Con la Revolución Francesa,
desapareció en Francia la enraizada clase feudal y una nueva clase burguesa adquiere
cada vez mayor poderío económico. Entre los miembros de la Asamblea Nacional
Constituyente, encargada de redactar la nueva Constitución francesa, había dos
posturas enfrentadas. Estaban, por un lado, los defensores acérrimos del poder
absoluto del monarca. Otros, en cambio, afirmaban categóricamente que la soberanía nacional estaba siempre por
encima de cualquier otra autoridad,
incluida la del rey.
El grupo de los partidarios de la
monarquía tradicional estaba compuesto por nobles, grandes terratenientes y
hasta por destacados miembros del clero francés. Representaban todos ellos a
las clases privilegiadas y casualmente estaban sentados a la derecha del
presidente de la Asamblea. El otro bando estaba compuesto por burgueses,
artesanos, intelectuales y una amplia representación del pueblo llano. Pero
entre estos, no había unanimidad, había dos facciones perfectamente definidas,
los jacobinos que trataban de abolir la monarquía e implantar una república y
los girondinos, bastante más moderados, que se conformaban con limitar el poder
del rey, obligándole a someterse a los dictados de la Asamblea Nacional.
Jacobinos y girondinos, mira por donde, se sentaban a la izquierda del
presidente de la Asamblea.
Y así es como aparecen
históricamente, por primera vez, los conceptos de derecha e izquierda para
indicar la posición ideológica de los políticos. A partir de entonces, a los
que propugnaban cambios sustanciales en
la sociedad se les comenzó a considerar de izquierdas, mientras que a los inmovilistas, a los que se aferraban
ciegamente a las tradiciones y se oponían a cualquier cambio social, se decía
de ellos que eran de derechas. Por lo tanto, fue la Revolución Francesa la que
acuño estos términos, estableciendo la clásica división política entre la
izquierda y la derecha.
La situación política implantada en
Francia por la Revolución Francesa continuó evolucionando de manera imparable. La
igualdad de los ciudadanos y las ideas progresistas comenzaron a formar parte
del patrimonio exclusivo de la izquierda. Siendo esto así, la izquierda tiene
que defender prioritariamente los beneficios colectivos de la sociedad, aunque
esto sea perjudicial para los derechos individuales y los intereses privados de
los ciudadanos. El Estado tendría la obligación indeclinable de actuar con
decisión para garantizar que esa igualdad sea completamente real y no
simplemente teórica.
La derecha, en cambio, apadrinaría
las ideas conservadoras y la defensa de la libertad de los ciudadanos y sus
intereses privados. Los derechos individuales estarían siempre, como es lógico,
por encima de los colectivos. El hombre como individuo tiene derecho a
disfrutar de la propiedad privada, a
desarrollar sus dotes personales y su capacidad creativa. La derecha apuesta
siempre por un Estado que intervenga lo menos posible, que promueva, eso sí, el
empleo y el bienestar individual y social, pero respetando siempre, por encima
de todo, la libertad de los ciudadanos.
Los términos de izquierda y derecha
se mantuvieron invariables, tal como los heredamos de la Revolución Francesa, durante
muchos años. Ser de derechas o de izquierda comportaba siempre una postura
ideológica muy concreta ante la vida, que conformaba necesariamente la manera
de ser y de pensar de las personas. Aquí en España, hasta bien entrado el siglo
XX, los políticos eran previsibles. Conociendo sus ideas, sabias perfectamente
cómo iban a actuar porque de aquella, al igual que algunos sacramentos, la ideología imprimía también carácter y les
impulsaba a obrar de una manera determinada.
Pero con el paso del tiempo, la ideología fue
perdiendo vigencia. Y llegó un momento en que tanto la izquierda como la
derecha perdieron todos sus referentes tradicionales. Ya no es la igualdad lo
que distingue a los de izquierda, como tampoco es la libertad la característica
típica de la derecha. Ahora es la conveniencia o el interés particular lo que
configura la forma de actuar de los políticos.
Las ideas y las convicciones pasan
a un segundo lugar, dejando paso a la prosaica realidad, a lo que conviene en
cada momento. Como para unos y otros, solo es verdadero lo que conduce al
éxito, construyen la realidad de acuerdo con el interés particular de cada uno.
Están plenamente convencidos de que la verdad,
más que un valor teórico, es una simple expresión para designar lo meramente
útil, lo que te pueda satisfacer plenamente en ese instante.
No es pues de extrañar que los de
la izquierda política moderen intencionadamente su discurso para conseguir
votos en los caladeros habituales de la derecha. Y al revés, los de la derecha
tradicional hacen lo propio para lograr adeptos entre los que se dicen de
izquierdas. Nadie se puede extrañar por lo tanto de que inviertan los papeles y
la opción política que antes defendía entusiásticamente la libertad, defienda
ahora la igualdad y viceversa. Hoy día son opciones perfectamente
intercambiables.
No hay más que ver lo que ocurre en
los procesos electorales desde hace unos cuantos años para acá. Los mismos
electores no siempre votan de acuerdo con su propia posición ideológica. Son
muchas las cosas que influyen decisivamente sobre los ciudadanos para que se
inclinen por una opción política u otra. La manera particular en que se vean
afectados por la marcha de la economía y el bienestar social es determinante
para que los electores cambien o no el sentido de su voto. Esto explicaría que
unas veces se alce con mayoría absoluta la
derecha, y otras la izquierda.
La ideología es hoy día lo que
menos cuenta para afiliarse a un partido concreto. Lo de menos es el credo
político de la organización. Lo verdaderamente importante, lo que más se
valora, es que haya posibilidades reales de medrar y de escalar peldaños en la
función pública. No nos engañemos, los partidos políticos han dejado de ser un medio al servicio del
pueblo y se han convertido en un fin en sí mismos con grave perjuicio para la
sociedad.
Y los nuevos afiliados, lejos de entrar a
formar parte de la militancia de los partidos políticos con ánimo de servicio,
lo hacen para servirse a sí mismos y buscan descaradamente su promoción personal.
Por eso se olvidan desde un principio de sus obligaciones con la sociedad y se esfuerzan
por satisfacer los caprichos de los que manejan el partido para que se acuerden
de ellos a la hora de elaborar las listas electorales cerradas. Por que eso es
lo que vale para hacer carrera política y no su cualificación profesional, ni
su capacidad de conectar con el electorado.
Y esta posición tan cerril y tan
egoísta es lo que ha llevado a la
gente a desconfiar de los políticos y
que digan sinceramente que “todos son
iguales”. Porque más que solucionar los problemas cotidianos de la sociedad, se
han convertido ellos mismos en un problema.
Gijón, 26 de febrero de 2013
José Luis Valladares Fernández.