Uno
de los filósofos presocráticos más destacados de la antigua Grecia fue, sin
duda alguna, Parménides. Una de sus enseñanzas estrella era que nuestros
sentidos nos engañan, ya que nos transmiten sensaciones erróneas que provocan en
nosotros la ilusión de que nos movemos y de
que también se mueve todo lo que nos rodea. Y el movimiento no existe,
es una falacia sensorial porque, según su doctrina básica, lo que es, es
eterno, ingente e imperecedero, ya que de nada carece, es integro y por lo
tanto inmóvil. De ahí que, según
Parménides, todo lo que los mortales pensaron que era verdadero, se queda en un
simple conjunto de nombres para designar cambios y mutaciones que en realidad no existen.
Y
Zenón de Elea, uno de sus discípulos directos, para explicar debidamente las
tesis de su maestro, elaboró una serie
de paradojas o sofismas, entre las que sobresale la que presenta al
corredor Aquiles compitiendo en una
carrera nada menos que contra una tortuga. Aquiles, que era muy ligero, confiaba
ciegamente en sus posibilidades y no tuvo inconveniente alguno en dar
inicialmente una gran ventaja a la tortuga. Cuando la tortuga había ya hecho una
buena parte del camino, sale Aquiles y en poco tiempo recorre la distancia que
los separaba, pero se encuentra con la sorpresa de que la tortuga ya no estaba
allí, pues había avanzado otro pequeño
trecho. Sigue corriendo, pero al llegar de nuevo donde está la tortuga, ésta ha
avanzado un poco más. Y así una y otra vez, hasta que Aquiles se da cuenta de
que no puede ganar la carrera, porque la
tortuga siempre estará por delante de él.
Esta
aporía de Zenón podemos aplicarla tranquilamente a los esfuerzos más o menos
desesperados que hace Mariano Rajoy y su Gobierno para reducir
significativamente nuestra disparatada
deuda y mantener el déficit público dentro de unos márgenes razonables y como
Aquiles, va siempre detrás de la tortuga. Cuando recoge lo recaudado con el
incremento del IRPF y con la subida del IVA para amortizar deuda y mejorar
nuestro déficit, se encuentra con que ha habido nuevos gastos y se ha
complicado aún más nuestra situación económica. Los gastos, como la tortuga,
siguen en cabeza de carrera. Y todo porque hemos preferido aumentar los
impuestos sin ocuparnos de racionalizar adecuadamente los gastos.
Los
datos no pueden ser más descorazonadores. Desde enero hasta julio, se desboca
el déficit de la Administración Central, alcanzando la cifra de 48.517 millones de euros, nada menos que
un 25,8% más con respecto al año pasado. Esto representa ya el 4,62 del PIB y
nos hemos comprometido solemnemente con Bruselas a no superar el 4,5% de
déficit al finalizar el año 2012. Llevamos contabilizados hasta julio un gasto
de 100.694 millones de euros y los ingresos totales no han sobrepasado los 52,
177 millones de euros. Dicen que todo esto es debido a las transferencias
realizadas a las Comunidades Autónomas y a la Seguridad Social. Será verdad,
pero el abultado desfase entre ingresos y gastos está ahí y, además, no es
precisamente pequeño.
Además
de las complicaciones provocadas por la constante subida del déficit público,
la deuda también es motivo de preocupación. Durante ese mismo período de
tiempo, los gastos financieros se dispararon llegando hasta los 20.030 millones
de euros, lo que supone un aumento del 115,9%.
Y todo esto porque la deuda pública, lo mismo que los intereses, no han parado de crecer en todo lo que va de
año. El calendario de vencimientos también contribuye notablemente a ese
incremento desmedido de gastos financieros.
Es
tan complicada nuestra situación que las medidas de medio pelo son
absolutamente inútiles y hasta contraproducentes. Es cierto que la salida de la
crisis es posible, pero el Gobierno de Mariano Rajoy está complicando innecesariamente
nuestra recuperación económica y, si cabe, agravando aún más nuestros
problemas. Es un error de bulto fiarlo todo a unos duros recortes y a una elevación
desmesurada de impuestos. A los ciudadanos de segunda se les está esquilmando,
al confiscarles descaradamente la mayor parte del fruto de su trabajo. Entre
IRPF, IVA y otros impuestos determinantes del alza de los precios de la luz,
del gas y de otros muchos artículos, la clase media ha tenido que soportar una
subida de las cargas fiscales de nada menos que 12 puntos.
Y
el Gobierno de Mariano Rajoy, entre tanto, sesteando tranquilamente y observando al pie
de la letra aquello de que “En tiempos de crisis no hacer mudanzas”, que dijo
San Ignacio de Loyola. Es cierto que han hecho algunas reformas, pero buscando
siempre salvaguardar los exagerados privilegios de la casta política. Urge la
reforma energética, y ya es hora de completar la reforma del sistema
financiero, despidiendo sin miramiento alguno a los malos gestores que llevaron
a la ruina a las entidades bancarias. Pero ante todo, abordar
decididamente y sin miedo la reforma de
las administraciones públicas.
El
Estado de las Autonomías, tal como lo conocemos, en la actualidad es
absolutamente insostenible. Con la burbuja inmobiliaria en su auge, mal que bien,
se iba manteniendo el sistema con las mordidas de los permisos, los cambios de clasificación de terrenos y
otros ingresos atípicos que tenían el mismo origen. Pero todo esto se
volatilizó al estallar dicha burbuja. A pesar de todo, y para mayor gloria de
la casta política, se mantiene contra viento y marea nuestro modelo
administrativo, que es sumamente caro, ineficiente y que, para más INRI, es una
fuente inagotable de deslealtad constitucional y generadora de grandes dosis de desconfianza de nuestros
socios europeos.
Para
sanear las cuentas públicas no hay más que un camino, que no es otro que el de
ajustar rigurosamente los gastos, sin incidir demasiado en los impuestos. Los
responsables políticos, hasta ahora, han optado equivocadamente por aumentar la
recaudación en vez de reducir convenientemente los gastos corrientes derivados,
sobre todo, de nuestra desmesurada estructura administrativa. Una fiscalidad
extremadamente alta, en tiempos de crisis, estrangula el consumo y, por lo
tanto, dificulta la recuperación económica. Acertaba Mariano Rajoy cuando, en 2010, protestaba
porque Rodríguez Zapatero subía el IVA y aseguraba rotundamente que “subir el IVA es un disparate”, porque “la subida del IVA afecta
fundamentalmente a pensionistas y parados”.
Pero no acierta cuando el mismo decide subir el IVA contra todo
pronóstico, y nos coloca entre los países de la Unión Europea que más impuestos
pagan, por delante de Alemania y Francia.
Está
visto que los responsables de los partidos políticos, incluidos los del Partido
Popular, antes que tocar el Estado de las Autonomías, prefieren recortar el
estado de bienestar. Y esto no es lógico, ya que la mayor parte de nuestros
problemas económicos se deben a esa mastodóntica administración que padecemos. Así
como José Luis Rodríguez Zapatero se durmió en los laureles y no hizo
prácticamente nada a derechas para revertir la situación, Mariano Rajoy
efectuó unas reformas valientes y
decididas, pero que no han surtido el efecto esperado. El motivo principal de la
ineficiencia de tales medidas hay que buscarlo en el tamaño y en la complejidad
de nuestro sistema de administración que suscita entre nuestros socios europeos
y en los mercados internacionales toda clase de suspicacias y ninguna esperanza
de que, sin un cambio drástico, salga a flote nuestra economía. También es causante de enormes recelos la
actitud beligerante de las autonomías de Cataluña y Andalucía que prácticamente
se declaran en rebeldía. Cataluña, como berrinche por no conseguir el Pacto
Fiscal, se decanta ahora por la secesión y Andalucía se niega a reducir el
déficit.
Es
urgente simplificar y racionalizar nuestra administración y recobrar por parte
del Estado competencias que nunca debieron ser transferidas como Justicia,
Sanidad y Educación. Más que en la recaudación para reducir deudas, hay que
poner el énfasis en la eliminación de gastos inútiles para recuperar la
economía. Son muchos los gastos superfluos invertidos tontamente en mantener
artificialmente muchos órganos absurdos que no sirven nada más que para
consumir superfluamente cantidades ingentes de dinero. Hay que acabar, hoy
mejor que mañana, con las duplicidades administrativas, las empresas públicas, las
agencias, las fundaciones y los distintos comederos creados intencionadamente
para repartir toda clase de prebendas entre los familiares y amigos más cercanos.
Nadie
nos gana a gastar estúpidamente el dinero que no tenemos. El multilingüismo
absurdo del Senado nos cuesta 6,000 euros por sesión, quemados estúpidamente
para mantener la traducción simultánea en un foro donde todos hablan el español.
Para empezar, hasta el mismo Senado es una institución tan perfectamente inútil
e igual de cara que las Autonomías. Pero a pesar de todo mantenemos esta Cámara,
como mantenemos las Autonomías, para dar cobijo a un buen número de santones de
la política, porque no han aprendido a ganarse la vida de otra manera. Esperemos
que algún día cambie esto.
Gijón,
15 de septiembre de 2012
José
Luis Valladares Fernández