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domingo, 10 de agosto de 2014

EXPERIENCIA REPUBLICANA EN ESPAÑA

La República fue siempre muy nefasta para España y ha causado invariablemente numerosos problemas, todos ellos muy graves. La conflictividad originada por el régimen republicano ha sido siempre excesiva, excesivamente trágica y hasta traumática. Los que vivieron de cerca los deplorables acontecimientos que surgieron durante la vigencia de ambas Repúblicas, quedaron definitivamente vacunados contra el republicanismo. 

La I República Española inició su andadura en febrero de 1873, tras la abdicación de Amadeo I, y fue muy efímera, ya que no duró nada más que hasta el 3 de enero de 1874. El nuevo régimen se caracterizó precisamente por su desbarajuste continuado y su inestabilidad política. Sus cinco fugaces presidentes intentaron infructuosamente reconducir los destinos de la nueva República. Pero la falta de una base republicana suficientemente amplia y consolidada, la obcecación y la falta de escrúpulos de los responsables políticos republicanos, aceleraron la desaparición de la joven República.

Al instaurarse la República, fue elegido presidente Estanislao Figueras. Pero, como consecuencia la crisis económica que aquejaba a España, la proclamación indebida del Estat Català y la división interna de su propio partido,  fue apartado del cargo a los cuatro meses escasos de su nombramiento. Le sustituyó en la magistratura más alta del Estado Francisco Pi y Margal. El nuevo presidente de la República era un federalista convencido y convirtió a España en una República Federal. Esta decisión sirvió de estímulo al cantonalismo, que ya había hecho estragos en varias regiones españolas, sobre todo en Valencia, Murcia y Andalucía, y se desató seguidamente la fiebre disgregadora. Además de Cataluña, se declararon Repúblicas independientes varias provincias e incluso algunas ciudades. Es el caso de Valencia, Castellón, Málaga, Sevilla, Cádiz, Granada, Cartagena, Jumilla y Camuñas.

Con el federalista Pi y Margal al frente de la República, España entró en un proceso acelerado de desintegración nacional. Como consecuencia del desmadre institucional originado, se vivieron hechos sumamente insólitos y llamativos. La república de Granada, por ejemplo, declaró la guerra a la de Jaén, y la de Jumilla se envalentonó y amenazó a la de Murcia y a las demás “naciones” vecinas. Los cantonalistas de Cartagena fueron mucho más atrevidos y no se contentaron con declarar la independencia. Aprovechando el caos político del momento, tomaron el Ayuntamiento y, una vez dueños de la ciudad,  se apoderaron del arsenal y del puerto donde estaba amarrada casi toda la flota de guerra española, que utilizaron posteriormente para bombardear la ciudad de Alicante.

La evolución caótica de los sucesos, que llevó a España al borde mismo de la desintegración, además de provocar la dimisión del presidente Francisco Pi y Margal, contribuyó, cómo no, al derrumbe definitivo de la I República. Y como era de esperar, sirvió también para que aumentara considerablemente el número de conversos a posiciones más conservadoras.