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lunes, 22 de julio de 2013

10.-El poder adquisitivo de las pensiones en entredicho

El comportamiento decepcionante del Gobierno de Mariano Rajoy ha incrementado desmesuradamente el descontento y la insatisfacción de los ciudadanos por la falta continuada de perspectivas económicas fiables. Se habían hecho muchas ilusiones al constatar que el Partido Popular concurría a las elecciones de noviembre de 2011 prácticamente con el mismo programa que en 1996 y que tan buenos resultados dio entonces.

Pero Rajoy falló estrepitosamente y no cumplió ninguna de sus esperanzadoras promesas. En vez de desarrollar su propio programa, lo archiva inesperadamente y, como si no hubiera habido cambio de Gobierno, sigue practicando la política socialista de los recortes  y  subidas de impuestos. La frustración sufrida por  los ciudadanos fue enorme y sirvió para que creciera considerablemente el descontento y la protesta callejera. La desafección hacia la clase política adquirió rápidamente caracteres alarmantes, y aunque con demasiado retraso terminó por preocupar a los de la casta.

Es muy posible que el Gobierno haya decidido efectuar, por fin, alguna reducción de la administración pública, a costa de los políticos, por miedo a que esa desafección política adquiera proporciones incontrolables. Fue Soraya Sáenz de Santamaría la que comunicó los detalles de tan interesante  iniciativa el pasado 22 de junio, con estas palabras: llegó la hora del "sacrificio de los políticos”. Se trata de acabar con las duplicidades administrativas y, esta vez, tienen que ser los políticos los que sumen su esfuerzo al que, por exigencias de la crisis, vienen realizando últimamente los ciudadanos de a pie, los que menos culpa tienen del desaguisado económico.

Pero esta reforma de las administraciones, además de llegar demasiado tarde, es claramente insuficiente. Como la mayoría de las reformas pilotadas por Mariano Rajoy nace ya descafeinada y van a eliminar muy pocos comederos de los utilizados por las cúpulas de los partidos para pagar favores y colocar a familiares, amigos y conmilitones. Van a desaparecer simplemente algunas entidades regionales, no muchas, y fusionará otras pocas con distintos organismos estatales que ofrezcan los mismos o parecidos servicios, siempre y cuando las Comunidades Autónomas no decidan lo contrario.

El recorte sobre el gasto público total, derivado de esta sombra de reforma administrativa, será necesariamente muy exiguo, ya que las instituciones que desaparecerán con ella tienen muy poca entidad. No se suprimen, sin embargo otras que comportan gastos cuantiosos y que, además, son perfectamente inútiles, como el Senado, ese majestuoso cementerio de elefantes, donde se entretienen unos y otros hablándose a través de intérpretes, aunque todos ellos sepan perfectamente el español.

jueves, 3 de febrero de 2011

JUBILADOS A LOS 67 AÑOS

Al esperado acuerdo entre el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y los sindicatos mayoritarios sobre la reforma de las pensiones, podemos aplicarle lo que escribió el poeta Quinto Horacio Flaco en su ‘Arte poética’ o ‘Epístola a los Pisones’: “Parturient montes, nascetur ridiculus mus” ("parieron los montes, nació un ridículo ratón"). Con esta frase que se ha hecho célebre, el antiguo poeta romano se burlaba de los que anunciaban actos de suma transcendencia, y que al final resultaban ser francamente banales y carentes de la más mínima importancia. Dicho acuerdo, convalidado por el Consejo de Ministros del 28 de enero, tiene esa característica, prometían mucho y terminó prácticamente en nada.

Según manifestaciones de Zapatero y del responsable del Ministerio de Trabajo, con esta reforma se solucionarían definitivamente los problemas futuros de los pensionistas, incluso más allá del año 2025. En realidad todo se redujo a retrasar la jubilación hasta los 67 años, aunque con algunas excepciones, concedidas evidentemente para que los sindicatos aceptasen esa edad fetiche propuesta por el Gobierno. Dichas excepciones, con toda seguridad, restarán efectividad real al pacto social logrado. En vez de una reforma a fondo del sistema público de pensiones que cierre definitivamente toda posibilidad de quiebra de la Seguridad Social, se ha quedado en una reforma ficticia que no garantiza nada, ni a largo ni a mediano plazo

Ese retraso hasta los 67 años será progresivo. En los primeros seis años desde que se apruebe la reforma en las cortes, se retrasará un mes por año y en los nueve siguientes el doble. Será en 2027 cuando la edad de jubilación será ya a los 67 años. Podrán, en cambio, seguir jubilándose a los 65 años aquellos trabajadores que hayan cotizado al menos 38,5 años. No desaparecen las prejubilaciones o jubilaciones anticipadas, que se retrasarán también hasta los 63 años. El período de cálculo de la base de cotización es otra de las variables modificadas, aumentando de 15 a 25 años. 

Los sindicatos lograron introducir una llamativa novedad en esta devaluada reforma de las pensiones, novedad que afecta por igual a los becarios y a las madres y padres que abandonen voluntariamente su trabajo para cuidar a sus hijos recién nacidos. Las prácticas como becarios, que vienen a ser los aprendices de antes, de quienes hayan acabado los estudios universitarios, contarán como periodo cotizado hasta un máximo de dos años que es, más o menos, el tiempo que se supone va a tardar en formarse o adquirir la experiencia debida para ocupar satisfactoriamente un puesto de trabajo determinado. Las madres o los padres que dejen su trabajo para dedicarse al cuidado de sus hijos recién nacidos, podrán disponer de nueves meses por cada hijo, hasta un máximo de dos años que contaran como cotizados. 

Será verdad que el portavoz del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, durmió bien la noche del acuerdo, tal como dijo en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, pero mientras no se tomen otras medidas de mayor alcance, su afirmación de que los que en la actualidad tienen 35, 40 y 45 años tienen asegurada ya, con toda certeza, la percepción de las pensiones “hasta el final de sus días”, es simplemente una broma pesada y de mal gusto. Lo que si es cierto que esos trabajadores de entre 35 y 45 años, si el sistema no quiebra antes, cuando se jubilen, verán reducida su jubilación en un 16% aproximadamente. La raíz del verdadero problema del sistema público de pensiones radica en que los trabajadores afiliados a la Seguridad Social disminuyen en la misma proporción que aumentan los jubilados. 

La reforma actual pactada con los sindicatos y avalada por el Consejo de Ministros valdrá para simular ante Ángela Merkel, en su próxima visita a España, que cumplimos las exigencias impuestas por Bruselas. Pero las dificultades para garantizar la viabilidad del sistema siguen ahí amenazantes. Mientras no se aborde seriamente el problema del paro y se realicen sin miedo las reformas estructurales precisas para crear empleo, pondremos algún parche que otro pero no solucionamos el problema. La reforma actual, si no hay un aumento notable en la afiliación a la Seguridad Social, no soluciona absolutamente nada; lo único que se consigue es prolongar la agonía del actual sistema de pensiones.

Además, la reforma consensuada entre el Gobierno y los agentes sociales es francamente decepcionante para los parados y sobre todo para la juventud que, a pesar de haber terminado sus estudios universitarios, no encuentra hueco en el mercado laboral. Y son muchos los jóvenes menores de 25 años que están en paro. Según los últimos datos proporcionados por Eurostat en el pasado mes de noviembre, la tasa de paro entre ese colectivo es del 43,6%, un porcentaje verdaderamente dramático e insoportable. Será francamente difícil que los jóvenes de hoy día puedan reunir los 37 años cotizados que se exigen con esta reforma, para jubilarse a los 67 y cobrar la pensión máxima. Y mucho menos podrán estos justificar los 38,5 cotizados para jubilarse a los 65 años. Para encontrar a un joven de estos que cumpla todos los requisitos que le den derecho a la pensión máxima, tendremos que salir a la calle con la lámpara que Diógenes de Sinope utilizaba para buscar a un hombre.

Gijón, 29 de enero de 2011

José Luis Valladares Fernández

martes, 21 de diciembre de 2010

DOGMATISMO SECTARIO DEL GOBIERNO

De todos es conocida la historia de aquel famoso hidalgo, de sobrenombre Quijada o Quesada, que en “los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año)”, según nos cuenta Miguel de Cervantes, leía sin control todos los libros de caballería que caían en sus manos. Su curiosidad por este tipo de literatura fue tal, que hasta enajenó parte de su hacienda para hacer acopio de tales libros. Y los leía con tal fruición, sobre todo los del famoso Feliciano de Silva, que se pasaba las noches en claro, hasta que se le secó el cerebro y perdió el juicio por completo.
No parece que José Luis Rodríguez Zapatero sea un ávido lector de ningún tipo de lectura, y menos de aquella que trate de temas de hidalguía y caballerosidad. Pero da la sensación de que, imitando a Don Quijote, también él ha perdido el juicio, aunque aún no sabemos el motivo. Si es cierto que, desde que es presidente del Gobierno, más que remediar situaciones, las complica y suele ir de despropósito en desproposito. Al famoso hidalgo Don Quijote, le dio por hacerse caballero andante y salir en busca de aventuras para acrecentar su honra, rescatando damas y deshaciendo toda clase de entuertos, aunque para ello tuviera que presentar batalla a esos fornidos gigantes que veía en los molinos de viento.
Al parecer, a Rodríguez Zapatero le ha dado por encerrarse en el camarote de los hermanos Marx con alguno de sus palmeros, para estudiar la fórmula que le permita irnos cocinando a fuego lento, a base de Memoria Histórica, de laicismo y de otras zarandajas por el estilo. Convencido de que él es el propio Groucho redivivo, se empecina en salvar lo que previamente ha hundido. Pero como carece del ingenio del auténtico Groucho Marx, los resultados son cada vez más catastróficos. Trata de elaborar proyectos y dictar reformas para frenar el desconcierto mayúsculo de nuestra economía, pero sin término medio, o llegan tarde o no hacen otra cosa que acelerar la descomposición de España.
Desgraciadamente no podemos esperar otra cosa de Zapatero y tampoco de su Gobierno, ya que, para no desentonar con el presidente, está formado de manera exclusiva por gente de andar por casa, que o no van más allá de una vulgar medianía o son perfectas nulidades. Obligados a reducir gastos por imposición directa de Bruselas, no se les ocurre otra cosa que restringir las dotaciones dedicadas a inversiones productivas y a gastos sociales, aumentando simultáneamente los gastos corrientes y burocráticos. Y además siguen con su política nefasta de conceder subvenciones absurdas, como la que acaban de dar ahora a Marruecos, de nada menos que 800.000 euros para organizar un festival de Hip Hop. A parte del dinero empleado en comprar votos, que ha sido mucho, y lo dilapidado para procurarse amistades y en domesticar a los dirigentes sindicales, se han fundido absurdamente millones de euros en los famosos Plan E que los Ayuntamientos dedicaron a construir desde acuarios hasta canchas de pádel y en reconstruir y ensanchar aceras.
Se trata de un Gobierno dogmático y tan simplón que, cuando sube el paro, lo achacan a que aumenta la población activa y, en consecuencia, a que son más las personas demandantes de empleo. Nunca es debido, según ellos, a la destrucción de empleo ocasionada casi siempre por su mala gestión. Si se trata de valorar la marcha negativa de nuestra economía, entonces aparecen como culpables indefectiblemente Aznar, Bush e incluso Ronald Reagan y, como no, los banqueros y los insaciables especuladores. La sumisión ciega y oportunista de los palmeros de Zapatero les lleva a eximirle de toda culpa y, faltaría más, ponen todo su empeño en promocionar su imagen.
Es tan presuntuoso nuestro presidente del Gobierno, que ha llegado a afirmar que no se puede hablar de derechos sociales con el Partido Popular. Se basa Zapatero para tan peregrina afirmación en que este partido, nunca ha hecho políticas sociales, ni siquiera cuando Aznar estuvo al frente del Ejecutivo. Según la torpe percepción del presidente actual, ésta ha sido siempre una labor realizada exclusivamente por el PSOE. Y es lo que, según dice, está haciendo él, a pesar de las dificultades que impone la persistente crisis económica. Por lo visto debe ser muy social recortar los ingresos de los más débiles, como son los trabajadores públicos y los pensionistas, y favorecer el aumento de las listas del paro, mucho más, por supuesto, que favorecer la creación de empleo que es lo que hizo Aznar. Indemnizar a los parados, según parece, está más de acuerdo con una buena política social que el darles un puesto de trabajo.
Como en tiempos de Felipe González, corren otra vez malos tiempos para las pensiones. Entonces estuvieron a punto de hacer crac, pero se conjuró el peligro con la llegada de Aznar a La Moncloa. Con su política liberal, José María Aznar, además de crear casi cinco millones de nuevos empleos, fue capaz de estabilizar y levantar la situación de quiebra técnica de la Seguridad Social. Más aún, creó en 2003 el denominado Fondo de Garantía de las Pensiones, al que por ley debía ir a parar el superávit de la Seguridad Social de cada año. Ahora con Zapatero hemos vuelto a la situación de los tiempos de Felipe González. Al aplicar ciegamente el dogmatismo ideológico propugnado por el socialismo, se ha vuelto a disparar el paro y estamos ya por encima de los cinco millones de parados. Esta situación ha provocado una alarmante disminución de las cotizaciones.
Como a pesar de todo, nuestro Gobierno quiere mantener el demencial tren de gastos actual, al recaudar mucho menos dinero y aumentar los gastos para hacer frente a los subsidios de paro, no le queda otra que emitir deuda hasta unos niveles que resultan altamente peligrosos e inasumibles. Los manejos especulativos sobre nuestra deuda soberana, la poca credibilidad del Ejecutivo y las subidas fiscales hacen que los inversores duden de nuestra solvencia. Esto ha supuesto una huida masiva de capitales y una subida del déficit exterior hasta límites insospechados. Nuestra deuda externa supera ya el billón de euros y, al gastar alocadamente más de lo que producimos, nuestra necesidad de financiación extra sigue aumentando de manera notable.
No es de extrañar que el Estado, en estas circunstancias, trate de acaparar la mayor parte del capital disponible, que no es mucho, para financiar la deuda en que se ha embarcado. De ahí que los responsables del Ministerio de Hacienda hayan puesto los ojos en ese Fondo de Garantía de las Pensiones. Hasta ese momento, la mayor parte de ese Fondo estaba invertido en deuda alemana y francesa, que son activos de máxima seguridad. Como no es fácil colocar nuestra deuda, el Gobierno comete la torpeza de vender esos bonos germanos y galos del Fondo de Garantía e invierte su importe en la devaluada y problemática deuda española. Rodríguez Zapatero y su Gobierno tienen muy a menudo estas genialidades.

Gijón, 19 de diciembre de 2010

José Luis Valladares Fernández