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jueves, 2 de julio de 2020

HABLEMOS CLARO


XII.- Los estragos de la incompetencia y la mala fe


Hay que reconocer que Pedro Sánchez, el iluso presidente  del Gobierno que padecemos, tiene el síndrome del  pavo real, y busca desesperadamente el respeto y la admiración de los que le rodean. La naturaleza, es verdad, fue bastante magnánima con él en el aspecto meramente físico, pero muy tacaña a la hora de dotarle de otras cualidades más importantes y necesarias. Y al ser tan vanidoso, es normal que recurra a la falsedad y al engaño para ocultar sus puntos débiles y sus múltiples y evidentes defectos y carencias.

Y como todos los personajes fuleros, necesita perentoriamente sentir los vítores y el aplauso de sus palmeros.  No es de extrañar, por lo tanto, que se deshaga en elogios de sus cacareadas cualidades y de sus supuestos logros, para despertar el interés y la admiración de los suyos. Y por supuesto para ser fuertemente envidiado por unos y por otros. Y para ver cumplidos sus deseos, recurre habitualmente, cómo no, a la mentira y a la manipulación, que es lo único que sabe hacer muy bien, porque lo viene practicando desde su más tierna infancia.

Y no podemos esperar que, con un mentiroso compulsivo como Pedro Sánchez en la Presidencia del Gobierno, se solucionen nuestros problemas económicos y podamos recuperar nuevamente nuestro pasado Estado de Bienestar. Hay que tener en cuenta que lleva siempre puesta la máscara o el disfraz del superdotado, del que todo lo sabe, y no es nada más que un simple neófito sin desbastar. Tampoco podemos esperar nada de sus ministros, ya que, en líneas generales, están cortados por el mismo patrón que su presidente.

Es verdad que, entre los ministros actuales, no hay nadie que destaque por su ingenio y por su valía. Y es lógico que así sea, ya que el presidente Sánchez es tan orgulloso y autosuficiente, que no tolera en su equipo, a nadie que sobresalga, que le pueda hacer sombra y le robe los aplausos. Prefiere rodearse de medianías, que sean conscientes de sus limitaciones, que acaten sumisamente las indicaciones del jefe y que sepan disculpar sus equivocaciones. Tienen que ser maestros, eso sí, en el manejo de la mentira y el engaño, para que le ayuden a embaucar de manera aparentemente amistosa a la sociedad.

Es indudable, que Pedro Sánchez ha perdido el contacto con la realidad. Pero va siempre de sobrado por la vida y, como hacen todos los aventureros políticos, consigue sus propósitos jugando con las cartas  marcadas  y recurriendo constantemente  a los embrollos y a los enjuagues más variados. Y aunque parezca extraño, casi siempre sale airoso. Así fue como se hizo con las riendas de un partido político histórico  tan importante como el PSOE. El proceso seguido fue muy sencillo. Para manejar el partido a su antojo, lo desguaza y, cuando ya no había focos de resistencia, lo puso sin más al servicio exclusivo de su poder personal.

lunes, 4 de noviembre de 2013

GRAN FRACASO DEL ESTADO DE BIENESTAR

El origen del “Estado del Bienestar” se remonta a 1945 y es un intento loable de apartar definitivamente a los ciudadanos de los terribles traumas que vivió como consecuencia de la “Gran Depresión” de 1929, que desembocó en la Segunda Guerra Mundial. Fue en Estados Unidos donde,  por iniciativa de su presidente Roosevelt, se pusieron las bases de un “Estado del Bienestar” incipiente, creando campamentos de trabajo para ocupar a los desempleados, principalmente en trabajos de conservación de parques naturales y de espacios verdes.

Algo más tarde, el economista John Keynes, ministro de Economía de Gran Bretaña, trata de emular a Estados Unidos y pone en marcha este mismo proceso en el Reino Unido, desde donde se extendió posteriormente a toda Europa. En primer lugar, prescindió del oro como patrón del sistema financiero internacional, dejó que el valor de la moneda dependiera prácticamente de la  confianza de los inversores. Propugnó la intervención del Estado en la economía y,  como Roosevelt en Estados Unidos, procuró que aumentara el consumo público y privado para acelerar la salida de la crisis económica.

Según Keynes, la inversión privada es fundamental para reactivar la economía. Y si esta no se produce, el Estado tiene entonces que elevar el nivel de su inversión para incrementar convenientemente el gasto público y recuperar así la demanda. Considera que los empresarios cometen un grave error si, cuando llega una situación de desempleo generalizado, reducen el sueldo de sus trabajadores. Con tan inoportuna medida, se contraería aún más el poder adquisitivo de un buen número de ciudadanos. Esto se traduciría inevitablemente en una merma considerable del consumo, que afectaría negativamente a los propios empresarios y terminarían por verse obligados a cerrar sus empresas o a despedir a parte de sus trabajadores.

Podemos decir, por lo tanto, que el Estado del Bienestar nació a la sombra de una tremenda crisis económica mundial, la llamada “Gran Depresión” y se está ahora deteriorando peligrosa y rápidamente como consecuencia de otra crisis económica mundial, que está haciendo verdaderos estragos en varios países europeos y que se está prolongando bastante más de lo previsto. En la “Gran Depresión” dieron muy buenos resultados la iniciativa de Roosevelt y las recomendaciones de John Keynes. Hoy, en cambio, huimos del keynesianismo y optamos, no se si acertadamente o no, por exigir sacrificios e imponer recortes a los trabajadores y a los jubilados, que son los que menos culpa tienen  de esta crisis tan profunda.

viernes, 18 de mayo de 2012

ERA YA LO QUE NOS FALTABA




En los carteles publicitarios de 1948 comenzó a promocionarse el turismo en España con un slogan, creado por alguien que nos conocía muy bien y que literalmente decía: "Spain is beautiful and different" y que, poco tiempo después, derivó en  "Spain is different" o “spanish is different”. Semejante slogan, en cualquiera de las dos variantes, nos retratan  de cuerpo entero. Los españoles somos incorregibles, vamos por la vida de matones y de perdonavidas. Fanfarroneamos desmedidamente con nuestros logros, con nuestras obras y hasta con la marcha de nuestras instituciones políticas o religiosas.

Una prueba fehaciente de nuestra singularidad es que, si algo sale mal, seguirá siendo bueno y nadie osará modificarlo. Es el caso de nuestro Estado de las Autonomías. Al igual que Pandora, la mujer mitológica de la teogonía del poeta  Hesíodo, abrió su caja para que se desparramaran  libremente todas las desgracias humanas, los padres de nuestra Constitución hicieron prácticamente lo mismo creando las Comunidades Autónomas. La intención sería muy buena: diluir las aspiraciones separatistas de algunos grupos políticos del País Vasco, de Cataluña y de Galicia. Pero el resultado no pudo ser peor.

En vez de calmar a los separatistas, con el Estado de las Autonomías dieron más alas a los partidos nacionalistas para dar pasos comprometedores y de difícil vuelta atrás hacia la separación de España de sus respectivas regiones. Ahí están, para confirmarlo, las reformas estatuarias que se fueron aprobando, tendentes a consolidar los intereses caciquiles y clientelares de los nacionalistas que estaban al frente de los gobiernos autonómicos. Reformas que, por otra parte, tienden lamentablemente  a dinamitar la igualdad entre los ciudadanos de las distintas comunidades autónomas y la necesaria solidaridad entre los españoles.

Con el Estado de las Autonomías se creo una estructura administrativa tan compleja que, aparte de los inevitables problemas políticos, no hay dinero que aguante su mantenimiento. Ahora ya no tenemos un presidente, tenemos dieciocho presidentes o veinte, si tenemos en cuenta las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Además del Congreso y el Senado, tenemos otros diecisiete parlamentos autonómicos, uno por cada Comunidad Autónoma. Y como todos ellos tienen capacidad legislativa, cada Comunidad tiene sus propias leyes particulares que complican enormemente la apertura de nuevas empresas. No tenemos un solo tribunal supremo, tenemos diecisiete tribunales supremos, no se cuantos defensores del pueblo e infinidad de canales  públicos de televisión, algunos nacionales y otros autonómicos,  y varias  emisoras de radio.

Aunque estamos  ante una estructura administrativa completamente enrevesada y atípica, los políticos profesionales reconocen unánimemente, cuando hablan en público, que la implantación  del Estado de las Autonomías ha sido un verdadero acierto, ya que su desarrollo ha resultado altamente beneficioso para la democracia española. Aseguran incluso que fue un auténtico acierto conceder la autonomía a todas las regiones de España porque, de esta forma, se obliga a las autonomías históricas a ser moderadas a la hora de reclamar poderes, ya que saben que habría que dárselos a todas.

Esos mismos políticos, en ambientes privados, reconocen la excesiva  complejidad y hasta el desmadre de las autonomías, y que es urgente al menos la fijación clara de mecanismos de coordinación que  salvaguarden la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, siguiendo el mandato de nuestra Constitución, y que, a la vez,  limite prudencialmente las desmedidas exigencias de los poderes autonómicos. Reconocen igualmente  el desbarajuste económico que supone mantener este sistema autonómico tal como lo conocemos hoy. Pero no van más allá. Nadie se atreve  a simplificar semejante estructura administrativa haciéndola más racional,  bastante más eficaz y menos costosa.

La izquierda, con responsabilidades de Gobierno o sin ellas, está donde estuvo siempre, a su bola, pendiente exclusivamente de sus intereses particulares, de rentabilizar en beneficio propio cualquier situación que se produzca. La izquierda es muy engreída y va siempre  de sobrada. Piensa que ha sido ella la que ha traído el Estado de Bienestar y que, por lo tanto, tiene más derechos que nadie para gobernar. Y si los resultados electorales son adversos, organiza todo tipo de protestas y algaradas y busca en la calle lo que no ha conseguido en las urnas.  La izquierda siempre ha sido mucho  más insidiosa y más falaz que la derecha.

La derecha, en cambio, es bastante más timorata y asustadiza que la izquierda. Parece talmente que se acompleja cuando llega al Gobierno, y es reacia a tomar decisiones. Hasta da la sensación a veces de que pide perdón a sus adversarios políticos por haber ganado las elecciones. Nunca nadie, hasta ahora, había logrado una mayoría absoluta tan amplia como la conseguida por el Partido Popular en las últimas elecciones generales. Los ciudadanos españoles les dieron prácticamente carta blanca para gestionar el Gobierno y arreglar los estropicios  causados por Zapatero en los casi ocho años que estuvo al frente del Ejecutivo.

El Partido Popular es tremendamente reacio a tomar decisiones en solitario que signifiquen un cambio en contra de la voluntad de los socialistas. Es cierto que circunstancias extremadamente graves y urgentes les han obligado a hacer muchas cosas, alguna de ellas muy importantes, entre las que destaca la reforma laboral. Pero llevan ya cinco meses en el Gobierno y no han sido capaces de anular por decreto las subvenciones que cobran oportunamente ciertas Fundaciones y ONGs, la mayoría de ellas vinculadas al PSOE y que fueron aprobadas con toda la malicia del mundo por el Gobierno saliente cuando este  estaba ya en funciones. Las más jugosas van destinadas, como siempre, a atender los derechos sexuales y reproductivos de varios colectivos de mujeres y los consabidos grupos de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales.

¿Alguien piensa que, si hubiera sido al revés, los socialistas hubieran dejado pasar cinco meses sin remover hasta los cimientos de las televisiones públicas, del Tribunal Constitucional y hasta del Banco de España y de otros organismos oficiales? Y si se encontraban con alguna norma que lo impidiera, allanarían  inmediatamente el camino con un oportuno decreto ley. El Gobierno de Rajoy, en cambio, espera pacientemente a que se le mueva el cuajo a Rubalcaba y pacte una nueva composición de los mismos.

Han pasado ya cinco meses de la llegada de Mariano Rajoy a La Moncloa, avalado por una mayoría absoluta abrumadora y Miguel Ángel Fernández Ordoñez continúa siendo el Gobernador del Banco de España, a pesar de su deficiente supervisión de las entidades de crédito. Debido a su punible pasividad y a su olvido del servicio de inspección, no se si intencionado, hemos padecido el mayor desbarajuste financiero español de la historia. No supo o no quiso frenar el insostenible crecimiento del crédito bancario que llevó a las Cajas de Ahorro al borde del colapso.

Y ahí sigue también sin renovarse el Tribunal Constitucional. Se trata de un organismo tremendamente politizado y, en consecuencia, la mayor parte de sus miembros están más preocupados de enmendar la plana al Supremo y de prestar un servicio efectivo al PSOE, que de interpretar correctamente la Constitución.

Y ahí está, sobre todo, la Corporación de RTVE esperando incomprensiblemente ese cambio que no llega. Aunque desde la renuncia de Alberto Oliart en julio de 2011, la presidencia de RTVE está vacante, el personal de la Corporación sigue fiel a los postulados marcados por los socialistas, promoviendo incansablemente, como en los mejores tiempos, el trasnochado sectarismo de izquierdas. Los socialistas procuran estirar esta bicoca para contar, durante el mayor tiempo posible,  con el extraordinario apoyo de los profesionales de medios de comunicación tan importantes como las televisiones públicas. El Partido Popular, sin embargo, respetando pasados acuerdos con el PSOE, aguanta el chaparrón y espera pacientemente algún tipo de acuerdo.

Desde que Mariano Rajoy es presidente, ha habido ya demasiados viernes de dolores para los de siempre, los trabajadores y jubilados. Casi todos los viernes ven desesperanzados como va mermando progresivamente su poder adquisitivo a base de recortes y porque sube la luz, el gas y el transporte y demás servicios básicos. Y esperan de vez cuando la llegada oportuna  de algún viernes de gloria, anunciando el cierre definitivo de los grandes agujeros negros que lastran  nuestra economía y nuestro Estado de Bienestar, por ejemplo la privatización de las televisiones públicas y la simplificación de nuestra estructura autonómica. Aunque todo apunta lamentablemente a que no va a ser así.

El desastre contable de los medios de comunicación públicos no puede ser más claro. Durante 2010, primer año sin soporte publicitario, las televisiones públicas costaron al erario español la friolera  de 2.314 millones de euros, de los cuales  1.918 fueron cubiertos con subvenciones y los 396 restantes a base de aportaciones  de los gobiernos autonómicos. Una cifra, como se  ve, muy superior a los 1.530  millones que se ahorró el Estado con la congelación de las pensiones decretada por Zapatero. Y aún así, a pesar de estas ayudas extraordinarias, cerraron el año con unas pérdidas de 536 millones de euros, que tenemos que sumar a la deuda acumulada de  1.504 millones de euros que vienen arrastrando de atrás.

La privatización de estas cadenas  solucionaría definitivamente este problema y ahorraríamos un dinero que nos vendría muy bien para tapar otros huecos. Pero está visto que ni Rajoy, ni su Gobierno, están por la labor. Prefieren mantener indefinidamente semejante hipoteca, aun que no se para qué, ya que la derecha nunca ha sabido servirse de ella con la maestría con que acostumbra a hacerlo la izquierda. Y aunque el PSOE, en circunstancias similares hubiera actuado autónomamente, el Partido Popular, demasiado tarde para sus intereses, comenzó ya a proponer nombres para consensuar al futuro responsable de RTVE.

El primer nombre propuesto fue el del gallego Francisco Campos que, como era de esperar, fue rechazado por Alfredo Pérez Rubalcaba. Y para alargar lo más posible la situación actual, rechazarán sistemáticamente cuantos vaya proponiendo el Gobierno de Rajoy. Y al final se consensuará a alguien que, de alguna manera, insinúen los socialistas.  Podía ser el caso de Manuel Campo Vidal, actual presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión de España. Todo el mundo sabe, sin necesidad de ir a Salamanca, que Campo Vidal con quien sintoniza políticamente es con los socialistas, sobre todo con el felipismo. Y aún así, corren rumores fundados de que la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría ha llegado ya a un acuerdo con Rubalcaba para que sea este periodista el que rija en breve los destinos de la Corporación  de RTVE. Y esto era ya lo que nos faltaba.

Gijón, 12 de mayo de 2012

José Luis Valladares Fernández

martes, 3 de enero de 2012

SEGUIMOS CON PROBLEMAS EN SANIDAD

Tanto en el proceso electoral del pasado 22 de mayo como en el más reciente del 20 de noviembre, se utilizó sin miramientos, como arma arrojadiza, el Estado de Bienestar y los recortes en los servicios básicos. La crisis económica y los gastos excesivos del Gobierno central, de las Comunidades Autónomas y de algún que otro Ayuntamiento auguraban amenazantes déficits públicos que habría que controlar obligatoriamente de alguna manera. Los partidos políticos con posibilidades, conscientes de la necesidad imperiosa de un cambio radical, han comenzado a lanzar al aire abundantes consignas de austeridad.

Las últimas elecciones autonómicas propiciaron cambios de Gobierno muy sonados, como el de Castilla-La Mancha y el de Extremadura. Unos meses antes se había producido también el relevo al frente del Gobierno  en la Generalitat de Cataluña. Después de la investidura de los nuevos presidentes electos, aparece en toda su crudeza la verdadera y espeluznante realidad del elevado déficit  de las cuentas autonómicas. Se esperaba que las deudas superaran con creces lo que se decía en las comunicaciones oficiales preparadas para el traspaso de poderes. Pero la realidad sobrepasó hasta los peores pronósticos imaginados, sobre todo en el tradicional feudo socialista de Castilla-La Mancha y también en la Generalitat catalana del socialista José Montilla y del nefasto Tripartito. 

Las aberrantes deudas con que se encontró el Partido Popular en la comunidad castellano-manchega, al sustituir a José María Barreda al frente de la misma, dieron pié a que los candidatos de dicho partido a las próximas elecciones del 20 de noviembre insistieran con más fuerza en  la necesidad de aplicar políticas rigurosas de ajuste para controlar definitivamente el desmadrado déficit público. La insistencia en señalar la necesidad de ser extremadamente austeros para salir de la crisis ha despertado el temor de los ciudadanos a que se produzcan  recortes en los servicios públicos, mostrándose especialmente inquietos por si esos recortes se producen dentro del sistema público de salud.

La decisión de Artur Mas de eliminar camas en los hospitales, reducir personal e incluso cerrar ambulatorios ha contribuido decisivamente a que aumente el nerviosismo de los ciudadanos por miedo a que se haga lo mismo a nivel nacional. También ha influido mucho en esa razonable preocupación ciudadana,  el empecinamiento de los socialistas en insistir continuamente en que Mariano Rajoy tiene decidido efectuar un amplio recorte en el Estado de Bienestar. Todo esto ha influido para que la sanidad se haya convertido ya en el cuarto mayor problema de los españoles.

Todavía en el mes de julio pasado, la preocupación por sanidad solamente inquietaba al 4,3% de la población española, ocupando el décimo lugar en la lista general de preocupaciones. En la encuesta de noviembre, el porcentaje de preocupación ha crecido más de tres puntos, situándose en el 7,7%, por encima incluso de educación. Según la última encuesta del CIS, solamente hay tres cosas que preocupan  más a los españoles que la sanidad: el paro en un 83,0%, los problemas económicos en un 48,2% y la clase política en un 22,6%. Después ya viene sanidad.

Suelen presumir en el PSOE que nadie ha dotado de tantos medios económicos a la Sanidad Pública como ellos.  Que gracias a ellos, el sistema de salud español compite, en plan de igualdad, con cualquiera de los países de nuestro entorno. Y no es verdad ni lo uno ni lo otro. Relacionando el gasto sanitario con el Producto Interior Bruto, estamos casi un  punto por debajo de la media de los 15 países con mayor antigüedad en la Unión Europea. Nuestro gasto público sanitario a finales de 2007 por ejemplo representó el 6,1% del PIB, mientras que la media comunitaria estaba en un 7,06%. Si es cierto, en cambio que los socialistas aportaron al sistema  sanitario español mucha más burocracia que los demás partidos.

A pesar del desfase en gasto sanitario con relación a la media de UE, el Gobierno socialista, afortunadamente ya en su casa por decisión soberana de los ciudadanos, ponía el grito en el cielo por el elevado coste que tiene la Sanidad para las arcas públicas. Y culpaban de ello al envejecimiento innegable de la población española, al aumento demográfico  y, sobre todo, a la   espectacular escalada del número de recetas y visitas al médico por cada ciudadano español. Silenciaban, sin embargo, la excesiva burocratización que ellos introdujeron en el Sistema Nacional de Salud y que dio lugar  a que se contrataran más personas de las que objetivamente eran necesarias.

De las personas contratadas innecesariamente, las que no fueron contratadas a dedo por ser familiares o amigos del Gobierno, lo fueron porque se les debía algún favor político. Y la mayor parte de ellas para ocupar puestos directivos y de altos cargos con sueldos suculentos. Es cierto que trataron de aliviar la presión presupuestaria para garantizar la sostenibilidad de la Sanidad Pública, pero centraron equivocadamente todos sus esfuerzos en reducir el coste farmacéutico, obviando los gastos ocasionados por la inflación absurda de personal. Así que impusieron una rebaja del 15% del precio de los medicamentos con más de diez años en el mercado. Obligan a la vez a los médicos a recetar por principio activo en lugar de hacerlo  con el nombre comercial. Así, el farmacéutico estará obligado a despachar siempre el de menor precio.

La ya ex ministra de Sanidad, Política Social e Igualdad, Leire Pajín, insinuó que sería muy interesante que los ciudadanos abonaran una cantidad “simbólica” por ir al médico. Según ella, ese copago sanitario “simbólico” garantizaría un uso más racional de los servicios médicos y serviría además para “garantizar la sostenibilidad” del Sistema Nacional de Salud. Pero ni Leire Pajín, ni los demás miembros del Ejecutivo se atrevieron a poner en marcha una medida disuasoria como esta, para reducir las visitas de los usuarios a los médicos, por el enorme impacto social negativo que hubiera causado.

El presidente de la Generalitat catalana, Artur Mas, si se atrevió a exigir a los usuarios  un euro por receta despachada, pero tal medida no va a suponer ninguna solución definitiva al desfase presupuestario de Sanidad, como tampoco hubiera solucionado el problema el Gobierno central  si hubiese implantado el  copago sanitario. Quizás habría supuesto un alivio inicial, pero nada más. Para llegar a una solución contable firme, más que recortes en los servicios y mucho más que imponer ocasionalmente cargas adicionales al usuario, se necesita gestionar mejor los recursos disponibles, optimizando su utilización de la manera más rentable posible.

Una mejor gestión de los recursos disponibles implica, ni más ni  menos, organizar mejor los procesos, los medios de diagnóstico y las formas de trabajar para ser más eficientes. Y para conseguir esto, es preciso que se prescinda rigurosamente de la jerarquía política y entregar la dirección de los diferentes centros del Sistema Público de Salud a profesionales cualificados. De dirigir un servicio como éste con criterios políticos a hacerlo exclusivamente con criterios profesionales hay un abismo. Sobran también, como no, los distintos chiringuitos que se crearon en Sanidad para dar cobijo laboral a familiares, amigos y paniaguados de toda casta, que no aportan nada al sistema sanitario, salvo el incremento de un gasto inútil.

Si los servicios sanitarios dependieran exclusivamente de profesionales competentes, primaría la eficiencia sobre cualquier otra consideración de tipo político, aprovechando mucho mejor todos los recursos sanitarios disponibles. Está fuera de toda duda, que el sistema sanitario tal como está ahora no funciona y es tremendamente ineficiente. Además de dejar en manos de expertos profesionales la dirección de Sanidad, no estaría de más reducir de forma significativa las diferencias interregionales para lograr una cartera de servicios comunes. Esto supondría recuperar las competencias sanitarias y reconstruir de nuevo el antiguo Insalud, en lugar de mantener los costosos 17 sistemas sanitarios.

La dispersión de competencias de sanidad ha deteriorado notablemente  el Sistema Público de Salud, encareciéndolo de manera evidente. Con la recuperación de las competencias por parte del Estado, evitaríamos los agravios comparativos entre los usuarios de las distintas Autonomías, la atención médica mejoraría su calidad y, por si esto fuera poco, el coste de los servicios sería considerablemente inferior.

Gijón, 26 de diciembre de 2011

José Luis Valladares Fernández

jueves, 21 de octubre de 2010

EL RESPETO SE GANA, NO SE IMPONE

Hace ya tiempo que José Luis Rodríguez Zapatero perdió el norte por completo y se comporta irresponsablemente, como si fuera un adolescente de aquellos que se echaron a la calle en Francia en la primavera de 1968. Aquellos jóvenes estudiantes, para quienes los postulados de izquierdas eran auténticos dogmas de fe, pretendían cambiar con algaradas la realidad política y social que condicionaba la vida de los pueblos. Rodríguez Zapatero también pretende alterar los usos y costumbres tradicionales del ciudadano español, aunque sin utilizar los alborotos de aquellos jóvenes imberbes del mayo francés. Zapatero quiere lograrlo con prohibiciones absurdas y mediante insospechados y desatinados decretos.
El relativismo moral de Zapatero le empuja a destruir la unidad de España y a descafeinar a nuestro ejército, despojándole de sus características más esenciales, como es el honor y el amor a la patria, para convertirlo en una simple ONG. Nuestra tradicional y milenaria cultura es para él una autentica pesadilla. Por eso busca desesperadamente la manera de borrar de ella cualquier referencia a la cruz y a la religión cristiana, aunque sea ésta la mayoritaria entre los españoles. Como niega la posibilidad de que existan hechos o principios universales que podamos compartir todos, propugna una nueva cultura, e incluso una religión siempre que se adapte a las exigencias del un estricto relativismo más estricto. La moral y la ética carecen de principios y de valores absolutos. Por eso desprecia todo lo que signifique autoridad cultural o moral y le molesta que disfrutemos de la libertad que nos permite ser nosotros mismos.
La famosa Alianza de Civilizaciones, que propugna zapatero, plagiando descaradamente hasta la frase en sí, busca la forma de subvertir los valores del cristianismo. Para conseguirlo, tratan de pasar página y romper con la tradición cultural que hemos heredado de nuestros mayores. Quieren deshacerse, al precio que sea, de los “mores maiorum” de los antiguos romanos, para quienes las costumbres de sus ancestros eran de importancia capital en la vida jurídica. Más aún, llegaron a ser una de las principales fuentes del Derecho, cuya vigencia además llegó hasta nosotros a través de la denominada Ley de las XII Tablas.
Como Rodríguez Zapatero no tiene más norte que su ideología, estropea todo cuanto toca. El sectarismo que le carcome le ha llevado, entre otras muchas cosas, a poner en peligro la unidad de España, a empobrecer a las clases medias y a hacer que se tambalee el Estado de Bienestar que cree que ha inventado él. Gestiona muy mal la crisis económica, lo que da lugar a un aumento alarmante del número de parados. Para poder seguir despilfarrando dinero, congela las pensiones y recorta el sueldo de los trabajadores públicos. A la vez, eleva irresponsablemente el IVA y los demás impuestos, provocando así un estancamiento del consumo, lo que viene a agravar nuestra situación económica.
No hemos corrido mejor suerte con nuestras relaciones con los demás países. Hemos perdido la mayor parte de nuestro peso político en el contesto internacional, que había sido logrado en legislaturas anteriores a base de esfuerzo, sacrificio y buen hacer. Con Zapatero y con su ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, perdimos toda capacidad de marcar nuestra propia política y, para no quedar totalmente aislados, nos vemos obligados a compadrear con regímenes tan poco recomendables como el de Chávez, Evo Morales y los hermanos Castro. En los foros internacionales ya no significamos nada, donde, para mayor inri, hacemos el papel de correveidile de los tiranos de Cuba y Venezuela. Para que no nos falte nada, a los continuos desplantes de Hugo Chávez, se unen ahora los despropósitos del ministro principal de Gibraltar, Peter Richard Caruana.
Todo esto provoca un descontento generalizado con la gestión del Gobierno y una desconfianza creciente en la persona de quien lo dirige. No es de extrañar que las gentes llanas del pueblo, las que de verdad sufren los desaguisados del Gobierno, aprovechen cualquier ocasión para silbarles y abuchearles a rabiar, y se desgañiten pidiendo frenéticamente su dimisión del principal responsable, como sucedió el pasado día 12 en el desfile de la Fiesta Nacional. Abucheos y silbidos que fueron aumentando a medida que se desarrollaba el acto y que ni Zapatero, ni sus esbirros, supieron encajar adecuadamente.
La ministra de Defensa, Carme Chacón, preparó muy mal la parada militar, ya que, por tratar de blindar a Rodríguez Zapatero, excitó más los ánimos de los asistentes al acto. Eliminó las tribunas destinadas al público, y lo alejó incomprensiblemente del recorrido del desfile. Por si fuera esto poco, prescindió de las oportunas pantallas de televisión que facilitarían a los asistentes el seguimiento del desarrollo de los diversos actos. Y remataron el despropósito los responsables de la megafonía, que me imagino recibieron órdenes, elevando a tope el volumen de la música militar, para que la monumental bronca no pudiera llegar a las televisiones. Esa especie de cordón sanitario, además de inútil, resultó ridículo y en realidad no sirvió nada más que para cabrear más al respetable y que arreciara su bronca.
Para que el dislate fuera completo, tuvieron que salir a escena Carme Chacón Piqueras y José Blanco, lamentando en público el abominable comportamiento del respetable. Según la ministra de Defensa, fue obra de “reventadores” profesionales que se citaron a través de las distintas redes sociales y mediante los consabidos SMS para torpedear el desfile de la Fiesta Nacional. Es Carme Chacón la que tilda de indeseables y “reventadores” de actos oficiales a los que, arrastrados por su hartazgo del Gobierno, tuvieron la osadía de gritar con todas sus fuerzas aquello de “fuera, fuera” y “Zapatero, dimisión”. Ni la conversión de Saulo cuando iba camino de Damasco fue tan rápida y tan contundente como la de la ministra de Defensa. De manera sorprendente, Chacón deja de ser la Rubianes que anunciaba una de sus camisetas y se transforma de inmediato en el portaestandarte de las esencia patrias. Esto la lleva a defender a ultranza al ejército, a todos sus símbolos y a la bandera española. De ahí que esté dispuesta a prohibir por decreto este tipo de algaradas. ¡Vaya cambio más drástico!
José Blanco no se quedó atrás y dice que “la derecha y la derecha extrema” no “respetan nada” y les “vale todo”. "La derecha y la derecha extrema –dice Blanco- utilizan cualquier oportunidad para lanzar gritos contra el presidente, pero ya estamos acostumbrados a que no respeten nada, ni siquiera el homenaje a las víctimas y a los fallecidos". Por lo que parece, todo el que no está conforme con la gestión de Rodríguez Zapatero y le abuchea, es de esa infumable extrema derecha. Son de extrema derecha por lo tanto los más de cinco millones de personas que no tienen trabajo. Son de extrema derecha los millones de trabajadores públicos y funcionarios que han visto reducido su sueldo, y también todos los pensionistas a quienes han congelado incomprensiblemente su pensión. La sinvergüencería de algunos es tal que no se dan cuenta que el respeto y los aplausos hay que ganarlos, no imponerlos por la brava

Gijón, 16 de octubre de 2010

José Luis Valladares Fernández

lunes, 19 de julio de 2010

EL ABISMO ECONÓMICO CADA VEZ MÁS CERCA

Es evidente que la historia está ahí para aprender de ella y evitar así la repetición continuada de errores. Pero nuestros políticos, y muy especialmente las cabezas pensantes del PSOE actual, dan la espalda con demasiada frecuencia a los acontecimientos pasados, o como mucho los falsean torpemente de acuerdo con sus intereses particulares. Este desconocimiento de la historia, unido al hecho frecuente de que no abunda en demasía el sentido común, da origen a muchas torpezas, cuyas consecuencias podemos pagar muy caras.
Ya en la antigua Roma, cuando gobernaba el Primer Triunvirato, tenemos precedentes claros de los males que nos acucian en nuestros días y que Cicerón trató inútilmente de prevenir. La obra literaria de Marco Tulio Cicerón, y toda su actividad pública, debiera ser un referente para los que nos gobiernan. Mucho antes de que se inventara la Economía como ciencia y, por supuesto, mucho antes de que se hablara del Estado de Bienestar, escribió unas recomendaciones para que los políticos de entonces las aplicaran y evitaran así el desastre ya previsible del pueblo romano. Ni más, ni menos, las recomendaciones que debieran seguir, al pie de la letra, nuestros Gobernantes. “El presupuesto -escribía Cicerón- debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente -añadía- debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado”.
Estos problemas, que afectaban a la Roma Imperial de hace ya bastante más de 2000 años, no son muy distintos a los que soportamos los españoles en la actualidad. Pero el Triunvirato formado por Cesar, Pompeyo y Craso, que gobernaba entonces en Roma, desoyó las recomendaciones de Cicerón y aquello terminó como era previsible que terminara. Es, ni más ni menos, la misma postura que adopta ahora José Luis Rodríguez Zapatero, haciendo oídos sordos a las recomendaciones de los expertos económicos. No hay manera de que tome medidas estructurales a tiempo, aunque sean antipáticas, que reviertan nuestra crítica situación económica. Con simples ocurrencias, en vez de medidas adecuadas y efectivas, terminaremos como los griegos o de una manera muy similar.
Las recomendaciones de Cicerón son de plena actualidad y plenamente aplicables a nuestra situación económica actual. Decir que “el presupuesto debe equilibrarse” es tanto como decir que no se puede gastar más de lo que se ingresa. La recomendación del orador romano de que se disminuyera la deuda pública se traduce actualmente por reducir el gasto público. Por lo tanto, menos coches oficiales, menos gastos suntuarios a costa del erario público y, claro está, menos viajes pagados de nuestros políticos, sobre todo cuando son estrictamente privados o de partido. “La ayuda a otros países debe disminuirse” también. Así que se deben suprimir esas subvenciones absurdas, como las concedidas a los gays y lesbianas de Zimbabue o aquellas otras destinadas a la “corrección del pie zambo congénito” de la República Democrática del Congo.
“La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado”. Entonces, lo mismo que ahora, hay mucha gente que vive de papá estado y se olvida de algo tan bonito, aunque azaroso, como es la iniciativa privada. La Autocracia, lo mismo que la Servidumbre, estaban en manos de un populacho que no trabajaba y Vivía a costa del Estado. A parte de holgar, se ocupaban de facilitar la labor a los del Triunvirato, Cesar, Pompeyo y Craso, para controlar la cabeza de la República. Exactamente lo que han hecho aquí, en favor de Zapatero, los que se han apuntado a vivir cómodamente de las subvenciones.
Desaparecido Cesar de manera traumática, Roma seguía caminando firmemente hacia el desastre económico y Cicerón, que se adelantó con mucho a su tiempo, continuó denunciando valientemente tal circunstancia. Prueba de ello son las famosas filípicas y la epístola que escribió a Octavio Augusto, al que pone a caldo, ya que le culpa de que el pueblo romano perdiera de nuevo la libertad, reconquistada con la muerte de Cesar. En dicha carta, se muestra extremadamente duro con Marco Antonio. Le tilda de ambicioso y dice de él que “aspiraba a un poder más extenso de lo que consiente un pueblo libre; dilapidaba los fondos del Estado, agotaba el tesoro, disminuía las rentas, prodigaba el derecho de ciudadanía” y hasta “imponía leyes” arbitrariamente.
Las malas prácticas políticas que achaca Cicerón a Marco Antonio son calcadas prácticamente, muchos siglos después, por José Luis rodríguez Zapatero. Y si el comportamiento de los responsables del Poder en la antigua Roma llevó al Imperio al más absoluto de los fracasos económicos, es de esperar que España corra exactamente la misma suerte. De momento, y como consecuencia lógica de las ocurrencias disparatadas de Zapatero y de su política irresponsablemente atrabiliaria y mesiánica, ya hemos dejado de ser autónomos y hemos pasado a ser un país tutelado desde el exterior. No somos ya nosotros los que tomamos las decisiones económicas que juzguemos oportunas. Es la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional los que nos marcan, a partir de ahora, las líneas maestras de nuestra depauperada economía nacional. Poe suerte o por desgracia, desde el punto de vista económico, hemos pasado a ser un simple protectorado.
A pesar de esta tutela, ganada a pulso por la actuación torpe de nuestro Gobierno, Zapatero ya ha dado muestras de que busca cualquier resquicio para seguir despistando dinero para mantener adhesiones y gratificar complicidades. No en vano es ahora todo un experto en deuda y en déficit público. Su orgullo y su ambición le impiden aceptar que ha estado equivocado y que, con su actuación, nos ha llevado al borde del abismo económico. Podemos aplicarle con toda justicia, lo que, en dicha epístola, dijo Cicerón de Marco Antonio: “¡lástima que su cordura no sea tanta como su ambición!”

Barrillos de Las Arrimadas, 14 de julio de 2010

José Luis Valladares Fernández

lunes, 24 de mayo de 2010

LOS VAIVENES DEL ESTADO DEL BIENESTAR

El término “Estado del Bienestar” tiene su origen en una expresión del Arzobispo de Canterbury, William Temple, allá por el año 1945, recién terminada la segunda Guerra Mundial. Como reacción ante las nefastas y dolorosas experiencias tan recientes del “estado de guerra” (warfare state), William Temple invocaba las políticas propuestas ya en 1936 por John Maynard Keynes, como respuesta ideológica a la Gran Depresión de 1930. Para ello se le ocurrió sustituir la frase warfare state, por welfare state (“estado de bienestar”), muy similar a la anterior, pero con un significado totalmente diferente.
A partir de entonces, la frase “Estado del Bienestar” se ha venido utilizando como propuesta política que, además de resumir perfectamente las ideas keynesianas sobre la mejor forma de organizar los trabajos, encomienda al Estado la provisión de unos servicios que garanticen mínimamente el bienestar social de los ciudadanos. Esto presupone una armonización adecuada de estos tres elementos: democracia, intervención económica y bienestar social. Con el tiempo el “Estado del Bienestar”, paso a denominarse “Estado del Bienestar Social”.
Esta política del “Estado del Bienestar Social”, aunque con otros nombres más difusos, comienza a fraguarse lentamente en pleno siglo XIX, como consecuencia de la presión ejercida por el incipiente movimiento obrero sobre los gobiernos de los países europeos embarcados en su industrialización acelerada. En un principio, a pesar de la presión constante de los diversos movimientos sociales que se fueron creando, los gobiernos eran reacios a modificar la legislación para mejorar las condiciones laborales. Los avances logrados inicialmente respondían a mediadas aisladas y su valor tenía muy poca transcendencia. Pero poco a poco, y a base de tesón de las fuerzas sociales, las mejoras fueron aumentando y terminaron por consolidarse de manera definitiva.
En la primera mitad del siglo XX, con la proliferación de estados totalitarios que controlaban férreamente todas las actividades estatales de cada país, incluida la economía, los derechos sociales corrieron serios peligros y estuvieron a punto de sucumbir, juntamente con el liberalismo y la democracia que eran sus principales valedores. El peligro aumentó con la Gran Depresión, ya que las dictaduras totalitarias solucionaron, aparentemente mejor que nadie, la terrible crisis económica universal que se prolongó durante toda la década anterior a la Segunda Guerra Mundial.
Finalizada esta guerra, y gracias a las doctrinas keynesianas que postulaban la conjugación armónica del bienestar social y el crecimiento económico y bajo el impulso decisivo del liberalismo y la Democracia Cristiana, los derechos sociales se consolidaron definitivamente. Es entonces cuando los Derechos Humanos y la propia dignidad humana adquieren toda su relevancia y son respetados casi unánimemente en todos los países occidentales. A partir de ese momento, además de la defensa del orden público y velar porque se cumpla la ley, el Estado ha de hacer frente a otras obligaciones más cercanas a los ciudadanos. Ahora se debe encargar también de que la riqueza se distribuya de un modo más justo, a la vez que se constituye en protector real de los colectivos más débiles de la sociedad, dando preferencia a los más pobres y desvalidos.
Es todo un acuerdo, en consonancia con las previsiones keynesianas, entre los diversos agentes que intervienen en la producción: el Estado, los dueños de los medios de producción y los trabajadores. El Estado garantiza el proceso de redistribución de la riqueza y presta los oportunos servicios de seguridad y bienestar social y asume la responsabilidad de conseguir una situación de pleno empleo. El capital o los propietarios de los medios de producción aceptan de buen grado la redistribución de las rentas por mediación del Estado. Y los obreros, representados por los sindicatos y los partidos políticos, renuncian públicamente a cuestionar la propiedad privada.
El Estado del Bienestar Social, tal como lo conocemos, es hoy uno de los grandes e indiscutibles logros de los países europeos, copiados posteriormente por el resto del mundo. La consolidación del mismo ha supuesto que la Seguridad Social, que en un principio afectaba solamente a los trabajadores, se extienda ahora a todos los ciudadanos. Es a todos los miembros de la sociedad a los que se les reconoce el derecho a disfrutar de una pensión digna, a ser atendidos sanitariamente y poder acceder a una educación adecuada y a los demás servicios públicos que presta el Estado. El Estado de Bienestar Social se ha convertido hoy día en el sello de identidad de los pueblos más avanzados de Europa.
Como es costumbre inveterada entre los socialistas, al tratarse de algo claramente positivo, reclaman la paternidad en exclusiva del Estado del Bienestar Social, lo que no es cierto. Y menos tratándose de un socialismo sectario y radical, como el que padecemos en España. Es cierto que, en el desarrollo progresivo de este Estado de Bienestar, han tenido mucho que ver los socialdemócratas. Pero no es menos cierto que, en su desarrollo definitivo, han intervenido otros factores ajenos a esa socialdemocracia. La Iglesia misma con sus doctrinas sociales, diversas élites políticas conservadoras y algunos sectores liberales y demócrata-cristianos, han dejado su impronta en la formación y consolidación definitiva del Estado del Bienestar.
El socialismo arcaico español, liderado por José Luis Rodríguez Zapatero y sus acólitos, sí es responsable en cambio de las enormes dificultades existentes hoy día para mantener ese Estado de Bienestar Social. El Estado de Bienestar se comporta como una sociedad interdependiente, donde todos sus agentes deben dar muestras inequívocas de responsabilidad, y exige además una perfecta sincronización entre el ámbito político y el económico. Y la mística del socialismo español, exageradamente ideologizado y anclado en las formas políticas de la primera mitad del siglo XX, le lleva a un intervencionismo notable y a una exigencia de ventajas que complican la misma existencia del Estado del Bienestar.
La historia es tozuda y se repite una y otra vez. El Estado del Bienestar mejora su salud cada vez que están, al frente del Gobierno, fuerzas de tipo liberal o conservador. Cada vez que llegan los socialistas al Poder, intentan agrandar las funciones del Estado y limitar la iniciativa individual para dar pábulo a sus ansias intervencionistas. Son muy dados a los gastos suntuarios, así que el crecimiento exagerado de la burocracia estatal que provocan, les obliga a buscar nuevas fuentes de ingresos para disponer de fondos suficientes. Para ello acuden a la elevación de los impuestos y a la creación de otros nuevos, medida que los ciudadanos acaban calificando de confiscatoria y atentatoria contra la libertad.
La fiscalidad exagerada determina una disminución notable del dinero disponible para la financiación de las empresas y también para el gasto normal de los ciudadanos. De este modo se contrae el consumo, complicando aún más la viabilidad de esas empresas. El deterioro que de este modo soporta el tejido industrial se traduce evidentemente en la destrucción creciente de puestos de trabajo. Y con muchos parados, como es nuestro caso, hablar del Estado del Bienestar, resulta más bien muy irónico y sumamente sarcástico.

Gijón, 23 de mayo de 2010

José Luis Valladares Fernández

lunes, 17 de mayo de 2010

LA PENSIÓN NO ES UN REGALO

Los jubilados que escuchan con cierta asiduidad cualquiera de las emisoras públicas, terminan por convencerse que, la pensión que reciben, es algo gracioso que les proporciona el Gobierno para subsistir. Y son muchos los pensionistas que tragan semejante patraña. No piensan que el dinero de la jubilación es algo que fueron ganando, a base de enormes sacrificios, durante toda su larga vida laboral haciendo frente a unas cotizaciones establecidas. Es algo que se les debe, de manera inapelable, por estricta justicia social.
Del mismo modo que han sido convencidos de la generosidad del Gobierno socialista, a la que creen deben su pensión y los escasos porcentajes de subidas ocasionales a comienzos de cada año, toman con filosofía la congelación anunciada para el próximo año de 2011, ya que están convencidos de las monsergas con que abren los informativos de dichos medios de comunicación, en los que repiten, por activa y por pasiva, que se trata de un esfuerzo imprescindible para salvar el país. Y ahora ya no les bastan los informativos. Es tal la hecatombe económica que ha montado Zapatero, que todos sus cortesanos se ven obligados a intervenir en los programas de telebasura, donde, para mantener el embeleco, repiten una y otra vez las mismas consignas y donde, indefectiblemente, aparecen los famosos trajes de Milano de la Comunidad de Valencia. Muy mal tienen que verlo para que Pepiño Blanco suba con decisión a La Noria para vender las bondades del último tijeretazo incomprensible de Zapatero.
Parece ser que el incompetente Rodríguez Zapatero no tiene más fuentes de ingreso, que le permitan seguir con su desaforado despilfarro, que las sufridas clases medias españolas, entre las que se encuentran los jubilados. Con los pensionistas la injusticia que se comete es manifiesta. Pues en 2010, por culpa de la variación del IRPF, pasaron a cobrar menos que en 2009, a pesar de la desvergonzada carta del ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, que les aseguraba el mantenimiento del poder adquisitivo. Y esto sin tener en cuenta que, desde que acceden a la jubilación, año tras año, se les ha revalorizado la pensión siempre por debajo del coste de la vida. Hecho que se acentúa en épocas de recesión económica como la que padecemos actualmente. Se produce este desaguisado, por el sistema que se emplea para fijar la inflación que se produce a lo largo del año.
Para fijar el porcentaje de revalorización de las pensiones. El Gobierno hace una previsión, más o menos lógica, del comportamiento que experimentarán los precios a lo largo del nuevo año. El porcentaje estimado de inflación futura determina el incremento que se aplica a las jubilaciones durante los próximos doce meses. Si al finalizar el año, la inflación sufre alguna desviación, superando la previsión realizada a principios de año, el diferencial se abona con la pensión de enero. Hay que tener en cuenta que, la inflación acumulada, refleja siempre las variaciones de precios de un amplio abanico de artículos que forman la cesta de la compra.
Es evidente que no todos esos artículos sufren las mismas subidas o bajadas de precios. Y sin embargo, todos se tienen en cuenta a la hora de fijar el porcentaje de subida de las pensiones. En circunstancias normales, los pensionistas consumen casi exclusivamente artículos de primera necesidad, como la alimentación, la luz o el gas. Estas personas apenas consumen ya ropas y no adquieren electrodomésticos, ni aparatos electrónicos ni coches que, en realidad, son los artículos que suelen frenar y moderar la inflación acumulada y que entran a formar parte de la cesta de la compra, junto con los artículos de primera necesidad. Y de todos estos productos de su particular cesta de la compra, la alimentación suele tener un peso real bastante mayor. Sin más, esto ya es determinante para sufrir una pérdida evidente del poder adquisitivo.
En épocas de graves crisis económicas, como la que vive ahora España, el problema se agrava considerablemente por la contracción lógica del consumo. Tanto los coches como los muebles y demás enseres, que hacen más fácil la vida, pasan a ser objetos de lujo y dejaran de tener salida en los mercados. Si ya, en circunstancias normales, todos estos artículos apenas si varían sus precios, en tiempos de recesión son objeto de ofertas especiales para facilitar su salida. El encarecimiento normal de los productos alimenticios, la luz y los demás artículos básicos, es neutralizado con las rebajas especiales de aquellos otros artículos de lujo a los que no tiene acceso la inmensa mayoría de los jubilados. De este modo, el porcentaje utilizado para actualizar sus pensiones queda muy por debajo del encarecimiento real que han tenido que soportar.
Y ahora, a esa pérdida real de poder adquisitivo que soportan los jubilados cada año, hay que añadir la congelación de sus emolumentos. Pero ya sabemos que, para nuestros progres socialistas, el Estado del Bienestar es posible con poco dinero y teniendo que hacer verdaderos milagros contables para llegar a fin de mes. Es la consecuencia lógica del paso de los socialistas, aún sin reciclar, por el Gobierno español. Esta congelación de las pensiones obligará a más de un jubilado a engrosar lamentablemente esa abultada cifra de pobres que, en estos momentos alcanza ya a más de un 20% de la población.
Históricamente el socialismo español pierde la baba hablando del Estado del Bienestar y de las ayudas sociales que, según dicen, solamente ellos garantizan, pero no hacen otra cosa que generar pobreza y miseria. Eso si, cuando llegan al Gobierno, dilapidan hasta el último céntimo y ponen en peligro hasta la viabilidad misma de las pensiones. Y Zapatero no tiene rival, en eso de derrochar el dinero de los españoles en subvenciones absurdas y en verdaderos caprichos electorales. Y ahora, con las arcas públicas vacías, no duda en aligerar los bolsillos, ya exangües, de los pensionistas.
Después del atraco a los jubilados, perpetrado con premeditación y alevosía, Zapatero sigue a lo suyo, utilizando el erario público para comprar la paz social a los sindicatos mayoritarios y para pagar favores a los de la ceja y a los titiriteros. A pesar del mandato del Parlamento, Zapatero no se ha dado por enterado y ahí siguen esos ministerios inútiles, con personas al frente de los mismos más inútiles todavía. Lo suyo es jugar al despiste –no vale para otra cosa- y tratar de engañar a los incautos. Cuenta para ello con los medios de comunicación públicos y los amigos. Dirá que lo que hace, lo hace por responsabilidad y, por responsabilidad, lo que tenía que hacer era convocar elecciones de inmediato y largarse. El ejercicio de Gobierno no es para simples aficionados.

Gijón, 17 de mayo de 2010

José Luis Valladares Fernández

viernes, 14 de mayo de 2010

ZAPATERO NO LLEGA O SE PASA

El pobre Lazarillo de Tormes quiso armársela, una vez más, a su amo el ciego y preparó una simple paja para sorberle el vino, sin que éste se enterase. Pronto se dio cuenta el ciego de la astucia y reacciona estampando cruelmente el jarro de vino en la cabeza del pobre Lazarillo, causándole varias lesiones. A continuación el ciego, sin miramiento alguno, le lava estas heridas con vino, mientras con socarronería castellana le dice: “¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud”.
El comportamiento del ciego con el pobre Lazarillo de Tormes es imitado en la actualidad por José Luis Rodríguez Zapatero. Los españoles estamos soportando una crisis económica muy aguda, agravada considerablemente por la insensatez y la torpeza de un presidente del Gobierno totalmente irresponsable. Esta crisis ha obligado a muchos ciudadanos a reducir gastos y a sufrir privaciones, impensables pocos años antes, y hasta pasar hambre y miseria. Y ahora viene Zapatero, aunque no con la socarronería del ciego, pero sí de una manera insolente, y nos dice que la crisis que nos ha ahogado económicamente nos la cura él, imponiéndonos nuevas restricciones y dejándonos sin posibilidad de satisfacer alguna de las necesidades más elementales. Esto es: quien nos hundió en la miseria, aunque ya sin sonrisa y sin talante, se postula ahora como nuestra tabla de salvación. Y es intolerable que quien forma parte del problema quiera constituirse como nuestro salvador providencial.
El jefe del Ejecutivo español, hasta ahora, no se había preocupado lo más mínimo de la crisis. Como si estuviéramos en época de vacas gordas, seguía despilfarrando dinero público y se reía de quienes le pedían medidas concretas y estructurales que aliviaran nuestra situación económica. La crisis, según él, nos venía de fuera y pensaba que, sin hacer nada especial, cuando se arreglaran esos problemas externos, seríamos reflotados sin más. No le entraba en la cabeza que la crisis que soportamos en España es específicamente nuestra y que él es el principal responsable de la misma. No ha tenido nada que ver en esta crisis la volatilidad de los mercados financieros, ni las famosas hipotecas ‘subprime’ americanas, ni tampoco la quiebra de Lehman Brothers. Prueba de ello es que ningún país de fuera se encuentra en una situación tan precaria como nosotros.
Nuestro Gobierno fue abroncado este fin de semana pasado sin contemplaciones por los responsables políticos de Francia y Alemania, Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel. Y hasta el propio presidente estadounidense, Barack Obama, le cantó las cuarenta a Zapatero por teléfono.
Las broncas europeas y la reconvención americana incluían amenazas claras para nuestro Ejecutivo si no realizaba inmediatamente un recorte drástico del gasto público. Ángela Merkel aseguró incluso que vigilará muy de cerca de España hasta el próximo mes de junio, fecha clave por los vencimientos de nuestra deuda pública, pues quiere comprobar que ese plan de ajuste que se nos exige, se cumple exactamente y sin dilación.
La necesidad de contar con un fondo de 750.000 millones de euros para el plan de rescate de Grecia, Portugal y España ha levantado ampollas, tanto en la Unión Europea como en el Fondo Monetario Internacional. De esa cantidad, 280.000 millones van destinados a la refinanciación de la deuda española que vence durante este año de 2010, para que nuestros impagos no afecten negativamente a la moneda comunitaria. Se trata de una cantidad muy respetable, por lo que no es de extrañar que nos sometan a una vigilancia muy estrecha y nos obliguen a admitir su tutela. Quieren estar seguros de que no seguimos endeudándonos a lo loco, como ha hecho, hasta ahora, nuestro Gobierno. Zapatero ha despilfarrado alegremente el dinero que no es suyo. De ahí que le exijan, desde ya, números y resultados, sin preocuparse por las consecuencias sociales que puedan derivarse de ello.
Los rapapolvos internacionales del fin de semana han tenido la virtud de sacar al Gobierno español de su letargo habitual y, pese a las fanfarronadas pasadas de Zapatero, a éste no le ha quedado más remedio que tragarse su orgullo y anunciar desde la tribuna del Congreso un recorte drástico de gastos. En la comparecencia de ayer día 12 de mayo, con la cara demudada, se vio obligado a desdecirse de afirmaciones recientes y anunciar el mayor recorte social de la historia democrática española. Se había cansado de anunciar solemnemente que no se tocarían ni las pensiones, ni el sueldo de los funcionarios, ni nada que supusiera la más mínima merma del Estado de Bienestar. Y cada vez que había ocasión para ello, acusaba a Rajoy de haber pertenecido al Gobierno del decretazo, que había cometido la enorme infamia de congelar el sueldo a los funcionarios.
Seguro que más de uno se quedó perplejo cuando Zapatero subió a la tribuna de oradores y anunció que su Gobierno rebajará el 5% las retribuciones de los empleados públicos durante este año y las mantendrá congeladas durante todo el año 2011. Palabras mayores, ya que no se trata solamente de congelar el sueldo de los funcionarios como hizo Aznar. Incluye también una rebaja sustancial del mismo. El recorte para los altos cargos, será del 15%, equiparándolo a la rebaja que van a experimentar los propios miembros del Gobierno.
Las sorpresas no acaban aquí. Anuncia igualmente que el Ejecutivo no revalorizará las pensiones durante el próximo año, como venía siendo habitual. Se salvarán de la quema las no contributivas y las mínimas. Suprimirá el denominado cheque-bebé de 2.500 euros por nacimiento y se reducirán significativamente, ahí es nada, las ayudas a las personas dependientes. Y todo esto se va a aprobar, de manera urgente, en uno de los próximos Consejos de Ministros sin pasar, como sería lógico, por el Parlamento español. Como se ve, más que de una rectificación de posturas anteriores, se trata de una enmienda a la totalidad de la política social de Zapatero, mantenida hasta ahora contra viento y marea.
En esta ocasión, Zapatero no solamente ha llegado. El jefe del Ejecutivo, en esta ocasión, se ha pasado unos cuantos pueblos. Evidentemente hay muchas partidas donde se pueden recortar gastos. Pero eligió el camino más fácil, hacer pagar a los funcionarios, a los jubilados y a los más desfavorecidos socialmente, el grueso principal de la factura de la crisis, acrecentada de manera notable por su manera irresponsable de actuar. Son precisamente los funcionarios y los pensionistas, colectivos donde no hay despilfarros, los que salen peor parados, en este intento de frenar el derroche del gasto público.
Las necesarias reformas estructurales, que se le vienen pidiendo desde el inicio de la crisis económica, apenas si las mencionó. Se limitó a afirmar que la reforma laboral espera tenerla lista antes de que concluya mayo. El alcance de la misma dependerá naturalmente de las concesiones que estén dispuestos a hacer Ignacio Fernández Toxo y Cándido Méndez, corresponsables auténticos de que España haya terminado convertida en un vergonzoso protectorado europeo.
Es sintomático, en cambio, que Zapatero no dijera nada de los sueldos de los políticos. Tampoco hizo alusión alguna a las subvenciones millonarias con que domestica a los sindicatos mayoritarios y a las Organizaciones Empresariales y políticas. Somos también el país de toda la Unión Europea, donde hay más coches oficiales, pero esto para Zapatero es pura simbología y no hay por qué perder tiempo en tales minucias. No hay manera de que elimine los ministerios, inútiles tal como fue aprobado en el propio Parlamento. Ayer mismo, el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, se lo volvió a recordar, insistiendo de nuevo en la conveniencia de la supresión de la vicepresidencia tercera del Gobierno, el Ministerio de Igualdad y el de Vivienda y de reunificar, en una sola cartera ministerial, los ministerios de Educación y de Cultura por un lado y el de Trabajo y de Sanidad por otro.
Además de este plan de emergencia que obliga vergonzosamente a funcionarios y jubilados a pagar los excesos obscenos de Zapatero en cuestión económica, queda en el aire, cual espada de Damocles, la posibilidad de incrementar nuevamente los impuestos. Aunque no habló claro sobre este asunto, dejó entrever la puesta en marcha de una nueva remesa de medidas fiscales. Y aunque afirmó que es “plenamente sensible” y en consecuencia, a la hora de repartir las cargas, deberán “hacer un esfuerzo mayor” los que cuenten con más capacidad, seguro que serán las sufridas clases medias las que, como siempre, carguen con la parte peor.
Es sorprendente que Zapatero, ante nuestras dificultades económicas crecientes y las exigencias de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, solamente prevea ahorrarse 600 millones de euros al restringir la Ayuda al Desarrollo. Si prescindiera de una vez de las pintorescas subvenciones y ayudas que concede regularmente a los dictadores que aún andan sueltos por ahí, se encontraría con un sustancial ahorro de unos 30,000 millones de euros. Exactamente el doble de lo que prevé ahorrar con el plan que desgranó ayer en el Parlamento.
Si a Zapatero le quedara algo de dignidad, pediría públicamente perdón por el desastre económico en que nos ha metido y por la chapuza nacional que ha organizado, y presentaría su dimisión irrevocable para que otra persona más sensata enderezara el entuerto. Al menos disolvería las cortes y convocaría nuevas elecciones para que sea el pueblo soberano el que decida quién debe sacarnos de este atolladero. Pero ¡no nos caerá esa breva!

Gijón, 13 de mayo de 2010

José Luis Valladares Fernández

viernes, 19 de febrero de 2010

LAS COSAS DE JOSÉ BLANCO

La realidad es muy tozuda y, a cada momento, nos está diciendo que José Blanco fanfarronea miserablemente cada vez que habla sobre nuestra situación económica. Todo lo bueno que se ha hecho en España desde la instauración de la democracia, según el ahora ministro de Fomento, es obra de las legislaturas socialistas y, de manera muy destacada, de la encabezada por José Luis Rodríguez Zapatero.
Gracias al paso de los socialistas por el Gobierno de España, dice Blanco, disfrutamos ahora de un ‘bienestar social’ envidiable. Y con Zapatero en la Moncloa, mejoró aún mucho más y se está consolidando. Ya dijo hace tiempo que "Los dos períodos de gobierno socialista en España están repletos de leyes memorables". Estas leyes memorables, debidas a la actividad responsable del PSOE, han dado lugar a espectaculares cambios y transformaciones sociales. “No hay nada parecido”, dice, en los ocho años del Gobierno de Aznar.
En la entrevista que le hizo Antonio San José en el programa ‘Cara a Cara’ de CNN+ el pasado 14 de febrero, José Blanco vuelve a dar la medida de sí mismo. Insiste una y otra vez en la conspiración planetaria para arruinar la economía española y, sobre todo, en la demonización de Zapatero. Más o menos, se trataría de una nueva versión del antiguo contubernio judeo-masónico. La descalificación de Zapatero es lo que buscan interesadamente los del “cuanto peor, mejor”, refiriéndose, claro está, al Partido Popular. De ahí los discursos apocalípticos habituales que en nada favorecen los intereses de España.
Tiene una teoría muy peregrina para explicar por qué aún no hemos salido de la crisis económica. Como entramos en la crisis mucho más tarde que el resto de países del G20, es normal también que salgamos de ella mucho más tarde. Esa es la única razón por la que, según dice, estamos aún en recesión. Y se quedó tan pancho, como si hubiera descubierto la teoría de la relatividad.
En cuanto a que se nos quiera comparar con Grecia y Portugal, dice que no hay semejanza posible. Nada tenemos que ver con estos dos países. Reconoce que nosotros tenemos un único problema, derivado de la construcción. Pero, en cambio, según confiesa, tenemos menos endeudamiento que la mayoría de los países europeos y tenemos capacidad suficiente para salir y vencer a la crisis. Y como buscamos la plena eficiencia de nuestras actuaciones, hemos comenzado a marcar los caminos que vamos a recorrer. Se impone, según Blanco, el cambio de las formas de crecimiento de nuestro país.
La reforma misma de la edad de jubilación, propuesta por el PSOE, es ya un adelanto de esa política. Es necesario, dice el ministro de Fomento, acercar la edad real de jubilación de los 63, a la edad legal de los 65 años, marcados por nuestro ordenamiento jurídico-laboral. Y retrasando esa edad legal a los 67 años, la media resultante estaría ya más cerca de los 65 años que de los 63 actuales. Y en un tono un tanto saduceo, fundamenta la propuesta en que la esperanza de vida es muchísimo mayor, como consecuencia de las políticas de ayuda social y del bienestar que siempre han impulsado los socialistas.
Es verdad que, con anterioridad, José Blanco había reconocido que es una obviedad manifiesta que la realidad no se cambia solamente con leyes. Y agrega, a renglón seguido, que este hecho “es uno de los pretextos favoritos de los retrógrados que nunca desean políticas que transformen la realidad”. Y el “hecho traumático” de la recesión evidencia la “necesidad de cambiar nuestros modelos productivos”, lo que implica establecer nuevas reglas de juego en la actividad económica.
Como teoría, todo esto está muy bien. Lo malo es que son los socialistas, encabezados por Zapatero, los que no hacen nada para cambiar la realidad y solucionar, de una vez, los graves problemas económicos que nos afectan. Se escudan en que son los otros, los retrógrados del Partido Popular, los que no quieren cambios, “ni por decreto ni de ninguna otra manera”. Se da la circunstancia de que son los que José Blanco tilda de inmovilistas y retrógrados, los que exigen cambios profundos en nuestras estructuras productivas, además de una contención significativa del gasto público y una rebaja notable de las cargas contributivas.
Los cambios que ha introducido el PSOE, para hacer frente a nuestra situación económica, son meramente testimoniales y llegan demasiado tarde. Les dan, eso sí, nombres muy bonitos y sugerentes, pero carecen prácticamente de contenido. Y así nos hablan de “economía sostenible”, “cambio de modelo productivo”, etc., pero se quedan ahí en simples frases hueras. Apelan, como lo ha hecho Blanco, a que son ellos los de las ayudas sociales a los que las necesitan, y los que mantienen y acrecientan el bienestar social.
Si repasamos la historia, la realidad es muy diferente y deja en muy mal lugar a los socialistas. Es verdad que el concepto de ‘bienestar social’ fue aportado por el socialismo. Pero también es verdad que, con los socialistas al frente de los Gobiernos, el ‘bienestar social’ se deteriora rápida y progresivamente, terminando por convertirse en una simple entelequia. Son precisamente los Gobiernos de otro signo los que, en realidad, proporcionan ese “bienestar social” y lo mejoran.
Pasa exactamente igual con las ayudas sociales. La mejor ayuda social es un puesto de trabajo. Y con los socialistas, a la vista está, aumenta constantemente el número de parados. En vez de ayudas sociales, la progresía izquierdista reparte simplemente, entre quienes no tienen nada, meras limosnas de supervivencia. ¿De qué bienestar social pueden disfrutar los 5.000.000 largos de parados y, sobre todo, esas casi 1.500.000 familias con todos sus integrantes sin empleo? Aunque lo nieguen, el socialismo solamente sabe generar pobreza y miseria.

Gijón, 18 de febrero de 2010

José Luis Valladares Fernández

lunes, 15 de febrero de 2010

LOS COMPROMISOS DE ZAPATERO

Cuenta la historia que Neville Chamberlain, por entonces primer ministro británico, volvía eufórico a Inglaterra, después de haber firmado con Hitler, Mussolini y Daladier el famoso Pacto de Munich de 1938. Creía que con esa firma, que consentía la anexión a Alemania, de la región Checa de los Sudetes, se garantizaba una paz duradera. Tan pronto llegó a Londres, se acercó a la Cámara de los Comunes y, presumiendo del acuerdo de paz alcanzado con Hitler, dice muy ufano: “Os traigo la paz para muchas décadas”.
Winston Churchill, compañero de partido y mucho más avezado que Chamberlain en cuestiones internacionales, le contesta enérgicamente: “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra…elegisteis el deshonor, y además tendréis la guerra” (You were given the choice between war and dishonour... you chose dishonour and you will have war).
Poco después, aprovechando la errónea política de apaciguamiento de los firmantes del Pacto de Munich, Hitler invade Checoslovaquia y, no mucho más tarde, se lanza sobre Polonia. Es cuando, por fin, a Chamberlain se le abren los ojos y se da cuenta del alcance de su error. Aunque declara la guerra a Hitler, es ya demasiado tarde para sobreponerse y, tremendamente abatido y hasta enfermo, no tiene más remedio que entregar el cargo de Primer Ministro a su compañero Churchill.
Se da la circunstancia de que Zapatero, sin saberlo, sigue la estela de Chamberlain, adoptando acuerdos y compromisos, sin calibrar debidamente el alcance de los mismos, ni las consecuencias que puedan deparar en el futuro. Zapatero se ha convertido ya en la parodia de sí mismo y no atiende más que al pequeño interés pasajero del momento actual. Nadie ha ido tan lejos y de manera tan contumaz como Zapatero, sin importarle un bledo lo que sientan, o dejen de sentir, los ciudadanos españoles.
Para Chamberlain, Hitler era un hombre de paz, como Arnaldo Otegui la ha sido para José Luis Rodríguez Zapatero. De ahí que tratara de negociar la paz en el país vasco con este "líder de la izquierda abertzale", utilizando a Patxi López como intermediario. Fueron los etarras los que, de verdad, sacaron tajada de esta negociación absurda. En ese contexto, se produjo el sainete montado con De Juana Chaos y que terminó con su excarcelación definitiva. Los etarras, al disminuir sobre ellos la presión policial, utilizaron la mano tendida de Zapatero para reorganizarse y allegar nuevos medios humanos y materiales. En aras a ese pretendido contexto de entendimiento con el mundo abertzale, se consintió a estas gentes concurrir y participar en las elecciones vascas y ocupar después, dentro de Euskadi, las instituciones oficiales correspondientes. Lo exigía así la supuesta ‘convivencia democrática’ El lamentable ‘caso faisán’ también tiene su origen en ese torpe afán por negociar una paz imposible con el mundo de ETA.
Paralelamente el presidente del Gobierno, sin reparar en medios, trató de arrinconar a las víctimas del terrorismo. No otro fin tenía el apoyo prestado por Zapatero a Pilar Manjón, a la que utilizó de modo completamente obsceno, ayudándola a crear la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo. Es la misma aviesa intención la que le lleva a elegir a Peces Barba como Alto Comisionado de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo. A pesar del pomposo nombre del cargo, tenía el cometido exclusivo de doblegar a la asociación mayoritaria, la AVT, que se oponía con todas sus fuerzas a la negociación política con los terroristas etarras.
Un adelanto de la fiabilidad de los terroristas con quien negociaba Zapatero lo tuvimos el 30 de diciembre de 2006, en que saltó por los aires la T4 de Barajas, ocasionando la muerte de dos inmigrantes ecuatorianos. El día antes, el presidente del Gobierno había anunciado que “estamos mejor que ayer, pero dentro de un año estaremos mucho mejor”. Este atentado fue calificado por Zapatero de simple “accidente” y siguió en sus trece tratando de llegar a un acuerdo con la banda terrorista de ETA. Al final, Zapatero se quedó sin la gloria ficticia de haber doblegado a los terroristas, porque ETA continuó con su guerra particular y, además, con el deshonor de mantener con ellos la irracional negociación política.
La torpeza de negociar con los etarras, la repitió pactando con Carod-Rovira concesiones absurdas para resaltar aún más las particularidades históricas, propias de los pueblos y gentes de Cataluña, fundamentadas mayoritariamente sobre datos supuestos que no tienen nada que ver con la realidad. Estas concesiones al independentismo catalán tienen lugar cuando Carod-Rovira llega a un acuerdo con ETA para que sus atentados los realice fuera de Cataluña.
También son sangrantes los acuerdos de Zapatero con los sindicatos de clase que padecemos. A Zapatero le trae al pairo el enorme daño que hace a los trabajadores con esa firma de la paz social con la UGT y con Comisiones Obreras. No busca más que verse libre de huelgas mientras él esté al frente del Gobierno. Nadie en la izquierda ha deteriorado tanto el bienestar social como Zapatero, a pesar de que se declara firme defensor del mismo. Como siga deteriorándose así ese bienestar social, se va a encontrar con la quiebra económica del mundo del trabajo y de toda la clase media, por lo que, más pronto o más tarde, tendrá también la guerra social.
Como Zapatero no es precisamente un taumaturgo, algún día se impondrá la realidad y se verá obligado a tomar decisiones que no gusten ni a UGT, ni a CC.OO. Estos sindicatos, en ese caso, dejarán de bailarle el agua y se echarán al monte. Ya le han enseñado la oreja tan pronto habló de la posibilidad de reformar las pensiones. Esto supondrá para Zapatero, otra vez más, la guerra social y el deshonor por su pasteleo con estos sindicatos que se olvidan de la obligada defensa de los trabajadores. Hasta ahora han vivido despreocupados de todo y se han atado, de modo voluntario, al ubérrimo pesebre gubernamental, disfrutando deshonestamente de la mamandurria y de prebendas sin cuento.

Gijón, 14 de febrero de 2010

José Luis Valladares Fernández