miércoles, 14 de octubre de 2020

MALOS Y BUENOS EN LA ‘MEMORIA DEMOCRÁTICA’

 


                       

            El impresentable ‘ocupa’ de La Moncloa, Pedro Sánchez, en sintonía con su malvado palafrenero, el ‘Coletas’, están maniobrando subrepticiamente para acabar con el sistema constitucional que se instauró con la Transición Democrática. Pero no nos engañemos. Más que volver al 14 de abril de 1931, pretenden borrar los primeros años de la República, para recuperar directamente el tipo de Gobierno que se formó tras las elecciones de febrero de 1936, formado por el infausto Frente Popular.

Para conseguir semejante hazaña y engañar a los ciudadanos incautos, siguen estrictamente los consejos descritos por el hitleriano Joseph Goebbels  en ‘Los once principios de la propaganda’. Se fijan, sobre todo, en el ‘Principio de la transposición’, que reza así: “Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. Si no puedes  negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Y es lo que hace últimamente esta nueva ola de izquierdistas que, como no tienen nada nuevo que aportar, tratan de significarse dinamitando nuestro sistema constitucional.

Hay que destacar, que tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias, responsables máximos del Gobierno de coalición social-comunista, están en contra de la manera en que se restauró la democracia en España. Piensan que los partidos de la izquierda cometieron un error garrafal al negociar en pie de igualdad con la derecha la nueva Ley para la reforma Política, que acabó,  momentáneamente al menos, con los viejos enfrentamientos entre las dos Españas.

Y si el presidente Sánchez tiene un conocimiento sumamente elemental de la Historia, a los demás miembros del Gobierno les pasa exactamente lo mismo. No olvidemos que han sido todos ellos víctimas de la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE) o de las otras leyes de educación que vinieron después. Y como a todos ellos les sobra presunción, y les falta sensatez, piensan que, en la Historia, son tan importantes los sentimientos que originan los hechos, como los hechos en sí mismos.

Y como aún no han digerido la contundente derrota de los ideales revolucionarios marxistas, sufrida por sus antepasados ideológicos, quieren reescribir la historia para sustituir nuestro actual marco de convivencia por el viejo y despótico proyecto, que puso en marcha el Frente Popular en febrero de 1936, sabiendo que es manifiestamente incompatible con las libertades de ayer, de hoy y de siempre. Se trata, claro está, de dejar fuera del juego político a los partidos de la derecha.

Y están tan decididos a cambiar la Historia y a silenciar de una vez a sus adversarios políticos que, si pudieran, los convertirían en piedra, como hacía el heroico semidiós de la mitología griega con sus enemigos, utilizando la alforja que le dieron las Hespérides, donde guardaba la cabeza de Medusa.

Está visto, que Pedro Sánchez, ‘el Trolas’ que nos gobierna, tiene una prisa sospechosa por colarnos de rondón esa nueva ley de memoria democrática que distingue perfectamente entre malos y buenos, para amnistiar a los primeros y anatematizar a los últimos. Los buenos son lógicamente los republicanos y los malos, cómo no, Francisco Franco, sus seguidores y todos los de la derecha en general.

Como era de esperar, esta nueva generación de izquierdistas que encabeza el presidente Sánchez, trata de salvar obviamente a sus correligionarios ideológicos, culpando exclusivamente a Franco de atentar contra una República modélica y democrática. Sin ir más lejos, se olvida, por ejemplo, del comportamiento antidemocrático del PSOE, por el resultado negativo de las elecciones generales de noviembre y diciembre de 1933.

Y procura silenciar, ante todo, que los socialistas se rebelaron violentamente contra la República en 1934. Y todo porque Alejandro Lerroux había dado entrada en su tercer Gobierno a tres ministros de la CEDA de José María Gil Robles. La llegada de esos tres ministros de la derecha al Gobierno fue determinante para que el Partido Socialista, comandado por Francisco Largo Caballero, abandonara su actividad parlamentaria para iniciar una revuelta insurreccional. Ante todo, intentaban conseguir, en comandita con el Partido Comunista, hacerse con el poder, para establecer la conocida “dictadura del proletariado”.

A pesar de todo, esta tentativa de Golpe de Estado, que el presidente Sánchez quiere blanquear ahora, fracasó estrepitosamente en la mayor parte de España. Sin embargo, gracias a la operación “día rojo” que lideraba Indalecio Prieto, tuvo una incidencia notable en las cuencas mineras y zonas industriales del norte de España, sobre todo en Asturias. Y todo porque los militantes del PSOE de estas zonas, disponían de las armas, municiones y explosivos que el vapor Turquesa desembarcó en la costa asturiana, por orden de Indalecio Prieto.

No obstante, hay que señalar, que los sublevados fracasaron en 1934, al esfumárseles  la posibilidad de implantar la “dictadura del proletariado”. Dejaron, eso sí, un balance de unos 2.000 muertos aproximadamente, entre miembros de las fuerzas armadas, sacerdotes y mineros combatientes y muchos miles de detenidos. Pero mira por donde, salieron con la suya en las elecciones de febrero de 1936.

El mentiroso Pedro Sánchez y sus compinches lo negarán, pero es sobradamente conocido que, en esas elecciones, el Frente Popular consiguió una mayoría parlamentaria suficiente, manipulando algunas actas electorales de Galicia, de Canarias y de Extremadura. Con esa especie de treta, la derecha perdió nada menos que once diputados y se los apropió tranquilamente la izquierda revolucionaria.

 A partir de entonces, quién lo diría, se acabó la democracia y la violencia política se adueñó de la calle. Se produjo la usurpación del Poder. Como consecuencia de la dejadez de los sucesivos gobiernos de Manuel Azaña y de Santiago Casares Quiroga, aumentó rápidamente el deterioro de las instituciones, la vulneración del Estado de Derecho y la violencia política. Comenzó la persecución religiosa, ardieron varias iglesias y monasterios y aparecieron los primeros muertos por cuestiones meramente políticas.

Más de media España vivía atemorizada, se sentía amenazada, hasta de muerte, por unas organizaciones obreras y revolucionarias que, con la venia y el amparo de sus dirigentes políticos, sembraban el caos,  la barbarie e  invadían impunemente la propiedad privada. Y sin más, comenzaron inmediatamente, ahí es nada, a exterminar a las personas y a las instituciones que no comulgaban  con sus ideas revolucionarias. El 13 de julio de 1936, sin ir más lejos, asesinaron al parlamentario y líder de la oposición José Calvo Sotelo.

La situación, para los que no pensaban lo mismo que la izquierda revolucionaria, llego a ser tan extremadamente crítica, que nos les quedaba nada más que una de estas dos opciones: o dejarse matar o rebelarse con todas las consecuencias para poder sobrevivir. Y ni que decir  tiene que optaron por la rebelión contra el Gobierno de la República.

El 17 de julio de 1936, se sublevaron las guarniciones militares de Melilla y demás plazas del norte de África. En Canarias y en la mayor parte de la península, el levantamiento  se produjo un día después, el 18 de julio. Y digámoslo claramente, los militares que se alzaron contra el  Gobierno pro soviético de la República, contaban con un amplio apoyo popular.

Es preciso recordar, por qué no, que el general Francisco Franco y los militares  que le siguieron, están siendo acusados constantemente de golpistas por toda la izquierda española. Y los culpan descaradamente de conspirar contra el Gobierno legítimo y democrático de la República. Y dicen que Franco, además de dictador, fue también un asesino.

A pesar de esas injustificadas acusaciones y de las delirantes afirmaciones del Gobierno social-comunista que padecemos, tanto Franco, como los demás militares que le siguieron, buscaban simplemente la manera de sobrevivir. Y para conseguir semejante objetivo, trataban de poner orden donde no había nada más que caos y desconcierto  político y, por supuesto, había que acabar con los desmanes y los crímenes que se cometían diariamente en España.

Hay que reconocer que, tras las elecciones de febrero de 1936, la República española se olvidó desgraciadamente de la democracia y pasó a ser un Estado tan totalitario y dictatorial como la Unión Soviética. En aquella guerra, por lo tanto, el llamado bando nacional no luchaba contra una democracia, como siguen afirmando los charranes del nuevo Frente Popular. De aquella, en ambos bandos depuraban a los cargos públicos teniendo en cuenta únicamente su afinidad política y utilizaban rígidamente el “ordeno y mando” de manera autoritaria y dictatorial.

En las guerras es muy difícil dominar y contener los instintos. Y esto implica que se cometan muchos abusos y atropellos y se persiga ciegamente al adversario. Y esos hechos se desmadran y se vuelven totalmente incontrolables, cuando esas guerras son fratricidas, como era el caso de la Guerra Civil española. En esta guerra, es verdad, los nacionales cometieron muchas injusticias, pero bastantes menos que los rojos o republicanos. En la zona roja, además de condenar al contendiente, se saqueaba y se extorsionaba frecuentemente y hasta se asesinaba sin piedad por el mero hecho de ser católico.

De todos modos, hay una diferencia notable entre las víctimas de ambas zonas. En la zona nacional, ejecutaban normalmente a los que eran condenados en Consejo de Guerra por militar en organizaciones revolucionarias y ser enemigos declarados de la democracia. En la zona republicana, sin embargo, eran los Comités Revolucionarios los que sentenciaban a muerte. Y entre sus víctimas, había evidentemente afiliados o simpatizantes de los partidos del centro y de la derecha. Pero también había muchas personas que se mantenían al margen de las disputas políticas porque eran religiosos sacerdotes e inocentes monjitas o simples católicos.

En la zona roja además, se cometieron muchas salvajadas, que ahora quieren ocultar.  Se ensañaban principalmente con los obispos, con los curas y los frailes y, mira por dónde, hasta con las peligrosas monjitas, a las que solían violar. Y no se contentaban solamente con  asesinarlos. Solían torturar salvajemente a todos los que tenían una relación, más o menos directa, con la religión católica. 

El retraso cultural de los integrantes del Frente Popular que acabó con la democracia real en la República era francamente gigantesco. Y como su brutalidad tampoco tenía límites, solían dar rienda suelta a su odio contra la iglesia católica, profanando las tumbas de los religiosos. En Barcelona, por ejemplo, desenterraron los cadáveres de las religiosas que estaban enterradas en el Convento de las Salesas del paseo de San Juan y exhibieron en público sus cadáveres para que sirvieran de burla y mofa para la chusma.

Es sorprendente, sin embargo, que los herederos ideológicos de aquella chusma se sirvan de la desafortunada ‘Ley de Memoria Democrática’, para silenciar hasta los posibles desmanes que pudieron cometer las tropas de Franco durante la sangrienta guerra civil. Hacen esto naturalmente, porque piensan que, de esa manera, no quedan ni rastras de las barbaridades que cometieron los milicianos republicanos en aquella contienda.

Al parecer, olvidan que la Historia es la Historia y que viene determinada por lo que realmente ha sucedido y que no tiene nada que ver con las ensoñaciones maniqueas de algunas mentes calenturientas. Por lo que se ve, la verdadera Historia de España no comienza hasta el 1 de abril de 1939. De ahí que se centren, faltaría más, en airear la represión y las ejecuciones cometidas por los vencedores, una vez que se acabó aquella terrible guerra. Y esto, pónganse como se pongan, es una manipulación burda y tendenciosa de nuestra Historia, ya que ocultan intencionadamente lo que no quieren que se sepa.

Es sabido que los ánimos calientes y la excitación, que aparecen durante las batallas bélicas, no se desvanecen cuando termina la guerra. Siguen intactos durante algún tiempo más. Precisamente por eso, es muy posible que a las tropas nacionales, que ganaron aquella guerra, se les fuera la mano y cometieran alguna injusticia contra los vencidos. Pero no es fácil, ya que, por principio, solo se ejecutaba a los genocidas y a los autores materiales o inductores directos de delitos de sangre. Y más, si tenemos en cuenta,  que las acciones de guerra,  nunca fueron delitos de sangre para los denostados tribunales franquistas.

La izquierda social-comunista que padecemos niega rotundamente esto, no sé si porque median intereses creados, o por desconocimiento. Pero es innegable que, una vez que terminó la guerra, se les conmutaba la pena a todos los condenados a muerte que no tuvieran delitos de sangre, fueran estos mandos del llamado Ejército Popular, comisarios políticos o miembros destacados de los Comités revolucionarios. A todos los que se les conmutó la pena de muerte, eso sí es verdad, se les condenó a 30 años de reclusión. Pero también es verdad que nadie estuvo en prisión más de siete años.

El cuajo moral del talibán Pedro Sánchez deja mucho que desear. En colaboración estrecha con el fundamentalista Pablo Iglesias, trata de resetear la España de la Transición, la España que abandonó los viejos rencores y los enfrentamientos y que logró, momentáneamente al menos, la paz definitiva y la reconciliación entre todos los que protagonizaron la pasada Guerra Civil. Como son demócratas de pacotilla, quieren poner fin al pacto de concordia, que posibilitó el paso de un régimen personal y autoritario a un sistema democrático que buscaba  la manera de representar a todos los españoles.

Con el nuevo anteproyecto de ‘Ley de Memoria Democrática’, intentan  mantener en alto y reforzar la bandera de la tensión, que levantó José Luis Rodríguez Zapatero en 2007. Y utilizan expresamente la Guerra Civil como arma política para ofrecer una visión de nuestro pasado histórico que salvaguarde los intereses de la izquierda. Se trata, ni más ni menos, de reconocer y dignificar a las víctimas del franquismo, olvidándose de quienes sufrieron el atropello y el salvajismo del Frente Popular.

Tanto Rodríguez Zapatero, como el presidente Sánchez y su vicepresidente Iglesias, pretenden reescribir la Historia, olvidándose de los hechos concretos y objetivos, para centrarse, quien lo iba a decir,  en una percepción parcial y meramente subjetiva. Pero estos dos truhanes van aún mucho más lejos que Zapatero, e intentan  que la historia interesada que ellos puedan contar, tenga el carácter de oficial. Y para conseguir este extremo, están decididos a imponer sanciones a quien no la acepte de buen grado. Se acabó, por lo tanto, la libertad de expresión, de pensamiento y, por supuesto, la libertad  de opinión y de cátedra.

 

Gijón, 11 de octubre de 2020

 

José Luis Valladares Fernández

      

4 comentarios:

  1. Pretenden hacer ver que el alzamiento del 18 de julio, surgió por generación espontánea y borrar el cúmulo de provocaciones y excesos de la izquierda que llevó a aquella especie de callejón sin salida.

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    1. Para esta izquierda que padecemos, Largo Caballero y los navejeros que le acompañaban, eran demócratas consumados, al igual que sus correligionarios actuales. Los demás, unos fachas y caciques. ¡Lo que hay que oir!

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  2. Cada día que pasa,la situación tiene un parecido al ,1934.y encima se burlan del ciudadano con nuevos impuestos.Esperemos que la pasiencia del ciudadano,explote de una vez.Pues esto pinta pero que muy mal, cordiales saludos,

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    1. O los españoles reaccionamos a tiempo, o vamos a un régimen comunista y bolivariano. Saludos

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