miércoles, 24 de febrero de 2021

EL DESASTRE ECONÓMICO ESTÁ SERVIDO

 


 

En las Sátiras del antiguo poeta romano, Aulo Persio Flaco, aparece la máxima latina, Qui resistit, vincit que, traducida al español, sería utilizada profusamente por nuestro Premio Nobel  Camilo José Cela. Tanto en sus diálogos frecuentes, como en muchas de sus conferencias, sacaba a relucir esa sentencia, con estas u otras frases similares: “vence quien dura” o “en España quien resiste gana”. Y como no podía ser menos, la frase EL QUE RESISTE GANA terminó figurando como divisa de su escudo.

Y eso es precisamente lo que intenta hacer el presidente del Gobierno que nos han impuesto los enemigos declarados de España, resistir contra viento y marea, para terminar saliendo con la suya. No olvidemos, que Pedro Sánchez llegó de manera totalmente irregular a La Moncloa, porque su moción de censura contra Mariano Rajoy, no cumplía ninguno de los requisitos exigidos por nuestra Constitución.

Para empezar, el aspirante a regir los destinos de España, basó toda su argumentación en una valoración improcedente, que el juez José Ricardo de Prada introdujo de manera francamente arbitraria en la sentencia de Gürtel. Sin guardar la más mínima apariencia de imparcialidad, y con toda su mala intención de perjudicar al Partido Popular, dio por hecho que existía la famosa ‘caja B’ de este partido político.

Este entuerto del juez José Ricardo de Prada, que posibilitó esa moción de censura, fue oportunamente subsanado por el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, de la siguiente manera: borrando ese inciso de la sentencia y apartando a ese juez del juicio pendiente sobre la financiación del Partido Popular, por su evidente falta de imparcialidad.

Y por si fuera esto poco, tampoco puede presumir el secretario general del PSOE de haber contado con una mayoría suficiente para llegar al poder, a través de la moción de censura. Si nos atenemos a los hechos, vemos que aquella mayoría era claramente ficticia. En aquella votación, más que un sí a Pedro Sánchez, encontramos un no rotundo a Mariano Rajoy, para que abandonara la presidencia del Gobierno. Querían hacerle pagar la postura inflexible que adoptó contra los organizadores del referéndum del 1 de octubre de 2017.

Según explica el propio Pedro Sánchez, presentó esa moción de censura para  “recuperar la normalidad institucional” y “regenerar la política española”. Por sus casos de corrupción, era intolerable que el Partido Popular siguiera al frente del Gobierno. Y hace esta afirmación, quién lo diría, el líder de un partido, que aún no ha sido capaz de explicar satisfactoriamente el paradero  de los 680 millones de euros, que desaparecieron  en Andalucía, cuando gobernaba allí el PSOE. Se trata, por lo visto, del mismo partido que creó la trama de las empresas de Filesa, Malesa y Time-Export, para financiar ilegalmente sus propios gastos.

Tenemos que reconocer, que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa como un caballo desbocado, con unas ansias locas de disfrutar del poder. Pero de momento tenía que ser muy cauto, ya que no contaba con más apoyos que sus 84 diputados. La primera prueba de su extremada debilidad, se la dieron los independentistas catalanes, cuando se negó rotundamente  a traspasar la línea roja de la autodeterminación de Cataluña. En esa ocasión, tanto las mesnadas de JxCat, como las de ERC rechazaron de plano los Presupuestos Generales del Estado y el presidente Sánchez se vio obligado a convocar elecciones generales.

Y acudió a esas elecciones, que se celebraron el 28 de abril de 2019, estando convencido de sacar un resultado plenamente satisfactorio para afrontar un Gobierno en solitario. Pero se equivocó de medio a medio, ya que ganó estos comicios, pero tuvo que conformarse con 123 diputados, y necesitaba 53 escaños más para poder gobernar sin ayudas foráneas.

 Como no se alcanzó ningún acuerdo para formar Gobierno, fue preciso volver a las urnas para salir de ese impasse. Y en el nuevo proceso electoral, que se celebró el 10 de noviembre de ese mismo año, se recuperó en parte la derecha, pero volvió a ganar Pedro Sánchez, aunque perdiendo, eso sí, 3 escaños. También perdió fuelle, qué le vamos a hacer,  Unidas Podemos, que  consiguió 7 diputados menos.

Pero hay que tener en cuenta que, ni el presidente Sánchez estaba dispuesto a abandonar el barco, ni el mefistofélico Pablo Iglesias quería perder tontamente la ocasión de sentarse en el Consejo de Ministros. Y puesto que, a cambio de la mesa de negociación bilateral con la Generalitat, podían contar con la abstención de ERC y de EHB, terminaron formando un Gobierno de coalición, que está guardando un cierto parecido con el lamentable ‘Frente Popular’ de 1936.

Sabemos que los Gobiernos que padecimos durante los últimos cuatro años eran extremadamente débiles. Todos vimos las dificultades que encontró Mariano Rajoy, para conseguir su investidura en noviembre de 2016. Y ya vimos que Pedro Sánchez, cuando aterrizó en La Moncloa, en junio de 2018, no contaba nada más que con 84 diputados. Y por si todo esto fuera poco, pasamos prácticamente todo el año 2019 con un Ejecutivo en funciones. Vivimos, por lo tanto, un periodo de inestabilidad política demasiado prolongado y negativo, que  debería haber terminado con el Gobierno de coalición, que se formó en enero de 2020.

Pero desgraciadamente no fue así. Al conseguir su investidura con tantos apoyos, y ver que podía hacer y deshacer  en el Gobierno a su antojo, el ególatra Pedro Sánchez se olvidó de los españoles. Y como todos los narcisistas, comenzó a pensar en sí mismo y a recabar alabanzas y distinciones, que creía propias del cargo que ostentaba.

Y como le urgía verse aclamado y vitoreado por el hecho de ser presidente, no quería  malgastar su tiempo ni en gobernar, porque  eso podía retrasar los vítores y los halagos que  esperaba. Comenzó dando rienda suelta a sus gustos faraónicos, desdoblando absurdamente algunos Ministerios, para rodearse nada menos que de 22 ministros y con 4 vicepresidencias. Sin lugar a dudas, tenemos el Gobierno más numeroso de los países de nuestro entorno.

Al aumentar el número de ministros, se multiplicaron desorbitadamente, como por arte de magia, los secretarios de Estado, los secretarios regionales, los subsecretarios y esa nube enorme  de asesores que, en muchos casos, son amiguetes o afines del que los elige y, muchos de ellos, sin preparación alguna. Pero tener el Gobierno más numeroso, no quiere decir en modo alguno, que sea el más eficiente. Es más bien, todo lo contrario. Es, eso sí, el más caro y el menos recomendable de todos, sobre todo, en tiempo de crisis económica.

Y para complicar aún más las cosas, Pedro Sánchez está gobernando a golpe de capricho y está gestionando terriblemente mal la pandemia que padecemos. En este caso, actúa como el perro del hortelano: como teme que pueda salir malparado, rehúye coordinar personalmente  la lucha contra la expansión descontrolada del coronavirus. Pero tampoco da libertad a las Comunidades Autónomas, para que se ocupen de ese cometido.

Y el resultado está ahí y es inapelable, ya que somos el país que ostenta  la mayor tasa de mortalidad de todo el planeta. Si nos hacemos caso de las estadísticas elaboradas por el propio Instituto Nacional de Estadística, aunque le moleste al Gobierno, encabezábamos notoriamente el número de fallecidos a causa de la pandemia. A mediados de enero de 2021, ya sobrepasábamos con creces la espeluznante cifra de 90.000 muertos por culpa del Covid-19.

Y esto, claro está, comporta otra serie de problemas igualmente graves. Por culpa de tan peligrosa plaga, la economía española ha sufrido un batacazo sumamente espectacular. Para encontrar una caída del PIB de un 11%, que registramos al finalizar el año 2020, quizás tendríamos que remontarnos a los años de nuestra Guerra Civil. Y no acaba aquí el desastre, ya que la Comisión Europea anuncia, que este año, tendremos una recesión del 12,4%.

Es verdad que la pandemia, ha golpeado por igual, sin excepción alguna,  a todos los países europeos. Pero todos ellos procuraron proteger apropiadamente sus economías. Y España no supo o no quiso hacerlo a tiempo, y sus medidas de confinamiento han hundido nuestra actividad económica, hasta límites insospechados hasta ahora. No es de extrañar, por lo tanto, que  tengamos más parados que nadie y que proliferen, cada vez más, las antiguas colas del hambre, que habían desaparecido casi por completo.

Estamos viviendo una situación enormemente crítica y complicada, y va a costar sudor y lágrimas mejorar nuestras expectativas. No podemos olvidar, que los dos máximos responsables del Gobierno carecen de principios, y que son muchos los españoles que han perdido la memoria y se dejan manejar tranquilamente y, así, no vamos a ninguna parte. Y los líderes del PSOE y de Unidas Podemos aprovechan esa circunstancia para tratar de imponernos un igualitarismo trasnochado y absurdo, copiando, por qué no, los postulados expresados por Praxágora, la protagonista de una comedia, escrita por Aristófanes en el siglo IV a. C.

En aquella ocasión, es verdad, los atenienses vivían una situación verdaderamente crítica por culpa  de la guerra del Peloponeso. En el año 415 a. C., los líderes políticos de Atenas reunieron una gran fuerza expedicionaria y, saltándose el tratado de la Paz de Nicias, desataron un ataque contra varios aliados de Esparta.

Pero se encontraron con una respuesta del ejército espartano, mucho más dura y contundente de lo que esperaban. Con la ayuda de Persia y de los sátrapas de Asia Menor, Esparta golpeó sin piedad a los atenienses, destruyó su flota, devastó  los campos del Ática, cerró sus minas y redujo a la esclavitud a miles de soldados atenienses.

A pesar de la aplastante derrota, los responsables políticos de Atenas seguían anteponiendo sus intereses personales sobre los de la polis, y soñaban con organizar una nueva revancha. Y el comediógrafo griego Aristófanes, que estaba en contra  de las intenciones de los gobernantes atenienses, procuró ridiculizarlos explícitamente,  en una de sus obras más famosas, La asamblea de las mujeres.

La protagonista de la comedia de Aristófanes es Praxágora que, al frente de las mujeres  de Atenas, disfrazadas de hombres, imponen su plan de igualdad económica: “todos deben tener  todo en común, hay que hacer de la ciudad una sola casa…, la tierra, el dinero y todo lo que tiene cada uno”.  Al colectivizar todos los bienes, para que todos disfruten de ellos por igual, nos encontramos naturalmente un régimen comunista integral.

Lo malo es que, la doctrina igualitaria, como la que predica Praxágora, y la que quieren imponernos los adalides del socialcomunismo actual, no puede ser universal, ni ecuánime y ni debidamente equilibrada. Para que haya personas completamente libres, que puedan vivir sin preocupación alguna, como reconoce la protagonista de la comedia de  Aristófanes, hay que contar necesariamente con la dichosa esclavitud, que creíamos desterrada.

De todos modos, mientras sigamos en manos  de un ególatra de la talla de Pedro Sánchez y de un filibustero como Pablo Iglesias, no habrá manera alguna de poner fin al desastre que estamos padeciendo. Y como sigan mucho tiempo al frente del Gobierno, terminaremos indefectiblemente, en la ruina más absoluta.

Para empezar, al gestionar tan rematadamente mal la pandemia del coronavirus, han vuelto las interminables colas del hambre, que vemos a diario, ante los bancos de alimentos o comedores sociales. Y en esas dramáticas colas no hay solo desarrapados y emigrantes, que vienen en busca de un futuro mejor. Aunque a nadie le gusta mostrar sus miserias, entre los más vulnerables, hay hoy también mucha gente acomodada y de clase media, que se ha quedado sin trabajo, que era su medio habitual de vida.

Y por desgracia, todo indica  que lo peor de la crisis laboral aún no ha llegado. En octubre del año 2020, con un 17,1% de desempleo, ya encabezábamos holgadamente todas las listas de paro en la Comunidad Económica Europea. Y a finales de enero de 2021, los parados en España alcanzaban la aterradora cifra de 3.964.353, 710.500 más que un año antes.

Y según todos los indicios, el desempleo seguirá creciendo desdichadamente, y sin control alguno, a lo largo del año que acabamos de empezar. Si nos hacemos caso de las previsiones que maneja  el Instituto de Estudios Económicos, finalizaremos el año 2021, con una tasa de paro del 18,8%. Y todavía es más pesimista el  Banco de España, que dice que, para esa fecha, la tasa del desempleo podía llegar hasta el 22%.

Y para terminar de aguarnos la fiesta, y hacernos cada vez más pobres, sigue creciendo imparablemente nuestra deuda. De momento, ya estamos superando el 120% del PIB. Y de seguir así, es muy posible que en el año 2022, superemos sobradamente el 123% del PIB.

 

Gijón, 18 de febrero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández 

sábado, 13 de febrero de 2021

LOS CAPRICHOS DE PEDRO SÁNCHEZ

 



No cabe la menor duda, que siempre es mucho más fácil hablar o dar consejos, que realizar lo que se aconseja. Ya lo dice el refranero español, ‘una cosa es predicar, y otra dar grano’. Y el presidente del Gobierno suele hacer eso precisamente, presumir y hablar mucho, y rara vez acierta. Pero a la hora de actuar, ni está, ni se le espera. 

No sé si con razón o no, pero solemos decir frecuentemente que el pueblo tiene siempre el Gobierno que se merece. Y el famoso escritor francés, Víctor Hugo lo hizo de esta manera: “Entre un Gobierno que lo hace mal y un Pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa”. Y Mahatma Gandhi expresó esta misma idea de una manera mucho más gráfica: “Si hay un idiota en el Poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”.

Sea esto cierto, o no, sí podemos  afirmar rotundamente que los españoles hemos tenido muy mala suerte con los dos últimos aspirantes socialistas que consiguieron dirigir el Gobierno. Ni que decir tiene  que José Luis Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa, porque el PSOE utilizó torticeramente aquel terrible atentado del 11 de marzo de 2004, que despanzurró cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid, dejando un número muy elevado de víctimas. Y para nuestra desgracia, cuando Zapatero se marchó, dejó a España al borde mismo de la quiebra.

Y como no podía ser menos, también hubo juego sucio, por parte del PSOE, en el montaje de la moción de censura contra Mariano Rajoy, para que Pedro Sánchez pudiera satisfacer su capricho apremiante de ocupar inmediatamente la presidencia del Gobierno. Para conseguir ese objetivo, aprovecharon una apreciación improcedente, que introdujo intencionadamente el juez José Ricardo de Prada en la sentencia de Gürtel. Este juez progresista, afín al socialismo, dio por hecho que quedaba acreditada la existencia de una ‘caja B’ en el Partido Popular, destruyendo así la necesaria apariencia de imparcialidad.

Cuando ya era tarde, claro está, vendría el severo varapalo, que el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional dio al atrevido juez de Prada, ya que le apartó sin más del juicio pendiente sobre la financiación del Partido Popular. De este modo tan simple, la Audiencia Nacional confirmó, que la maniobra de Sánchez para alzarse con el poder, se cimentaba artificialmente en un manejo espurio del derecho.

Con la recusación del juez José Ricardo de Prada, podemos afirmar que Pedro Sánchez llegó al poder de manera claramente bochornosa e irregular. A su moción de censura le faltó uno de los requisitos esenciales, ser constructiva, tal como exige nuestra Constitución. A una buena parte de los que votaron con el PSOE, les importaba un bledo Sánchez. Votaron más bien contra Mariano Rajoy, porque querían hacerle pagar su postura inflexible contra el referéndum del 1 de octubre de 2017. Y ya veremos qué hacen con el líder socialista, una vez que consigan el indulto de los independentistas que están cumpliendo prisión.

Es evidente que la mayoría ostentada por Pedro Sánchez en la resolución de su moción de censura era meramente ficticia. Eso indica, al menos, el resultado en las elecciones generales del 28 de abril de 2019. Ganó esos comicios, es verdad, pero fue incapaz de reunir los apoyos que necesitaba para formar Gobierno, y fue preciso repetir las elecciones.

El nuevo proceso electoral tuvo lugar el 10 de noviembre de ese mismo año, y volvió a ganar, el líder del PSOE, pero logrando solamente 120 escaños, 3 menos que en las pasadas elecciones de abril. Pero entonces, se impuso su ambición. Y para no abandonar La Moncloa y ser investido presidente, aceptó encantado el insomnio anunciado y se echó en brazos de su alter ego, el charlatán que cambió la coleta por el moño. 

Con el nuevo Gobierno de coalición, la inestabilidad política que venimos arrastrando desde 2015 se intensificó aún más, por la falta de entendimiento entre las dos facciones del Gobierno. Y también, cómo no, porque al pseudodoctor Pedro Sánchez le molesta enormemente que le controlen. Y como se trata de un personaje sumamente caprichoso y resentido, sin proponérselo, imita a una deidad mitológica de la antigua Grecia, tan llamativa y señalada, como la famosa diosa Hera (Ἥρα).

En los viejos anales helénicos, Hera aparece siempre como una diosa femenina, extremadamente vengativa y rencorosa, que tenía atemorizados a los demás dioses del Olimpo. Es verdad que, por su papel de hermana y esposa de Zeus, tenía la consideración de reina de los dioses.  Y derrochaba rencor y se mostraba especialmente resentida, contra las amantes ocasionales de Zeus y contra los hijos bastardos de éste.

Y entre todos ellos, la diosa Hera se cebó principalmente contra Heracles, el hijo que tuvo Zeus con la mortal Alcmena. Trató de quitarle la vida, cuando era un recién nacido, enviando a su cuna dos serpientes. Pero el pequeño héroe logró estrangularlas con sus manos, antes de que le causaran algún daño. Y siguió persiguiendo a Heracles cuando ya era mayorcito, obligándole a desempeñar las misiones complicadas que le encomendaba  Euristeo, el rey de Micenas.  Esperaba que fracasara y muriera en alguno de esos cometidos. Pero Heracles salía siempre victorioso y acrecentaba incesantemente su gloria.

Y al lenguaraz Pedro Sánchez, que nos aburre continuamente con su verborrea absurda, le está ocurriendo lo que a la reina de los dioses. Si a Hera le sacaban de quicio las amantes de Zeus y los hijos adulterinos que venían detrás, a Sánchez le pasaba exactamente lo  mismo con las instituciones o entidades públicas, que controlaban todas sus actuaciones. Tiene una verdadera fijación por todos esos organismos o contrapesos constitucionales, que tienen la misión de garantizar el comportamiento democrático de los que ejercen el poder.

Es sabido que el malhadado presidente del Gobierno, que padecemos, es radicalmente incapaz de tolerar que lo investiguen y que, para coronar la fiesta, le pidan encima explicaciones de sus actos. Se olvida de lo que hizo él, cuando representaba a la oposición. Entonces, es verdad, se cansó de pedir “transparencia  y rendición de cuentas” a Rajoy. Pero no hay peligro que repase las hemerotecas y se escuche a sí  mismo, y actúe después en consecuencia.

Son particularmente sangrantes las diatribas lanzadas por Pedro Sánchez contra el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. En octubre de 2014, llegaron repatriados a España dos misioneros afectados por el virus del ébola, que murieron finalmente y se contagió con ese virus Teresa Romero, una auxiliar de enfermería del Hospital Carlos III de Madrid.

En aquella ocasión, el líder socialista gritaba desaforadamente al presidente del Gobierno: “necesitamos políticos  que no rehúyan los debates, que den la cara, que aclaren y den seguridad a los ciudadanos, que protejan a los profesionales de la sanidad pública y que no nos victimicen y responsabilicen de sus propios errores”. Y remataba su festival de improperios pidiendo a Rajoy información pormenorizada de la crisis del ébola, y de los “errores cometidos”, tras el “desgraciado espectáculo de incompetencia y desgobierno” que estaba dando su Gobierno.

Volvió a pasar algo muy parecido, por el colapso de la autopista de peaje AP-6 y la A-6, tras la nevada que se produjo entre el 6 y el 7 de enero de 2018. En esa ocasión, quedaron atrapadas, según la acusación del líder de la oposición, varios miles de personas que fueron oportunamente rescatadas por el Ejército. Y achacó toda esa odisea, faltaría más, a “la ineptitud y la irresponsabilidad del Gobierno”.

Y para que nadie te pida cuentas y te exija reiteradamente que des explicaciones que no quieres dar, no hay nada mejor que entrar a saco en esas instituciones públicas y sustituir a las personas incómodas por algún que otro amiguete particular. Y con la intención de perpetuarse en la poltrona gubernamental, Pedro Sánchez procuró ampliar sus apoyos, incorporando a su causa a los independentistas de ERC. Y todo a costa, claro está, de abrir la mano haciendo concesiones  complicadas y, sobre todo, desjudicializando el dichoso  ‘procés’ catalán.

Claro que, si el responsable del Ministerio Público es una persona medianamente independiente, efectuar todos esos enjuagues políticos, acarrearía algunas complicaciones y, más que nada, originaría mucho ruido. Y como era previsible, con un personaje tan pagado de sí mismo como el presidente Sánchez, sucedió lo que tenía que suceder. Para soslayar hasta la más mínima dificultad, prescinde de los requisitos habituales, y procura asegurarse el control del Ministerio Fiscal, poniendo al frente de la Fiscalía General del Estado a su ex ministra y moldeable amiga Dolores delgado García. Y así, se acabó la fiesta.

Y como el ‘asalto’ a la Fiscalía General del Estado salió bastante bien, Pedro Sánchez tardó unos meses, pero terminó haciendo lo mismo con el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno. Hay que tener en cuenta, que el Consejo de Transparencia es un organismo público que, como se sabe, venía desarrollando habitualmente su labor de control al Gobierno de una manera autónoma e independiente.

 Pero está visto que el presidente Sánchez no quiere que nadie  controle su gestión. Es más, le molesta soberanamente que haya alguien que se atreva a indagar si abusa o no de los recursos públicos. Y le indigna sobremanera que pretendan saber hasta dónde llega  su favoritismo con los amigos. Y trató de solucionar su problema, qué le vamos a hacer, del mismo modo que en el Ministerio Público: acabando con su autonomía tradicional y con su independencia.

Y al ser completamente alérgico a rendir cuentas, Pedro Sánchez decide salvaguardar su supuesto derecho a no dar explicaciones de sus actos. Recaba el apoyo de su impresentable vicepresidente segundo y, de común acuerdo, adoptan la determinación de nombrar un presidente del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno, que llevaba vacante desde noviembre de 2017. Y pretenden completar su faena, sustituyendo a Javier Amorós y a Esperanza Zambrano, que eran los dos miembros más exigentes de ese organismo público.

Y a pesar del sigilo desplegado escrupulosamente por los dos líderes máximos del Gobierno social-comunista, no tardaron mucho en trascender sus verdaderas intenciones. Y al saberse que querían relevar a esos dos miembros del Consejo de Transparencia, para poder disfrutar de una opacidad siniestra para todos sus actos, comenzaron a aparecer críticas muy duras por ese hecho, en las tertulias de los distintos medios de comunicación.

Para acallar esas reprimendas y acusaciones, tan molestas  para los que viven en un mundo paralelo o en otro planeta, como es el caso de Pedro Sánchez, cambian tajantemente de disco, y aquí no pasó nada. Se olvidan de la sustitución de  Javier  Amorós y a Esperanza Zambrano, que eran miembros fundacionales de esa institución, y se centran en la elección de un buen candidato para presidir esa institución pública, para poner fin a una interinidad tan prolongada.

Claro que, para el dúo maquiavélico que dirige el Gobierno de coalición, solo es ‘buen candidato’, si se distingue por ser indiscutiblemente dúctil y manejable. Y creyeron ver esas apreciadas cualidades en José Luis Rodríguez Álvarez, que ya había desempeñado cargos públicos relevantes, en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero. Y sin esperar a más, le nombran presidente del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno.

Ni que decir tiene que Pedro Sánchez quedó totalmente satisfecho con esa elección. Y todo, porque sabía que Rodríguez Álvarez, terminaría comportándose, como un magnífico comisario político, dispuesto a realizar los trabajos sucios que fueran necesarios en esa entidad, para imponer su voluntad.

La prueba está en que, desde que asumió esa ocupación, Transparencia no volvió a realizar valoraciones ante la prensa, y a partir de ese momento, el mismo Rodríguez Álvarez se negó firmemente a ser entrevistado por los distintos medios de comunicación. Y como era de esperar, terminó remodelando a su antojo el equipo directivo del Consejo de Transparencia.

Comenzó relevando a la funcionaria Esperanza Zambrano, que llevaba al frente del área  de Reclamaciones desde el año 2015. Y está esperando la oportunidad precisa, para hacer justamente lo mismo con Javier Amorós, subdirector actual de esa organización.

Y como el antojadizo Pedro Sánchez  actúa siempre  a golpe de capricho, también ha querido dejar su sello en el Consejo General del Poder Judicial, para acabar definitivamente con su independencia tradicional. El Poder Judicial lleva en funciones desde diciembre de 2018. Y para poder renovarlo, es necesario contar con una mayoría cualificada de tres quintos de los 350 diputados del Congreso.

Con la aritmética parlamentaria actual, es francamente imposible reunir esa mayoría de 210 diputados, si no hay un acuerdo expreso entre populares y socialistas. Y de momento, ese acuerdo es inviable, porque el presidente Sánchez no quiere desairar a sus socios de Gobierno, y pretende darles voz y voto en la elección del nuevo Consejo General del Poder Judicial. Y eso es algo que no acepta el Partido Popular.

Y en consecuencia, el Poder Judicial sigue necesariamente en funciones y, como no podía ser de otra manera, continúa nombrando cargos clave para puestos importantes de la administración de Justicia. Y esto, por supuesto, saca de quicio al endiosado Pedro Sánchez y a toda su corte de aduladores.  Y como prefiere salir con la suya, antes que pactar la renovación con los Populares, decide cambiar la ley, modificando simplemente la mayoría que se necesita para elegir el nuevo Consejo. Reduciendo la mayoría cualificada de los tres quintos a una mayoría simple, ya no se necesita el concurso del principal partido de la oposición.

Pero realizar esa modificación legislativa, que les permitiría elegir, al menos, a una parte de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, acarreaba otros problemas graves que no habían previsto.  Como la modificación pretendida delimita abiertamente aspectos esenciales del Estatuto de los miembros del Poder Judicial, la Unión Europea obliga a realizar esa tramitación, contando con los distintos sectores implicados.

Y resulta que, entre los sectores implicados, además de los miembros del propio Consejo General del Poder Judicial, está también, quien lo diría, la propia Unión Europea. Y mira por dónde, ese hecho enciende la luz de alarma, que obligó al entrometido Pedro Sánchez y a sus entregados ganapanes a paralizar, momentáneamente al menos, la anunciada modificación de esa ley. Todo un fracaso, que aún no han sido capaces de asimilar.

 

Gijón, 31 de enero de 2021

 José Luis Valladares Fernández


sábado, 6 de febrero de 2021

VUELVEN LOS BROTES VERDES DEL PSOE

 


En una famosa tragedia de la antigua Grecia, atribuida tradicionalmente a Esquilo, se describe con todo detalle las increíbles peripecias de un personaje tan interesante como Prometeo (Προμηθεὺς). Este célebre Titán se atrevió a desafiar a los dioses y, sin miramiento alguno, les robó el fuego divino y se lo entregó a la humanidad. El dios Zeus se enfureció con semejante osadía y ordenó que fuera encadenado en la cima del monte Cáucaso, y dispuso que un buitre le devorara el hígado, que se regeneraría por la noche, para volver a soportar el mismo suplicio al día siguiente.

Con el robo del fuego a los dioses, para dárselo a los mortales, Prometeo se convirtió en un bienhechor de los hombres y en salvador de la humanidad. En un principio, los hombres eran como los fantasmas de los sueños, que todo lo confundían irremediablemente, de modo que viendo no veían y oyendo tampoco oían. Con la entrega de esa llama, los hombres abandonaron la rudeza y comenzaron a buscar  la perfección y a tratar de descifrar los límites que hay entre lo inmortal y lo mortal.

Según confiesa el propio Prometeo, al entregar el fuego de los dioses a los mortales, les liberó de la obsesión de la muerte y les infundió seguidamente ciegas esperanzas. A partir de ese momento, los hombres, y especialmente, los que se dedican a la política, empezaron a experimentar inquietud por lo insondable y a querer descifrar lo indescifrable.

Y como no podía ser menos, comenzaron a sentirse dioses y a actuar como si realmente lo fueran. En consecuencia, intentarán controlar la vida, porque se  creen dueños y señores absolutos de la misma. No se dan cuenta, que la vida es siempre muy compleja  y escurridiza y nos plantea constantemente nuevos problemas y que todo lo conseguido a base de esfuerzo, al final, no es nada y, si es algo, termina siendo muy efímero.

Y esto es, más o menos, lo que está aconteciendo a los políticos actuales, y sobre todo a los políticos de la izquierda irredenta, como es el caso del PSOE y de Podemos. Intentan controlar la realidad, es verdad, pero se les escapa invariablemente y termina, cómo no, sobrepasándoles. Ya le pasó a José Luis Rodríguez Zapatero, que se creyó el rey del mambo, ideando aquel inexplicable Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo (Plan E). Y le está pasando ahora, quién lo diría,  al insaciable Pedro Sánchez Turrión.

Cuando menos lo esperaban, Rodríguez Zapatero y su ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado Méndez, se encontraron con el estallido de la terrible crisis económica de 2007. Y ocurrió precisamente por culpa del inoportuno pinchazo de la burbuja inmobiliaria y financiera. Pero no se amilanaron lo más mínimo por semejante minucia. Pensaron que, aplicando el Plan E, quedaba resuelto rápidamente el problema.

Para conseguir semejante objetivo, es verdad, no tenían nada más que movilizar grandes cantidades de dinero público, para prestar apoyo a las empresas y a las familias y fomentar cuidadosamente el empleo. Y completaban la faena, adoptando medidas financieras y presupuestarias adecuadas y modernizando las que se refieren a la economía. Y esto era tan evidente para los responsables económicos del Gobierno de entonces, que la ministra Elena Salgado anunció solemnemente, en mayo de 2009, que  “la situación económica  está teniendo algunos brotes verdes”, y solo “hay que esperar a que crezcan”.

Y mira por dónde, para desconcertar y acabar de confundir a estos políticos, tan  presuntuosos como pagados de sí mismos, se produjo un leve y ocasional descenso del paro en ese mes de mayo. Y esto, claro está, fue aprovechado inmediatamente por los responsables del PSOE, para lanzar un vídeo propagandístico, de cara a las próximas elecciones europeas, en el que aparece un terreno árido, donde nace un brote verde.

Al tratarse de una mejora fortuita y pasajera del paro, porque no tuvo continuidad alguna en los meses siguientes, los brotes verdes fueron duramente criticados por la oposición y por la mayor parte de los medios de comunicación. La crítica más jocosa y descarnada se la debemos al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Juan José Güemes, que dijo: “parece que los brotes verdes son de marihuana y se los ha fumado Zapatero”.

Hay que reconocer que, en el Plan E, se inyectaron muchos millones de euros. Algunos medios hablan incluso de más de 50.000 millones, que es una cifra muy desorbitada. A esa cantidad, habría que añadir, cómo no, los gastos en carteles publicitarios, que eran ciertamente muy elevados. Y eran los ayuntamientos los encargados de decidir en qué obras públicas se invertía ese dinero.

Y como la crisis era cada vez más intensa y el paro seguía aumentando descontroladamente, prolongaron sin más el Plan E, aunque dándole otro nombre. A partir de ese momento comenzó a llamarse Plan de Economía Sostenible. Claro que, estas medidas, no importa su nombre, no lograron reactivar la economía. Y sin embargo, si valieron para  agravar aún más la crisis, porque así, se disparó la deuda del Estado y aumentó significativamente el déficit público.

Está visto que los socialistas son incapaces, qué le vamos a hacer, de diagnosticar correctamente las distintas situaciones económicas, y no aciertan nunca a la hora de actuar. En 2008, por ejemplo, España entró en recesión. Y a pesar de todo, el Gobierno de Zapatero siguió a lo suyo y, en vez de adoptar unas medidas oportunas de contención del gasto,  cometió el error de aplicar una deducción de 400 euros en la cuota del IRPF a todos los contribuyentes. Y como era previsible, a finales de 2009 completó la faena, sorprendiéndonos con unos Presupuestos Generales del Estado para 2010 completamente irreales.

Y en mayo de 2010, como era de esperar, pasó lo que tenía que pasar. Con el paro sobrepasando ampliamente el 20%, y con un endeudamiento del 69,5% del PIB, terminó imponiéndose la realidad. En vista de las circunstancias, los ‘hombres de negro’ de Bruselas obligaron a Rodríguez Zapatero a realizar el recorte social mayor de toda la democracia. Además de bajar un 5% el sueldo de los funcionarios, tuvo que congelar también las pensiones. De todos modos, era ya demasiado tarde para mantener a raya al disparatado déficit público, que estaba ya por encima del 8%  del PIB.

Y si dejamos a un lado a Zapatero y  Elena Salgado y nos centramos en Pedro Sánchez y en la vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra  de Economía, Nadia Calviño Santamaría, veremos que no ha cambiado nada. Si antes se ocultaba la realidad, ahora se maquilla cuidadosamente la coyuntura económica que atravesamos.

El Gobierno ahora, es verdad, ha cambiado el estribillo y, en vez de hablar de los famosos ‘brotes verdes’, nos dicen que empieza a verse “la luz al final del túnel”, que tanto más da, para engañarnos miserablemente,  indicándonos que la recuperación económica está a la vuelta de la esquina. Y con semejante mentira, agrandan aún más las complicaciones que encontraremos para salir de esa preocupante situación de ruina económica generalizada, que padecemos.

El optimismo del equipo económico del Ejecutivo que dirige Pedro Sánchez no tiene límites. Y eso le lleva a defender insistentemente, contra viento y marea, que vamos a tener  una salida meteórica de la crisis económica que originó el coronavirus. A pesar de todos los inconvenientes, Nadia Calviño, con la aquiescencia del presidente del Gobierno, sigue manteniendo que  nuestra recuperación económica va a ser en forma de V. Matiza, eso sí, que de momento no sabemos la pendiente que tendrá esa salida.

Y derrochando optimismo, la ministra de Economía quiere hacernos ver, que el Gobierno lo está haciendo muy bien y, como “vamos en la dirección correcta”, se atreve a pontificar, que “el año 2021 será el de la recuperación y transformación de la economía”. Y suelta esta milonga, sabiendo perfectamente el enorme peso que tiene el turismo en la economía española, ya que representa más del 14% del PIB. Y si continúan las circunstancias actuales, y no logramos recuperar y lanzar el sector turístico a tiempo, la caída del PIB puede ser aterradora en los próximos meses.

Son muchos los datos que desmienten la aparentemente buena voluntad de Nadia Calviño. En primer lugar, mientras el coronavirus siga campeando a sus anchas, no habrá manera de recuperar el turismo, que es nuestra principal fuente de ingresos. Y no sé si por ineptitud o por falta de interés, el caso es que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha venido gestionando muy mal esa pandemia,

Y por si fueran pocos los problemas ocasionados por el temible Covid-19, los demás datos económicos muestran igualmente un panorama desolador. Tenemos un presidente del Gobierno fulero e inepto, que no aporta a la economía en general nada más que incertidumbre y desasosiego, porque las medidas que adopta, son siempre muy desacertadas. Un caso muy concreto, lo tenemos  en los Presupuestos Generales del Estado para el año 2021, toda vez que estos presupuestos se sustentan sobre unas previsiones económicas irreales. Así que no se va a cumplir el capítulo de ingresos y ya veremos a ver qué pasa con los gastos.

Y aunque el presidente Sánchez no quiera verlo, España se encuentra en una situación de desventaja con respecto a los demás países de la Unión Europea, por su elevado endeudamiento y por su baja productividad. Como nos gobierna un manirroto, nuestra deuda está creciendo exponencialmente de manera imparable. Cerramos el segundo trimestre de 2020 con una deuda del 110,2% del PIB y al final del tercer trimestre llegamos al 114,1%. Y cuando aparezcan las cuentas definitivas del cuarto trimestre, seguro que andaremos por el 120% del PIB, o incluso, por encima de ese porcentaje.

Hasta ahora, por qué  no decirlo, el BCE ha actuado como salvavidas del Gobierno, porque se ha ido haciendo con una buena parte de nuestra deuda. En 2020, por ejemplo, compró a España la friolera de 120.000 millones de euros. De todos modos, mientras persistamos endeudándonos así, nuestra recuperación económica seguirá estando muy lejos y dibujará una L extremadamente larga.

 

Gijón, 19 de enero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández


viernes, 29 de enero de 2021

PEDRO SÁNCHEZ Y EL BARQUERO DEL INFIERNO

 

 

Hay que reconocer que Caronte (Χάρων), es el personaje más enigmático que podemos encontrar en la mitología helénica. Para empezar, se vestía con harapos, tenía una barba blanca y enmarañada, que contribuía a darle un aspecto francamente descuidado y sombrío. Y por si todo esto fuera poco, era el barquero del inframundo. Se dedicaba a transportar en su barca las almas o sombras errantes de los difuntos recientes, al otro lado del rio Aqueronte, para que entraran en los dominios de  Hades (ᾍδης), que es el dios del inframundo, donde morarán ya por toda la eternidad.

Para realizar esa labor, los que acababan de morir tenían que tener un óbolo para pagar el viaje. Los que no podían hacer ese dispendio, estaban condenados a vagar cien años por las riveras del Aqueronte. Una vez completado ese plazo, Caronte ya acedía a llevarlos totalmente gratis a la otra orilla del rio, para que siguieran su camino hacia su destino final y definitivo en el inframundo.

Y mira por dónde, a Caronte le ha salido hoy día un duro competidor en el Gobierno socialcomunista, que dirige deplorablemente un personaje tan insólito como Pedro Sánchez. Parece ser que a Sánchez no le molesta que mueran tantas personas. Es más, da a entender que su hýbris, su enorme desmesura, le lleva a pensar que esa multiplicación de fallecimientos es extremadamente útil para hacer un reseteo de todo lo viejo que nos rodea, para que renazca el nuevo mundo, que predican incansablemente todos los partidarios del nuevo orden mundial.

El mismo Pedro Sánchez ha anunciado reiteradamente que, gracias a sus desvelos, estamos a punto de entrar en una ‘nueva normalidad’. Y ese hecho se producirá en España el próximo 21 de junio, cuando termine el actual estado de alarma. Y cuando disfrutemos de lleno de esa ‘nueva normalidad’, ya no necesitaremos mirar atrás, porque a partir de ese momento, habrá desaparecido todo lo que había atrás, que merecía la pena mirar.

Es sabido que Caronte cobraba un óbolo por desarrollar satisfactoriamente su trabajo funerario, motivo por el cual, en la Antigua Grecia, los que disponían de recursos suficientes, enterraban a sus deudos con una moneda debajo de la lengua. Creían que así evitaban  que el espíritu del difunto vagabundeara durante tantos años por la rivera del rio Aqueronte.

Si nos atenemos a los datos suministrados oportunamente por el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), nos encontramos con que, a lo largo del año 2020, han “causado baja” en sus listas, un 14,6% más de pensionistas que en 2019. Y esto  nos lleva a pensar, en contra de lo que afirma el Gobierno, que durante el año que acaba de finalizar, causaron baja, como beneficiarios de esos servicios sociales, unos 70.000 jubilados.

Y el ahorro de esas 70.000 pensiones anuales, repercute favorablemente en  las arcas del Estado. Y a ese importe, habría que sumarle  lo que se lleva Hacienda por el injusto impuesto de Sucesiones, que no es ningún moco de pavo. De esta manera tan simple, el Gobierno se encuentra con una cantidad de dinero, que el presidente Sánchez fundirá alegremente, subvencionando a toda esa chusma carpetovetónica de gais, lesbianas  y feministas excéntricas y desequilibras. Y también, cómo no, a sociedades y ONG, que dirigen ocasionalmente familiares o amiguetes particulares.

Podíamos pensar que Pedro Sánchez tardó demasiado tiempo en reaccionar contra la pandemia por una cuestión estrictamente pecuniaria, ya que así se expandía el virus y seguía ocasionando víctimas. Y ya es sabido, que  la muerte de personas mayores lleva siempre aparejado un ahorro considerable de pensiones. Pero es más posible que, si no actuó antes para acabar con las consecuencias funestas del Covid-19, no fue por perversidad o malevolencia. Fue más bien, creo yo, por incapacidad personal y hasta por imprevisión.

Es verdad que, aparte de la incapacidad  y la imprevisión,  hubo otros intereses políticos inconfesables, que maniataban peligrosamente al Gobierno. Tanto el presidente Sánchez, como los responsables del ministerio de Sanidad, conocían perfectamente lo peligroso que era autorizar la improcedente manifestación madrileña del 8 de marzo. Podía producirse un contagio masivo con el temible coronavirus. Pero por exigencias del feminismo español, había que celebrar por todo lo alto, pasara lo que pasara, el Día Internacional de la Mujer.

Hay un hecho incontrovertible que indica que esto es así. Unos días antes del dichoso 8 de marzo, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, y el impertinente director del Centro de Coordinación de Alertas Sanitarias, Fernando Simón, prohibieron tajantemente a la Iglesia Evangélica, que celebrara uno de sus congresos rutinarios en la capital de España. Y todo, según dijeron, por culpa de la “grave crisis sanitaria que atravesaba España”. Y terminaron alegando que “se trataba de una pandemia a escala internacional”.

Y llegó, cómo no, lo que tenía que llegar, la propagación descontrolada del coronavirus. Y no sé, si por negligencia e incuria manifiesta, o por ahorrar unos dineros, o por ambas cosas a la vez, tardaron demasiado en generalizar las pruebas de PCR. Así que, en muy poco tiempo, batimos todos los records en contagiados por el temible coronavirus, y terminamos con las UCI completamente saturadas con enfermos muy graves.

Con la instauración de la mentira como política de Gobierno, Pedro Sánchez ralentizó la actuación de los organismos, que debían abastecer de medios a la sanidad española para luchar eficientemente contra el Covid-19. Y durante bastante tiempo, a muchos de los contagiados que ingresaban  en las UCI, se les dejaba morir irremediablemente, porque no había respiradores artificiales suficientes, para aplicar a todos  los que eran incapaces de respirar por sí mismos. Y cuando llegamos a tener los respiradores que se necesitaban, ya encabezábamos también la estadística mundial de difuntos por Covid-19.

Se trata, por supuesto, de una cifra de muertos realmente escandalosa, que Pedro Sánchez y el charlatán del moño trataron de dulcificar, aunque sin éxito. Así que, sin empacho alguno y con alevosía y premeditación, trataron de camuflar un buen número de finados. Y sin el menor recato, decidieron que, durante todo el año 2020, solo habían muerto en España 50.837 personas por culpa del coronavirus.

Se olvida Pedro Sánchez que tenemos otras fuentes, bastante más fiables que las auspiciadas por el Gobierno, entre las que están el Instituto Nacional de Estadística (INE)  y el Instituto de Salud Carlos III. Y según estas fuentes, que conocen sobradamente otros datos estadísticos afines, el virus habría provocado aproximadamente, durante todo ese tiempo, unas 80.000 defunciones.

Hay un hecho, que no podemos obviar. Cuando comenzaron a disminuir circunstancialmente los fallecimientos que venía ocasionando la pandemia, el presidente Sánchez se lanzó a legalizar  inmediatamente la eutanasia. Con esa legalización, el derecho a morir pasó a ser una ‘prestación’ más de nuestro Sistema Nacional de Salud.

Y sin poner pega alguna, el Congreso dio luz verde a esa supuesta muerte digna, aunque eludiendo intencionadamente el pertinente debate social, que nunca debe faltar. Tampoco tuvo en cuenta el dictamen del Comité  de Bioética, que rechazó por unanimidad que la eutanasia pudiera transformarse, por arte de birlibirloque, en un derecho subjetivo inalienable.

 Se da la circunstancia que, a finales de febrero del año que acaba de finalizar, El intrépido Sánchez, prometió a Jordi Sabaté Pons, en un Twitter esperanzador, que se iba a ocupar personalmente de mejorar la atención sanitaria de los enfermos de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) con estas palabras: “… Me comprometo a seguir trabajando, desde el Gobierno y @sanidadgob, para mejorar el diagnóstico, el tratamiento y la vida de los enfermos y de sus familias. Debemos escucharos”.

Y podía haber mejorado la calidad de vida de los enfermos de  ELA, poniendo simplemente a su disposición los consabidos cuidados paliativos, mientras aparece algún otro remedio eficaz contra esa grave enfermedad. Por lo que se ve, prefiere ayudarles, ofreciéndoles directamente, ahí es nada, la dichosa eutanasia.

Está visto,  que Pedro Sánchez tiene cierta querencia por las defunciones. Por lo tanto, aunque no le guste, vamos a tener que darle el pomposo título de sepulturero mayor del reino.

 

Gijón, 13 de enero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández


sábado, 16 de enero de 2021

POR PRESUMIR QUE NO QUEDE

 

 

En el terrible atentado del 11 de marzo de 2004, que despanzurró cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid, hubo más de 190 muertos y más de 2.000 heridos, muchos de ellos sumamente graves. Y ni los medios de comunicación de titularidad pública, ni los que administra directamente la izquierda española encontraron obstáculos para publicar aquellas deprimentes escenas. Y todos los españoles pudimos ver imágenes en directo de las 43 víctimas mortales del luctuoso accidente del Metro de Valencia, que se produjo el 3 de julio de 2006.

Pasó exactamente lo mismo con las retransmisiones sobre el tren Alvia, que descarriló, por exceso de velocidad, el 24 de julio de 2013, en las afueras de Santiago. Y volvió a repetirse la misma historia en otro siniestro importante, que tuvo lugar el 3 de octubre de ese mismo año. Tanto la televisión pública, como las otras televisiones, que siguen ciegamente las consignas del Gobierno de turno, mostraron sin dificultad alguna, la impactante vista de casi 300 féretros, con los restos de los inmigrantes que murieron ahogados en el mar, cuando intentaban llegar a la isla de Lampedusa.

Y por lo que parece, tampoco han tenido problemas esos mismos medios televisivos en proporcionarnos imágenes de salas italianas, completamente repletas de ataúdes con víctimas del Covid-19. Y muy ufanos publican fotografías de las fosas comunes a las que tienen que recurrir necesariamente en Nueva York y en Brasil, por el número tan elevado de muertes que allí se producen, por culpa del coronavirus. En España, sin embargo, no tenemos semejantes problemas, ya que en algo tiene que notarse la supuesta maestría y destreza del ñiquiñaque que dirige nuestros destinos. Y cuando los tenemos, procuramos ocultarlos con todo cuidado.

Y sin ir más lejos, también tenemos nosotros imágenes espeluznantes, como es el caso de las habitaciones convertidas en morgues, repletas de bolsas con cadáveres, porque los empleados de las funerarias no daban abasto a retirar a todos los que morían diariamente en los hospitales y en las residencias de ancianos. Pero ni los medios públicos, ni los afines al Gobierno dejaron constancia de esas deprimentes informaciones. Tampoco mostraron jamás las impactantes imágenes de los 800 féretros, que llenaban  el Palacio de Hielo de Madrid, mientras esperaban el momento oportuno de su inhumación, o de ser entregados a sus familiares.

Hay que tener en cuenta, que Pedro Sánchez no ha dicho una verdad en su vida. Pero le gusta presumir y suele pavonearse  de su planta y de su excelsa figura. Así que, al llegar a la presidencia del Gobierno, institucionalizó la mentira y, como no podía ser menos, institucionalizó también el engreimiento y la jactancia. Quería darse el gustazo de satisfacer sus viejos sueños, vanagloriándose  hasta de lo que hace rematadamente mal.

Y como esos medios de comunicación viven opíparamente a costa de las subvenciones  y de los subsidios gubernamentales, aceptan sin discusión alguna, hasta las chuscadas más absurdas de semejante personaje. Y mira por dónde, ahora se le ha ocurrido hacernos ver que, gracias a sus desvelos y servicios, los españoles somos unos privilegiados, y vamos muy por delante de los demás países, cuando la realidad es muy distinta. Con semejante aventurero al frente del Gobierno, estamos condenados desgraciadamente a caminar en el furgón de cola.

Y presume a todo trapo, faltaría más, de la admirable gestión que está haciendo de la pandemia que padecemos. Y se esfuerza por aparentar que, en España, gracias a sus ímprobos esfuerzos, estamos haciendo más PCR y más test rápidos que en  ningún otro país. Y como gestionamos correctamente esa terrible epidemia, reducimos significativamente los contagios y, como es lógico, las defunciones por culpa del Covid-19.

Claro que, para dar el camelo, y seguir aparentando que competimos estadísticamente con cualquier otro país, tenemos que ocultar una buena cantidad de los fallecimientos que se producen por culpa del coronavirus. Y eso, al atrevido Pedro Sánchez se le da muy bien. Así que, con la bendición de la prensa amiga y de sus más fieles lacayos, se mantuvo en sus trece y  afirmó complacidamente que, a lo largo del año 2020, solo habían muerto en España 50.837 personas, por ese maldito coronavirus.

Se trata, claro está, de un dato radicalmente falso, que no se lo cree ni el propio presidente del Gobierno, ni por supuesto, ninguno de sus compañeros de viaje. Es totalmente imposible que haya alguien, que gane a Pedro Sánchez a mentir. A su lado, el mismo Paul Joseph Goebbels no era nada más que una simple hermanita de la caridad o, como mucho, un simple aprendiz de brujo. Si nos atenemos a lo que dicen otras fuentes, bastante más fiables que las auspiciadas por el Gobierno, entre las que están el Instituto Nacional de Estadística (INE)  y el Instituto de Salud Carlos III, el virus habría provocado en torno a los 80.000 muertos.

Y si nos hacemos caso de los datos que ofrece el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), contamos con otro dato muy significativo, que no tiene nada que ver con lo que se dice desde el Gobierno. Según esta información, tenemos que admitir que, en el año 2020, causaron baja como beneficiarios aproximadamente unos 70.000 jubilados más que a lo largo de todo el año 2019. Y el informe de pensiones del INSS puntualiza más detalladamente ese mismo dato, reflejando que, de enero a noviembre de 2020 han "causado baja", en la Seguridad Social, un 14,6% más de pensionistas que en el año anterior.

De todos modos, hay que recordar al oportunista Pedro Sánchez, que gobierna en comandita con el intrigante Pablo Iglesias, que su mala gestión no se limita exclusivamente a la pandemia. Se extiende también a otras áreas, como la economía, al Estado de bienestar y está haciendo añicos hasta la reputación que teníamos ante los demás foros mundiales. Está visto que pulveriza y hunde, sin remedio, todo lo que toca.

Es realmente evidente que, con la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa, comenzamos a perder peso en las diversas organizaciones internacionales. Queda fuera de toda duda, que España ocupa una posición estratégica de primer orden en el Mediterráneo, para controlar la entrada del yihadismo en Europa. Y sin embargo, en  la última cumbre de la Alianza Atlántica (OTAN), no se contó con ningún responsable español. Y eso que fue convocada precisamente para debatir temas tan importantes y básicos, como el terrorismo de los suníes y las mafias de la inmigración subsahariana.

Llama poderosamente la atención que España ocupe el séptimo lugar como contribuyente económico de la OTAN, y no haya ni rastro de españoles en el comité técnico, que se encarga de configurar la estructura militar de esa organización. Y de hecho, en el Informe OTAN 2030, que elaboró dicho comité, que yo sepa, tampoco existe la más mínima referencia a España. Y esto es algo incomprensible, porque en ese informe se estudia detenidamente la manera de controlar las entradas de inmigrantes en Europa y, como no podía ser menos, el modo de combatir la yihad sunita.

Y lo que son las cosas, hasta el mismo Pedro Sánchez está sufriendo las consecuencias de que España haya perdido gancho y peso internacional. Nada más conocerse la victoria de Joe Biden en las elecciones de Estados Unidos, el presidente Sánchez, que vio el cielo abierto y una ocasión de oro para conseguir una foto histórica del momento, escribió inmediatamente en las redes sociales su efusiva felicitación: “el pueblo americano ha elegido a su 46 Presidente. Felicidades Joe Biden y Kamala Harris. Os deseamos suerte. Estamos preparados para cooperar con los EEUU y hacer frente juntos a los grandes retos globales”.

Y exultante de alegría, sin esperar a más, encarga a la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, que inicie rápidamente los trámites necesarios para realizar un contacto directo con Biden. Al vanidoso  Pedro Sánchez le valía incluso una simple conversación telefónica. El contenido era lo de menos. Lo que de verdad le importaba era el contacto en sí, para que los medios de comunicación españoles se hicieran eco de esa circunstancia y lo difundieran públicamente hasta la saciedad. Pero al presidente electo norteamericano no le debe gustar mucho el aspecto socialcomunista de nuestro Gobierno, y no se da ni por enterado.

En vista del ninguneo internacional al que estamos fatídicamente sometidos a nivel mundial, el presidente Sánchez, para seguir presumiendo y no perder  los halagos y el agasajo de la propia plebe, se dedica a organizar actos de propaganda, poniendo de relieve únicamente las cosas de andar por casa. Ya vimos cómo aprovechó, con semejante fin, hasta la entrada en España de la vacuna contra el coronavirus.

Todos pudimos ver imágenes del camión que transportaba las primeras dosis de esa vacuna, debidamente escoltado por la Guardia Civil. Y como era de esperar, procuraron que la llegada de esa mercancía al almacén de Cabanillas del Campo, en Guadalajara, fuera francamente apoteósica. Y allí vimos como daban la nota, pegando solemnemente el logotipo institucional del Gobierno, de un tamaño tan grande, que casi tapaba la bandera de la Unión Europea, que era quien, en realidad, había negociado y gestionado la compra de esas vacunas. Ningún otro país se molestó en organizar ese tipo de zarandajas.

 

Gijón, 9 de enero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández