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domingo, 18 de julio de 2021

II.- LOS CAPRICHOS Y LA AMBICIÓN DE SÁNCHEZ

 

 



2.-Recupera la Secretaria General y se le antoja La Moncloa

 

Pero un ególatra, tan vanidoso y petulante como Pedro Sánchez, es  totalmente incapaz de digerir hasta el más mínimo fracaso personal. Así que, para deshacer semejante entuerto y terminar con la aparente injusticia que acababa de sufrir, decidió peregrinar por  las diferentes agrupaciones socialistas de España, para solicitar el apoyo del mayor número posible de los militantes de base, especialmente de los más jóvenes.

Y el resultado obtenido por el defenestrado Sánchez, quién lo diría, fue francamente  muy halagüeño y bastante más amplio de lo que esperaba. Y al ver que había  seducido a  tantos afiliados, entre los que estaban casi todos los miembros de las juventudes socialistas, optó de nuevo a la Secretaria General del PSOE, presentando su candidatura en las elecciones primarias, previstas para el 21 de mayo de 2017.

Y en esas primarias, saltó la sorpresa, ya que la militancia se impuso abiertamente a los aparatos de poder, que venían utilizando los líderes históricos para imponer su voluntad. Y este hecho sirvió para que Pedro Sánchez, en competición con Susana Díaz y Patxi López, se llevara él solo más del 50%  de los votos de los militantes. Y este inesperado éxito fue determinante para que, sin el menor problema, volviera a ser proclamado secretario general en el 39º Congreso del partido socialista, que se celebró el 18 de junio de 2017.

Nada más recuperar el cargo de secretario general del PSOE, Sánchez decidió renovar los órganos internos del partido, con la malsana intención de castigar y dejar prácticamente sin cuotas de poder a los aviesos barones que trataron de aguarle la fiesta. Y todo esto, no lo olvidemos, sin abandonar su viejo sueño de llegar lo más rápidamente posible a La Moncloa.

En esa fecha, La Moncloa ya estaba ocupada por Mariano Rajoy. Había sido investido presidente el 30 de octubre de 2016, gracias a la abstención de 68 de los 85 diputados que tenía el PSOE. Y como es público y notorio, Pedro Sánchez no estaba dispuesto a esperar hasta una  nueva convocatoria electoral para sustituirle en el cargo.  Y esto le obligaba lisa y llanamente a tener que mojarse, y aprovechar la primera ocasión que apareciera, para presentar la consabida moción de censura.

Y esa oportunidad llegó precisamente a finales de mayo de 2018, con el fallo de la primera macrocausa del Caso Gürtel. En esa sentencia, el juez progresista José Ricardo de Prada, excediéndose en sus atribuciones, introdujo deliberadamente un inciso para perjudicar al Partido Popular. Según ese inciso, que retiraría posteriormente el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional por su evidente falta de imparcialidad, quedaba acreditada la existencia de una caja B en el partido que dirigía Mariano Rajoy.

Hay que dar por descontado, que  la desfachatez  de Sánchez no conoce límites y no hace ascos a nada. Y olvidándose de los ERE y de otros muchos y graves chanchullos que ensucian su casa, tuvo la desvergüenza de anunciar solemnemente que presentaba aquella moción de censura contra Rajoy, nada menos que para regenerar la vida pública. Y a la vez, se comprometía a formar un Gobierno  “de transición”, que asegurase la “gobernanza” del país y que se ocupara de recuperar la “normalidad democrática”.

Es sabido, que Pedro Sánchez seguía manteniendo los puentes que había abierto con los nacionalistas e independentistas catalanes. También había mejorado considerablemente su relación con Pablo Iglesias. Y en consecuencia, esperaba que, tanto las formaciones políticas de ERC, del PDeCAT y Coalición Canaria, como el propio Iglesias con todos sus lacayos, se decantaran por el voto favorable a la moción de censura. Y también confiaba sinceramente que hicieran lo mismo los diputados de Compromís y EH Bildu y, por supuesto, los del PNV.

Y para bien o para mal, fue lo que realmente pasó. El 1 de junio de 2018, todos esos partidos votaron a favor en la moción de censura, con la excepción de Coalición Canaria que terminó absteniéndose. Aunque, según todos los indicios, una buena parte de los votos afirmativos, más que SIES a Pedro Sánchez, eran NOES rotundos a Mariano Rajoy.

Y así es como el líder socialista entra por fin triunfalmente en La Moncloa, convertido en presidente del Gobierno, por decisión expresa de los enemigos declarados de España. Y aunque Pedro Sánchez, se comprometió ante la Cámara a respetar escrupulosamente todos los compromisos europeos de los españoles y a garantizar nuestra estabilidad económica, no tardarían mucho en aparecer las primeras consecuencias adversas.

Se da la circunstancia que el nuevo presidente, que acaba de aterrizar en La Moncloa, padece un narcisismo demencial y desaforado, que lo inhabilita definitivamente para regir los destinos de un pueblo. Y se puede afirmar, que Sánchez va a estar atado de pies y manos por los que quieren acabar con la unidad de España. El ex presidente andaluz, José Rodríguez de la Borbolla, lo dijo muy claro: “Si se atiende a los nacionalistas, España se va al cuerno”.

Y no acaban aquí las complicaciones que padeceremos, por tener a Pedro Sánchez al frente de la Presidencia del Gobierno. Con sus jaimitadas y su nefasta gestión de la economía, nos está llevando irremediablemente a la miseria y a la pobreza más extrema. Para empezar, tenemos con mucho el Gobierno más caro de la historia.

Los datos que ofrece la Intervención General del Estado son extremadamente claros e indecorosos. Solo en los tres primeros meses de este año, el Gobierno de Sánchez se ha gastado, que casualidad, la friolera de 17,5 millones de euros para abonar la nómina de su numeroso ejército de asesores o personas de confianza, contratados a dedo, como suele ser habitual, entre sus familiares o amiguetes particulares. Y para ser más exactos, a esa abultada cantidad habría que añadir lo que cuestan los asesores que dependen de los numerosos organismos autónomos y de todos los demás entes públicos.

 Entre unas cosas y otras, estamos llegando a unos niveles de endeudamiento, que terminarán hipotecando el futuro de unas cuantas generaciones. Con Pedro Sánchez en el Gobierno, el aumento de la deuda pública está batiendo todos los registros habidos y por haber. En el primer año de su mandato, el ritmo de crecimiento de la deuda alcanzaba el importe de 105,99 millones de euros al día. Y como no ha sabido o no ha querido contralar los gastos relizados, la deuda pública ha crecido escandalosamente, hasta alcanzar los 217,81 millones de euros actuales de media al día.

Si nos hacemos caso del Banco de España, veremos que, con el presidente Sánchez, la deuda pública alcanza un nuevo récord cada mes que pasa. En términos absolutos, ya llegamos a la escalofriante cifra de 1,392 billones de euros. Hemos alcanzado sobradamente nada menos que el 125% del PIB, que se dice muy pronto. Para encontrar un endeudamiento similar en España, tendríamos que remontarnos nada menos que hasta el año 1881 de nuestra historia.

Y todo indica que Pedro Sánchez trata de solucionar semejante problema, incrementando la ya excesiva presión fiscal que soportamos todos los españoles y, por qué no decirlo, con el maná que venga de la Unión Europea. Y es normal que sea así, ya que, como todos sabemos, le queda un poco grande la Presidencia del Gobierno. Y como no piensa  nada más que en sí mismo y vive permanentemente de las apariencias, se olvida de sus auténticas obligaciones y centra toda su atención en granjearse la aceptación de los que le rodean, más que nada para sentirse aceptado por todos ellos.

A principios de 2015, cuando aún no era nadie porque hacía muy pocos meses  que había aterrizado en la Secretaría General del PSOE, el orgulloso y ensimismado Sánchez escribió en su cuenta de Twitter: “Me gustaría ser recordado como el político que arregló la economía de España”. Pero una vez instalado cómodamente en el Gobierno de España, es más práctico y se olvida de lo que origina preocupaciones molestas y se centra en lo que produce honores fáciles y aporta privilegios.

Tenemos que reconocer que, desde que se instaló en La Moncloa, rehúye las dificultades y solo toma decisiones fastuosas y llamativas, susceptibles de crear mucho impacto social, aunque después carezcan de efectos prácticos. A partir de entonces,  es muy difícil que hable de economía o de la pandemia que padecemos. Y si, por casualidad, se ve forzado a referirse  a uno de estos asuntos, dirá simplemente que, gracias a su gestión política, crecemos por encima de la media europea y estamos superando la crisis económica, o que el dichoso coronavirus es ya historia pasada.

Para no mojarse, Pedro Sánchez procurará elegir siempre temas, que sean lo más llamativos posible, pero que eludan  hasta el más mínimo inconveniente. Para dar cumplida satisfacción a todos los políticos de izquierdas, se olvidará de los acuerdos que firmaron todas las fuerzas políticas en 1977, para dar lugar a la famosa transición española, y hablará exhaustivamente, eso sí, de las supuestas mejoras, introducidas en la nefasta Ley de Memoria Histórica. Al parecer, se amplían notablemente los derechos de quienes  sufrieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y el acoso posterior del franquismo.

Y para conseguir alabanzas y elogios más allá de  nuestras fronteras, asumirá riesgos ciertamente impactantes, que no espera nadie. En junio de 2018, tanto Malta como Italia se negaron a que el buque Aquarius desembarcara en sus puertos los 629 inmigrantes  que llevaba a bordo. Sin esperar a más, el presidente Sánchez, que acababa de estrenarse en el cargo, ofreció el puerto de Valencia, hasta ahí podíamos llegar, para que dicho buque dejara allí a dichos inmigrantes. Y repitió la faena otras dos veces más, con el buque de la ONG española Open Arms, originando así el peligroso “efecto llamada”, que tanto daño ha hecho a España.

Si nos atenemos a la trayectoria que ofrece Pedro Sánchez en el desempeño de sus responsabilidades públicas, veremos que, igual que miente con auténtico desparpajo, es todo un flamante doctor, en esta ocasión sí, en hacer el ridículo. Además de pretender eternizarse en La Moncloa, se obstina en dar a conocer su desmesurado afán por recibir halagos y figurar destacada y ostensiblemente en los diferentes medios de comunicación.

En la última cumbre de la OTAN, por ejemplo, se produjo un bochornoso espectáculo, con el simulacro del paseíllo de 29 segundos de Pedro Sánchez con Joe Biden, el escurridizo presidente de Estados Unidos. Y ese paseíllo, que sonrojó a todos los españoles, fue vendido por los amaestrados servidores de La Moncloa como si se tratara de una “reunión de alto nivel” con un socio estratégico, en busca de un acuerdo internacional. Se volvía a repetir, qué casualidad, aquel famoso “acontecimiento histórico”, que se produjo en nuestro planeta, tal como narró Leire Pajín, con la reunión de José Luis Rodríguez Zapatero con Barack Obama.

En esta circunstancia en concreto, el dichoso paseíllo salió sumamente caro a España, porque se recurrió a la mendicidad y al pordioseo, ya que, por lo que parece, se contrató a un ‘lobby’ especializado para preparar ese encuentro fugaz del mandatario español con el estadounidense. Fue así, a base de dinero de todos los españoles, como se consiguió esa fotografía que se venía resistiendo desde hacía tanto tiempo.

Si nos hiciéramos caso de Pedro Sánchez, ese encuentro con Joe Biden habría sido enormemente útil, ya que habría servido para reforzar los lazos militares y la cooperación entre ambos países. Y en ese breve tiempo de 29 segundos, llegaron a hablar, incluso, tanto de la situación migratoria, como económica que se vive en Latinoamérica. Pero todo esto, no son nada más que fantochadas de nuestro presidente, que lo único que sabe hacer bien, es mentir.

Ni que decir tiene que, con la actitud adoptada por Sánchez, que es incorregible, España cada vez pinta menos y está irremisiblemente abocada a la irrelevancia internacional. El panorama de la política exterior española es tristemente desesperanzador. Ya son muy pocos los países europeos que siguen confiando en el pueblo español.

Una buena prueba de que esto es lamentablemente así, lo tenemos en la Conferencia  que se celebró en Berlín los días 23 y 24 del pasado mes de junio sobre  Libia. La pretensión del ministro alemán de Asuntos Exteriores, Heiko Maas y del secretario general de la ONU, António Guterres, organizadores de esa Conferencia, era muy clara. Y todo, porque ya era hora de llevar la estabilización a ese país norteafricano.

Y como ya hemos perdido todo nuestro peso político, no hubo nadie que se molestara en invitar a España para que pudiera intervenir directamente en un evento tan importante como ese. Y sin embargo, sí participó Marruecos, por petición expresa  de Estados Unidos.

 Gijón, 9 de julio de 2021

 José Luis Valladares Fernández


sábado, 5 de junio de 2021

LAS SOLUCIONES SE APLAZAN PARA EL AÑO 2050

 


No sé si Pedro Sánchez se acordará actualmente del sermón que soltó en el Parlamento el 25 de julio de 2019, en la sesión de su fracasada investidura como presidente del Gobierno. Pero los que pensábamos, ya de aquella, que semejante candidato no estaba capacitado para regir los destinos de España, recordamos perfectamente toda su perorata.

Al secretario general del PSOE se  le había antojado, por encima de todo, ocupar la Presidencia del Gobierno de España y, quién lo iba a decir,  terminó, saliendo con la suya. Pero hay que reconocer que si Pedro Sánchez  destaca por algo, es precisamente por su vanidad y por su desmedida arrogancia. Y aunque ya era presidente con todas las consecuencias, no estaba plenamente satisfecho, porque no había accedido al cargo en circunstancias normales, tras un proceso electoral y la correspondiente sesión de investidura, como habían hecho todos los demás presidentes de la democracia.

Y para llegar a La Moncloa, el presidente Sánchez no hizo ascos a nada. Y sin pensarlo dos veces, basó su moción de censura en un inciso improcedente que el juez progresista José Ricardo de Prada introdujo maliciosamente en la sentencia de Gürtel para perjudicar al Partido Popular. Según ese inciso, que sería retirado posteriormente  por el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional por su evidente falta de imparcialidad, quedaba acreditada, sin más, la existencia de una caja B en el partido que dirigía Mariano Rajoy.

Y como ante todo había que ser presidente del Gobierno, Pedro Sánchez estaba dispuesto hasta agarrarse firmemente a un clavo ardiendo para no fallar. No olvidemos que la moción de censura, por sí misma, no le garantizaba el éxito. Para salir airoso, necesitaba obviamente contar con el apoyo mayoritario de las fuerzas políticas parlamentarias. Así que,  sin encomendarse a Dios ni al diablo, se vendió miserablemente a los enemigos declarados de la unidad de España. Y cuando llegó el momento de la verdad, votaron a favor de la moción de censura, además de Podemos, todos los nacionalistas y los independentistas periféricos.

Y al contar con el respaldo generalizado de todas las fuerzas progresistas,  Sánchez se comprometió seguidamente  a formar un Gobierno “de transición” que, además de asegurar la “gobernanza”, recupere también la “normalidad democrática”, que había sido puesta en entredicho por la corrupción del Partido Popular. Y una vez conseguido ese objetivo, convocaría elecciones generales anticipadas sin dilación alguna.

No obstante, hay que advertir que, de momento, no hay constancia de la existencia de esa caja B en el partido líder de la oposición. Estamos simplemente, como y vimos, ante una afirmación gratuita e interesada del juez José Ricardo de Prada. De ahí que la moción de censura, aparentemente al menos, muestre ciertos visos de irregularidad.

Y aún hay más, ya que el éxito de esa moción de censura se fraguó realmente con una cantidad de síes determinada que, más que apoyos a Pedro Sánchez, eran noes rotundos a Mariano Rajoy. Si todos aquellos síes hubieran sido suyos, no habría tenido problemas con los presupuestos presentados para 2019 ni, por supuesto, en la sesión de investidura de julio de ese mismo año.

Con las elecciones generales, que se celebraron el 28 de abril de 2019, el presidente Sánchez esperaba acabar, de una vez por todas, con esa sensación de provisionalidad al frente del Gobierno que tanto le molestaba. Y aunque ganó esos comicios con una ventaja verdaderamente pírrica, se presentó a la investidura completamente ilusionado, pensando que, a partir de entonces, podría ostentar el cargo con toda normalidad.  

Pero llegó el 25 de julio, fecha de la segunda votación de la sesión de investidura, y el jefe del Ejecutivo en funciones, Pedro Sánchez, pidió confiadamente el apoyo de la Cámara para ser investido presidente, que es “el mayor honor que puedo asumir como ciudadano, como español y como demócrata”. Pero el resultado siguió siendo tan negativo como el que se produjo dos días antes en la primera votación. Solo votaron afirmativamente los miembros de su propio grupo y el diputado del Partido Regionalista de Cantabria, obteniendo en total 124 síes, 155 noes y 67 abstenciones.

Es sabido que, para acabar definitivamente con aquella situación anómala y salir así de ese prolongado ‘impasse’, el presidente Sánchez había ofrecido a los de la formación política de Unidas Podemos formar un Gobierno de coalición y disfrutar, incluso, de una vicepresidencia. Pero está visto que a Pablo Iglesias, dirigente máximo de ese partido, le seguía pareciendo insuficiente esa oferta. Y esto fue determinante para que, en la última y decisiva votación de investidura, volviéramos a encontrar entre los abstencionistas a los diputados de Podemos.

No es de extrañar, que Pedro Sánchez se sintiera tremendamente defraudado con la decisión adoptada por el principal responsable de Podemos en aquella sesión de investidura. Esperaba normalizar su situación con el respaldo de Pablo Iglesia y de todas sus huestes, y esa inesperada abstención, claro está, terminó sacándole de quicio.

Y movido por esa frustración y por la sensación de haber sufrido inevitablemente  un enorme fracaso, el presidente del Gobierno en funciones no pudo contenerse y, antes de proceder a la votación decisiva, comenzó a lanzar duras invectivas contra el líder bolivariano de Podemos. En esa encendida perorata, Iglesias tuvo que escuchar muchas y airadas reconvenciones: “No hay humillación en una oferta que incluye una Vicepresidencia y tres ministerios de hondo contenido social”. Y le acusó directamente de querer controlar el Gobierno: "Debe haber un gobierno cohesionado, no dos gobiernos en uno, señor Iglesias".

Y sin variar un ápice la aspereza de su discurso, Pedro Sánchez siguió afeando el comportamiento del dirigente morado. Y después de criticar  su “falta de experiencia” en cualquier clase de gestión estatal, afirmó rotundamente algo que sentó muy mal a Pablo Iglesias: “No se puede poner la Hacienda pública en manos de alguien que jamás ha gestionado un presupuesto”.

Y sin dejar de berrear severas diatribas  contra el nuevo miembro de la otrora vituperada casta política y contra sus secuaces, el presidente en funciones procuraba adornarse públicamente con toda una serie de imaginadas virtudes y cualidades que, por lo visto, no existían nada más que en su mente calenturienta.

Y sin que nadie se lo pidiera, Pedro Sánchez sacó a relucir su supuesta lealtad a sus principios y a sus inalterables convicciones, proclamando solemnemente que no estaba “dispuesto” a formar Gobierno “a cualquier precio”. Y zanjó aquel enfrentamiento con una afirmación que ni él mismo se cree: "Si me hace elegir a renunciar a la presidencia de España o a mis convicciones, elijo mis convicciones, elijo proteger a España".

No podemos olvidar que el presidente del Gobierno, que padecemos, ha vivido siempre  en los mundos de Yupi y Astrako, la famosa pareja de alienígenas que aterrizó en la Tierra por una inoportuna avería en su nave espacial. Lo que quiere decir que ha vivido perennemente de espaldas a la realidad, lo que le lleva a no enterarse de nada de lo que pasa a su alrededor. En consecuencia,  casi todas sus actuaciones o rayan en el ridículo o resultan francamente esperpénticas.

Ni que decir tiene, que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa sin tener proyectos claros  y ambiciosos para España. Toda su ambición se reducía a conservar la dichosa poltrona. Y el resultado no se ha hecho esperar. Con personajes así en el Gobierno, no vamos a ninguna parte. Justamente por eso, ya hemos perdido hasta la poca relevancia diplomática que teníamos en el escenario internacional. Nos miran habitualmente por encima del hombro y hasta se ríen de nosotros. Y cuando menos lo esperamos, nos estallan crisis como la de ahora con Marruecos.

Y para mayor desgracia, todos los miembros del equipo de gurús que dirige Iván Redondo, han visto la película ‘Salvar al soldado Ryan’  de Steven Spielberg, y quieren hacer exactamente lo mismo con el líder socialista. Por eso, se despreocupan de España y de las necesidades de los españoles, para centrar todo su esfuerzo  en librar a Pedro Sánchez de las dificultades que ofrece la implicación directa en los actos de gobierno  cotidianos.

Mientras el jefe del Gabinete de Presidencia y su tropa exprimían su ingenio para encontrar proyectos futuros, llenos de fantasías, que colmen satisfactoriamente  el desmedido ego y la insaciable ambición de este doctor de chichinabo, el Covid-19 seguía haciendo de las suyas y aparecían nuevas variantes del virus que enrarecían aún más la convivencia social. Y por si fuera esto poco, la mala gestión de la pandemia provocaba graves problemas económicos por el cierre de muchas empresas y el aumento descontrolado del paro.

Y como no hay dos sin tres, cuando parecía que empezábamos a controlar el coronavirus, tuvimos que afrontar, ahí es nada, la mayor crisis migratoria de nuestra historia que rompió todos nuestros esquemas. Entre el 17 y 18 de mayo pasado, utilizando principalmente los espigones de las playas de Benzú y El Tarajal, entraron en la ciudad autónoma de Ceuta más de 8.000 inmigrantes irregulares, entre los que había también muchos niños. Y esta invasión, digámoslo claramente, ocasionó una crisis humanitaria de proporciones considerables, ya que España no estaba preparada para una llegada masiva de personas foráneas.

De todos modos, los problemas actuales tienen muy poca importancia, ya que con las fantasías de la ‘España 2050’, que nos vendió recientemente el presidente Sánchez, quedan todos resueltos. Según ese equipo de su confianza, en 2050 podremos ser  más pobres, pero seremos inmensamente felices.

 

Gijón, 3 de junio de 2021

 José Luis Valladares Fernández



lunes, 22 de marzo de 2021

JAQUE A LA PAZ SOCIAL Y A LA DEMOCRACIA



 

En el refranero español, encontramos muchas sentencias que expresan verdades incontrovertibles, que no tienen vuelta de hoja. Y uno de esos dichos populares, que reza así: “el que mucho presume, de mucho carece”, retrata perfectamente al ególatra Pedro Sánchez, el presidente actual del Gobierno que padecemos.

Conociendo al líder del PSOE, es de suponer que le hubiera gustado entrar en La Moncloa a lo grande, en olor de multitudes y hasta con fanfarria y por la puerta principal. Pero en este caso no fue así y, si quiso entrar, qué le vamos a hacer, tuvo que utilizar la puerta de servicio. Para poder salir con la suya, utilizó una moción de censura irregular, ya que no cumplía estrictamente con todos los requisitos exigidos por la Constitución.

Para empezar, la moción de censura contó con muchos síes, que no eran nada más que rotundos noes a Mariano Rajoy. Y no olvidemos que está basada en un inciso improcedente, que el juez José Ricardo de Prada introdujo en la sentencia de Gürtel con la malsana intención de perjudicar al Partido Popular. Y ese inciso, claro está, fue retirado posteriormente por el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, por su evidente  falta de imparcialidad.

De todos modos, como Pedro Sánchez es capaz de presumir hasta de su propia sombra, dice que aterrizó en la presidencia del Gobierno, entre otras cosas, para “recuperar la normalidad institucional” y para “regenerar la política española”. Y sin más, inició su mandato, dando muestras de una superioridad moral aplastante que no tiene y aparentando saber bastante más de lo que realmente sabe. Un poco más, y nos suelta la locución latina “Veni. Vidi. Vici” (vine, vi, vencí), que utilizo Julio Cesar, para comunicar al Senado Romano su victoria en la batalla de Zela, contra el rey del Ponto, Farnaces II.

Y desde el primer momento, el presidente Sánchez, trata de engrandecerse artificialmente ante su clientela, comprometiéndose a luchar contra las desigualdades sociales, ayudando preferentemente a los que más sufren, a los más desfavorecidos por la fortuna. Con su llegada a la presidencia del Gobierno, según cuentan sus cipayos más cercanos, abrió “un nuevo tiempo de esperanza”, en el que predomina el diálogo, sobre todo el “diálogo constructivo”. Y piensan que, con ese diálogo, conseguirá la ansiada regeneración democrática y acabará, de una vez por todas, con la injusticia social.

Lo malo es que la palabra, si no está acompañada por otras cualidades, se convierte en palabrería, en verborrea  inútil, que complica aún más la situación. Y eso es precisamente lo que le está pasando al envalentonado Pedro Sánchez. En un arrebato de irresponsabilidad, se le antojó asumir la presidencia del Gobierno, más que nada para presumir y disfrutar de la adulación y los agasajos que  proporciona ese cargo. Y eso fue determinante para que la economía y el empleo, comenzaran a sufrir inmediatamente los efectos catastróficos de su pésima gestión pública.

Pero no termina aquí  la funesta actuación del imprevisible presidente Sánchez. Se ha cansado de repetir, una y otra vez, que no pactaría jamás con las huestes de Podemos. Empezó con esa cantinela, que yo sepa,  en septiembre de 2014, poco tiempo después de hacerse con la Secretaría General de su partido. En aquella ocasión, afirmó explícitamente ante los micrófonos de Antena 3: "Ni antes ni después El PSOE pactará con el populismo. El final del populismo es la Venezuela de Chávez, la pobreza, las cartillas de racionamiento, la falta de democracia y, sobre todo, la desigualdad".

Casi cinco años después, Pedro Sánchez seguía pensando que no podía “gobernar con alguien como Iglesias, que no defiende la democracia”. Y el 19 de septiembre, cuando ya llevaba más de cuatro meses como presidente en funciones, reiteró nuevamente, ante los micrófonos de La Sexta, que no podía confiar en el líder de Podemos. Y soltó esta llamativa perla: “Si hubiera aceptado las exigencias de Pablo Iglesias hoy sería presidente del Gobierno. Pero sería un presidente que no dormiría, como el 95% de los españoles, incluidos votantes de Unidas Podemos”.

Pero llegaron las elecciones generales del 10 de noviembre de ese mismo año y, mira por dónde, el presidente Sánchez se encontró ante una tesitura sumamente complicada: o aceptaba los postulados de Iglesias, para formar un Gobierno de coalición con Podemos, o corría el riesgo serio de perder la poltrona.

Y para mantenerse en La Moncloa por encima de todo, el sorprendente Pedro Sánchez se olvidó de sus fundados temores y, sin esperar a más, procuró colmar satisfactoriamente las desmedidas apetencias del quisquilloso Pablo Iglesias, nombrándole vicepresidente segundo del Gobierno. Le acompañan en el Ejecutivo, ocupando sendas carteras ministeriales, otros cuatro miembros de Podemos, aunque alguno de ellos no vale ni para concejal de pueblo.  

Para llegar a esa entente con el líder máximo de Unidas Podemos, el aspirante a perpetuarse  indefinidamente en La Moncloa decidió traicionarse a sí mismo, sabiendo que, así, deslegitimaba su mandato y perjudicaba seriamente al PSOE y a todos los españoles. A pesar de todo, tiene muy poca importancia  que el presidente Sánchez recurra, o no, a los somníferos para conciliar el sueño. Nos preocupa, eso sí, el insomnio que padecemos ahora los sufridos ciudadanos españoles.

Al traicionar Pedro Sánchez a quienes confiaron en él, comenzó a crecer precipitadamente la inestabilidad y el extremismo en España, perturbando así el sueño de todos nosotros. Y como el deterioro  de las instituciones públicas es ya prácticamente imparable, terminaremos asfixiados por el populismo bolivariano de Venezuela. Y por desgracia, no habrá sedante alguno que pueda mitigar las terribles noches toledanas que nos esperan.

Ese pacto con Podemos, acrecentó aún más la recesión económica que ya padecíamos y aceleró la destrucción de empleo. Y esto, como era de esperar, intensificó considerablemente las críticas contra el Gobierno y aparecieron las primeras discrepancias dentro del propio partido con el presidente del Gobierno.

La reacción del endiosado Pedro Sánchez no se hizo esperar. Quería acabar tajantemente con las duras críticas y cortar de raíz las incipientes suspicacias de los barones de su propio partido. Y para eso, necesitaba engañar a la ciudadanía española. Así que, vociferando destempladamente ante el líder de la oposición, Pablo Casado, hizo esta ilusoria afirmación: “mi tarea como presidente es garantizar la estabilidad política”. Y con su fanfarronería habitual, agregó que haría “frente a la emergencia sanitaria y la vacunación”, ocupándose a la vez  de la  “recuperación económica” y de la “creación de empleo y justicia social”.

Pero ya lo dice el refranero español: del dicho al hecho hay mucho trecho. Y todos sabemos sobradamente lo que puede dar de sí un personaje tan presumido y lenguaraz como el presidente Sánchez. Con exhibirse y pavonearse en sus rebuscadas apariciones públicas, para ganar músculo demoscópico, ya tiene bastante. Pero no esperes que aporte alguna solución útil y acertada para luchar  eficazmente contra la terrible pandemia que nos aqueja y contra el hundimiento generalizado de  nuestra economía. Gracias a su manifiesta incapacidad, España es ahora mismo el farolillo rojo de toda Europa.

Es sabido que, en la mayor parte de las actuaciones del Gobierno social-comunista actual, aparece claramente la mano negra de  Pablo Iglesias. Este desvergonzado personaje, llevó también la voz cantante en redacción de los pactos del PSOE con Podemos y, no contento con esto, se las arregló para llevar a Pedro Sánchez al huerto de ERC y de Bildu. Y no cabe duda que está detrás de muchas  de las decisiones económicas que padecemos.

No es de extrañar, por lo tanto, que haya voces más o menos autorizadas, hasta dentro del  propio PSOE, que culpen al líder ultraizquierdista  del desastre económico que padecemos, y pidan insistentemente al presidente Sánchez que prescinda ipso facto de su vicepresidente segundo. De todas formas, eso no solucionaría nada, porque el problema sigue siendo de quien rige nuestros destinos. Y eso nos lleva a pensar que, tanto si el estalinista Iglesias está dentro como si está fuera del Gobierno, tendremos que enfrentarnos también a la pandemia del hambre y la miseria, que ya ha comenzado a extenderse por España.

De momento, los datos son francamente inapelables. Aunque el Gobierno no quiera reconocerlo, ya contabilizamos más de 100.000 muertos por culpa del coronavirus y la ruina económica sigue creciendo de manera constante y desmesurada. Sin ir más lejos, cerramos el año 2020, qué le vamos a hacer, con el desplome de un 11% del PIB, desconocido hasta ahora. Y por si esto fuera poco, a finales de diciembre de ese mismo año, el déficit de la Seguridad Social superaba los 20.000 millones de euros. En ese momento, quién lo iba a decir, España debía ya 122.439 millones de euros, un nivel de deuda nada menos que del 17,1% del PIB.

Es muy posible que, si el despótico Pablo Iglesias abandona definitivamente el Ejecutivo, recuperemos una buena parte del crédito exterior, dilapidado gratuitamente por Pedro Sánchez. Y todo por su evidente falta de pericia y de madurez. Pero no nos hagamos ilusiones, porque eso no implica en absoluto una mejoría reseñable en la forma de gobernar a los españoles.

Pero no debemos olvidar que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se necesitan mutuamente y, si no quieren acabar ambos en la marginación y en el olvido, están obligados a entenderse. El aburguesado líder de Podemos podrá contar con más o menos diputados, pero para ser alguien y no verse abocado al ostracismo, necesita el apoyo decidido de Sánchez. Y como no podía ser menos, al imprevisible caudillo Pedro Sánchez le pasa exactamente lo mismo. Sin la colaboración y el apoyo de Pablo Iglesias, tendría que renunciar a una buena parte de sus ambiciones napoleónicas y hasta se vería obligado a salir de La Moncloa. 

Y como fracasó rotundamente la diabólica alianza entre el POSE y ciudadanos, para usurpar la Autonomía de Madrid al Partido Popular, el maquiavélico Iglesias abandona su cartera ministerial y deja el Gobierno. Y todo, porque sabe que, si no encabeza personalmente la candidatura de Podemos a las elecciones madrileñas, es muy posible que se repita el morrocotudo fracaso que tuvo que soportar en el País Vasco y, sobre todo, en Galicia.

Este hecho, sin embargo, no altera en modo alguno el respaldo que se prestan voluntaria y recíprocamente estos dos cesaristas paranoicos, para socavar poco a poco el régimen del 78. Pedro Sánchez dormirá muy mal, porque se le atragantará, de vez en cuando, la verborrea asamblearia del fantoche del moño y su propensión a organizar escándalos callejeros. Y el altivo y desdeñoso Pablo Iglesias hará lo mismo, por la cuenta que  le tiene, con el endiosamiento y con las mentiras habituales del siniestro personaje que, para nuestra desgracia, ocupa momentáneamente la presidencia del Gobierno.

Gracias a la prepotencia abusiva del conspirador Sánchez y la facundia del supremacista Iglesias, los españoles estamos viviendo un psicodrama muy conflictivo y desquiciante. Ya no sabemos si el mundo que nos rodea es real, o es algo meramente imaginado o fantaseado. Por culpa de sus embustes y maquinaciones, hemos perdido el rumbo y vamos camino del desastre económico y social más absoluto.

Es evidente que estos dos políticos son, ante todo, unos vividores y, en consecuencia, anteponen siempre sus intereses particulares a los generales y se olvidan naturalmente del bien común. Se comportan, no faltaba más,  como Píramo y Tisbe, los dos amantes legendarios que encontramos en la mitología griega.

Ni que decir tiene, que a Píramo y Tisbe les unía un amor entrañable y sincero. Pero Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, por el contrario, se odian intensa y profundamente. Les une, eso sí, el interés propio, y el deseo insaciable de satisfacer  su ambición y su ego personal, a costa de lo que sea. No obstante, esperemos  que los españoles salgan, de una vez, de ese prolongado letargo y saquen a estos dos embaucadores de la vida pública, y los devuelvan a la vida privada, de donde nunca debieron salir.

 

Gijón, 18 de marzo de 2021

            José Luis Valladares Fernández      

miércoles, 24 de febrero de 2021

EL DESASTRE ECONÓMICO ESTÁ SERVIDO

 


 

En las Sátiras del antiguo poeta romano, Aulo Persio Flaco, aparece la máxima latina, Qui resistit, vincit que, traducida al español, sería utilizada profusamente por nuestro Premio Nobel  Camilo José Cela. Tanto en sus diálogos frecuentes, como en muchas de sus conferencias, sacaba a relucir esa sentencia, con estas u otras frases similares: “vence quien dura” o “en España quien resiste gana”. Y como no podía ser menos, la frase EL QUE RESISTE GANA terminó figurando como divisa de su escudo.

Y eso es precisamente lo que intenta hacer el presidente del Gobierno que nos han impuesto los enemigos declarados de España, resistir contra viento y marea, para terminar saliendo con la suya. No olvidemos, que Pedro Sánchez llegó de manera totalmente irregular a La Moncloa, porque su moción de censura contra Mariano Rajoy, no cumplía ninguno de los requisitos exigidos por nuestra Constitución.

Para empezar, el aspirante a regir los destinos de España, basó toda su argumentación en una valoración improcedente, que el juez José Ricardo de Prada introdujo de manera francamente arbitraria en la sentencia de Gürtel. Sin guardar la más mínima apariencia de imparcialidad, y con toda su mala intención de perjudicar al Partido Popular, dio por hecho que existía la famosa ‘caja B’ de este partido político.

Este entuerto del juez José Ricardo de Prada, que posibilitó esa moción de censura, fue oportunamente subsanado por el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, de la siguiente manera: borrando ese inciso de la sentencia y apartando a ese juez del juicio pendiente sobre la financiación del Partido Popular, por su evidente falta de imparcialidad.

Y por si fuera esto poco, tampoco puede presumir el secretario general del PSOE de haber contado con una mayoría suficiente para llegar al poder, a través de la moción de censura. Si nos atenemos a los hechos, vemos que aquella mayoría era claramente ficticia. En aquella votación, más que un sí a Pedro Sánchez, encontramos un no rotundo a Mariano Rajoy, para que abandonara la presidencia del Gobierno. Querían hacerle pagar la postura inflexible que adoptó contra los organizadores del referéndum del 1 de octubre de 2017.

Según explica el propio Pedro Sánchez, presentó esa moción de censura para  “recuperar la normalidad institucional” y “regenerar la política española”. Por sus casos de corrupción, era intolerable que el Partido Popular siguiera al frente del Gobierno. Y hace esta afirmación, quién lo diría, el líder de un partido, que aún no ha sido capaz de explicar satisfactoriamente el paradero  de los 680 millones de euros, que desaparecieron  en Andalucía, cuando gobernaba allí el PSOE. Se trata, por lo visto, del mismo partido que creó la trama de las empresas de Filesa, Malesa y Time-Export, para financiar ilegalmente sus propios gastos.

Tenemos que reconocer, que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa como un caballo desbocado, con unas ansias locas de disfrutar del poder. Pero de momento tenía que ser muy cauto, ya que no contaba con más apoyos que sus 84 diputados. La primera prueba de su extremada debilidad, se la dieron los independentistas catalanes, cuando se negó rotundamente  a traspasar la línea roja de la autodeterminación de Cataluña. En esa ocasión, tanto las mesnadas de JxCat, como las de ERC rechazaron de plano los Presupuestos Generales del Estado y el presidente Sánchez se vio obligado a convocar elecciones generales.

Y acudió a esas elecciones, que se celebraron el 28 de abril de 2019, estando convencido de sacar un resultado plenamente satisfactorio para afrontar un Gobierno en solitario. Pero se equivocó de medio a medio, ya que ganó estos comicios, pero tuvo que conformarse con 123 diputados, y necesitaba 53 escaños más para poder gobernar sin ayudas foráneas.

 Como no se alcanzó ningún acuerdo para formar Gobierno, fue preciso volver a las urnas para salir de ese impasse. Y en el nuevo proceso electoral, que se celebró el 10 de noviembre de ese mismo año, se recuperó en parte la derecha, pero volvió a ganar Pedro Sánchez, aunque perdiendo, eso sí, 3 escaños. También perdió fuelle, qué le vamos a hacer,  Unidas Podemos, que  consiguió 7 diputados menos.

Pero hay que tener en cuenta que, ni el presidente Sánchez estaba dispuesto a abandonar el barco, ni el mefistofélico Pablo Iglesias quería perder tontamente la ocasión de sentarse en el Consejo de Ministros. Y puesto que, a cambio de la mesa de negociación bilateral con la Generalitat, podían contar con la abstención de ERC y de EHB, terminaron formando un Gobierno de coalición, que está guardando un cierto parecido con el lamentable ‘Frente Popular’ de 1936.

Sabemos que los Gobiernos que padecimos durante los últimos cuatro años eran extremadamente débiles. Todos vimos las dificultades que encontró Mariano Rajoy, para conseguir su investidura en noviembre de 2016. Y ya vimos que Pedro Sánchez, cuando aterrizó en La Moncloa, en junio de 2018, no contaba nada más que con 84 diputados. Y por si todo esto fuera poco, pasamos prácticamente todo el año 2019 con un Ejecutivo en funciones. Vivimos, por lo tanto, un periodo de inestabilidad política demasiado prolongado y negativo, que  debería haber terminado con el Gobierno de coalición, que se formó en enero de 2020.

Pero desgraciadamente no fue así. Al conseguir su investidura con tantos apoyos, y ver que podía hacer y deshacer  en el Gobierno a su antojo, el ególatra Pedro Sánchez se olvidó de los españoles. Y como todos los narcisistas, comenzó a pensar en sí mismo y a recabar alabanzas y distinciones, que creía propias del cargo que ostentaba.

Y como le urgía verse aclamado y vitoreado por el hecho de ser presidente, no quería  malgastar su tiempo ni en gobernar, porque  eso podía retrasar los vítores y los halagos que  esperaba. Comenzó dando rienda suelta a sus gustos faraónicos, desdoblando absurdamente algunos Ministerios, para rodearse nada menos que de 22 ministros y con 4 vicepresidencias. Sin lugar a dudas, tenemos el Gobierno más numeroso de los países de nuestro entorno.

Al aumentar el número de ministros, se multiplicaron desorbitadamente, como por arte de magia, los secretarios de Estado, los secretarios regionales, los subsecretarios y esa nube enorme  de asesores que, en muchos casos, son amiguetes o afines del que los elige y, muchos de ellos, sin preparación alguna. Pero tener el Gobierno más numeroso, no quiere decir en modo alguno, que sea el más eficiente. Es más bien, todo lo contrario. Es, eso sí, el más caro y el menos recomendable de todos, sobre todo, en tiempo de crisis económica.

Y para complicar aún más las cosas, Pedro Sánchez está gobernando a golpe de capricho y está gestionando terriblemente mal la pandemia que padecemos. En este caso, actúa como el perro del hortelano: como teme que pueda salir malparado, rehúye coordinar personalmente  la lucha contra la expansión descontrolada del coronavirus. Pero tampoco da libertad a las Comunidades Autónomas, para que se ocupen de ese cometido.

Y el resultado está ahí y es inapelable, ya que somos el país que ostenta  la mayor tasa de mortalidad de todo el planeta. Si nos hacemos caso de las estadísticas elaboradas por el propio Instituto Nacional de Estadística, aunque le moleste al Gobierno, encabezábamos notoriamente el número de fallecidos a causa de la pandemia. A mediados de enero de 2021, ya sobrepasábamos con creces la espeluznante cifra de 90.000 muertos por culpa del Covid-19.

Y esto, claro está, comporta otra serie de problemas igualmente graves. Por culpa de tan peligrosa plaga, la economía española ha sufrido un batacazo sumamente espectacular. Para encontrar una caída del PIB de un 11%, que registramos al finalizar el año 2020, quizás tendríamos que remontarnos a los años de nuestra Guerra Civil. Y no acaba aquí el desastre, ya que la Comisión Europea anuncia, que este año, tendremos una recesión del 12,4%.

Es verdad que la pandemia, ha golpeado por igual, sin excepción alguna,  a todos los países europeos. Pero todos ellos procuraron proteger apropiadamente sus economías. Y España no supo o no quiso hacerlo a tiempo, y sus medidas de confinamiento han hundido nuestra actividad económica, hasta límites insospechados hasta ahora. No es de extrañar, por lo tanto, que  tengamos más parados que nadie y que proliferen, cada vez más, las antiguas colas del hambre, que habían desaparecido casi por completo.

Estamos viviendo una situación enormemente crítica y complicada, y va a costar sudor y lágrimas mejorar nuestras expectativas. No podemos olvidar, que los dos máximos responsables del Gobierno carecen de principios, y que son muchos los españoles que han perdido la memoria y se dejan manejar tranquilamente y, así, no vamos a ninguna parte. Y los líderes del PSOE y de Unidas Podemos aprovechan esa circunstancia para tratar de imponernos un igualitarismo trasnochado y absurdo, copiando, por qué no, los postulados expresados por Praxágora, la protagonista de una comedia, escrita por Aristófanes en el siglo IV a. C.

En aquella ocasión, es verdad, los atenienses vivían una situación verdaderamente crítica por culpa  de la guerra del Peloponeso. En el año 415 a. C., los líderes políticos de Atenas reunieron una gran fuerza expedicionaria y, saltándose el tratado de la Paz de Nicias, desataron un ataque contra varios aliados de Esparta.

Pero se encontraron con una respuesta del ejército espartano, mucho más dura y contundente de lo que esperaban. Con la ayuda de Persia y de los sátrapas de Asia Menor, Esparta golpeó sin piedad a los atenienses, destruyó su flota, devastó  los campos del Ática, cerró sus minas y redujo a la esclavitud a miles de soldados atenienses.

A pesar de la aplastante derrota, los responsables políticos de Atenas seguían anteponiendo sus intereses personales sobre los de la polis, y soñaban con organizar una nueva revancha. Y el comediógrafo griego Aristófanes, que estaba en contra  de las intenciones de los gobernantes atenienses, procuró ridiculizarlos explícitamente,  en una de sus obras más famosas, La asamblea de las mujeres.

La protagonista de la comedia de Aristófanes es Praxágora que, al frente de las mujeres  de Atenas, disfrazadas de hombres, imponen su plan de igualdad económica: “todos deben tener  todo en común, hay que hacer de la ciudad una sola casa…, la tierra, el dinero y todo lo que tiene cada uno”.  Al colectivizar todos los bienes, para que todos disfruten de ellos por igual, nos encontramos naturalmente un régimen comunista integral.

Lo malo es que, la doctrina igualitaria, como la que predica Praxágora, y la que quieren imponernos los adalides del socialcomunismo actual, no puede ser universal, ni ecuánime y ni debidamente equilibrada. Para que haya personas completamente libres, que puedan vivir sin preocupación alguna, como reconoce la protagonista de la comedia de  Aristófanes, hay que contar necesariamente con la dichosa esclavitud, que creíamos desterrada.

De todos modos, mientras sigamos en manos  de un ególatra de la talla de Pedro Sánchez y de un filibustero como Pablo Iglesias, no habrá manera alguna de poner fin al desastre que estamos padeciendo. Y como sigan mucho tiempo al frente del Gobierno, terminaremos indefectiblemente, en la ruina más absoluta.

Para empezar, al gestionar tan rematadamente mal la pandemia del coronavirus, han vuelto las interminables colas del hambre, que vemos a diario, ante los bancos de alimentos o comedores sociales. Y en esas dramáticas colas no hay solo desarrapados y emigrantes, que vienen en busca de un futuro mejor. Aunque a nadie le gusta mostrar sus miserias, entre los más vulnerables, hay hoy también mucha gente acomodada y de clase media, que se ha quedado sin trabajo, que era su medio habitual de vida.

Y por desgracia, todo indica  que lo peor de la crisis laboral aún no ha llegado. En octubre del año 2020, con un 17,1% de desempleo, ya encabezábamos holgadamente todas las listas de paro en la Comunidad Económica Europea. Y a finales de enero de 2021, los parados en España alcanzaban la aterradora cifra de 3.964.353, 710.500 más que un año antes.

Y según todos los indicios, el desempleo seguirá creciendo desdichadamente, y sin control alguno, a lo largo del año que acabamos de empezar. Si nos hacemos caso de las previsiones que maneja  el Instituto de Estudios Económicos, finalizaremos el año 2021, con una tasa de paro del 18,8%. Y todavía es más pesimista el  Banco de España, que dice que, para esa fecha, la tasa del desempleo podía llegar hasta el 22%.

Y para terminar de aguarnos la fiesta, y hacernos cada vez más pobres, sigue creciendo imparablemente nuestra deuda. De momento, ya estamos superando el 120% del PIB. Y de seguir así, es muy posible que en el año 2022, superemos sobradamente el 123% del PIB.

 

Gijón, 18 de febrero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández