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jueves, 2 de mayo de 2019

LA EVOLUCIÓN DEL NACIONALISMO EN ESPAÑA


I.- Aparición y desarrollo del nacionalismo en España


Hasta el año 1760, en Gran Bretaña se vivía, como en los demás países, de una economía rural, basada fundamentalmente en la agricultura y en el comercio. A partir de esa fecha, los británicos comenzaron a industrializar las fábricas textiles y la extracción del carbón, iniciando así la famosa Primera Revolución Industrial que, años más tarde, se extenderá básicamente a toda Europa Occidental y a la parte anglosajona de América.
Con esa industrialización, la economía de Gran Bretaña pierde ese carácter rural tradicional y adquiere un perfil mucho más urbano, aumentando considerablemente la producción. Al introducir la maquinaria en los procesos de fabricación, aparecen las grandes industrias, se desarrolla la clase burguesa y se consolida el capitalismo. Y como la nueva burguesía es partidaria de la soberanía popular, defiende resueltamente la libertad económica y la libertad individual. Así las cosas, no es de extrañar que entre en escena el liberalismo, surja el proletariado y afloren las primeras reivindicaciones  de las clases obreras.
Unos años más tarde, con la ayuda de algunos ciudadanos de Virginia, Thomas Jefferson escribe la que será futura Declaración de Independencia de los Estados Unidos, que será aprobada en julio de 1776 por los congresistas norteamericanos. En esa Declaración de Independencia, además de valorar específicamente los derechos del hombre, se adopta la república como forma de Gobierno y señala al pueblo como única fuente del poder. Y esto se traduce precisamente en el primer empuje que reciben los distintos nacionalismos.
Por si todo esto fuera poco, el 5 de mayo de 1789 estalla la Revolución Francesa y, unas semanas más tarde,  el pueblo de París asalta la fortaleza de la Bastilla. La Asamblea Nacional Constituyente, que asume íntegramente los principios de libertad, igualdad y fraternidad de la Ilustración francesa, aprueba la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y acepta que la burguesía francesa pueda ocupar el poder político.
Con la convulsión social y política provocada por la Revolución Francesa, desaparece la monarquía absoluta y el clero y los miembros de la nobleza tradicional pierden totalmente sus privilegios feudales. Se normaliza igualmente la separación entre Iglesia y Estado y se hace efectiva la división de poderes, que caracteriza a las democracias actuales. Situación que utilizan los regionalismos y los nacionalismos europeos para afianzarse aún más y seguir creciendo. En España, los nacionalismos más agresivos han sido, sin duda alguna, el catalán y el vasco.

jueves, 15 de marzo de 2018

LOS SUEÑOS DEL NACIONALISMO CATALAN



VIII  – Fracasa la creación del Estado Catalán en 1873


Poco tiempo después de ser coronado como Rey de España, Felipe V, el animoso,  pone rumbo a Cataluña, llegando a Barcelona el 12 de octubre de 1701. Ese mismo día, se reúne con los tres brazos de las Cortes catalanas, el eclesiástico, el militar o noble y el real o de las villas en un convento franciscano y jura, ante ellos, que guardará fielmente todas las leyes y fueros del Principado. A continuación,  declara que quedan oficialmente abiertas esas Cortes catalanas.
En la sesión de clausura de las Cortes catalanas, que se celebró  el 14 de enero de 1702, el rey Felipe V volvió a renovar su juramento a los fueros de Cataluña y los súbditos catalanes, en señal de agradecimiento, le ofrecieron espontáneamente su fidelidad. Pero los dirigentes catalanes comenzaron a sospechar que el nuevo Rey de España era tan absolutista y tan centralista como su abuelo el rey Luis XIV. Y si esto era así, podían volver a recibir un trato tan vejatorio como el que soportaron durante su absurdo vasallaje del Rey de Francia. Para no correr semejante riesgo, rompen con Felipe V, y se posicionan del lado del archiduque Carlos.
Con esa inesperada ruptura, el ya Rey de España se sintió vilmente traicionado y, nada más producirse la capitulación de la ciudad de Barcelona, comenzó a aplicar el correspondiente castigo a los catalanes por atreverse a acometer tamaña iniquidad. Y la venganza de Felipe V llegó, como era de esperar, en forma de decreto. El 16 de enero de 1716, cuando hacía ya más de un año que había finalizado la Guerra de Sucesión Española, promulgó el famoso Decreto de Nueva Planta de Cataluña, para crear unas nuevas instituciones, de inspiración claramente castellana, que sustituían a las tradicionales del Principado catalán.
A partir del Decreto de Nueva Planta, el Principado de Cataluña, como estado que formaba parte del complejo Estado compuesto de la Monarquía Hispánica, dejó de existir y paso a ser una simple provincia de la propia Monarquía. Y para tener un control político y militar suficientemente amplio sobre Cataluña, el rey Felipe V, el animoso, se olvidó de la figura del antiguo virrey y, como ya hiciera en Valencia y en Mallorca, creó una administración totalmente militarizada. Y pone intencionadamente al frente de esta nueva institución administrativa al Capitán General, que pasa a ser la máxima autoridad civil y militar de Cataluña.

jueves, 1 de febrero de 2018

LOS SUEÑOS DEL NACIONALISMO CATALAN

VII  La guerra de sucesión a la Corona en Cataluña





El último rey español de la casa de Austria, Carlos II, llamado ‘el  Hechizado’, murió en Madrid el 1 de noviembre de 1700, a la edad de 40 años. Se había casado en 1679 con María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV de Francia, que muere en 1689 sin dejar descendencia. Volvió a probar fortuna en 1690, casándose  con Mariana de Neoburgo, hija del elector  Felipe Guillermo del Palatinado y duque de Neoburgo, con la que tampoco logró tener hijos.
Y como pasaban los años, y la salud de Carlos II empeoraba visiblemente, comenzaron las intrigas palaciegas. Contar lo antes posible con el sucesor adecuado, se convirtió sin más en una cuestión de Estado. Comenzaron las intrigas palaciegas para condicionar al Monarca a la hora de elegir uno de los candidatos posibles. El bando de cortesanos que dirigía el arzobispo de Toledo, el cardenal Luis Fernández Portocarrero, hostigaba al Rey para que se decantara, de una vez,  por Felipe de Anjou, el nieto de Luis XIV de Francia y de la hermana de Carlos II, la infanta  María Teresa de Austria, hija mayor  de Felipe IV.
La esposa de Carlos II, la reina Mariana de Neoburgo, que contaba con el apoyo de otro grupo importante de notables del Reino, apoyaba decididamente las pretensiones de su sobrino, el archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo I. Esta opción contaba, cómo no, con el apoyo de Austria para mantener la herencia de los Habsburgo y, por supuesto, con el beneplácito internacional de Inglaterra y Holanda, tradicionales enemigas de España y que, por añadidura, desconfiaban seriamente de las intenciones secretas del  rey Luis XIV de Francia.
Y en esa lucha abierta para condicionar la voluntad del hechizado Rey de España, como era de suponer, también tomaron parte activa los distintos embajadores europeos, especialmente el que representaba al Rey francés. Cansado de tanta presión, Carlos II decide, ya era hora, poner fin a semejante incertidumbre, y el 3 de octubre, un mes escaso antes de su muerte, hace testamento, dejando el Trono de España a Felipe de Anjou, un Borbón, nieto de Luis XIV y segundo hijo del Gran Delfín Luis de Francia, que ya había muerto.  Le obliga, eso sí, a que se contente con ser Rey de España y renuncie a la sucesión de Francia.
Tras la apertura del testamento real, casi todas las cancillerías europeas aparentaban aceptar respetuosamente la voluntad del Monarca que acababa de morir. Pero esa era una falsa percepción, ya que ese testamento reavivó nuevamente la discordia y el enfrentamiento entre casi todas esas naciones, dando lugar a la Guerra de Sucesión española. A pesar de todo, Felipe V entra en España el 23 de Enero de 1701. Y nada más llegar a Madrid, expulsa de la Corte al virrey de Cataluña, el príncipe  Jorge de Darmstadt, por ser partidario de los Austrias.

domingo, 2 de febrero de 2014

ESCOCIA NO ES CATALUÑA

Una vieja leyenda griega, recreada magníficamente por el dramaturgo Esquilo y por el poeta trágico Eurípides, nos cuenta la vida de un héroe llamado Capaneo, príncipe de Argos, que se hizo famoso por su extraordinaria fuerza y por el terror que infundía a sus enemigos. Gracias a ese enorme vigor, Capaneo terminó siendo un guerrero admirable, tan fuerte y vigoroso, que  no tenía rivales entre los demás  mortales. Como se creía invencible, trataba despóticamente a sus adversarios. Y había crecido tanto su arrogancia y su soberbia, que llegó a creer que podía enfrentarse a los mismos dioses del Olimpo.

La insensatez de Capaneo no tenía límites. Un buen día, se plantó ante la muralla de Tebas y proclamó solemnemente que tomaría e incendiaría la ciudad aunque la defendieran Zeus y todos los demás dioses juntos.  Y como los dioses terminaron cansándose de tales infamias,  pidieron a Zeus que le castigase o que les dejara actuar a ellos. Y el castigo por la bravuconada de desafiar a los dioses no se hizo esperar. El mismo Zeus se encargó de fulminarle, golpeándole de muerte con uno de sus rayos.

Aunque parezca mentira, también hay hoy personas tan altaneras y tan insolentes como este personaje mitológico. Es el caso de Artur Mas, el actual presidente de la Generalidad Catalana. Aunque Artur Mas sabe perfectamente que no es más que el representante ordinario del Estado en Cataluña, se está olvidando del compromiso adquirido cuando, además del Estatuto, prometió fidelidad al Rey y a la Constitución Española. Y en vez de hacer honor a esa promesa solemne, se dedica más bien a agitar insensatamente banderas extrañas y a desafiar  a todas las Instituciones Oficiales de España.

En su última toma de posesión como presidente de la Generalidad de Cataluña, Artur Mas ya dejó entrever una actitud un tanto sospechosa y preocupante. En vez de colocar en un lugar preferente al ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, Cristóbal Montoro, que representaba al Gobierno de España, fue relegado a un segundo plano. Se ocultó, además, el retrato del Rey con una tela negra. Y por si esto fuera poco, cuando Nuria de Gispert, presidenta del Parlamento catalán, utilizando la formula oficial pregunta a Mas si promete guardar fielmente sus obligaciones, “con fidelidad al Rey, a la Constitución”, este contesta “Si, lo prometo”, pero apostilla seguidamente: “y plena fidelidad al pueblo de Cataluña".

Es cierto que en Cataluña, los poderes públicos siempre han sido alérgicos a utilizar el español en la enseñanza, al mismo nivel que el catalán. Pero desde la llegada de Artur Mas a la Generalidad, la simple alergia coyuntural se convirtió en una enfermedad extremadamente grave. Ha crecido tanto la prevención contra la lengua común de todos los españoles que, de manera irresponsable,  la han barrido de las aulas catalanas. Se ignoran sistemáticamente todas las resoluciones judiciales, dictadas por el Tribunal Supremo y por el Tribunal  Constitucional para avalar el derecho de los catalanes a utilizar el castellano como lengua vehicular.
Desde el mismo momento de su llegada a la presidencia de la Generalidad, Artur Mas dio muestras de un exagerado chovinismo nacionalista. Comenzó indicando que la única lengua propia de Cataluña era el catalán y procuró, cómo no, que el castellano quedara totalmente excluido de la vida oficial de esa Comunidad. De este modo, la lengua de Cervantes en Cataluña queda reducida, como mucho, a un simple bien cultural, aunque, eso sí, con bastante menos importancia que cualquier otra lengua extranjera.

El actual presidente de la Generalidad es tan insensato, que se ha empeñado en hacer de Cataluña una comunidad de locos, y como no haya nadie que le pare, terminará consiguiéndolo. Ya no se conforma  con que desaparezca el castellano de la esfera pública. Ahora quiere más, busca fervientemente, hacer de Cataluña una nación independiente, sin importarle un bledo el retroceso económico que tendría que soportar esa región española. Y quiere ir tan deprisa, que ya ha fijado para el próximo día 9 de noviembre la celebración del referéndum que dejaría a los catalanes fuera de España por supuesto, y también fuera de la Unión Europea.