Los enormes y casi siempre disparatados derroches de José Luis
Rodríguez Zapatero dejaron las arcas públicas hasta sin telarañas. En esos casi
ocho años al frente del Gobierno, batió todos los records de despilfarros. Mariano
Rajoy, al hacerse cargo del Gobierno, hereda un déficit fiscal de 90.000
millones de euros, 27.000 millones más de lo que mendazmente aseguraban los
responsables del Gobierno socialista saliente.
La situación para el nuevo Gobierno es extremadamente complicada, ya que el
total de la deuda acumulada alcanzaba la escalofriante cifra de 340.788
millones de euros y los intereses de la misma rondan los 29.000 millones de
euros anuales. No hay dinero ni para pagar los servicios sociales básicos.
A Mariano Rajoy le pasó con Zapatero lo que a Vespasiano con el
extravagante Nerón. Cuando Vespasiano llegó al trono imperial de Roma, se encontró
sin dinero. El alocado despilfarro de Nerón y la guerra civil desatada para
sucederle dejaron las arcas del Imperio completamente vacías, sin un solo
sestercio disponible. Investido ya como emperador, Vespasiano demostró ser un
buen administrador, redujo al mínimo los gastos superfluos, reorganizó de una manera más racional la
administración y, además de una nueva serie de impuestos, introdujo algunos tributos muy especiales que incrementaron
rápidamente la recaudación.
Esperemos que Rajoy sea tan hábil como Vespasiano para reordenar
nuestra maltrecha economía, a base de racionalizar los gastos y de controlar
adecuadamente nuestras fuentes de ingresos. Las necesidades presupuestarias son
tan agobiantes que el Gobierno de Rajoy, no ha tenido más remedio que
incrementar el impuesto del IRPF y establecer un tributo, el copago
farmacéutico, que está resultando extremadamente polémico. De todos modos, no
tan polémico y tan controvertible como el “vectigal urinae”, el gravamen especial
que el antiguo emperador romano impuso a los establecimientos que utilizaban la
orina recolectada en las letrinas y en la vía pública para el curtido de pieles
o para la limpieza de textiles.
Desde que en diciembre de 1942 se crea el Seguro Obligatorio de Enfermedad,
hasta nuestros días, la sanidad española, ha experimentado varios y profundos
cambios. En 1978 se crea el Insalud
y se establece la universalidad del derecho a la salud. La UCD, en 1981, comete una garrafal torpeza al traspasar a la
Comunidad Autónoma de Cataluña los servicios sanitarios que venía gestionando
el Insalud. En 1984, dos años
después de llegar al Gobierno, el PSOE hace lo propio con Andalucía. Es en 1986
cuando el Insalud, se
transforma en el Sistema Nacional de
Salud (SNS) y se traspasan las competencias sanitarias a Valencia, al País
Vasco, a Navarra y a Galicia. A Canarias le llega el turno diez años más tarde,
en 1984. El proceso de descentralización sanitaria culmina en 2002, que es
cuando el Partido Popular trasfiere las competencias sanitarias a las diez
comunidades restantes, regidas por el artículo 143 de la Constitución.
El 1 de enero de 2002, el Gobierno central cede definitivamente su
labor gestora y organizativa del servicio público de salud a las distintas Comunidades
Autonómicas. Pasa a desempeñar exclusivamente el papel de simple coordinador
del sistema sanitario descentralizado. A partir de esa fecha, son los gobiernos
autonómicos los que se responsabilizan de la gestión y de la organización de
los servicios de salud y, por consiguiente, de la financiación adecuada de los
mismos.
Es cierto que la sanidad española vive desde hace mucho tiempo, y
por muy diversas razones, en un constante estado de déficit estructural y sus
presupuestos son manifiestamente cicateros. Hasta la descentralización del
sistema sanitario, los déficits de cada año no eran preocupantes porque se
enjugaban oportunamente, al final de cada ejercicio, con la socorrida deuda del
Estado. Al transferir este servicio público de sanidad a las Comunidades
Autónomas, el problema crece desmesuradamente, ya que se dispara el consumo de
medicamentos. Se mantienen, es cierto, los servicios de sanidad, e incluso se mejoran
en algunos, pero es siempre a base de acrecentar sistemáticamente el déficit de
cada Comunidad Autónoma.
Por este motivo, algunas comunidades se han endeudado más de lo
razonable y apenas si pueden hacer frente ya a los gastos farmacéuticos. De
hecho, hay comunidades que están pagando los medicamentos a más de 800 días
vista, ocasionando así un grave perjuicio económico a los proveedores
sanitarios habituales. Y esto es tan injusto e inaceptable como obligar a los
pensionistas a pagar parte de los medicamentos, implantando por decreto el
dichoso copago farmacéutico.
Está meridianamente claro que el Gobierno de Mariano Rajoy huye de
manera instintiva de las complicaciones, escabulle el bulto cuando otea algún obstáculo
espinoso. Y para no tener problemas con las Comunidades Autónomas rebeldes, optó por lo más fácil: en vez de
adelgazar de una vez nuestra absurda y abultada estructura administrativa y
recuperar nuevamente las competencias sanitarias, exige sacrificios y
privaciones a los de siempre e impone a los jubilados una tasa recaudatoria por
enfermedad. Con las competencias sanitarias en manos del Estado, dejaría de ser
tan acuciante la necesidad de buscar ingresos más o menos atípicos y de rebote,
contribuiría notablemente a devolver la necesaria igualdad entre los
españoles al tener acceso todos a las mismas prestaciones sanitarias.
Es evidente que algo urgente había que hacer, pues la sanidad
española llevaba ya tiempo en crisis y peligraba seriamente su sostenibilidad. Pero
es absurdo imponer gravámenes por el
hecho de estar enfermo, y continuar soportando tanto gasto ineficiente como hay
en la administración pública. Y para colmo de males, viene la ministra de
Sanidad, Ana Mato, y justifica ese tipo de terapia, dando a entender que, por
culpa de la gratuidad del servicio, los pensionistas abusan del sistema
sanitario consumiendo cantidades enormes de medicamentos. Y no es así. Se ha llegado a esta situación económica
lamentable de la sanidad, porque los gestores de la misma, en vez de utilizar
criterios empresariales, la han regido aplicando criterios estrictamente
políticos. Este es, y no otro, el principal motivo de que el gasto en el
sistema sanitario se haya doblado desde que las autonomías se hicieron cargo de
su gestión.
Pero aún así, el gasto sanitario en España es francamente moderado
si lo comparamos con los países de nuestro entorno, y eso que nuestra sanidad
es bastante más completa que la del resto de Europa. Si nos atenemos al informe
que realizó la Organización Mundial de
la Salud en 2011, nuestro gasto sanitario público está 821 dólares por
habitante y año por debajo de la media de la Unión Europea de los 15 países,
entre los que se encuentra España. Si nos comparamos con la Unión Europea de
los 27, entonces estamos solamente 43 dólares por debajo de la media. Esto es
debido a que Rumania, Bulgaria y los
tres países bálticos de Lituania, Estonia
y Letonia gastan muy poco en sanidad.
Es inadmisible, por lo tanto, que intenten justificar la
implantación del copago por el excesivo gasto farmacéutico, y menos por el descontrol en el gasto de los mayores. Y encima quieren hacernos ver que no se trata
de una medida recaudatoria, que solamente buscan fomentar el ahorro. A la
ministra Ana Mato le importa muy poco pervertir el lenguaje, ya que, a la vez
que da ese rejonazo a los mayores, quiere hacernos creer que se trata
simplemente de garantizar la asistencia “gratuita, universal y de calidad”. Y
esto se lograría reduciendo un 10% la factura sanitaria para ahorrar unos 7.000 millones de euros al año.
Para lograr esto, acuden a la vieja terapia de Vespasiano:
impuestos y más impuestos. Los pensionistas, los que durante su vida laboral
soportaron todo tipo de tributos y deducciones sociales para tener cubiertos
estos servicios asistenciales, tienen que volver a pagar esa nueva tasa por enfermar.
Y estamos otra vez con lo de siempre. Dice la ministra del ramo sanitario, sin
tener en cuenta el poder adquisitivo de los distintos países, que somos los que
menos pagamos y la faltó un pelín decir que somos los que más medicamentos
consumimos. Se contuvo finalmente y dijo que España es el segundo país del mundo
en consumo de medicamentos. Pero que alguien me diga cómo se compagina esta afirmación con lo que dice
la Organización Mundial de la Salud, según la cual, en 2011, en gastos
sanitarios ocupamos el penúltimo lugar en la UE de los 15 países.
Está bien que se elimine el turismo sanitario y se controle el
acceso a la tarjeta sanitaria de los extranjeros. Sería también interesante que
se adecuaran los envases de los fármacos de una manera más racional,
teniendo en cuenta la duración estimada de los tratamientos. Así no irían
tantos medicamentos a los Puntos SIGRE de las farmacias o, lo que es peor,
directamente a la basura. Todo esto aligerará
en parte los gastos farmacéuticos, pero no será suficiente. Hace falta algo
más. La sostenibilidad del sistema sanitario terminara lamentablemente siendo
inviable si la administración central no asume de nuevo esas competencias. Y
después gestionarla, claro está, con criterios estrictamente empresariales y no
políticos.
Y los recortes hay que hacerlos donde merezca la pena y donde se
eliminen gastos inútiles y que no aporten nada, como es el caso de las
duplicidades en las administraciones
públicas. Nuestra estructura administrativa, al tener un volumen tan
desmesurado, además de ser ineficiente, genera unos gastos desorbitados. Y los
ciudadanos le han dado Mariano Rajoy esa mayoría tan notable para que
racionalice esa estructura y la haga viable,
operativa y moderna. Y ya es hora de que se ponga las pilas y comience a
recortar donde hay mucho que recortar, simplificando la administración y no
donde los recursos son escasos.
Que no me digan que no sobran en España parlamentos y
parlamentarios. Sobran también defensores del pueblo y consejeros. Sobran
coches oficiales y multitud de cargos de confianza. Por sobrar, sobran
ayuntamientos, y por supuesto sobran televisiones públicas y hasta sobran
privilegios de los políticos y de los amigos de los políticos, además de otras
muchas cosas. Esperemos que Rajoy se deje de remilgos y se moje de una vez, que
es lo que le piden los que le dieron sus votos.
Gijón, 2 de mayo de 2012
José Luis Valladares Fernández