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miércoles, 27 de julio de 2022

ASÍ SE ESCRIBE LA HISTORIA

 


Nada más conocer el éxito extraordinario de los socialistas en las elecciones generales del 28 de octubre de 1982, Alfonso Guerra se dejó llevar por su habitual incontinencia verbal y soltó esta llamativa frase: “el día que nos vayamos, a España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Y el nuevo Gobierno de Felipe González, como era de esperar, comenzó sin más a introducir numerosos cambios para modernizar adecuadamente todas nuestras instituciones. Sabía que esa era la mejor manera para que la sociedad española pudiera equipararse a las sociedades democráticas más avanzadas de nuestro entorno.

No sabemos si con esa sorprendente afirmación, el vicesecretario general del PSOE estaba haciendo solo un pronóstico, o intentaba simplemente reflejar su verdadero estado de ánimo. En cualquier caso, sí podemos afirmar que Felipe González, a pesar de su concreto perfil político, jamás pretendió realizar reformas de calado, que alteraran sustancialmente el conocido proyecto socialista. Se dedicó más bien, y con verdadero ahínco, a desarrollar y a consolidar nuestro sistema democrático, respetando siempre, como no podía ser menos, el ejemplar legado de la Transición Española.

De todos modos, al apagarse la estrella del presidente González y verse obligado a dejar el Gobierno, España seguía siendo plenamente reconocible. Pero la situación cambió radicalmente unos cuantos años más tarde, cuando José Luis Rodríguez Zapatero asumió de manera sorpresiva la Presidencia del Gobierno. Y a punto estuvo entonces de cumplirse el vaticinio del ‘vice todo’ Alfonso Guerra, por el clima rupturista, que impulsó el nuevo presidente con su política revisionista.

Hay que recordar, que Zapatero llegó a La Moncloa a bordo de un tren despanzurrado por las bombas terroristas de aquel fatídico 11 de marzo de 2004, dispuesto a reescribir la historia, para reorientar el rumbo político de la sociedad española. Pretendía exonerar de toda responsabilidad a toda esa izquierda revolucionaria que participó activamente en la guerra de 1936. También quería recuperar los objetivos básicos de la Revolución de octubre de 1934, que fracasaron, gracias a la actuación oportuna de la derecha fascista y reaccionaria. Así que, sin pensarlo dos veces, comenzó a esbozar su nuevo proyecto de memoria histórica.

Estaba decidido a blanquear por completo el pasado de las supuestas víctimas de la Guerra Civil  y de todos los que habían sufrido la persecución franquista. Quería ayudarles a recuperar íntegramente el honor y la dignidad moral que les habían arrebatado. Y para eso, nada mejor que suscitar dudas sobre las bondades de la Transición Democrática y volver a restablecer el viejo marxismo, sustituyendo la democracia que se basada en el consenso tradicional, por otra mucho más autoritaria, que ponga coto a  los fascismos imperantes.

Pero la gestión realizada por José Luis Rodríguez Zapatero fue tan desastrosa que hundió a España en una crisis económica de tal envergadura, que aún perdura hoy alguno de sus efectos. El paro, por ejemplo, alcanzó cotas descomunales, desconocidas hasta entonces. Y pasó algo más de lo mismo con otros indicadores tan importantes como la deuda pública y la inflación, que llegaron a registrar valores tan inasumibles, que el presidente del Gobierno se vio obligado a convocar elecciones anticipadas y a marcharse a su casa.

Es verdad que, tras la desaparición de Rodríguez Zapatero de la vida pública, su proyecto de memoria histórica terminó siendo una auténtica mascarada. Sin embargo, no pasó lo mismo con el resto de sus leyes ideológicas que, por su carácter marcadamente izquierdista y sectario, siguieron rezumando ideología de género a rabiar. Y para mayor desgracia, le sustituyó Mariano Rajoy que, vete a saber por qué, se olvidó de sus solemnes promesas electorales y, aunque tenía una mayoría absoluta considerable, llegó al final de aquella legislatura sin proceder a su definitiva derogación.

Ya se sabe que los incumplimientos electorales se olvidan frecuentemente. Pero de vez en cuando hay excepciones y terminan pasando su  correspondiente factura, que es lo que pasó a Rajoy en  las siguientes Elecciones Generales. Por supuesto que volvió a ganar, pero por tan estrecho margen, que a punto estuvo de costarle la nueva investidura. Y terminó siendo presidente, gracias a la abstención pactada con el PSOE.

Pero los Gobiernos tan extremadamente débiles e inestables están siempre a merced de cualquier contingencia política y, sobre todo, supeditados a los posibles caprichos de los dirigentes del principal partido de la oposición. Y no digamos nada si, como en este caso, entra en escena una persona tan ambiciosa, falsa y narcisista, como el pseudo doctor Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Alentado por su personalismo y por su desmedida avaricia, se olvida del PSOE, de España, de los españoles y, si me apuras un poco, hasta de su propia familia. Una persona así, solo se importa a sí misma.

Y mira por dónde, sucedió lo que tenía que suceder. Un personaje tan vanidoso y tan insaciable como Pedro Sánchez, jamás  consiente que se malogre ninguno de sus antojos y que se esfumen sus posibilidades de convertirse en presidente del Gobierno. Por eso comenzó inmediatamente ese vergonzoso cabildeo con las fuerzas políticas que antaño perturbaban su sueño. Buscaba recabar apoyos para presentar una moción de censura contra Mariano Rajoy, para apropiarse de la Presidencia del Ejecutivo, sin necesidad de correr riesgos electorales, derivados de la inconstancia y la volubilidad de los votantes.

Y el 1 de junio de 2018, como consecuencia de ese indecente trapicheo político con los irreconciliables enemigos de España y de la insensatez de un PSOE excesivamente ambiguo y desorientado, el Congreso aprobó esa moción de censura y apartó a Mariano Rajoy del poder, dejando vía libre  al intrigante y desvergonzado  Pedro Sánchez.

Y aquí comienza precisamente, quien lo iba a decir, el verdadero calvario de los españoles. Es cierto que Zapatero ya había intentado  dar al Estado el carácter plurinacional que exigían los nacionalistas. Y también se propuso blanquear la actuación de los que perdieron la guerra y sufrieron la represalia del franquismo. Pero fracasó estrepitosamente, porque de aquella, aunque parezca mentira, el PSOE  todavía conservaba algo de la decencia, que le permitió llegar a codearse con la socialdemocracia europea.

Como es sabido, en política, las desgracias, nunca vienen solas y aparecen cuando menos las esperas. Y el PSOE no podía ser una excepción. Y cuando se prestaba a celebrar la recuperación de la Presidencia del Gobierno, se encontró con la manifiesta imbecilidad de un presidente irresponsable y sectario, que pretendía volver a reinstaurar el viejo Frente Popular. Y por si fuera esto poco, pretendía convertir a España en un Estado Federal, con Cataluña, el País Vasco y Galicia como naciones. Y ya de puestos, ¿por qué no completar la faena, admitiendo igualmente el derecho a decidir?

Todo indica que el endiosamiento de Pedro Sánchez no le permitía aceptar consejos de nadie, ni de su propio partido. Y su monumental inmodestia le llevó a pregonar, que no hay nadie tan capacitado como él, para reinterpretar la historia y encauzar la vida de los españoles. Y amparándose persistentemente en los postulados clásicos de los socialistas republicanos de los años 30, comenzó a dar un aire nuevo a las leyes ideológicas de José Luis Rodríguez Zapatero, y a presentarlas como si se tratara de una nueva enmienda a la totalidad del legado de la Transición Democrática  Española.

Con este tipo de maniobras, que rezuman odio y rencor por todas partes, el felón Sánchez puso en marcha una especie de Regresión progresiva de nuestra ejemplar Reforma o Transición, sin tener en cuenta que había sido aprobada unánimemente por Las Cortes españolas en octubre de 1976. Es su manera muy particular, creo yo, de imponer el régimen socialcomunista, tal como piden los enemigos declarados de la unidad de España, entre los que se encuentran, faltaría más, los herederos de la banda terrorista de ETA.

Era esta, cómo no, una decisión política realmente peligrosa, entre otros motivos, porque no respeta la verdadera historia y se atreve a cuestionar el principio de reconciliación nacional, sancionado por la Constitución Española. Y más que nada, porque los miembros de la “vieja guardia” del PSOE estaban especialmente molestos por los acuerdos de Pedro Sánchez con Bildu, que prolongaban las consecuencias del franquismo, nada menos que hasta diciembre de 1983. Les disgustaba, claro está, que pretendiera disculpar y hasta legitimar los crímenes, cometidos por los etarras, entre la desaparición de Franco y dicha fecha.

En realidad, la obsesión del presidente Sánchez por el poder no tiene límites. Y esto le lleva a seguir ciegamente los arriesgados dictados de toda esa ralea de políticos hispanófobos que le prestan su apoyo, y le permiten seguir disfrutando de la poltrona. Y no debe extrañarnos que, para mantener intactas y reforzar aún más sus posibilidades, esté dispuesto incluso a utilizar las cargas de profundidad que dejó Zapatero, para derribar los muros constitucionales y  deslegitimizar, de una vez por todas, el proceso de nuestra Transición a la democracia.

Como si fuera un pozo séptico de maldades y miserias, el actual secretario general del PSOE y líder máximo del Ejecutivo español utiliza caprichosamente su ley de ‘memoria democrática’, con la malsana intención de volver a recuperar las dos Españas. Y como suele confundir el progresismo con el revanchismo, magnifica las atrocidades del bando franquista y silencia intencionadamente las salvajadas cometidas por los socialistas con el propósito de hacerse con el poder e implantar seguidamente la dictadura del proletariado.

En ningún caso podemos esperar que Sánchez airee el movimiento insurreccional del PSOE de 1934. Tampoco hará publicidad de los espantosos crímenes, que se gestaron en las tristemente famosas checas madrileñas de los socialistas. Y ocultará, qué casualidad, la violencia desatada por el Frente Popular, tras aquel famoso pucherazo de las elecciones de 1936. No habrá referencia alguna, ni a la quema indiscriminada de iglesias católicas, ni a la persecución y asesinato de tantos clérigos y peligrosas monjitas, además de otras muchas personas que cometieron el terrible delito de practicar la religión católica.

De este modo tan peregrino, digámoslo claramente, nos encontramos con la mal llamada ley de ‘memoria democrática’, porque más que de memoria, se trata de una auténtica desmemoria, tanto si es democrática como si no.  Y debemos agregar que esta ley, además de injusta, es profundamente revanchista y discriminatoria, porque solo favorece a los del bando represaliado por el franquismo.

Por eso, el sufrido grupo de los ‘buenos’, que fue derrotado en la guerra, puede honrar tranquilamente a sus muertos, y volver a recuperar todo lo que perdió entonces. Y para compensar sus pasados infortunios, tiene derecho a exigir que se prohíban y castiguen los homenajes al bando de los ‘malos’, para que no puedan disfrutar de lo que lograron a la sombra del fascismo y pierdan ahora hasta la misma guerra que ganaron hace ya más de 80 años.

 

Gijón, 24 de julio de 2022

 

José Luis Valladares Fernández

viernes, 27 de noviembre de 2020

EL SILENCIO DE LA IZQUIERDA COBARDE

 


 En febrero de 2015, los socialistas de Baleares celebraron en Palma una de sus tradicionales Conferencias Políticas. A su clausura, como es lógico, asistió el casi recién estrenado Secretario General del PSOE, el insaciable y avaricioso Pedro Sánchez. Y para acabar definitivamente, según sus mismas palabras, con “el cuento de la derecha”, comenzó su intervención diciendo que España “no soporta más divisiones”, ni la del PP, “ni la división de aquellos que tratan de pescar en las aguas revueltas de la desesperanza y la desafección”.

Y una vez abierta la espita de la verborrea más insulsa y falaz, desbarrar es ya sumamente fácil. Y es lo que hizo este nuevo aspirante a Napoleón durante el resto de su discurso. Siguió diciendo que “si Felipe González fue quien hizo posible la España de los derechos y Zapatero la España de las libertades, nosotros convocamos a los españoles a construir la España de las oportunidades, la España de la igualdad, de la diversidad, del bienestar, que devuelva la esperanza a muchas generaciones desencantadas con la política".

Hay que tener en cuenta que, si no queremos salir escarmentados, en ningún caso podemos fiarnos de un personaje endiosado y vanidoso, que se deja dominar por la mentira y el enredo. Y hay que ser extremadamente precavidos si, además de tener esas cualidades negativas, da muestras de una incompetencia manifiesta, como es el caso del actual presidente del Gobierno.

Podremos discutir si Felipe González hizo posible, o no, “la España de los derechos” y si Zapatero logró, o no, “la España de las libertades”. Pero el desafortunado Pedro Sánchez es incapaz de poner en marcha la España de las oportunidades”, que tan solemnemente prometió. Es más, España ha perdido ya, hasta la oportunidad de seguir compitiendo económicamente con los demás países de la Unión Europea.

Es evidente que, por culpa de la pandemia, todos esos países han tenido exactamente las mismas complicaciones económicas y sanitarias que nosotros. Y muchos de ellos, hasta contaban con bastantes menos medios materiales que nosotros para solucionar el problema. Pero los gobiernos de todos ellos,  sin excepción alguna, realizaron una gestión sanitaria y económica mucho más lógica e impecable que la del Gobierno socialcomunista que padecemos. Y el resultado no se ha hecho esperar: hoy todos los países miembros de la Unión Europea nos ganan merecidamente en nivel de vida y hasta en bienestar social.

Y lo peor de todo es, que el presidente Sánchez ha sabido acoquinar por completo a su partido. Hoy día el PSOE ya no es ni la sombra del partido socialista, con tantos años de historia, que todos conocíamos. Ya no es, ni siquiera, ni un sucedáneo del partido socialista que intervino tan acertadamente en la famosa Transición Democrática y en la redacción de la Constitución del consenso, que nos dimos los españoles en 1978.

Los socialistas del viejo PSOE se han dejado engañar miserablemente por un personaje tan envanecido como el presidente Sánchez, que no busca nada más que la loa y su propio engrandecimiento personal. Y aún no se han dado cuenta que su partido ya se parece más a Podemos, que al Partido Socialista tradicional. Y de hecho, quien marca hoy la pauta al Gobierno, no es el PSOE. Son los ultraizquierdistas bolivarianos de Podemos, que buscan afanosamente la manera de acabar con nuestra democracia.

Con la recuperación de la Secretaría General del PSOE, a Pedro Sánchez, es verdad, se le soltó la lengua. Los lagarteranos dirían que estamos ante un ‘bocalán’ consumado, que habla mucho y, a veces, dice cosas aparentemente muy sensatas, pero que después hace justamente lo contrario. Ahí está la hemeroteca para comprobarlo.

Antes de su asalto a La Moncloa, el líder del PSOE ha venido repitiendo frecuentemente, que jamás utilizaría el apoyo de Podemos, ni el de ERC y ni el de Bildu, para ser presidente del Gobierno. Una de las flores más rimbombantes que echó al bellaco Pablo Iglesias y a sus costaleros es esta: “el PSOE nunca va a pactar con el populismo, porque el final del populismo es la pobreza de Chávez, las cartillas de racionamiento y la falta de democracia”. Si cuento con Iglesias, entonces “sería un presidente del Gobierno que no dormiría por la noche, como el 95% de los ciudadanos de este país”.

Y aunque sabemos lo que pasó después, Pedro Sánchez también había cerrado  la puerta, a cualquier posibilidad de acuerdo con los proetarras de Bildu. Eso es lo que se deduce, creo yo, de la entrevista que le hizo Roberto Cámara en Navarra Televisión, el 25 de abril de 2015. A una de sus preguntas, el líder del PSOE contestó, de manera supuestamente sincera: “con Bildu no vamos a pactar. Se lo repito. Con Bildu no vamos a pactar. Si quiere lo digo 5 veces o 20 durante la entrevista, con Bildu no vamos a pactar”.

Y no digamos nada de la postura adoptada por Sánchez, de aquella, con respecto a los independentistas vascos y catalanes y, de una manera muy especial, con la vieja Esquerra Republicana de Cataluña. Como estaba plenamente convencido de que “los líderes independentistas no son de fiar”, juró y perjuró que nunca pactaría con aquellos que quieren romper España. Y para subrayar debidamente su decisión de no pactar con todos esos insurrectos que optan por el independentismo, recuperó su conocido estilo rimbombante  para asegurar reiteradamente que “no es no y nunca es nunca”.

No sabemos, ni sabremos nunca, si el líder del PSOE era sincero, cuando afirmaba rotundamente que no pactaría nunca con toda esa reata de gente que desafía claramente al Estado, y que busca intencionadamente llevarse por delante hasta los cimientos del llamado ‘régimen del 78’. Con Sánchez, claro está, cabe cualquier cosa, ya que su moralidad no le permite distinguir entre lo que está bien o está mal.

Conociendo a Pedro Sánchez, no podemos descartar el carácter ficticio, hasta de esa misma negativa a pactar con los enemigos declarados de España. Y hasta es muy posible que, durante todo ese tiempo, estuviera jugando premeditadamente al despiste con los barones históricos de su partido, para tratar de camelarlos. Y como aparentaba ser un bastión infranqueable del constitucionalismo, los de la vieja guardia se confiaron y, como le dejaban actuar libremente, terminó siendo dueño y señor absoluto del partido.

Para conseguir semejante objetivo, propuso un nuevo reglamento  interno, que reduce notablemente el poder de los barones y del Comité Federal, que fue aprobado por unanimidad, aunque con la ausencia de la mayor parte de los líderes territoriales del partido. Y no asistieron, porque ya se habían dado cuenta del timo político, y no querían aparecer públicamente como derrotados. Y se limitan a esperar, cómo no, a que se aclare la situación en las próximas elecciones generales.

Pero la egolatría de Sánchez no tiene límites y el PSOE se le quedó pronto muy pequeño. Para colmar su desmedida ambición, necesitaba algo más, tenía que asaltar también La Moncloa, para convertirse en presidente de todos los españoles. Y decide, sin más, presentar una moción de censura contra Mariano Rajoy, para arrebatar el Gobierno a los conservadores. Y para no perder apenas tiempo, presentó inmediatamente su iniciativa en el Comité Federal del PSOE.

Y como era de esperar, no necesitó mucho tiempo el Comité Federal para aprobar por unanimidad el proyecto de moción de censura propuesto por el secretario general, como la estrategia que fijaba para su desarrollo. Y como Pedro Sánchez tenía ya prácticamente domesticados a todos los barones socialistas, tenía libertad plena para conseguir el apoyo de Ciudadanos, y también, por qué no, el de Podemos. No obstante, debemos reconocer, que Susana Díaz y Emiliano García-Page todavía se atrevieron a pedir que, en ningún caso, se pactara con los independentistas catalanes.

Es público y notorio que, cuando se trata de conseguir algo fastuoso que da brillo y renombre, el número uno del PSOE no se escucha ni a sí  mismo. Y en aquella ocasión, estaba en juego nada menos que, ahí es nada, la posibilidad de sentarse en el sillón de La Moncloa. Y para no malograr tontamente semejante posibilidad, se olvidó de sus promesas solemnes y, además de pactar con Unidas Podemos, buscó seguidamente, faltaría más, la aquiescencia de los nacionalistas vascos y catalanes y, por supuesto, la de los independentistas de ERC.

Y el nuevo sátrapa que nos ha caído en suerte justificó su comportamiento, afirmando que presentaba la moción de censura para acabar de una vez por todas con la “emergencia institucional”, creada naturalmente por la corrupción del Partido Popular. Y todo, porque había que restaurar cumplidamente la “confianza en la política” y en las demás instituciones públicas.

Pero hay que tener cara para hablar así, sabiendo que ha habido colegas suyos en su propio partido que huyeron cobardemente de España, llevándose en el yate Vita cantidad de lingotes y monedas de oro, plata, brillantes y esmeraldas. Y en el cargamento había también, cantidad de joyas sustraídas a particulares y otras muchas obras de gran valor artístico y sentimental. Ese fue, sin duda alguna, el mayor robo de nuestra historia, que aún no ha sido restituido.

Y también sabía que, cuando sus cofrades volvieron a instalarse en España, no tardaron mucho en sorprendernos, abusando descaradamente de los gastos reservados, para posibilitar la existencia de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), que tanto dieron que hablar. Y todavía fueron más lejos, creando una serie de empresas fantasma, como Filesa, Malesa Y Time-Export, para autofinanciarse de manera irregular.

Y no terminan aquí los casos de corrupción en los que han estado implicados indudablemente responsables socialistas. No olvidemos, que aún humea el uso fraudulento y escandaloso que hicieron del dinero público de  los ERE, más que nada para escamoteárselo a los parados de Andalucía.

Por miedo a tener que abandonar La Moncloa, Pedro Sánchez era reacio a convocar las elecciones generales que había prometido en la moción de censura. Pero no tuvo más remedio que hacerlo, por culpa de su debilidad parlamentaria. No contaba nada más que con 90 diputados. En esas elecciones, celebradas el 10 de noviembre de 2019, mejoró algo su situación, pero no consiguió nada más que 120 diputados, totalmente insuficientes hasta para asegurar su investidura.

Y como, por encima de todo, había que seguir disfrutando de la poltrona, volvió a desdecirse una vez más y, doblando su cerviz ante el marrullero Pablo Iglesias, aceptó sencillamente formar un Gobierno de coalición con Podemos. Y en ningún caso podía haber vetos a la hora de formar ese nuevo Gobierno. Así que, entre los ministros de Unidas Podemos, tenía que estar necesariamente el propio Pablo Iglesias, ocupando, eso sí, una de las vicepresidencias más importantes.

De todos modos, con el apoyo exclusivo de Podemos, no tenía asegurada la investidura. Si quería seguir al frente del Gobierno, necesitaba inexcusablemente contar con el respaldo de toda la amalgama de nacionalistas e independentistas. Y para que no fallara nada, comenzó, sin más, la negociación con todos ellos, incluidos los proetarras de Bildu, realizando a veces concesiones un tanto arriesgadas y comprometidas.

Y aunque el día de la investidura, reapareció la sombra del famoso ‘tamayazo’ madrileño, Pedro Sánchez fue investido presidente del Gobierno, en una segunda votación muy ajustada. Solo consiguió 167 “síes”, frente a 165 “noes” y 18 abstenciones. Además del PSOE y de Unidas Podemos, también votaron a favor del ‘sí’ el PNV, Más País, NC, BNG y Teruel Existe.

Se posicionaron en contra, como es perfectamente natural, el Partido Popular, Vox, Ciudadanos, Navarra Suma, los de Junts per Catalunya, la CUP y el diputado cántabro del PRC. También votó en contra, saltándose la disciplina de su partido, la diputada canaria Ana  Oramas. No obstante, fue posible la investidura de Sánchez, gracias a la abstención, previamente concertada, de los 13 diputados de ERC y los 5 de los abertzales de Bildu.

La investidura de Sánchez como presidente del Gobierno, ya levantó ampollas en alguno de los miembros del PSOE del Viejo Testamento, por la connivencia disimulada de los Bildu-etarras. Pero debemos reconocer que fue celebrada por todo lo alto por los socialistas de la nueva ola y, por supuesto, por los ultraizquierdistas de Podemos. Tal es así, que el desvergonzado Pablo Iglesias, al ver que podía gobernar al alimón con Pedro Sánchez, comenzó a llorar rápidamente, henchido de satisfacción.

El acercamiento a esas formaciones políticas, que tratan de acabar con el llamado régimen del 78, se intensificó considerablemente cuando llegó el momento de presentar los Presupuestos Generales del Estado. Y ese acercamiento a los independentistas de ERC y, sobre todo, a los herederos de ETA, fue bendecida por el jefe del Ejecutivo, porque era una ayuda indiscutible para aprobar los Presupuestos.

Sabía que, con el acercamiento a esas formaciones políticas, molestaba y humillaba a muchos socialistas de la vieja guardia. Pero eso tenía muy poca importancia para un insaciable Pedro Sánchez, que ha prescindido voluntariamente de la moralidad, y se ufana incluso de tener amordazados a los militantes que siguen siendo constitucionalistas.

Y esto es así, porque el secretario general de los socialistas carece de ideales y está completamente ayuno de principios morales. Y está visto, que le queda muy pequeño el proyecto socialdemócrata del PSOE, y se encuentra mucho más cómodo al lado de toda esa furrufalla de izquierdistas radicales, como Pablo Iglesias, Oriol Junqueras y Arnaldo Otegui, que buscan incansablemente la involución democrática de España.

Hay algo muy claro, que el desnortado Pedro Sánchez está intentando hacer un proyecto de ruptura de España, de un partido que hasta ahora, mal que bien, destacaba por su constitucionalismo sincero. Para conseguir semejante objetivo, llenó la dirección actual del PSOE de auténticos ‘hooligans’ suyos, que le ayudan a silenciar a los discrepantes, para que acepten sumisamente los acuerdos absurdos con los proetarras de Bildu. Y si llega el caso, que admitan también socavar los cimientos de nuestro Estado democrático.

Es cierto que, cada vez, son más los que protestan por la nueva deriva del Partido Socialista. Comenzaron a rezongar airadamente los barones Guillermo Fernández Vara, Emiliano García-Page, Susana Díaz y Javier Lambán. Pero como hay que blanquear a Bildu, llegaron las reprensiones y la llamada al orden y, como saben que, el que se mueve, desaparece de la foto, se acobardaron y bajaron instantáneamente el tono de sus reproches. Cualquier cosa, antes que poner en  riesgo el disfrute de la consabida mamandurria.

También protestan, como no, otros socialistas, muchos de ellos con mucha más solera que los barones citados, como es el caso de Felipe González y de Alfonso Guerra. Y no digamos nada de Joaquín Leguina, Francisco Vázquez, José Luis Corcuera, y otros muchos, porque cada vez son más los que se suman a esta lista.

Pero a estos militantes, como ya son glorias pasadas, ya nadie les hace caso. Y hasta se ríen de ello, como hizo la sabionda Adriana Lastra cuando, sin remilgo alguno, se atrevió a decir: "Siempre escucho atentamente a nuestros mayores, pero ahora nos toca a nosotros. Somos una nueva generación a la que toca dirigir el país y la dirección del PSOE". No olvidemos que Lastra lleva viviendo del cuento desde los 18 años

Y todo esto es posible, porque el taimado Pedro Sánchez ha traicionado a quienes se confiaron y posibilitaron que volviera a hacerse cargo de la Secretaría General del PSOE. Para curarse en salud, evitó la vuelta de los censores, eliminando cuidadosamente los controles democráticos en su partido. Y cuando llegó a La Moncloa, procuró hacer lo mismo en las instituciones democráticas del Estado. ¿Hay quién de más?

Gijón, 25 de noviembre de 2020

José Luis Valladares Fernández

lunes, 9 de marzo de 2020

HABLEMOS CLARO


VIII.- Sánchez y sus acólitos odian a Franco por los favores que hizo l mundo del trabajo




Tardaría aún más de diez años y medio en caer el Muro de Berlín y Felipe González, secretario general del Partido Socialista, ya se había dado cuenta del inminente fracaso del marxismo. Y vio que, si el PSOE no abandonaba a tiempo su condición de marxista, podía hundirse irremisiblemente a la vez que el marxismo.

Y para evitar semejante riesgo, González acudió al XXVIII del PSOE, que se celebró en Madrid en mayo 1979 con una propuesta francamente desconcertante para la mayor parte de los delegados. Con su célebre frase “hay que ser socialistas antes que marxistas”, les pedía, ni más ni menos, que renunciaran al marxismo como ideología oficial del Partido. Pero los partidarios de mantener la línea tradicional marxista del PSOE, que eran mayoría, rechazaron tajantemente dicha propuesta. Y al no conseguir su propósito, González abandonó el cargo de secretario general, quedando el partido momentáneamente en manos de una Comisión Gestora.

Y como el clima de enfrentamiento entre los dos sectores, el crítico o histórico y el moderado, siguió agudizándose progresivamente, la Comisión Gestora, dirigida por José Federico de Carvajal, intentó pacificar el Partido, convocando un Congreso Extraordinario que se celebró los días 28 y 29 de septiembre de ese mismo año.

En las primeras sesiones de este Congreso Extraordinario, volvió a aflorar la división y el enfrentamiento entre las dos corrientes mayoritarias del PSOE. Felipe González, Alfonso Guerra y sus partidarios seguían siendo claramente partidarios del abandono del marxismo como ideología oficial del Partido. Por otro lado, estaban los del bando crítico o histórico, comandado por Pablo Castellano y por Francisco Bustelo, que eran totalmente contrarios al abandono de la línea tradicional marxista que siempre ha caracterizado al PSOE.

Tras los intensos debates para dilucidar la línea o el rumbo que debía seguir el partido, las dos corrientes llegaron finalmente a una especie de entente, moderando ambas sus pretensiones iniciales. El sector renovador consiguió, cómo no, que los postulados marxistas dejaran de formar parte de la ideología oficial del PSOE. Y para no desairar inútilmente al sector histórico, la corriente renovadora accedió a que el marxismo continuara dentro del programa político del Partido Socialista, aunque simplemente, eso sí, como instrumento meramente teórico y sin el menor atisbo dogmático.

sábado, 8 de noviembre de 2014

ALLANANDO EL COMINO A PODEMOS

Es indudable que Alfonso Guerra tiene una facilidad pasmosa para crear frases  lapidarias, profundamente mordaces y sarcásticas y, cómo no, tremendamente ofensivas. De todos modos, no siempre sus ácidas invectivas responden a denuncias concretas de hechos que, si no son políticamente delictivos, son al menos poco éticos y amorales. Muchas veces hierra el golpe, y otras, o se trata de un simple desahogo verbal, o busca intencionadamente desviar el foco de algo que le resulta incómodo.

El pasado día 16 de octubre, los prebostes del PSOE, capitaneados por Pedro Sánchez, conmemoraron el 40 aniversario de aquel Congreso clandestino que se celebró en Suresnes (Francia) en 1974. Y Alfonso Guerra aprovechó el evento para lanzar una diatriba, no sé si contra Podemos, o contra las televisiones que dan cancha a su indiscutible líder. El caso es que culpa de los éxitos de Pablo Iglesias a los medios televisivos que le llevan a  sus tertulias. Y lo hace con una frase tan directa como esta: "Hay televisiones que incuban el huevo de la serpiente".

Es muy posible que Pablo Iglesias, o Podemos en su conjunto, sea una auténtica serpiente y, sin lugar a dudas, de las más venenosas. Quizás sea verdad que las televisiones popularizaron excesivamente  la imagen de este impenitente admirador del bolivariano Hugo Chávez y de Fidel Castro, pero nada más. Son más bien los responsables de los partidos políticos tradicionales los que, en realidad, están alfombrando el camino con abundantes rosas a este nuevo caudillo nazi, al contemporizar con tanto trincón y manilargo

La corrupción política, en efecto, ha sido una constante a lo largo de toda nuestra historia y, de manera mucho más intensa, a partir de 1978, fecha en la que se aprobó la Constitución Española. Comenzó la serie, en tiempos de UCD, con la comercialización fraudulenta del aceite de colza y termina, de momento, con las famosas tarjetas opacas de Caja Madrid, pasando,  entre otros, por los GAL, Filesa, los fondos reservados, Luis Roldán y el caso Guerra, sin olvidarnos, claro está, de la Gürtel y del escándalo de los ERE en Andalucía, por citar exclusivamente los casos más importantes.

Los casos de corrupción, cuando son extremadamente graves, hasta pueden terminar pervirtiendo nuestro sistema democrático. Producen, eso sí, enormes estragos en la convivencia ciudadana y, por supuesto, terminan dejando sin credibilidad alguna a los representantes públicos,  que utilizan sus cargos para aumentar ilegalmente su fortuna personal.  Cuando la economía es boyante y los ciudadanos en general no pasan estrechez alguna, pueden llegar incluso a zaherir y denostar públicamente a los políticos desleales y deshonestos, pero nada más.

jueves, 23 de enero de 2014

LA CASTA POLÍTICA EPAÑOLA

En la mitología griega se nos narra la vida de un héroe legendario, cuyo nombre aparece repetidamente en la Ilíada y que da nombre a la Odisea. Se trata de Odiseo, el famoso rey de Ítaca. En la antigua Roma, le llamaban Ulises. Como otros muchos reyes y príncipes de los reinos más cercanos,  se sintió fuertemente atraído por la belleza extraordinaria de Helena. Y como todos ellos, acudió al palacio de Tíndaro, rey de Esparta, con la ilusión de conseguir la mano de su hija.

Eran tantos y tan importantes los pretendientes de Helena,  que Odiseo comprendió muy pronto que tenía muy pocas posibilidades de éxito. Y es entonces cuando pone sus ojos en Penélope, la sobrina del rey de Esparta. Por otro lado, Tíndaro tenía un enorme problema para elegir entre todos estos aspirantes. Sabía que todos ellos eran muy poderosos y temía que, al elegir a uno de ellos, los demás se sintieran heridos y se enfrentaran a él. Cuando Odiseo se enteró de los apuros en que estaba Tíndaro, le ofreció su ayuda a cambio, eso sí, de la mano  de su sobrina Penélope, si no era él el elegido.

Aceptada la oferta por el rey de Esparta, Odiseo le aconseja que sea su hija Helena la que elija a uno de ellos. Pero antes de la elección, todos los pretendientes deberán jurar obligatoriamente, que  respetarán la decisión que se tome y que defenderán firmemente al elegido contra cualquier agravio que pudiera surgir en el futuro. Cumplidos estos trámites, Helena prefirió  a Menelao por ser el más rico de todos los aspirantes. A continuación se celebro la boda, juntamente con la de Penélope y Odiseo, cumpliéndose así lo acordado entre este y Tíndaro.

En Esparta, todo era felicidad y lo mismo en los reinos más cercanos. Disfrutaban intensamente de una paz envidiable hasta que inesperadamente llegó Paris, el hijo de los reyes de Troya, Hécuba y Príamo, a la corte de Esparta. Aquí estaba Helena, la mujer más bella del mundo que le había prometido la diosa Afrodita.  Con la ayuda de la diosa de la lujuria, el príncipe troyano Paris, logró seducir a Helena. Y aprovechando que Menelao estaba celebrando en Creta los funerales de su abuelo Catreo, Paris huyó a Troya, llevándose a Helena y una cantidad considerable de riquezas. Los ciudadanos de Troya, juzgando que esto era una clara ofensa hacia el rey Menelao, querían que Helena fuera devuelta inmediatamente a Esparta. La familia real troyana, sin embargo,  a pesar de la recomendación de sus vasallos, decidió que Helena se quedara en Troya con Paris.

La clase política española, la Casta que nos gobierna, ha decidido emular a Paris, el príncipe de Troya, y con la mayor naturalidad del mundo, ha hecho de la “res-pública” su finca particular, arrebatándonos hasta nuestra soberanía nacional. Los políticos que aspiraban a vivir del cuento porque les iba la marcha, o porque no valían para otra cosa,  expulsaron de la política a los que no eran de su cuerda para que no les chafaran sus planes. Y como es lógico, terminaron blindándose, formando un grupo homogéneo, cerrado herméticamente a quienes no sean  familiares directos o amigos íntimos de los responsables que  manejan el quehacer diario de los partidos políticos.

Una inmensa mayoría de los que aterrizaron en la vida pública a raíz de la transición democrática, se subieron al carro para mejorar su situación personal y prosperar económicamente a costa del erario público. Son los vividores y los inútiles, los que no saben hacer otra cosa, y que tratan de solucionar su vida dedicándose a la política como si fuera una profesión. Entre todos estos gorrones, cómo no,  había también quijotes y aventureros. Los altruistas dejaron sus ocupaciones tradicionales y se embarcaron en la loable tarea de servir a España para mejorar lo más posible el estado de bienestar de sus conciudadanos aportando generosamente su experiencia y sus conocimientos. También hubo alguno que, teniendo plenamente resuelta su vida, llegó a la política  para satisfacer su espíritu aventurero.

Los que llegaron llenos de ilusión a la política para servir desinteresadamente a los demás, y los que lo hicieron por simple curiosidad, terminaron totalmente decepcionados con el comportamiento descaradamente egoísta de los profesionales de la política, de los que, de manera evidente, estaban dispuestos a sacar petróleo del sistema, buscando ante todo su prosperidad personal. Y como no los escuchaba nadie y sus propuestas eran constantemente derrotadas por las mayorías, dijeron adiós a la política y volvieron a sus casas reintegrándose nuevamente a sus antiguas ocupaciones. No olvidemos que esas mayorías funcionaban a piñón fijo y votaban siempre lo que mandaran las élites de los partidos.

martes, 7 de enero de 2014

ASI HOMENAJEAN Y VIOLAN LA CONSTITUCIÓN

El pasado 6 de diciembre, los políticos españoles celebraron, como de costumbre, el día de la Constitución. Como celebrábamos el 35 aniversario de su aprobación, prepararon un ceremonial algo más fastuoso y solemne que otros años. Pero aún así, la jornada  resultó un tanto desangelada por las numerosas ausencias que se produjeron. Los actos conmemorativos comenzaron, como viene siendo habitual, con las conocidas Jornadas de Puertas Abiertas, para que los ciudadanos que quisieran, puedan visitar tranquilamente las distintas estancias del Palacio de la Carrera de San Jerónimo.

Comenzó la jornada con los presidentes del Congreso y del Senado, Jesús Posada y Pio García-Escudero,  recibiendo conjuntamente a los invitados en la entrada principal de la Cámara Baja. Pasaron después al Salón de los Pasos Perdidos donde Jesús Posada pronunció un discurso institucional en el que, derrochando mucho optimismo, definió nuestra Carta Magna de 1978 “como un marco de valores colectivos en el que todos nos reconocemos y con los que todos nos sentimos identificados, como la concordia, la libertad, la igualdad o el pluralismo”.

En otro momento de su discurso, el presidente del Congreso dijo sin ambages que todos “los españoles tenemos que estar orgullosos de nuestra Constitución”. Y es verdad que las gentes de la calle, los ciudadanos que viven honradamente de su trabajo, la respetan y la cumplen con auténtica fidelidad y veneración. Es verdad que no somos todos iguales ante la ley y que ni siquiera disfrutamos todos de la misma libertad, pero saben perfectamente que la culpa no es de la  norma  constitucional que rige, o debiera regir nuestra democracia. Bien aplicada, hasta el último ciudadano tendría plenamente garantizados todos y cada uno de sus derechos

La culpa de semejantes desigualdades la tienen los políticos que, como no piensan más que en  multiplicar sus prebendas, interpretan la Constitución y la aplican de manera muy interesada y egoísta, pensando exclusivamente en su propio beneficio. Habituados a vivir siempre del cuento, no es de extrañar que organicen continuos homenajes a la Constitución, celebren solemnemente la fecha de su aniversario, organicen lecturas públicas de la  misma y la dediquen  calles y plazas en todos los pueblos de España. Pero cuanto más solemnes son esas celebraciones, más graves son los incumplimientos. La vulneran conscientemente, con el mismo entusiasmo o más que la agasajan.

En su momento, la Constitución sirvió eficazmente  como instrumento de convivencia entre españoles, haciendo posible aquella famosa y ejemplar Transición Democrática Española. Pero desde que el Gobierno de Felipe González mató a  Montesquieu y Alfonso Guerra, certificó su fallecimiento,  los responsables políticos comenzaron a infringir descaradamente aquellos mandatos constitucionales que no les gustaban. Desde ese momento, nuestra Carta Magna ha sido repetida y gravemente  ninguneada, repudiada y hasta “prostituida”, como dijo José Antonio Ortega Lara, en la concentración de las víctimas del terrorismo del pasado día 6 de diciembre.

miércoles, 13 de marzo de 2013

NI RUBALCABA NI CHACÓN


Las veleidades soberanistas del primer secretario del PSC, Pere Navarro, han descolocado al incombustible Alfredo Pérez Rubalcaba, provisional líder del PSOE. Fue el pasado día 19 de febrero, cuando Pere Navarro abrió la caja de los truenos en la Cámara de Comercio de Barcelona y solicitó abiertamente, ante un grupo de empresarios, la abdicación del Rey Juan Carlos a favor de Don Felipe. Se trata, claro está,  de una simple ocurrencia que ni siquiera avalan los demás miembros de su propia formación política.

Con semejante andanada, además de poner en peligro el ya problemático entendimiento entre el PSOE y el PSC,  el líder de los socialistas catalanes dejó al pobre  Rubalcaba a plena intemperie en el momento menos oportuno, precisamente cuando estaba preparando su primera intervención en un Debate del Estado de la Nación. Esta salida por peteneras de Pere Navarro desconcentró a Rubalcaba y lo dejó totalmente tocado y sin argumentos para criticar con contundencia la actuación del Gobierno y de su presidente. Esto explica el lamentable papelón que hizo en ese debate el todavía secretario general de los socialistas españoles.

Y como las desgracias nunca vienen solas, Rubalcaba se encuentra, muy pocos días después,  con otra inoportuna pirueta del rebelde Pere Navarro. El pasado 26 de febrero se votaban en el Congreso dos propuestas de resolución, una de CIU y otra de la Izquierda Plural. Y en ambas se reclamaba el respeto al derecho a decidir de los catalanes e instaban al Gobierno a que autorizara la convocatoria de una consulta popular en Cataluña. El primer secretario del PSC y sus huestes, con la excepción de Carmen Chacón, desoyendo las pertinentes recomendaciones del PSOE, apoyaron unánimemente la celebración de esa consulta, siempre y cuando sea “legal y vinculante”.

Con esta postura perturbadora, los socialistas catalanes se reafirmaron, una vez más, en sus tesis soberanistas, y con este encontronazo con el PSOE, nos demostraron palpablemente que, al día de hoy, no hay ningún tipo de sintonía entre ambas fuerzas políticas. Y algo tendrá que ver en esta especie de divorcio entre el PSC y el PSOE, la falta evidente de liderazgo de Alfredo Pérez Rubalcaba. Y es que el secretario general de los socialistas no tiene tirón, carece totalmente del carisma y del don de gentes que utilizan los verdaderos líderes políticos para fascinar a las gentes primero, y arrastrarlas después.

Los líderes carismáticos no se hacen, como los buenos poetas y los pintores tienen que nacer. Los líderes prefabricados, los de diseño, como es el caso de Rubalcaba, jamás serán capaces de seducir  y de someter a nadie. Los que carecen de semejante don de gentes y del más mínimo atractivo personal, jamás serán capaces de ilusionar a nadie. Los advenedizos tendrás que apoyarse necesariamente en algún suceso extraordinario de tipo social, político o económico para enfervorizar a las masas y hacer que estas les obedezcan. Es lo que hizo precisamente Rubalcaba en vísperas de las elecciones generales de 2004,  utilizó el terrible atentado del 11-M para cercar primero las sedes del Partido Popular y después ganar las elecciones.

Esa ruptura de la disciplina de voto por parte de Navarro y sus huestes estuvo a punto de acabar con esa larga etapa de convivencia y entendimiento entre el PSOE y el PSC. Destacados miembros de ambos partidos confesaban abiertamente que la situación era insostenible. El mismo Alfonso Guerra, por ejemplo, estaba convencido de que la ruptura entre ambas formaciones era ya inevitable y que, en adelante, el PSOE tenía que desembarcar en Cataluña con sus propias siglas.

Aunque Rubalcaba se llevó un gran disgusto por la desobediencia y los desplantes de Pere Navarro, lo disimuló como pudo y trató de calmar los ánimos y de frenar los aires de ruptura que se respiran en el ambiente. Sabe perfectamente que, desde que abandonó el Ministerio de Interior, no le tiene miedo nadie, ni en el PSOE ni en el PSC, y cada vez son menos los que le respetan y obedecen. Así que, tratando de sobreponerse a semejante fracaso, recurre a lo único que sabe hacer, a pastelear con unos y con otros para jugar con ventaja la que probablemente sea su última baza.

Tratando de no armar mucho ruido, Rubalcaba acepta que se imponga una multa de 600 euros a todos los diputados del PSC por no haber acatado la disciplina de voto. Propicia igualmente  que José Zaragoza dimita de su cargo en la dirección del Grupo Parlamentario Socialista, pero no va más lejos. Quiere hacernos ver que se trata simplemente de pequeñas discrepancias con los socialistas catalanes, discrepancias que habrá que revisar cuidadosamente, pero nada más. Por lo tanto, no habrá ruptura y se mantendrá la relación y cooperación amistosa entre ambas fuerzas políticas.

Dice Rubalcaba que, en adelante, “El PSC debe consultar al PSOE cuando decida un tema sobre España y el PSOE debe consultar al PSC cuando decida un tema sobre Cataluña”. Con esta frase, el secretario general de los socialistas españoles se retrata y deja entrever que tiene una idea muy pobre de la unidad de España y de la igualdad entre todos los españoles. Pero esto, para Rubalcaba, tiene muy poca importancia. Es cierto que pretende cerrar, cuanto antes mejor,  el frente que le han abierto los diputados catalanes, pero solamente después de sacar el mayor provecho posible a las discordias que se han desatado en el seno del PSC.

La postura adoptada por Carme Chacón en la polémica desatada con la consulta soberanista catalana la indispuso con unos y con otros. Al mantenerse al margen en el pleno del Congreso, y no votar en contra  de la resolución de CIU y de Izquierda Plural, molestó a los del PSOE. Se enemistó igualmente  con el PSC al desmarcarse de sus directrices y no apoyar dicha resolución. Este comportamiento de la ex ministra Chacón fue calificado directamente por Pere Navarro como “poco leal”. Al reconstruir los puentes rotos, no es de extrañar que un personaje tan retorcido como Rubalcaba, intente deshacerse de la amenazante sombra de Carme Chacón, aprovechando ese distanciamiento de ella con el PSC.

De todos modos Alfredo Pérez Rubalcaba no gana para disgustos porque está viendo que, el camino hacia la Presidencia del Gobierno, cada día está más lejos. Es cierto que maneja muy bien la dialéctica y que comunica de manera bastante aceptable, pero pesa mucho su historia. De ahí que no cuaje ninguna de sus aspiraciones y crezca alarmantemente cada día el número de los ciudadanos que le rechazan. Según una de las últimas encuestas, Rubalcaba bate negativamente todos los récords: un 94% de los encuestados no se fía de él y un 87% cuestiona su labor de oposición. Hasta un 79% de los votantes del PSOE desaprueba su manera de liderar esa oposición.

Cada día está más claro que Rubalcaba no da la talla para presidir un Gobierno de España. Despertó muchas expectativas en un principio, pero que se han esfumando rápida y gradualmente con el tiempo. Abusó quizás  de la demagogia barata que suele utilizar la izquierda y también ha pesado mucho su pasado reciente y remoto. No es una buena carta de presentación el haber sido vicepresidente del Gobierno que nos llevó al  mayor desastre económico que se conoce. Y lo malo es que el PSOE, hasta ahora, no ha encontrado una alternativa mejor. Porque  Carme Chacón, que ha estado al acecho y tenía un buen número de valedores, sobre todo entre los socialistas catalanes, no es más que un mal bluf para esos menesteres.

Para asumir el cargo de presidente del Gobierno hace falta algo más que buena voluntad, que es lo único que nos ofrece la ex ministra Chacón. Podrá ser una buena secretaria general del PSOE, nadie lo duda, pero para presidir el Gobierno de España, hace falta algo más. Aunque tenga raíces andaluzas, y dejando a un lado si apoyó o no en su día a Pepe Rubianes, ha dado muestras, más que sobradas, de su exacerbado catalanismo. Y con ella al frente del Gobierno, volveríamos nuevamente al zapaterismo y todas sus acciones estarían marcadas por las ocurrencias más variadas y por la improvisación. ¡Que razón tenía Juan Carlos Ibarra, cuando dijo que “Chacón es Zapatero con faldas”!

Gijón, 5 de marzo de 2013

José Luis Valladares Fernández