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domingo, 4 de julio de 2010

EL AGUJERO DE LAS CUENTAS SIGUE CRECIENDO

La reducción del déficit en España, con el Gobierno que padecemos, es más bien una misión imposible. El gasto sin control, el derroche disparatado, es algo innato y tan habitual en José Luis Rodríguez Zapatero que, si cerrara ahora el grifo, dejaría de ser Zapatero. Si atendemos a sus obras, es evidente que Zapatero no cree en Dios. Pero esto no es óbice para que crea en los milagros. Ahí están, si no, sus palabras del pasado día 27 de junio, en la reunión del G-20 celebrada en Toronto, que están llenas de un preocupante optimismo.
Después de oír al secretario del Tesoro norteamericano, que urgía a España a reducir el déficit, con medidas “rápidas” que tranquilicen a los mercados, Rodríguez Zapatero defendió sus recetas para salir de la crisis, en especial la reforma laboral y la nueva ley de cajas que está en estudio. El presidente del Gobierno destacó las medidas de ajuste fiscal ya aprobadas, que van a reducir significativamente el déficit y, a la vez, propiciar un nuevo impulso hacia una recuperación económica definitiva.
Una vez más, Zapatero confunde los deseos con la realidad. Trata de obviar el cariz específico de la crisis española, en la que tanto tiene que ver él con su criticable comportamiento. De ahí que insista, una y otra vez, en que se trata de una grave crisis financiera similar a la de los otros países. Por eso Zapatero defendió en el G-20 la necesidad de “poner deberes” al sistema financiero. Pero nuestra crisis, la crisis económica española, tiene otros componentes que la hacen mucho más devastadora que la del resto de países de nuestro entorno: la falta de competitividad de nuestra industria, la desorbitada deuda pública y la pasividad de un Gobierno que ha optado por no tomar medidas impopulares.
Está visto que Zapatero se comporta como un hombre anuncio, que lanza consignas a un lado y otro y, con muy buenas palabras, promete continuamente las soluciones más variadas. Soluciones que después, por desgracia, no aparecen por ninguna parte. Busca con su palabrería hueca que el FMI y la Unión Europea suelten las decenas de miles de millones que necesita para ir haciendo frente a la deuda pública, cueste lo que cueste, y así poder llegar a final de la legislatura. Y el ajuste, si hay que hacerlo, ya se hará o que lo haga quien venga detrás. Mientras tanto y no, Zapatero alardea constantemente de una austeridad de lo más exquisito en cuanto a las políticas de gasto se refiere.
Pero a pesar de todo, el despilfarro continúa y no parece tener fin. El déficit público alcanzó la no despreciable suma de 22.878 millones de euros, en términos de caja, durante los primeros cinco meses de 2010. El agujero de las cuentas públicas sigue creciendo y roza ya los 23.000 millones de euros, cifra notablemente superior a los 19.102 millones de euros que se registraron en el mismo periodo del año 2009.
El Gobierno, en cambio, eligió otra óptica para quitar hierro a estos pésimos datos y minimizar así en lo posible el agujero de las cuentas del Estado. Para ello deja de lado las cifras reales y acude a simples estimaciones, al computar los ingresos y los pagos cuando se comprometen y no en términos de caja. De este modo rebajan el déficit de esos primeros cinco meses de este año a la engañosa cifra de 18.818 millones de euros, el 1,79% del PIB. Pues los ingresos estimados de ese periodo ascienden a 51.688 millones de euros, un 15,6% más que en el mismo periodo de 2009, mientras que los gastos alcanzaron los 70.506 millones, un 9% más que en los mismos meses del año precedente.
El endeudamiento público exagerado, más que a las medidas de apoyo y al estímulo a la actividad, responde a la caída de la actividad económica. Donde más se ha notado este impacto ha sido en las Comunidades Autónomas y sobre todo en los Ayuntamientos, tan ligados unas y otros al ciclo de la construcción. El frenazo inmobiliario ha dado lugar a esos déficit tan elevados en las administraciones periféricas, tanto autonómicas como municipales. A pesar de la precaria situación en que se mueve la economía española en la mayoría de los grandes municipios y en las Autonomías, aún no se ha puesto en marcha un riguroso control del gasto tendente a frenar el crecimiento del déficit. Ni el propio Estado se ha molestado hasta ahora en controlar los suntuosos gastos municipales y autonómicos.
La deuda de los entes territoriales, en el tramo final de 2009, aumentaba ya a un ritmo endiablado del 29%. Y en el primer trimestre del año actual, no le va a la zaga y ha aumentado en un 28% para las Autonomías y en un 15% para los Ayuntamientos. En estos momentos, la deuda acumulada por las Autonomías sobrepasa ampliamente los 95.000 millones de euros, algo más de un 9% del PIB. En los Ayuntamientos, la deuda acumulada ronda el 3,5% del PIB. La deuda a proveedores de las Comunidades Autónomas, en estos momentos, es superior a la deuda griega. Como no se ha hecho nada para frenar el gasto ni por las autoridades autonómicas ni por el Gobierno central, la escalada alcista del déficit y de la deuda ha sido extremadamente elevada desde hace dos años para acá.
Nuestro Gobierno se las ve y se las desea para colocar deuda entre los inversores extranjeros y la que coloca, lo hace a base de multiplicar los costes, ofreciendo rentabilidades tan sumamente altas que resultan ya prohibitivas para el Estado. Renovar nuestra deuda, nos cuesta nada menos que 200 puntos más que a los alemanes. Y es que el agujero en las arcas públicas es de tal calibre que, sin recortes drásticos en los gastos habituales del Ejecutivo, que será poco menos que imposible la recuperación económica española. Al grave problema de los números rojos en las cuentas públicas se unen la subida generalizada de impuestos y el estancamiento del consumo, que previsiblemente se acentuará aún más con la subida del IVA, con lo que se lastrará aún más nuestro despegue económico. Con estas premisas, no será posible frenar la caída libre del Producto Interior Bruto en nuestro país.

Barrillos de las Arrimadas, 1 de julio de 2010

José Luis Valladares Fernández

sábado, 27 de marzo de 2010

LA FARSA DEL PLAN E

Se denomina Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo o simplemente Plan E, al conjunto de medidas de política económica, ideadas por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, para hacer frente a la mayor crisis de nuestra historia. Se trata supuestamente de crear puestos de trabajo, impulsando la actividad económica a base de movilizar grandes cantidades de dinero público. En teoría, todo muy bien, pero en la práctica ha resultado un blof manifiesto y ciertamente nefasto.
Para Zapatero, el Plan E ha sido todo un éxito, ya que, según confiesa, contribuyó claramente a que las listas del paro moderasen su ritmo loco de crecimiento. De ahí que, sin pérdida de tiempo, pusiese en marcha una segunda edición de dicho Plan, eso sí, corregida y aumentada. Los resultados del Plan E inicial, diga lo que diga el Gobierno, han sido más bien raquíticos y contraproducentes, ya que ha contribuido a aumentar nuestro déficit público. Se trata de una simple medida del Ejecutivo, tan mezquina, que es imposible que aporte soluciones a la grave situación económica, que en España ha sido especialmente virulenta.
La miopía de Zapatero le lleva a ver de modo muy distorsionado los efectos del Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo. Piensa que, con este tipo de planes, nuestra economía, recuperará en breve la senda de crecimiento sostenido, mejorando notablemente la productividad de sectores tan fundamentales como el transporte, la energía y hasta los servicios y la propia administración. El Plan E cuanta supuestamente con cuatro líneas claras de actuación, apoyo a las empresas y a las familias, fomento de empleo y medidas financieras y presupuestarias. Que sean efectivas para dar respuesta adecuada a la crisis económica, es ya otro cantar.
Con este Plan E se ha intentado impulsar, a base de dinero público, la actividad económica española. Y aunque se adapte, como dice Zapatero, a las directrices y recomendaciones internacionales que vienen marcadas por el G-20 y por el Programa Europeo de Recuperación Económica, los resultados, hasta ahora, han sido pobres e incluso desfavorables. Pues ha supuesto un dispendio enorme de dinero público en inversiones claramente improductivas, que no generan riqueza alguna.
La primera línea de actuación, evidentemente, tiene como principal objetivo impulsar la creación de empleo. Para que esta línea de actuación fuera más eficiente, se crea un Fondo para Entidades Locales y otro Fondo Especial para la Dinamización de la Economía y Empleo. Esto implica la movilización de importantes cantidades de dinero. Así y todo el éxito fue más bien exiguo, tanto en número de puestos de trabajo logrados, como en la calidad de los mismos.
Las líneas de actuación de apoyo a la familia y apoyo a las empresas también han resultado ampliamente infructuosas, a pesar de las medidas de carácter fiscal arbitradas en su apoyo. Pues ni las familias ni las empresas tuvieron acceso libre a líneas de crédito para financiarse de acuerdo con sus necesidades. A pesar de la línea de actuación que, de manera coordinada con los demás países de la Unión Europea, trató de proporcionar fluidez al sistema financiero español, la banca carecía de la precisa liquidez para mantener abierto el canal de crédito hacia estos dos colectivos. Pues es enorme la dificultad con que se encuentra la Banca para captar fondos, como consecuencia de la morosidad ocasionada por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Además, para mayor inri, se la obliga a financiar en el exterior, en euros y a largo plazo, la mayor parte del déficit corriente español. Dadas estas circunstancias, apenas si alcanza el dinero para refinanciar, a un coste razonable, los correspondientes vencimientos anuales.
En el Plan E primitivo se derrochó dinero a espuertas en gastos inútiles para aligerar provisionalmente las listas del paro. Ni un solo euro de dicho Plan se destinó a inversión productiva, que es la única capaz de generar riqueza y de mejorar las expectativas de creación de empleo estable y sostenido. Se gastó el dinero en levantar y ensanchar aceras, construir pistas de pádel, alguna que otra piscina de verano y otra serie de trabajos por el estilo. Ninguna de las obras que se realizaron, con cargo al Plan E, era urgente y ni siquiera necesaria.
Y el dinero público previsto para el Plan E actual, según todos los indicios, lleva exactamente el mismo camino: se olvidan de las aceras y ponen el acento en cuestiones paisajísticas y en itinerarios peatonales; hay previstos spas, y campos de fútbol de césped artificial y gran cantidad de kilómetros de carriles bici. Como en el primer Plan E, vuelven a construir pistas de pádel, piscinas de verano y a derrochar, sin control alguno, el dinero del contribuyente. Este Plan E coincide en un punto con el anterior, en derrochar el dinero público en actuaciones sumamente pintorescas. Ante todo, hay que disimular y aparentar que se crean puestos de trabajo.
En el nuevo Plan E, además, se da la circunstancia de que aproximadamente un 50% del dinero previsto se pierde por el camino, sin servir, en ningún caso, para los trabajos reales a los que va destinado. De ese fondo, para empezar, hay que detraer el importe del IVA que esté vigente en el momento de hacer los pagos. Esto, claro está, sin contar el 20% de los fondos que los Ayuntamientos destinarán a gastos corrientes y otro 20% reservado para la compra de equipamientos. A esto hay que agregar los gastos necesarios para reciclar y trasladar los carteles o vallas publicitarias al lugar de la nueva obra. Pero de inversión productiva, nada de nada.
El Plan Español para el Estímulo de la Economía y del Empleo, al que Zapatero vincula la creación de muchos puestos de trabajo, ha sido duramente criticado hasta por Rodríguez Ibarra. En unas declaraciones a La Gaceta, el que fuera presidente de Extremadura, dice que el Plan E es “el gran PER nacional”. Ha dado en el clavo. La definición es corta, pero no puede ser más gráfica.

Gijón, 26 de marzo de 2010


José Luis Valladares Fernández