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miércoles, 17 de julio de 2019

LA EVOLUCIÓN DEL NACIONALISMO EN ESPAÑA



IV.- La explosión del independentismo catalán 



En octubre de 1886, el político catalán Josep Narcís Roca i Farreras ya intentó crear  un movimiento popular de izquierdas, que aceptara sin más que Cataluña era un Estado propio e independiente. Pero ni consiguió adeptos, ni logró convencer a ninguno de sus colegas republicanos que, de momento, siguieron todos ellos manteniendo plenamente la tradicional vinculación de Cataluña con España. 
Tendríamos que esperar unos años más, para poder contar con una asociación de nacionalistas radicales que se posicionara claramente a favor de la independencia de Cataluña. Pero ese primer grupo histórico de catalanes inconformistas no nace en Cataluña, como sería lógico, sino en Santiago de Cuba, cuando la isla consiguió emanciparse de España. Y fue ahí, en el Centro Catalán de esa ciudad, donde ondeo por primera vez la estelada, que creó Vicenç Albert Ballester, un catalán que, en 1898, seguía residiendo en Cuba.
Hay que reconocer, por lo tanto, que esa aspiración a la independencia de Cataluña está íntimamente ligada a la famosa Guerra de la Independencia Cubana, que tuvo lugar entre el 24 de febrero de 1895 y el 24 de agosto de 1898. Con la rendición incondicional del Gobierno colonial español y la firma del Tratado de París, España perdió de una tacada Cuba, Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam, que eran los últimos restos del viejo imperio español.
Era extraordinariamente  numerosa la colonia de catalanes que vivía en Cuba, cuando estalló la guerra que propició la independencia de esta isla caribeña. Casi todos ellos lograron amasar una gran fortuna, comerciando simplemente con el tabaco, el azúcar y también, cómo no, con la esclavitud. Muchos de ellos, es verdad, mantuvieron fielmente su lealtad al Gobierno colonial español durante todo el conflicto bélico. Al finalizar la guerra, claro está, tuvieron que regresar nuevamente a Cataluña.
Pero otros muchos emigrados catalanes, los más lanzados y resueltos, optaron por contemporizar con los cubanos rebeldes y luchar contra la corona de España. Y una vez conseguida la soñada independencia de la isla, vieron que era posible reproducir esos mismos hechos en Cataluña, la tierra que abandonaron años atrás. Y comenzaron inmediatamente a organizar grupos o clubs de nacionalistas radicales, tanto en La Habana, como en Santiago de Cuba y, por supuesto, en Guantánamo, que abogaban, de forma directa y sin ambages, por la independencia de Cataluña, que era su verdadera patria chica.
A partir de ese momento, las organizaciones independentistas que surgieron en Cuba, cuando esta isla logró emanciparse de España, se dedicaron a promover toda clase de propaganda separatista, utilizando, sin reparo alguno, revistas y todos los medios publicitarios que estaban al alcance de sus manos. Y como no podía ser menos, además de izar esteladas en los balcones de sus propios centros, empezaron a financiar una serie de eventos o programas que defendían abiertamente la segregación o la independencia de Cataluña.
A pesar de la intensa actividad propagandística desarrollada en Cuba por los emigrantes catalanes, Cataluña tendría que esperar pacientemente hasta julio de 1918 para contar con la primera organización manifiestamente independentista. Fue entonces cuando surgió el Comité Pro Cataluña, que presidiría el creador de la estelada, Vicenç Albert Ballester, que había regresado a su Barcelona natal.

viernes, 19 de mayo de 2017

A CADA UNO LO SUYO

III – Primeros pasos de la II República

En España, es verdad, se instauró por dos veces la República, y terminó rematadamente mal en ambas ocasiones.  La I República fue proclamada por las Cortes el 11 de febrero de 1873, tras la renuncia al trono de España del rey Amadeo I de Saboya. Hay que reconocer que, de aquella, el republicanismo tenía muy poco predicamento entre los españoles de a pie, y los políticos estaban internamente divididos. Por un lado estaban los federalistas moderados que pretendían construir la federación desde arriba, desde el Estado. Y por otro, estaban los intransigentes que, como Antonio Gálvez Arce, pretendían construir esa federación desde abajo.
Y gracias a esa división interna que mantenían los federalistas, la República mantuvo siempre su debilidad inicial y su enorme inestabilidad política. Precisamente por eso, y a pesar de su extremada brevedad, fueron cuatro los presidentes que se sucedieron en ese año escaso: Estanislao Figueras, Francisco Pi y Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar, todos ellos militantes del Partido Republicano Federal.
La Tercera Guerra Carlista y los continuos disturbios que se generaban en las Antillas Mayores con la aparición del sentimiento nacional  en Cuba y en otras colonias, estaban demorando excesivamente la puesta en marcha del sistema federal acordado. Y ese retraso fue determinante para que los federalistas jacobinos e intransigentes decidieran independizarse de Madrid y llenar España de minúsculas repúblicas autónomas, los famosos cantones independientes, algunos tan pequeños como Camuñas o Jumilla. Ese levantamiento cantonal afectó principalmente a localidades de Valencia, Murcia y Andalucía.
Destaca por su violencia, y por su duración, la República independiente o cantón de Cartagena, que logró mantener su independencia algo más de medio año. El diputado federal murciano, Antonio Gálvez Arce, apodado  Antonete,  asumió el mando del cantón, y el día 12 de julio de 1873, con la inestimable ayuda de la marinería, se apoderó de la flota de  la Armada, que estaba fondeada en el puerto de Cartagena.
Comandando esa especie de escuadra pirata, el famoso diputado Antonete, se dedicaba constantemente a sembrar el terror en las ciudades y poblaciones costeras más próximas.  Y todo, para que  se unieran a la rebelión y, más que nada, para que contribuyeran a los gastos con cuantiosos impuestos revolucionarios. Y cuando alguna ciudad se negaba a pagar ese impuesto, era inmediatamente bombardeada, como ocurrió con Almería y con Alicante, por negarse a abonar los 100.000 duros exigidos.

martes, 2 de mayo de 2017

A CADA UNO LO SUYO

II – Un golpe de Estado en toda regla


El afán desmedido de intervenir en política de manera  partidista, mostrado por Alfonso XIII desde el comienzo de su reinado, fue determinante para que varios políticos monárquicos abandonaran su filiación  liberal o conservadora y se integraran con los republicanos. El 13 de septiembre, por ejemplo, Miguel Primo de Rivera se sublevó contra el Gobierno para alejar cualquier posibilidad de contagio con la revolución bolchevique y, por supuesto, para solucionar de una vez los problemas derivados de  la inapelable derrota que sufrieron las tropas españolas  el 22 de julio de 1921, ante los rifeños, comandados por el famoso Abd el-Krim.

La reacción del Gobierno legítimo ante la rebelión del capitán general de Cataluña, no se hizo esperar, y el 14 de septiembre, un día después del golpe de Estado, pidió al monarca la destitución fulminante de los generales golpistas y que convocara inmediatamente las Cortes Generales. Al no ser atendida su petición, el Gobierno presentó su dimisión y Alfonso XIII, sin más, nombra presidente del Gobierno a Miguel Primo de Rivera.

Al oficializar por su cuenta y riesgo la Dictadura Militar, el rey cometió  un error francamente garrafal. Con esa desafortunada decisión, además de sembrar el desánimo entre los políticos de tendencia liberal o conservadora, abrió una crisis extremadamente grave y peligrosa que, poco a poco, fue  socavando los cimientos del sistema monárquico tradicional. Es evidente que, en esa ocasión, Alfonso XIII se olvidó de su condición de monarca constitucional, y actuó como si fuera un simple jefe de Estado, lleno de tics de corte dictatorial.

Una vez constituido el Gobierno, Miguel Primo de Rivera confesó espontáneamente que no pensaba eternizarse al frente de un Ejecutivo y que, por lo tanto, su régimen sería algo meramente provisional. Y precisó aún más, señalando que su Gobierno no duraría nada más que los noventa días que, según sus cálculos, necesitaría para salvar a España de “los profesionales de la política” y  su regeneración posterior. Pero se olvidó muy pronto de ese propósito inicial, y su Dictadura duró nada menos que seis años completos y cuatro meses.

Y es en abril de 1924, cuando el dictador da los primeros pasos para  eternizarse en el poder. Comienza creando su propio partido político, la Unión Patriótica, para que su Directorio Militar encuentre un apoyo civil suficiente. Y en diciembre de 1925, aprovechando el indiscutible éxito de la campaña de África, da un paso más y sustituye el Directorio militar por otro más abierto y de carácter civil, con la intención maquiavélica de institucionalizar su régimen dictatorial. Con el Directorio Civil, Primo de Rivera instaura de nuevo el Consejo de Ministros tradicional, en el que participan indistintamente civiles y militares.

sábado, 25 de junio de 2016

LA LARGA HISTORIA DEL PSOE



II

Como Pedro Sánchez es un secretario general del PSOE sin estirpe y con muy poca casta, trata de consolidar su propia posición, exagerando intencionadamente las bondades de su partido político. Y ¡hombre!, el partido socialista tiene, faltaría más, algunas cosas buenas, pero también tiene detrás una historia francamente turbia y complicada. Para empezar, fue fundado clandestinamente un 2 de mayo de 1879,  en la taberna Casa Labra de Madrid por el linotipista Pablo Iglesias Posse, apoyado por un pequeño grupo en el que predominaban los tipógrafos.

Y Pablo Iglesias,  que había sido marcado por una vida azarosa y llena de estrecheces y desgracias, dejó su impronta en el partido, condicionando fatalmente su orientación política. De ahí que el PSOE mantuviera, a lo largo de los años, notables diferencias con la mayoría de las formaciones socialdemócratas occidentales. Siempre ha sido un partido mucho más antidemocrático  y totalitario que el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) o el Partido Socialista Francés. El PSOE siempre se ha significado precisamente por su intolerancia, su sectarismo y su odio profundo.

En todas sus intervenciones públicas, el fundador del PSOE dejaba traslucir invariablemente su carácter rencoroso y agresivo, y no quedaba satisfecho si no generaba crispación social. Queda perfectamente retratado, cuando en el primer congreso del partido, celebrado en Barcelona en 1888, dijo a sus compañeros: "La actitud del Partido Socialista Obrero con los partidos burgueses, llámense como se llamen, no puede ni debe ser conciliadora ni benévola, sino de guerra constante y ruda".

Y por si aún no había quedado completamente clara su actitud, cuando Pablo Iglesias, intervino por primera vez  en el Parlamento, admitió, sin más, su implicación en la Semana Trágica de Barcelona y defendió con toda vehemencia la actuación del famoso terrorista Francisco Ferrer Guardia, auténtico promotor de aquellos desmanes. Y asegura que la quema generalizada de iglesias y conventos barceloneses quedaba ampliamente justificada por el carácter antisocial de los clérigos y de todos los religiosos.

Y el fundador del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores continuó su perorata,  afirmando públicamente que su partido acatará la legalidad, siempre y cuando ésta le beneficie. “El PSOE – dijo- viene a buscar aquí (al Parlamento), a este cuerpo de carácter eminentemente burgués, lo que de utilidad pueda hallar, pero la totalidad de su ideal no está aquí. La totalidad ha de ser obtenida de otro modo. Mi partido está en la legalidad mientras ésta le permita adquirir lo que necesita; fuera cuando ella no le permita alcanzar sus aspiraciones”

El asombro y la estupefacción de los parlamentarios llegó al máximo cuando Pablo Iglesias, elevando el tono de su discurso incendiario, se dirige directamente al todavía presidente del Gobierno, Antonio Maura, con estas amenazadoras palabras: “hemos llegado al extremo de considerar que antes que Su Señoría suba al poder debemos llegar al atentado personal”. Y aunque el presidente del Congreso le pidió insistentemente que retirara esas palabras, el fundador del PSOE se negó y se reafirmó en ellas. Y a los 15 días de esta amenaza, un joven socialista de 18 años, Manuel Posa Roca, tiroteó a Maura en Barcelona, hiriéndole gravemente.

jueves, 13 de diciembre de 2012

VI.- CATALUÑA EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA


Los nacionalismos surgieron evidentemente a la sombra del Romanticismo, y no tardaron mucho en extenderse por algunas regiones de España.  Lo que un principio no era más que un movimiento impreciso, cobró nueva fuerza y se consolido definitivamente con la restauración de la monarquía. Con la decisión del general Martínez Campos de poner fin a la Primera República proclamando a Alfonso XIII como rey de España el 31 de diciembre de 1874, los movimientos  de carácter nacionalista cobraron mucha más fuerza. Fue una especie de reacción contra la uniformidad y el centralismo que trataría de imponer  nuevamente la monarquía.

El nacionalismo catalán, es cierto, dio un paso más, pero sin llegar nunca al separatismo propugnado hoy día por Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) y, últimamente, por Convergencia i Unió. Esquerra Republicana fue fundada en 1931, pocos días antes de la proclamación de la Segunda República, y de aquella era simplemente un partido federalista. Buena prueba de ello es que el 14 de abril de 1931, el mismo día que Madrid, Francesc Macià proclamó la República Catalana, pero dentro de una federación de pueblos hispanos y no como país independiente.

Con la aprobación de la Constitución republicana, se permitió a las regiones la posibilidad de declararse autónomas. Los catalanes lo hicieron. El Estatuto de la nueva autonomía se aprobó en  1932, instaurándose  legalmente un Gobierno y un  Parlamento autónomos en Cataluña. El primer presidente de la Generalidad fue Francesc Maciâ y, cuando éste murió en diciembre de 1933, ocupó el cargo Lluís Companys.

En 1934 entran en el Gobierno, que seguía presidiendo Alejandro Lerroux, tres ministros de la CEDA, que era la coalición ganadora de las elecciones de 1933. Este hecho fue utilizado, sobre todo, por los socialistas para convocar en toda España la huelga general revolucionaria de 1934.  En vista del éxito que la Revolución de 1934 tuvo en Asturias, Lluís Companys se levanta contra el Gobierno y  proclama el Estado Catalán, dentro, eso sí,  de la “República Federal Española”, conculcando gravemente la legalidad republicana.

A Companys, sin embargo, le dio la espalda el movimiento obrero. Solamente pudo contar con el apoyo armado de los Mozos de Escuadra y de los milicianos de su propio partido. Al contar con tan escaso número de fuerzas revolucionarias, el levantamiento fue aplastado fácilmente por el general Domingo Batet.  Companys fue detenido y encarcelado y las instituciones autónomas catalanas suspendidas. El Gobierno español nombró un ejecutivo provisional compuesto principalmente por miembros de la Lliga Catalana y de los radicales de Alejandro Lerroux. Pero en las elecciones de 1936, el Frente Popular se hace con el Gobierno. Como era de esperar, amnistiaron a los participantes en la tentativa revolucionaria de 1934 y colocaron nuevamente a Lluís Companys al frente del Gobierno Catalán.

El  caos revolucionario se fue adueñando de la sociedad. La crispación política y social dio paso a un clima de violencia callejera tan extremadamente cruel que, como era de esperar, hizo inevitable la Guerra Civil española. El asesinato de José Calvo Sotelo fue el detonante que concitó a un buen número de militares a levantarse contra la actuación suicida del Frente Popular. Así evitaron el golpe de Estado que estaba preparando Francisco Largo Caballero para instaurar plenamente la dictadura del proletariado.

El alzamiento militar en Barcelona fue liderado por el general Manuel Goded. Tiene que enfrentarse a la Guardia de Asalto, a los Mozos de Escuadra y a los militantes  de los sindicatos y de los partidos de izquierda que disponían ya de suficientes armas. Pero al general Goded le falló la Guardia Civil que, a última hora,  decidió mantenerse fiel al Frente Popular. Este hecho fue determinante para el estrepitoso fracaso de la tentativa militar en toda Cataluña. A partir de entonces, esta región quedaría teóricamente bajo la autoridad del gobierno republicano, aunque el poder real estaba en manos de las milicias populares.

El levantamiento frustrado del general Manuel Goded desató toda una oleada de represión indiscriminada en Cataluña contra los sospechosos de sintonizar con los sublevados. Los milicianos montaron una cacería feroz contra los simpatizantes  de la Lliga Catalana y contra los religiosos consagrados. En esa lista entraban también los militares sospechosos, los terratenientes y los industriales. Y esa lista se iba ampliando infamemente a medida que arreciaba la contienda en toda España. Los enemigos a abatir ya no eran solo los políticos de la derecha, lo eran también sus votantes;  a las listas de sacerdotes y religiosos católicos, agregaban ahora a los que eran sospechosos de asistir regularmente a misa.

Los ánimos entre los milicianos catalanes llegaron a estar tan exaltados que, en mayo de 1937, terminaron por enfrentarse a tiros entre ellos mismos. Se formaron dos grupos antagónicos perfectamente diferenciados: los anarquistas de la CNT-FAI y los del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), dominado ampliamente por los trotskistas. Tanto los del POUM como los de la CNT-FAI eran ante todo partidarios de la revolución social, mientras que  los integrantes del gobierno republicano, como ERC, el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), la UGT y algún otro grupo minoritario, daban preferencia a la guerra.

El conflicto entre ambos grupos estalló violentamente en  mayo de 1937, al intentar la Generalidad hacerse con el edificio de la Telefónica. La ocupación de Telefónica, en realidad, no fue nada más que una provocación, o una disculpa para acabar con  los trotskistas del POUM, porque resultaban tremendamente incómodos para el dominio hegemónico del PCE y el PSUC, que seguían  ciegamente los dictados soviéticos. Esto, sin olvidar que los trotskistas del POUM estaban enemistados con Moscú, y podían comprometer seriamente las relaciones de la República con su proveedor de armas.

Con absoluta independencia de esta lucha por el poder entre distintas facciones de republicanos catalanes, la presión revolucionaria desatada en Cataluña generó un clima de inseguridad, que escapaba al control de los Gobiernos de Madrid y de la Generalidad. No es, pues, de extrañar que, ante tan peligrosa situación, huyera un buen número de catalanes a Francia, regresando muchos de ellos a la península por la llamada zona nacional para alistarse en distintos cuerpos del ejército mandado por Franco.

Se formó incluso un Tercio de Requetés, formado exclusivamente por voluntarios catalanes evadidos de la zona controlada por el Frente Popular.  Tercio de Requetés que recibe el nombre de Tercio de Nuestra Señora de Montserrat e instala su cuartel general en la ciudad de Zaragoza. El primer mando de este Tercio fue el alférez provisional Pedro Gallart Folch. Aún antes de completar su armamento, la primera sección del Tercio se dirige  a Mediana de Aragón en tareas de vigilancia. Su bautismo de fuego se produce el 23 de marzo de 1937 donde dan muestras de un inusitado valor.

El Tercio de Nuestra Señora de Montserrat interviene activamente en varios frentes, en Extremadura y en la decisiva batalla del Ebro. Y si en todos ellos dio un ejemplo admirable al resto de las unidades, fue en el municipio zaragozano de Codo donde más brillo por su arrojo y valor, defendiendo la  posición ante los ataques de una masa del ejército enemigo muy superior en número y en medios logísticos. Por semejante gesta, Franco les concedió el 12 de noviembre de 1943 a este Tercio la Cruz Laureada de San Fernando Colectiva.

En la aplastante victoria en la batalla del Ebro, la actuación del Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat fue extraordinariamente concluyente. Dando muestras de una acometividad asombrosa y un valor encomiable, se lanzaron al asalto de las posiciones enemigas sin que nadie pudiera detenerlos. Y fue el 4 de noviembre de 1938, cuando los requetés  del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, una vez liberada la población de Pinell de Bray, tienen el honor de ser los primeros en atravesar el Ebro. Unos meses más tarde, en julio de 1939 reciben en Barcelona un homenaje público de toda Cataluña.

Tras la trabajada victoria en la batalla del Ebro, y la rotura  en dos del frente republicano con la ocupación de Vinaroz, Cataluña quedaba definitivamente aislada de los territorios controlados aún por la República y a merced de las tropas de Franco. A mediados de enero de 1939 entran en Tarragona, lo que supone el hundimiento total de los efectivos del Frente Popular que, en desbandada huye a Francia. Las fuerzas comandadas  por Franco ocupan ya, sin resistencia, las demás provincias catalanas. La entrada en Barcelona fue apoteósica, siendo ovacionadas entusiásticamente las tropas ya que, por fin, se veían libres del terror impuesto en julio de 1936 por las milicias del Frente Popular.

Queda meridianamente claro que ni los partidarios que se decantaron por Franco, ni los que apostaron claramente por las tesis impuestas desde la izquierda más montaraz, jamás lucharon por la independencia de Cataluña. Ambas fuerzas lucharon denodadamente por España, unos por la España nacional, la España de la libertad y los valores morales, y otros lo hicieron por la España republicana, la España revolucionaria y popular. El  mismo Lluís Companys no era separatista. Defendía celosamente, eso si, sus atribuciones y competencias, pero siempre formando parte de la República Española. El sueño independentista nace mucho más tarde, practica y curiosamente a partir de la transición democrática.

Gijón, 19 de noviembre de 2012

José Luis Valladares Fernández

jueves, 22 de noviembre de 2012

PROBLEMAS CON LA ENSEÑANZA EN CATALUÑA


Con el derrocamiento de Isabel II en 1868 se abre en España un período político sumamente inestable, y en un corto espacio de tiempo nos encontramos con sucesos tan diversos como el reinado de Amadeo I de Saboya y la proclamación de la Primera República Española. Tratando de poner freno a tanto desaguisado político, el general Arsenio Martínez Campos proclama rey de España a Alfonso XII en diciembre de 1874 en un  pronunciamiento que tuvo lugar en Sagunto (Valencia). Con esta Restauración  Borbónica esperaban lograr, al menos, una mayor estabilidad en los sucesivos Gobiernos.

Y así fue efectivamente. Los Gobiernos eran mucho más estables pero, a cambió, creció desmesuradamente la oligarquía y aumentó sin tasa el número de los caciques locales. La culpa de esto hay que achacársela al sistema ideado por Antonio Cánovas del Castillo, líder del Partido Conservador para alternarse en el poder con el Partido Liberal que encabezaba  Práxedes Mateo Sagasta. Sin el menor rubor, y antes de que las elecciones tuvieran lugar, pactaban descaradamente los distritos electorales en los que ganaría cada uno de ellos, sin dejar opción alguna a las demás opciones políticas.

Para que no hubiera sorpresas cuando se celebraran las elecciones y los resultados se adaptaran plenamente  a los acuerdos previos, se recurría a los caciques locales y rurales. Estos eran los que se ocupaban, cada uno en su distrito, de manipular y amañar las elecciones para que la victoria se la llevara la formación política prevista de antemano. Para asegurar el resultado pactado, cualquier truco era bueno; unas veces se recurría al “pucherazo” y, otras, se incluían en el censo a personas ya fallecidas o se impedía el acceso a las urnas a determinados sectores de la población. Era así de sencillo para que el resultado de las urnas coincidiera exactamente con los deseos de los conservadores y los liberales.

Era Antonio Cánovas del Castillo el que llevaba la voz cantante y sus directrices, excesivamente  conservadoras, además de perjudicar el desarrollo normal de la democracia en España, incidían perniciosamente sobre los territorios de ultramar. Buena prueba de ello es que, como consecuencia de su desastrosa política, se independizaron Cuba, Puerto Rico y Filipinas  en el fatídico año de 1898. Por si fuera esto poco, no mucho después de esa fecha, se procede a la venta a Alemania de las islas Marianas y Carolinas que teníamos en el Pacífico.

La pérdida de las colonias españolas, desde el punto de vista meramente económico, tuvo sus consecuencias, pero no muy graves ya que, desde muchos años antes de la independencia de Cuba, los intercambios comerciales eran prácticamente nulos. Pero desde el punto de vista político y moral, los efectos ocasionados por esa pérdida tienen mucha más importancia, desembocando en lo que los intelectuales de la época denominaron “Desastre del 98”.  La pérdida de esos territorios puso de manifiesto el poco peso específico que tenía España entonces en el ámbito internacional.

Y fueron precisamente los literatos y los filósofos o pensadores españoles más importantes del momento,  los primeros en desilusionarse y, a partir de entonces, dejaron traslucir su enorme desmoralización y su pesimismo en todos sus escritos. Surge así la llamada “Generación del 98”, integrada, entre otros,  por escritores de la talla de Miguel de Unamuno, Pio Baroja, Antonio Machado, Ramiro de Maeztu, Ramón María del Valle-Inclán y José Martínez Ruiz, más conocido por el seudónimo “Azorín”.

De todos los escritores de la Generación del 98, quizás sea Unamuno el más afectado por ese ambiente de fracaso político y cultural que culminó en el Desastre del 98. Y por eso se enfrenta con vehemencia a la cruda realidad. Busca desesperadamente poner remedio a tan dramática situación para devolver a España el prestigio internacional perdido recientemente. En un principio piensa que se resuelve favorablemente la situación acercando España a Europa. Es por lo que clama con todas sus fuerzas aquel “¡Muera don Quijote!”, para no tener trabas para europeizar a España.

Más tarde reflexiona y piensa que, dada la riqueza de la  cultura española, tal como se refleja en el arte, en la lengua y en las costumbres tradicionales, para europeizar a España, hay que españolizar previamente a Europa. Dicho con palabras del propio Unamuno, no podremos digerir la parte de espíritu europeo que pueda hacerse espíritu nuestro, mientras no nos impongamos espiritualmente a Europa. Primero tenemos que españolizar a Europa, haciéndole tragar lo nuestro para así poder recibir lo suyo.

Los recelos y las desconfianzas que sentía Miguel de Unamuno hacia todo lo europeo, dio lugar a una interesante pelotera dialéctica  con Ortega y Gasset, europeísta convencido y miembro destacado de la Generación de 1914. En la correspondencia privada, se trataban con exquisita cortesía. Como mucho, algún exabrupto de Unamuno, pero nada más. Es en los escritos públicos, donde se llaman de todo. Ortega dice de Unamuno que es un “morabito máximo que, entre las piedras reverberantes de Salamanca, inicia una tórrida juventud hacia el energumenismo".

Miguel de Unamuno, que no entiende el espíritu laico y europeo predicado por Ortega, llamaba a éste pedante, don Fulgencio en Maburg y,  por dar preferencia a Descartes sobre San Juan de la Cruz, le tildaba de papanatas. Y lleno de resentimiento hacia Europa escribía en una de sus cartas dirigidas a Ortega: "yo me voy sintiendo furiosamente anti-europeo. ¿Qué ellos inventan cosas? Invéntenlas. La luz eléctrica alumbra aquí tan bien como donde se inventó".

Pasa ahora algo parecido con el ministro de Educación, Cultura y Deporte José Ignacio Wert. Pero la pretensión del ministro de españolizar a los estudiantes catalanes ha tenido muchos más antagonistas  que la de Miguel de Unamuno. Son muchos los que han salido en tromba contra el ministro de Educación por pretender “españolizar” a los alumnos catalanes que sistemáticamente vienen siendo “catalanizados” por las autoridades académicas de Cataluña. Era previsible que los  nacionalistas se lanzaran rabiosamente a su yugular, pero no así los socialistas que pretenden ser un partido de ámbito nacional. 

La película se desarrolló así. El pasado día 10 de octubre el diputado del PSOE, Francesc Vallés, pregunta al ministro José Ignacio Wert si considera que el crecimiento actual del independentismo en Cataluña tiene algo que ver con su sistema educativo. La respuesta del ministro de Educación no pudo ser más rotunda y concluyente: “la señora Rigau, que no es de su partido, que es de Convergencia, ha dicho el otro día que nuestro interés es españolizar a los alumnos catalanes. Lo dijo, y no con ánimo de elogio. Pues sí, nuestro interés es españolizar a los alumnos catalanes y que se sientan tan orgullosos de ser españoles como de ser catalanes y que tengan la capacidad de tener una vivencia equilibrada de esas dos identidades porque las dos les enriquecen y les fortalecen”.

José Ignacio Wert no se amilanó por los abucheos de la oposición en pleno y dejó constancia de su compromiso de buscar la manera de que, en Cataluña, los padres que así lo deseen, puedan escolarizar en castellano a sus hijos. Su intención es, según dijo, buscar una "solución viable para que todo el que quiera ser educado en Cataluña con el castellano como lengua vehicular lo pueda hacer". Aunque hayan levantado ampollas en algunos ambientes, las palabras del ministro de Educación describen, con pelos y señales, el enorme problema que impide educar adecuadamente a los alumnos catalanes.

Este problema hubiera quedado resuelto, si el propio José Ignacio Wert, y el Gobierno del que forma parte,  hubieran exigido a la Generalidad cumplir terminantemente las sentencias dictadas por el Tribunal Supremo y por el Constitucional que son obviadas sistemáticamente.  Fue Jordi Pujol el que, ante la pasividad culpable de los distintos Gobiernos,  ideo ese proyecto uniformador de las juventudes catalanas, utilizando maliciosamente el lenguaje. Se comenzó en los años 80 implantando de una manera progresiva la inmersión lingüística escolar. Pocos años después, el español había sido totalmente desterrado de las aulas catalanas.

Aunque José Ignacio Wert no habló nada más que de intenciones, su palabra “españolizar” fue tomada como un insulto por todo el establishment catalán. Se han rasgado las vestiduras la consejera de Enseñanza Irene Rigau y el portavoz de la Generalidad Francesc Homs. Se olvida Irene Rigau de que en julio de 2011 alardeó públicamente de que estaba “catalanizando” el sistema educativo. Enric Hernández, director de El Periódico, dice que la intención de Wert esel equivalente contemporáneo (y de derechas) de la rusificación estalinista”. Hasta el catalanizado Josep Antoni Duran Lleida, a veces tan pacífico, levantó esta vez el hacha de guerra, tratando al ministro de ignorante.

Como son ya varios los Gobiernos de España que han venido dando cuerda al nacionalismo catalán, estos se sienten muy crecidos y es normal que respondan así a las palabras del ministro de Educación. Pero choca enormemente el tremendo enfado de los socialistas. Llegaron tan lejos, que trataron de reprobar al ministro por afirmar que el interés del Gobierno es "españolizar a los alumnos catalanes", que es algo que debió haber hecho ya el Gobierno anterior. Dice Soraya Rodríguez que el ministro debe dimitir porque, “está claramente desautorizado para seguir siendo ministro de Educación y Cultura". Y agrega que las palabras de Wert "reproducen la peor derecha, la totalitaria, la que todos queremos olvidar".

Tampoco tienen razón los que dicen  que no se puede “españolizar” algo que es España. Quienes así hablan sacan las palabras de José Ignacio Wert de su contesto. De acuerdo que los alumnos a los que se refiere el ministro son catalanes y, aunque les pese a los soberanistas,  son también españoles. Pero desconocen la cultura y la historia española por que se les oculta de manera sistemática, y la que se les enseña ha sido, con antelación, cuidadosamente adulterada. Y hay que enseñarles la historia real de España que es también la historia de Cataluña. Hay que “españolizarles” culturalmente hablando, para que, como dice el ministro, “se sientan tan orgullosos de ser españoles como de ser catalanes”.

Gijón, 15 de noviembre de 2012

José Luis Valladares Fernández