lunes, 16 de mayo de 2022

EL SANCHISMO Y SU MINISTERIO DE LA VERDAD




 

En la novela de George Orwell, titulada 1984 (en su versión original: Nineteen Eighty-Four), nos encontramos con unas organizaciones políticas, que se comportan de una manera claramente totalitaria y represora. La acción se desarrolla en un Londres muy peculiar, lúgubre y ficticio, donde los ciudadanos están estrechamente controlados por la Policía del Pensamiento y donde se reescribe la historia sin miramiento alguno, para adaptarla a la versión oficial que dictamine el Partido.

La sociedad de ese Londres ilusorio consta de tres grupos bien definidos. En primer lugar están los miembros del Consejo dirigente, que marcan la pauta a seguir con manifestaciones oportunas y soltando consignas para dar rienda suelta al fervor fanático de los servidores. Después están los servidores o miembros externos, que se encargan de la burocracia. Y por último nos encontramos con la plebe, a la que se mantiene intencionadamente pobre y entretenida, para que acepten la sumisión y no puedan rebelarse.

Si no supiéramos que esta novela fue publicada  en junio de 1949, diríamos que George Orwell la escribió, inspirándose en la sociedad actual española, ya que hoy día, en España, llevamos una vida muy similar a la que se describe en esa obra literaria. Pues es evidente, que el Gobierno Frankenstein que padecemos, manipula descaradamente la información, vigila a la masa borreguil, y la castiga política y socialmente cuando desobedece sus mandatos.

El autor de la novela 1984, es verdad, no habla en ningún momento de “ministros”, pero nos da una información bastante detallada de los Ministerios del Amor, de la Paz, de la Abundancia y de la Verdad. El Ministerio de la Verdad, que se ocupa de las mentiras, es muy similar en todo a la siniestra organización, creada por el patrañero Pedro Sánchez, según dice, para censurar y luchar eficazmente contra la desinformación y que, por desgracia, acabará también con la libertad de expresión.

Gracias a esta nueva organización, que las redes sociales comenzaron a llamar Ministerio de la Verdad, el presidente Sánchez y su cohorte de lacayos pueden fiscalizar a los medios y determinar qué informaciones son veraces y cuáles no, sin dar ninguna explicación. Y en vez de conformarse simplemente con desenmascarar los distintos “eventos desinformativos”, los que en realidad mandan van mucho más allá y doblegan a su antojo la voluntad de los ciudadanos normales, limitando su movilidad y prohibiéndoles salir a la calle. Y también los amenazan con expropiar todos sus bienes, si se presenta la ocasión.

Todos sabemos que, cuando el insaciable Pedro Sánchez llegó a La Moncloa, se encontró con muchas dificultades para proceder a cercenar derechos y libertades. Para poder adormecer a los sufridos ciudadanos y encerrarlos sin más en el ansiado redil del pensamiento único, tenía que eliminar previamente el principal obstáculo, que no es otro que el actual sistema de reparto de poderes, fijado por nuestro modelo constitucional. Pues es evidente que, cada uno de esos poderes actúa siempre como contrapeso y límite de los demás.

Y eso fue, ni más ni menos, lo que pretendió hacer el líder del Ejecutivo español, nada más asumir la Presidencia del Gobierno. Si quería actuar libremente y sin ataduras, tenía que comenzar neutralizando o desactivando los distintos contrapoderes de nuestro Estado de derecho. Se hizo muy pronto con el apoyo de los distintos medios de comunicación a base de subvenciones y otras prebendas. También son evidentes las múltiples injerencias del presidente Sánchez en la Abogacía del Estado. Y no digamos nada de la Fiscalía General del estado, regentada, como es sabido, por su alter ego, la ex ministra de Justicia Dolores Delgado.

Para dar satisfacción a su desmedida voracidad y aumentar su poder político,  el autócrata Pedro Sánchez también pretendió meter baza en el Consejo General del Poder Judicial, aunque esta vez se vio obligado a desistir por la oposición firme del Partido Popular. Y como deseaba realizar su viejo sueño de suplantar a las Cortes y al jefe del Estado, para imponer sus propios dogmas a la sociedad, buscó la manera de disponer de una mayoría parlamentaria suficiente, que le permitiera reducir la capacidad de acción de los ciudadanos y recortar drásticamente sus derechos fundamentales.

Como el presidente Sánchez no contaba nada más que con los votos del PSOE y con los de sus socios de Gobierno, necesitaba concertar acuerdos con otras formaciones políticas para alcanzar los 176 escaños, para disponer de una mayoría absoluta en el Congreso. Y recurrió, quién lo iba a decir, al nacionalismo y al separatismo más extremo. Y conjugando hábilmente subvenciones jugosas con los consabidos indultos a los golpistas catalanes y las mejoras a la situación de los presos etarras y otras concesiones, algunas de ellas de dudosa constitucionalidad, consiguió el apoyo de ERC, Bildu, Compromis y los del PDeCAT.

Con toda esta tropa de indeseables, nuestro aprendiz de déspota ya tenía muchas posibilidades de imponer su voluntad a los sufridos españoles. No obstante, para evitar sorpresas y andar sobrado de apoyos, amplió aún más esa lista con  Más País, Nueva Canarias, PRC y Teruel Existe. De este modo tan simple, amarraba nada menos que 181 votos y, al superar ampliamente la mayoría absoluta, podía actuar a capricho sin depender de nadie.

A  partir de ese momento, aparece el verdadero Pedro Sánchez, que está tan endiosado como el famoso superhombre de F. Nietzsche y piensa que puede superarse a sí mismo y a su naturaleza. Y esto le habilita, cómo no, para  romper definitivamente con todas las ataduras tradicionales que condicionan su libertad. Y esto fue lo que le llevó a decretar un estado de alarma ilegal, para dotarse de un poder casi ilimitado, desconocido hasta entonces.

Así que, el 3 de noviembre de 2020, con la disculpa de poner freno a la alarmante propagación de la pandemia, el autócrata Pedro Sánchez decide prorrogar el estado de alarma actual, que era de solo quince días, nada menos que por un período de seis meses. Y lo hace evidentemente, qué le vamos a hacer, obviando lo que dice la Constitución española y con el sorprendente aval, del Congreso de los Diputados.

Sin la más mínima dilación, el sanchismo se aprovechó de esa prórroga ilegal del estado de alarma, realizando controles exhaustivos a la sociedad y entorpeciendo deliberadamente su evolución natural y sometiéndola a arbitrariedades más propias de regímenes totalitarios que de Gobiernos democráticos. Comenzó, como es lógico,  recortando derechos, para cargarse al individuo libre e independiente y aborregarlo, dejándolo sin ideas y sin iniciativas propias.

En este caso concreto, el nefasto sanchismo comenzó a tomar decisiones arbitrariamente y sin el menor control. Y como no le gustan las críticas, procuró acallar las voces discordantes con medidas restrictivas y, sobre todo, recortando la libertad de expresión. Así evita, que los medios de comunicación, que aún son libres e independientes, puedan censurar su desafortunada gestión de los asuntos públicos. Y para evitar malos entendidos, se dedicó a regular de manera sumamente clara y precisa, los límites que no deben ser traspasados.

De todos modos, debemos tener en cuenta que, para el presidente Sánchez, es mucho más importante la verdad oficial que la verdad real. Y eso es precisamente lo que le llevó a crear un organismo muy similar  al orwelliano Ministerio de la Verdad, con el encargo especial de vigilar las noticias falsas que aparecen frecuentemente en las redes sociales.

Según la orden ministerial que crea ese organismo, la prerrogativa de determinar qué informaciones son falsas o no, corresponde exclusivamente al Ejecutivo. Porque esa era la mejor manera de “influir en la sociedad” y  poner coto a los bulos que inundan las redes, ofreciendo en todo momento a los ciudadanos una “información veraz y diversa”.

Gijón, 14 de mayo de 2022

 José Luis Valladares Fernández


lunes, 2 de mayo de 2022

PEDRO SÁNCHEZ SIEMPRE SERÁ PEDRO SÁNCHEZ

 


Hay que reconocer, que lo único que realmente cuenta para Pedro Sánchez es su egregia persona y procura magnificarla con todos y cada uno de sus actos. En realidad, no es nada más que un pelanas, un auténtico inútil que, para desgracia de los españoles, estropea todo lo que toca. Pero es tan petulante y tan vanidoso, que piensa que él es el no va más, el más listo y el único que puede solucionar los graves problemas que viene arrastrando España.

Y como no podía ser menos, también terminó completamente envanecido con su esplendorosa estampa, y piensa que no hay nadie que le iguale en belleza y esbeltez. Y da por hecho que, ante su rutilante imagen, palidece hasta la hermosura clásica de personajes mitológicos, tan bellos y atractivos como el dios Apolo, y como Adonis y Narciso, que rompieron el corazón de Afrodita y de Perséfone y de la ninfa Eco.

Es comprensible, que el presidente Sánchez no quisiera ser menos que la mayoría de sus colegas europeos, y organizara igualmente su viaje particular a Ucrania, pero no para encontrarse con Volodímir Zelenski, ni para trasladar su apoyo al pueblo ucraniano ante la invasión rusa, como hicieron los demás. Aunque lo niegue, todos sabemos que fue allí para aprovechar esa circunstancia internacional bélica, para conseguir toda una serie de fotografías oportunas,  que encajan perfectamente en el documental que prepara para mostrar cómo es su día a día, resaltando, sobre todo, su talante más humano.

De no ser así, el comportamiento del oportunista Pedro Sánchez hubiera sido muy similar al de los demás presidentes que le precedieron. Habría ido a Kiev y se habría conformado simplemente con la fotografía oficial para perpetuar su protocolario encuentro con Zelenski. Pero necesitaba algo más, ya que esa foto no servía para solemnizar  el show que prepara para exhibir su insólita grandeza y su extraordinaria magnanimidad.

Todos sabemos que el presidente Sánchez es un fanfarrón y un petulante empedernido. Necesitaba, por lo tanto, registrar todas sus actuaciones en la devastada Ucrania, para presumir más tarde de semejante hazaña ante los sorprendidos españoles. Y esto le llevó a recurrir a una empresa audiovisual del magnate Jaume Roures y, a pesar del precio que es extremadamente caro, contrató el servicio de varios operadores de cámara, que situó en distintos puntos estratégicos de Kiev. Debían filmar todos sus movimientos y enviar seguidamente esas grabaciones a La Moncloa, para ser distribuidos a los distintos medios de comunicación.

Uno de los camarógrafos esperaba al presidente del Ejecutivo español en la estación de tren de Kiev. Así grabaría su llegada a la capital de Ucrania y los actos protocolarios del saludo de bienvenida de la viceprimera ministra ucraniana, Olha Stefnishyna. Y también, cómo no, su encuentro con el chef José Andrés, que está realizando una labor humanitaria altruista y verdaderamente meritoria con los ucranianos que más sufren por culpa de la invasión rusa.

Al finalizar los saludos y los agasajos del recibimiento, el presidente Sánchez marchó directamente  a curiosear por las calles de Borodianka, que es una de las poblaciones más devastadas por las tropas rusas. Y allí, faltaría más, le esperaba otro operador de cámara de los contratados al empresario y productor cinematográfico catalán, dispuesto para inmortalizar su interesante paseo y el diálogo que mantuvo con dos ancianos y con alguna de las autoridades locales, tal como hemos visto en las imágenes difundidas por La Moncloa

Fue después de vagar por las calles  de Borodianka, cuando se produjo la ansiada entrevista entre el endiosado Pedro Sánchez y el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. Al lugar de la reunión, que permanece en secreto por motivos evidentes de seguridad, fue llevado sigilosamente otro de los operadores  de cámara de Roures, para grabar y distribuir en diferido las imágenes de ese encuentro y la posterior rueda de prensa conjunta de ambos mandatarios.

Y el presidente del Gobierno español aprovechó precisamente esa rueda de prensa, para dar muestras, una vez más, de su irresponsabilidad y, por supuesto, de su enorme y proverbial torpeza. No olvidemos que el insensato Sánchez, para sorprender y deslumbrar al presidente ucraniano, utilizó ese momento para anunciar solemnemente, que “las armas ya van camino de Polonia a bordo del buque Ysabel.

Cualquier persona medianamente inteligente sabe que, en semejantes circunstancias, no se debe desvelar nunca el nombre del buque militar que lleva armas a Ucrania, porque así corre un riesgo grave el buque y su tripulación. Pues es sabido que Rusia ha lanzado amenazas serias contra las embarcaciones que porten armas para reforzar a los defensores ucranianos. Claro que Pedro Sánchez, qué le vamos a hacer, siempre será Pedro Sánchez, un auténtico irresponsable que, para presumir y enaltecer su figura, es capaz de vender y traicionar a los españoles, y hasta a sus amigos más íntimos si se descuidan.

Lo del presidente Sánchez es todo así. Es un personaje imprevisible que no piensa nada más que en sí mismo. Y como todos los que tienen apetencias totalitarias, nunca admite consejos de nadie y actúa siempre atropelladamente, sin reparar en las previsibles consecuencias adversas. Sin ir más lejos, acaba de enemistarnos con nuestro principal suministrador de gas, que es Argelia, al aceptar gratuitamente las demandas de Marruecos sobre el Sahara. Y ahora deja que, enemigos declarados de España, como ERC, Bildu, Junts y la CUP, entren en la Comisión de Secretos Oficiales. Es evidente que ni el famoso Jaimito lo hubiera hecho peor.

 

Gijón, 29 de abril de 2022

José Luis Valladares Fernández


martes, 19 de abril de 2022

EL SANCHISMO DEL LADO DE LOS POBRES

 


Fue a finales del siglo XVIII, cuando se produjeron los primeros movimientos revolucionarios, que dieron lugar a una nueva corriente ideológica, el socialismo, que fue asumido inmediatamente por la izquierda. Comenzaron, cómo no, pidiendo una distribución igualitaria de la riqueza, y terminaron exigiendo la sustitución de la propiedad privada por la colectiva en todos los medios de producción y la eliminación de las diferentes clases sociales.

Y las ideologías de izquierda, ya se sabe, sostienen absurdamente que la economía abierta acaba con la necesaria igualdad y condena a los pobres a ser cada vez más pobres, y abre a los ricos la posibilidad de aumentar aún más su riqueza, cuando es más bien todo lo contrario. La izquierda no lo reconocerá jamás, pero los pobres viven mejor y son menos menesterosos en un país capitalista, que cuando están bajo el dominio de un régimen socialista. Y todo, como es lógico, porque pagan menos impuestos y cuentan con muchas más libertades.

Es verdad que la izquierda aparece siempre como defensora nata de los pobres, pero solo es de palabra, porque si nos atenemos a los hechos, el socialismo real, o capitalismo de Estado –que tanto más da-, no hace otra cosa que reducir constantemente el nivel de vida de los ciudadanos, a la vez que aumenta su pobreza y su insolvencia. Y Winston Churchill lo expresó muy bien con esta frase: “El socialismo, es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia, la prédica a la envidia. Su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.

Y aunque parezca mentira, eso mismo afirmó expresamente un personaje tan poco sospechoso como el líder bolchevique León Trotski, al dejar en su libro La revolución traicionada una frase tan reveladora como ésta: “En un país donde el único empleador es el Estado, la oposición tiene una muerte lenta por hambre. El antiguo principio de quien no trabaja no come, ha sido reemplazado por uno nuevo: quien no obedece no come. Que es tanto como decir que sin libertad económica, tampoco puede haber libertad política.

Y eso es lo que viene haciendo la izquierda, para convertir a los ciudadanos en simples y obedientes siervos, que se olviden de sí mismos y se centren en la colectividad. Los socialistas venían embaucando y avasallando a la población ordinaria, utilizando normalmente las mayorías que daban los votos. Pero los personajes como el autócrata Pedro Sánchez, que odian profundamente a los que no quieren dejarse aborregar, van mucho más allá y, remedando al comunismo más rígido y severo, los esclavizan por la fuerza, a base de un simple ordeno y mando. Y sin más preámbulos, procuran imponerse a base de decretazo limpio.

Estando al frente del Gobierno un personaje tan torpe y tan siniestro como el presidente Sánchez, es normal que, en Europa, lideremos ampliamente todas las estadísticas negativas. Aunque el Gobierno camufla cantidad de gente desempleada, seguimos teniendo más parados que nadie. Y pasa otro tanto de lo mismo con la caída del PIB, con la inflación disparada y, por supuesto, con el aumento de la deuda pública.  Los datos que aparecen en estos indicadores, sitúan a España al frente  del ‘índice de miseria’ de la Unión Europea.

Según el criterio de los esbirros presidenciales, cerramos el año 2021 con un total de 3.105.905 desempleados. En esa cifra oficial, no aparecen los que buscan empleo por primera vez, ni los que integran las listas de los ERTE y ni los autónomos que están en cese de actividad. Si a la cifra que da el Gobierno, le sumamos todos estos, nos acercaríamos probablemente  a los 4.00.000 de parados.

Y no digamos nada, si analizamos la evolución de los indicadores que registran puntualmente el aumento de la pobreza entre los españoles. Empecemos recordando, que Pedro Sánchez aprovecha todas sus apariciones en público para envolverse en la bandera de la “justicia social” y presumir de ser “el más progresista de la Historia”.

Por culpa de la monstruosa inflación, el número de ciudadanos con dificultades económicas extremas ha venido creciendo, ahí es nada, del 4,7% al 7%, desde el año 2020.  Y esto es tanto como decir, que hemos pasado de 2,21 a 3,32 millones de pobres, que es tanto como decir que los menesterosos crecieron en España nada menos que a un ritmo aproximado de 3.000 al día. Y a pesar de todo, el responsable máximo del Gobierno todavía sigue poniendo más interés en doblegar a las personas que en controlar la endiablada escalada de precios.

De acuerdo con los datos que ofrece la Comisión Europea, durante el año 2020, el PIB de España cayó un 10,8%, que es un desplome tremendamente escandaloso, si la comparamos con el retroceso del 6,4%, que experimentó el PIB de los veintisiete países que forman la Unión Europea. Y para que todo siga igual, qué le vamos a hacer, tampoco mejoramos nada en el año 2021, ya que, según el INE solo crecimos un modesto 5,1%, en vez de al 9,8% que había pronosticado el Gobierno sanchista.

Si nos atenemos a la evolución de los datos, no podemos augurar que, a lo largo del año 2022, reduzcamos significativamente el empobrecimiento de España, para acercarnos a la situación económica del año 2019. Es cierto que el Gobierno conserva su proverbial optimismo y defiende que, en 2022, alcanzaremos el 7% de crecimiento.

Pero no tardaron mucho en salir a la palestra los analistas del Banco de España y de Funcas, entre otros, para bajar los humos a Pedro Sánchez y al equipo económico del Gobierno, que dirige Nadia Calviño, reduciendo notablemente ese porcentaje hasta el entorno de un 4%. Todo indica, por lo tanto, que seguiremos en desventaja con la Unión Europea durante todo este año, ya que no habrá manera de recuperar los  niveles del PIB del año 2019.

Y para mayor desgracia, al exagerado estancamiento económico que arrastramos desde el año 2020, estamos obligados a contar necesariamente con una inflación bastante más disparatada que en el resto de Europa que, como no puede ser de otra manera, castiga fuertemente a las empresas y a las familias particulares. Y si esa inflación alcanza un porcentaje muy cercano al 7%, tal como señala Funcas, el poder adquisitivo de los españoles podría sufrir una reducción de unos 46.410 millones de euros a lo largo del año 2022, que no es moco de pavo.

Para complicar aún más nuestra situación económica, entre los años 2019 y 2022, la deuda pública se disparó en España hasta cotas francamente inasumibles, provocando así una subida desmesurada de la inflación. Y todo por la inacción y la incapacidad del Gobierno Frankenstein de Pedro Sánchez. Mientras que en España, en ese período de tiempo, pasamos del 95% al 120% del PIB, creciendo 25 puntos porcentuales, en la Unión Europea, que pasaron del 77% al 90%, lograron moderar ese incremento, al subir de media solo 13 puntos porcentuales, 12 menos que la cosechada por España.

No obstante, el Gobierno tiene en su mano la posibilidad de arreglar en parte este desaguisado y minimizar las nefastas consecuencias de unos precios tan elevados, rebajando simplemente la enorme carga fiscal que soportamos todos los españoles. Pero el desvergonzado presidente Sánchez se niega a reducir impuestos, alegando simplemente que “es suicida desarmar el Estado de bienestar, que debe funcionar para proteger a los más vulnerables”.

Y sin embargo, es público y notorio que son otras las razones, por las que el responsable del Gobierno socialcomunista se niega a suavizar el régimen tributario que esclaviza a los españoles. Pues es sabido, que todo lo que recauda por esa vía se le va en pagar favores y comprar voluntades. Y necesita bastante más dinero para agrandar aún más su ya inmensa corte faraónica y mejorar ostensiblemente su esplendor y fastuosidad.

Está visto que las políticas ideológicas y el intervencionismo de Pedro Sánchez solo sirven para que crezca decisivamente el número de pobres y, sin duda alguna, para que éstos sean cada vez más indigentes y pordioseros. Tenemos un ejemplo meridianamente claro en la clase media española que, por desgracia, está desapareciendo a pasos agigantados y, para que no falte nada, los pocos que quedan de ese estrato social medio son hoy un 10% más pobre.

Y como quien no quiere la cosa, el presidente ‘Pinocho’ Sánchez ha demostrado fehacientemente que no se conforma con tener una sociedad española en la que predominen los pobres. Quiere además, que todos esos menesterosos sean dóciles y obedientes y que agradezcan sinceramente las escasas limosnas sociales que reciben del Gobierno y que no protesten. Y para que sean cada vez más dependientes del Estado, hay que aborregar a los ciudadanos desde bien jovencitos, envileciendo y devaluando la enseñanza que reciben en los colegios.

Precisamente por eso, a partir del próximo curso, se abandona definitivamente la cultura del esfuerzo y del trabajo. En consecuencia, ya no habrá ni calificaciones numéricas, ni exámenes extraordinarios y los alumnos podrán pasar de curso hasta con varios suspensos. El  aprendizaje memorístico deja paso a otro aparentemente más práctico y “cercano a la vida cotidiana de los jóvenes”, y más favorable, en realidad, a los intereses ideológicos del Gobierno.

 

Gijón, 14 de abril de 2022

            José Luis Valladares Fernández

martes, 5 de abril de 2022

SIEMPRE SON OTROS LOS CULPABLES

 



Podemos decir, que Sócrates es uno de los filósofos clásicos más grandes. Vivió siempre en Atenas, donde nació en el año 470 a. C. en la época más gloriosa de toda la antigua Grecia. Y tenemos que decir que marcó un hito entre los intelectuales más ilustres de la historia. Los maestros que le precedieron se ocupaban exclusivamente de descifrar la realidad física que les llegaba por los sentidos.  

A Sócrates, en cambio, le interesaban  todas las disciplinas, pero se centró básicamente en el propio ser humano. Empezó haciendo suya la frase “conócete a ti mismo”, que figuraba  en el pronaos del templo de Apolo en Delfos. Y todo, porque consideraba que el verdadero conocimiento empezaba en uno mismo y que, explorando la mente humana y la manera de relacionarse de las personas, se alcanzaba la genuina sabiduría que busca la filosofía.

Aunque no dejó ningún escrito, que sepamos, procuró, eso sí, formar un nutrido grupo  de discípulos, entre los que destaca nada menos que Platón, que llegó a ser el máximo referente filosófico de su tiempo. De todos modos, conocemos su obra y sus enseñanzas, en primer lugar, por los diálogos de Platón, su principal discípulo y, cómo no, por las obras de Aristófanes y las de Jenofonte. Su discípulo Platón, por ejemplo, nos presenta a Sócrates como un auténtico maestro de maestros, que utiliza la ironía para acercar a la población de Atenas a la virtud. Y hace esta labor para ayudar desinteresadamente a sus interlocutores.

Claro que, si nos atenemos a la información que nos da Aristófanes en su obra cómica Las Nubes, veremos que Sócrates es una persona vulgar y muy poco creíble, que tiene muy poco que ver con el filósofo ateniense que conocemos. Estaríamos ante un sofista vulgar, que nos ofrece una visión meramente relativa  de la ética tradicional de Atenas, y que se atreve a minimizar la importancia de los Dioses del Olimpo.

No obstante, gracias al historiador Jenofonte volvemos a recuperar la imagen real del filósofo callejero. En vez de referirse a su aspecto dialéctico y teórico de la ciencia pura, como hizo Platón, se centra más bien en la ética y en la esencia de la vida práctica, y nos muestra un Sócrates que destaca justamente por sus cualidades humanas y sociables y por su capacidad para reconocer las virtudes que atesoran otras personas.

Como es sabido, Sócrates no se consideraba un sabio. Y como la pitonisa del oráculo de Delfos solía decir, que él era el más sabio de todos los griegos, llegó a desconfiar del oráculo y comenzó inmediatamente a buscar, entre los personajes más renombrados de su época, los sofistas, a alguien que fuera más sabio que él. Y se encontró, quien lo iba a decir, con que todos ellos creían saber bastante más de lo que realmente sabían.

Y es precisamente en su obra Recuerdos de Sócrates, donde Jenofonte nos ofrece uno de los encuentros de Sócrates con el presumido Hipias de Élide, donde aparecen muy claras las diferencias que existen entre el filósofo ambulante y los sofistas. En ese diálogo el sabelotodo Hipias hace esta pregunta a Sócrates: “¿Por qué repites siempre las cosas que decías tiempo atrás?”. Y éste le respondió: “Así es, Hipias; digo lo mismo sobre los mismos asuntos. Lo sorprendente es que tú  siempre digas algo diferente sobre los mismos asuntos”.

Es ciertamente un diálogo muy corto, pero lo suficientemente largo para reflejar la enorme diferencia moral e intelectual que existe entre el maestro Sócrates y el lenguaraz y presumido sofista. Es evidente que, de aquella, no había nadie en toda Grecia que se diera tanto autobombo como el afamado sofista Hipias. No olvidemos que Hipias se presenta así mismo, como el más sabio de aquella época, el más digno de estimación y el que más dinero ganaba con sus enseñanzas.

Y aunque Hipias parece un personaje irrepetible, resulta que hoy tenemos que enfrentarnos a su doble, que no es otro que Pedro Sánchez. Además de presumir de su estampa, compite en petulancia  con dicho sofista, alardea públicamente de su valía personal y hasta se jacta de ser una auténtica lumbrera intelectual. Y como, al parecer, no hay nadie tan preparado como él para estar al frente del Gobierno, se permite el lujo de afirmar que, gracias a su valía, los españoles somos hoy la envida de los países de nuestro entorno, por su acertada gestión de la pandemia y porque, según dice, lideramos la previsión de crecimiento económico.

Pero todos sabemos que eso no es así. Empecemos por señalar que, si el presidente Sánchez sería un mal concejal de pueblo, tiene que ser necesariamente un presidente pésimo del Gobierno. Y debería estar inhabilitado para desempeñar cualquier cargo público, por su exagerada arrogancia y, sobre todo, por su manifiesta incompetencia. Su triunfalismo desbocado le lleva a vanagloriarse de su gestión y a dibujar un panorama idílico que no tiene nada que ver con la realidad que vivimos. Y para colmo de males, no dice una verdad, ni queriendo. Como el heleno Hipias, es incapaz de mantener su palabra.

Y por desgracia, debemos añadir que el presidente del Gobierno que nos cayó en suerte tampoco es que descuelle por su inteligencia. Si fuera de verdad el genio intelectual que dice ser, habría adquirido su doctorado sin necesidad de recurrir a una tómbola. Y además, se habría dado cuenta que, una tras otra, se han encendido ya  todas las alarmas, para hacer pública nuestra precariedad económica. Y de seguir así, los inversores extranjeros huirán en bandada de la España sanchista, y terminaremos irremediablemente en la ruina más absoluta, sin tener que esperar a que finalice la actual legislatura.

En todo caso, no podemos esperar, que el farsante Pedro Sánchez admita ningún tipo de responsabilidad en el escandaloso descalabro que sufre nuestra economía. Y también es seguro que, en vez de buscar decididamente la manera de dar una solución viable al problema, se dedicará más bien a buscar culpables para salvar su responsabilidad. En este caso concreto, la culpa es, faltaría más, del coronavirus, de Putin y, por qué no, de la malvada ultraderecha.

La inflación, sin ir más lejos, ha pasado a ser hoy día una de nuestras mayores preocupaciones. Como es obvio, los precios comenzaron a descompensarse siempre al alza con la llegada del Gobierno socialcomunista que preside el actual líder del PSOE. Y se desbocaron hasta tasas verdaderamente inasumibles, qué le vamos a hacer, bastante antes de que se produjera la calamitosa invasión de Ucrania por parte de Rusia.

Y si no ponemos freno pronto a ese crecimiento desenfrenado de los precios, y nos vemos obligados a combinar la inflación con el estancamiento de la economía, tendremos que enfrentarnos a lo que los economistas llaman estanflación que, mira por dónde, es uno de los peores escenarios posibles para volver a levantar cabeza y reemprender de nuevo una recuperación económica. Es obvio que la estanflación distorsiona los mercados y también tiene unos costes empresariales completamente inasumibles. Y no digamos nada  de las clases medias y bajas, que son las víctimas principales de esta preocupante situación económica.

A pesar de todo, el impresentable presidente Sánchez, vive en un mundo ficticio, que no tiene nada que ver con la España real de todos los días. Y en vez de enfrentarse seriamente a la realidad y cortar por lo sano, sigue manteniendo unos gastos corrientes descomunales. Y para agravar aún más la situación, se dedica a repartir subvenciones y ayudas públicas a manos llenas entre sus familiares, amigos y allegados, en algunos casos para comprar voluntades y, en otros, para pagar favores ya recibidos.

Esto nos lleva naturalmente a figurar en el ranking mundial de Deuda Pública entre los países más endeudados del mundo. Y mientras esté al frente del Ejecutivo este indeseable personaje, mantendremos esas tasas insostenibles de deuda y seguiremos viviendo de las apariencias. Y si no aceptas con paciencia este statu quo, caerás sin más en desgracia del ‘sanchismo’ y te llamarán ultra y facha y pasarás a ser rápidamente un enemigo del Régimen.

Todo indica que la economía española presenta signos inequívocos de un desequilibrio estructural manifiesto, con un gasto y un déficit públicos francamente desbocados. Desde que gobierna o desgobierna Pedro Sánchez, la deuda pública no ha parado de subir. Durante el primer año de su mandato, la deuda se incrementó nada menos que en 38.688 millones de euros. Y durante los 46 meses restantes, superó con creces los 267.000 millones de euros.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), al cerrar el año 2021, la deuda pública en España alcanzaba el escalofriante porcentaje del 118,7% del PIB. Y esto quiere decir lisa y llanamente que, el 31 de diciembre de 2021, nuestra deuda llegaba a la asombrosa cifra de 1,427 billones de euros. Y hablando en términos de deuda per cápita, estaríamos debiendo, ahí es nada, 30.263 euros por habitante

Y si ya es impresionante la deuda pública que arrastramos los españoles, no es menos terrorífica la inflación que venimos soportando, por la ineptitud de quien administra ocasionalmente nuestra economía. Si nos atenemos al reciente avance del INE sobre el Índice de Precios de Consumo (IPC) del mes de marzo de 2022, veremos que sube un 3% con respecto al mes de febrero, elevando la tasa interanual hasta el 9,8%. Sería la decimoquinta subida  consecutiva del IPC, y tendríamos que remontarnos hasta mayo de 1985, para encontrar un IPC interanual más alto que el del mes de marzo pasado.

Sin embargo, es preciso tener en cuenta, que cerramos el año 2021 con Ucrania todavía en paz y con la subida duodécima consecutiva del IPC, hasta alcanzar un 6,5%, que ya es una tasa de inflación interanual disparatadamente alta. Tendríamos que remontarnos, digámoslo claramente, hasta mayo de 1992 para encontrar un IPC interanual más alto que el del 31 de diciembre de ese mismo año.

Todo esto quiere decir, que los problemas de la deuda pública, de la inflación y del descontrol generalizado de nuestra economía se deben principalmente a la impericia del Gobierno socialcomunista que gestiona nuestra economía. Es cierto que la Guerra de Ucrania agravó aún más nuestra precaria situación económica, pero que Pedro Sánchez culpe de todo a esa guerra, no es nada más que una coartada indecente para escurrir el bulto y eludir cualquier tipo de responsabilidad.

En cualquier caso, habrá que recordar al inepto presidente Sánchez, que el Covid-19 afectó por igual a todo el mundo. Y querámoslo o no, tenemos que aceptar que el impacto económico de la pandemia ha sido particularmente más grave en España, que en ninguna de las economías de nuestro entorno. En ningún otro país  de la Unión Europea se produjo una caída del PIB tan alarmante como en España.

Pasa exactamente lo mismo con la asombrosa escalada de precios que soportamos. Para el desvergonzado presidente Sánchez, “la inflación, los precios de la energía son única responsabilidad de Vladimir Putin y de su guerra ilegal en Ucrania”. Sea como sea, antes de que ningún soldado ruso pisara suelo ucraniano, la recuperación económica en España ya estaba estancada y teníamos la inflación más alta de Europa. Cuando de verdad estalló el conflicto bélico, estábamos con un 7,4% de inflación. Tendríamos que remontarnos hasta julio de 1989 para encontrar un nivel más alto.

Es innegable que la pandemia del coronavirus, que venimos arrastrando desde finales del año 2019, causó muchos más destrozos en España que en ningún otro país de Europa. Y suponemos que pasará tres cuartos de lo  mismo con la guerra de Ucrania. Y esto, creo yo, solo tiene una explicación, la incapacidad de nuestro Gobierno para gestionar debidamente nuestra economía. Y como es muy peligrosa esa inflación de casi dos dígitos, procura evadir su responsabilidad, inculpando a Putin y a la extrema derecha. Y si se descuida, culpará también a oposición y, por supuesto, al volcán de La Palma y a la dichosa calima.

 Gijón, 2 de abril de 2022

José Luis Valladares Fernández


miércoles, 23 de marzo de 2022

SÁNCHEZ LLEGA A LOS MUNDOS DE YUPI

 


Tenemos que aceptar que, entre los miembros de ese conclave de jerarcas insaciables que siempre quieren más y aspiran a dominar el mundo, está el multimillonario George Soros. Quizás no sea tan conocido, ni tan popular como el financiero Bill Gates. Pero eso sí, cuando se proponen elaborar el tablero geopolítico global, comparten las mismas teorías conspirativas, que son prácticamente iguales a las del resto de este tipo de mandatarios figurones.

Aunque el magnate húngaro-estadounidense Soros está conspirando en más de medio mundo, tenemos que reconocer que España es precisamente uno de sus objetivos preferentes. Y se le acusa, entre otras cosas, de estar detrás  de todas las iniciativas que guardan relación con el ‘gran reseteo’ del globalismo. Y para garantizar el ‘gran reinicio’, busca la manera  de fragmentar la sociedad, ahondando las diferencias que hay entre los hombres y las mujeres, con la trasnochada ideología de género.

 Cuando no hay confianza entre la pareja, se desestabiliza la familia, que es uno de los objetivos básicos del magnate húngaro-estadounidense George Soros. Y eso le lleva, cómo no, a romper la institución familiar, a incrementar lo más posible el número de abortos y, para que no falte nada, a fomentar descaradamente la inmigración irregular, haciendo creer a los que llegan de otros países que, sin necesidad de  trabajar, van a vivir en España mejor que Alicia en el País de las Maravillas.

Para manejar más fácilmente a los ciudadanos y conseguir un mundo más igualitario y saludable, el gerifalte Soros, se ha propuesto acabar con la familia, borrando para siempre los conceptos de Dios y de patria y haciendo partícipes a los niños de la nueva ciencia LGTB. Y para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030, pretende debilitar al máximo el Estado, convirtiéndolo en un simple satélite de esa élite mundial.

Para conquistar semejantes retos, George Soros y sus compinches  tratan de distraer a la opinión pública. Y en esta ocasión, tal como refleja  el informe Davos 21, contaron con la imprevista ayuda del coronavirus. El miedo provocado por esa tragedia sanitaria, ha doblegado a la población, obligándola a aceptar diversos cambios sin rechistar. A partir de ahora, todos esos magnates multimillonarios aprovecharán intencionadamente esa circunstancia, para aumentar su poder y sus beneficios y para imponer por las bravas un sistema totalitario a nivel global.

Y no cabe la menor duda que el plan del mandatario Soros ha triunfado plenamente en España, y tenemos muchas personas que trabajan por esa causa, algunas hasta sin saberlo. Tal es así que, en España, la Agenda 2030 tiene un Ministerio propio, que estuvo en manos del vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, y que ahora está regentado por Ione Belarra Urteaga. Y querámoslo o no, creen ciegamente en las predicciones del Foro Económico y Mundial de Davos, dando por buena, incluso, a esta expresión: “En 2030 no tendrás nada y serás feliz”.

Y  como no podía ser menos, Pedro Sánchez,  aguijoneado por su obsesión patológica por el poder, pasó inmediatamente a desempeñar el papel de leal siervo del preboste George Soros. A partir de ese momento  político, el ‘ocupa’ de La Moncloa asumió con entusiasmo la tarea de construir una sociedad española nueva, adaptada a las pretensiones de ese impertérrito cenáculo de multimillonarios que defienden interesadamente el globalismo. Y como, al parecer, los españoles somos todos tontos de remate, aprovechó esa coyuntura, para hacer de España su finca particular y colmar así su desmedida ambición de poder.

Para lograr ese objetivo, el avaricioso presidente del Gobierno necesitaba, por supuesto, anestesiar a toda la sociedad para evitar sus protestas. Y tenía que rematar su actuación, silenciando al Parlamento y sometiendo al Poder Judicial y a las fuerzas de seguridad. Para conseguir esos retos y no dejar ningún cabo suelto, contaba con el apoyo de Unidas Podemos y de los que buscan desesperadamente romper la unidad de España, como es el caso de los golpistas y secesionistas, y de los filoetarras o herederos de ETA.

Claro que, para transformar la sociedad y conservar indefinidamente esa situación y mantenerse en el Poder, el malabarista Pedro Sánchez precisa algo más que su habitual palabrería hueca. Necesita ante todo, aparentar que lucha contra la pobreza y que busca la manera de reducir las desigualdades. Es igualmente necesario que todos los ciudadanos disfruten de las mismas oportunidades, sin tener en cuenta, claro está, ni su origen, ni su orientación sexual o identidad de género. Y por descontado, también hay que alcanzar una igualdad plena entre hombres y mujeres.

Para no fallar y lograr semejante propósito, el presidente Sánchez defiende con verdadero entusiasmo el Nuevo Orden Mundial, impulsado por esa camarilla de insolentes multimillonarios, que pretenden romper la cohesión social e imponer el pensamiento obligatorio. Y eso le lleva realmente, como ya hemos visto, a utilizar la pandemia con la malévola intención de fraccionar nuestra sociedad para controlarla mejor. Sin ir más lejos, se aprovechó del confinamiento ilegal del estado de alarma, para aislarnos en casa y para promulgar, a base de decretazo limpio, nada menos que treinta y cuatro leyes diferentes.

Y revestido con los ropajes del progresismo más barato e insolidario, el presidente actual del Gobierno, comenzó sin más  a cumplir las consignas del chantajista George Soros. Y todos sabemos que una de las prioridades de este desvergonzado magnate es construir sociedades extremadamente débiles, cuyos individuos vivan aislados y enfrentados unos contra otros. Los seres humanos desenraizados de la familia y de la sociedad en la que viven, pierden la capacidad de pensar y hasta son incapaces de protestar y, por lo tanto, son mucho más obedientes y mucho más fáciles de controlar y de camelar.

Pero Pedro Sánchez no se queda ahí y aprovecha también la ideología de género para corromper también a la pareja. Es evidente que, si dinamitamos el entendimiento entre los hombres y las mujeres, desaparecerá la confianza mutua y habremos asegurado la limitación de nacimientos. Y eso es justamente lo que busca esa partida de avaros magnates, mantener el aborto e instaurar la eutanasia, que son auténticos asesinatos. En todo caso, como no quieren asustar, procuran dulcificar las palabras y hablan de ‘salud reproductiva’ y de ‘muerte digna’.

Y para que no le tilden de pacato, el ambicioso presidente Sánchez va mucho más lejos y, además de cercenar el derecho inalienable de los padres a elegir la educación de sus hijos, transfiere la ideología de género sobre la infancia y sus juegos, y afirma tranquilamente, ahí es nada, que tu no naces ni hombre ni mujer y que puedes ir cambiando a merced de tus deseos. Y por si esto fuera poco, atribuye al aborto, a la agenda LGTB y a la sexualización de los niños, nada menos que efectos benéficos sobre el cambio climático. Y remata la faena, intentando incluir la perspectiva de género y el sentido  emocional, en la asignatura de Matemáticas.

Es verdaderamente lamentable que, en un momento político, social y económico tan complicado como éste, tengamos en la Presidencia del Gobierno a un personaje tan inútil e irresponsable como Pedro Sánchez, que está más atento a conservar el poder que a servir a España. Y claro, así nos va. Si nos hacemos caso del Fondo Monetario Internacional, que creo que no es nada sospechoso, debemos admitir que, en toda la Unión Europea no hay ninguna economía que haya tenido tantas pérdidas de PIB como la española. Y para mayor desgracia, ocupamos la cabeza en inflación y la cola en recuperación. 

De todos modos, hay que señalar que los psicópatas, como es el caso del presidente Sánchez, nunca tienen la culpa de nada. Su narcisismo patológico le mantiene siempre muy por encima de los acontecimientos reales. Así que perdemos desgraciadamente el tiempo, si esperamos que asuma algún tipo de responsabilidad por los pésimos resultados económicos que padecemos, gracias a su desafortunada gestión.

Antes de la invasión de Ucrania por Rusia, echaba la culpa de la desastrosa evolución de nuestra economía a la pandemia. Ahora, sin embargo, ante los ataques brutales que sufren injustamente  los ucranianos, el inmarcesible y sempiterno Pedro Sánchez tiene la desfachatez de culpar a Putin de la subida excesiva de la inflación, y de los precios astronómicos de la energía y de los carburantes.

A pesar de todo, es completamente absurdo, achacar al coronavirus el deterioro fulminante que sufrió nuestra economía. Para empezar, la funesta epidemia, provocada por el coronavirus, afectó por igual a todos los países de Europa y, sin embargo, en ninguno de ellos se produjo una contracción tan drástica de la economía como en España. Y pasa tres cuartos de lo mismo con la guerra ucraniana. Cuando Vladimir Putin comenzó a bombardear Ucrania, ya llevábamos meses estando en máximos históricos tanto en inflación como en los  precios de la luz y de los distintos combustibles. Tendrá que buscar otra disculpa más creíble.

Una de dos, o el presidente del Gobierno socialcomunista y sus ministros son incapaces de aportar una solución viable al problema económico que soportamos, o buscan expresamente el empobrecimiento de los sufridos ciudadanos. También puede darse el caso, por qué no, que  sean ambas causas a la vez. En cualquier caso, es evidente que a los socialistas, qué le vamos a hacer, les gusta elevar el nivel de pobreza lo más posible, porque los pobres son mucho más dóciles y manejables, si se les proporciona lo indispensable para subsistir. Como dijo Winston Churchill, “la virtud inherente al socialismo es el equitativo reparto de la miseria”.

Es público y notorio que el impresentable Sánchez está al cabo de la calle que, la subida desproporcionada de los impuestos, lleva consigo inevitablemente un aumento progresivo e imparable de la pobreza. De modo que trata de justificar esa desbocada  escalada de esas cargas impositivas sin asustar a los ciudadanos, gastando sin control alguno y endeudándonos hasta límites insostenibles.

Y no contento con esto, el aprendiz de brujo que nos gobierna, resucita nuevamente la vieja ‘lucha de clases’ para dividir a las personas entre ricos y pobres. Y completa la faena, digámoslo claramente, acabando con la molesta e indisciplinada clase media. Es verdad que, una vez que desaparezca la clase social que cuenta con un nivel socioeconómico medio, crecerá aún más el número de descontentos. Pero le da igual, porque sabe que así cuenta con el apoyo de los pobres para  expoliar sin miramiento alguno a los ricos. Y así fue como Pedro Sánchez llegó a los Mundos de Yupi de la mano de Soros.

 Gijón, 21 de marzo de 2022

 José Luis Valladares Fernández