Hay
una página web, cataloniatours.cat que, si no es de la Generalidad catalana, sí
ha sido ampliamente promocionada por la Consejería de Empleo y Empresa, y subvencionada,
cómo no, por el Gobierno autonómico de Cataluña. En esa página de promoción
turística de esa parte de España, se nos dice
que Cataluña tuvo un Estado propio durante más de 700 años, una familia
real propia y hasta todo un imperio a lo largo del Mediterráneo. Fue España, su
bestia negra de siempre, la que puso fin violentamente a esa larga etapa de
Estado independiente.
Según
nos cuentan en esta web, el mismo Cristóbal Colón era un miembro destacado de
la “familia real catalana”. Las Carabelas, utilizadas por Colón para iniciar la
arriesgada aventura del descubrimiento de América, según esto, fueron
construidas en los astilleros del puerto de Barcelona. Lo de Moguer y de Palos
de la Frontera es una ensoñación más de los malvados castellanos. El mismo
Artur Mas, por qué no, a lo mejor es un descendiente directo de esa antigua
monarquía catalana. Y de no ser así, puede descender al menos de algún
cortesano importante de aquella antigua corte o, vaya usted a saber, de algún bufón de la misma. Pero es evidente
que, descienda de quien descienda, necesita urgentemente algunas lecciones de
historia para que conozca detalladamente las venturas y desventuras de las
gentes de esa maravillosa tierra que él se empeña en ignorar.
Los
catalanes, a lo largo de su dilatada historia, siempre han tenido muy mala
suerte con sus representantes políticos. Y esto viene sucediendo
invariablemente desde finales del siglo
VIII, que es cuando Carlomagno expulsa a los árabes de esa parte hispana y crea
lo que se conoció como la Marca Hispánica. Y Cataluña como tal arranca desde
aquí. Se trataba de una franja de terreno que limitaba al norte con los
Pirineos y por el sur con el Llobregat utilizada por los francos para contener
las frecuentes incursiones de los sarracenos. Esta zona, que incluía el
Rosellón, la Cerdeña y Barcelona, fue
dividida en condados.
Estos
condados, que se conocieron posteriormente como condados catalanes, terminaron
por quedar vinculados al Condado de Barcelona. Aunque los francos sigan
proyectando una gran influencia religiosa y cultural sobre los condados, estos
supieron aprovechar la debilidad creciente de la monarquía carolingia y,
después de varios vaivenes y enfrentamientos, consiguieron al menos cierta
autonomía, regida por los condes que habían adoptado un régimen sucesorio pero,
¡ojo!, rindiendo vasallaje a los reyes francos. Más tarde, en 1162, todos estos
condados, con la excepción del condado de Urgel, se unieron dinásticamente al
reino de Aragón formando la Corona de
Aragón.
Aquella
sociedad se muestra muy activa y, a finales del siglo XI, trata de expandirse
territorialmente para incorporar a Cataluña Vieja otros territorios de su
entorno. Estos territorios, situados al sur y al oeste del rio Llobregat hasta
alcanzar la línea del Ebro, fueron conquistados en el siglo XII e integran la
comarca denominada Cataluña Nueva. La organización social de los pueblos de
Cataluña Nueva había ya perdido buena
parte de ese feudalismo que imperaba en Cataluña Vieja. Las gentes llanas no
estaban tan mediatizadas por la nobleza como en la franja de la Marca Hispánica
donde había prevalecido el dominio de los francos.
En
aquellas épocas, las escaramuzas bélicas eran muy frecuentes entre los
distintos reinos de lo que sería después España, los del sur de Italia y
Sicilia y especialmente con Francia. Eso sin contar que los campesinos y los
artesanos, sobre todo en los condados catalanes, armaban frecuentes grescas con
los nobles del lugar y con los distintos oligarcas urbanos que controlaban
férreamente las instituciones y aprovechaban cualquier circunstancia para
disputar el poder real al rey de turno.
Fue
lo que sucedió, por ejemplo, en 1460 con Juan II, rey de Aragón. Por orden suya
se arrestó a su hijo Carlos de Viana, lo que dio pie a que los oligarcas
urbanos de Cataluña, la nobleza y la jerarquía eclesiástica se levantaran
contra el monarca. En la Capitulación de Villafranca del Penedés, se obliga al
rey a liberar a su hijo, se limita su autoridad real y, para entrar en
Cataluña, tiene que conseguir previamente el permiso de las instituciones
locales. Contraviniendo lo pactado en
Villafranca de Penedés, Juan II, conde Barcelona, entró en Cataluña,
desencadenando así la guerra civil
catalana.
En
esta guerra, que duraría hasta 1472, la Generalidad que, mangoneada por la oligarquía
catalana, desea asumir la soberanía, se enfrentó al rey y lo declara desposeído
de la Corona. Pero Juan II acudió al rey
de Francia, Luis XI en busca de ayuda. Firman el tratado de Bayona, y Luis XI
le envía un ejército para ayudarle a
aplastar la sublevación catalana. Gracias al apoyo de las tropas francesas,
consigue entrar en Barcelona en 1472 y obliga a los insurrectos a rendirse y a
prestarle obediencia mediante la Capitulación de Pedralbes.
Pero
ese apoyo, prestado interesadamente por Luis XI, tuvo un coste muy elevado
para la Corona de Aragón y, por
supuesto, para Cataluña, ya que Juan II, a cambio, se había comprometido a
pagar 200.000 escudos de oro al rey de Francia. Para garantizar esa deuda, se
vio obligado a donar a la Corona francesa los condados de la Cerdeña y el
Rosellón. Juan II intentó posteriormente recuperar ambos condados en una nueva
acción bélica, pero fracasó rotundamente. Fue ya en tiempos de los Reyes
Católicos, en 1493, cuando un nuevo rey de Francia, Carlos VIII, devolvió los
condados a cambio de la neutralidad de la Corona de Aragón en la primera guerra
iniciada por los franceses en Italia contra los otomanos.
La
Generalidad catalana, dominada por las familias más poderosas de la nobleza,
estamentos elevados del clero y la alta burguesía urbana, no escarmentó con el
resultado penoso de su enfrentamiento con su monarca el rey de Aragón Juan II y
volvió a las andadas a las primeras de cambio. Aprovechaban cualquier
circunstancia propicia que pudiera llevarles al disfrute pleno de la soberanía
del principado de Cataluña. Y esa ocasión se les presentó inopinadamente con lo
que conocemos como la Guerra de los Treinta Años.
No
podemos olvidar que, tras la nueva involucración de Francia en la Guerra de los
Treinta Años en 1635, Cataluña pasaba a ser
un escenario estratégico de suma importancia, lo que obligaba a España a
reclutar tropas urgentemente y a recaudar el dinero necesario para mantenerlas
y el principado catalán se negó a colaborar voluntariamente. Estaba en estas,
cuando las tropas francesas pusieron cerco a Fuenterrabía, obligando a
responder de inmediato a Castilla con la colaboración de las provincias de
Vascongadas, Aragón y Valencia. Cataluña
se negó rotundamente a colaborar con el resto de tropas españolas.
En
1639, el conde-duque de Olivares decide atacar a Francia desde suelo catalán y
exige a Cataluña que contribuya adecuadamente al mantenimiento del esfuerzo
militar, imponiendo al principado la obligación de aportar dinero y soldados.
Estas nuevas cargas que se les imponían y
las requisas de animales efectuadas por las tropas, alteraron
peligrosamente los ánimos de los campesinos. Por si esto fuera poco, las
instituciones catalanas odiaban sinceramente a Olivares y no soportaban al
virrey conde de santa Coloma. Y esto
llevó a la nobleza y a la burguesía catalana, con el apoyo de un sector
importante del clero, a aguijonear a los campesinos para que se levantaran
contra las huestes reales.
Y
el conflicto, conocido como la Guerra dels Segadors, estalló finalmente en mayo
de 1640. Fueron los campesinos de Gerona los primeros en amotinarse. Atacaron a
los tercios destacados allí y marcharon sobre Barcelona. Aquí se les unen unos
500 segadores y toman la ciudad y asesinan a los funcionarios y a los jueces
reales que encuentran en su camino y dan muerte también al conde de Santa
Coloma y virrey de Cataluña. Desatadas las hostilidades, los rebeldes ya no
luchaban solamente contra los tercios y los funcionarios reales, lo hacían
también contra los miembros de la nobleza catalana que habían contemporizado
más o menos con la administración y contra los hacendados y los ricos de las
ciudades.
Ni
la Generalidad era ya capaz de controlar la revolución social emprendida por
los campesinos y segadores. Y antes de que afectara peligrosamente a la
oligarquía catalana, el presidente de la Generalidad, el canónigo de la Seo de
Urgel Pau Claris i Casademunt, se puso al frente de los sublevados.
Previendo la respuesta del conde-duque de Olivares y para curarse en
salud, Pau Claris pide ayuda militar a Francia. Es entonces cuando se proclama
por primera vez la República Catalana, después de firmar, eso sí, un pacto de vasallaje con Francia y de
reconocer al rey Luis XIII como conde de Barcelona y soberano de Cataluña con
el nombre de Luis I de Barcelona.
Este
vasallaje y sometimiento voluntario a la monarquía francesa fue aprovechado
hábilmente por el cardenal Richelieu para debilitar lo más posible a la Corona
española y ampliar su poder territorial. Aunque la Guerra de los Treinta Años
terminó con la destitución del conde-duque de Olivares, el enfrentamiento entre
Francia y España continuó en suelo catalán hasta 1659. Se pone fin al conflicto
con la firma de la Paz de los Pirineos por parte de Luis XIV y Felipe IV,
perdiendo Cataluña el Rosellón y la parte norte de Cerdeña.
Como
se les obligaba a contribuir económicamente al mantenimiento parcial de los
tercios, los manipulados campesinos y segadores se levantaron en armas contra
la Corona española y se declararon vasallos del rey Francés. El resultado
inmediato no pudo ser más adverso: Francia ocupó Cataluña con un ejército de
3.000 personas y obligaron a los catalanes a correr íntegramente con todos los
gastos de estas tropas de ocupación.
Menos
mal que, después de varios avatares, se dieron cuenta de que su situación era
mucho peor con Luis XIII que con Felipe IV. Pero ya era demasiado tarde, finalizó la aventura con la pérdida de sus
territorios de allende los pirineos. Fue ésta una experiencia altamente
dolorosa que, con el apoyo de un Jordi Puyol malintencionado, minusvaloran el
iluso Artur Mas y toda su corte de palmeros. Olvidan que ellos no son Cataluña.
Gijón, 8 de octubre de 2012
José
Luis Valladares Fernández