lunes, 27 de septiembre de 2021

ASÍ VAMOS DIRECTO AL DESASTRE

 


Por mucho que busquemos, es imposible encontrar a alguien tan caprichoso y tan presumido, como Pedro Sánchez, el actual inquilino de La Moncloa. Y por si fuera esto poco, como político, también destaca por su torpeza y su inutilidad. Y para colmo de males, piensa como todos los incompetentes que, para darse a valer, no tiene nada más que desacreditar verbalmente a sus adversarios políticos, recurriendo al embuste y a la insidia.

Como al presidente Sánchez le sobra desfachatez e insolencia, y le falta cordura, se dedica a pedir el aplauso y la ovación de los españoles. Quiere que reconozcan, de una vez por todas, que gracias a sus desvelos y esfuerzos, la crisis económica que padecemos es ya prácticamente  historia. Y afirma sin tapujos, que su oportuna participación ha sido clave para iniciar la recuperación y que, con un Gobierno de derechas, terminaría enquistándose y afectando a muchas generaciones.

Está visto que el actual presidente del Gobierno  compite en jactancia y presunción con el famoso Orión, aquel infatigable cazador mitológico que, por su fortaleza y audacia, pasó a formar parte  del escogido séquito de Diana, la diosa de la caza. Y como su suerte parecía ser ilimitada e imperecedera, abusaba continuamente y sin contemplación alguna, de su enorme soberbia y de su desmedida vanidad.

Después de intervenir brillantemente  en una de las cacerías que organizó su protectora, Orión se dejó llevar por los elogios y los halagos de sus acompañantes y terminó afirmando que no había monstruo alguno en el mundo, al que él no pudiera vencer. Y se vanagloriaba neciamente diciendo que ni las fieras más feroces eran capaces de producirle el más mínimo miedo o sobresalto. Y todos sabemos cómo terminó el petulante Orión. Sin dejar de vanagloriarse  tontamente, acudió a la próxima cacería y, lo que son las cosas, bastó la picadura de un simple escorpión, para acabar con su vida.

Debemos admitir, que el comportamiento de Pedro Sánchez no es muy diferente al protagonizado en su día por el pobre Orión. Como tiene una confianza ciega en su buena estrella, suele echar su lengua a pacer cuando menos lo esperas y comienza a magnificar sus oportunas actuaciones y a vanagloriarse de sus excelsas y providenciales cualidades, que utiliza desinteresadamente para favorecer a los ciudadanos que lo necesitan. Y todo, claro está, sin pedir nada a cambio.

Es sabido que la manera de actuar del presidente Sánchez ha sido siempre la misma. Aunque dice que es muy valiente y está tremendamente endiosado, desaparece de la escena pública, tan pronto como surge un problema grave de difícil solución. Y vuelve a aparecer, faltaría más, para hacerse la foto, cuando desaparecen esas dificultades porque se encontró una solución oportuna, o porque sus esbirros lograron maquillar los datos estadísticos para simular que se han resuelto todas las complicaciones.

Si nos atenemos a la evolución del paro, tenemos que señalar que, al iniciar septiembre de 2021, teníamos 82.583 desempleados menos. También se produjo, a lo largo de ese verano, un repunte importante  del turismo interior y un aumento considerable del consumo doméstico. Y estos datos fueron aprovechados por los medios que están permanentemente al servicio del Ejecutivo, para pregonar, que estábamos solucionando el paro y que habíamos iniciado con buen pie la recuperación económica.

No obstante, podemos decir, mal que le pese a Pedro Sánchez y a su cohorte de aduladores, que estamos ante una mejoría  ilusoria del paro, que no tiene nada que ver con la realidad. Esa disminución del paro quedó totalmente neutralizada con los afiliados que perdió la Seguridad Social, ya que desaparecieron de las listas del paro, porque se cansaron de buscar trabajo. Y acto seguido, qué le vamos a hacer, pasaron a engrosar las colas del hambre que encontramos en las puertas de Cáritas o de otras instituciones benéficas para poder subsistir.

Y como el presidente Sánchez tiene más cara que espalda y necesitaba urgentemente coger aire fresco, dio por buena la aparente mejoría del paro que se produjo durante el mes de agosto de 2021. Y sin más averiguaciones, recupera el optimismo y comienza a presentarse como el gran adalid, que supo dar con la tecla precisa, para poder iniciar la ansiada recuperación económica que estábamos necesitando. Y justifica su postura, afirmando que si se reduce el paro, es porque se ha creado empleo.

Es verdad, que ya no es tan taxativo como en junio de 2020, y ya no dice  que  “hemos vencido al virus y controlado la pandemia”. Ahora es un poco más comedido y se contenta con afirmar que podemos “vislumbrar el final del túnel de la pandemia”, y recomienda seguidamente que “no se baje  la guardia”.

Es evidente, que el presidente actual del Gobierno carece de complejos y se comporta incesantemente como si fuera el rey del mambo. Tiene un concepto tan elevado de sí mismo que, allí donde va, se atribuye el acierto de haber hecho “un gran ejercicio de patriotismo y de fraternidad”, a la hora de abordar los problemas originados por el peligroso coronavirus. Y como no tiene límites en sus bravatas, cuando menos lo esperas, termina soltando alguna estupidez de grueso calado, como esta: "aquí hemos vacunado a todo el mundo y no hemos preguntado ni su origen, ni sus creencias, ni lo que votaban".

No hay cosa que más fascine a Pedro Sánchez, que ponerse medallas. Y eso le lleva naturalmente a abusar de la autocomplacencia en todos sus discursos. En este caso concreto, se arroga  el hecho de estar acabando con la pandemia y de aportar soluciones reales y eficaces para acabar con la escasez de puestos de trabajo y enderezar por fin la economía. Y como no podía ser menos, se muestra muy orgulloso de su actuación, porque gracias a su quehacer, “España lidera la vacunación y liderará la recuperación económica en Europa”. 

Pero si analizamos desapasionadamente lo que dice y hace el presidente del Gobierno que nos cayó en suerte, veremos que, en todas sus actuaciones, no hay nada más que suposiciones o meras apariencias, que no tienen nada que ver con realidad. Se trata de aparentar que está consiguiendo unos resultados francamente satisfactorios, para granjearse el mayor número posible de halagos y aplausos. En este caso concreto, ni se han creado puestos de trabajo y lo de la recuperación económica no es nada más que una simple patraña.

Se da la circunstancia que, tanto el presidente Sánchez, como los ganapanes que le rodean, intentan hacernos ver que está mejorando considerablemente la situación económica. Dicen que está creciendo el producto interior bruto (PIB) de manera progresiva, que ha disminuido el paro y que también hay muestras de que ha empezado a reducirse el déficit público. E insisten una y otra vez que, como consecuencia de su acertada gestión, la recuperación económica es algo ya imparable y no tiene marcha atrás.

Es indiscutible, que Pedro Sánchez, lo mismo que sus costaleros más cercanos, mantienen reiteradamente que estamos saliendo de la crisis y disfrutando de una mejoría económica. Y dan por hecho, que disminuyó el paro, porque se han creado  muchos nuevos puestos de trabajo. Y eso no es verdad, porque también desaparecen de las listas del paro, los que son dados de baja en la seguridad social porque terminan desmoralizados y dejan de buscar trabajo. Se trata, por lo tanto, de una mejoría puramente ficticia e ilusoria, que no tiene nada que ver con la realidad.

Es cierto que, en agosto de 2021, nos encontramos con 82.583 desempleados menos. Pero no podemos olvidar que agosto siempre ha sido un mes rematadamente malo para el empleo, porque finaliza la campaña de verano y se produce la extinción de un buen número de contratos laborales, sobre todo los de carácter temporal. Y este año en concreto, en agosto hubo una rescisión de 118.004 puestos de trabajo.

Si queremos ahondar aún más en los detalles, tenemos que añadir, que el 31 de ese mes de agosto se produjeron 342.276 bajas en la Seguridad Social y tan solo se registró el alta de 47.468 nuevos afiliados. Lo que quiere decir que el 31 de agosto, tuvimos un saldo especialmente negativo, pues  se perdieron, ahí es nada, 294.808 puestos de trabajo, que no es moco de pavo.

En pleno verano de 2021, ya batíamos el récord de parados de todos los países industrializados de nuestro entorno. Si nos atenemos a los datos ofrecidos por el Ministerio de Trabajo, en esas fechas teníamos 3.333.915 desempleados, que ya es una cantidad verdaderamente escandalosa. Pero si examinamos detenidamente la situación laboral, veremos que en esa cantidad no están todos los parados que tenemos.

Como el número de desocupados se mueve entre márgenes claramente espeluznantes, los responsables del Ejecutivo procuraron dulcificar el total, excluyendo de la lista oficial, a un buen número de desocupados. Para empezar, sacaron de esa cifra a 277.905 personas, que se quedaron sin trabajo y las camuflaron en ese invento provisional de los ERTE. Y eso que saben perfectamente, que una gran parte de esta gente no podrá volver a trabajar. Y aún hay más, porque también borraron de las listas del paro a los 226.000 autónomos, están cobrando por cese de actividad y no encuentran trabajo.

Y esto indica, cómo no, que en vez de los 3.333.915 parados, que ya es una cifra escalofriante, nos encontramos, ahí es nada, con 3.837.820 desocupados, que es una cantidad bastante más demoledora que la anterior. Y mientras mantengamos esa terrorífica cantidad de parados, no podemos decir que ‘España va bien’, porque caminamos decididamente  hacia el desastre económico más absoluto. Y todo indica, que si no cambian las cosas, terminaremos siendo cada vez más pobres.

De momento, aunque siente mal a Pedro Sánchez y a los disciplinados augures que le apoyan ciegamente, podemos hablar claro e indicar que España es uno de los países más vulnerables de la zona Euro. Y me atrevería a añadir, sin miedo a equivocarme, que no hay ningún país desarrollado a nivel mundial, tan desamparado e indefenso como el nuestro. Y no creo que haya ninguna economía avanzada, que tenga tantas dificultades como la española para recuperar los niveles de riqueza que tenía cuando apareció la crisis del coronavirus.

Son muchos los problemas que encuentran los españoles para hacerse con un puesto de trabajo más o menos estable. Y una de dos, o se soluciona esto pronto, o comenzarán a aumentar disparatadamente las personas en edad de trabajar, que al verse inmersas en una situación de pobreza severa, tendrán que recurrir a una organización caritativa o a un banco de alimentos para sobrevivir. Y de hecho, es incuestionable, que las colas del hambre que piden ayuda a esos centros sociales, son cada día más largas.

No cabe duda, que  los problemas que atraviesan muchas empresas, terminan agravando necesariamente la posibilidad de encontrar trabajo. Es obvio, que los ‘salvapatrias’ que nos gobiernan, gestionaron muy mal la pandemia, provocando así una destrucción generalizada del tejido empresarial español. Por esto tenemos ahora unas 53.000 empresas menos que cuando estalló la crisis del Covid-19.

Para colmo de males, el Banco de España va aún más lejos y afirma que, tras ese año y medio largo de crisis pandémica, un 25% de las empresas que quedan están lamentablemente en situación de quiebra técnica. Y no acaba aquí la mala racha, ya que la rentabilidad de un 55%  de las empresas restantes, está por debajo de cero. De todos modos, esperamos que termine lo más pronto posible este penoso calvario.

Gijón, 24 de septiembre de 2021

José Luis Valladares Fernández

domingo, 5 de septiembre de 2021

NO ES LO MISMO PREDICAR QUE DAR GRANO

 


Todos sabemos cómo llegó Pedro Sánchez a La Moncloa. Cuando logró recuperar la Secretaría General del PSOE, se le abrieron los cielos y comprendió súbitamente, que había sido repuesto en el cargo para algo más importante que  recobrar las viejas esencias del Partido Socialista. Eso implicaba lisa y llanamente, tal como el mismo dijo, que también tenía la ineludible obligación de “recuperar el valor y el sentido mismo de la política”, que habían sido puestos en entredicho por la corrupción del Partido Popular.

Y olvidándose, entre otras muchas cosas, de los ERE y de los chanchullos que ensucian su propia casa, se propuso llegar a La Moncloa en un plazo de tiempo sumamente breve. Quería sustituir a Mariano Rajoy en la Presidencia del Gobierno, para comenzar de inmediato una supuesta regeneración de la vida pública en España. Y se da la circunstancia que no hay ninguna convocatoria electoral a la vista. Pero eso no es óbice para este líder del PSOE ya que, cuando se le complican las cosas, suele recurrir con desparpajo a su proverbial desfachatez para salir siempre con la suya. Y por lo que parece, aparentemente al menos, no hay nada que se le resista.

Todos sabemos que Pedro Sánchez no conoce límites, ni hace ascos a nada. Y de aquella, se había propuesto, ahí es nada, cambiar definitivamente el signo político del Gobierno. Y para no fallar, si hacía falta, estaba decidido incluso a plantarse en La Moncloa, cabalgando a lomos de Othar, el famoso caballo de Atila.

Y desoyendo el consejo de personas importantes del PSOE, como Felipe González y Alfredo Pérez Rubalcaba, entre otros, comenzó a preparar sin más esa atípica moción de censura. Contaba naturalmente con el apoyo explícito de Unidas Podemos. Y dando muestras de una vileza mayúscula, recabó el respaldo de los independentistas vascos y catalanes y de los proetarras de Bildu que, como era sabido, trataban de acabar con la unidad de España.

Y como era de esperar, los impresentables separatistas y los herederos de ETA aceptaron encantados esa desvergonzada propuesta, y se comprometieron a secundar esa moción de censura, porque así se deshacían de Rajoy y reforzaban considerablemente su posición política con las prebendas que recibían a cambio.

Tan pronto como supo que contaba con el plácet de todos esos vendepatrias,  Sánchez anunció la presentación de esa moción de censura contra Mariano Rajoy, para proceder a limpiar la vida pública de la corrupción aportada por el Partido Popular. Y ocultando con todo cuidado sus verdaderas intenciones, se comprometió formalmente a celebrar elecciones generales lo antes posible. Mientras llegaba y no ese momento, un Gobierno “de transición” aseguraría la “gobernanza” del país, para recuperar la “normalidad democrática” que se había perdido, al parecer, por la actuación nefasta de quienes ostentaban el poder en aquel momento.

Es sabido, que esa moción de censura salió adelante gracias al aval expreso de esos grupos de insensatos, que están siempre al quite para robarnos un trozo de España. No obstante, es público y notorio que la mayor parte de esos votos, más que síes a Pedro Sánchez, eran más bien noes rotundos a Mariano Rajoy.

Claro que, una vez logrado el sueño de su vida, el nuevo presidente del Gobierno aparece tal como es y se deja llevar por su inmensa y descontrolada ambición. Y como vive instalado permanentemente en la incoherencia y no piensa nada más que en sí mismo, no sabes nunca a qué carta quedarte, porque actúa siempre en función de su interés personal e inmediato y suele terminar traicionando hasta a su mejor amigo. Te promete una cosa ahora, y a continuación hace exactamente lo contrario.

No es de extrañar, por lo tanto, que una vez instalado en La Moncloa, se olvidara por completo de su solemne promesa de convocar lo antes posible un nuevo proceso electoral e intentara mantenerse en el poder hasta agotar la legislatura en el año 2020. Pero mira por dónde, se encontró con la horma de su zapato, y el 15 de febrero de 2019 tuvo que anunciar la disolución de las Cámaras y abrir las urnas, porque los rebeldes independentistas rechazaron rotundamente “los Presupuestos más sociales” que presentó el Gobierno.

Pero eso sí, como es un presumido empedernido y no tiene abuela que alabe constantemente sus excelsas proezas, echó cara al asunto y se dedicó a encomiar su labor durante el tiempo que estuvo al frente del Gobierno. Comenzó diciendo “he hecho muchas cosas buenas en estos ocho meses y medio, no he podido hacer más por el bloqueo y la deslealtad de la oposición de PP y Ciudadanos”. Y agregó a continuación que abría “las urnas a los españoles para que cierren el paso a esa derecha desleal”, que está “ahora en brazos de la ultraderecha”, votando masivamente  a quien puede garantizar un futuro digno y honorable.

Hay que tener en cuenta que con el aterrizaje de Pedro Sánchez en el Gobierno, empieza realmente el calvario económico de los españoles, por  culpa del aumento disparatado del gasto público y la pertinente subida de los impuestos. Comenzó valiéndose profusamente del real decreto, para arbitrar un incremento del gasto de casi  10.000 millones de euros, en lo que el propio Ejecutivo llamó “viernes sociales”. Y ahí entraban, además de otros gastos, la ampliación de los permisos de paternidad y los subsidios para los desempleados mayores de 52 años.

Pero el verdadero desmadre de los gastos comenzó en realidad, después de las elecciones de abril de 2019, una vez formado el Gobierno de coalición con Unidas Podemos. Al sentirse arropado por las huestes de Pablo Iglesias y por toda esa harca de truhanes independentistas y proetarras, recuperó partidas de gastos que aparecían en los  Presupuestos Generales del Estado que no pudo aprobar en febrero de 2019.

Y por si fuera esto poco, hay que contar también con el enorme derroche que se produce en gastos de personal. No olvidemos, que no hay otro Gobierno, entre los países de nuestro entorno, que supere al de Pedro Sánchez en número de ministros y consejeros. Si echamos una ojeada a las cuentas del año 2019, veremos que el Ejecutivo  de PSOE-Podemos costó a los españoles la escalofriante cifra de más  de 75 millones de euros. Y si a esa cantidad, sumamos también lo gastado en las cotizaciones, el importe de la factura ronda aproximadamente los 90 millones de euros.

Es preciso recordar que la lista de altos cargos y asesores, en vez de estabilizarse, continuó aumentando aceleradamente, de modo que, en el año 2020, los gastos totales en sueldos y cotizaciones de la Seguridad Social de los 23 miembros del Gobierno y de sus asesores y altos cargos, sobrepasó con mucho, ahí es nada, los 93 millones de euros. Y esta cantidad todavía subiría mucho más, si contabilizáramos igualmente los gastos de los desplazamientos en el Falcon Oficial, que el presidente procura mantener en secreto,

Y si el gasto abusivo del Ejecutivo ya nos estaba llevando claramente a una ralentización peligrosa de la economía, tuvo que aparecer el coronavirus para acabar de complicar la situación. Es evidente, que el Gobierno gestionó muy mal la pandemia generada, ya que abordó el problema incrementando aún más los gastos y subiendo los impuestos. Las consecuencias de ese hecho, no tardaron en llegar: el aumento excesivo de los gastos, dio lugar a un déficit estructural prácticamente inviable; y el exceso de presión fiscal, redujo el poder adquisitivo de los ciudadanos, cayendo el gasto, y con el gasto cayó también la producción y el empleo.

Y esto, por supuesto, da lugar a una reducción importante de la actividad económica y a una pérdida de puestos de trabajo, que repercute necesariamente sobre la recaudación, provocando una caída  notable de los ingresos que proporcionan sobre todo los impuestos indirectos. Y como el Gobierno de Pedro Sánchez siguió gastando a manos llenas, el gasto público creció, en muy poco tiempo, nada menos que en 54.765 millones de euros, mientras que los ingresos experimentaron una caída de 25.711 millones de euros.

A principios del año 2019, la deuda pública española ya rompía todos los moldes conocidos y llegó a alcanzar el 98,37%  del PIB. Y como el Gobierno mantuvo esa preocupante incuria, la deuda pública siguió creciendo desbocadamente hasta llegar, a mediados del año 2020, hasta el 122% sobre el PIB. Dicho de otra manera, de una deuda pública  de 1,18 billones de euros, pasamos a deber  1,42 billones de euros, lo que supone un endeudamiento diario de unos 444 millones de euros. Y esa deuda pública, que le vamos a hacer, está ahora en el entorno del 125% del PIB.

Al gastar el Gobierno bastante más de lo que ingresa, se produce un desequilibrio brutal en las cuentas públicas, de modo que somos el único país de la Unión Europea que, en el año 2020 eleva desorbitadamente el déficit público, que se dice pronto, hasta el 11% del PIB. Y para desgracia nuestra, la mayor parte de ese déficit público, pasó a ser déficit estructural, originando así un descuadre monetario, que supera en buena medida  los 60.000 millones de euros.

Tenemos que aceptar, creo yo, que la extensión generalizada del coronavirus ocasionó una serie de gastos que, en un principio, eran meramente coyunturales, aunque casi todos ellos terminaron convertidos en gastos estructurales, por la impericia del Ejecutivo que dirige Sánchez. Y todo, claro está, porque no supo gestionar la pandemia que padecíamos. En vez de anticiparse y tomar medidas a tiempo, esperó a que se desmadrara el asunto y colapsara la Sanidad, provocando así un aumento considerable de los gastos y el endurecimiento de otras  medidas económicas que hubo que tomar.

Es indudable que, si queremos solucionar los problemas que sigan surgiendo, sin reparar en gastos, terminaremos teniendo que incrementar los impuestos, que es lo que hizo el doctor ‘cum fraude’ que padecemos. E intentar mantener indefinidamente ese tipo de política económica desenfrenada, termina hipotecando el futuro de los españoles. Si no hay manera de reducir el déficit  estructural y aminorar la deuda pública, terminaremos hundidos en la pobreza y la miseria y, sin duda alguna, hasta sin lo poco que nos queda de nuestro antiguo Estado de Bienestar.

Estamos viviendo una situación económica verdaderamente complicada. Y a pesar de todo, el equipo económico del Gobierno, no sé si por iniciativa propia o porque acata instrucciones del estúpido que los dirige, está empeñado en ocultarnos la escalofriante realidad. Quiere hacernos ver que están mejorando ostensiblemente indicadores tan importantes como los datos del PIB, el empleo e incluso el comercio exterior de España.

Es verdad que la gestión económica del Gobierno de Pedro Sánchez deja mucho que desear, ya que siguen gastando sin control, obviando lo que está pasando a su alrededor. El encarecimiento exagerado de las materias primas energéticas como  los carburantes y el gas ha servido, cómo no, para que se disparara el recibo de la luz, la vivienda y hasta la cesta de la compra, recortando notablemente el poder adquisitivo de los españoles.

Y todavía hay más, ya que el proceso inflacionario está castigando muy duramente a la economía española. Antes de los estragos que ha ocasionado el coronavirus, los precios tenían un crecimiento interanual del 0,7%. Y sin embargo, tuvo que llegar la pandemia para complicar la vida de los españoles y de las empresas españolas, ya que, a partir de entonces, la inflación comenzó a crecer  disparatadamente, hasta alcanzar el 2,9%.

De hecho, hay que constatar que, por culpa del Covid-19, han desaparecido muchas empresas españolas. El 31 de enero de 2020, que fue cuando se diagnosticó el primer caso de coronavirus en España, teníamos 1.481.364 empresas. Y año y medio después, en julio de 2021, ya no quedaban nada más que 1.418.215 empresas, lo que representa un duro golpe para mantener el empleo.

Y no es esto todo, ya que la pandemia acabó precisamente con uno de los sectores clave de nuestra economía: el turismo, que hasta el año 2020, venía siendo un valor seguro para nuestro crecimiento económico. Tomando como referencia el años 2019, los datos no pueden ser más elocuentes, ya que, entre enero y junio de ese año, fueron 38 millones los turistas extranjeros que visitaron nuestro país. Esa cifra de visitantes  foráneos  cayó radicalmente en el año 2020. Entre enero y junio de 2021, por ejemplo, solo llegaron a España 5.4 millones de turistas, un 86% menos de turistas. Y por lo que se ve, Nadia Calviño aún no se ha enterado.

 Gijón, 31 de agosto de 2021

 José Luis Valladares Fernández 


viernes, 13 de agosto de 2021

LAS FANTASMADAS DE PEDRO SÁNCHEZ EN EE.UU.

 


Aunque es algo muy lamentable, tenemos que reconocer  que la historia del mundo está llena de megalómanos y lunáticos, que necesitan perentoriamente recibir toda clase de loas, halagos y parabienes. Y en buena lógica, como se creen muy superiores al resto de los mortales, piensan que deben ser ellos los elegidos para encabezar y dirigir las distintas Administraciones o Instituciones Públicas. Y por desgracia, casi siempre salen con la suya, perjudicando gravemente, claro está, a los administrados, ya que nada más conseguir su propósito, suelen perder  también hasta el más mínimo contacto con la realidad.

Si recurrimos a las narraciones mitológicas de la antigua Grecia, ya encontramos personajes de esa guisa, con un ego tan inmenso y desmedido, que les llevaba a pensar que hasta podían reírse del bien y del mal. Y eran tan audaces y tan presuntuosos, que se sentían plenamente capacitados para enfrentarse a los mismos dioses. Y ni corto, ni perezoso fue precisamente lo que al final hizo Aquiles, el famoso héroe de la guerra de Troya y uno de los más grandes guerreros que encontramos en la Ilíada de Homero.

Derrochando valor y coraje, los troyanos estaban haciendo retroceder a los griegos. Para conjurar el peligro, el héroe Patroclo se lanza al ataque y comienza a hacer estragos entre las tropas de Troya, que huyen cobardemente para buscar refugio dentro de la ciudad. Y tiene que llegar el príncipe troyano Héctor que, con la ayuda explícita de Apolo, evita el desastre, dando muerte al envalentonado  Patroclo.

Al enterarse Aquiles de la muerte de su compañero de armas Patroclo, monta en cólera y decide tomar las armas para vengarlo. Cuando los troyanos se enteran que van a tener que hacer frente al propio Aquiles, se refugian rápidamente dentro de las murallas. El valiente Héctor, en cambio, se negó a abandonar la lucha y permaneció impaciente ante una de las puertas de entrada para luchar cuerpo a cuerpo contra el temido Aquiles.

El combate entre los dos contendientes fue sumamente duro, largo e indeciso. Es verdad, que cualquiera de los dos rivales pudo vencer, pero la suerte se alió con Aquiles, que logró acabar con su contrincante Héctor, traspasándole  el cuello con su lanza. Vengada así la muerte de su amigo Patroclo y con su enemigo inerte en el suelo, el vencedor sufrió un ataque desmesurado de orgullo y de arrogancia desenfrenada (el famoso ‘hibris’ (ὕβρις) que dirían los griegos), transgrediendo así los límites que le habían marcado los dioses.

Por culpa del envanecimiento y del exceso de confianza en sí  mismo, Aquiles culminó su  revancha atando el cadáver de Héctor a su carro y arrastrándolo seguidamente por el campo de batalla y alrededor de las murallas de Troya. Esa acción encolerizó a los dioses, que decidieron castigar su desobediencia, dirigiendo la flecha que lanzó Paris a la única parte vulnerable de su cuerpo, para causarle la muerte.

Claro que, para encontrar megalómanos destacados, completamente satisfechos de sí mismos, no necesitamos recurrir a la legendaria Grecia. Tenemos personajes jactanciosos, que sufrieron verdaderos delirios de grandeza en épocas más cercanas a nosotros. Es el caso, por ejemplo de Adolf Hitler, el dictador alemán que provocó la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia en septiembre de 1939, y el aberrante déspota soviético Iósif Stalin.

Para el megalómano Hitler, los seres humanos estábamos divididos en razas y, por supuesto, la raza ‘aria’, representada básicamente por los auténticos alemanes, era muy superior a las demás. Les correspondía, por lo tanto, estar al frente de los destinos del mundo. Había también, cómo no, otras “razas inferiores”, como es el caso de los judíos o los eslavos que no tenían derecho ni a la cultura más elemental.

Es sabido que el Führer, con sus encendidas arengas, consiguió que más de tres millones de jóvenes, y otras muchas personas de reconocido prestigio, aceptaran ciegamente esas delirantes teorías y estuvieran dispuestos a dar su vida para llevarlas a la realidad y asumir después el puesto destacado que les corresponde. Y no digamos nada del genocida Stalin que, nada más desaparecer Lenin de la historia, comenzó a deshacerse de sus oponentes, enfrentando a unos contra otros, para acaparar todo el Poder  en la Unión Soviética.

Para lograr semejante objetivo, el sanguinario Stalin solía utilizar el conocido método de “dividir para gobernar”. Y cuando eso no era posible, recurría directamente a las purgas selectivas y a los inhóspitos campos de concentración o gulags. Y a la vez que se deshacía de sus enemigos políticos, intensificaba su labor para magnificar el culto a su persona y recibir cantidad de halagos y agasajos.  Como suelen hacer los líderes carismáticos, quería que se elogiara públicamente su destacada inteligencia y su bravura.

De todos modos, no debemos olvidar que, hoy día, también hay muchos megalómanos y ególatras sueltos que sienten un amor excesivo hacia sí mismos y que utilizan constantemente sus delirios de grandeza para esconder sus abundantes y escandalosas carencias con la perversa intención deslumbrar a los demás. De ahí que podamos decir, sin miedo a equivocarnos, que no hay nadie que se haya endiosado tanto en tan poco tiempo, como Pedro Sánchez, el actual presidente del Gobierno que padecemos.

Está visto que el personaje, que rige ocasionalmente nuestros destinos, carece de credibilidad. Y por si fuera esto poco, no ha sido capaz de solventar los problemas, tanto económicos como sociales e incluso sanitarios, que venimos soportando desde que aterrizó sorpresivamente en La Moncloa.  Para empezar, al presidente Sánchez le preocupan muy poco las necesidades reales, que afectan a los españoles de a pie, porque no piensa nada más que en sí mismo. Y es tan vanidoso, que solo se desvive por enaltecer su imagen y buscar la manera de eternizarse en el Poder. 

Podemos dar por hecho, que Pedro Sánchez, ‘el guapo’, no tiene más cartas de presentación, ni más activos que esa deslumbrante estampa o figura física que le ha valido ciertamente, entre otras cosas, para encandilar a mucha gente, sobre todo mujeres jóvenes y también, quien lo iba a decir, para llegar a donde llegó.

En todo caso, tenemos que aceptar que, como el atrevido Sánchez no dispone de más virtudes que su aspecto físico, no está debidamente preparado para estar al frente de la presidencia del Gobierno. Su fisionomía o empaque será todo lo fascinante que se quiera, pero solo sirve para engatusar a gente incauta y desprevenida. Y como a orgulloso no hay quien lo gane, jamás reconocerá este extremo y seguirá intentando acrecentar su estima y su popularidad, con el pavoneo que suele practicar en sus apariciones públicas, que no son muy frecuentes, porque tiene mucho miedo a las protestas.

No olvidemos que la gestión realizada por Pedro Sánchez al frente del Gobierno deja mucho que desear. Y a esto hay que agregar que está ya más visto que el tebeo. Y para colmo de males, ha abusado tanto de esa especie de triunfalismo hueco para cosechar aplausos y parabienes, que se ha ganado a pulso el rechazo unánime de los españoles. Así que  ya no puede ni salir a la calle, porque a cualquier sitio que vaya, la gente reacciona espontáneamente con toda clase de protestas y abucheos, soltando frases como esta: “¡sinvergüenza, vete de aquí1”.

 Aunque desde el Ministerio del Interior se tomaron todas las precauciones posibles para evitar hasta el más mínimo reproche, el presidente Sánchez fue recibido en Alcalá de Henares con un monumental griterío a su llegada a la XIII Cumbre hispano-polaca. Le volvió a pasar en Granada, cuando visitó los laboratorios farmacéuticos del Grupo Rovi, donde se fabrica el principio activo de la vacuna de Moderna. Y como no hay dos sin tres, se volvió a repetir la historia en Ceuta, en la visita que hizo a esta ciudad por culpa de la crisis migratoria provocada por Marruecos.

Y todos conocemos perfectamente lo que ocurrió durante la celebración de la XXIV Conferencia de Presidentes, que se celebró en el Convento de San Estaban de Salamanca. Siguiendo la pauta marcada por el programa, los presidentes tenían que acudir a la Plaza Mayor para realizar allí la correspondiente foto de familia. Y desde allí, pensaban desplazarse hasta el Convento, dando un paseo por la ciudad salmantina. Pero La Moncloa sustituyó ese paseo por un desplazamiento en coches, porque el público que se había congregado en la Plaza Mayor recibió a Pedro Sánchez, con una gigantesca bronca y, ahí es nada, llamándole “traidor”.

Y en esta ocasión, como el gabinete del jefe del Ejecutivo quería desagraviar al denostado Sánchez, eludiendo a la vez otros posibles insultos o abucheos, que los desaprensivos ciudadanos sueltan airadamente, porque están hasta las narices de las mentiras del presidente y de la pésima gestión que viene realizando. Y eso solo se consigue, previniendo esos desagradables reproches y organizando un recibimiento en olor de multitudes y con una nube de calurosos y sinceros aplausos.

Y para eso, nada mejor que llevar a Pedro Sánchez a un pueblo, no muy grande, para controlar debidamente la situación. Y se eligió el pueblo salmantino de Calvarrasa de Arriba, que tan solo tiene 600 vecinos. Y mira por donde, a pesar de las precauciones tomadas, cuando menos lo esperaban, un vecino del pueblo entró en el bar donde el presidente departía amigablemente con los suyos y le soltó a boca de jarro esta pregunta: “¿Es usted Pedro, el mentiroso?”.

Tal como van las cosas, no sé qué tendrá que hacer este advenedizo y envanecido presidente para ahorrase estos disgustos, manteniendo simultáneamente su descomedida codicia y esa escurridiza popularidad. Tendrá que terminar, creo yo, encerrado en La Moncloa, o aislado al menos en una impenetrable y protocolaria burbuja.

Al llegar agosto, como es habitual, se fue a descansar al Palacio de la Mareta, en Lanzarote. Pero esta vez, para evitar que se repitan las recientes y desagradables escenas de Ceuta y de Salamanca, el acomplejado Sánchez pidió al Ministerio del Interior que, además de las instalaciones propiamente dichas, blindaran cuidadosamente también una franja de terreno mucho más amplio que en años anteriores, alrededor de La Mareta.

Este año en concreto, las patrullas  de los Grupos de Reserva y Seguridad, desplazados expresamente  a Lanzarote con ese fin, mantienen un fuerte control policial, para que ningún vecino desaprensivo pueda acercarse a menos  400 metros del palacio vacacional y enturbie  las vacaciones de Pedro Sánchez, organizando escraches y alborotos o cualquier otro tipo de manifestación o protesta.

A estas alturas de la película, ya no quedan españoles que se dejen arrastrar por las incontables baladronadas del impresentable Sánchez. Es público y notorio que el personaje que nos gobierna es incapaz de respetarse a sí mismo, porque hace siempre exactamente lo contrario de lo que promete. Y en consecuencia, ¡qué le vamos a hacer!, ha terminado siendo el pimpampum de los ciudadanos, porque ya no cree nadie en su palabra.

En realidad, tenemos que admitir  que Pedro Sánchez es un personaje muy singular que, ha sido puesto en solfa en España, más que nada por su desastrosa gestión de la pandemia y por su manifiesta incapacidad para reactivar la economía. Y lo que son las cosas, como aquí ya no le hace nadie caso, decide  reivindicar su honor y su credibilidad nada menos que en Estados Unidos. La coartada, desde luego, no podía ser más precisa: intentaba captar inversión extranjera para España, utilizando descaradamente como señuelo, los 140.000 millones que esperamos recibir de los Fondos de Recuperación europeos.

Y emprende el viaje, sin contar prácticamente con ninguna empresa importante española. Tan solo le acompañó un grupo limitado de emprendedores que se dedican habitualmente a comercializar productos y servicios a través del uso intensivo. Y llegó a Nueva York, sin ningún plan previsto, dispuesto, por qué no decirlo, a vender la burra a quienes conocen mejor que nadie los problemas de  nuestra economía y la evidente falta de estabilidad política que padecemos por culpa de la izquierda montaraz que nos gobierna.

Y haciendo el ridículo una vez más, primero en Nueva York, y después en Los Ángeles y en San Francisco, Pedro Sánchez trato de camelar a los inversores  norteamericanos que quisieron escucharle, presentándose a sí mismo “como un político que cumple”, que “trabaja y saca medidas adelante”, mientras que “la oposición solo grita”. Y además de ofrecer insistentemente ‘seguridad’ y ‘certidumbre’  a los posibles inversores, terminó su discurso diciendo: “España es el mejor lugar del mundo para invertir”.

Pero, por lo que se ve, todo este sermón no surtió efecto, porque las obras y los milagros del fanfarrón Sánchez hace ya mucho tiempo  que traspasaron fronteras y llegaron, vete tú a saber cómo, a los Estados Unidos. Y esto fue determinante, no faltaba más, para que el fracasado  viajero volviera a España sin conseguir ni una sola inversión. Pero aún hay que añadir algo más, ya que es muy significativo que ningún medio importante de comunicación norteamericano quisiera hacerse eco de semejante viaje y que solo mereciera un par de comentarios en YouTube, y por lo que parece, fue absolutamente inoportuno, o estuvo muy mal planificado.

No obstante, es evidente que el narcisista Pedro Sánchez aprovechó esa supuesta gira americana para pasear su físico por las calles de Nueva York, Los Ángeles y San Francisco. Su oportuna aparición en el programa Morning Joe causo un verdadero furor entre las mujeres norteamericanas, llegando incluso a darle el calificativo de “hot president” y a decir que ha llegado “el nuevo superman”. Es seguro que ni un pavo real auténtico, haciendo exhibiciones apoteósicas con todo su plumaje extendido, es capaz de hacerlo mejor.

 

Gijón, 10 de agosto de 2021

 

José Luis Valladares Fernández

martes, 27 de julio de 2021

DONDE NO HAY ESTABILIDAD ECONÓMICA CRECEN LAS COLAS DEL HAMBRE Y LA MISERIA

 



Es de dominio público, que las marionetas utilizadas en algunas representaciones teatrales, son figuras que personifican indistintamente a seres humanos, animales o a otros seres fantásticos. Pueden ser de distinto tamaño y estar hechas con cualquier clase de material. Y al ser manejadas por el titiritero de turno, adquieren personalidad propia, llena de vida, aunque se trate de una vida dependiente de quien maneja los hilos.

El teatro de las  marionetas o títeres hunde sus raíces en una época muy remota y ha gozado siempre de una inmensa popularidad, tanto en la civilización oriental como en la occidental. Y se recurre normalmente a estos espectáculos de tipo mágico o religioso para hacer frente a la superstición y para para huir del miedo que se siente ante lo desconocido y, también para entretener y divertir a la audiencia.

Es muy posible que estas representaciones teatrales comenzaran a realizarse inicialmente en Egipto. Sabemos que, entre las ruinas de la antigua ciudad egipcia de Antínoe o Antinópolis, en la ribera oriental del Nilo, apareció un barquito,  junto a unos trozos de hilos y varias figuras pequeñas de marfil. Una de esas figuras era articulada y podía moverse manejando diestramente unos hilos. Ni que decir tiene que esa sería una de las primeras marionetas de la historia.

Y esa manera de hacer teatro se iría extendiendo, aunque muy lentamente, al resto del mundo. En China, por ejemplo, las marionetas ya eran muy conocidas  en el año 1000 a.C., y solían utilizarse en las celebraciones festivas de la corte de la dinastía Zhōu, más como simple arte mágico que como entretenimiento.

Estas representaciones teatrales con muñecos, faltaría más, también llegaron a Occidente. El historiador Herodoto, que vivió entre los años 484 y 425 a.C., ya habla en sus escritos de esas figurillas articuladas, que podían moverse con unas cuerdas o con alambres. Y según cuenta Jenofonte, en el año 422 a.C., Callias tenía contratado a un ciudadano de Siracusa, que se ocupaba principalmente de distraer a sus huéspedes, montando esa especie de espectáculos.

Y para saber lo importante que eran las representaciones con figuras animadas en Roma, no tenemos nada más que recurrir a historiadores de la talla de Tito Livio, o a poetas famosos como Horacio u Ovidio, que conocemos sobradamente todos los que estudiamos latín. No había mejor manera de divertir a los niños y de entretener a los adultos, que utilizar esos muñecos para parodiar los excesos, reales o ficticios, de  las personas que han llegado a la fama.

En épocas pasadas, las marionetas o títeres eran muñecos de trapo, de madera o de cualquier otro material, y se accionaban por hilos para imitar los movimientos de los seres humanos. Hoy día hemos progresado tanto  que, en muchos casos, son los propios interesados los que se representan a sí mismos, asumiendo directamente el papel, que antes tenían las marionetas. Es lo que pasó, ni más ni menos, con Pedro Sánchez Pérez-Castejón que, desde que llegó a La Moncloa, actúa como si fuera un muñeco en manos de los populistas y comunistas patrios, de los separatistas vascos y catalanes y hasta de los proetarras de Bildu.

Eso indica al menos la última remodelación que hizo del mastodóntico Gobierno que padecemos. En el Ejecutivo de coalición que él mismo preside, había y sigue habiendo dos tendencias claras e irreconciliables, que reducen claramente su operatividad. Y en vez de cortar por lo sano, Pedro Sánchez sustituye  sin más a militantes fieles de su propio partido y mantiene en el puesto a quienes, desde el principio, han procurado marcar el paso al Gobierno y no han respetado nunca las tradicionales reglas del juego político.

Y mira por dónde, entre los cesados  tenemos nada menos que a Carmen Calvo, la vicepresidenta primera, ministra de la Presidencia y Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, que ha sido una de las personas que más se ha molestado para que el presidente Sánchez llegara a donde llegó.

Es evidente que la vicepresidenta primera del Gobierno cometió el error de criticar públicamente las inaceptables barbaridades de la ‘ley trans’ porque, entre otras cosas, destruye hasta el concepto mismo que las feministas históricas tienen de la mujer. Hay que tener en cuenta, que la ‘ley trans’  es uno de los proyectos estrella de Unidas Podemos, que presenta y defiende Irene Montero, la impresentable ministra de Igualdad.

Y oponerse desde el Gobierno a la libre autodeterminación de género, negando a las personas la posibilidad de cambiar libremente a su antojo el nombre y el sexo en el DNI, puede provocar la enemistad y las represalias de Podemos. Y el insaciable Pedro Sánchez, para apaciguar y tranquilizar a los responsables de la formación morada, quien lo iba a decir, sirvió a Irene  Montero en bandeja de plata, la cabeza de Carmen Calvo.

No obstante, debemos admitir que la defenestración del ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos, resulta aún mucho más llamativa que la caída en desgracia de Carmen Calvo. Es incomprensible que Pedro Sánchez haya prescindido tan fácilmente de quien, sin duda alguna, fue su auténtico fontanero político, de quien más le ayudó a tomar decisiones concretas, para ayudarle a escalar puestos políticos importantes.

Para empezar, hay que reconocer que fue precisamente Ábalos quien negoció, con toda esa tropa de separatistas vascos y catalanes, los diferentes apoyos que necesitaba Sánchez para que prosperara su moción de censura contra Mariano Rajoy. Y por si fuera esto poco, no terminó ahí la ayuda de quien fuera hasta ahora ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, ya que también hay que atribuir al propio Ábalos, la formación del equipo que puso en marcha el actual Gobierno de coalición con Unidas Podemos.

Cabe también la posibilidad, cómo no, que Sánchez haya decidido cesar a José Luis Ábalos, sin previo aviso, por haber sido excesivamente exigente con las mesnadas de Podemos que pastorea ahora  Ione Belarra. No olvidemos que, por culpa de esa rigidez, fracasó en su intento de consensuar  una Ley con los socios actuales del Gobierno, para garantizar la función social de la vivienda y mantener a raya los precios de alquiler.

De todos modos, ha servido de muy poco la remodelación gubernamental que ha hecho Pedro Sánchez. Como dice el refrán castellano, para ese viaje no hacían falta tantas alforjas. Una vez puesto, es lamentable que no haya aprovechado la ocasión para aligerar sensiblemente el número de ministerios y, sobre todo, para deshacerse de los ministros incompetentes que lastran gravemente la actuación de su Gobierno. Y por supuesto, ser bastante más cuidadoso a la hora de elegir a los nuevos miembros del Ejecutivo que sustituyen a los cesados.

Pero está visto que Pedro Sánchez no tiene arreglo y, por ahora, tendremos que apechar necesariamente con sus zarandajas y necedades. De momento seguimos, no sé por cuanto tiempo más, con el Gobierno más numeroso, más caro y más ineficaz de nuestra historia. Y todo, creo yo, porque no sabe hacer otra cosa. Y una de dos, o paramos los pies a tiempo a este incorregible y malvado Adonis, o el futuro de España correrá un serio riesgo económico y social de proporciones insospechadas.

Y a pesar de todas las evidencias en contra, el impresentable presidente Sánchez seguirá pensando efectivamente que, con esta remodelación ministerial, ha conseguido formar el mejor de los Gobiernos posibles. De ahí el desbordante optimismo que derrochó al hacer públicos los cambios realizados en su gabinete. Comenzó la comparecencia, subrayando estas palabras: “hoy comienza el Gobierno de la recuperación” que acabará, “por completo”, con todos los males  que sufre España. Y lleno aparentemente de satisfacción se atrevió a decir que había llegado el momento de impulsar la agenda de cambios y “dar el gran salto adelante”.

En esta ocasión, Pedro Sánchez soltó esta llamativa locución porque le gustan las frases expresivas y contundentes, aunque después, la realidad vaya por otros derroteros más bajos. Y utilizó ese slogan, porque ignoraba que, detrás del Gran Salto Adelante, se ocultaban las medidas económicas, sociales y políticas implantadas por Mao Tse Tung en China entre los años 1958 y 1961, con un resultado francamente apocalíptico. Todo un genocidio, que se cobró de aquella, quién lo diría, más de cincuenta millones de muertos por hambre.

Y por mucho que se empeñe Pedro Sánchez en ocultar la realidad y proclame insistentemente que hemos comenzado la recuperación, los hechos nos muestran todo lo contrario. Todos los indicadores económicos nos dicen que vamos camino del desastre más absoluto, ya que, desde 2018, no ha hecho más que empeorar la situación. Así que, con coronavirus o sin coronavirus, seguiremos, vete a saber hasta cuando, en la cola de Europa y de la OCDE. Porque, no le demos más vueltas, nadie ha gestionado tan mal la pandemia como nuestro presidente.

Analizando por separado los distintos indicadores económicos, veremos que, en 2017, el PIB español creció un 3%, mientras que en 2018 ese crecimiento se redujo al 2,4%, y en 2019 se quedó en un modesto 2%. El verdadero naufragio de la economía española se produjo en 2020, que rompió, ahí es nada, con seis años de crecimiento y registró un descenso de nada menos que un 10,8%, que prácticamente duplica el descenso  de la producción económica del resto de las economías  desarrolladas. Y por lo que parece, el PIB de España sigue el mismo rumbo en 2021, ya que cerramos el primer trimestre,  con una caída de otras 4 décimas más.

Y si revisamos detenidamente el indicador del déficit público, veremos que llegamos a la misma conclusión que con el análisis del crecimiento del PIB. A base de recortes y de reducir el gasto público, Mariano Rajoy logró bajar el déficit público del 11%, al 3% del PIB. Y se mantuvo más o menos estable en ese 3%,  a lo largo del año 2018 y 2019. Pero gracias a la desastrosa gestión del presidente Sánchez y su banda, que casualidad, se volvió a disparar otra vez al 11% del PIB, nada menos que cuatro puntos por encima de la media de la Unión Europea.

Y no digamos nada si ponemos el foco en la deuda pública que complica cada vez más nuestra situación económica. Es verdad que, en general, las Autonomías y los Ayuntamientos han comenzado a reducir su deuda, pero el Estado sigue gastando sin control. Si examinamos los datos suministrados por el Banco de España, veremos que en mayo de 2021, solo por culpa del endeudamiento fiscal, batíamos todos los records de deuda, ya que llegamos a alcanzar los 1,4 billones de euros, superando ampliamente el 125% del PIB.

Pasa exactamente lo mismo con el paro. Ateniéndonos a los datos que ofrece mensualmente la Oficina Europea de Estadística Eurostat, comprobaremos que, a primeros de junio de 2018, fecha en la que Pedro Sánchez aterrizó en La Moncloa, España sumaba ya la abultada cifra de 3.162.162 parados. A partir de entonces, esa cifra siguió creciendo imparablemente, de modo que, al cerrar mayo de 2021, llegábamos ya a los 3.614.392 desocupados, nada menos que 452.230 desempleados más.

A finales de mayo, por lo tanto, teníamos en España un 15,3% de paro, mientras que en la Unión Europea no pasaban del 7,3% de media. Si contáramos también los trabajadores parados, que el Gobierno procura camuflar en los ERTE y los autónomos que están en cese de actividad, el número de desempleados podría sobrepasar holgadamente los 4,9 millones. Y esto nos llevaría, claro está, a un escandaloso 22%  de paro real.

Hay que tener presente, que el aprendiz de brujo que rige nuestros destinos no vale nada más que para presumir. Y para darse más importancia de la que realmente tiene, el presidente Sánchez intentará sobrevalorar exageradamente, como ya vimos, su última remodelación del Ejecutivo, anunciando a bombo y platillo que, gracias a esos cambios, hemos iniciado ya la tan traída y llevada recuperación económica. Y todos sabemos que eso no es nada más que una vana ilusión, un canto a la luna de un empedernido narcisista que se ha enamorado de sí mismo.   

Y para que creamos en la bondad de sus intenciones, Pedro Sánchez nos dice que, a partir de ahora, será Nadia Calviño, la nueva vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital de España, la encargada de pilotar la economía española. Hace falta, eso sí, que atendamos minuciosamente las  indicaciones de Calviño, porque así no tardaremos en enfilar el camino de la huidiza recuperación económica.

Nos presentan a Nadia Calviño como si fuera un auténtico “dique de contención” contra las aspiraciones suicidas del sector populista del Gobierno. Y de hecho, se ha referido muchas veces al incipiente crecimiento económico que no acaba de llegar. En realidad, se repite ineludiblemente la historia de los fallidos brotes verdes, que trató de vendernos la antigua ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado. Pero la realidad es muy tozuda, y no aparecen los brotes verdes y tampoco llega la deseada estabilidad económica.

De todas maneras, sabemos que Nadia Calviño está condicionada lamentablemente por un embustero patológico de la calaña de Pedro Sánchez, que se comporta como una auténtica marioneta, que manejan a su antojo los dirigentes de Podemos. Y justamente por eso, cada vez que han surgido discrepancias entre los dos bloques del Gobierno de coalición, siempre ha prevalecido el criterio de los ministros más radicales del Ejecutivo. Es normal ya que, a ser posible, hay que eternizarse en La Moncloa.

 

Gijón, 23 de julio de 2021

 

José Luis Valladares Fernández