrable.

Y como no podía ser menos, comenzaron a sentirse dioses y a actuar como si realmente lo fueran. En consecuencia, intentarán controlar la vida, porque se  creen dueños y señores absolutos de la misma. No se dan cuenta, que la vida es siempre muy compleja  y escurridiza y nos plantea constantemente nuevos problemas y que todo lo conseguido a base de esfuerzo, al final, no es nada y, si es algo, termina siendo muy efímero.

Y esto es, más o menos, lo que está aconteciendo a los políticos actuales, y sobre todo a los políticos de la izquierda irredenta, como es el caso del PSOE y de Podemos. Intentan controlar la realidad, es verdad, pero se les escapa invariablemente y termina, cómo no, sobrepasándoles. Ya le pasó a José Luis Rodríguez Zapatero, que se creyó el rey del mambo, ideando aquel inexplicable Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo (Plan E). Y le está pasando ahora, quién lo diría,  al insaciable Pedro Sánchez Turrión.

Cuando menos lo esperaban, Rodríguez Zapatero y su ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado Méndez, se encontraron con el estallido de la terrible crisis económica de 2007. Y ocurrió precisamente por culpa del inoportuno pinchazo de la burbuja inmobiliaria y financiera. Pero no se amilanaron lo más mínimo por semejante minucia. Pensaron que, aplicando el Plan E, quedaba resuelto rápidamente el problema.

Para conseguir semejante objetivo, es verdad, no tenían nada más que movilizar grandes cantidades de dinero público, para prestar apoyo a las empresas y a las familias y fomentar cuidadosamente el empleo. Y completaban la faena, adoptando medidas financieras y presupuestarias adecuadas y modernizando las que se refieren a la economía. Y esto era tan evidente para los responsables económicos del Gobierno de entonces, que la ministra Elena Salgado anunció solemnemente, en mayo de 2009, que  “la situación económica  está teniendo algunos brotes verdes”, y solo “hay que esperar a que crezcan”.

Y mira por dónde, para desconcertar y acabar de confundir a estos políticos, tan  presuntuosos como pagados de sí mismos, se produjo un leve y ocasional descenso del paro en ese mes de mayo. Y esto, claro está, fue aprovechado inmediatamente por los responsables del PSOE, para lanzar un vídeo propagandístico, de cara a las próximas elecciones europeas, en el que aparece un terreno árido, donde nace un brote verde.

Al tratarse de una mejora fortuita y pasajera del paro, porque no tuvo continuidad alguna en los meses siguientes, los brotes verdes fueron duramente criticados por la oposición y por la mayor parte de los medios de comunicación. La crítica más jocosa y descarnada se la debemos al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Juan José Güemes, que dijo: “parece que los brotes verdes son de marihuana y se los ha fumado Zapatero”.

Hay que reconocer que, en el Plan E, se inyectaron muchos millones de euros. Algunos medios hablan incluso de más de 50.000 millones, que es una cifra muy desorbitada. A esa cantidad, habría que añadir, cómo no, los gastos en carteles publicitarios, que eran ciertamente muy elevados. Y eran los ayuntamientos los encargados de decidir en qué obras públicas se invertía ese dinero.

Y como la crisis era cada vez más intensa y el paro seguía aumentando descontroladamente, prolongaron sin más el Plan E, aunque dándole otro nombre. A partir de ese momento comenzó a llamarse Plan de Economía Sostenible. Claro que, estas medidas, no importa su nombre, no lograron reactivar la economía. Y sin embargo, si valieron para  agravar aún más la crisis, porque así, se disparó la deuda del Estado y aumentó significativamente el déficit público.

Está visto que los socialistas son incapaces, qué le vamos a hacer, de diagnosticar correctamente las distintas situaciones económicas, y no aciertan nunca a la hora de actuar. En 2008, por ejemplo, España entró en recesión. Y a pesar de todo, el Gobierno de Zapatero siguió a lo suyo y, en vez de adoptar unas medidas oportunas de contención del gasto,  cometió el error de aplicar una deducción de 400 euros en la cuota del IRPF a todos los contribuyentes. Y como era previsible, a finales de 2009 completó la faena, sorprendiéndonos con unos Presupuestos Generales del Estado para 2010 completamente irreales.

Y en mayo de 2010, como era de esperar, pasó lo que tenía que pasar. Con el paro sobrepasando ampliamente el 20%, y con un endeudamiento del 69,5% del PIB, terminó imponiéndose la realidad. En vista de las circunstancias, los ‘hombres de negro’ de Bruselas obligaron a Rodríguez Zapatero a realizar el recorte social mayor de toda la democracia. Además de bajar un 5% el sueldo de los funcionarios, tuvo que congelar también las pensiones. De todos modos, era ya demasiado tarde para mantener a raya al disparatado déficit público, que estaba ya por encima del 8%  del PIB.

Y si dejamos a un lado a Zapatero y  Elena Salgado y nos centramos en Pedro Sánchez y en la vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra  de Economía, Nadia Calviño Santamaría, veremos que no ha cambiado nada. Si antes se ocultaba la realidad, ahora se maquilla cuidadosamente la coyuntura económica que atravesamos.

El Gobierno ahora, es verdad, ha cambiado el estribillo y, en vez de hablar de los famosos ‘brotes verdes’, nos dicen que empieza a verse “la luz al final del túnel”, que tanto más da, para engañarnos miserablemente,  indicándonos que la recuperación económica está a la vuelta de la esquina. Y con semejante mentira, agrandan aún más las complicaciones que encontraremos para salir de esa preocupante situación de ruina económica generalizada, que padecemos.

El optimismo del equipo económico del Ejecutivo que dirige Pedro Sánchez no tiene límites. Y eso le lleva a defender insistentemente, contra viento y marea, que vamos a tener  una salida meteórica de la crisis económica que originó el coronavirus. A pesar de todos los inconvenientes, Nadia Calviño, con la aquiescencia del presidente del Gobierno, sigue manteniendo que  nuestra recuperación económica va a ser en forma de V. Matiza, eso sí, que de momento no sabemos la pendiente que tendrá esa salida.

Y derrochando optimismo, la ministra de Economía quiere hacernos ver, que el Gobierno lo está haciendo muy bien y, como “vamos en la dirección correcta”, se atreve a pontificar, que “el año 2021 será el de la recuperación y transformación de la economía”. Y suelta esta milonga, sabiendo perfectamente el enorme peso que tiene el turismo en la economía española, ya que representa más del 14% del PIB. Y si continúan las circunstancias actuales, y no logramos recuperar y lanzar el sector turístico a tiempo, la caída del PIB puede ser aterradora en los próximos meses.

Son muchos los datos que desmienten la aparentemente buena voluntad de Nadia Calviño. En primer lugar, mientras el coronavirus siga campeando a sus anchas, no habrá manera de recuperar el turismo, que es nuestra principal fuente de ingresos. Y no sé si por ineptitud o por falta de interés, el caso es que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha venido gestionando muy mal esa pandemia,

Y por si fueran pocos los problemas ocasionados por el temible Covid-19, los demás datos económicos muestran igualmente un panorama desolador. Tenemos un presidente del Gobierno fulero e inepto, que no aporta a la economía en general nada más que incertidumbre y desasosiego, porque las medidas que adopta, son siempre muy desacertadas. Un caso muy concreto, lo tenemos  en los Presupuestos Generales del Estado para el año 2021, toda vez que estos presupuestos se sustentan sobre unas previsiones económicas irreales. Así que no se va a cumplir el capítulo de ingresos y ya veremos a ver qué pasa con los gastos.

Y aunque el presidente Sánchez no quiera verlo, España se encuentra en una situación de desventaja con respecto a los demás países de la Unión Europea, por su elevado endeudamiento y por su baja productividad. Como nos gobierna un manirroto, nuestra deuda está creciendo exponencialmente de manera imparable. Cerramos el segundo trimestre de 2020 con una deuda del 110,2% del PIB y al final del tercer trimestre llegamos al 114,1%. Y cuando aparezcan las cuentas definitivas del cuarto trimestre, seguro que andaremos por el 120% del PIB, o incluso, por encima de ese porcentaje.

Hasta ahora, por qué  no decirlo, el BCE ha actuado como salvavidas del Gobierno, porque se ha ido haciendo con una buena parte de nuestra deuda. En 2020, por ejemplo, compró a España la friolera de 120.000 millones de euros. De todos modos, mientras persistamos endeudándonos así, nuestra recuperación económica seguirá estando muy lejos y dibujará una L extremadamente larga.

 

Gijón, 19 de enero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández