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viernes, 9 de noviembre de 2012

IV.- LAS GUERRAS CARLISTAS EN CATALUÑA


Tras la derrota sin paliativos del ejército napoleónico y su salida definitiva de España, ocupó el trono Fernando VII, el Deseado o, también, el Rey Felón. Durante su reinado se enfrentó violentamente con los liberales por su intento de restaurar el absolutismo, lo que al final logró gracias a la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1.823. Pero el verdadero problema, en forma de conflicto bélico, surgió en 1833. Estamos hablando  de la Primera Guerra Carlista, que se prolongó hasta 1840. Se trata de una auténtica guerra civil, que tuvo una incidencia importante en el País Vasco y en Navarra, pero que sería especialmente virulenta en Cataluña.

A la muerte del  Rey Felón, es proclamada reina su hija de corta edad, con el nombre de Isabel II,  y se encarga de la regencia su madre, la reina viuda María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Pero el infante Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII,  no pierde el tiempo y lanza inmediatamente el llamado Manifiesto de Abrante, donde rechaza a la nueva reina y expresa con toda claridad su voluntad de recuperar la Corona. Este nombra a Joaquín Abarca como ministro universal y busca la manera de que el ejército y las autoridades se sumen a su causa, aunque con muy poco éxito.

Fue en el País Vasco y en Navarra donde más eco tuvo este requerimiento, donde se le reconoció como rey, a las primeras de cambio, con el nombre de Carlos V. Este éxito inicial de los llamados carlistas, quizás se deba al notable influjo del clero en la sociedad y hasta en las instituciones de estas tierras de España. Pero fueron perdiendo fuelle ante el empuje de los isabelinos que, con la inestimable ayuda del Reino Unido, Portugal y Francia, recuperaron rápidamente la iniciativa en la guerra.

Los catalanes vieron en esta nueva pugna sucesoria la posibilidad real de recuperar sus derechos forales, perdidos por su enfrentamiento con Felipe V en la llamada Guerra de Sucesión. Pero se equivocaron una vez más al apostar por el infante Carlos. Los carlistas en Cataluña estaban muy desorganizados y actuaban descoordinadamente en sus enfrentamientos con los isabelinos o liberales. Más que un ejército, se trataba de un determinado número de guerrillas no identificadas que operaban sin organización alguna y cada una por su cuenta.

Para enfrentarse con ciertas garantías en Cataluña a los seguidores de  Isabel II, era necesario organizar debidamente a todas estas partidas de guerrilleros. Con tal motivo, el mando carlista reúne un contingente de 2.700 hombres, reclutado entre los batallones  más experimentados que actuaban  en el frente Norte, y  lo envía a Cataluña al mando del general Juan Antonio Guergué. Esta expedición parte de Estella en agosto de 1835, atraviesa Navarra, Huesca y Lérida y llega, sin muchos contratiempos,  a Gerona, donde fracasa en su intento de tomar Olot. En su camino hacia Cataluña, se fueron uniendo a esta expedición muchos voluntarios carlistas.

Ya en tierras catalanas, este militar navarro comienza inmediatamente a organizar y a estructurar los efectivos que operaban deslavazadamente en esta zona. Una vez que consigue reunir una fuerza numerosa, decide regresar a Navarra, cosa que hace el 22 de noviembre de 1835. El contingente carlista, a la marcha del general Guergué, pasa por varias manos, cosechando muchas derrotas. Tan solo lograron conquistar momentáneamente Solsona y posteriormente Berga, pasando a ser esta población la capital del carlismo catalán.

En julio de 1838, se hace cargo del mando del ejército carlista de Cataluña el general Carlos de España. Este militar francés, que llevaba al servicio de España desde 1791, trató de modernizar convenientemente estas tropas. Pero cometió el error de querer integrar en las mismas a los sectores más radicalizados del carlismo. Esta iniciativa molestó enormemente a la oficialidad carlista, siendo finalmente cesado a requerimiento de estos. Poco tiempo después, el día 2 de febrero de 1839, fue asesinado por su propia escolta, por lo que parece, a instancias de los mismos jefes del carlismo catalán, que les había parecido muy poco su cese.

De todas maneras, las fuerzas carlistas estaban perdiendo fuelle de una manera evidente. Sus éxitos iniciales, sobre todo en Navarra y el País Vasco, dieron paso a una continuada serie de fracasos militares. Los partidarios de Isabel II llevaban la iniciativa de la guerra en todos los frentes. Esto obligó al general de los carlistas en el norte de España, el general Rafael Maroto,  a firmar la paz el 29 de agosto de 1839 con el general Espartero. Hecho que confirman dos días más tarde ante las tropas de ambos bandos con el famoso Abrazo de Vergara.

Aunque los carlistas tenían prácticamente perdida la guerra en toda España, el general Ramón Cabrera consideró que ese acuerdo de paz con Espartero, era una traición manifiesta de Rafael Maroto. Se negó tajantemente a aceptar semejante acuerdo  y, desde el Maestrazgo, continuó enfrentándose a Espartero. Cuando en mayo de 1840 lo derrotan las tropas de Espartero en Morella, Cabrera huye hacia Cataluña,  llevando consigo la mayor parte de los restos del ejército carlista del norte. Quiso resistir en Cataluña, pero ante el constante acoso del ejército isabelino, en julio de 1840 cruza la frontera francesa con las últimas tropas carlistas que le seguían, poniendo así fin a la Primera Guerra Carlista.

El triunfo de los partidarios de Isabel II sobre los que se decantaron por el infante Carlos María Isidro de Borbón aceleró  en España la revolución burguesa y, con ésta, la revolución industrial. Fue precisamente en Cataluña donde la industrialización cobró mucha más fuerza que en el resto de España. No es, pues, de extrañar que se disparara el aumento de la población catalana y que surgiera una nueva clase social, el proletariado. Y como es natural, al crecer la población en mayor proporción que los recursos materiales, aparecen irremediablemente las tensiones sociales. 

En Cataluña, de una sociedad tradicional fuertemente arraigada se pasa a otra, derivada de las nuevas relaciones que impone la producción capitalista. Y esto da lugar a toda una serie de conflictos, que complican necesariamente la convivencia y la paz social. Es el caso de los campesinos que se vieron afectados por la desamortización y por la apropiación de los comunales por parte de la burguesía. Pasó lo mismo con los artesanos que vieron cómo se iban arruinando progresivamente al no poder competir con la industria que manufacturaba las mismas mercancías.

Si a esto añadimos la crisis económica  de 1846-1847 que afectó gravemente a toda España, pero de una manera muy especial a Cataluña por razones obvias, tenemos todos los elementos para la creación de una situación enormemente explosiva que, entre otras cosas,  dio pie a que se produjera un notable auge del republicanismo. El descontento fue creciendo tanto, que desembocó, en octubre de 1846, en el levantamiento de los matiners”, levantamiento que desembocaría en la Segunda Guerra Carlista. En realidad se trataba de pequeñas partidas de guerrilleros que atacaban fundamentalmente a funcionarios y a unidades militares.

Defendían esta vez los derechos al trono de España de Carlos Luis de Borbón,  hijo del anterior aspirante Carlos María Isidro de Borbón y de María Francisca de Braganza. El levantamiento este de Cataluña, apoyando otra vez  la causa carlista, fue imitado inmediatamente en Guipúzcoa, Navarra, Burgos y Aragón. Pero fuera de Cataluña, los partidarios del que habría de ser Carlos VI fracasaron estrepitosamente. En tierras catalanas, en cambio,  ofrecieron una mayor resistencia, ya que, por indicación del aspirante Carlos, Cabrera dejó su exilio,  regresó furtivamente a Cataluña y se puso al frente de los insurrectos. Logró reunir un pequeño ejército de no más de 10.000 hombres, al que organizó convenientemente para hacerle más efectivo, y que dio muchos quebraderos de cabeza a las fuerzas de Isabel II.

El Gobierno de Madrid, para acallar la revuelta, envió a Cataluña un ejército de 70.000 hombres. A pesar de la enorme superioridad numérica de estos, Cabrera y sus lugartenientes les infringieron algunas derrotas sonadas. En vista de las dificultades para reprimir el levantamiento, los generales isabelinos optaron por el soborno. De este modo lograron la compra de algunos jefes carlistas, lo que fue determinante para minar primero la moral de las tropas mandadas por Cabrera y para vencerlas más fácilmente después. El desastre para el carlismo llegó con la detención en abril de 1849 del pretendiente Carlos Luis cuando pretendía entrar en España por la frontera francesa. Cabrera y sus gentes  se vieron obligados a huir a Francia, poniendo así fin a la Segunda Guerra Carlista.

Pero a pesar del monumental fracaso cosechados por los dos anteriores pretendientes, en 1868 lo intenta una vez más un nuevo aspirante a ceñir la corona de España. Se trata de Carlos María de Borbón y Austria-Este, nieto  de Carlos María Isidro de Borbón, el hermano de Fernando VII.  Ahora Carlos María de Borbón, que adoptó el  nombre de Carlos VII, no tenia ya enfrente al ejército de Isabel II, que había tenido que abandonar España como consecuencia de la Revolución de 1868. Las huestes del pretendido Carlos VII guerrearon, en primer lugar contra los Gobiernos de Amadeo I, después contra la Primera República y, finalmente, contra el rey Alfonso XII.

La fecha prevista por Carlos María de Borbón para iniciar la Tercera Guerra Carlista era el 21 de abril de 1872. Y el alzamiento debía realizarse “en toda España, al grito de ¡Abajo el extranjero! ¡Viva España!", tal como rezaba la orden dada desde Ginebra por el nuevo pretendiente. Pero el general Joan Castells adelantó los acontecimientos al levantarse en Barcelona la noche del 7 al 8 de abril de ese mismo año. Pero Castells se quedó prácticamente solo, ya que en un principio no contaba nada más que con 70 hombres.

Esta nueva contienda tuvo una mayor incidencia en las  provincias Vascongadas y en Navarra. En Valencia, Aragón y Andalucía el levantamiento fue meramente testimonial. En Cataluña, se formaron partidas guerrilleras en casi todas las comarcas, pero sin llegar a contar con una estructura militar común. Eso sí, luchaban por España entera y no solo por Cataluña. Con la ocupación de Olot y de Seo de Urgel por parte de las tropas gubernamentales, el 19 de noviembre  de 1875 se pone fin a la guerra en Cataluña. En el norte, los carlistas resistieron hasta el 28 de febrero de 1876.

Gijón, 26 de octubre de 2012

José Luis Valladares Fernández