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martes, 19 de abril de 2022

EL SANCHISMO DEL LADO DE LOS POBRES

 


Fue a finales del siglo XVIII, cuando se produjeron los primeros movimientos revolucionarios, que dieron lugar a una nueva corriente ideológica, el socialismo, que fue asumido inmediatamente por la izquierda. Comenzaron, cómo no, pidiendo una distribución igualitaria de la riqueza, y terminaron exigiendo la sustitución de la propiedad privada por la colectiva en todos los medios de producción y la eliminación de las diferentes clases sociales.

Y las ideologías de izquierda, ya se sabe, sostienen absurdamente que la economía abierta acaba con la necesaria igualdad y condena a los pobres a ser cada vez más pobres, y abre a los ricos la posibilidad de aumentar aún más su riqueza, cuando es más bien todo lo contrario. La izquierda no lo reconocerá jamás, pero los pobres viven mejor y son menos menesterosos en un país capitalista, que cuando están bajo el dominio de un régimen socialista. Y todo, como es lógico, porque pagan menos impuestos y cuentan con muchas más libertades.

Es verdad que la izquierda aparece siempre como defensora nata de los pobres, pero solo es de palabra, porque si nos atenemos a los hechos, el socialismo real, o capitalismo de Estado –que tanto más da-, no hace otra cosa que reducir constantemente el nivel de vida de los ciudadanos, a la vez que aumenta su pobreza y su insolvencia. Y Winston Churchill lo expresó muy bien con esta frase: “El socialismo, es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia, la prédica a la envidia. Su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.

Y aunque parezca mentira, eso mismo afirmó expresamente un personaje tan poco sospechoso como el líder bolchevique León Trotski, al dejar en su libro La revolución traicionada una frase tan reveladora como ésta: “En un país donde el único empleador es el Estado, la oposición tiene una muerte lenta por hambre. El antiguo principio de quien no trabaja no come, ha sido reemplazado por uno nuevo: quien no obedece no come. Que es tanto como decir que sin libertad económica, tampoco puede haber libertad política.

Y eso es lo que viene haciendo la izquierda, para convertir a los ciudadanos en simples y obedientes siervos, que se olviden de sí mismos y se centren en la colectividad. Los socialistas venían embaucando y avasallando a la población ordinaria, utilizando normalmente las mayorías que daban los votos. Pero los personajes como el autócrata Pedro Sánchez, que odian profundamente a los que no quieren dejarse aborregar, van mucho más allá y, remedando al comunismo más rígido y severo, los esclavizan por la fuerza, a base de un simple ordeno y mando. Y sin más preámbulos, procuran imponerse a base de decretazo limpio.

Estando al frente del Gobierno un personaje tan torpe y tan siniestro como el presidente Sánchez, es normal que, en Europa, lideremos ampliamente todas las estadísticas negativas. Aunque el Gobierno camufla cantidad de gente desempleada, seguimos teniendo más parados que nadie. Y pasa otro tanto de lo mismo con la caída del PIB, con la inflación disparada y, por supuesto, con el aumento de la deuda pública.  Los datos que aparecen en estos indicadores, sitúan a España al frente  del ‘índice de miseria’ de la Unión Europea.

Según el criterio de los esbirros presidenciales, cerramos el año 2021 con un total de 3.105.905 desempleados. En esa cifra oficial, no aparecen los que buscan empleo por primera vez, ni los que integran las listas de los ERTE y ni los autónomos que están en cese de actividad. Si a la cifra que da el Gobierno, le sumamos todos estos, nos acercaríamos probablemente  a los 4.00.000 de parados.

Y no digamos nada, si analizamos la evolución de los indicadores que registran puntualmente el aumento de la pobreza entre los españoles. Empecemos recordando, que Pedro Sánchez aprovecha todas sus apariciones en público para envolverse en la bandera de la “justicia social” y presumir de ser “el más progresista de la Historia”.

Por culpa de la monstruosa inflación, el número de ciudadanos con dificultades económicas extremas ha venido creciendo, ahí es nada, del 4,7% al 7%, desde el año 2020.  Y esto es tanto como decir, que hemos pasado de 2,21 a 3,32 millones de pobres, que es tanto como decir que los menesterosos crecieron en España nada menos que a un ritmo aproximado de 3.000 al día. Y a pesar de todo, el responsable máximo del Gobierno todavía sigue poniendo más interés en doblegar a las personas que en controlar la endiablada escalada de precios.

De acuerdo con los datos que ofrece la Comisión Europea, durante el año 2020, el PIB de España cayó un 10,8%, que es un desplome tremendamente escandaloso, si la comparamos con el retroceso del 6,4%, que experimentó el PIB de los veintisiete países que forman la Unión Europea. Y para que todo siga igual, qué le vamos a hacer, tampoco mejoramos nada en el año 2021, ya que, según el INE solo crecimos un modesto 5,1%, en vez de al 9,8% que había pronosticado el Gobierno sanchista.

Si nos atenemos a la evolución de los datos, no podemos augurar que, a lo largo del año 2022, reduzcamos significativamente el empobrecimiento de España, para acercarnos a la situación económica del año 2019. Es cierto que el Gobierno conserva su proverbial optimismo y defiende que, en 2022, alcanzaremos el 7% de crecimiento.

Pero no tardaron mucho en salir a la palestra los analistas del Banco de España y de Funcas, entre otros, para bajar los humos a Pedro Sánchez y al equipo económico del Gobierno, que dirige Nadia Calviño, reduciendo notablemente ese porcentaje hasta el entorno de un 4%. Todo indica, por lo tanto, que seguiremos en desventaja con la Unión Europea durante todo este año, ya que no habrá manera de recuperar los  niveles del PIB del año 2019.

Y para mayor desgracia, al exagerado estancamiento económico que arrastramos desde el año 2020, estamos obligados a contar necesariamente con una inflación bastante más disparatada que en el resto de Europa que, como no puede ser de otra manera, castiga fuertemente a las empresas y a las familias particulares. Y si esa inflación alcanza un porcentaje muy cercano al 7%, tal como señala Funcas, el poder adquisitivo de los españoles podría sufrir una reducción de unos 46.410 millones de euros a lo largo del año 2022, que no es moco de pavo.

Para complicar aún más nuestra situación económica, entre los años 2019 y 2022, la deuda pública se disparó en España hasta cotas francamente inasumibles, provocando así una subida desmesurada de la inflación. Y todo por la inacción y la incapacidad del Gobierno Frankenstein de Pedro Sánchez. Mientras que en España, en ese período de tiempo, pasamos del 95% al 120% del PIB, creciendo 25 puntos porcentuales, en la Unión Europea, que pasaron del 77% al 90%, lograron moderar ese incremento, al subir de media solo 13 puntos porcentuales, 12 menos que la cosechada por España.

No obstante, el Gobierno tiene en su mano la posibilidad de arreglar en parte este desaguisado y minimizar las nefastas consecuencias de unos precios tan elevados, rebajando simplemente la enorme carga fiscal que soportamos todos los españoles. Pero el desvergonzado presidente Sánchez se niega a reducir impuestos, alegando simplemente que “es suicida desarmar el Estado de bienestar, que debe funcionar para proteger a los más vulnerables”.

Y sin embargo, es público y notorio que son otras las razones, por las que el responsable del Gobierno socialcomunista se niega a suavizar el régimen tributario que esclaviza a los españoles. Pues es sabido, que todo lo que recauda por esa vía se le va en pagar favores y comprar voluntades. Y necesita bastante más dinero para agrandar aún más su ya inmensa corte faraónica y mejorar ostensiblemente su esplendor y fastuosidad.

Está visto que las políticas ideológicas y el intervencionismo de Pedro Sánchez solo sirven para que crezca decisivamente el número de pobres y, sin duda alguna, para que éstos sean cada vez más indigentes y pordioseros. Tenemos un ejemplo meridianamente claro en la clase media española que, por desgracia, está desapareciendo a pasos agigantados y, para que no falte nada, los pocos que quedan de ese estrato social medio son hoy un 10% más pobre.

Y como quien no quiere la cosa, el presidente ‘Pinocho’ Sánchez ha demostrado fehacientemente que no se conforma con tener una sociedad española en la que predominen los pobres. Quiere además, que todos esos menesterosos sean dóciles y obedientes y que agradezcan sinceramente las escasas limosnas sociales que reciben del Gobierno y que no protesten. Y para que sean cada vez más dependientes del Estado, hay que aborregar a los ciudadanos desde bien jovencitos, envileciendo y devaluando la enseñanza que reciben en los colegios.

Precisamente por eso, a partir del próximo curso, se abandona definitivamente la cultura del esfuerzo y del trabajo. En consecuencia, ya no habrá ni calificaciones numéricas, ni exámenes extraordinarios y los alumnos podrán pasar de curso hasta con varios suspensos. El  aprendizaje memorístico deja paso a otro aparentemente más práctico y “cercano a la vida cotidiana de los jóvenes”, y más favorable, en realidad, a los intereses ideológicos del Gobierno.

 

Gijón, 14 de abril de 2022

            José Luis Valladares Fernández

viernes, 26 de noviembre de 2021

LAS CUENTAS ‘FAKE’ DE PEDRO SÁNCHEZ

 

 


            En una de las tiras cómicas del humorista gráfico José Rubio Malagón, vemos a una mujer que, sin el menor reparo, dice a su acompañante: “En política cada vez se habla menos y se rebuzna más”. Se trata, creo yo, de una broma más o menos graciosa, utilizada oportunamente por el autor del chiste para arrancar una sonrisa sincera a sus habituales seguidores.

Aunque no era ésta su pretensión, el autor de esta graciosa humorada hace una descripción perfecta de los políticos egoístas y caprichosos, que se olvidan rápidamente de las promesas que hacen para conseguir sus propósitos; y que, además, se despreocupan de los intereses generales, para dar prioridad a sus intereses particulares. Y eso es precisamente lo que viene haciendo Pedro Sánchez desde que llegó a la Moncloa.  

Se cansó de acusar a Mariano Rajoy de “amparar la corrupción” y le pedía insistentemente que dimitiera y dejara el poder. Daba por hecho que, con su llegada a la Presidencia del Gobierno, lograría “recuperar el valor y el sentido mismo de la política”. Y al restablecer de nuevo “la justicia social”, desaparecería la corrupción imperante y volveríamos a recobrar  la decencia en todas las instituciones del Estado.

Y lo que son las cosas, Pedro Sánchez terminó defenestrando a Rajoy y ocupando su puesto, pero terminó haciendo lo que, según el cómico Groucho Marx, suelen hacer la inmensa mayoría de los políticos: “buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico  falso y aplicar después remedios equivocados”. Lo malo es que, cuando se vio en poltrona monclovita, todos sus buenos propósitos se los había llevado el viento.

Pero aún hay algo más, ya que si comparamos los Gobiernos  de Pedro Sánchez y de Mariano Rajoy, es muy posible que encontremos muchas más sombras  y desfachateces en el primero, que en el segundo. No olvidemos que el presidente actual admite sin tapujo alguno, que “el dinero público no es de nadie”, tal como aseveró lapidariamente en su día la inefable Carmen Calvo Poyato, su anterior vicepresidenta primera del Gobierno. Y como el dinero que saquea a los sufridos españoles no tiene dueño, puede despilfarrarlo alegremente sin rendir cuentas a nadie.

Por lo que se ve, el presidente Sánchez pasa olímpicamente de las enormes privaciones que tienen que soportar los ciudadanos de a pie y hasta de las necesidades que pueda experimentar el propio Estado. De ahí, que funda ese dinero, dando la espalda a la realidad. Y lo que no malgasta en su propio boato, lo derrocha comprando voluntades, pagando favores personales y agasajando a familiares y amigos. Ahora, por ejemplo, ofrece un regalo de cumpleaños a los jóvenes que cumplen 18 años, con la malsana intención de comprar sus votos.

Y no es esto solo, ya que se niega a dar cuenta de los gastos que realiza con el famoso Falcón y el Super Puma, incumpliendo así la Ley de Transparencia. Y todos sabemos que viene abusando desvergonzadamente del helicóptero y el avión oficial, porque los utiliza hasta para acudir a eventos del Partido y para viajes privados, como ocurrió cuando la boda de su cuñado y con el Festival Internacional de Benicasim. Claro que, según fuentes del Gobierno,  tanto la boda de su cuñado, como el dichoso festival de música “tienen como objetivo el interés general del país”. Y si esto no es corrupción, que venga Dios y lo vea.

Y como a Pedro Sánchez le sobra soberbia y rebosa rencor y resentimiento a raudales, procurará ampliar lo más posible el coro de cómplices y de antiespañoles, que respalden incondicionalmente sus aberrantes decisiones. De ese modo, tiene garantizado su futuro al frente del Gobierno y puede simular que, gracias a ese gran coalición, está haciendo frente a la crisis que hace verdaderos estragos en el bolsillo de los españoles.

Y por si fuera esto poco, son muchos los medios de comunicación que airean y enaltecen públicamente las directrices que salen del Gobierno. Y lo hacen, claro está, sin tener en cuenta el alcance de las mismas y su grado de moralidad.  Y el presidente Sánchez, que no quiere más que oír, al sentirse halagado por toda esa tropa de aduladores baratos, deja de disimular y se dedica, sin más, a hacer promesas fastuosas y grandilocuentes, que no cumple jamás.

Se olvida, por lo tanto, de la orientación tradicional  que venía manteniendo el PSOE y abre nuevos derroteros, sin preocuparse de las posibles consecuencias. Es entonces cuando aparece el auténtico Pedro Sánchez, que utiliza exclusivamente criterios ideológicos y se olvida de la necesaria seriedad. Y el resultado no puede ser más nefasto. Como carece de principios morales y no respeta ni su propia palabra, realiza una política irresponsable y tremendamente sectaria, que menoscaba seriamente nuestra ya débil credibilidad internacional y espanta la inversión extranjera.

Pero es obvio que, si fallan las inversiones, se produce una peligrosa destrucción de riqueza, que causa verdaderos estragos en la economía, por las dificultades que encuentran muchas empresas para seguir funcionando. Y en realidad, es lo que ha venido sucediendo habitualmente desde que Pedro Sánchez preside el Gobierno socialcomunista que padecemos. Y   para complicar aún más la cuestión y despistar a los que soportan sus increíbles veleidades, de vez en cuando se atribuye supuestos ‘avances’ y numerosas ‘conquistas sociales’, que solo existen en su imaginación.

Sin lugar a dudas, estamos ante un personaje tan inconsciente como irresponsable,  que juega constantemente con las cosas de comer, ocasionando así cantidad de problemas de muy difícil solución. Se ha cansado de repetir que “los líderes independentistas no son de fiar”, porque siempre “han actuado de mala fe”, Por lo que es evidente, que no se puede hacer pactos con ellos. Pero, como no podía ser menos, terminó pactando con ERC y con el PNV.

Pasó exactamente lo mismo con los proetarras de Bildu. Después de repetir hasta la saciedad que “con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo 20 veces”. Y también aseguró que no se sentaría con Bildu, ni siquiera “para decirles que no” quería sus votos. Y mira por donde, terminó asumiendo que Arnaldo Otegui era realmente un hombre de paz.

Y como su irresponsabilidad no tiene límites, y no se siente obligado a cumplir su palabra, no dudó en afirmar, que jamás concertaría acuerdos  con el populismo de Podemos. Y todo porque “el final del populismo es la Venezuela de Chávez, la pobreza, las cartillas de racionamiento, la falta de democracia y, sobre todo, la desigualdad”. Y agregó seguidamente que, aceptando el apoyo de Unidas Podemos, “sería un presidente del Gobierno que no dormiría por la noche”.

Pero  es público y notorio que Podemos solo quita el sueño a los ciudadanos que viven honradamente de su trabajo. Pedro Sánchez, en cambio, solo se desvela, si ve que hay posibilidades de perder la poltrona. Y para no correr ese riesgo, comete la estupidez de conspirar con los que quieren acabar definitivamente con la unidad de España. Todo un desvergonzado contubernio que, unido a su desastrosa gestión de la pandemia, provocó la desaparición de cantidad de empresas que daban de comer a muchas familias. Y esto ha supuesto, quién lo iba a decir, toda una verdadera tragedia para la sufrida clase media española.

El resultado no ha podido ser más catastrófico. Con la irremediable desaparición de empresas, se produjo una destrucción directa de muchos puestos de trabajo, lo que dio lugar a que se disparasen escandalosamente las listas del paro, con el consiguiente aumento de la pobreza. A partir de ese momento, comenzaron a multiplicarse y a crecer las conocidas ‘colas del hambre’, para buscar comida en las distintas asociaciones benéficas. Y si estas organizaciones benéficas atendían antes a una media de 400 familias, en apenas un año, se vieron obligados a prestar atención a unas 4.000 familias al día, que ya es decir.

Aunque las evidencias dicen todo lo contrario, el presidente Sánchez y su vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño, sostienen que estamos disfrutando ya  de una “recuperación robusta, sólida y mucho más justa”, que en la salida de la anterior crisis económica. Y van más lejos aún y afirman descaradamente que somos la envidia de todos los países de Europa, cuando todos los indicadores económicos demuestran que estamos bastante peor que todos ellos.

Los resultados del paro en España no pueden ser más descorazonadores y deprimentes. En septiembre, la tasa de paro en la Unión Europea alcanzó el 6,7% y, en la eurozona el 7,4%. En España, sin embargo, sobrepasamos ampliamente esos porcentajes,  ya que nos encontramos con un 14,6% de paro. No hay nadie en la Unión Europea, que tenga tantos desempleados como nosotros. Nos sigue Grecia con un 13,3% y después Italia con un 9,2% de paro.

También lideramos, que casualidad, las listas del paro juvenil en la Unión Europea y hasta en la OCDE, ya que contamos con un escalofriante 30,6% de menores de 25 años que no tienen trabajo. Nos sigue muy de cerca Italia con un 29,8% de desempleo juvenil. Los demás países están bastante mejor, aunque muy lejos de igualar el 4,2% de paro juvenil de Japón, o el 6%  de Corea del Sur.

Puede ser que a Pedro Sánchez y a Nadia Calviño, les guste vivir instalados en un mundo de ciencia ficción. Porque si no es así, es incomprensible que sigan afirmando incesantemente, hasta desgañitarse, que los demás países de nuestro entorno envidian nuestra situación económica, cuando encabezamos en solitario las listas del paro y sobrepasamos a todos en déficit público. Y por si esto fuera poco, digámoslo claramente, también ocupamos la cola del crecimiento económico del mundo occidental.

Se da la circunstancia, que los datos económicos de España son especialmente desastrosos. En 2020, nuestro PIB registró un descenso del PIB del 10,8%, que es la mayor caída de los últimos 85 años. Y todo, por la deplorable gestión que se hizo de la pandemia. Ningún otro país de la OCDE tuvo que soportar una caída tan descomunal como la nuestra.

Ni que decir tiene que, en un principio, el Gobierno se dejó llevar por el optimismo y, para remediar el descalabro, prometió creceríamos en un porcentaje muy cercano al 10% durante el año 2021. No tardó mucho en moderar sus expectativas y retrasar el grueso de la recuperación un año más, indicando que nuestro PIB crecería un 6,5% en 2021 y un 7% en 2022. Pero llegó Bruselas y destrozó de un plumazo las cuentas ‘fake’ de Pedro Sánchez, al dejar claro que España apenas crecería un 4,6% este año y, como mucho, un 5,5 en 2022.

Es verdad que el presidente Sánchez no hace más que vender humo y, así, no hay manera de salir de esa situación económica tan complicada. Y aunque las evidencias indican que seguimos estando en la cola del crecimiento europeo, se empeña en alardear que nadie crece tanto como nosotros. Entre julio y septiembre, el PIB de España solo creció un decepcionante 2% en tasa trimestral. Y fue igualmente calamitoso el aumento de  nuestro PIB en  tasa interanual, ya que solo repuntó un 2,67%, que es un porcentaje insuficiente y muy alejado de lo que esperaba el Gobierno.

Aunque Italia y de Portugal, por citar países de nuestro entorno, tampoco tuvieron un crecimiento económico muy boyante. Pero debemos reconocer que crecieron significativamente mejor que el nuestro, ya que su crecimiento interanual, estuvo muy cerca del 4%. Y no digamos nada de Grecia que, esta vez, dejó a España en evidencia, ya que su PIB, en tasa interanual, creció, ahí es nada, un magnífico 16,2%, nada menos que ocho veces más que nosotros.

Y lo malo es que, para redondear nuestro desastre económico, además de un paro tan enorme y de un crecimiento tan anémico e insuficiente, tenemos que enfrentarnos con un déficit totalmente desbocado, que superará incluso el 4%. Y a esto hay que agregar una inflación desenfrenada que, al cerrar el ejercicio de 2021, puede sobrepasar la desorbitante cantidad de 30.000 millones de euros.

Y dando muestras de una irresponsabilidad insuperable, Pedro Sánchez se ha empeñado en elaborar unos Presupuestos absurdos para 2022, porque aumentan disparatadamente la presión fiscal y los gastos sociales. Y si logra sacarlos adelante, como no habrá manera de alcanzar los ingresos programados, se disparará nuestra deuda pública hasta límites inasumibles, ya que puede llegar al 120 de PIB, y entonces nos hundirá aún  más en la miseria.

 Gijón, 25 de noviembre de 2021

José Luis Valladares Fernández     

domingo, 5 de septiembre de 2021

NO ES LO MISMO PREDICAR QUE DAR GRANO

 


Todos sabemos cómo llegó Pedro Sánchez a La Moncloa. Cuando logró recuperar la Secretaría General del PSOE, se le abrieron los cielos y comprendió súbitamente, que había sido repuesto en el cargo para algo más importante que  recobrar las viejas esencias del Partido Socialista. Eso implicaba lisa y llanamente, tal como el mismo dijo, que también tenía la ineludible obligación de “recuperar el valor y el sentido mismo de la política”, que habían sido puestos en entredicho por la corrupción del Partido Popular.

Y olvidándose, entre otras muchas cosas, de los ERE y de los chanchullos que ensucian su propia casa, se propuso llegar a La Moncloa en un plazo de tiempo sumamente breve. Quería sustituir a Mariano Rajoy en la Presidencia del Gobierno, para comenzar de inmediato una supuesta regeneración de la vida pública en España. Y se da la circunstancia que no hay ninguna convocatoria electoral a la vista. Pero eso no es óbice para este líder del PSOE ya que, cuando se le complican las cosas, suele recurrir con desparpajo a su proverbial desfachatez para salir siempre con la suya. Y por lo que parece, aparentemente al menos, no hay nada que se le resista.

Todos sabemos que Pedro Sánchez no conoce límites, ni hace ascos a nada. Y de aquella, se había propuesto, ahí es nada, cambiar definitivamente el signo político del Gobierno. Y para no fallar, si hacía falta, estaba decidido incluso a plantarse en La Moncloa, cabalgando a lomos de Othar, el famoso caballo de Atila.

Y desoyendo el consejo de personas importantes del PSOE, como Felipe González y Alfredo Pérez Rubalcaba, entre otros, comenzó a preparar sin más esa atípica moción de censura. Contaba naturalmente con el apoyo explícito de Unidas Podemos. Y dando muestras de una vileza mayúscula, recabó el respaldo de los independentistas vascos y catalanes y de los proetarras de Bildu que, como era sabido, trataban de acabar con la unidad de España.

Y como era de esperar, los impresentables separatistas y los herederos de ETA aceptaron encantados esa desvergonzada propuesta, y se comprometieron a secundar esa moción de censura, porque así se deshacían de Rajoy y reforzaban considerablemente su posición política con las prebendas que recibían a cambio.

Tan pronto como supo que contaba con el plácet de todos esos vendepatrias,  Sánchez anunció la presentación de esa moción de censura contra Mariano Rajoy, para proceder a limpiar la vida pública de la corrupción aportada por el Partido Popular. Y ocultando con todo cuidado sus verdaderas intenciones, se comprometió formalmente a celebrar elecciones generales lo antes posible. Mientras llegaba y no ese momento, un Gobierno “de transición” aseguraría la “gobernanza” del país, para recuperar la “normalidad democrática” que se había perdido, al parecer, por la actuación nefasta de quienes ostentaban el poder en aquel momento.

Es sabido, que esa moción de censura salió adelante gracias al aval expreso de esos grupos de insensatos, que están siempre al quite para robarnos un trozo de España. No obstante, es público y notorio que la mayor parte de esos votos, más que síes a Pedro Sánchez, eran más bien noes rotundos a Mariano Rajoy.

Claro que, una vez logrado el sueño de su vida, el nuevo presidente del Gobierno aparece tal como es y se deja llevar por su inmensa y descontrolada ambición. Y como vive instalado permanentemente en la incoherencia y no piensa nada más que en sí mismo, no sabes nunca a qué carta quedarte, porque actúa siempre en función de su interés personal e inmediato y suele terminar traicionando hasta a su mejor amigo. Te promete una cosa ahora, y a continuación hace exactamente lo contrario.

No es de extrañar, por lo tanto, que una vez instalado en La Moncloa, se olvidara por completo de su solemne promesa de convocar lo antes posible un nuevo proceso electoral e intentara mantenerse en el poder hasta agotar la legislatura en el año 2020. Pero mira por dónde, se encontró con la horma de su zapato, y el 15 de febrero de 2019 tuvo que anunciar la disolución de las Cámaras y abrir las urnas, porque los rebeldes independentistas rechazaron rotundamente “los Presupuestos más sociales” que presentó el Gobierno.

Pero eso sí, como es un presumido empedernido y no tiene abuela que alabe constantemente sus excelsas proezas, echó cara al asunto y se dedicó a encomiar su labor durante el tiempo que estuvo al frente del Gobierno. Comenzó diciendo he hecho muchas cosas buenas en estos ocho meses y medio, no he podido hacer más por el bloqueo y la deslealtad de la oposición de PP y Ciudadanos”. Y agregó a continuación que abría “las urnas a los españoles para que cierren el paso a esa derecha desleal”, que está “ahora en brazos de la ultraderecha”, votando masivamente  a quien puede garantizar un futuro digno y honorable.

Hay que tener en cuenta que con el aterrizaje de Pedro Sánchez en el Gobierno, empieza realmente el calvario económico de los españoles, por  culpa del aumento disparatado del gasto público y la pertinente subida de los impuestos. Comenzó valiéndose profusamente del real decreto, para arbitrar un incremento del gasto de casi  10.000 millones de euros, en lo que el propio Ejecutivo llamó “viernes sociales”. Y ahí entraban, además de otros gastos, la ampliación de los permisos de paternidad y los subsidios para los desempleados mayores de 52 años.

Pero el verdadero desmadre de los gastos comenzó en realidad, después de las elecciones de abril de 2019, una vez formado el Gobierno de coalición con Unidas Podemos. Al sentirse arropado por las huestes de Pablo Iglesias y por toda esa harca de truhanes independentistas y proetarras, recuperó partidas de gastos que aparecían en los  Presupuestos Generales del Estado que no pudo aprobar en febrero de 2019.

Y por si fuera esto poco, hay que contar también con el enorme derroche que se produce en gastos de personal. No olvidemos, que no hay otro Gobierno, entre los países de nuestro entorno, que supere al de Pedro Sánchez en número de ministros y consejeros. Si echamos una ojeada a las cuentas del año 2019, veremos que el Ejecutivo  de PSOE-Podemos costó a los españoles la escalofriante cifra de más  de 75 millones de euros. Y si a esa cantidad, sumamos también lo gastado en las cotizaciones, el importe de la factura ronda aproximadamente los 90 millones de euros.

Es preciso recordar que la lista de altos cargos y asesores, en vez de estabilizarse, continuó aumentando aceleradamente, de modo que, en el año 2020, los gastos totales en sueldos y cotizaciones de la Seguridad Social de los 23 miembros del Gobierno y de sus asesores y altos cargos, sobrepasó con mucho, ahí es nada, los 93 millones de euros. Y esta cantidad todavía subiría mucho más, si contabilizáramos igualmente los gastos de los desplazamientos en el Falcon Oficial, que el presidente procura mantener en secreto,

Y si el gasto abusivo del Ejecutivo ya nos estaba llevando claramente a una ralentización peligrosa de la economía, tuvo que aparecer el coronavirus para acabar de complicar la situación. Es evidente, que el Gobierno gestionó muy mal la pandemia generada, ya que abordó el problema incrementando aún más los gastos y subiendo los impuestos. Las consecuencias de ese hecho, no tardaron en llegar: el aumento excesivo de los gastos, dio lugar a un déficit estructural prácticamente inviable; y el exceso de presión fiscal, redujo el poder adquisitivo de los ciudadanos, cayendo el gasto, y con el gasto cayó también la producción y el empleo.

Y esto, por supuesto, da lugar a una reducción importante de la actividad económica y a una pérdida de puestos de trabajo, que repercute necesariamente sobre la recaudación, provocando una caída  notable de los ingresos que proporcionan sobre todo los impuestos indirectos. Y como el Gobierno de Pedro Sánchez siguió gastando a manos llenas, el gasto público creció, en muy poco tiempo, nada menos que en 54.765 millones de euros, mientras que los ingresos experimentaron una caída de 25.711 millones de euros.

A principios del año 2019, la deuda pública española ya rompía todos los moldes conocidos y llegó a alcanzar el 98,37%  del PIB. Y como el Gobierno mantuvo esa preocupante incuria, la deuda pública siguió creciendo desbocadamente hasta llegar, a mediados del año 2020, hasta el 122% sobre el PIB. Dicho de otra manera, de una deuda pública  de 1,18 billones de euros, pasamos a deber  1,42 billones de euros, lo que supone un endeudamiento diario de unos 444 millones de euros. Y esa deuda pública, que le vamos a hacer, está ahora en el entorno del 125% del PIB.

Al gastar el Gobierno bastante más de lo que ingresa, se produce un desequilibrio brutal en las cuentas públicas, de modo que somos el único país de la Unión Europea que, en el año 2020 eleva desorbitadamente el déficit público, que se dice pronto, hasta el 11% del PIB. Y para desgracia nuestra, la mayor parte de ese déficit público, pasó a ser déficit estructural, originando así un descuadre monetario, que supera en buena medida  los 60.000 millones de euros.

Tenemos que aceptar, creo yo, que la extensión generalizada del coronavirus ocasionó una serie de gastos que, en un principio, eran meramente coyunturales, aunque casi todos ellos terminaron convertidos en gastos estructurales, por la impericia del Ejecutivo que dirige Sánchez. Y todo, claro está, porque no supo gestionar la pandemia que padecíamos. En vez de anticiparse y tomar medidas a tiempo, esperó a que se desmadrara el asunto y colapsara la Sanidad, provocando así un aumento considerable de los gastos y el endurecimiento de otras  medidas económicas que hubo que tomar.

Es indudable que, si queremos solucionar los problemas que sigan surgiendo, sin reparar en gastos, terminaremos teniendo que incrementar los impuestos, que es lo que hizo el doctor ‘cum fraude’ que padecemos. E intentar mantener indefinidamente ese tipo de política económica desenfrenada, termina hipotecando el futuro de los españoles. Si no hay manera de reducir el déficit  estructural y aminorar la deuda pública, terminaremos hundidos en la pobreza y la miseria y, sin duda alguna, hasta sin lo poco que nos queda de nuestro antiguo Estado de Bienestar.

Estamos viviendo una situación económica verdaderamente complicada. Y a pesar de todo, el equipo económico del Gobierno, no sé si por iniciativa propia o porque acata instrucciones del estúpido que los dirige, está empeñado en ocultarnos la escalofriante realidad. Quiere hacernos ver que están mejorando ostensiblemente indicadores tan importantes como los datos del PIB, el empleo e incluso el comercio exterior de España.

Es verdad que la gestión económica del Gobierno de Pedro Sánchez deja mucho que desear, ya que siguen gastando sin control, obviando lo que está pasando a su alrededor. El encarecimiento exagerado de las materias primas energéticas como  los carburantes y el gas ha servido, cómo no, para que se disparara el recibo de la luz, la vivienda y hasta la cesta de la compra, recortando notablemente el poder adquisitivo de los españoles.

Y todavía hay más, ya que el proceso inflacionario está castigando muy duramente a la economía española. Antes de los estragos que ha ocasionado el coronavirus, los precios tenían un crecimiento interanual del 0,7%. Y sin embargo, tuvo que llegar la pandemia para complicar la vida de los españoles y de las empresas españolas, ya que, a partir de entonces, la inflación comenzó a crecer  disparatadamente, hasta alcanzar el 2,9%.

De hecho, hay que constatar que, por culpa del Covid-19, han desaparecido muchas empresas españolas. El 31 de enero de 2020, que fue cuando se diagnosticó el primer caso de coronavirus en España, teníamos 1.481.364 empresas. Y año y medio después, en julio de 2021, ya no quedaban nada más que 1.418.215 empresas, lo que representa un duro golpe para mantener el empleo.

Y no es esto todo, ya que la pandemia acabó precisamente con uno de los sectores clave de nuestra economía: el turismo, que hasta el año 2020, venía siendo un valor seguro para nuestro crecimiento económico. Tomando como referencia el años 2019, los datos no pueden ser más elocuentes, ya que, entre enero y junio de ese año, fueron 38 millones los turistas extranjeros que visitaron nuestro país. Esa cifra de visitantes  foráneos  cayó radicalmente en el año 2020. Entre enero y junio de 2021, por ejemplo, solo llegaron a España 5.4 millones de turistas, un 86% menos de turistas. Y por lo que se ve, Nadia Calviño aún no se ha enterado.

 Gijón, 31 de agosto de 2021

 José Luis Valladares Fernández 


martes, 27 de julio de 2021

DONDE NO HAY ESTABILIDAD ECONÓMICA CRECEN LAS COLAS DEL HAMBRE Y LA MISERIA

 



Es de dominio público, que las marionetas utilizadas en algunas representaciones teatrales, son figuras que personifican indistintamente a seres humanos, animales o a otros seres fantásticos. Pueden ser de distinto tamaño y estar hechas con cualquier clase de material. Y al ser manejadas por el titiritero de turno, adquieren personalidad propia, llena de vida, aunque se trate de una vida dependiente de quien maneja los hilos.

El teatro de las  marionetas o títeres hunde sus raíces en una época muy remota y ha gozado siempre de una inmensa popularidad, tanto en la civilización oriental como en la occidental. Y se recurre normalmente a estos espectáculos de tipo mágico o religioso para hacer frente a la superstición y para para huir del miedo que se siente ante lo desconocido y, también para entretener y divertir a la audiencia.

Es muy posible que estas representaciones teatrales comenzaran a realizarse inicialmente en Egipto. Sabemos que, entre las ruinas de la antigua ciudad egipcia de Antínoe o Antinópolis, en la ribera oriental del Nilo, apareció un barquito,  junto a unos trozos de hilos y varias figuras pequeñas de marfil. Una de esas figuras era articulada y podía moverse manejando diestramente unos hilos. Ni que decir tiene que esa sería una de las primeras marionetas de la historia.

Y esa manera de hacer teatro se iría extendiendo, aunque muy lentamente, al resto del mundo. En China, por ejemplo, las marionetas ya eran muy conocidas  en el año 1000 a.C., y solían utilizarse en las celebraciones festivas de la corte de la dinastía Zhōu, más como simple arte mágico que como entretenimiento.

Estas representaciones teatrales con muñecos, faltaría más, también llegaron a Occidente. El historiador Herodoto, que vivió entre los años 484 y 425 a.C., ya habla en sus escritos de esas figurillas articuladas, que podían moverse con unas cuerdas o con alambres. Y según cuenta Jenofonte, en el año 422 a.C., Callias tenía contratado a un ciudadano de Siracusa, que se ocupaba principalmente de distraer a sus huéspedes, montando esa especie de espectáculos.

Y para saber lo importante que eran las representaciones con figuras animadas en Roma, no tenemos nada más que recurrir a historiadores de la talla de Tito Livio, o a poetas famosos como Horacio u Ovidio, que conocemos sobradamente todos los que estudiamos latín. No había mejor manera de divertir a los niños y de entretener a los adultos, que utilizar esos muñecos para parodiar los excesos, reales o ficticios, de  las personas que han llegado a la fama.

En épocas pasadas, las marionetas o títeres eran muñecos de trapo, de madera o de cualquier otro material, y se accionaban por hilos para imitar los movimientos de los seres humanos. Hoy día hemos progresado tanto  que, en muchos casos, son los propios interesados los que se representan a sí mismos, asumiendo directamente el papel, que antes tenían las marionetas. Es lo que pasó, ni más ni menos, con Pedro Sánchez Pérez-Castejón que, desde que llegó a La Moncloa, actúa como si fuera un muñeco en manos de los populistas y comunistas patrios, de los separatistas vascos y catalanes y hasta de los proetarras de Bildu.

Eso indica al menos la última remodelación que hizo del mastodóntico Gobierno que padecemos. En el Ejecutivo de coalición que él mismo preside, había y sigue habiendo dos tendencias claras e irreconciliables, que reducen claramente su operatividad. Y en vez de cortar por lo sano, Pedro Sánchez sustituye  sin más a militantes fieles de su propio partido y mantiene en el puesto a quienes, desde el principio, han procurado marcar el paso al Gobierno y no han respetado nunca las tradicionales reglas del juego político.

Y mira por dónde, entre los cesados  tenemos nada menos que a Carmen Calvo, la vicepresidenta primera, ministra de la Presidencia y Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, que ha sido una de las personas que más se ha molestado para que el presidente Sánchez llegara a donde llegó.

Es evidente que la vicepresidenta primera del Gobierno cometió el error de criticar públicamente las inaceptables barbaridades de la ‘ley trans’ porque, entre otras cosas, destruye hasta el concepto mismo que las feministas históricas tienen de la mujer. Hay que tener en cuenta, que la ‘ley trans’  es uno de los proyectos estrella de Unidas Podemos, que presenta y defiende Irene Montero, la impresentable ministra de Igualdad.

Y oponerse desde el Gobierno a la libre autodeterminación de género, negando a las personas la posibilidad de cambiar libremente a su antojo el nombre y el sexo en el DNI, puede provocar la enemistad y las represalias de Podemos. Y el insaciable Pedro Sánchez, para apaciguar y tranquilizar a los responsables de la formación morada, quien lo iba a decir, sirvió a Irene  Montero en bandeja de plata, la cabeza de Carmen Calvo.

No obstante, debemos admitir que la defenestración del ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos, resulta aún mucho más llamativa que la caída en desgracia de Carmen Calvo. Es incomprensible que Pedro Sánchez haya prescindido tan fácilmente de quien, sin duda alguna, fue su auténtico fontanero político, de quien más le ayudó a tomar decisiones concretas, para ayudarle a escalar puestos políticos importantes.

Para empezar, hay que reconocer que fue precisamente Ábalos quien negoció, con toda esa tropa de separatistas vascos y catalanes, los diferentes apoyos que necesitaba Sánchez para que prosperara su moción de censura contra Mariano Rajoy. Y por si fuera esto poco, no terminó ahí la ayuda de quien fuera hasta ahora ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, ya que también hay que atribuir al propio Ábalos, la formación del equipo que puso en marcha el actual Gobierno de coalición con Unidas Podemos.

Cabe también la posibilidad, cómo no, que Sánchez haya decidido cesar a José Luis Ábalos, sin previo aviso, por haber sido excesivamente exigente con las mesnadas de Podemos que pastorea ahora  Ione Belarra. No olvidemos que, por culpa de esa rigidez, fracasó en su intento de consensuar  una Ley con los socios actuales del Gobierno, para garantizar la función social de la vivienda y mantener a raya los precios de alquiler.

De todos modos, ha servido de muy poco la remodelación gubernamental que ha hecho Pedro Sánchez. Como dice el refrán castellano, para ese viaje no hacían falta tantas alforjas. Una vez puesto, es lamentable que no haya aprovechado la ocasión para aligerar sensiblemente el número de ministerios y, sobre todo, para deshacerse de los ministros incompetentes que lastran gravemente la actuación de su Gobierno. Y por supuesto, ser bastante más cuidadoso a la hora de elegir a los nuevos miembros del Ejecutivo que sustituyen a los cesados.

Pero está visto que Pedro Sánchez no tiene arreglo y, por ahora, tendremos que apechar necesariamente con sus zarandajas y necedades. De momento seguimos, no sé por cuanto tiempo más, con el Gobierno más numeroso, más caro y más ineficaz de nuestra historia. Y todo, creo yo, porque no sabe hacer otra cosa. Y una de dos, o paramos los pies a tiempo a este incorregible y malvado Adonis, o el futuro de España correrá un serio riesgo económico y social de proporciones insospechadas.

Y a pesar de todas las evidencias en contra, el impresentable presidente Sánchez seguirá pensando efectivamente que, con esta remodelación ministerial, ha conseguido formar el mejor de los Gobiernos posibles. De ahí el desbordante optimismo que derrochó al hacer públicos los cambios realizados en su gabinete. Comenzó la comparecencia, subrayando estas palabras: “hoy comienza el Gobierno de la recuperación” que acabará, “por completo”, con todos los males  que sufre España. Y lleno aparentemente de satisfacción se atrevió a decir que había llegado el momento de impulsar la agenda de cambios y “dar el gran salto adelante”.

En esta ocasión, Pedro Sánchez soltó esta llamativa locución porque le gustan las frases expresivas y contundentes, aunque después, la realidad vaya por otros derroteros más bajos. Y utilizó ese slogan, porque ignoraba que, detrás del Gran Salto Adelante, se ocultaban las medidas económicas, sociales y políticas implantadas por Mao Tse Tung en China entre los años 1958 y 1961, con un resultado francamente apocalíptico. Todo un genocidio, que se cobró de aquella, quién lo diría, más de cincuenta millones de muertos por hambre.

Y por mucho que se empeñe Pedro Sánchez en ocultar la realidad y proclame insistentemente que hemos comenzado la recuperación, los hechos nos muestran todo lo contrario. Todos los indicadores económicos nos dicen que vamos camino del desastre más absoluto, ya que, desde 2018, no ha hecho más que empeorar la situación. Así que, con coronavirus o sin coronavirus, seguiremos, vete a saber hasta cuando, en la cola de Europa y de la OCDE. Porque, no le demos más vueltas, nadie ha gestionado tan mal la pandemia como nuestro presidente.

Analizando por separado los distintos indicadores económicos, veremos que, en 2017, el PIB español creció un 3%, mientras que en 2018 ese crecimiento se redujo al 2,4%, y en 2019 se quedó en un modesto 2%. El verdadero naufragio de la economía española se produjo en 2020, que rompió, ahí es nada, con seis años de crecimiento y registró un descenso de nada menos que un 10,8%, que prácticamente duplica el descenso  de la producción económica del resto de las economías  desarrolladas. Y por lo que parece, el PIB de España sigue el mismo rumbo en 2021, ya que cerramos el primer trimestre,  con una caída de otras 4 décimas más.

Y si revisamos detenidamente el indicador del déficit público, veremos que llegamos a la misma conclusión que con el análisis del crecimiento del PIB. A base de recortes y de reducir el gasto público, Mariano Rajoy logró bajar el déficit público del 11%, al 3% del PIB. Y se mantuvo más o menos estable en ese 3%,  a lo largo del año 2018 y 2019. Pero gracias a la desastrosa gestión del presidente Sánchez y su banda, que casualidad, se volvió a disparar otra vez al 11% del PIB, nada menos que cuatro puntos por encima de la media de la Unión Europea.

Y no digamos nada si ponemos el foco en la deuda pública que complica cada vez más nuestra situación económica. Es verdad que, en general, las Autonomías y los Ayuntamientos han comenzado a reducir su deuda, pero el Estado sigue gastando sin control. Si examinamos los datos suministrados por el Banco de España, veremos que en mayo de 2021, solo por culpa del endeudamiento fiscal, batíamos todos los records de deuda, ya que llegamos a alcanzar los 1,4 billones de euros, superando ampliamente el 125% del PIB.

Pasa exactamente lo mismo con el paro. Ateniéndonos a los datos que ofrece mensualmente la Oficina Europea de Estadística Eurostat, comprobaremos que, a primeros de junio de 2018, fecha en la que Pedro Sánchez aterrizó en La Moncloa, España sumaba ya la abultada cifra de 3.162.162 parados. A partir de entonces, esa cifra siguió creciendo imparablemente, de modo que, al cerrar mayo de 2021, llegábamos ya a los 3.614.392 desocupados, nada menos que 452.230 desempleados más.

A finales de mayo, por lo tanto, teníamos en España un 15,3% de paro, mientras que en la Unión Europea no pasaban del 7,3% de media. Si contáramos también los trabajadores parados, que el Gobierno procura camuflar en los ERTE y los autónomos que están en cese de actividad, el número de desempleados podría sobrepasar holgadamente los 4,9 millones. Y esto nos llevaría, claro está, a un escandaloso 22%  de paro real.

Hay que tener presente, que el aprendiz de brujo que rige nuestros destinos no vale nada más que para presumir. Y para darse más importancia de la que realmente tiene, el presidente Sánchez intentará sobrevalorar exageradamente, como ya vimos, su última remodelación del Ejecutivo, anunciando a bombo y platillo que, gracias a esos cambios, hemos iniciado ya la tan traída y llevada recuperación económica. Y todos sabemos que eso no es nada más que una vana ilusión, un canto a la luna de un empedernido narcisista que se ha enamorado de sí mismo.   

Y para que creamos en la bondad de sus intenciones, Pedro Sánchez nos dice que, a partir de ahora, será Nadia Calviño, la nueva vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital de España, la encargada de pilotar la economía española. Hace falta, eso sí, que atendamos minuciosamente las  indicaciones de Calviño, porque así no tardaremos en enfilar el camino de la huidiza recuperación económica.

Nos presentan a Nadia Calviño como si fuera un auténtico “dique de contención” contra las aspiraciones suicidas del sector populista del Gobierno. Y de hecho, se ha referido muchas veces al incipiente crecimiento económico que no acaba de llegar. En realidad, se repite ineludiblemente la historia de los fallidos brotes verdes, que trató de vendernos la antigua ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado. Pero la realidad es muy tozuda, y no aparecen los brotes verdes y tampoco llega la deseada estabilidad económica.

De todas maneras, sabemos que Nadia Calviño está condicionada lamentablemente por un embustero patológico de la calaña de Pedro Sánchez, que se comporta como una auténtica marioneta, que manejan a su antojo los dirigentes de Podemos. Y justamente por eso, cada vez que han surgido discrepancias entre los dos bloques del Gobierno de coalición, siempre ha prevalecido el criterio de los ministros más radicales del Ejecutivo. Es normal ya que, a ser posible, hay que eternizarse en La Moncloa.

 

Gijón, 23 de julio de 2021

 

José Luis Valladares Fernández