sábado, 22 de mayo de 2021

BATACAZO DE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA EN MADRID

 

No hace falta ir a Salamanca para saber que, a lo largo de la historia, siempre ha habido personas  irresponsables, ávidas de poder, que utilizan descaradamente la mentira y el engaño en beneficio propio. Rastreando en los anales de la antigua Grecia, ya encontramos protagonistas mitológicos como Dolos, que era uno de los espíritus que se escapó de la famosa caja de Pandora y comenzó a vivir entre los hombres, rodeado siempre, eso sí, de los célebres pseudologos (Ψευδολογος) o las mentiras que él mismo creaba.

Si nos atenemos a lo que cuentan las antiguas crónicas helenas, Dolos terminó de aprendiz con el titán Prometeo, que se dedicaba a mejorar las cualidades de los hombres para que pudieran parecerse a los dioses. Y cuando este astuto titán estaba modelando a Alétheia (αλήθεια) o la personificación de la verdad, recibió una inoportuna llamada de Zeus, que le obligo a ausentarse precipitadamente del taller, dejando al aprendiz Dolos custodiando la inacabada obra.

Tan pronto como el intrépido Dolos se vio solo, decidió aprovechar la ocasión y comenzó rápidamente a modelar con sus propias manos una réplica de la figura que estaba haciendo su maestro. Pero no tenía arcilla suficiente, y tuvo que salir a buscar más para poder rematar los pies. Cuando volvió con el barro que necesitaba para rematar la hazaña, ya era demasiado tarde. El titán  había regresado antes de lo previsto y, maravillado por la similitud de las estatuas, metió las dos al horno, aunque la de Dolos no tenía pies.

Y cuando terminaron de hacerse, Prometeo completó la obra, insuflando vida a las dos efigies. Y sucedió, cómo no, lo que tenía que suceder. Cuando salieron del horno, Alétheia, la verdad, caminaba grácilmente y con pasos firmes y seguros, mientras que su gemela, la mentira seguía sus huellas tambaleándose y casi sin sostenerse. A partir de entonces, Dolos se convirtió obviamente en la personificación del fraude y la falacia.

Siempre ha habido, es verdad, cierto grado de prevención contra los políticos que se ocupan de las labores de Gobierno. Pero ese recelo o desconfianza se desmadró con la llegada de  Pedro Sánchez a La Moncloa. No olvidemos que estamos ante un personaje sediento de poder y sin escrúpulos, que no piensa nada más que en sí mismo. Es normal, por lo tanto, que recurra constantemente a la artimaña y al embuste,   para dar pábulo a su ambición desmedida y poder salir con la suya.

Gracias a su comportamiento irregular, este ficticio y mitómano doctor, que encarna la recreación perfecta  de la imagen creada por Dolos en el taller de Prometeo, terminó siendo, qué casualidad, el trolero mayor del reino. Y como es extraordinariamente ególatra y autocomplaciente consigo mismo y carece de ideas propias, suele improvisar soluciones extremas para mantenerse  a toda costa en la cresta de la ola.

Está visto, que el presidente Sánchez no ha tenido nunca remordimientos de conciencia, aunque suele despreciar sistemáticamente  hasta los principios morales más básicos. Y en consecuencia, se comporta como cualquier aventurero irresponsable, que solo busca su interés personal. Y por si esto fuera poco, aún conserva, creo yo, muchos caprichos típicos de adolescente progre. Y esto, claro está, le ha llevado a romper todos los esquemas habituales con la institucionalización de la trampa y el engaño, originando así una auténtica crisis de credibilidad desconocida hasta entonces.

Y para mantener el boato y la fastuosidad que deseaba, Pedro Sánchez procuró rodearse de un numeroso y variado equipo de lacayos  y costaleros, elegidos entre sus prosélitos y amiguetes. A pesar de todo, deben comprometerse, ahí es nada, a defender ciegamente las falsedades y los embustes que proponga su propio jefe, y responder siempre  con el consabido ‘síseñor’ a todos sus requerimientos.

Ese tipo de compromiso entre el presidente Sánchez y sus domesticados peones comenzó a ser bastante más llamativo, cuando Isabel Díaz Ayuso se volvió contestataria y puso en solfa las recomendaciones del Ministerio de Sanidad. Y explotó bruscamente con los sorprendentes resultados electorales del pasado 4 de mayo. Ahí Pedro Sánchez perdió definitivamente los estribos, y su ‘Ayuso-manía’ le llevó a cometer muchos errores de bulto.

Y sin más preámbulos, el presidente del Gobierno la emprendió contra los electores, tildándoles, faltaría más, de ser profundamente desleales a la hora de acudir a las urnas, acusándoles de traicionar gratuitamente a la izquierda. Ni que decir tiene, que no es esa la mejor manera de recuperar el apoyo de unos votantes desilusionados, ya que avergonzándoles públicamente y poniéndoles en la picota, terminarán siendo irrecuperables.

Con el fracaso electoral del 4 de mayo, Pedro Sánchez bajó de las nubes y vio que, de seguir así, terminarían echándole inapelablemente de La Moncloa. Ante tal perspectiva, quedó sumido, ni más ni menos,  en un preocupante estado de shock, que no le deja ver la realidad. Y eso le llevó, creo yo, a concentrar todos sus ataques y diatribas  contra Díaz Ayuso,  señalándola como la verdadera culpable de la situación epidemiológica de la terrible pandemia que padecíamos en España. Y esto fue determinante para que todo el sanchismo socialcomunista la emprendiera contra la presidenta  madrileña.

A partir de ese momento, Isabel Díaz Ayuso sería lisa y llanamente la culpable de la llegada masiva de tantos franceses, que venían a España en busca de fiesta y jolgorio. Y por lo visto, si nos atenemos a lo que ha dicho recientemente la ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, también es Ayuso la responsable de que no vengan los británicos. Pues es sabido que el Reino Unido  borró a España de la lista de los países seguros  a los que se puede viajar sin riesgo de coger el virus. Y todo, porque lo único que importa en Madrid, es la libertad para poder “irse de cañas” e “irse a los toros”.

Y aquí aparecen en escena, quién lo iba a decir, personajes tan singulares y sorprendentes como Carmen Calvo y el inefable José Félix Tezanos, con la intención evidente de dulcificar debidamente el batacazo que se llevó la izquierda socialcomunista en Madrid y propiciar una mejora en el estado de ánimo del presidente del Gobierno.

Es evidente, que la vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo Poyato está especializada en meter la pata, sobre todo, cuando trata de interpretar lo que otros dicen o hacen. Sin ir más lejos, y aunque no sabe aún de quién es el dinero público, vincula sin más los cambios de la hora  con la “resistencia al machismo”. Y cuando un diputado de Vox le preguntó si el Gobierno tenía intención de restituir  la credibilidad de las instituciones del Estado, soltó resueltamente esta frase: “No hay que restituir lo que no ha existido”.

Y en cuanto al tema que nos ocupa, la atrevida Carmen Calvo manifestó, un poco a la ligera, que la derecha no tenía ningún proyecto serio.  Y se atrevió a decir arbitraria e injustificadamente  que Isabel Díaz Ayuso compartía principios nada menos que con los nazis y que sus votantes simpatizaban con los fascistas. Y no contenta con esto, continuó mofándose de la presidenta madrileña y de sus seguidores, al afirmar que habían hecho una campaña “poco edificante”, que ha consistido sencillamente “en cañas, en no encontrarte a tu ex y en recibir abrelatas de berberechos”.

Y no digamos nada del ridículo mayúsculo que ha estado haciendo el presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), José Félix Tezanos, para tratar de lavar la cara y dignificar convenientemente al presidente del Gobierno que padecemos. Hasta ahora, que yo sepa, no ha cosechado nada más que tremendos fracasos en todos los pronósticos electorales  que ha venido haciendo desde que se hizo cargo del CIS. Y su vaticinio sobre las elecciones madrileñas del pasado 4 de mayo, no podía ser una excepción.

Siguiendo su inveterada costumbre, en las elecciones de la Comunidad de Madrid, Tezanos derrochó generosidad con los partidos de izquierda, mostrándose especialmente espléndido con el PSOE. Según su último sondeo, el Partido Popular de Ayuso ganaba las elecciones, logrando entre 54 y 56 escaños. Y atribuía al PSOE de Sánchez-Gabilondo un resultado francamente satisfactorio, ya que conseguiría entre 34 y 36 diputados regionales. No obstante, podemos dar por buenos los vaticinios que hizo sobre los otros cuatro  partidos que concurrían a esas elecciones.

De todos modos, hay que reconocer que al sociólogo particular de La Moncloa le ciega la exagerada pasión que siente por el presidente Pedro Sánchez. Y como consecuencia de ese afecto enfermizo, Tezanos comete fallos demoscópicos estrepitosos e imperdonables. En este caso concreto, atribuyó al PSOE nada menos que hasta 12 escaños más de los que realmente obtuvo en esa jornada electoral. Precisamente por eso, tenía poca importancia que ganara Díaz Ayuso, ya que, con esos 12 escaños del PSOE, podía darse casi por segura la ventaja del bloque de la izquierda frente al de la derecha.

No debemos olvidar que, en esta ocasión, el presidente del CIS no se conformó  con cocinar sus sondeos políticos al gusto del líder máximo del PSOE.  Y utilizando la revista Temas para el Debate, que él mismo dirige, se dedicó a lanzar toda clase de invectivas y descalificaciones contra la presidenta madrileña y contra todos sus votantes.

En un desconcertante artículo, titulado “Globos políticos y escenarios singulares”, el visionario Tezanos llama reiteradamente ‘tabernaria’ a Isabel Díaz Ayuso, y se regodea diciendo que "la mayor parte de los analistas" están extrañados por "la escasa entidad intelectual y política de la candidata" popular.

Y culpa al Partido Popular de buscar intencionadamente la movilización de “un amplio sector que se nuclea en torno al mundo de las tabernas, los bares, los restaurantes y otros establecimientos similares”. Y Madrid tiene, según el responsable máximo del CIS, más establecimientos de este tipo, “que ninguna otra ciudad del mundo”.

Y para que no falte nada, el atrevido futurólogo augura que, si finalmente termina ganando Díaz Ayuso, tendremos que apechar con cantidad de frustraciones que “surgirán tanto de los fracasos políticos y económicos derivados de la falta de concordancia con las políticas que se van a hacer (…), como de la falta de sintonía con el substrato político real de los madrileños". Y todo, según el mismo dice, porque los madrileños son mayoritariamente de izquierdas.

Pero llegó la hora de la verdad y se consumó el tremendo fracaso de los pronósticos electorales aventurados alegremente por José Félix Tezanos, el inefable presidente del CIS. La ‘tabernaria’ Isabel Díaz Ayuso se llevó una buena tacada de votos, muchos más de los previstos por el CIS, dejando prácticamente ‘in albis’ al aspirante del PSOE, Ángel Gabilondo.

Como sus augurios preelectorales resultaron absolutamente erróneos y desacertados, Tezanos trata de justificarse, afirmando algo que no tiene ni pies ni cabeza: “la caída del PSOE fue en los cuatro últimos días”.  Y siguiendo con sus juegos florales que pagamos todos los, españoles, terminó pidiendo, hasta ahí podíamos llegar, que dejáramos de hacer críticas ‘ad hominem’ contra su persona, y abriéramos un debate científico para sacar conclusiones útiles para la sociología.

 Y cierra su desquiciada perorata, afirmando algo que todos sabemos sobradamente: que él no es un “adivino”, y que tampoco pretende que el CIS se convierta en una “institución adivinadora”.

 

Gijón, 20 de mayo de 2021

 

José Luis Valladares Fernández 

miércoles, 5 de mayo de 2021

LAS MARRULLERIAS DE PABLO IGLESIAS



En el debate político entre los candidatos que aspiran a ganar las elecciones autonómicas  del próximo día 4 de mayo, retransmitido por Telemadrid, el imprevisible Pablo Iglesias terminó haciéndose un retrato de cuerpo entero. Sin proponérselo, el todavía líder de Podemos dejó muy claro, que está totalmente integrado en la otrora denostada casta. Precisamente por eso, suele comportarse como si hubiera sido rico desde su tierna infancia

Y para no desentonar con los usos y costumbres de los auténticos burgueses, el señorito Iglesias  abandona sin más el piso humilde de Vallecas y se instala en el señorial y confortable casoplón de Galapagar. Y terminó siendo, quién lo iba a decir, tan petulante y jactancioso como cualquier otro magnate que podamos encontrar a lo largo de nuestra vida. Se ha vuelto tan distinguido y refinado que, para exhibir su planta ante las cámaras de la televisión pública madrileña, exigió que una peluquera retocase el moño que luce últimamente.

A lo largo de ese debate electoral, también quedó ampliamente demostrado que el endiosado Pablo Iglesias utiliza toda clase de argucias y marrullerías para imponer su ideología tóxica a los sufridos españoles. Y siguiendo al pie de la letra lo que le dicta su propio proyecto liberticida, pretende reeducar a la “derecha fascista”, para que se arrodille sumisamente ante los dogmas del neo-comunismo actual. Y para conseguir semejante objetivo, busca desesperadamente la manera de enturbiar y envenenar la política española, a base  de odio, violencia, sectarismo y de toda clase de extremismos.

A lo largo del debate electoral de Telemadrid, también quedó ampliamente demostrado que Pablo Iglesias es un consumado e incorregible mitómano, que  miente y fantasea sistemáticamente, para adquirir notoriedad y estar siempre al frente de la situación. Pero en esta ocasión, tan solo cosechó un sonado fracaso. No le valió de nada ni la laca del moño, ni la interpretación retorcida que daba a los supuestos documentos que leía continuamente para tratar de apabullar y desconcertar a su contrincante, la impertinente Isabel Díaz Ayuso.

Como era de esperar, el desvergonzado Iglesias se equivocó de media a medio en la estrategia que utilizó, para responsabilizar a la presidenta de la Autonomía de la evolución catastrófica de la pandemia en Madrid. Y todo, según este prócer de la sinrazón y del desafuero, por no seguir ciegamente las pautas que marca el Gobierno socialcomunista que padecemos.

Para perjudicar seriamente a Díaz Ayuso, afirmó rotundamente que Madrid era “la primera Comunidad Autónoma de España en positivos, hospitalizaciones e ingresos UCI por Covid-19”.  Y eso  no es cierto, nada más que a medias. El coronavirus  se cebó en Madrid con mucha más saña que en el resto de Comunidades Autónomas de España. Pero solo durante la primera ola, cuando la gestión de la pandemia dependía justamente del Gobierno socialcomunista.

El 21 de junio de 2020, sin embargo, con la expiración del Estado de Alarma que había decretado el Gobierno, cambió radicalmente la situación. Las Autonomías comenzaron a tener voz y voto  en el manejo de la pandemia y España entró de lleno en la llamada ‘nueva normalidad’. En Madrid, por ejemplo, gracias a la actuación decidida de Díaz Ayuso, descendieron notablemente los contagios y las hospitalizaciones en Madrid, pudiendo ofrecer, desde ese momento, unos datos sensiblemente mejores que otras Comunidades Autónomas.

Como el cinismo de Pablo Iglesias no tiene límites, intentó retorcer también los datos sobre la mortalidad soportada por los madrileños por culpa del Covid-19. Así que, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se atrevió a denunciar, sin especificar fechas concretas, que “Madrid encabeza todas las cifras más mortíferas en lo que se refiere al coronavirus”.

Hay que aceptar, porque es así, que la mortalidad de Madrid superó con creces todas las expectativas habidas y por haber. Pero como en el caso de los contagios y las hospitalizaciones, eso ocurrió durante la primera ola, en pleno Estado de Alarma, cuando el Gobierno de Pedro Sánchez, gestionaba directamente la pandemia, con la aquiescencia, eso sí, de un personaje tan insolente como Pablo Iglesias.

Y los datos que nos ofrece Instituto Nacional  de Estadística son extremadamente claros y precisos. Durante ese tiempo, la tasa de fallecimientos por 100.000 habitantes en la Comunidad de Madrid, fue de 219, frente a los 162 que teníamos de media nacional. Hasta el 21 junio de 2020, que fue cuando se puso fin al ‘mando único’, Madrid había contabilizado un58% de las defunciones que se produjeron en España por culpa del coronavirus, mientras que la media comunitaria estaba en un 38%, que era también un porcentaje francamente escandaloso.

Teniendo en cuenta estos datos, podemos afirmar que la gestión de la pandemia que estaba realizando el Gobierno socialcomunista, sobre todo en la Comunidad madrileña, era rematadamente  mala y desastrosa. Mejoró sustancialmente cuando esas competencias pasaron a las manos Comunidades Autónomas. En Madrid, sin ir más lejos, con Isabel Díaz Ayuso al timón de mando de la Comunidad, comenzaron a disminuir rápidamente las muertes provocadas por ese nefasto virus.

Y de hecho, el descenso  de víctimas mortales durante la segunda y tercera ola, con respecto a la primera, fue realmente considerable en todas las Comunidades, y de una manera muy especial en la madrileña. Fue a finales de junio de 2020, cuando la mortalidad en Madrid, ligada al Covid-19, comenzó a normalizarse y terminó siendo muy similar a la del resto de las demás Autonomías.

Y a partir de enero de 2021, esa mejoría se intensificó aún bastante más, de modo que, en Madrid, tenemos actualmente una tasa de 95,9 decesos por coronavirus, frente al 104,1 de promedio nacional. Esto indica claramente que hay varias Comunidades que nos ofrecen un resultado peor que la madrileña.

De todos modos, el comportamiento de Pablo Iglesias en ese debate fue, cuando menos, sumamente sorprendente. Está visto, que le importa un bledo lo que acontece en España o si la pandemia sigue haciendo de las suyas. Y suele servirse, faltaría más, de cualquier tipo de circunstancia que surja, incluido el dolor de las familias y de quienes peor lo están pasando, para imponer su voluntad. De ahí que utilice profusamente toda clase de epítetos negativos, para dar  una visión pésima de la realidad madrileña, llegando incluso a decir que es poco menos que un infierno, para todos los que residen en esa región.

No es de extrañar, por lo tanto, que en los rifirrafes o enfrentamientos que mantuvo con Isabel Díaz Ayuso, aportase todo un aluvión de datos que, o estaban desfasados, o eran interpretados de manera abiertamente sibilina. En la primera oportunidad que tuvo, el caudillo Iglesias soltó esta afirmación sin ponerse colorado: “En la Comunidad de Madrid, según el Instituto Nacional de Estadística, hay 263.769 viviendas vacías”. Ocultaba, cómo no, que el número aportado de viviendas vacías no tenía nada que ver con la actualidad. Esa información no tenía nada que ver con la actualidad, ya que era nada menos que del año 2011.

Y con el ánimo de no dejar títere con cabeza, Pablo Iglesias se atrevió a sostener gratuitamente, que el empleo que se crea en Madrid “es precario” y que “la desigualdad social y territorial han aumentado de manera dramática". Y se niega a reconocer que la Comunidad de Madrid sea hoy día el auténtico motor  de la economía española. Si no fuera así, no sería la Comunidad que más inversión extranjera recibe y la que más recauda por habitante.

Y no se cansa de hablar de la ‘pobreza’ y de la ‘desigualdad’ que agobia a los madrileños. Sabe perfectamente, que la tasa de pobreza en esa Comunidad (19%) está 6 puntos por debajo de la media nacional (25%). Y mucho más bajo, por qué no decirlo, que en Extremadura (38%), que ha sido siempre un feudo tradicional de la izquierda.

Y ya de puesto a enumerar las todas las supuestas tachas que padece la Comunidad madrileña, también sacó a relucir, que su sistema fiscal “no es progresivo, a pesar de que así lo indica la Constitución”. Y hace esta afirmación gratuita, sabiendo que la escala del IRPF autonómico cuenta con cinco tarifas diferentes, la más baja del 9%  y la más alta del 21%, que cumplen correctamente la progresividad  que exige la Constitución.

Pero eso es lo de menos, ya que el trilero Iglesias resolvería esto, lo mismo que las demás lacras, de un simple plumazo. Aplicaría, claro está, el Impuesto sobre el Patrimonio, que es algo que, al parecer, según dice, hacen todos los países serios y, por supuesto, recuperaría inmediatamente otros, tan injustos como los de  Sucesiones  y Donaciones.

Al ver que se le acaba el tiempo y que, con la ópera bufa que venía representando, no lograba acallar a su contrincante Isabel Díaz Ayuso, el dirigente máximo de la formación morada se pone nervioso y cambia apresuradamente de estrategia. Y con el ánimo de sobrevivir a toda costa en Madrid, comienza a pedirle datos muy concretos.

La primera pregunta que hace a la candidata del Partido Popular, es esta: “¿cuántas personas hay en la lista de espera?”. Y sin esperar la consiguiente respuesta, Pablo Iglesias sentenció muy ufano: “no lo sabe”. Y sin dar tiempo a nada, le pregunta sin más, si sabía cuál era el porcentaje  de los fallecidos en las distintas residencias, que podían haberse salvado. Y obviamente, se topó con la verdadera Ayuso.

Dicho de otra manera, el atrevido dirigente bolivariano fue por lana y salió trasquilado. Ciñéndose tranquilamente a la realidad, la presidenta Díaz Ayuso le desarmó con una pregunta tan sencilla como esta: “¿A cuántas residencias fue usted, siendo el mando único?”. Y muy segura de sí  misma agregó: “Sólo la UME nos ayudó”.

Sabiendo que había perdido definitivamente la partida, el ex vicepresidente Pablo Iglesias trató de justificarse, pero ya sin convicción alguna: “Yo daba las indicaciones (a la UME), no somos de hacernos fotos, somos de gestionar”. Y como conocía los informes  del Ministerio  de Defensa sobre el protocolo seguido durante el primer estado de alarma, Ayuso terminó de apuntillarle social y moralmente, negando semejante extremo. Y afirmó sin contemplación alguna que, mientras ocurría eso, él estaba tranquilamente, como es verdad, en su chaletazo de Galapagar.

No obstante, esperemos a ver qué pasa el próximo día 4 de mayo. Suponemos que el autócrata Pablo Iglesias estará sufriendo ahora un verdadero trastorno de ansiedad. Como sabe que está ya más visto que el tebeo, teme que algunos de sus hooligans más fieles decidan pasarle factura y le abandonen. Esperemos que sea verdad.

 

Gijón, 2 de mayo de 2021

 

José Luis Valladares Fernández  

miércoles, 21 de abril de 2021

LA SUBVERSIÓN COMO SISTEMA POLÍTICO

 



Perdemos miserablemente el tiempo si tratamos de encontrar algo de coherencia intelectual entre los defensores acérrimos de la ideología comunista. El comunismo siempre ha sido una estafa manifiesta, que recurre continuamente a la mentira y al engaño para sobrevivir y progresar en el mundo de la política. Y Pablo Iglesias, por supuesto, es uno de esos comunistas de la nueva ola que, sin pararse en barras, se ríe de la verdad y le importa un bledo si su discurso tiene algo que ver, o no, con la realidad.

No olvidemos que, para los comunistas con cierta solera, como es el caso del líder de Unidas Podemos, no hay ningún valor universal y absoluto. Todo es relativo y cambiante. En consecuencia, lo que para el común de los mortales es una mentira flagrante, para estos comunistas no es nada más que una interpretación, más o menos teatral, de lo que realmente interesa, en ese preciso instante, a su propia formación política.

Hay que reconocer, que Pablo Iglesias desempeña perfectamente ese papel. Para empezar, es altivo y un  déspota inconmensurable y, por si fuera esto poco, va de listo por la vida. Además de vivir fastuosamente en el casoplón de Galapagar, como si fuera un auténtico marqués, actúa como si, en cuestión de inteligencia, estuviera a muchos años luz por encima de los ciudadanos normales de este país. Piensa, por lo tanto, que tiene todo el derecho del mundo a tutelar el comportamiento político de estos parias españoles.

Estamos, creo yo, ante un personaje siniestro, tremendamente  subversivo, que carece de principios y disfruta fomentando la agitación y la violencia callejera. El marrullero Iglesias se comporta como un farsante impresentable: se ríe desvergonzadamente de los que pasan estrecheces económicas y, a la vez, les pide que le ayuden desinteresadamente a instaurar el régimen bolivariano que se necesita para luchar contra los ricos y el capital.

Es verdad que la vida de Pablo Iglesias no se parece en nada a la que llevan los que tienen que ganarse el pan con el sudor de su frente. Predica una cosa, y hace exactamente  lo contrario. Todo el mundo sabe, que este comunista ejemplar, tanto si peina coleta como si peina moño, se sirve de la política para acrecentar su riqueza y disfrutar así de un bienestar mayor. Y sin embargo, obliga a los más desfavorecidos a seguir siendo pobres y a pasar necesidades. Les roba hasta la más mínima posibilidad de adquirir bienes con su trabajo y de aumentar sus propiedades privadas, obligándoles a vivir perpetuamente en la penuria y la miseria.

Para desarrollar su proyecto político en España, el chantajista Iglesias intentará acabar definitivamente con los pocos vestigios que quedan de la antigua y pujante clase media. No cabe duda que, mientras haya ciudadanos que mantengan cierta autosuficiencia económica, no habrá manera de imponer su propio modelo dictatorial. En consecuencia, tratará de solucionar el problema arruinando a los que, mal que bien, aún se valen por sí mismos.

No necesitamos recurrir a un arúspice experimentado para averiguar los planes de este desvergonzado sujeto, para liquidar nuestro régimen constitucional y acabar irremisiblemente con la poca libertad que nos queda a los españoles. Para conseguir semejante objetivo, Pablo Iglesias se dedica a complicar la vida al mundo del trabajo, sembrando odio y jaleando la violencia social para destruir empleo.

Desde que logró instalarse como un miembro más de la denostada ‘casta’, al dirigente de la formación morada le corroe la ratería y la mezquindad más extrema. No quiere, claro está,  que sus antiguos compañeros de fatiga sigan su propia trayectoria y terminen formando parte también de  la dichosa ‘casta’. Así que, para que no puedan liberarse fácilmente de su bondadosa y despótica opresión, hará todo lo posible para que España siga siendo un país subsidiado, endeudado y, por qué no, hasta sin empresas.

Hay que tener en cuenta, que el desquiciado Iglesias mantiene viva la obsesión de doblegar a los españoles con la revolución bolivariana de Venezuela, que es tan siniestra y letal como el viejo comunismo soviético. Y busca, cómo no, la manera de allanar el camino, empobreciendo aún más a los sufridos  ciudadanos de a píe. Sabe que los menesterosos, los que dependen de las colas del hambre y del Estado para subsistir son extremadamente obedientes y siguen ciega y sumisamente las indicaciones de quien les ayuda a vivir.

Y como Pablo Iglesias tiene cara para eso y mucho más, pasa olímpicamente de los derechos humanos más elementales y hasta del Estado de Derecho, ocupándose exclusivamente de abrir el camino  hacia el totalitarismo.  No es necesario advertir que, con ese comportamiento ilógico, no creamos riqueza y tampoco producimos bienestar. Crecerá exageradamente, eso sí, la pobreza y la miseria y, si no reaccionamos a tiempo, perderemos hasta el más mínimo vestigio de libertad humana. A cambio, se nos ofrece el tan traído y llevado paraíso que, como es sabido, termina siempre en el conocido infierno comunista.

No preocuparía mucho, si un golpista de opereta como Pablo Iglesias actuara solo. En ese caso, ya no sería escuchado nada más que por algún bucanero que otro. Pero desgraciadamente  cuenta con el respaldo explícito del presidente del Gobierno que padecemos, el desafortunado Pedro Sánchez. Es evidente que el presidente Sánchez ha dado muestras más que sobradas de su incapacidad para realizar  cualquier tipo de gestión. Y en este caso concreto, hace más daño por el puesto institucional que ocupa, que por lo que pueda decir o hacer. Y esto  deteriora nuestro Estado de Bienestar y acaba con buena parte de nuestra libertad pública.

Gracias a la colaboración de Sánchez, el insaciable Iglesias ya ha conseguido prohibir los despidos laborales por culpa del Covid-19. También ha logrado cambiar la ley anti-desahucios para proteger convenientemente a los ocupas, mientras dure el estado actual de alarma. Y lleno de satisfacción, no se cansa de celebrar la nueva Ley de Dependencia, que promete ayuda estatal a más de cuatro millones de españoles. De momento, esas ayudas no llegan. Pero eso es lo de menos, ya que los comunistas dan mucha más importancia a la propaganda que a la realidad.

Y como Pablo Iglesias es un bellaco incorregible, se aprovecha descaradamente del apoyo que recibe de Sánchez, para lanzar toda clase de diatribas, desde dentro del Gobierno, contra la Corona en general y, de una manera muy especial, contra el propio rey Felipe VI. Y tiene la poca vergüenza de derrochar igualmente odio y hostilidad contra la Iglesia, la libertad de expresión, la propiedad privada y hasta contra la legalidad vigente. Y el presidente del Gobierno, faltaría más, procura disimular, no sé si porque está de acuerdo con su vicepresidente, o simplemente porque le necesita para seguir disfrutando de La Moncloa.

Ahora, es verdad, Pablo Iglesias ya no es ni vicepresidente, ni siquiera ministro del Gobierno.  Y esto ha servido para que mucha gente lanzara cohetes al aire, porque Pedro Sánchez se ha librado finalmente del marrullero Iglesias. Y no es así. Yo no sé si hay diferencias más o menos insalvables entre ambos, si la deriva totalitaria del presidente es similar o no a la de su vicepresidente.

No obstante, sí podemos afirmar que el cese del guerrillero Pablo Iglesias no fue nada más que una escueta estratagema política para que todo siga igual. Y de hecho, nada ha cambiado con su salida del Gobierno, ya que el pacto social-comunista sigue intacto de momento. Y por si fuera esto poco, el revoltoso Iglesias sigue influyendo directamente en las decisiones del Ejecutivo.

Es indudable que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se odian profunda y sinceramente. Pero a pesar de todo, seguirán apoyándose mutuamente, porque quieren mantenerse al frente de sus respectivos proyectos políticos. Ambos líderes pretenden acabar, de una vez por todas, hasta con el último vestigio del régimen del 78. Precisamente por eso, se han solidarizado con los separatistas, y los animan a que insistan con sus planes insolidarios, porque saben que, rompiendo  la unidad de España, resulta mucho más fácil recuperar la República.

Y como Pablo Iglesias es más radical y más rocambolesco que el presidente Sánchez, no tiene empacho en conspirar públicamente contra la monarquía parlamentaria, para sustituirla, sin más preámbulos por una república comunista y bolivariana, como la que rige en Venezuela. Y tenemos a todos los cipayos y a los matones que le rodean, obligados por su propio líder,  cometiendo el disparate de alborotar y agitar artificialmente la calle, para acelerar la llegada de la nueva República.

 

Gijón, 18 de abril de 2021

José Luis Valladares Fernández


sábado, 3 de abril de 2021

EL SANCHISMO O LA PODEMIZACIÓN DEL PSOE

 

 


Por culpa de la actuación irresponsable de Pedro Sánchez, el malhadado y ficticio doctor que rige nuestros destinos, España camina irremediablemente hacia el fracaso económico y político más absoluto. De momento, ya ha desparecido el diálogo entre las distintas fuerzas democráticas, para dejar paso al absolutismo más absurdo y a la imposición de un extremismo generalizado francamente irracional. Hasta el mismo PSOE ha dejado de ser un vehículo de representación ciudadana, para convertirse en una mera plataforma de poder.

Todo esto es debido, cómo no, a que el ambicioso Sánchez entró en La Moncloa, con la intención de eternizarse en la presidencia del Gobierno. Y fue a las elecciones generales del 10 de noviembre de 2019,  dispuesto a barrer totalmente a la oposición. Y aunque no lo esperaba, se encontró con uno de sus más sonados fracasos, ya que, en ese proceso electoral, perdió otros tres escaños y peligraba seriamente su investidura como presidente.

Y como el voluble Pedro Sánchez no estaba dispuesto a tirar la toalla y marcharse definitivamente a su casa, decidió echarse en brazos de un personaje tan problemático como Pablo Iglesias, para mantenerse al frente del Gobierno. Y sin más preámbulos, a cambio del apoyo que necesitaba para la investidura, se comprometió a formar un Gobierno de coalición con Podemos, similar en todo al del Frente Popular de 1936.

Hay que reconocer que, con este inesperado ofrecimiento, a Pablo Iglesias se le abrieron los cielos. Estaba quedándose prácticamente en cuadro, ya que llevaba tres elecciones generales perdiendo votos y le estaban dando la espalda hasta antiguos compañeros de fatigas. Y entrando en el Gobierno, volvía a recuperar la esperanza y la ilusión. Por lo tanto, no podía rechazar tan sorprendente oferta.  Y mucho menos, sabiendo que, sin el apoyo de Podemos, Pedro Sánchez era un hombre al agua. Así que, hasta podía imponer sus propias condiciones.

Y aunque no era nada más que un desquiciado conspirador, defensor a ultranza de un populismo verdaderamente abyecto y despreciable, consiguió algo que no esperaba nadie, cinco ministerios para la formación morada y la vicepresidencia segunda del Gobierno. Y hasta se permitió el lujo de integrar, ahí es nada, varias proposiciones suyas en el programa de Gobierno, elaborado por el entorno del presidente.

No es de extrañar, por lo tanto, que la podemización del PSOE comenzara realmente en el momento mismo de la toma de posesión del nuevo Gobierno de coalición. Hay quién dice que esta mimetización del presidente Sánchez con Pablo Iglesias no es nada más que el famoso abrazo del oso, para dejar a la formación morada sin espacio político, para que desaparezca en los próximos comicios. En ese caso, también desaparecería el PSOE, porque se quedaría igualmente sin espacio político para sobrevivir

Pero resulta sumamente sospechoso el silencio de Pedro Sánchez, ante los ataques lanzados contra la democracia, por los portavoces de los grupos nacionalistas, separatistas y de los filo-etarras  de Bildu. En sus respectivas intervenciones los días 2 y 3 de enero de 2020, con motivo de la investidura, se acusó a España de querer solucionar los problemas políticos, aplicando “recetas autoritarias”. Y sacaron a relucir, faltaría más, los presos políticos.

Los miembros de esa horda de trúhanes se despacharon a gusto, lanzando feroces ataques en general, contra lo que ellos llaman el régimen del 78, y ciscándose especialmente sobre la Constitución que nos hemos dado los españoles. Trataron, eso sí, de desprestigiar la institución monárquica, llegando incluso a insultar gravemente al Rey, tildándole de “autoritario”.

Y por lo que parece, o Pedro Sánchez, en vez de escuchar, estaba tocando el ‘violón’ y no se enteró de nada, o  estaba simplemente de acuerdo con traspasar todas las líneas rojas, marcadas por la democracia para garantizar la convivencia. Si analizamos detenidamente su contestación a tanto despropósito, tenemos que admitir que asume las propuestas de todos esos peligrosos vende patrias.

No olvidemos que, en su discurso de contestación, en vez de reprochar tanto desafuero, aparece el verdadero Pedro Sánchez, y se compromete firmemente a poner fin a la “judicialización del conflicto político de Cataluña”. Y como si hubiera recibido ya los entorchados de caudillo bolivariano, al estilo de Hugo Chávez, da a entender que no permitirá que los jueces persigan a los que infringieron la ley, con la Declaración Unilateral de Independencia del 27 de octubre de 2017.

En realidad, no hacía falta que abriera la boca el aspirante a ser investido presidente para  dejar constancia de la deriva  o el travestismo irreversible que sufre el PSOE, a pesar de sus 140 años de historia. Y todo naturalmente, por culpa de la nefasta actuación de sus líderes actuales. Para llegar a esa conclusión, bastaba con escuchar el aplauso cerrado, que la bancada socialista dedicó a la presidente del Congreso, Meritxell Batet, cuando justificó como libertad de expresión, los ataques que los enemigos de la unidad de España lanzaban desde la tribuna contra la institución monárquica, .

Y por si todo esto fuera poco, vino detrás Adriana Lastra,  la portavoz del grupo socialista y, sin pensarlo dos veces, llama  extremistas a todos los diputados que voten en contra del candidato oficial del partido socialista. Y termina su discurso, quién lo diría, ensalzando al extravagante portavoz de ERC, Gabriel Rufián, aunque sabía perfectamente que también estaba detrás de la reciente y fallida declaración de independencia.

Está visto, que Pedro Sánchez fue presa de un delirio populista y se dejó arrastrar por los aparentes encantos de los sermones políticos del profeta ultraizquierdista que lidera Podemos. Y al fiarse de semejante visionario, muchos de los acuerdos del Consejo de Ministros terminaron contaminados con ideas comunistas de la propia formación morada. Y esto, claro está, hace mucho daño a España y está asfixiando irremisiblemente a un partido como el PSOE, que tuvo una contribución tan positiva, en la reconciliación entre los españoles.

Es evidente, que el presidente Sánchez  está siendo tremendamente  desleal con España y hasta con su propio partido. Y como quiere eternizarse indefinidamente en La Moncloa, sigue al pie de la letra la agenda del populismo neocomunista que le dicta el embustero Iglesias, consumando así la  podemización del PSOE y la balcanización de España.

Y para que no falle nada, el irresponsable Pedro Sánchez se ha involucrado resueltamente  en ese desquiciado proyecto de cantonalismo del país, asociándose con todos los enemigos declarados de España, entre los que encontramos a Bildu, ERC, BNG, CUP y otras formaciones por el estilo. Y como no piensa nada más que en sí mismo, no hace más que dar cuerda a toda esa marea de independentistas, sin pensar en las posibles consecuencias. Y hasta trata de llevar esa anómala disgregación  a otras regiones que, hasta ahora, no habían dado problemas en ese sentido, como es el caso de León, Cartagena, Extremadura e incluso Teruel.

Para no tener problemas y evitar completamente cualquier tipo de estorbo a su plan, el maniqueo Sánchez procuró deshacerse de los barones sensatos del verdadero PSOE y de todos los socialdemócratas que tuvieron una actuación tan positiva y beneficiosa para lograr el famoso pacto de la Transición a la democracia. Como hizo Ramón María Narváez, acabó con todos sus posibles enemigos, dejándoles, eso sí, como simples figuras decorativas del partido.

Es verdad que Narváez, que hizo de las suyas durante el reinado de Isabel II, no tenía tampoco enemigos. Había terminado con todos ellos. En una de sus anécdotas, se cuenta que, estando en su lecho de muerte, a la pregunta que le hace el capellán que le confesaba de si perdonaba a sus enemigos, el famoso ‘espadón de Loja’ contestó escuetamente: “No puedo perdonar a ninguno, porque los he matado a todos”

 Gijón, 29 de marzo de 2021

 José Luis Valladares Fernández

 


lunes, 22 de marzo de 2021

JAQUE A LA PAZ SOCIAL Y A LA DEMOCRACIA



 

En el refranero español, encontramos muchas sentencias que expresan verdades incontrovertibles, que no tienen vuelta de hoja. Y uno de esos dichos populares, que reza así: “el que mucho presume, de mucho carece”, retrata perfectamente al ególatra Pedro Sánchez, el presidente actual del Gobierno que padecemos.

Conociendo al líder del PSOE, es de suponer que le hubiera gustado entrar en La Moncloa a lo grande, en olor de multitudes y hasta con fanfarria y por la puerta principal. Pero en este caso no fue así y, si quiso entrar, qué le vamos a hacer, tuvo que utilizar la puerta de servicio. Para poder salir con la suya, utilizó una moción de censura irregular, ya que no cumplía estrictamente con todos los requisitos exigidos por la Constitución.

Para empezar, la moción de censura contó con muchos síes, que no eran nada más que rotundos noes a Mariano Rajoy. Y no olvidemos que está basada en un inciso improcedente, que el juez José Ricardo de Prada introdujo en la sentencia de Gürtel con la malsana intención de perjudicar al Partido Popular. Y ese inciso, claro está, fue retirado posteriormente por el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, por su evidente  falta de imparcialidad.

De todos modos, como Pedro Sánchez es capaz de presumir hasta de su propia sombra, dice que aterrizó en la presidencia del Gobierno, entre otras cosas, para “recuperar la normalidad institucional” y para “regenerar la política española”. Y sin más, inició su mandato, dando muestras de una superioridad moral aplastante que no tiene y aparentando saber bastante más de lo que realmente sabe. Un poco más, y nos suelta la locución latina “Veni. Vidi. Vici” (vine, vi, vencí), que utilizo Julio Cesar, para comunicar al Senado Romano su victoria en la batalla de Zela, contra el rey del Ponto, Farnaces II.

Y desde el primer momento, el presidente Sánchez, trata de engrandecerse artificialmente ante su clientela, comprometiéndose a luchar contra las desigualdades sociales, ayudando preferentemente a los que más sufren, a los más desfavorecidos por la fortuna. Con su llegada a la presidencia del Gobierno, según cuentan sus cipayos más cercanos, abrió “un nuevo tiempo de esperanza”, en el que predomina el diálogo, sobre todo el “diálogo constructivo”. Y piensan que, con ese diálogo, conseguirá la ansiada regeneración democrática y acabará, de una vez por todas, con la injusticia social.

Lo malo es que la palabra, si no está acompañada por otras cualidades, se convierte en palabrería, en verborrea  inútil, que complica aún más la situación. Y eso es precisamente lo que le está pasando al envalentonado Pedro Sánchez. En un arrebato de irresponsabilidad, se le antojó asumir la presidencia del Gobierno, más que nada para presumir y disfrutar de la adulación y los agasajos que  proporciona ese cargo. Y eso fue determinante para que la economía y el empleo, comenzaran a sufrir inmediatamente los efectos catastróficos de su pésima gestión pública.

Pero no termina aquí  la funesta actuación del imprevisible presidente Sánchez. Se ha cansado de repetir, una y otra vez, que no pactaría jamás con las huestes de Podemos. Empezó con esa cantinela, que yo sepa,  en septiembre de 2014, poco tiempo después de hacerse con la Secretaría General de su partido. En aquella ocasión, afirmó explícitamente ante los micrófonos de Antena 3: "Ni antes ni después El PSOE pactará con el populismo. El final del populismo es la Venezuela de Chávez, la pobreza, las cartillas de racionamiento, la falta de democracia y, sobre todo, la desigualdad".

Casi cinco años después, Pedro Sánchez seguía pensando que no podía “gobernar con alguien como Iglesias, que no defiende la democracia”. Y el 19 de septiembre, cuando ya llevaba más de cuatro meses como presidente en funciones, reiteró nuevamente, ante los micrófonos de La Sexta, que no podía confiar en el líder de Podemos. Y soltó esta llamativa perla: “Si hubiera aceptado las exigencias de Pablo Iglesias hoy sería presidente del Gobierno. Pero sería un presidente que no dormiría, como el 95% de los españoles, incluidos votantes de Unidas Podemos”.

Pero llegaron las elecciones generales del 10 de noviembre de ese mismo año y, mira por dónde, el presidente Sánchez se encontró ante una tesitura sumamente complicada: o aceptaba los postulados de Iglesias, para formar un Gobierno de coalición con Podemos, o corría el riesgo serio de perder la poltrona.

Y para mantenerse en La Moncloa por encima de todo, el sorprendente Pedro Sánchez se olvidó de sus fundados temores y, sin esperar a más, procuró colmar satisfactoriamente las desmedidas apetencias del quisquilloso Pablo Iglesias, nombrándole vicepresidente segundo del Gobierno. Le acompañan en el Ejecutivo, ocupando sendas carteras ministeriales, otros cuatro miembros de Podemos, aunque alguno de ellos no vale ni para concejal de pueblo.  

Para llegar a esa entente con el líder máximo de Unidas Podemos, el aspirante a perpetuarse  indefinidamente en La Moncloa decidió traicionarse a sí mismo, sabiendo que, así, deslegitimaba su mandato y perjudicaba seriamente al PSOE y a todos los españoles. A pesar de todo, tiene muy poca importancia  que el presidente Sánchez recurra, o no, a los somníferos para conciliar el sueño. Nos preocupa, eso sí, el insomnio que padecemos ahora los sufridos ciudadanos españoles.

Al traicionar Pedro Sánchez a quienes confiaron en él, comenzó a crecer precipitadamente la inestabilidad y el extremismo en España, perturbando así el sueño de todos nosotros. Y como el deterioro  de las instituciones públicas es ya prácticamente imparable, terminaremos asfixiados por el populismo bolivariano de Venezuela. Y por desgracia, no habrá sedante alguno que pueda mitigar las terribles noches toledanas que nos esperan.

Ese pacto con Podemos, acrecentó aún más la recesión económica que ya padecíamos y aceleró la destrucción de empleo. Y esto, como era de esperar, intensificó considerablemente las críticas contra el Gobierno y aparecieron las primeras discrepancias dentro del propio partido con el presidente del Gobierno.

La reacción del endiosado Pedro Sánchez no se hizo esperar. Quería acabar tajantemente con las duras críticas y cortar de raíz las incipientes suspicacias de los barones de su propio partido. Y para eso, necesitaba engañar a la ciudadanía española. Así que, vociferando destempladamente ante el líder de la oposición, Pablo Casado, hizo esta ilusoria afirmación: “mi tarea como presidente es garantizar la estabilidad política”. Y con su fanfarronería habitual, agregó que haría “frente a la emergencia sanitaria y la vacunación”, ocupándose a la vez  de la  “recuperación económica” y de la “creación de empleo y justicia social”.

Pero ya lo dice el refranero español: del dicho al hecho hay mucho trecho. Y todos sabemos sobradamente lo que puede dar de sí un personaje tan presumido y lenguaraz como el presidente Sánchez. Con exhibirse y pavonearse en sus rebuscadas apariciones públicas, para ganar músculo demoscópico, ya tiene bastante. Pero no esperes que aporte alguna solución útil y acertada para luchar  eficazmente contra la terrible pandemia que nos aqueja y contra el hundimiento generalizado de  nuestra economía. Gracias a su manifiesta incapacidad, España es ahora mismo el farolillo rojo de toda Europa.

Es sabido que, en la mayor parte de las actuaciones del Gobierno social-comunista actual, aparece claramente la mano negra de  Pablo Iglesias. Este desvergonzado personaje, llevó también la voz cantante en redacción de los pactos del PSOE con Podemos y, no contento con esto, se las arregló para llevar a Pedro Sánchez al huerto de ERC y de Bildu. Y no cabe duda que está detrás de muchas  de las decisiones económicas que padecemos.

No es de extrañar, por lo tanto, que haya voces más o menos autorizadas, hasta dentro del  propio PSOE, que culpen al líder ultraizquierdista  del desastre económico que padecemos, y pidan insistentemente al presidente Sánchez que prescinda ipso facto de su vicepresidente segundo. De todas formas, eso no solucionaría nada, porque el problema sigue siendo de quien rige nuestros destinos. Y eso nos lleva a pensar que, tanto si el estalinista Iglesias está dentro como si está fuera del Gobierno, tendremos que enfrentarnos también a la pandemia del hambre y la miseria, que ya ha comenzado a extenderse por España.

De momento, los datos son francamente inapelables. Aunque el Gobierno no quiera reconocerlo, ya contabilizamos más de 100.000 muertos por culpa del coronavirus y la ruina económica sigue creciendo de manera constante y desmesurada. Sin ir más lejos, cerramos el año 2020, qué le vamos a hacer, con el desplome de un 11% del PIB, desconocido hasta ahora. Y por si esto fuera poco, a finales de diciembre de ese mismo año, el déficit de la Seguridad Social superaba los 20.000 millones de euros. En ese momento, quién lo iba a decir, España debía ya 122.439 millones de euros, un nivel de deuda nada menos que del 17,1% del PIB.

Es muy posible que, si el despótico Pablo Iglesias abandona definitivamente el Ejecutivo, recuperemos una buena parte del crédito exterior, dilapidado gratuitamente por Pedro Sánchez. Y todo por su evidente falta de pericia y de madurez. Pero no nos hagamos ilusiones, porque eso no implica en absoluto una mejoría reseñable en la forma de gobernar a los españoles.

Pero no debemos olvidar que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se necesitan mutuamente y, si no quieren acabar ambos en la marginación y en el olvido, están obligados a entenderse. El aburguesado líder de Podemos podrá contar con más o menos diputados, pero para ser alguien y no verse abocado al ostracismo, necesita el apoyo decidido de Sánchez. Y como no podía ser menos, al imprevisible caudillo Pedro Sánchez le pasa exactamente lo mismo. Sin la colaboración y el apoyo de Pablo Iglesias, tendría que renunciar a una buena parte de sus ambiciones napoleónicas y hasta se vería obligado a salir de La Moncloa. 

Y como fracasó rotundamente la diabólica alianza entre el POSE y ciudadanos, para usurpar la Autonomía de Madrid al Partido Popular, el maquiavélico Iglesias abandona su cartera ministerial y deja el Gobierno. Y todo, porque sabe que, si no encabeza personalmente la candidatura de Podemos a las elecciones madrileñas, es muy posible que se repita el morrocotudo fracaso que tuvo que soportar en el País Vasco y, sobre todo, en Galicia.

Este hecho, sin embargo, no altera en modo alguno el respaldo que se prestan voluntaria y recíprocamente estos dos cesaristas paranoicos, para socavar poco a poco el régimen del 78. Pedro Sánchez dormirá muy mal, porque se le atragantará, de vez en cuando, la verborrea asamblearia del fantoche del moño y su propensión a organizar escándalos callejeros. Y el altivo y desdeñoso Pablo Iglesias hará lo mismo, por la cuenta que  le tiene, con el endiosamiento y con las mentiras habituales del siniestro personaje que, para nuestra desgracia, ocupa momentáneamente la presidencia del Gobierno.

Gracias a la prepotencia abusiva del conspirador Sánchez y la facundia del supremacista Iglesias, los españoles estamos viviendo un psicodrama muy conflictivo y desquiciante. Ya no sabemos si el mundo que nos rodea es real, o es algo meramente imaginado o fantaseado. Por culpa de sus embustes y maquinaciones, hemos perdido el rumbo y vamos camino del desastre económico y social más absoluto.

Es evidente que estos dos políticos son, ante todo, unos vividores y, en consecuencia, anteponen siempre sus intereses particulares a los generales y se olvidan naturalmente del bien común. Se comportan, no faltaba más,  como Píramo y Tisbe, los dos amantes legendarios que encontramos en la mitología griega.

Ni que decir tiene, que a Píramo y Tisbe les unía un amor entrañable y sincero. Pero Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, por el contrario, se odian intensa y profundamente. Les une, eso sí, el interés propio, y el deseo insaciable de satisfacer  su ambición y su ego personal, a costa de lo que sea. No obstante, esperemos  que los españoles salgan, de una vez, de ese prolongado letargo y saquen a estos dos embaucadores de la vida pública, y los devuelvan a la vida privada, de donde nunca debieron salir.

 

Gijón, 18 de marzo de 2021

            José Luis Valladares Fernández