sábado, 31 de octubre de 2020

LA PERVERSIÓN DEL PROCESO DEMOCRÁTICO

 



Es enormemente lamentable, pero el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, además de hacer bueno a José Luis Rodríguez Zapatero, que ya es decir, está pervirtiendo nuestra democracia y llevando a España a la ruina más absoluta. Es tan presumido y petulante, está tan endiosado, que piensa que no hay nadie que le haga sombra y, sin embargo, estropea todo lo que toca.

Y por si fuera poco todo esto, no te puedes fiar de semejante tarambana, porque es como una veleta, ya que puede decir una cosa por la mañana y, sin inmutarse, decir exactamente lo contrario por la tarde. Y como carece hasta de los principios morales más básicos, te vende a las primeras de cambio porque, para colmo de males, siempre actúa movido por su ego y por sus caprichos particulares. Y esto, claro está, le lleva a anteponer  sus intereses personales a los generales, que son los que, en realidad, interesan siempre al común de los españoles.

Dos semanas antes de las elecciones generales del 28 de abril de 2019, Pedro Sánchez es entrevistado por eldiario.es en La Moncloa. Y quien no ha dicho una verdad en su vida, refiriéndose a las duras descalificaciones que recibía de la derecha, contestó desvergonzadamente: "Quien no tiene argumentos recurre a la mentira y, cuando la mentira se acaba, recurre al insulto". El viejo refrán que reza ‘donde dije digo, digo Diego’ le viene como anillo al dedo a este ‘trolas’ compulsivo.

Ha repetido infinidad de veces, que no pactará jamás con Podemos, porque “sería un presidente del Gobierno que no dormiría por la noche, como el 95% de los ciudadanos de este país”. Y fingiendo serenidad, ha agregado que “el PSOE nunca va a pactar con el populismo porque el final del populismo es la pobreza de Chávez, las cartillas de racionamiento y la falta de democracia”. Pasa exactamente lo mismo con Bildu y con los separatistas catalanes: “Yo no voy a permitir que la gobernabilidad de España descanse en partidos independentistas.

Y a pesar de todas estas píldoras, lanzadas aparentemente con toda sinceridad, ahí le tenemos, gobernando en coalición con Podemos y con la bendición de Bildu y de los independentistas vascos y catalanes. Y es más, ha llegado a confesar que está lleno de ‘orgullo’ de su vicepresidente Pablo Iglesias.

De todos modos, es evidente que Pedro Sánchez no vivió aquella Guerra Civil y, por supuesto, no llegó a conocer a Franco. Lo que sabe de aquella época, sea poco o sea mucho, se lo debe a la Historia. Pero no es de recibo que tanto Sánchez, como Zapatero utilicen lo que sucedió entonces de manera sesgada, falseando datos para engañar a los incautos y hacerles comulgar con ruedas de molino.

Está visto, que estos dos representantes destacados de la izquierda española actual adulteran conscientemente la historia, al mantener que los sublevados se levantaron contra la Republica española que, según ellos, seguía siendo una democracia consolidada. Ocultan cuidadosamente el fraude cometido por los prebostes del Frente Popular en las elecciones generales de febrero de 1936. Como no lograron la mayoría, para actuar a sus anchas, falsificaron unas cuantas actas de escrutinio, para hacerse con el poder.

Y como era de esperar, nada más hacerse con las riendas del Gobierno de la República, el Frente Popular puso en marcha un proceso acelerado de sovietización de España, que acabó rápidamente con cualquier atisbo de democracia. A pesar de las evidencias, la petulancia de Pedro Sánchez le llevará a negar esos hechos y seguirá defendiendo que la Republica continuaba siendo democrática, y que el general Franco, por lo tanto, se sublevó contra el Gobierno democrático de ese Frente Popular.

Esto le lleva a decir sin titubear que, con la exhumación de Franco del Valle de los Caídos, se completaba por fin el proceso democrático español. Ni que decir tiene que el presidente Sánchez sabe, cómo no, que todo eso es mentira. No obstante, está plenamente decidido a mantener semejante falacia, para completar el proceso, iniciado por Zapatero, de santificar a todos sus antepasados ideológicos, aunque sean de una calaña tan opresora y déspota como Francisco Largo Caballero o cualquiera de sus pistoleros.

Para conseguir semejante objetivo hay que olvidarse de lo que realmente sucedió y reorientar la historia, dándole el giro que nos interese. Y esto, por supuesto, que resulta excesivamente complicado para cualquier persona normal, no tiene complicación alguna para un personaje como Pedro Sánchez, que ha hecho de la mentira y el embuste, su medio natural de vida. Si hace falta adormilar a los que protestan, recurrirá tranquilamente a la hechicera griega Medea para que le proporcione las pócimas y los ungüentos mágicos que dio a Jasón, para que se burlara del rey Eetes y marchara con el vellocino de oro.

De momento, creo yo, la historia real no tiene nada que ver con la que se desprende de la desdichada Ley de Memoria Histórica y, menos aún con la que nos impondrán, si sale adelante la proyectada Ley de Memoria Democrática. Para empezar, hay que tener en cuenta que, ni la República era democrática cuando el general Franco dio el golpe de Estado, ni el engreído Sánchez completó el cacareado proceso de democratización, con el traslado de los restos mortales de Franco al cementerio de Mingorrubio. Aún no se ha dado cuenta que, desde hace ya mucho tiempo, el general Franco es ya pasado. Lo de menos es que esté en Mingorrubio, o en el Valle de Los Caídos.

Aunque pretendiera algo muy distinto, con la exhumación de Franco, el presidente del Gobierno restauró sin más su figura y su recuerdo, y nos devolvió a los duros enfrentamientos entre vencedores y vencidos. Y al recuperar así ese lenguaje de guerra, que ya habíamos olvidado, volvieron a reabrirse las viejas heridas, que creíamos definitivamente cerradas, y con ellas apareció de nuevo el odio, la intolerancia y la incomprensión entre los españoles.

Mal que le pese al impresentable Sánchez, la recuperación íntegra del proceso democrático es algo, que consiguieron los españoles cuando renunciaron a la idiotez de seguir saldando cuentas con el pasado y, mirando decididamente al futuro, pasaron página, olvidando que se habían estado matando unos a otros. Y con ese olvido voluntario, como era de esperar, llegó la reconciliación sincera entre ambos bandos, que se tradujo en el celebrado acuerdo nacional de la Transición Española.

Y hay que subrayar, que debemos esa Transición a unos políticos que vivieron desde muy cerca la terrible tragedia de nuestra Guerra Civil. Ambos bandos solventaron sus diferencias, enterrando en silencio sus muertos y sus rencores y, por supuesto, olvidando generosamente el pasado siniestro que les tocó vivir. Y gracias a ese acuerdo de la Transición, pudimos disfrutar, durante casi treinta años, de una convivencia nacional aceptable, a pesar de los altibajos del Partido Socialista.

No olvidemos,  que el PSOE es muy dado a navegar entre dos aguas. Y esto le ha llevado a mantener siempre una actitud un tanto equívoca con relación al pacto de Transición, mientras ha estado enteramente vigente. A partir de 1980, los Ayuntamientos regidos por los socialistas ya comenzaron a borrar de sus respectivos callejeros a personalidades destacadas, por estar directamente relacionadas con el franquismo. Y en muchos casos, esos nombres eran sustituidos por otros de personajes del otro bando.

En 1995, sin embargo, el Partido Popular todavía creía en la concordia y en la fiabilidad de una reconciliación sincera y amistosa. Precisamente por eso, la Corporación Municipal de Madrid, que presidía José María Álvarez del Manzano, se olvidó de las veleidades de los socialistas y aceptó, sin más, dar el nombre de Indalecio Prieto a uno de los bulevares del distrito de Vicálvaro.

Y como no podía ser menos, todo se fue al traste con la llegada a La Moncloa, primero de José Luis Rodríguez Zapatero y, después, de Pedro Sánchez. Zapatero dinamitó el pacto de la Transición Democrática con su Ley de Memoria Histórica. Y Sánchez, para no ser menos, trata de enterrarlo para siempre, con la nueva Ley de Memoria Democrática, que quiere imponernos

Por lo que parece, estos dos prohombres del socialismo actual no han sido capaces de digerir la dichosa Transición. Y como son tan sectarios y revanchistas, pretenden pervertir ese proceso democrático, tergiversando mendazmente nuestro pasado. Saben que corrompiendo adecuadamente la memoria, volvemos a las andadas y, entonces, los que perdieron aquella guerra pueden reaparecer ahora como auténticos vencedores.

Para conseguir semejante propósito, comenzaron a denigrar despiadadamente a quienes se levantaron contra el desorden y los atropellos de una República revolucionaria y golpista, que intentaba sovietizarnos por la fuerza. Y con el mismo interés que ponen en zarandear a Franco y a sus seguidores y partidarios, procuran dignificar, faltaría más, a  toda la izquierda tabernaria, que se adueñó de España en 1936 y, muy especialmente, a políticos siniestros y criminales, como Francisco Largo Caballero o Indalecio Prieto.

Con semejante política, es normal que el panorama actual de la convivencia entre los españoles sea tan extremadamente preocupante y desolador. Pero no es para menos, ya que, si hay que retirar las estatuas y quitar los nombres a las calles de los personajes históricos de un bando, hay que hacer lo mismo, con los del otro bando. Porque en ningún caso puede haber privilegios políticos para nadie. Así que, una de dos, o estamos todos al sol, o todos a la sombra.

 

Gijón, 29 de octubre de 2020

 

José Luis Valladares Fernández


miércoles, 14 de octubre de 2020

MALOS Y BUENOS EN LA ‘MEMORIA DEMOCRÁTICA’

 


                       

            El impresentable ‘ocupa’ de La Moncloa, Pedro Sánchez, en sintonía con su malvado palafrenero, el ‘Coletas’, están maniobrando subrepticiamente para acabar con el sistema constitucional que se instauró con la Transición Democrática. Pero no nos engañemos. Más que volver al 14 de abril de 1931, pretenden borrar los primeros años de la República, para recuperar directamente el tipo de Gobierno que se formó tras las elecciones de febrero de 1936, formado por el infausto Frente Popular.

Para conseguir semejante hazaña y engañar a los ciudadanos incautos, siguen estrictamente los consejos descritos por el hitleriano Joseph Goebbels  en ‘Los once principios de la propaganda’. Se fijan, sobre todo, en el ‘Principio de la transposición’, que reza así: “Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. Si no puedes  negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Y es lo que hace últimamente esta nueva ola de izquierdistas que, como no tienen nada nuevo que aportar, tratan de significarse dinamitando nuestro sistema constitucional.

Hay que destacar, que tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias, responsables máximos del Gobierno de coalición social-comunista, están en contra de la manera en que se restauró la democracia en España. Piensan que los partidos de la izquierda cometieron un error garrafal al negociar en pie de igualdad con la derecha la nueva Ley para la reforma Política, que acabó,  momentáneamente al menos, con los viejos enfrentamientos entre las dos Españas.

Y si el presidente Sánchez tiene un conocimiento sumamente elemental de la Historia, a los demás miembros del Gobierno les pasa exactamente lo mismo. No olvidemos que han sido todos ellos víctimas de la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE) o de las otras leyes de educación que vinieron después. Y como a todos ellos les sobra presunción, y les falta sensatez, piensan que, en la Historia, son tan importantes los sentimientos que originan los hechos, como los hechos en sí mismos.

Y como aún no han digerido la contundente derrota de los ideales revolucionarios marxistas, sufrida por sus antepasados ideológicos, quieren reescribir la historia para sustituir nuestro actual marco de convivencia por el viejo y despótico proyecto, que puso en marcha el Frente Popular en febrero de 1936, sabiendo que es manifiestamente incompatible con las libertades de ayer, de hoy y de siempre. Se trata, claro está, de dejar fuera del juego político a los partidos de la derecha.

Y están tan decididos a cambiar la Historia y a silenciar de una vez a sus adversarios políticos que, si pudieran, los convertirían en piedra, como hacía el heroico semidiós de la mitología griega con sus enemigos, utilizando la alforja que le dieron las Hespérides, donde guardaba la cabeza de Medusa.

Está visto, que Pedro Sánchez, ‘el Trolas’ que nos gobierna, tiene una prisa sospechosa por colarnos de rondón esa nueva ley de memoria democrática que distingue perfectamente entre malos y buenos, para amnistiar a los primeros y anatematizar a los últimos. Los buenos son lógicamente los republicanos y los malos, cómo no, Francisco Franco, sus seguidores y todos los de la derecha en general.

sábado, 3 de octubre de 2020

EL ASALTO A LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA

 


En las crónicas mitológicas de la antigua Grecia, se describe detalladamente la reacción de la diosa Hera, cuando se enteró que su esposo Zeus había tenido un romance amoroso con la princesa tebana  Sémele. Dominada por el deseo irrefrenable de vengarse de Zeus y destruir a la ingenua Sémele, pidió ayuda a la maliciosa Ápate, uno de los espíritus malignos que se escaparon de la famosa caja de Pandora, que personificaba el engaño, el dolor y el fraude.

La astuta Ápate accedió gustosamente a prestarle su cinturón mágico, del que pendían toda clase de artificios, todos los trucos y los embaucamientos posibles. Con la ayuda de ese cinturón, la desairada diosa Hera, logró engañar a Sémele para que pidiera confiadamente a Zeus, que se le mostrase tal como era, sin ocultar sus verdaderas formas. Y como la princesa tebana Sémele era mortal, murió abrasada cuando Zeus, el dios del trueno y el rayo, se le apareció con toda la majestuosidad deslumbrante con que gobierna a los dioses del Olimpo.

Y Pedro Sánchez, con la ayuda inestimable de Pablo Iglesias y de lo más granado de los enemigos actuales de España, trata de hacerse con el cinturón de la tramposa Ápate. Piensa que, con ese portentoso cinturón, podría chantajear y engañar más fácilmente a los españoles para rebobinar la historia a su gusto y ganar aquella guerra civil, que perdieron hace ya casi un siglo. Eso allanaría el camino para instaurar, por fin, la república comunista antiespañola que buscaba el Frente Popular y, de paso, borrar a Franco de la historia.

El testarudo ‘ocupa’ de La Moncloa que nos gobierna se ha enzarzado en una lucha absurda contra el general que acabó con los sueños disparatados de Francisco Largo Caballero y de todos sus acólitos marxistas. No se da cuenta que Francisco Franco murió hace más de 40 años y que, por lo tanto, ya no es nada más que una sombra o un fantasma que no hace daño a nadie, ni influye absolutamente en nada en el desarrollo del quehacer diario de los españoles.

El general Franco, es verdad, condicionó decisivamente la vida de los españoles durante un período de tiempo bastante largo. Y eso, nos guste o no nos guste, es motivo más que suficiente para que ocupe un lugar destacado en nuestra historia pasada. Pero también es cierto, que el antiguo Caudillo no tiene significación alguna en la vida política española actual. Y como el presidente Sánchez conoce perfectamente este extremo, es absurdo que saque a pasear ese fantasma a las primeras de cambio, en vez de ocuparse en solucionar los graves problemas que acucian hoy día a todos los españoles.

Y una de dos: o Pedro Sánchez se dedica a denigrar la figura de Franco para disimular su indigencia mental y su manifiesta incompetencia, o porque es un sectario impenitente que odia profundamente a todos los que no comulguen con sus propias estupideces. Culpa al antiguo Caudillo de todos nuestros males y, como quien no quiere la cosa, lo utiliza continuamente para disculparse o para dar una solución aparente y provisional a los diferentes problemas.

Eso es, al menos, lo que hizo nuestro controvertido presidente, cuando comenzaron a lloverle las críticas por la marcha desastrosa de la economía y la destrucción de empleo: recurrió a la exhumación de Franco y disminuyeron las reprobaciones como por ensalmo. Y ahora, que se multiplican nuevamente los reproches por su deplorable manera de gestionar la pandemia que nos aqueja, se procede sin más a la expropiación del Pazo de Meirás. Y para ser más convincente, habla distendidamente de convertir el Valle de los Caídos en un simple Cementerio Civil y de la demolición  de la monumental cruz que preside ese monumento.

Que Franco fue un dictador, como Francisco Largo Caballero, es algo que no se puede negar. Pero hay una diferencia fundamental entre ambos. Mientras Largo Caballero se olvidaba de los intereses que afectaban a los españoles, para ponerse al servicio de Iósif Stalin, el general Franco trataba de evitar que España sucumbiera definitivamente bajo las garras del comunismo, implantado tras el triunfo electoral del Frente Popular en las elecciones fraudulentas  de Febrero de 1936. Por supuesto Largo Caballero, apoyado incondicionalmente por los demás prebostes de la izquierda, quería convertir a España en un País satélite de la Unión Soviética.

Cuando finalizó la Guerra Civil, España estaba hundida en la miseria más absoluta. Los estropicios económicos, provocados por el enfrentamiento bélico, fueron ciertamente muy cuantiosos. Y para colmo de males, a esa cifra astronómica fue preciso añadir el importe descomunal de las incautaciones que realizaron los responsables socialistas del Gobierno, Largo Caballero y Juan Negrín, en el Banco de España y en otras instituciones privadas, además de los robos realizados en museos y catedrales y a personas particulares.

La cantidad más importante de ese expolio procedía de las reservas de oro estatales, sustraídas fraudulentamente del Banco de España. Y hay que señalar, aunque moleste a Pedro Sánchez y a sus ministros, que una buena parte del oro de esas reservas, 510 toneladas exactamente, fueron enviadas a Moscú en septiembre de 1936. El resto de las reservas, se juntó con el oro y la plata de las otras sustracciones  y con las valiosas obras de arte, para reunir el tesoro inmenso que se llevaron a México en el yate Vita, en febrero de 1939.

Cuando terminó la guerra, Francisco Franco se encontró con un panorama económico, social y moral francamente aterrador. Y sin el menor desánimo, comenzó a buscar soluciones para recuperar al menos el antiguo esplendor de España y mejorarlo incluso. Para despejar el camino y eliminar obstáculos, comenzó anulando las libertades políticas. Y esto implica, claro está, la prohibición de los partidos políticos. No olvidemos que Franco estaba plenamente convencido de que la lucha partidista era un estorbo manifiesto para el progreso normal de cualquier Estado.

Hay que reconocer que el jefe del Estado Español, a la vez que se enfrentaba a una escasez enorme de medios, tenía que luchar también contra la marginación y el aislamiento internacional, alentado naturalmente por los republicanos españoles desde el exilio.  Pero a base de tesón y, por qué no decirlo, de mano izquierda, rompió ese aislamiento, integrando a España en el bloque occidental anticomunista.

Es evidente que había llegado el momento de abandonar la política económica autárquica y de autoabastecimiento, que había mantenido hasta ese momento, para iniciar seguidamente un camino de desarrollo económico acelerado. Para conseguir semejante objetivo, Franco realiza una remodelación del Gobierno, y entrega los puestos clave de la Administración, a personas de la talla de Alberto Ullastres, Mariano Navarro Rubio y López Rodó.

Este equipo de tecnócratas, adscritos al Opus Dei, da un nuevo giro a la política económica del Gobierno y pone en marcha el famoso Plan Nacional de Estabilización Económica, que consiguió la estabilidad económica, el equilibrio en la balanza de pagos y, quien lo iba a decir, el robustecimiento de la peseta.

Gracias a esos planes de desarrollo, España se olvidó muy pronto de la pobreza y de las estrecheces pasadas y llegamos a disfrutar de una prosperidad desconocida hasta entonces. Como se decía de aquella, pasamos rápidamente ‘de la alpargata al seiscientos’. Nuestro ritmo de crecimiento fue espectacular y, por supuesto, muy superior al de los demás países de nuestro entorno. Y como era de esperar, cerramos la etapa franquista, siendo la octava economía más grande del mundo. Nada que ver con el puesto 34 que ocupamos hoy.

No podemos olvidar algo,  que molesta extremadamente a la izquierda española: el trato preferencial que dio Franco a los trabajadores, o a los productores, si utilizamos la terminología propia de aquella época. Además de establecer el Seguro Obligatorio de Desempleo y el Salario Mínimo interprofesional, mejoró la Seguridad Social rudimentaria que había, hasta convertirla en la mejor de Europa. A partir de entonces, los trabajadores comenzaron a disfrutar, cómo no, de vacaciones pagadas y de algo tan importante, como una pensión de jubilación.

El mundo del trabajo, creo yo, debe otras muchas mejoras al general Franco. No olvidemos que construyó 4 millones y medio de viviendas sociales, que facilitaba seguidamente a los trabajadores que las necesitaban. Y al mismo tiempo que mejoraba la agricultura con la construcción de numerosos pantanos, se dedicó también a industrializar a España, poniendo en marcha el Instituto Nacional de Industria, a la vez que potenciaba la creación de empresas estatales como Iberia y Renfe. Y los trabajadores, que yo sepa, sin tener que pagar los odiosos impuestos del IVA y del IRPF, como pasa ahora. ¿Hay quién de más?

La transformación social y económica, realizada por el odiado Régimen de Franco, supuso un vuelco en el nivel de vida de los españoles, y muy especialmente en la de los trabajadores. Esto se tradujo en un aumento drástico de la renta per cápita y en un desarrollo más que notable del Estado de Bienestar, desconocido hasta entonces.

Hasta que no se produjo esta explosión económica, provocada por Franco, España estaba prácticamente dividida en dos grupos sociales. Uno de esos grupos estaba formado por la clase rica o privilegiada, que atesoraba la mayor parte de la riqueza nacional. En el otro grupo, el más numeroso, estaba la clase baja, que vivía muy pobremente. Es verdad que, entre ambos grupos, había un número de personas muy reducido, que se dedicaban a la agricultura o al comercio y, por consiguiente, vivía algo más holgadamente que los de la clase baja.

Con el desarrollo económico impulsado por el franquismo, comenzaron a sumarse a este grupo intermedio cantidad de trabajadores, hasta formar una clase media verdaderamente pujante y numerosa. Cuando desapareció Franco de la escena política, el porcentaje de esa clase media superaba con creces el 56% de la población española. Y esto es totalmente intolerable para un político de izquierda, tan arribista y de medio pelo como Pedro Sánchez, más que nada, porque se siente totalmente incapaz de realizar una proeza de esa envergadura.

Hay que tener en cuenta, que el presidente del Gobierno que padecemos está tremendamente obsesionado con el que fuera caudillo de España durante tantos años. Odia intensamente a Franco, en primer lugar por la derrota inapelable que infligió  a los dirigentes del Frente Popular y a su cortejo de navajeros, impidiéndoles instalar en España la infausta revolución marxista. Y eso sí que hubiera sido una dictadura mucho más nefasta y deplorable que la del propio Franco.

Tampoco perdona a Franco que se haya atrevido a beneficiar a la supuesta clase trabajadora de una manera tan magnánima, porque así, priva evidentemente a la izquierda de atribuirse en exclusiva el amparo y el patrocinio de los obreros. Es obvio que los socialistas de corte marxista, lo mismo que los comunistas bolivarianos, más que ayudar a los que trabajan, los explotan miserablemente y obstaculizan su progreso. Y todo, porque saben que, siendo pobres, tienen asegurado su voto.

No olvidemos, que el general Francisco Franco murió hace ahora 45 años. Y con Franco, murió también el franquismo. Y como Franco ya no hace daño a nadie, debería haber muerto igualmente hasta el antifranquismo. Se da, además, la circunstancia que Pedro Sánchez ni conoció a Franco, ni tuvo que soportar ninguna de sus decisiones. Y habiendo tantos problemas económicos y sociales que solucionar, es absurdo que pierda el tiempo así, odiando visceralmente  a quien ya no es nada más que un espectro o una simple sombra.

Debemos admitir, sin embargo, que es mucho más absurdo aún, y hasta patológico que, para escenificar mejor ese odio, realice esa especie de desposorio con un personaje tan desaprensivo como Pablo Iglesias. Y es sabido que el ‘Coletas’ solo conoció a Franco por referencias malintencionadas. Con la política tan desastrosa que practican estos dos falsos demócratas y con su incompetente gestión de la pandemia, están provocando desgraciadamente una auténtica hecatombe económica en España, con la inevitable quiebra de muchas empresas y la ruina de numerosas familias.

No cabe la menor duda, que estas dos águilas de la torpeza y del engaño, seguidos ciegamente por sus respectivos ganapanes, están acrecentando el desastre económico y social con su política de tierra quemada. Y el resultado, no se ha hecho esperar. El hambre se ha vuelto a enseñorear de España y, como en Venezuela, volveremos a ver españoles rebuscando en los contenedores de basura, para poder comer. Y como no cambien de tercio, tendrán que desempolvar las viejas cartillas de racionamiento. De momento, la clase media boyante que aplaudió la llegada de la Transición Democrática, ya ha empezado a desaparecer.

Según todos los indicios, el presidente del Gobierno y su bolivariano vicepresidente no se conforman con ocasionar ese daño económico tan ingente. Son tan sumamente sectarios y tan cainitas, que se han confabulado para acabar con la libertad de expresión y hasta con la libertad  de pensamiento. Eso es, al menos, lo que se deduce del anteproyecto de Ley de ‘Memoria Democrática’, que aprobó el Consejo de Ministros del pasado 15 de septiembre. Aunque es preciso reconocer que no se trata de una ley. Estamos más bien ante un ajuste de cuentas contra el franquismo, para lavar la cara del dichoso Frente Popular.

La intención de esta pareja de tórtolos políticos es muy clara. Con esa iniciativa legislativa, claramente maniquea, pretenden reescribir la historia a su antojo para criminalizar a Franco, culpándole de todas las trapacerías y delitos que se cometieron en los años de la post guerra. Se olvidan naturalmente de las fechorías  y de los crímenes cometidos durante la guerra para que no se hable de las checas, ni de las sacas, y para ocultar la persecución religiosa y las matanzas de Paracuellos.

Con esta manipulación interesada de la historia real, consiguen silenciar las críticas a su nefasta gestión de la pandemia y, por supuesto, a las contradicciones internas del Gobierno social-comunista. Y piensan obviamente que así ganan por fin la guerra que perdieron hace ya más de 80 años.

Una narración así de la historia, basada exclusivamente en los sentimientos que producen unos hechos muy lejanos y violentos, en los que no se tuvo ni arte ni parte, no sirve nada más que para reabrir las llagas que creíamos ya cicatrizadas y para volver a generar odios y animadversiones inútiles. Y mucho más si, como tienen previsto, oficializan esa historia amañada y, utilizando el BOE, obligan a que se enseñe en las escuelas y terminan imponiéndola despóticamente a los medios de comunicación y a toda la sociedad española.

Si consiguen finalmente la promulgación de ese bodrio de ley, se romperá el consenso de la transición y saltará por los aires nuestro sistema constitucional. Y el presidente del Gobierno social-comunista y su impresentable vicepresidente tendrán el deplorable honor de habernos devuelto de un plumazo al 20 de noviembre de 1975, que fue nuestro punto de partida, para recuperar de nuevo las dos Españas políticamente irreconciliables.

 

 

Gijón, 30 de septiembre de 2020

 

José Luis Valladares Fernández

jueves, 17 de septiembre de 2020

LAS INCONGRUENCIAS DE PABLO IGLESIAS

 


En el siglo IV a. C., vivía en Éfeso un simple pastor, llamado Eróstrato, que buscaba afanosamente la manera de adquirir fama y notoriedad. Quería a toda costa perpetuarse en la Historia y pasar a la posteridad. Necesitaba, por lo tanto, hacer algo muy llamativo e impactante. Y decidió prender fuego al templo de Artemisa, la diosa virgen de la caza, que era uno de los monumentos más bellos del Mediterráneo y una de las siete maravillas  del mundo.

En la primera oportunidad que tuvo, entró disimuladamente en el templo. Y aprovechando un descuido de los encargados de la seguridad, cogió una de las lámparas que iluminaban el interior del recinto y la arrojó sobre las telas y los ropajes que cubrían a la diosa. Cuando los guardianes quisieron reaccionar, era ya demasiado tarde y todo el templo se vino abajo, devorado por las llamas. Apresaron, eso sí, al causante de aquel incendio, y lo llevaron ante el rey Artajerjes III.

Y Eróstrato confesó voluntariamente ante el rey, que había incendiado el templo de Artemisa única y exclusivamente para hacerse famoso. Al escuchar semejante despropósito, Artajerjes ordenó su ejecución inmediata, estableció castigos severos para quienes osaran nombrarle como autor de semejante incendio. Pensaba que así, le birlaba hasta la más mínima posibilidad de conseguir la popularidad que buscaba.

Y a pesar de sus esfuerzos, Artajerjes no logró borrar de la historia ni  a Eróstrato,  ni a su actuación incendiaria. Hoy  conocemos detalladamente aquellos hechos, porque Teopompo de Quíos, el historiador griego más importante del siglo IV a. C, no respetó esa prohibición y nos dejó una narración completa de los hechos, protagonizados por aquel humilde pastor efesio para conseguir una gloria imperecedera.

Es evidente, que Eróstrato estaría hoy día sumamente satisfecho con el eco que ha tenido aquella aventura incendiaria, que le dio más notoriedad de la que esperaba. Hay que tener en cuenta, que no solamente recordamos su nombre. Llamamos también, cómo no, ‘Síndrome de Eróstrato’ al trastorno psicológico de los que sienten un deseo irrefrenable de sobresalir sobre los demás, de los que buscan obsesivamente el protagonismo porque quieren estar siempre en el centro de atención.

Y aunque parezca mentira, ese desarreglo psíquico, el ‘Síndrome de Eróstrato’, está afectando gravemente a muchos de nuestros políticos actuales. Y entre ellos está, por supuesto, Pablo Iglesias Turrión, el  incombustible líder de Unidas Podemos. Cuando no era nada más que un aspirante inmaduro a dirigir la izquierda española, ya intentó aumentar su fama y el número de sus seguidores, escenificando su supuesta adscripción inquebrantable a la clase de ‘los de abajo’, a los explotados de la ‘clase trabajadora’.

Hay que reconocer que el distrito madrileño de Vallecas, además de contar con una tradición obrera muy especial, desprende también un tufillo ‘izquierdista’ inconfundible. Y el insaciable Pablo Iglesias, faltaría más, aprovechó ambas cosas  para satisfacer convenientemente su desmedida ambición política.

Y para airear públicamente su orgullo de clase, comenzó a pregonar a los cuatro vientos, que vivía en el corazón del madrileño barrio de Vallecas, en un piso más bien humilde de 60 metros cuadrados. Y daba a entender, incluso, que continuaría viviendo allí, aunque llegara a ser elegido para ocupar la presidencia del Gobierno. Y fue más lejos aún, admitiendo que compraba frecuentemente su ropa en el supermercado Alcampo. Y todo, según decía, porque la austeridad era su principal seña de identidad.

Es preciso señalar, que al mochilero Pablo Iglesias siempre le ha perdido su lengua. Entonces, claro está, no pensaba en los efectos devastadores que, con el tiempo, podía ocasionar necesariamente la puñetera hemeroteca. Así que, sin reparo alguno, lanzó muchos escupitajos al aire y ahora, que le vamos a hacer, le están cayendo todos encima.

Solía aprovechar las tertulias y las redes sociales, para acusar a los de la famosa ‘casta política’ de vivir despreocupadamente en chalés de lujo, y  de no saber “lo que es coger el transporte público”, ni lo que cuesta un café. Y soltaba toda su inquina y animosidad contra todos ellos, porque no estaban al tanto de las necesidades reales del pueblo.

Criticó duramente, por ejemplo, a Luis de Guindos, por haber comprado un ático de lujo en La Moraleja, por el que pagó la desorbitada cifra de 600.000 euros. Y escribió en su cuenta de Twitter, “que la política económica la dirija un millonario es como entregar a un pirómano el Ministerio de Medio Ambiente”. Claro que, de aquella, aún no había dado esa vuelta o salto mortal que lo llevó a Galapagar,  y que acabó definitivamente con toda su credibilidad.

Ni que decir tiene que el impresentable líder de Podemos llegó a vivir como un vallecano más. Paseaba aparentemente tranquilo por las calles del barrio y saludaba amistosamente a sus vecinos. Y cuando todos pensaban que estaba totalmente integrado en ese ambiente, el endiosado Iglesias dio la espantada y, sin previo aviso, cambió Vallecas por Galapagar, instalándose con Irene Montero, en el casoplón que compraron en esa zona residencial privilegiada.

No podemos olvidar que Pablo Iglesias logró consolidarse al frente de Podemos, pero tuvo que purgar lógicamente a todos los que aspiraban a liderar a esa formación de extrema izquierda anticapitalista y antisistema. Obviamente, sus ambiciones napoleónicas de ganar unas elecciones en España, de hacerse con el poder y de cambiar radicalmente nuestro modelo constitucional siguen intactas. Esperemos que no lo consiga nunca y que sus pretensiones sigan siendo siempre un simple sueño.

Es verdad que no lo va a tener nada fácil, ya que con la huida inesperada de Vallecas, se ha enfriado mucho el entusiasmo  de las masas populares que simpatizaban con Podemos. Y por supuesto, decepcionó seriamente a muchos seguidores suyos. Este cambio de domicilio, tan sorpresivo como inesperado, sirvió para que, una buena parte de su feligresía particular abriera los ojos y comprobara personalmente que su idolatrado líder les había estado engañando, que sus propuestas rezumaban demagogia barata   y, sobre todo,  porque terminó siendo un miembro más  de la denostada casta política,

El comportamiento de Pablo Iglesias ha sido siempre muy llamativo, ya que suele decir una cosa y hace exactamente la contraria. Da muy poco valor a la ideología y, sin embargo, se desvive por conquistar el poder. No es de extrañar, por lo tanto, que adopte una actitud caudillista y severa que le lleva a exigir a sus prosélitos una adhesión incondicional a su persona y a todos sus planteamientos y propuestas.

Tenemos que admitir, por qué no decirlo, que el imprevisible líder de podemos desconcierta a propios y a extraños. Si destaca por algo, es precisamente por su incoherencia y por su caradura. Es extremadamente contradictorio e incomprensible. Lo mismo enaltece la Constitución y se deshace en loas a la Corona, que lanza vituperios contra el Régimen de 1978 y convoca caceroladas contra el Rey.

Un ejemplo claro lo tenemos con el manejo de los dichosos escraches que importaron de las Repúblicas bananeras de Hispanoamérica. Resulta que si son aplicados por el insidioso Pablo Iglesias, o por sus huestes, no son nada más que “la expresión de la democracia cuando se hace digna de los de abajo”. Dicho de otro modo más expresivo y mucho más provocativo, son “el jarabe democrático de los de abajo”.

No obstante, si entre  los escrachados está el propio líder de podemos o alguno de sus correligionarios más cercanos, cambian el estribillo y dicen que ese tipo de acciones son claramente “negativas” porque “contribuyen a la crispación social”. Y se quejan amargamente de los insultos  y la violencia que tienen que soportar, por culpa de los energúmenos que organizan ese tipo de manifestaciones ardientes y violentas.

Está claro que Pablo Iglesias tiene muchos gestos y ademanes que rezuman machismo por los cuatro costados. Tenemos además, quien lo iba a decir, el ‘caso Dina’, o el deseo manifestado de azotar a la periodista Mariló Montero hasta hacerla sangrar. A pesar de todo, como está siempre a la que salta, se presenta formalmente como un abanderado destacado del feminismo reinante y de la libertad sexual.

Pero está visto, que el ‘Coletas’ asume ese papel simplemente por pura conveniencia, más que nada, para arañar unos votos de las mujeres que integran ese colectivo feminista. ¿Alguien ha visto a este personaje, o a alguno de sus adláteres levantar la voz para denunciar las violaciones, los asesinatos y la vulneración generalizada de los derechos de la mujer que se producen constantemente en Irán, en Afganistán, en la India y, por supuesto, en los países bolivarianos de Hispanoamérica? Y ya sabemos qué quiere decir esto.

El comportamiento del populista Pablo Iglesias no ha cambiado absolutamente nada, desde que se oficializó la formación política de Podemos. Para darse a valer y tener contenta a la progresía, ataca ferozmente  a la ‘casta política’ y, utilizando los argumentos del chavismo y del comunismo bolivariano, pone en solfa la conducta de todos sus adversarios políticos. El Partido Popular siempre ha sido el blanco preferente de sus furibundos ataques.

Es sobradamente conocido que el aspirante al marquesado de Galapagar no tiene pelos en la lengua. Sabemos que chapotea  en el fango de la corrupción, como otros muchos dirigentes políticos. Y a pesar de todo, tiene la desfachatez de decir a Mariano Rajoy que el político que se equivoca y practica o ampara ese mismo pecado, “no pide perdón sino que dimite”. De todos modos, aunque acertó plenamente en lo que deben hacer los responsables políticos corruptos, no podemos esperar que este dechado innegable de incongruencias, tome su propia medicina.

Las tragaderas de Pablo Iglesias  no reparan en esas aparentes menudencias. Y menos ahora, que tuvo la suerte de entrar a formar parte del Gobierno de España. Y esto le lleva naturalmente a jugar a ser gobierno y oposición al mismo tiempo. Y como la vida da muchas vueltas, quiere aprovechar esta circunstancia para desgastar al presidente Pedro Sánchez, para ver si así logra llegar algún día, ahí es nada,  a la presidencia del Gobierno.

 

Gijón, 14 de septiembre de 2020

 

José Luis Valladares Fernández

domingo, 30 de agosto de 2020

QUOD NATURA NON DAT....

 


“Quod natura non dat, Salmantica non præstat” es un proverbio latino, esculpido en piedra, que podemos leer  cuando accedemos al edificio donde antiguamente estaban las Escuelas Menores de la Universidad de Salamanca. Esa especie de sentencia, atribuida a Miguel de Unamuno, tiene una traducción muy fácil al español: “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta”.

Aunque se trata de una frase, un tanto lapidaria, que suele utilizarse habitualmente para justificar los inevitables fracasos de algunos universitarios, tiene un significado mucho más profundo y nos indica que las personas nacemos ya con un nivel intelectual determinado inamovible. Y no hay nadie que pueda pretender que la Universidad le otorgue, lo que no quiso darle la naturaleza. Esos centros de educación especializada pueden ayudarte, cómo no, a explotar mejor tus cualidades innatas, pero manteniendo siempre invariable tu propia capacidad intelectual.

Y como el pueblo llano es mucho más directo y gráfico que las personas de letras, plasmó esa misma idea en esta locución que suele repetirse frecuentemente: “Salamanca no hace milagros, el que va jumento, no vuelve sabio”. Y es verdad, porque ni la Universidad de Salamanca, ni ninguna otra Universidad, tiene la potestad de hacer milagros. Cada alumno tiene que conformarse necesariamente con los talentos y la inteligencia con que vino al mundo.

Pero no todos piensan de la misma manera. Hay personas tan autosuficientes y tan atrevidas, que discrepan abiertamente de esas conclusiones. Y entre esas personas está, como no podía ser menos, Pedro Sánchez, el doctor ‘cum fraude’ que preside el Gobierno de España. Piensa de sí mismo, que es un superdotado, que está muy por encima de los demás mortales y, en consecuencia, que puede mejorar aún más su pericia y su talento.

El orgullo y la vanidad del presidente del Gobierno, eso sí, no tienen límites. Está tan pagado de sí mismo, que no reconocerá jamás sus múltiples y clamorosas limitaciones. Ha contado siempre, por qué no decirlo, con el auxilio inestimable de algún compañero de viaje que le ha sacado de apuros, ayudándole desinteresadamente hasta redactar incluso su tesis doctoral. No olvidemos que en esa tesis, además de otros plagios llamativos, encontramos también, sin entrecomillar, informes oficiales  del Ministerio de Industria de  Miguel Sebastián.

Y a pesar de todas esas irregularidades, Pedro Sánchez consiguió el doctorado con la calificación máxima, casi sin despeinarse. Sin duda alguna, los miembros del tribunal que lo examinó fueron excesivamente complacientes con él. En un ambiente académico más estricto y exigente, el premio conseguido no habría sido ni tan destacado, ni tan gratificante.

Y no digamos nada del papelón que hubiera hecho en la etapa dorada de la Universidad de Salamanca, cuando regentaban sus cátedras maestros de la talla  de Antonio de Nebrija,  Fray Luis de León o  Francisco de Vitoria. Con toda seguridad, estaría abonado al fracaso y, al no alcanzar el grado de doctor, abandonaría la capilla de Santa Bárbara sigilosamente, saliendo por la puerta de los carros. Se quedaría sin la correspondiente fiesta, y tampoco tendría la satisfacción de pintar su Vítor en las paredes de la Universidad.

Es una pena, pero el presidente del Gobierno que padecemos está tan satisfecho de sí mismo, que no tiene arreglo. Su  desmedido orgullo, su vanidad y su triunfalismo  le mantienen instalado en su guindo y totalmente aislado de la realidad. Su desahogo y  su enorme endiosamiento le incapacitan para gestionar correctamente una situación tan preocupante y peligrosa como la que estamos soportando actualmente, por culpa de la pandemia generada por el Covid-19.

 No podemos esperar, por lo tanto, que Pedro Sánchez reconozca su incompetencia y que asuma de buenas a primeras sus equivocaciones y sus abundantes fallos. Tiene un concepto tan elevado de sí mismo, que piensa que no hay nadie en España que pueda hacerle sombra. Es más, está plenamente convencido, que cuenta siempre con la asistencia de una luz interior que le ayuda en todas sus actuaciones. Y esto, claro está, facilita el acierto, cuando hay que tomar decisiones arriesgadas.

No obstante, siempre cabe la posibilidad de cometer algún error más o menos importante. Y el ínclito líder del PSOE, como no quiere correr ese riesgo, se pone de perfil y rehúye gestionar personalmente cualquiera de las situaciones complicadas que se avecinan. Ahora, por ejemplo, elude hacerse cargo del control de los preocupantes rebrotes del coronavirus y trata de cargar ese muerto a los presidentes de las Comunidades Autónomas. Pretende que sean los presidentes autonómicos los que asuman esa responsabilidad y solucionen correctamente el problema que nos afecta.

Si los responsables de las distintas Autonomías logran contener eficazmente los rebrotes del Covid-19, el presidente del Gobierno se colocaría, sin más, al frente de la manifestación, para recibir las felicitaciones y los parabienes del acierto como si fuera propio. Y terminaría hastiándonos con sus discursos triunfalistas.

Si los presidentes autonómicos fracasan  y tenemos que seguir soportando el azote de la pandemia, serán ellos solos los verdaderos culpables. Pero aun así, como no quiere que nadie pueda culparle de una gestión nefasta, volverá a recurrir  a la propaganda, ocultando la realidad. Y como ya ha hecho, continuará  camuflando infectados y muertos para despistar y dar la sensación que todo se está haciendo bien.

Es evidente que Pedro Sánchez se desvive por los agasajos y los aplausos. Por recibir halagos y elogios, es capaz de cualquier cosa, llegando incluso hasta poner en peligro su propia dignidad. Es, ni más ni menos, lo que pasó tras su regreso triunfal de la última cumbre de Bruselas. En esa cumbre, la Comisión Europea habilitó unos fondos, utilizables exclusivamente para aliviar la crisis económica provocada por la pandemia.

En esa cumbre, por supuesto, España no consiguió lo que quería. En primer lugar, el Consejo Europeo se opuso rotundamente a la emisión de la deuda conjunta, o  creación de los ‘coronabonos’ o ‘eurobonos’, que solicitaba el Gobierno español. Pero aún hay más, ya que el importe del paquete concedido a España, no alcanzó la cifra que se esperaba. A pesar de todo, Pedro Sánchez aceptó resignadamente y sin discusión, la cantidad que le ofrecieron.

Hay que reconocer que, en este caso, el presidente Sánchez no influyó en absoluto en los importes asignados a España. Fueron los líderes más influyentes  de Unión Europea los que determinaron esas cantidades. Pero como le gusta destacar, y busca incansablemente la adulación y el cumplido, regresó de la capital de Europa fanfarroneando y alardeando de haber conseguido esa cantidad de dinero, gracias a sus dotes como negociador. Era la mejor manera de preparar el ambiente para ser recibido en olor de multitudes.

Comenzó subrayando la importancia de las ayudas que suministraba la Comisión Europea, para paliar  el problema económico, que había generado el coronavirus. Y llegó a decir que esa ayuda era realmente como “un auténtico plan Marshall”. De los 140.000 millones de euros que correspondían a España, 72.700 millones los recibiría en transferencias, y el resto en préstamos normales. Y aparentando estar lleno de satisfacción, confesó que estábamos ante un “gran acuerdo para Europa y para España”, dando a entender  que se había logrado, faltaría más, gracias a su acertada intervención. Y eso, por supuesto, había que celebrarlo.

Para satisfacer los deseos del presidente del Gobierno, sus ministros decidieron homenajearle,  aplaudiéndole a rabiar y con un pasillo, al llegar a la reunión del Consejo de Ministros del 21 de julio. Y Pedro Sánchez, que era incapaz de ocultar su inmensa satisfacción, respondió también con otro aplauso.

Y la bancada socialista parlamentaria, que da cobijo a lo más granado de los prosélitos del presidente Sánchez, decidió copiar  el bochornoso espectáculo de los aplausos, para repetir esa misma faena festiva en el Congreso de los Diputados. Todos ellos saben perfectamente que nos enfrentamos a un rescate en toda regla y que tendremos que renunciar a muchas cosas para comenzar a recibir esas ayudas económicas. Pero eso es lo de menos, ya que, de momento, prima la consigna  de lisonjear al Jefe.

Así que el 29 de julio, ocho días después que los ministros,  los parlamentarios socialistas organizaron su propio festival de aplausos para adular y lisonjear también al presidente del Gobierno. Para montar ese sarao absurdo, asistieron al pleno de ese día todos los  diputados socialistas, incumpliendo flagrantemente la distancia de seguridad de al menos 2 metros entre persona y persona, y saltándose todas las normas que se especifican en el Plan de Contingencia contra el Covid-19,  que aprobó  la Mesa de la Cámara Baja el pasado 12 de mayo.

No cabe duda, que todos esos acólitos incondicionales de Pedro Sánchez serían mucho más comedidos si siguieran las recomendaciones que hace Hamlet a los cómicos en el Acto III, al principio de la Escena II. Además de exigirles cierta discreción, les ruega  que acomoden “la acción a la palabra y la palabra a la acción, cuidando especialmente de no traspasar los límites de la natural moderación”. De momento, es verdad, no pasa nada. La frustración llegará naturalmente cuando la Comisión Europea nos obligue a realizar reformas que afecten directamente al bolsillo de los españoles. Y ese problema no hay manera de arreglarlo con aplausos.         

Gijón, 29 de agosto de 2020

 José Luis Valladares Fernández