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sábado, 6 de febrero de 2021

VUELVEN LOS BROTES VERDES DEL PSOE

 


En una famosa tragedia de la antigua Grecia, atribuida tradicionalmente a Esquilo, se describe con todo detalle las increíbles peripecias de un personaje tan interesante como Prometeo (Προμηθεὺς). Este célebre Titán se atrevió a desafiar a los dioses y, sin miramiento alguno, les robó el fuego divino y se lo entregó a la humanidad. El dios Zeus se enfureció con semejante osadía y ordenó que fuera encadenado en la cima del monte Cáucaso, y dispuso que un buitre le devorara el hígado, que se regeneraría por la noche, para volver a soportar el mismo suplicio al día siguiente.

Con el robo del fuego a los dioses, para dárselo a los mortales, Prometeo se convirtió en un bienhechor de los hombres y en salvador de la humanidad. En un principio, los hombres eran como los fantasmas de los sueños, que todo lo confundían irremediablemente, de modo que viendo no veían y oyendo tampoco oían. Con la entrega de esa llama, los hombres abandonaron la rudeza y comenzaron a buscar  la perfección y a tratar de descifrar los límites que hay entre lo inmortal y lo mortal.

Según confiesa el propio Prometeo, al entregar el fuego de los dioses a los mortales, les liberó de la obsesión de la muerte y les infundió seguidamente ciegas esperanzas. A partir de ese momento, los hombres, y especialmente, los que se dedican a la política, empezaron a experimentar inquietud por lo insondable y a querer descifrar lo indescifrable.

Y como no podía ser menos, comenzaron a sentirse dioses y a actuar como si realmente lo fueran. En consecuencia, intentarán controlar la vida, porque se  creen dueños y señores absolutos de la misma. No se dan cuenta, que la vida es siempre muy compleja  y escurridiza y nos plantea constantemente nuevos problemas y que todo lo conseguido a base de esfuerzo, al final, no es nada y, si es algo, termina siendo muy efímero.

Y esto es, más o menos, lo que está aconteciendo a los políticos actuales, y sobre todo a los políticos de la izquierda irredenta, como es el caso del PSOE y de Podemos. Intentan controlar la realidad, es verdad, pero se les escapa invariablemente y termina, cómo no, sobrepasándoles. Ya le pasó a José Luis Rodríguez Zapatero, que se creyó el rey del mambo, ideando aquel inexplicable Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo (Plan E). Y le está pasando ahora, quién lo diría,  al insaciable Pedro Sánchez Turrión.

Cuando menos lo esperaban, Rodríguez Zapatero y su ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado Méndez, se encontraron con el estallido de la terrible crisis económica de 2007. Y ocurrió precisamente por culpa del inoportuno pinchazo de la burbuja inmobiliaria y financiera. Pero no se amilanaron lo más mínimo por semejante minucia. Pensaron que, aplicando el Plan E, quedaba resuelto rápidamente el problema.

Para conseguir semejante objetivo, es verdad, no tenían nada más que movilizar grandes cantidades de dinero público, para prestar apoyo a las empresas y a las familias y fomentar cuidadosamente el empleo. Y completaban la faena, adoptando medidas financieras y presupuestarias adecuadas y modernizando las que se refieren a la economía. Y esto era tan evidente para los responsables económicos del Gobierno de entonces, que la ministra Elena Salgado anunció solemnemente, en mayo de 2009, que  “la situación económica  está teniendo algunos brotes verdes”, y solo “hay que esperar a que crezcan”.

Y mira por dónde, para desconcertar y acabar de confundir a estos políticos, tan  presuntuosos como pagados de sí mismos, se produjo un leve y ocasional descenso del paro en ese mes de mayo. Y esto, claro está, fue aprovechado inmediatamente por los responsables del PSOE, para lanzar un vídeo propagandístico, de cara a las próximas elecciones europeas, en el que aparece un terreno árido, donde nace un brote verde.

Al tratarse de una mejora fortuita y pasajera del paro, porque no tuvo continuidad alguna en los meses siguientes, los brotes verdes fueron duramente criticados por la oposición y por la mayor parte de los medios de comunicación. La crítica más jocosa y descarnada se la debemos al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Juan José Güemes, que dijo: “parece que los brotes verdes son de marihuana y se los ha fumado Zapatero”.

Hay que reconocer que, en el Plan E, se inyectaron muchos millones de euros. Algunos medios hablan incluso de más de 50.000 millones, que es una cifra muy desorbitada. A esa cantidad, habría que añadir, cómo no, los gastos en carteles publicitarios, que eran ciertamente muy elevados. Y eran los ayuntamientos los encargados de decidir en qué obras públicas se invertía ese dinero.

Y como la crisis era cada vez más intensa y el paro seguía aumentando descontroladamente, prolongaron sin más el Plan E, aunque dándole otro nombre. A partir de ese momento comenzó a llamarse Plan de Economía Sostenible. Claro que, estas medidas, no importa su nombre, no lograron reactivar la economía. Y sin embargo, si valieron para  agravar aún más la crisis, porque así, se disparó la deuda del Estado y aumentó significativamente el déficit público.

Está visto que los socialistas son incapaces, qué le vamos a hacer, de diagnosticar correctamente las distintas situaciones económicas, y no aciertan nunca a la hora de actuar. En 2008, por ejemplo, España entró en recesión. Y a pesar de todo, el Gobierno de Zapatero siguió a lo suyo y, en vez de adoptar unas medidas oportunas de contención del gasto,  cometió el error de aplicar una deducción de 400 euros en la cuota del IRPF a todos los contribuyentes. Y como era previsible, a finales de 2009 completó la faena, sorprendiéndonos con unos Presupuestos Generales del Estado para 2010 completamente irreales.

Y en mayo de 2010, como era de esperar, pasó lo que tenía que pasar. Con el paro sobrepasando ampliamente el 20%, y con un endeudamiento del 69,5% del PIB, terminó imponiéndose la realidad. En vista de las circunstancias, los ‘hombres de negro’ de Bruselas obligaron a Rodríguez Zapatero a realizar el recorte social mayor de toda la democracia. Además de bajar un 5% el sueldo de los funcionarios, tuvo que congelar también las pensiones. De todos modos, era ya demasiado tarde para mantener a raya al disparatado déficit público, que estaba ya por encima del 8%  del PIB.

Y si dejamos a un lado a Zapatero y  Elena Salgado y nos centramos en Pedro Sánchez y en la vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra  de Economía, Nadia Calviño Santamaría, veremos que no ha cambiado nada. Si antes se ocultaba la realidad, ahora se maquilla cuidadosamente la coyuntura económica que atravesamos.

El Gobierno ahora, es verdad, ha cambiado el estribillo y, en vez de hablar de los famosos ‘brotes verdes’, nos dicen que empieza a verse “la luz al final del túnel”, que tanto más da, para engañarnos miserablemente,  indicándonos que la recuperación económica está a la vuelta de la esquina. Y con semejante mentira, agrandan aún más las complicaciones que encontraremos para salir de esa preocupante situación de ruina económica generalizada, que padecemos.

El optimismo del equipo económico del Ejecutivo que dirige Pedro Sánchez no tiene límites. Y eso le lleva a defender insistentemente, contra viento y marea, que vamos a tener  una salida meteórica de la crisis económica que originó el coronavirus. A pesar de todos los inconvenientes, Nadia Calviño, con la aquiescencia del presidente del Gobierno, sigue manteniendo que  nuestra recuperación económica va a ser en forma de V. Matiza, eso sí, que de momento no sabemos la pendiente que tendrá esa salida.

Y derrochando optimismo, la ministra de Economía quiere hacernos ver, que el Gobierno lo está haciendo muy bien y, como “vamos en la dirección correcta”, se atreve a pontificar, que “el año 2021 será el de la recuperación y transformación de la economía”. Y suelta esta milonga, sabiendo perfectamente el enorme peso que tiene el turismo en la economía española, ya que representa más del 14% del PIB. Y si continúan las circunstancias actuales, y no logramos recuperar y lanzar el sector turístico a tiempo, la caída del PIB puede ser aterradora en los próximos meses.

Son muchos los datos que desmienten la aparentemente buena voluntad de Nadia Calviño. En primer lugar, mientras el coronavirus siga campeando a sus anchas, no habrá manera de recuperar el turismo, que es nuestra principal fuente de ingresos. Y no sé si por ineptitud o por falta de interés, el caso es que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha venido gestionando muy mal esa pandemia,

Y por si fueran pocos los problemas ocasionados por el temible Covid-19, los demás datos económicos muestran igualmente un panorama desolador. Tenemos un presidente del Gobierno fulero e inepto, que no aporta a la economía en general nada más que incertidumbre y desasosiego, porque las medidas que adopta, son siempre muy desacertadas. Un caso muy concreto, lo tenemos  en los Presupuestos Generales del Estado para el año 2021, toda vez que estos presupuestos se sustentan sobre unas previsiones económicas irreales. Así que no se va a cumplir el capítulo de ingresos y ya veremos a ver qué pasa con los gastos.

Y aunque el presidente Sánchez no quiera verlo, España se encuentra en una situación de desventaja con respecto a los demás países de la Unión Europea, por su elevado endeudamiento y por su baja productividad. Como nos gobierna un manirroto, nuestra deuda está creciendo exponencialmente de manera imparable. Cerramos el segundo trimestre de 2020 con una deuda del 110,2% del PIB y al final del tercer trimestre llegamos al 114,1%. Y cuando aparezcan las cuentas definitivas del cuarto trimestre, seguro que andaremos por el 120% del PIB, o incluso, por encima de ese porcentaje.

Hasta ahora, por qué  no decirlo, el BCE ha actuado como salvavidas del Gobierno, porque se ha ido haciendo con una buena parte de nuestra deuda. En 2020, por ejemplo, compró a España la friolera de 120.000 millones de euros. De todos modos, mientras persistamos endeudándonos así, nuestra recuperación económica seguirá estando muy lejos y dibujará una L extremadamente larga.

 

Gijón, 19 de enero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández


sábado, 9 de enero de 2021

LOS VAIVENES DE LA ECONOMIA EN LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA

 



 2.-La evolución de la economía entre marzo de 2004 y enero de 2021

        Si nos atenemos a las circunstancias, podemos decir que José Luis Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa, a bordo de unos trenes despanzurrados en el terrible atentado que se produjo tres días antes de las elecciones generales del 14 de marzo de 2004.  Aunque no andaba muy sobrado de luces, Zapatero ganó esas elecciones, por sorpresa y contra todo pronóstico, por la manipulación que se hizo interesadamente de aquel sangriento atentado, que aún tiene varias incógnitas por aclarar.

Con la llegada de Rodríguez Zapatero a la presidencia del Gobierno, se abrió una etapa de dogmatismo ideológico, que devolvió al PSOE a su pasado más cutre. Se trataba de reescribir la historia, para quitar validez a la meritoria Transición española de los años 70, y devolver el honor y la dignidad moral a los del bando opuesto al franquismo. Con la mascarada de su ‘Memoria Histórica’, Zapatero buscaba infatigablemente que, después de tantos años, ganaran aquella guerra los que la perdieron entonces y huyeron al exilio, llevándose las pocas riquezas que aún quedaban a los españoles.

No cabe duda que Rodríguez Zapatero recibió una herencia bastante aceptable, que no supo aprovechar. Se encontró aproximadamente con unos 2.227.000 parados. Pero al cabo de pocos años, cuando se vio obligado a marchar de La Moncloa, ya tenía un total de 4.910.200 desempleados, el 21,4% de la población activa.

Durante los tres primeros años vivió de las rentas, porque las reservas que le dejó José María Aznar cubrían enteramente sus necesidades. Y como se dejaba llevar por la inercia del crecimiento heredado, hasta daba la impresión que se había olvidado del intervencionismo típico de los socialistas. Pero a mediados del año 2007, cuando nadie lo esperaba, estalló la famosa crisis de las hipotecas basura en Estados Unidos que llenó de incertidumbre a las demás economías mundiales, incluida la española.

Fue entonces, cuando aparecieron los primeros problemas que Zapatero intentó solucionar incrementando disparatadamente el gasto público, pasando en ese ejercicio de un superávit de casi 2 puntos sobre el PIB, a un preocupante déficit del 4,4%. Pero esto no era nada más que el principio del desaguisado económico. En 2009, el déficit se volvió a disparar, y subió hasta el 11,1% del PIB. Y el Gobierno desnortado de Rodríguez Zapatero, trató de remediar el problema, con un aumento disparatado de la presión fiscal, que alcanzaba los 15.000 millones de euros.

Y en mayo de 2010, cuando España estaba al borde del rescate financiero, Zapatero se ve obligado a realizar el mayor recorte del gasto social de la Democracia. Obligado por las circunstancias y por los ‘hombres de negro’ de Bruselas, bajó el sueldo de los funcionarios un 5% y congeló inopinadamente las pensiones.

Cuando Zapatero abandonó el poder, dejaba una deuda totalmente envenenada a su sucesor. Además de los datos negativos que ya conocemos, el endeudamiento de España estaba ya en el 69,5% del PIB. Y en esa deuda de 734.530 millones de euros, quedaban fielmente reflejados, entre otros, los gastos absurdos de la chiquillada del cheque  de los 400 euros y el Plan E. Y para quitar hierro en el traspaso de poderes, Zapatero aseguró al PP que quedaba un déficit del 6%. No le dijo, en cambio, que dejaba más de 35.000 millones en facturas sin contabilizar, que elevaba ese déficit, al menos, hasta un 9,6%.

En las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011, Mariano Rajoy logra una mayoría absoluta considerable. Y es absolutamente normal que sucediera así, ya que los ciudadanos estaban hasta la coronilla de las ‘jaimitadas’ de Rodríguez Zapatero y el líder del Partido Popular accedía a aquellos comicios con un programa muy completo y atrayente.

En primer lugar, Rajoy se comprometía explícitamente a no subir los impuestos. Intentaría solucionar el problema, reduciendo los gastos públicos para que haya menos paro y más  crecimiento. Para mantener el Estado del Bienestar, procuraría reducir el tamaño del sector público, eliminando empresas y fundaciones inútiles, para mantener intactos todos los servicios básicos. Y además de otras promesas, promulgaría una Ley de Estabilidad para controlar las cuentas de las Comunidades Autónomas. Y más importante aún, mantener el poder adquisitivo de las pensiones era una línea roja, que no traspasarían jamás.

Pero se da la circunstancia que Mariano Rajoy, no sé si por decisión propia, o por imposición de la logia de turno,  se olvidó muy pronto de sus promesas electorales y, nada más llegar al Gobierno, subió el IRPF y simultáneamente, subió también el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI). Y posteriormente incrementó también el IVA Y en vez actualizar las pensiones con arreglo al 2,9%, que fue la tasa de inflación de 2011, estableció el copago, que obligaba a los pensionistas a pagar el 10% del coste de sus medicamentos. Y no paró ahí, ya que se tragó todas las leyes ideológicas, promulgadas por Rodríguez Zapatero.

Y en diciembre de 2015, cuando se celebraron las siguientes elecciones, los ciudadanos pasaron la correspondiente factura a Mariano Rajoy, por el incumplimiento de sus promesas solemnes. Y pasó lo que tenía que pasar, los 186 diputados anteriores quedaron reducidos a solo 123 escaños. En esas circunstancias es absolutamente normal que se encontrara con cantidad de  complicaciones graves para formar Gobierno.

En cuanto al resultado económico de su gestión al frente del Gobierno, hay que decir que, en 2011 el Producto Interior Bruto (PIB) cayó hasta el 1%. Y en 2012, que fue el año del rescate de la banca, se desplomó hasta el 2,9%. A partir de 2015, el PIB se fue recuperando paulatinamente, alcanzando en 2018 una tasa interanual de  crecimiento del 3%.

No tuvo Mariano Rajoy la misma suerte con la deuda pública, que seguiría incrementándose gradualmente hasta llegar, en 2014,  al 100% del PIB. A partir de entonces comenzaría a mejorar ligeramente, para quedar en 2018 en el 98,30% del PIB, lo que supone una deuda astronómica de 1,140.000 billones de euros, que heredará y empeorará aún más el sabiondo y entrometido Pedro Sánchez.

Cuando Mariano Rajoy llegó al Gobierno, se encontró con una tasa de paro del 21,4%. Y esa tasa de paro siguió escalando puestos, hasta llegar al 26,1% en el año 2013. En esa fecha, ningún país de la Unión Europea, tenía tantos desempleados como España. Llegamos a superar holgadamente a Grecia, que ya es decir.

Esa situación tan dramática comenzó a mejorar progresivamente, tras la reforma laboral introducida por Rajoy, que ha sido criticada y puesta en entredicho por el infortunado dúo gubernamental, formado por la imprevisible pareja de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. El caso es que, en junio de 2018, cuando Rajoy es obligado a salir de La Moncloa, la cifra de parados sumaba un total de 3.252.130, que representaban el 15,28% de la población activa.

En esa fecha, el intruso y atrevido Pedro Sánchez presentó una moción de censura al Gobierno de Mariano Rajoy. Y justificó ese hecho en la sentencia parcial contra la trama Gürtel, retorciendo torticeramente la condena, para incluir entre los culpados al propio Partido Popular. En esa ocasión, el secretario general del PSOE consiguió lo que no le dejaron hacer los barones socialistas en octubre de 2016: pactar con lo más granado de los enemigos declarados de España. Se alió con los comunistas de Unidas Podemos, con los independentistas catalanes, con el PNV y, vaya por Dios, hasta con los proetarras de Bildu.

Estamos, por lo tanto, ante una moción de censura tramposa, utilizada irregularmente para apartar a Mariano Rajoy del poder, porque no cumplía los requisitos más elementales, requeridos por nuestra Constitución. Esa moción de censura debería ser constructiva, pero Sánchez llegaba sin un programa político de Gobierno y, al no contar nada más que con ochenta y cuatro diputados propios, carecía también de una mayoría suficiente para desarrollar ese programa. No tenía nada más que unas ganas locas de llegar a La Moncloa, para dar alas a su enorme y enfermiza egolatría.

El pecado mayor de Pedro Sánchez es, creo yo, la vanidad, la presunción y, por supuesto, la envidia. Y aunque no anda muy sobrado de luces, va de divo por la vida. Se ha endiosado tanto, que presume insolentemente de su planta y hasta de su sombra y le produce una terrible dentera que el rey Felipe VI disfrute de los oropeles  y de los ornatos que proporciona el ser jefe del Estado.

Y son los españolitos de a pie los que pagan inocentemente el pato de las medidas osadas que toma un presidente del Gobierno tan intervencionista y radical como Pedro Sánchez. Como no tenía otra manera de hacerlo, recurrió al consabido Real Decreto Ley, que criticaba anteriormente, para recuperar las ayudas a los parados de larga duración y para subir el salario mínimo un 22,3%, cuando solo llevaba medio año al frente del Gobierno. Y todo sin comprobar si había dinero bastante para semejantes dispendios.

Lo primero que hace es elaborar unos Presupuestos Generales del Estado (PGE) para 2019, que fueron oportunamente devueltos al Gobierno, porque contemplaban una subida de impuestos alarmante y un incremento exponencial del gasto, que rondaba los 7.000 millones de euros.  Y a la vez disparaba exageradamente  los objetivos de déficit y de deuda. No sé de dónde pensaría sacar el dinero para mantener el equilibrio presupuestario, porque con los impuestos sería poco menos que imposible llegar a cubrir esa millonada de gastos.

El rechazo, por parte del Congreso de los Diputados, del presupuesto propuesto para el año 2019, llevó al presidente Sánchez a convocar unas elecciones generales anticipadas, que se celebraron el 28 de abril de 2019. En estos comicios, es verdad, el PSOE pasó de 84 diputados a contar con 123 escaños. Así que Pedro Sánchez, para ser investido presidente del Gobierno, necesitaba contar con el apoyo de otras fuerza políticas.

Y al no contar con los votos de Unidas Podemos que, por lo visto, eran sus “socios preferentes”, fue preciso volver a repetir las elecciones. Y ese nuevo proceso electoral tuvo lugar el 10 de noviembre de 2019. Pero los resultados, aparentemente al menos, no aclararon la situación en absoluto, ya que volvió a ganar el PSOE, pero perdiendo tres escaños con respecto a las pasadas elecciones del 28 de abril.

Pero el envanecido Pedro Sánchez, que no estaba dispuesto a abandonar La Moncloa,  aceptó sin más todas las condiciones que imponía el incorregible guerrillero Pablo Iglesias. Y aunque conocía sobradamente, según sus propias palabras, que con una persona cercana al líder de Podemos en los ministerios “no dormiría tranquilo”, accedió a formar un Gobierno de coalición. Y mira por donde, además de dar un ministerio al propio Pablo Iglesias, le entrega la ‘vicepresidencia segunda’ del Gobierno y nombra también ministra a Irene Montero, que es la compañera sentimental de Iglesias.

El programa económico de este Gobierno de coalición se radicaliza hasta extremos verdaderamente graves. Recupera la subida de impuestos de los PGE de 2019, que habían sido rechazados. Y no contentos con semejante desafuero, hablan de derogar la reforma laboral de Mariano Rajoy, que dio tan buenos resultados para mejorar las estadísticas del paro.

Quieren también subir artificialmente el salario mínimo, lo que es letal sobre todo para las pymes y para los autónomos, ya que así da lugar a una disminución notable de la demanda empresarial, que se traducirá en un aumento considerable del desempleo. Y no cabe la menor duda que esa vuelta acelerada al intervencionismo radical influirá contundentemente en la desaceleración o agotamiento del crecimiento económico y, por lo tanto, en la destrucción  de puestos de trabajo.

En 2017, por ejemplo, estuvimos creciendo al 2,9%, para bajar rápidamente al 2,4% en 2018 y al 2% en 2019. Al finalizar 2019, Pedro Sánchez  ya tenía 1.723 parados más, que cuando llegó al Gobierno. Pero esto no es más que el principio del desastre que se avecina. Y la peor parte, que le vamos a hacer, se la van a llevar los autónomos que, en esa misma fecha, ya habían desaparecido nada menos que 10.279 de las listas de la Seguridad Social.

Sin ir más lejos, al finalizar 2020, el paro registrado en las oficinas de Empleo ya alcanzaba la escalofriante cifra de 3.888.137 parados, más de 630.000 más de los que le dejó Mariano Rajoy. Y no podemos olvidar que, en esa fecha, había 755.613 personas incluidas en las listas de los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE). Y muchos de los trabajadores que ahora están cobijados en los ERTE, como consecuencia de la asfixia que padecen las empresas, terminarán pasando lamentablemente a engrosar los ERE.

Algo muy parecido está pasando con la deuda pública. Cuando Pedro Sánchez era el único responsable del Gobierno, la deuda venía creciendo diariamente una media de 105,99 millones de euros.  Pero desde que se asoció con el del moño, la deuda crece a un ritmo de unos 168,20 millones por día.

Y la situación seguirá agravándose, porque a la vez  que crece exponencialmente el gasto, también cae en picado la recaudación y se produce un descenso importante del PIB. Dependiendo de la intensidad que alcance el movimiento del déficit y del PIB, es casi seguro que la deuda española termine, a finales de 2020, termine entre el 115% y el 125% del PIB. De hecho, el gobernador del Banco de España pronostica que terminaremos este ejercicio en el 128,7%, y afirma que, de seguir así las cosas, es muy posible que, a finales de 2021, superemos el 130% del PIB.

Es sabido que Pedro Sánchez, arropado por sus disciplinados polizontes, achaca el cataclismo que sufre nuestra economía a la pandemia, por culpa de las restricciones de movimientos, el cierre de fronteras, las limitaciones comerciales y el cierre de los centros de ocio, para frenar la propagación del coronavirus. Y es verdad que todas estas medidas restrictivas han tenido un impacto notable en la marcha de la economía española.

Pero el verdadero culpable de la situación económica que  atravesamos es el propio presidente del Gobierno, que ha hecho una gestión desastrosa de esa epidemia. Presume mucho, pero en porcentajes, tenemos más contagiados y más muertos que nadie y una destrucción de riqueza que hace historia. Está visto que, para desarrollar satisfactoriamente su papel de gobernante necesita más luces y, sobre todo, le sobra arrogancia y soberbia.

 

Gijón, 28 de diciembre de 2020

 

José Luis Valladares Fernández

domingo, 12 de mayo de 2013

1.- Del engaño a la crisis económica


En España, desde que José Luis Rodríguez Zapatero asumió la Presidencia del Gobierno, comenzamos todos a vivir opulentamente, gastando dinero sin control alguno. Nos comportábamos como si nos sobrara el dinero, comprando a lo loco hasta el más absurdo de los antojos. Y entre tanto, el Gobierno de Zapatero disfrutaba repartiendo dinero a manos llenas. Entre los agraciados estaban los sindicatos, los titiriteros, los colectivos de gais y lesbianas nacionales y extranjeros y las más insospechadas ONGs. También participaban de este generoso reparto los distintos tiranos que aún hoy siguen esclavizando a sus pueblos en cualquier parte del mundo. Entre los agraciados, tenemos a los Hnos. Castro, Hugo Chávez y Evo Morales y, cómo no,  hasta el Sultán de  Marruecos. Y es que, tanto Zapatero como los que le rodeaban, pensaban que el dinero de la caja pública era inagotable.
Sin que nadie lo esperara, y menos en España, se produce una galopante pérdida  de liquidez en el sistema bancario estadounidense. Todo un cataclismo económico, el más grave desde el ‘crack’ del 29, conocido también con el nombre ‘La Gran Depresión’. El resultado inmediato, como entonces, fue devastador y propició inevitablemente la quiebra de más de medio centenar de bancos y varias entidades financieras. Ni la reacción inmediata del Gobierno de Estados Unidos, inyectando cientos de miles de millones de dólares, fue capaz de evitar su bancarrota.
Entre las entidades financieras involucradas están, entre otras,  los bancos de inversiones Lehman Brothers y Bear Stearns,  la aseguradora AIG y las dos mayores entidades hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac. Una de las unidades del  banco de inversiones Lehman Brothers estaba especializada  en la concesión de créditos a clientes con muy poca solvencia y el exceso de hipotecas basura le llevó irremediablemente a declararse en quiebra el 15 de septiembre de 2008. El Gobierno de Estados Unidos se mantuvo al margen y no acudió en su ayuda. Sí acudió, en cambio, en auxilio del Bear Stearns, cuando se desplomaron sus acciones en la Bolsa de Nueva York, evitando así que su colapso afectase a otras instituciones.
Otro tanto pasó con la American International Group (AIG), líder mundial de seguros y servicios financieros. La aseguradora AIG había apostado fuertemente por las hipotecas de alto riesgo, las famosas ‘subprime’, lo que supuso una enorme pérdida millonaria.  Otro tanto le ocurrió con los seguros que hacía a sus clientes, para prevenir los posibles riesgos de quiebra de las empresas en las que hubieran invertido sus dineros. La marcha de la economía fue determinante para que esta entidad perdiera el 92% de su valor en bolsa y no pudiera hacer frente a las pérdidas acumuladas, bastante más de los 18.000 millones de dólares. Para evitar que la quiebra de AIG arrastrara fatalmente a todo el sistema financiero mundial, la Reserva Federal de los Estados Unidos se hizo con el 80% de sus activos.

miércoles, 23 de febrero de 2011

¿HUMILDAD O ALTANERÍA MESIÁNICA?

La mejor definición de la humildad, la más simple y sumamente profunda, la encontramos en Las Moradas de Santa Teresa de Jesús.  “La humildad es andar en verdad”, dice la santa abulense, que es tanto como decir que es la sabiduría de lo que somos. La humildad así entendida es una virtud cristiana y, como tal, viene a ser el fundamento imprescindible de la moral de los que practican esta religión. Pero Zapatero, que no comulga precisamente con esa doctrina, seguro que está más de acuerdo con la explicación de Nietzsche. Para Nietzsche, en efecto, la humildad no significa más que una bajeza, una debilidad de instintos propia de quienes se dejan llevar por una moral de esclavos. 

El pasado día 13, en la clausura de la Convención Municipal que el PSOE celebraba en Sevilla, Zapatero trata de reactivar la moral de los suyos abusando de esa altanería mesiánica que le caracteriza. Aún  no está escrito, dijo, el resultado de las elecciones municipales y autonómicas del próximo 22 de mayo. Y añadió muy ufano: "El PP está convencido de que va a ganar de calle las elecciones Se les olvida solo una cuestión que yo tengo presente cada minuto: para ganar unas elecciones hay que merecerlo”. El Partido Popular no ha hecho ningún mérito que le haga acreedor a semejante victoria, ya que apenas ha dedicado tiempo y esfuerzo a analizar los graves problemas que amenazan a nuestro Estado de bienestar. 

En cambio, sí se merece esa victoria, faltaría más, Rodríguez Zapatero y de rebote el PSOE. Y es precisamente la humildad la que le da derecho a seguir contando con el beneplácito de los ciudadanos.  Pues, como él mismo dice, saldrá a la calle “con humildad y asumiendo los errores” para explicar que las reformas hechas eran absolutamente necesarias para seguir contando con una protección social eficaz. El PSOE,  al igual que él, merece esa victoria porque, a pesar de la crisis, ha sabido mantener sus señas de identidad mejorando notablemente el Estado de bienestar y la igualdad. Por eso pide a sus futuros alcaldes que, de cara a las elecciones del 22 de mayo, centren toda su campaña en la promoción del empleo, "y que no sea una campaña de rifirrafe, porque no es lo que necesita España. Este país necesita acuerdos, propuestas, seriedad, trabajo y rigor".

Pero la humildad del presidente del Gobierno no fue más allá. Al igual que hubiera hecho el superhombre que Mnos describe Nietzsche, Rodríguez Zapatero sacó a relucir inmediatamente su apabullante altivez, para ahogar en el acto ese oscuro gesto de humildad apenas esbozado. Y comienzan las descalificaciones para sus adversarios políticos. El presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, no tiene cara de ganador, carece de ideas y de programas y utiliza siempre "cuatro o cinco palabras: la culpa es de Zapatero". No importa que se esté hablando del desempleo, de la crisis económica o de las cajas de ahorro. Acusa con toda crudeza al Partido Popular de dedicar muy poco tiempo y muy poco esfuerzo a esclarecer los problemas que nos acucian y añade: "ojalá pudiéramos tener con ellos ese contraste de ideas, pero cuando expresan su opinión es de medio lado. España siempre ha tenido una derecha muy original, no hay más que ver su trayectoria".

Como la cosa más natural, el jefe del Ejecutivo carga ásperamente contra el Partido Popular por pretender, dice, que su Gobierno hubiera adivinado la llegada de la crisis y medido anticipadamente su dimensión, cuando ni el Fondo Monetario Internacional supo hacerlo.  Zapatero no solamente no supo  prever la crisis; su ineptitud llegó hasta el extremo de no reconocerla cuando ya estaba haciendo estragos en nuestra economía. Su egolatría le incapacitó hasta para escuchar a Manuel Pizarro en aquel famoso debate preelectoral con Pedro Solbes, donde el ex presidente de Endesa describió perfectamente lo que estaba ocurriendo y avanzó con bastante exactitud la mayor parte de las vicisitudes económicas que hemos tenido que soportar. Este hecho le dio pie a Zapatero para llamar antipatriotas a los defensores de las tesis de Manuel Pizarro. 

Es ahora cuando el presidente del Gobierno  pide la colaboración de Rajoy, para poner orden en nuestra maltrecha economía, y se queja una y otra vez de que no arrima el hombro. Se olvida de que Mariano Rajoy se ha ofrecido,  al menos por tres veces,  a cooperar lealmente para salir con el menor daño posible de tan acuciante crisis. Entre esas tres ofertas claras de pacto de Estado, destaca la realizada en el debate de investidura. Habría que añadir igualmente gran cantidad de enmiendas y propuestas que, con idéntico fin, fueron  presentadas por el Partido Popular a lo largo de esta segunda legislatura. Pero como es lógico, un gran líder de masas como Rodríguez Zapatero, convencido de su papel relevante en la historia, rechazó frontalmente ese pacto aduciendo para ello simples “razones ideológicas”. En cuanto a las sucesivas enmiendas y propuestas han sido ignoradas sistemáticamente. 

Ante una perspectiva evidente de fracaso en las próximas elecciones de mayo, Zapatero recurre al victimismo y achaca todos los problemas económicos que padecemos a la arraigada insolidaridad de la derecha. Y no contento con esto, acude hasta la descalificación personal  de Rajoy. Para su pésima gestión, en cambio, todos son ditirambos y alabanzas desmesuradas. Ocurrencias tan desafortunadas y fallidas como la del Plan E, en el que se gastaron inútilmente más de 13.000 millones de euros entre 2009 y 2010, han servido, según dice Zapatero, para mantener a flote la economía española, renovando oportunamente buen número de infraestructuras y equipamientos. Con razón dijo Iñaki Gabilondo en La Sexta, después de la desilusión que llevó por el cierre inesperado de CNN+, que Zapatero “ha infravalorado la dificultad de algunas cosas y ha sobrevalorado su propia capacidad”.

El voluntarismo ciego e incontrolado que padece Zapatero, le ha llevado a presumir insolentemente de una ejemplar austeridad en el gasto que no practica en absoluto y a sobrevalorar sus iniciativas, como es el caso de la reforma laboral y la reforma de las pensiones. De la reforma de las pensiones llega a decir jactanciosamente que es “para hoy, para mañana, y para pasado mañana”. Y es que aquí, a pesar de su manifiesta ineficacia, aparece de nuevo su orgullo irredento y la altivez del superhombre de “Así habló Zarathustra”, para ahogar en el acto cualquier apariencia de humildad aún antes de nacer. “Pero, ¡qué le vamos a hacer!, José Luis Rodríguez Zapatero es así.

Gijón, 19 de febrero de 2011

José Luis Valladares Fernández

martes, 21 de diciembre de 2010

DOGMATISMO SECTARIO DEL GOBIERNO

De todos es conocida la historia de aquel famoso hidalgo, de sobrenombre Quijada o Quesada, que en “los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año)”, según nos cuenta Miguel de Cervantes, leía sin control todos los libros de caballería que caían en sus manos. Su curiosidad por este tipo de literatura fue tal, que hasta enajenó parte de su hacienda para hacer acopio de tales libros. Y los leía con tal fruición, sobre todo los del famoso Feliciano de Silva, que se pasaba las noches en claro, hasta que se le secó el cerebro y perdió el juicio por completo.
No parece que José Luis Rodríguez Zapatero sea un ávido lector de ningún tipo de lectura, y menos de aquella que trate de temas de hidalguía y caballerosidad. Pero da la sensación de que, imitando a Don Quijote, también él ha perdido el juicio, aunque aún no sabemos el motivo. Si es cierto que, desde que es presidente del Gobierno, más que remediar situaciones, las complica y suele ir de despropósito en desproposito. Al famoso hidalgo Don Quijote, le dio por hacerse caballero andante y salir en busca de aventuras para acrecentar su honra, rescatando damas y deshaciendo toda clase de entuertos, aunque para ello tuviera que presentar batalla a esos fornidos gigantes que veía en los molinos de viento.
Al parecer, a Rodríguez Zapatero le ha dado por encerrarse en el camarote de los hermanos Marx con alguno de sus palmeros, para estudiar la fórmula que le permita irnos cocinando a fuego lento, a base de Memoria Histórica, de laicismo y de otras zarandajas por el estilo. Convencido de que él es el propio Groucho redivivo, se empecina en salvar lo que previamente ha hundido. Pero como carece del ingenio del auténtico Groucho Marx, los resultados son cada vez más catastróficos. Trata de elaborar proyectos y dictar reformas para frenar el desconcierto mayúsculo de nuestra economía, pero sin término medio, o llegan tarde o no hacen otra cosa que acelerar la descomposición de España.
Desgraciadamente no podemos esperar otra cosa de Zapatero y tampoco de su Gobierno, ya que, para no desentonar con el presidente, está formado de manera exclusiva por gente de andar por casa, que o no van más allá de una vulgar medianía o son perfectas nulidades. Obligados a reducir gastos por imposición directa de Bruselas, no se les ocurre otra cosa que restringir las dotaciones dedicadas a inversiones productivas y a gastos sociales, aumentando simultáneamente los gastos corrientes y burocráticos. Y además siguen con su política nefasta de conceder subvenciones absurdas, como la que acaban de dar ahora a Marruecos, de nada menos que 800.000 euros para organizar un festival de Hip Hop. A parte del dinero empleado en comprar votos, que ha sido mucho, y lo dilapidado para procurarse amistades y en domesticar a los dirigentes sindicales, se han fundido absurdamente millones de euros en los famosos Plan E que los Ayuntamientos dedicaron a construir desde acuarios hasta canchas de pádel y en reconstruir y ensanchar aceras.
Se trata de un Gobierno dogmático y tan simplón que, cuando sube el paro, lo achacan a que aumenta la población activa y, en consecuencia, a que son más las personas demandantes de empleo. Nunca es debido, según ellos, a la destrucción de empleo ocasionada casi siempre por su mala gestión. Si se trata de valorar la marcha negativa de nuestra economía, entonces aparecen como culpables indefectiblemente Aznar, Bush e incluso Ronald Reagan y, como no, los banqueros y los insaciables especuladores. La sumisión ciega y oportunista de los palmeros de Zapatero les lleva a eximirle de toda culpa y, faltaría más, ponen todo su empeño en promocionar su imagen.
Es tan presuntuoso nuestro presidente del Gobierno, que ha llegado a afirmar que no se puede hablar de derechos sociales con el Partido Popular. Se basa Zapatero para tan peregrina afirmación en que este partido, nunca ha hecho políticas sociales, ni siquiera cuando Aznar estuvo al frente del Ejecutivo. Según la torpe percepción del presidente actual, ésta ha sido siempre una labor realizada exclusivamente por el PSOE. Y es lo que, según dice, está haciendo él, a pesar de las dificultades que impone la persistente crisis económica. Por lo visto debe ser muy social recortar los ingresos de los más débiles, como son los trabajadores públicos y los pensionistas, y favorecer el aumento de las listas del paro, mucho más, por supuesto, que favorecer la creación de empleo que es lo que hizo Aznar. Indemnizar a los parados, según parece, está más de acuerdo con una buena política social que el darles un puesto de trabajo.
Como en tiempos de Felipe González, corren otra vez malos tiempos para las pensiones. Entonces estuvieron a punto de hacer crac, pero se conjuró el peligro con la llegada de Aznar a La Moncloa. Con su política liberal, José María Aznar, además de crear casi cinco millones de nuevos empleos, fue capaz de estabilizar y levantar la situación de quiebra técnica de la Seguridad Social. Más aún, creó en 2003 el denominado Fondo de Garantía de las Pensiones, al que por ley debía ir a parar el superávit de la Seguridad Social de cada año. Ahora con Zapatero hemos vuelto a la situación de los tiempos de Felipe González. Al aplicar ciegamente el dogmatismo ideológico propugnado por el socialismo, se ha vuelto a disparar el paro y estamos ya por encima de los cinco millones de parados. Esta situación ha provocado una alarmante disminución de las cotizaciones.
Como a pesar de todo, nuestro Gobierno quiere mantener el demencial tren de gastos actual, al recaudar mucho menos dinero y aumentar los gastos para hacer frente a los subsidios de paro, no le queda otra que emitir deuda hasta unos niveles que resultan altamente peligrosos e inasumibles. Los manejos especulativos sobre nuestra deuda soberana, la poca credibilidad del Ejecutivo y las subidas fiscales hacen que los inversores duden de nuestra solvencia. Esto ha supuesto una huida masiva de capitales y una subida del déficit exterior hasta límites insospechados. Nuestra deuda externa supera ya el billón de euros y, al gastar alocadamente más de lo que producimos, nuestra necesidad de financiación extra sigue aumentando de manera notable.
No es de extrañar que el Estado, en estas circunstancias, trate de acaparar la mayor parte del capital disponible, que no es mucho, para financiar la deuda en que se ha embarcado. De ahí que los responsables del Ministerio de Hacienda hayan puesto los ojos en ese Fondo de Garantía de las Pensiones. Hasta ese momento, la mayor parte de ese Fondo estaba invertido en deuda alemana y francesa, que son activos de máxima seguridad. Como no es fácil colocar nuestra deuda, el Gobierno comete la torpeza de vender esos bonos germanos y galos del Fondo de Garantía e invierte su importe en la devaluada y problemática deuda española. Rodríguez Zapatero y su Gobierno tienen muy a menudo estas genialidades.

Gijón, 19 de diciembre de 2010

José Luis Valladares Fernández