Yo he leído, no sé si en El Mundo, una bonita frase de Albert Boadella, en la que deja entrever el bajo concepto que tiene de nuestro presidente. Con la gracia que le caracteriza, el genial dramaturgo catalán nos dice: "Primero, creía que Zapatero se lo tomaba en serio. Después, pensé que no se enteraba. Y ahora pienso que tiene un morro monumental”. Creo sinceramente que Boadella, a pesar de lo fuerte de la expresión utilizada, se ha quedado un poco corto a la hora de enjuiciar el comportamiento de José Luis Rodríguez Zapatero. Pues es más que innegable que nuestro presidente, además de tener un morro que se lo pisa, no se entera absolutamente de nada. Es el típico diletante de la política que, sumamente engreído y sin mayores luces, piensa que ha sido llamado para redimir a la sociedad española.
Como si fuera un nuevo Eneas a su llegada al Lacio, Zapatero se creyó investido por los dioses para interpretar las diversas exigencias del espíritu democrático de cada momento. Ilusionado con tan extraordinaria misión, enarbola decididamente la bandera del bienestar social. Para facilitar el desarrollo de su política, decide comprar a los sindicatos la paz social a cambio, eso sí, de ingentes cantidades de dinero público. Decidido a pasar a la historia como el presidente que más protegió los derechos de los trabajadores, no hubo mitin, entrevista o comparecencia que no prometiera solemnemente que jamás haría recortes sociales para salir de la crisis.
Fueron tremendamente llamativas las promesas formuladas en el Palacio de Ferias y Congresos de Málaga el 21 de febrero del pasado año de 2010. Ante más de 16.000 personas volvió a repetir, con toda solemnidad, que pondría en marcha un plan de “máxima austeridad”, dejando muy claro que los trabajadores no se verían sorprendidos. “Lo vamos a hacer bien, garantizando que el gasto social no se va a recortar”, precisó. Y para levantar el ánimo de los oyentes, agregó decididamente: “con migo de presidente jamás habrá en este país recortes sociales. Los trabajadores no van a perder derechos en la reforma laboral”. Pocos días antes había repetido, en el Congreso de los Diputados, prácticamente la misma cantinela; habría recortes en las políticas de gasto, sin que estos afectaran, en modo alguno, “a ninguno de los programas de protección social".
Pero todo esto, como era de suponer, terminó como el cuento de la lechera. Apenas dos meses después, en mayo de 2010, y ante el riesgo de una inminente bancarrota de España, José Luis Rodríguez Zapatero no tuvo más remedio que desdecirse y presentar en el Congreso, con carácter de urgencia, un paquete de recortes que dejaban en nada todas sus anteriores promesas. La seria advertencia que le llegó de Bruselas fue determinante para que el presidente del Gobierno, entre otras medidas, pusiera en práctica el mayor recorte social de la historia española, congelando inesperadamente las pensiones y rebajando, de manera notable, el salario de los trabajadores públicos.
En este pasado mes de agosto de 2011 se ha vuelto a repetir la rocambolesca historia, demostrando palpablemente que, o estamos intervenidos de una manera discreta y encubierta, o somos claramente un protectorado del Banco Central Europeo (BCE). Ante la disparatada y peligrosa subida de la prima de riesgo en Italia y en España, y para reducir el riesgo que esto comporta, el BCE decide comprar de inmediato importantes cantidades de bonos de ambos países. A los pocos días de la primera adquisición, el Gobierno de Berlusconi, por lo que parece, recibe una carta del BCE, exigiendo la adopción de determinadas medidas. El Gobierno italiano contesta a los pocos días con un plan de ajuste determinado, en línea con lo estipulado por Bruselas.
Nuestro Gobierno, aunque con muy poca convicción, quiere dar a entender que no ha recibido ninguna carta, remitida por el BCE, similar a la recibida por el Gobierno italiano. Se empeñan en hacernos creer que las medidas propuestas últimamente desde La Moncloa no responden, en absoluto, a ninguna exigencia procedente del exterior. Son fruto, según nos dicen, de una decisión personal y responsable de Zapatero y de su equipo económico. Semejante afirmación resulta muy poco creíble, pues nos encontramos con los mismos problemas, si no más graves, que los italianos y no es pensable que Bruselas nos trate a nosotros de manera más deferente y con una mayor benevolencia.
Es, además, tremendamente sospechoso que se produzca el anuncio de estas reformas, la reforma constitucional, la laboral y la fiscal, en plena compra de bonos por parte del BCE. Y más aún al comprobar que se trata de unas medidas extremadamente polémicas y contestadas dentro del PSOE. No olvidemos que la reforma de la Constitución, para limitar el déficit público, es una vieja propuesta de Mariano Rajoy que ha sido reiteradamente rechazada por los socialistas y que Alfredo Pérez Rubalcaba intentó ridiculizar entonces. Por otra parte, resulta muy extraño que el Gobierno comenzara a plantearse esta reforma constitucional solamente unas horas después de que el BCE anunciara la compra de bonos españoles.
La reforma laboral que el Gobierno pretende imponer ahora, va a levantar verdaderas ampollas entre los sindicatos de clase y hasta en las mismas bases del propio partido socialista. Siendo esto así, si Zapatero mantiene tercamente semejante medida, es que ha recibido de Bruselas algún requerimiento claro y contundente en ese sentido. En líneas generales, la reforma propuesta ahora anula algunos puntos que habían sido consensuados con los sindicatos en la reforma anterior. Los sindicatos mayoritarios ya han puesto el grito en el cielo, al comprobar que se intenta suspender durante dos años el límite actual que impide encadenar contratos temporales.
Juntamente con la reforma constitucional y a la reforma laboral, el Gobierno intenta también imponer una reforma fiscal que comportaría un nuevo aumento tributario. Y como las exigencias recibidas de fuera son tan apremiantes, la tramitación de todas estas reformas hay que hacerla obligatoriamente por la vía de urgencia. Es la única manera que le queda a este Gobierno para mitigar urgentemente los problemas económicos, generados por su torpe manera de actuar a base de bandazos inverosímiles e improcedentes ocurrencias.
Barrillos de las Arrimadas, 30 de agosto de 2011