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lunes, 16 de mayo de 2022

EL SANCHISMO Y SU MINISTERIO DE LA VERDAD




 

En la novela de George Orwell, titulada 1984 (en su versión original: Nineteen Eighty-Four), nos encontramos con unas organizaciones políticas, que se comportan de una manera claramente totalitaria y represora. La acción se desarrolla en un Londres muy peculiar, lúgubre y ficticio, donde los ciudadanos están estrechamente controlados por la Policía del Pensamiento y donde se reescribe la historia sin miramiento alguno, para adaptarla a la versión oficial que dictamine el Partido.

La sociedad de ese Londres ilusorio consta de tres grupos bien definidos. En primer lugar están los miembros del Consejo dirigente, que marcan la pauta a seguir con manifestaciones oportunas y soltando consignas para dar rienda suelta al fervor fanático de los servidores. Después están los servidores o miembros externos, que se encargan de la burocracia. Y por último nos encontramos con la plebe, a la que se mantiene intencionadamente pobre y entretenida, para que acepten la sumisión y no puedan rebelarse.

Si no supiéramos que esta novela fue publicada  en junio de 1949, diríamos que George Orwell la escribió, inspirándose en la sociedad actual española, ya que hoy día, en España, llevamos una vida muy similar a la que se describe en esa obra literaria. Pues es evidente, que el Gobierno Frankenstein que padecemos, manipula descaradamente la información, vigila a la masa borreguil, y la castiga política y socialmente cuando desobedece sus mandatos.

El autor de la novela 1984, es verdad, no habla en ningún momento de “ministros”, pero nos da una información bastante detallada de los Ministerios del Amor, de la Paz, de la Abundancia y de la Verdad. El Ministerio de la Verdad, que se ocupa de las mentiras, es muy similar en todo a la siniestra organización, creada por el patrañero Pedro Sánchez, según dice, para censurar y luchar eficazmente contra la desinformación y que, por desgracia, acabará también con la libertad de expresión.

Gracias a esta nueva organización, que las redes sociales comenzaron a llamar Ministerio de la Verdad, el presidente Sánchez y su cohorte de lacayos pueden fiscalizar a los medios y determinar qué informaciones son veraces y cuáles no, sin dar ninguna explicación. Y en vez de conformarse simplemente con desenmascarar los distintos “eventos desinformativos”, los que en realidad mandan van mucho más allá y doblegan a su antojo la voluntad de los ciudadanos normales, limitando su movilidad y prohibiéndoles salir a la calle. Y también los amenazan con expropiar todos sus bienes, si se presenta la ocasión.

Todos sabemos que, cuando el insaciable Pedro Sánchez llegó a La Moncloa, se encontró con muchas dificultades para proceder a cercenar derechos y libertades. Para poder adormecer a los sufridos ciudadanos y encerrarlos sin más en el ansiado redil del pensamiento único, tenía que eliminar previamente el principal obstáculo, que no es otro que el actual sistema de reparto de poderes, fijado por nuestro modelo constitucional. Pues es evidente que, cada uno de esos poderes actúa siempre como contrapeso y límite de los demás.

Y eso fue, ni más ni menos, lo que pretendió hacer el líder del Ejecutivo español, nada más asumir la Presidencia del Gobierno. Si quería actuar libremente y sin ataduras, tenía que comenzar neutralizando o desactivando los distintos contrapoderes de nuestro Estado de derecho. Se hizo muy pronto con el apoyo de los distintos medios de comunicación a base de subvenciones y otras prebendas. También son evidentes las múltiples injerencias del presidente Sánchez en la Abogacía del Estado. Y no digamos nada de la Fiscalía General del estado, regentada, como es sabido, por su alter ego, la ex ministra de Justicia Dolores Delgado.

Para dar satisfacción a su desmedida voracidad y aumentar su poder político,  el autócrata Pedro Sánchez también pretendió meter baza en el Consejo General del Poder Judicial, aunque esta vez se vio obligado a desistir por la oposición firme del Partido Popular. Y como deseaba realizar su viejo sueño de suplantar a las Cortes y al jefe del Estado, para imponer sus propios dogmas a la sociedad, buscó la manera de disponer de una mayoría parlamentaria suficiente, que le permitiera reducir la capacidad de acción de los ciudadanos y recortar drásticamente sus derechos fundamentales.

Como el presidente Sánchez no contaba nada más que con los votos del PSOE y con los de sus socios de Gobierno, necesitaba concertar acuerdos con otras formaciones políticas para alcanzar los 176 escaños, para disponer de una mayoría absoluta en el Congreso. Y recurrió, quién lo iba a decir, al nacionalismo y al separatismo más extremo. Y conjugando hábilmente subvenciones jugosas con los consabidos indultos a los golpistas catalanes y las mejoras a la situación de los presos etarras y otras concesiones, algunas de ellas de dudosa constitucionalidad, consiguió el apoyo de ERC, Bildu, Compromis y los del PDeCAT.

Con toda esta tropa de indeseables, nuestro aprendiz de déspota ya tenía muchas posibilidades de imponer su voluntad a los sufridos españoles. No obstante, para evitar sorpresas y andar sobrado de apoyos, amplió aún más esa lista con  Más País, Nueva Canarias, PRC y Teruel Existe. De este modo tan simple, amarraba nada menos que 181 votos y, al superar ampliamente la mayoría absoluta, podía actuar a capricho sin depender de nadie.

A  partir de ese momento, aparece el verdadero Pedro Sánchez, que está tan endiosado como el famoso superhombre de F. Nietzsche y piensa que puede superarse a sí mismo y a su naturaleza. Y esto le habilita, cómo no, para  romper definitivamente con todas las ataduras tradicionales que condicionan su libertad. Y esto fue lo que le llevó a decretar un estado de alarma ilegal, para dotarse de un poder casi ilimitado, desconocido hasta entonces.

Así que, el 3 de noviembre de 2020, con la disculpa de poner freno a la alarmante propagación de la pandemia, el autócrata Pedro Sánchez decide prorrogar el estado de alarma actual, que era de solo quince días, nada menos que por un período de seis meses. Y lo hace evidentemente, qué le vamos a hacer, obviando lo que dice la Constitución española y con el sorprendente aval, del Congreso de los Diputados.

Sin la más mínima dilación, el sanchismo se aprovechó de esa prórroga ilegal del estado de alarma, realizando controles exhaustivos a la sociedad y entorpeciendo deliberadamente su evolución natural y sometiéndola a arbitrariedades más propias de regímenes totalitarios que de Gobiernos democráticos. Comenzó, como es lógico,  recortando derechos, para cargarse al individuo libre e independiente y aborregarlo, dejándolo sin ideas y sin iniciativas propias.

En este caso concreto, el nefasto sanchismo comenzó a tomar decisiones arbitrariamente y sin el menor control. Y como no le gustan las críticas, procuró acallar las voces discordantes con medidas restrictivas y, sobre todo, recortando la libertad de expresión. Así evita, que los medios de comunicación, que aún son libres e independientes, puedan censurar su desafortunada gestión de los asuntos públicos. Y para evitar malos entendidos, se dedicó a regular de manera sumamente clara y precisa, los límites que no deben ser traspasados.

De todos modos, debemos tener en cuenta que, para el presidente Sánchez, es mucho más importante la verdad oficial que la verdad real. Y eso es precisamente lo que le llevó a crear un organismo muy similar  al orwelliano Ministerio de la Verdad, con el encargo especial de vigilar las noticias falsas que aparecen frecuentemente en las redes sociales.

Según la orden ministerial que crea ese organismo, la prerrogativa de determinar qué informaciones son falsas o no, corresponde exclusivamente al Ejecutivo. Porque esa era la mejor manera de “influir en la sociedad” y  poner coto a los bulos que inundan las redes, ofreciendo en todo momento a los ciudadanos una “información veraz y diversa”.

Gijón, 14 de mayo de 2022

 José Luis Valladares Fernández


sábado, 13 de febrero de 2021

LOS CAPRICHOS DE PEDRO SÁNCHEZ

 



No cabe la menor duda, que siempre es mucho más fácil hablar o dar consejos, que realizar lo que se aconseja. Ya lo dice el refranero español, ‘una cosa es predicar, y otra dar grano’. Y el presidente del Gobierno suele hacer eso precisamente, presumir y hablar mucho, y rara vez acierta. Pero a la hora de actuar, ni está, ni se le espera. 

No sé si con razón o no, pero solemos decir frecuentemente que el pueblo tiene siempre el Gobierno que se merece. Y el famoso escritor francés, Víctor Hugo lo hizo de esta manera: “Entre un Gobierno que lo hace mal y un Pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa”. Y Mahatma Gandhi expresó esta misma idea de una manera mucho más gráfica: “Si hay un idiota en el Poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”.

Sea esto cierto, o no, sí podemos  afirmar rotundamente que los españoles hemos tenido muy mala suerte con los dos últimos aspirantes socialistas que consiguieron dirigir el Gobierno. Ni que decir tiene  que José Luis Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa, porque el PSOE utilizó torticeramente aquel terrible atentado del 11 de marzo de 2004, que despanzurró cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid, dejando un número muy elevado de víctimas. Y para nuestra desgracia, cuando Zapatero se marchó, dejó a España al borde mismo de la quiebra.

Y como no podía ser menos, también hubo juego sucio, por parte del PSOE, en el montaje de la moción de censura contra Mariano Rajoy, para que Pedro Sánchez pudiera satisfacer su capricho apremiante de ocupar inmediatamente la presidencia del Gobierno. Para conseguir ese objetivo, aprovecharon una apreciación improcedente, que introdujo intencionadamente el juez José Ricardo de Prada en la sentencia de Gürtel. Este juez progresista, afín al socialismo, dio por hecho que quedaba acreditada la existencia de una ‘caja B’ en el Partido Popular, destruyendo así la necesaria apariencia de imparcialidad.

Cuando ya era tarde, claro está, vendría el severo varapalo, que el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional dio al atrevido juez de Prada, ya que le apartó sin más del juicio pendiente sobre la financiación del Partido Popular. De este modo tan simple, la Audiencia Nacional confirmó, que la maniobra de Sánchez para alzarse con el poder, se cimentaba artificialmente en un manejo espurio del derecho.

Con la recusación del juez José Ricardo de Prada, podemos afirmar que Pedro Sánchez llegó al poder de manera claramente bochornosa e irregular. A su moción de censura le faltó uno de los requisitos esenciales, ser constructiva, tal como exige nuestra Constitución. A una buena parte de los que votaron con el PSOE, les importaba un bledo Sánchez. Votaron más bien contra Mariano Rajoy, porque querían hacerle pagar su postura inflexible contra el referéndum del 1 de octubre de 2017. Y ya veremos qué hacen con el líder socialista, una vez que consigan el indulto de los independentistas que están cumpliendo prisión.

Es evidente que la mayoría ostentada por Pedro Sánchez en la resolución de su moción de censura era meramente ficticia. Eso indica, al menos, el resultado en las elecciones generales del 28 de abril de 2019. Ganó esos comicios, es verdad, pero fue incapaz de reunir los apoyos que necesitaba para formar Gobierno, y fue preciso repetir las elecciones.

El nuevo proceso electoral tuvo lugar el 10 de noviembre de ese mismo año, y volvió a ganar, el líder del PSOE, pero logrando solamente 120 escaños, 3 menos que en las pasadas elecciones de abril. Pero entonces, se impuso su ambición. Y para no abandonar La Moncloa y ser investido presidente, aceptó encantado el insomnio anunciado y se echó en brazos de su alter ego, el charlatán que cambió la coleta por el moño. 

Con el nuevo Gobierno de coalición, la inestabilidad política que venimos arrastrando desde 2015 se intensificó aún más, por la falta de entendimiento entre las dos facciones del Gobierno. Y también, cómo no, porque al pseudodoctor Pedro Sánchez le molesta enormemente que le controlen. Y como se trata de un personaje sumamente caprichoso y resentido, sin proponérselo, imita a una deidad mitológica de la antigua Grecia, tan llamativa y señalada, como la famosa diosa Hera (Ἥρα).

En los viejos anales helénicos, Hera aparece siempre como una diosa femenina, extremadamente vengativa y rencorosa, que tenía atemorizados a los demás dioses del Olimpo. Es verdad que, por su papel de hermana y esposa de Zeus, tenía la consideración de reina de los dioses.  Y derrochaba rencor y se mostraba especialmente resentida, contra las amantes ocasionales de Zeus y contra los hijos bastardos de éste.

Y entre todos ellos, la diosa Hera se cebó principalmente contra Heracles, el hijo que tuvo Zeus con la mortal Alcmena. Trató de quitarle la vida, cuando era un recién nacido, enviando a su cuna dos serpientes. Pero el pequeño héroe logró estrangularlas con sus manos, antes de que le causaran algún daño. Y siguió persiguiendo a Heracles cuando ya era mayorcito, obligándole a desempeñar las misiones complicadas que le encomendaba  Euristeo, el rey de Micenas.  Esperaba que fracasara y muriera en alguno de esos cometidos. Pero Heracles salía siempre victorioso y acrecentaba incesantemente su gloria.

Y al lenguaraz Pedro Sánchez, que nos aburre continuamente con su verborrea absurda, le está ocurriendo lo que a la reina de los dioses. Si a Hera le sacaban de quicio las amantes de Zeus y los hijos adulterinos que venían detrás, a Sánchez le pasaba exactamente lo  mismo con las instituciones o entidades públicas, que controlaban todas sus actuaciones. Tiene una verdadera fijación por todos esos organismos o contrapesos constitucionales, que tienen la misión de garantizar el comportamiento democrático de los que ejercen el poder.

Es sabido que el malhadado presidente del Gobierno, que padecemos, es radicalmente incapaz de tolerar que lo investiguen y que, para coronar la fiesta, le pidan encima explicaciones de sus actos. Se olvida de lo que hizo él, cuando representaba a la oposición. Entonces, es verdad, se cansó de pedir “transparencia  y rendición de cuentas” a Rajoy. Pero no hay peligro que repase las hemerotecas y se escuche a sí  mismo, y actúe después en consecuencia.

Son particularmente sangrantes las diatribas lanzadas por Pedro Sánchez contra el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. En octubre de 2014, llegaron repatriados a España dos misioneros afectados por el virus del ébola, que murieron finalmente y se contagió con ese virus Teresa Romero, una auxiliar de enfermería del Hospital Carlos III de Madrid.

En aquella ocasión, el líder socialista gritaba desaforadamente al presidente del Gobierno: “necesitamos políticos  que no rehúyan los debates, que den la cara, que aclaren y den seguridad a los ciudadanos, que protejan a los profesionales de la sanidad pública y que no nos victimicen y responsabilicen de sus propios errores”. Y remataba su festival de improperios pidiendo a Rajoy información pormenorizada de la crisis del ébola, y de los “errores cometidos”, tras el “desgraciado espectáculo de incompetencia y desgobierno” que estaba dando su Gobierno.

Volvió a pasar algo muy parecido, por el colapso de la autopista de peaje AP-6 y la A-6, tras la nevada que se produjo entre el 6 y el 7 de enero de 2018. En esa ocasión, quedaron atrapadas, según la acusación del líder de la oposición, varios miles de personas que fueron oportunamente rescatadas por el Ejército. Y achacó toda esa odisea, faltaría más, a “la ineptitud y la irresponsabilidad del Gobierno”.

Y para que nadie te pida cuentas y te exija reiteradamente que des explicaciones que no quieres dar, no hay nada mejor que entrar a saco en esas instituciones públicas y sustituir a las personas incómodas por algún que otro amiguete particular. Y con la intención de perpetuarse en la poltrona gubernamental, Pedro Sánchez procuró ampliar sus apoyos, incorporando a su causa a los independentistas de ERC. Y todo a costa, claro está, de abrir la mano haciendo concesiones  complicadas y, sobre todo, desjudicializando el dichoso  ‘procés’ catalán.

Claro que, si el responsable del Ministerio Público es una persona medianamente independiente, efectuar todos esos enjuagues políticos, acarrearía algunas complicaciones y, más que nada, originaría mucho ruido. Y como era previsible, con un personaje tan pagado de sí mismo como el presidente Sánchez, sucedió lo que tenía que suceder. Para soslayar hasta la más mínima dificultad, prescinde de los requisitos habituales, y procura asegurarse el control del Ministerio Fiscal, poniendo al frente de la Fiscalía General del Estado a su ex ministra y moldeable amiga Dolores delgado García. Y así, se acabó la fiesta.

Y como el ‘asalto’ a la Fiscalía General del Estado salió bastante bien, Pedro Sánchez tardó unos meses, pero terminó haciendo lo mismo con el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno. Hay que tener en cuenta, que el Consejo de Transparencia es un organismo público que, como se sabe, venía desarrollando habitualmente su labor de control al Gobierno de una manera autónoma e independiente.

 Pero está visto que el presidente Sánchez no quiere que nadie  controle su gestión. Es más, le molesta soberanamente que haya alguien que se atreva a indagar si abusa o no de los recursos públicos. Y le indigna sobremanera que pretendan saber hasta dónde llega  su favoritismo con los amigos. Y trató de solucionar su problema, qué le vamos a hacer, del mismo modo que en el Ministerio Público: acabando con su autonomía tradicional y con su independencia.

Y al ser completamente alérgico a rendir cuentas, Pedro Sánchez decide salvaguardar su supuesto derecho a no dar explicaciones de sus actos. Recaba el apoyo de su impresentable vicepresidente segundo y, de común acuerdo, adoptan la determinación de nombrar un presidente del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno, que llevaba vacante desde noviembre de 2017. Y pretenden completar su faena, sustituyendo a Javier Amorós y a Esperanza Zambrano, que eran los dos miembros más exigentes de ese organismo público.

Y a pesar del sigilo desplegado escrupulosamente por los dos líderes máximos del Gobierno social-comunista, no tardaron mucho en trascender sus verdaderas intenciones. Y al saberse que querían relevar a esos dos miembros del Consejo de Transparencia, para poder disfrutar de una opacidad siniestra para todos sus actos, comenzaron a aparecer críticas muy duras por ese hecho, en las tertulias de los distintos medios de comunicación.

Para acallar esas reprimendas y acusaciones, tan molestas  para los que viven en un mundo paralelo o en otro planeta, como es el caso de Pedro Sánchez, cambian tajantemente de disco, y aquí no pasó nada. Se olvidan de la sustitución de  Javier  Amorós y a Esperanza Zambrano, que eran miembros fundacionales de esa institución, y se centran en la elección de un buen candidato para presidir esa institución pública, para poner fin a una interinidad tan prolongada.

Claro que, para el dúo maquiavélico que dirige el Gobierno de coalición, solo es ‘buen candidato’, si se distingue por ser indiscutiblemente dúctil y manejable. Y creyeron ver esas apreciadas cualidades en José Luis Rodríguez Álvarez, que ya había desempeñado cargos públicos relevantes, en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero. Y sin esperar a más, le nombran presidente del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno.

Ni que decir tiene que Pedro Sánchez quedó totalmente satisfecho con esa elección. Y todo, porque sabía que Rodríguez Álvarez, terminaría comportándose, como un magnífico comisario político, dispuesto a realizar los trabajos sucios que fueran necesarios en esa entidad, para imponer su voluntad.

La prueba está en que, desde que asumió esa ocupación, Transparencia no volvió a realizar valoraciones ante la prensa, y a partir de ese momento, el mismo Rodríguez Álvarez se negó firmemente a ser entrevistado por los distintos medios de comunicación. Y como era de esperar, terminó remodelando a su antojo el equipo directivo del Consejo de Transparencia.

Comenzó relevando a la funcionaria Esperanza Zambrano, que llevaba al frente del área  de Reclamaciones desde el año 2015. Y está esperando la oportunidad precisa, para hacer justamente lo mismo con Javier Amorós, subdirector actual de esa organización.

Y como el antojadizo Pedro Sánchez  actúa siempre  a golpe de capricho, también ha querido dejar su sello en el Consejo General del Poder Judicial, para acabar definitivamente con su independencia tradicional. El Poder Judicial lleva en funciones desde diciembre de 2018. Y para poder renovarlo, es necesario contar con una mayoría cualificada de tres quintos de los 350 diputados del Congreso.

Con la aritmética parlamentaria actual, es francamente imposible reunir esa mayoría de 210 diputados, si no hay un acuerdo expreso entre populares y socialistas. Y de momento, ese acuerdo es inviable, porque el presidente Sánchez no quiere desairar a sus socios de Gobierno, y pretende darles voz y voto en la elección del nuevo Consejo General del Poder Judicial. Y eso es algo que no acepta el Partido Popular.

Y en consecuencia, el Poder Judicial sigue necesariamente en funciones y, como no podía ser de otra manera, continúa nombrando cargos clave para puestos importantes de la administración de Justicia. Y esto, por supuesto, saca de quicio al endiosado Pedro Sánchez y a toda su corte de aduladores.  Y como prefiere salir con la suya, antes que pactar la renovación con los Populares, decide cambiar la ley, modificando simplemente la mayoría que se necesita para elegir el nuevo Consejo. Reduciendo la mayoría cualificada de los tres quintos a una mayoría simple, ya no se necesita el concurso del principal partido de la oposición.

Pero realizar esa modificación legislativa, que les permitiría elegir, al menos, a una parte de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, acarreaba otros problemas graves que no habían previsto.  Como la modificación pretendida delimita abiertamente aspectos esenciales del Estatuto de los miembros del Poder Judicial, la Unión Europea obliga a realizar esa tramitación, contando con los distintos sectores implicados.

Y resulta que, entre los sectores implicados, además de los miembros del propio Consejo General del Poder Judicial, está también, quien lo diría, la propia Unión Europea. Y mira por dónde, ese hecho enciende la luz de alarma, que obligó al entrometido Pedro Sánchez y a sus entregados ganapanes a paralizar, momentáneamente al menos, la anunciada modificación de esa ley. Todo un fracaso, que aún no han sido capaces de asimilar.

 

Gijón, 31 de enero de 2021

 José Luis Valladares Fernández


domingo, 17 de marzo de 2019

LA SONROJANTE FIGURA DE PEDRO SÁNCHEZ


Es extremadamente difícil  encontrar en la Historia Moderna o Contemporánea un personaje público tan endiosado y tan ególatra como Pedro Sánchez, elevado al altar de la Presidencia del Gobierno por la hez de la sociedad española, los separatistas y los filoetarras. Ni siquiera Adolf Hitler, ni el mismísimo Iósif Stalin​ fueron tan vanidosos ni tan egocéntricos como nuestro presidente actual.

Ni retrocediendo en la Historia hasta la Roma Imperial encontramos a nadie que pueda hacer sombra a Sánchez en el culto al ego. Puede haber, eso sí, cierto paralelismo con Nerón, pero nada más, ya que, al lado de nuestro presidente, el emperador romano no era nada más que un simple aficionado, que aburría soberanamente a los ciudadanos de Roma con sus composiciones, sus cantos  y su lira. Pedro Sánchez, sin embargo, no nos atormenta de esa manera, porque no cuenta con un  tutor y mentor como Séneca el joven que aconsejaba a Nerón esa clase de ocio para evitar los desastres que causaría si ejercía directamente el poder.

Si queremos encontrar un personaje tan engreído y tan presuntuoso como Sánchez, tenemos que recurrir inevitablemente a la mitología griega. Es ahí, donde encontraremos a Narciso (Νάρκισσος), un joven ciertamente hermoso y llamativo. Como el doncel Narciso era incapaz de amar a otras personas, fue castigado por Némesis, la diosa de la venganza, la fortuna y la justicia, haciendo que se enamorara de su propia imagen, que veía reflejada en una fuente del bosque. Y cuanto más se contemplaba en el agua, más aumentaba su pasión, hasta que terminó arrojándose a las aguas para intentar abrazar su figura.

Como el personaje de esta leyenda mitológica, Pedro Sánchez también padece un desenfrenado e irrefrenable narcisismo. Sea porque nació así, o por castigo de la propia Némesis, el actual presidente español es tan arrogante y tan prendado de sí mismo, que se considera el centro del mundo  y piensa que no hay nadie tan importante como él. Su desmesurada egolatría le lleva a buscar desesperadamente la admiración y el aplauso del mayor número posible de ciudadanos. Y hará lo posible y lo imposible por significarse ante el mundo que le rodea.

Y aunque el presidente del colchón apenas si da la talla para ser una medianía ramplona, va por la vida de divo. Y piensa que es muy superior a los demás y que no hay nadie que le pueda hacer sombra. Es cierto que, gracias a una propaganda insensata,  logró crear grandes expectativas, pero no tardó mucho en demostrar que no era nada más que un simple bluf. Si realmente anduviera tan sobrado de luces como presume, no hubiera necesitado contar con ningún negro para elaborar o plagiar su tesis doctoral, ni para confeccionar su decepcionante e infantiloide Manual de Resistencia, que es un libro que no tiene un pase.