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viernes, 19 de mayo de 2017

A CADA UNO LO SUYO

III – Primeros pasos de la II República

En España, es verdad, se instauró por dos veces la República, y terminó rematadamente mal en ambas ocasiones.  La I República fue proclamada por las Cortes el 11 de febrero de 1873, tras la renuncia al trono de España del rey Amadeo I de Saboya. Hay que reconocer que, de aquella, el republicanismo tenía muy poco predicamento entre los españoles de a pie, y los políticos estaban internamente divididos. Por un lado estaban los federalistas moderados que pretendían construir la federación desde arriba, desde el Estado. Y por otro, estaban los intransigentes que, como Antonio Gálvez Arce, pretendían construir esa federación desde abajo.
Y gracias a esa división interna que mantenían los federalistas, la República mantuvo siempre su debilidad inicial y su enorme inestabilidad política. Precisamente por eso, y a pesar de su extremada brevedad, fueron cuatro los presidentes que se sucedieron en ese año escaso: Estanislao Figueras, Francisco Pi y Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar, todos ellos militantes del Partido Republicano Federal.
La Tercera Guerra Carlista y los continuos disturbios que se generaban en las Antillas Mayores con la aparición del sentimiento nacional  en Cuba y en otras colonias, estaban demorando excesivamente la puesta en marcha del sistema federal acordado. Y ese retraso fue determinante para que los federalistas jacobinos e intransigentes decidieran independizarse de Madrid y llenar España de minúsculas repúblicas autónomas, los famosos cantones independientes, algunos tan pequeños como Camuñas o Jumilla. Ese levantamiento cantonal afectó principalmente a localidades de Valencia, Murcia y Andalucía.
Destaca por su violencia, y por su duración, la República independiente o cantón de Cartagena, que logró mantener su independencia algo más de medio año. El diputado federal murciano, Antonio Gálvez Arce, apodado  Antonete,  asumió el mando del cantón, y el día 12 de julio de 1873, con la inestimable ayuda de la marinería, se apoderó de la flota de  la Armada, que estaba fondeada en el puerto de Cartagena.
Comandando esa especie de escuadra pirata, el famoso diputado Antonete, se dedicaba constantemente a sembrar el terror en las ciudades y poblaciones costeras más próximas.  Y todo, para que  se unieran a la rebelión y, más que nada, para que contribuyeran a los gastos con cuantiosos impuestos revolucionarios. Y cuando alguna ciudad se negaba a pagar ese impuesto, era inmediatamente bombardeada, como ocurrió con Almería y con Alicante, por negarse a abonar los 100.000 duros exigidos.

domingo, 10 de agosto de 2014

EXPERIENCIA REPUBLICANA EN ESPAÑA

La República fue siempre muy nefasta para España y ha causado invariablemente numerosos problemas, todos ellos muy graves. La conflictividad originada por el régimen republicano ha sido siempre excesiva, excesivamente trágica y hasta traumática. Los que vivieron de cerca los deplorables acontecimientos que surgieron durante la vigencia de ambas Repúblicas, quedaron definitivamente vacunados contra el republicanismo. 

La I República Española inició su andadura en febrero de 1873, tras la abdicación de Amadeo I, y fue muy efímera, ya que no duró nada más que hasta el 3 de enero de 1874. El nuevo régimen se caracterizó precisamente por su desbarajuste continuado y su inestabilidad política. Sus cinco fugaces presidentes intentaron infructuosamente reconducir los destinos de la nueva República. Pero la falta de una base republicana suficientemente amplia y consolidada, la obcecación y la falta de escrúpulos de los responsables políticos republicanos, aceleraron la desaparición de la joven República.

Al instaurarse la República, fue elegido presidente Estanislao Figueras. Pero, como consecuencia la crisis económica que aquejaba a España, la proclamación indebida del Estat Català y la división interna de su propio partido,  fue apartado del cargo a los cuatro meses escasos de su nombramiento. Le sustituyó en la magistratura más alta del Estado Francisco Pi y Margal. El nuevo presidente de la República era un federalista convencido y convirtió a España en una República Federal. Esta decisión sirvió de estímulo al cantonalismo, que ya había hecho estragos en varias regiones españolas, sobre todo en Valencia, Murcia y Andalucía, y se desató seguidamente la fiebre disgregadora. Además de Cataluña, se declararon Repúblicas independientes varias provincias e incluso algunas ciudades. Es el caso de Valencia, Castellón, Málaga, Sevilla, Cádiz, Granada, Cartagena, Jumilla y Camuñas.

Con el federalista Pi y Margal al frente de la República, España entró en un proceso acelerado de desintegración nacional. Como consecuencia del desmadre institucional originado, se vivieron hechos sumamente insólitos y llamativos. La república de Granada, por ejemplo, declaró la guerra a la de Jaén, y la de Jumilla se envalentonó y amenazó a la de Murcia y a las demás “naciones” vecinas. Los cantonalistas de Cartagena fueron mucho más atrevidos y no se contentaron con declarar la independencia. Aprovechando el caos político del momento, tomaron el Ayuntamiento y, una vez dueños de la ciudad,  se apoderaron del arsenal y del puerto donde estaba amarrada casi toda la flota de guerra española, que utilizaron posteriormente para bombardear la ciudad de Alicante.

La evolución caótica de los sucesos, que llevó a España al borde mismo de la desintegración, además de provocar la dimisión del presidente Francisco Pi y Margal, contribuyó, cómo no, al derrumbe definitivo de la I República. Y como era de esperar, sirvió también para que aumentara considerablemente el número de conversos a posiciones más conservadoras.

jueves, 24 de octubre de 2013

EN EL VALLE DE ARÁN SE SIENTEN ESPAÑOLES

La fiebre secesionista catalana ha vuelto a reaparecer con toda su crudeza de la mano de los convergentes, capitaneados por Artur Mas y fustigados  insistentemente por los miembros de Esquerra Republicana. Unos y otros se empeñan en tergiversar la historia y quieren hacernos creer que fue Wifredo el Velloso el auténtico creador de la nación catalana. Piensan erróneamente, que Wifredo fue el último conde de Barcelona designado por la monarquía carolingia en el año 878 porque a partir de aquí se constituyó el estado catalán. Y,  a partir de esa fecha, el cargo de conde pasó a ser hereditario.

A partir de Wifredo el Velloso, es verdad, accedían al cargo los herederos directos del anterior conde de Barcelona. Pero hay algo importante en este hecho, que omiten intencionadamente los independentistas catalanes: que los reyes francos tenían que sancionar necesariamente esa transmisión hereditaria para validar así su nombramiento oficial como nuevos condes de Barcelona.

Los separatistas catalanes, afiliados o no a CIU o a ERC, no se cansan de repetir que la guerra de 1714 fue un enfrentamiento interterritorial en toda regla, en el que Cataluña defendía su tradicional status de nación frente a Castilla, empeñada siempre en ampliar los dominios de su Corona. Quieren evidentemente transformar una simple guerra de sucesión en otra de secesión.  Se olvidan que comarcas enteras del antiguo reino de Aragón, como Castellón, Alicante, Valencia, Calatayud, el Valle de Arán e incluso zonas del interior de Barcelona, optaron resueltamente  por Felipe V, el rey Borbón. Y tampoco quieren reconocer que Madrid, Alcalá y Toledo, por ejemplo, se declararon a favor del aspirante austriaco, el archiduque Carlos.

Es cierto que, en el ejército de Felipe V había soldados de varias regiones españolas, pero contaba igualmente con varios miles de soldados catalanes. Pasaba algo parecido en el bando del aspirante Carlos III, que fue ampliamente derrotado el 11 de septiembre de 1714 por las huestes de Felipe V.  El  general Antonio de Villarroel, que capitaneaba las fuerzas del archiduque Carlos, deja en muy mal lugar a los secesionistas actuales, ya que en su última arenga recordó a sus soldados que luchaban por Cataluña “y por toda la nación española”.

Seguro que Artur Mas y Oriol Junqueras borrarían de buena gana la última frase de la arenga de Villarroel y, por supuesto todo el manifiesto que el conseller en cap, Rafael Casanova, mandó distribuir por todo Barcelona el mismo día 11 de septiembre de 1714. En dicho manifiesto, Rafael Casanova se atrevió a escribir que “confía que todos, como verdaderos hijos de la patria, amantes de la libertad, acudan a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España”.