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jueves, 15 de noviembre de 2012

LA INVASIÓN DE LA CASTA POLÍTICA


Hay políticos y políticos. Hay políticos con solera y de rancio abolengo, y hay políticos de traca y tremendamente fútiles.  Los primeros son los que hacen de la política un servicio público, los que suelen resolver los problemas o intentan honestamente resolverlos. Y si no saben o no pueden, lo dicen, dimiten y se van tranquilamente a su casa a reemprender el trabajo o la profesión que dejaron cuando fueron llamados  a desempeñar esa función pública. Los segundos, los inútiles, no quieren problemas. Y si los hay, los soslayan o los ocultan  descaradamente. Lo único que les preocupa es sobrevivir al amparo de la política. Y es que, en realidad, no han  trabajado nunca y no saben hacer otra cosa.

Como estos últimos, los de la casta política, carecen de pundonor y no se avergüenzan de nada, utilizan el peloteo para medrar personalmente e ir escalando puestos en las instituciones públicas. Lo que hoy es blanco para ellos, mañana es negro o colorado, según convenga. Y tratan de desplazar, sin pudor alguno, a los que llegan a la política desinteresadamente para servir y no para servirse, entre otras cosas, para que no les hagan sombra. Son como aquellos fariseos de que nos habla San Mateo en su Evangelio: “dicen, pero no hacen. Lían cargas pesadas e insoportables, y las cargan sobre las espaldas de los hombres, más ellos, ni con el dedo las quieren mover”. Son siempre otros, los currantes, los que tienen que ser austeros y los que deben apretarse el cinturón.

La falta de escrúpulos de estos políticos de vía estrecha ha dado lugar a que todo el mundo los odie y los vilipendie. Esto ha servido para que aquellos que podían prestar un servicio público desinteresado, los que de verdad valen, renuncien a dar ese salto. Por eso predominan hoy día en la gestión pública los mediocres, los políticos de medio pelo que fracasarían rotundamente en cualquier otra profesión. Quieren estar en todo y se olvidan de lo principal. En vez de procurar el bien común de los ciudadanos y de prestar un servicio público eficiente a los que le dan el voto, ponen todo su empeño en mejorar sus ya desmesurados privilegios.

La casta política se ha adueñado prácticamente de todos los partidos políticos españoles, sean estos de izquierdas, de centro o de derechas. Poco a poco se han ido adueñando de la situación y han ahogado cualquier posibilidad de que llegue aire fresco a esas instituciones. Al ser mayoría, son ellos los que manejan a su antojo los tiempos y las formas en el quehacer diario de los partidos, son los que marcan la pauta y los objetivos a perseguir. Y cuando estos trepas y vividores llegan a lo más alto, actúan como si gobernar fuese simplemente mandar. Y como menosprecian a  las bases de su propio partido y a la ciudadanía en general, no escuchan a nadie ni se preocupan por lo que puedan pensar los demás.

Como esta gandaya política se mete en todo, aunque viva permanentemente encastillada en la más absoluta ignorancia, y se arroga la facultad de pontificar sobre lo divino y lo humano, no es de extrañar que los pensadores de la ilustración recelaran de ellos. Por eso se inventaron la famosa teoría de la separación de poderes: para limitar el poder absoluto de los monarcas y, como no, para frenar la intemperancia y el atrevimiento suicida de los políticos. Rousseau, que concebía la democracia como un gobierno directo del pueblo, abominaba de los políticos por esa insolencia y su afán de intervenir en todo. Tampoco eran bien vistos por los ilustrados españoles.  Para el ilustrado asturiano Agustín de Argüelles, los partidos políticos eran una auténtica desgracia. En su ofensiva contra esta casta de aprovechados, utilizó la misma dureza y los mismos términos que utilizaría Franco un siglo después.

A Felipe González y a Alfonso Guerra les molestaba enormemente esta doctrina de la ilustración que propugnaba la separación de poderes. Eso de desperdigar el poder e incluso el compartirlo, enfurecía terriblemente a la izquierda española. De ahí que busquen con verdadero ahínco,  burlar esa separación de poderes e invadirlos impúdicamente todos. Para eso, nada mejor que dar muerte a Montesquieu que es lo que hicieron González y Guerra promulgando la Ley Orgánica del Poder Judicial del año 1.985. Con esta Ley, todos los poderes quedan sometidos al poder Ejecutivo. Así las cosas, no es de extrañar que Alfonso Guerra anunciara solemnemente que Montesquieu había muerto.

Es cierto que han venido detrás otros partidos políticos, de signo contrario, que llevaban en sus programas electorales la promesa de acabar terminantemente con esa simbiosis nefasta entre los tres poderes.  Pero como “las promesas electorales son para incumplirlas”, tal como dijo el inefable Tierno Galván, todo sigue lamentablemente igual. Como mucho, se han efectuado algunos cambios cosméticos, pero nada más. Así que el poder Legislativo y el Judicial continúan claramente mediatizados por el poder Ejecutivo.

Son plenamente conscientes de su ñoñez intelectual, de su manifiesta incompetencia. Y como siempre pasa, las mediocridades se unen y se defienden mutuamente para no desaparecer,  y continuar viviendo, cada vez mejor, del presupuesto público. Buena prueba de ello es el lamentable espectáculo que nos dan al comienzo de casi todas las legislaturas, aprobando por unanimidad de todos los partidos nuevas prebendas, mayores  privilegios e incluso mejoras sustanciales de honorarios.

Y al igual que esta casta golfa cierra filas desvergonzadamente para aumentar sus ya desmesuradas prerrogativas, también hace lo propio para rechazar cualquier eventualidad que quiera recortárselas.  No hace mucho se presentó en el Congreso una iniciativa popular, solicitando algo muy lógico: que los políticos dejen de cobrar del Estado cuando terminen su mandato, pasando a ser como los demás ciudadanos del lugar, sin privilegios ni canonjías. Esta proposición ni siquiera fue admitida a trámite. En realidad, no podíamos esperar menos de nuestros políticos. Así es como estos esforzados gestores de de nuestro dinero se aprietan el cinturón y se solidarizan con los que les hemos elegido.

Que esta chusma de vividores trata de ser incombustible y que aspira a perpetuarse en la función pública, es algo meridianamente claro. Y de esa actitud tan egoísta tenemos mucha culpa los ciudadanos, los que les hemos ido dando cuerda con nuestros votos y con nuestra indiferencia. No somos inocentes ya que hemos colaborado tontamente en la proliferación de semejantes monstruos. Ellos han sabido aprovecharse de nuestra desgana, de nuestra abulia política y, en consecuencia, han multiplicado considerablemente los comederos estatales y autonómicos. Les hemos permitido diversificar normativas y leyes, y como se han acostumbrado desde bien jovencitos a mamar de todo lo que da leche, tratan de hacerse fuertes y prácticamente imprescindibles para no perder el chollo.

Tenemos un ejemplo muy claro durante estos últimos ocho años. Un atentado, aún sin esclarecer debidamente, dio el triunfo electoral a un devaluado PSOE en el que sentaban  cátedra lo más granado de esa casta política, toda una serie de personajes inmaduros que llegaron a la política siendo unos niñatos y que, sin la debida preparación,  terminaron ejerciendo un  liderazgo que les venía demasiado grande. Ahí estaba, por ejemplo,  el mayor iluminado de la historia José Luis Rodríguez Zapatero, para quien gobernar es simplemente mandar sin escuchar a nadie y sin preocuparse de las consecuencias que puedan derivarse de sus actos. También nos encontramos con  José Blanco, Bibiana Aido, Leire Pajín, el patético Tomás Gómez y algunos más por el estilo. Y esta camarilla de ineptos eran los encargados de marcarnos el camino a seguir y los que regían nuestros destinos. Así nos fue, perdimos el norte y nos hundimos  para mucho tiempo en la más absoluta miseria. Estos eran del PSOE, pero ejemplares semejantes abundan hoy día en todos los partidos. Así que ¡Dios nos coja confesados!

Gijón, 20 de noviembre de 2012

José Luis Valladares Fernández