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jueves, 31 de enero de 2019

LAS ANDANZAS DEL PSOE


XI.- La Guerra Civil y Franco como coartada




El actual Partido Socialista Obrero Español se parece muy poco al que puso en marcha Pablo Iglesias Posse el 2 de mayo de 1879, en la reunión clandestina que se celebró en la taberna Casa Labra  de la madrileña calle de Tetuán. La vida de su fundador estuvo siempre marcada por la miseria y las privaciones. Y esto fue determinante para que el partido que salió de aquella comida de fraternidad se mostrara, aparentemente al menos, como una formación huraña y rebelde, en guerra casi siempre contra los dueños o propietarios,  aunque fuertemente sensibilizado con la clase trabajadora.

No olvidemos  que la fundación del PSOE tiene lugar en plena Restauración borbónica y con una industrialización todavía muy en ciernes.  Los trabajadores carecían de derechos y sus ingresos eran realmente muy bajos e insuficientes. Muchos de ellos, para mejorar sus condiciones de vida, abandonaban los pueblos y las zonas rurales y huían hacia las grandes ciudades o hacia los nuevos polos de desarrollo, en busca de un trabajo mejor remunerado. La Iglesia, sin embargo, que controlaba una gran parte de la educación, mejoraba ostensiblemente su poder económico y social.

Y Pablo Iglesias, que no estaba de acuerdo con esa situación, protestó airadamente en el VI Congreso Federal del partido, que se celebró el 22 de agosto de 1902 en el Teatro Jovellanos de Gijón. Y en una de sus intervenciones, hizo esta afirmación tan rotunda: “Queremos la muerte de la Iglesia, cooperadora de la explotación de la burguesía; para ello educamos a los hombres, y así le quitamos conciencias. Pretendemos confiscarle los bienes. No combatimos a los frailes para ensalzar a los curas. Nada de medias tintas. Queremos que desaparezcan los unos y los otros”.

Ocho años más tarde, en las elecciones generales de mayo de 1910, Pablo Iglesias logró hacerse con el acta de diputado. Y en su primera intervención en las Cortes, volvería a insistir sobre el tema, confesando públicamente  que su partido aspiraba “a concluir con los antagonismos sociales”. Y afirmaría a continuación: “Esta aspiración lleva consigo la supresión de la magistratura, la supresión de la iglesia, la supresión del ejército”.

Ni el Partido Socialista, ni la UGT, sufrieron alteración alguna con la desaparición de su fundador. Con sus sucesores inmediatos, el PSOE continuó siendo tan conflictivo,  tan arbitrario y despótico como con "el Abuelo", que es como apodaban cariñosamente  a Pablo Iglesias. Y como despreciaban la participación política, preferían la lucha sindical a la meramente política. Y al carecer de cultura democrática, procuraban ganar adeptos a base de agitación y propaganda, lo que les llevó a predicar con entusiasmo la llegada de la Buena Nueva y, con ella, la libertad y la igualdad entre todos los trabajadores.

Pero como todos ellos estaban muy mediatizados por Pablo Iglesias y seguían ciegamente sus pasos, su relación con la violencia era especialmente revolucionaria. Así que, en vez de facilitar la llegada de la Buena Nueva o el advenimiento del Paraíso Socialista, esos visionarios a sueldo nos llevaron a una Guerra Civil entre hermanos. No quedaba sitio, por lo tanto, ni para la soñada igualdad, ni para la libertad personal y, menos aún, para las libertades políticas.

Los revolucionarios izquierdistas que lideraba  Francisco Largo Caballero, venían soñando con la Guerra Civil desde octubre de 1934. Pensaban, claro está, que si la derecha reaccionaba y contestaba a sus provocaciones, sería aplastada fácil y definitivamente en muy poco tiempo y sin necesidad de utilizar muchos medios. Pero midieron mal sus posibilidades  y fallaron todas sus previsiones

lunes, 16 de abril de 2012

¡VAYA REFERENTE DEMOCRÁTICO!

Ya va siendo hora de que olvidemos definitivamente los terribles delitos cometidos por unos y otros durante la Guerra Civil, en la que  Santiago Carrillo no fue precisamente un santo. Pues han pasado ya casi 80 años desde entonces y todos aquellos prescribieron ya en vida del propio Franco,  incluidos los cometidos por Carrillo,  flamante consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid. Así lo atestigua un decreto de 1969, declarando prescritos los delitos cometidos antes del 1 de abril de 1939. Y por si esto fuera poco, tenemos también la amnistía de la transición democrática de 1977.

Pero es el propio Santiago Carrillo y quienes quieren hacer de él “un referente sabio y democrático” los que no nos dejan olvidar los desgraciados sucesos de aquellos años trágicos, en los que Carrillo tuvo un protagonismo muy especial. Aunque desempeñó un papel aceptable durante la transición, contribuyendo positivamente al éxito de la misma y a la instauración de la democracia en España, no tardó mucho en aparecer de nuevo el Carrillo siniestro, repartiendo condenas y llamando fascistas a los que no forman parte de la llamada   “casa común de la izquierda”. Sus palabras ante el Pleno del Ayuntamiento de Gijón, al recibir su título honorífico de “Hijo Predilecto”, le delatan: “para mi es un orgullo que los que han luchado contra la libertad del pueblo y tiranizado cuarenta años este país me consideren un adversario; lo contrario me daría vergüenza”.

En vez de huir intencionadamente de los focos mediáticos y llevar un retiro discreto, huye de la sensatez y se empeña en estar continuamente en el ojo del huracán. Y para colmo de males no hace más que mendigar honores que no se merece. No se si sería la ley de Memoria Histórica la que despertó en él antiguos estereotipos ideológicos. El caso es que se olvidó muy pronto de los acuerdos de la transición democrática, sellados incluso con históricos apretones de manos. El comportamiento posterior de Carrillo da a entender que no fue sincero su abandono de la tesis de “ruptura” de su partido, aceptando aparentemente de manera entusiástica la “reforma” política. Su comportamiento posterior da a entender que lo hizo por puro interés personal y para no quedar políticamente aislado.

El comportamiento de Santiago Carrillo deja mucho que desear. Le gusta dar clases de ética y pontificar sobre “buenos” y “malos” y se presenta como un firme defensor de la libertad y de la democracia. Lo hace frecuentemente ante los micrófonos de la Cadena SER y lo hizo el pasado  día 7 de abril en el programa “Informe Semanal” de TVE. Según Carrillo, los que le acogieron y con él prometieron solemnemente hacer “tabula rasa" del pasado, son unos fachas y, además,  han tiranizando a los españoles durante cuarenta largos años. Con estas acusaciones tan directas de Carrillo, es normal que no se olviden sus crímenes, que fueron muchos, cometidos contra indefensos ciudadanos que no pensaban como él, o que eran sacerdotes o religiosos, o tenían la fea costumbre de asistir a misa.

El arrepentimiento de Santiago Carrillo duró muy poco y volvió a ser el mismo de siempre, el marxista irredento que se enorgullece de su pasado cuajado de horrendos crímenes. De los elogios desgranados por la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso, en la entrega del inmerecido título de “Hijo Predilecto”, solamente es verdad que tiene una dilatada vida política y una enorme facilidad dialéctica.  Lo demás son simplemente ditirambos ocasionales que no tienen nada que ver con la realidad. Aunque lo diga la alcaldesa, no es cierto que Carrillo sea un dechado de moderación y tolerancia. No ha tenido nunca lealtad hacia nada ni hacia nadie. Tampoco ha sido un hombre valeroso y su dignidad política y personal ha brillado siempre por su ausencia. No es valeroso ni tiene dignidad quien, por miedo a que peligre su liderazgo, recurre a la purga sistemática y a la eliminación traumática de quienes destacaban dentro de su propio partido. 

Tampoco son ecuánimes las alabanzas de TVE, en su programa “Informe Semanal” del pasado Sábado Santo, para conmemorar el 35 aniversario de la legalización del Partido Comunista de España. El reportero de TVE que dirigió el programa, o desconoce la historia, o no hacía más que reírse de los televidentes, porque el programa estaba concebido a la mayor gloria de Santiago Carrillo, donde se le exaltaba obscenamente, y se le calificaba como “referente sabio y democrático”. Y Carrillo, como era de esperar, aprovechó la tribuna para lanzar el siguiente rebuzno: “Suárez, el PSOE y nosotros nos dedicamos a limpiar el terreno de este país (...) No lo logramos, y me parece que esa ha sido una de las cosas que han influido para que el aparato del Estado y las instituciones que han pesado tanto en la historia de España, como por ejemplo la Iglesia, hayan seguido teniendo la fuerza que tienen”.

Este conspirador nato, mientras viva,  tendrá que cargar con las atroces matanzas de Torrejón de Ardoz y de Paracuellos del Jarama, que aquí obviamos por ser sobradamente conocidos. Diremos simplemente que Carrillo, de manera reiterada, ha tratado de eludir cualquier tipo de responsabilidad sobre los mismos y quiere pasar el muerto a unos “milicianos desobedientes”. También tendrá que cargar con otros muchos crímenes, menos conocidos,  pero tan  detestables o más que aquellos. Y es que convirtió en víctimas a muchos conmilitones suyos. Según se desprende de confesiones y de documentos internos del propio partido, no fueron pocos,  los militantes del PCE represaliados y hasta asesinados por orden de Carrillo en la década de los cincuenta. Había que afianzar,  de alguna manera, su liderazgo entre los comunistas que actuaban en España,  para ver cumplida su aspiración de hacerse con la secretaría general del partido.

La etapa delictiva de Santiago Carrillo no finiquitó con su cese como Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid ni con la finalización de la Guerra Civil. A pesar de esto, continuó impertérrito con su odiosa y abyecta cadena de delitos, dirigidos ahora contra miembros de su propio partido. El equipo básico utilizado por Carrillo para ejecutar sus sentencias de muerte en esta época, estaba formado por estos tres personajes, duros donde los haya: José Gros, alias “Antonio”, Félix Pérez, de sobrenombre “Sebastián” y Ricardo Navacerrada, apodado “Partebocas”.

La lista de los eliminados violentamente por encargo de Carrillo es demasiado larga y está integrada por comunistas destacados, que operaban en España al margen de la dirección en el exilio. Sentía una especial aversión por los comunistas que integraban el círculo del polémico Jesús Monzón. Le estorbaban los que desempeñaban algún tipo de jefatura entre los guerrilleros, ya que, dada su significación relevante,  podían poner en peligro su flamante liderazgo. Entre las víctimas más destacadas, tenemos a Francisco Corredor, conocido por “Pepito el Gafas”, Gabriel León Trilla, Víctor García “El Brasileño” y Luis Montero, entre otros muchos.

Es llamativo el caso de “Pepito el Gafas”. El equipo de asesinos de Carrillo viene a buscarle a España y cuando lo encuentran en Levante le dicen: “Eres el hombre de la suerte. Venimos a por ti. La dirección del Partido te ha designado para que asistas a la reunión del Consejo Mundial de la Paz que se celebrará en Varsovia. Prepara tus cosas, lo indispensable. Cuando lleguemos a París, se te facilitará todo lo necesario". Y en ese camino de vuelta a París, le asesinan en algún punto entre España y Francia.  A Gabriel León Trilla lo engañan y le hacen acudir al llamado Campo de las Calaveras. Allí lo espera un tal Olmedo, apodado “El Gitano”, que lo asesina de varias puñaladas y después lo desvalija para dar al crimen la apariencia de un robo común. A Luis Montero lo acusaron de haber capitulado con la Guardia Civil. Vienen a buscarlo y poco antes de llegar a la frontera francesa es asesinado.

Merece reseñarse el caso del metalúrgico asturiano Víctor García “El Brasileño. A este guerrillero le matan en 1948 sus compañeros de partido, por orden expresa de Carrillo. Sus asesinos fueron tan cínicos y procaces, que hicieron creer a su mujer, María, y a su hijo de solamente 6 años que había muerto en un enfrentamiento con la Guardia Civil. Esto es lo que dice un documento del PCE gallego, fechado en agosto de 1946: “La lucha con García y su grupo, su liquidación política y física es nuestra mayor preocupación (…), creemos estar en camino de liquidarlo pronto”. Y al final, cómo no,  lo consiguieron, tal como revela una carta del 23 de abril de 1948, dirigida al Partido Comunista de Galicia. En ella se dice: “Por fin lo cazamos. Este canalla se nos resistía como una sanguijuela. Logramos cazarlo en la comarca de Lalín. (…) Es un provocador que nos dio muchos disgustos y, aunque tarde, lo hemos eliminado”.

Cuando al equipo de verdugos le resultaba imposible efectuar la eliminación decretada  por Carrillo, éste los delataba a la policía española. Se valía para ello de Radio España Independiente (“La Pirenaica”) y de las publicaciones del partido, principalmente el “Mundo Obrero”. Entre los guerrilleros más importantes que cayeron de este modo en manos de la Guardia Civil, tenemos a Joan Comorera, a Baldomero Fernández, a Heriberto Quiñones, a Basilio Serrano “El Manco” y a casi todos los delegados que actuaban en España, a su vuelta del VI Congreso del PCE, celebrado en Praga en diciembre de 1959. Entre el grupo de delatados tenemos también a Julián Grimau, que murió convencido de que había sido vendido a la policía española por Carrillo. 

Este es Santiago Carrillo Solares, el personaje siniestro que, dejándose llevar por su enorme soberbia, procuraba liquidar  a los que se atrevían  a discrepar de las decisiones que tomaban en París. La fatídica huella que ha dejado en la Historia de España es indeleble y no se puede ocultar ni maquillar. Por supuesto, no es el “referente sabio y democrático” que quiere vendernos Televisión Española y fue un auténtico despropósito nombrarle hijo predilecto de Gijón.

Santiago Carrillo, eso sí, disimula lo que puede y busca todo tipo de disculpas para sus crímenes. Todo ocurrió porque de aquella, según dice, se dejaba llevar por los juicios, a veces excesivamente tortuosos, de los que se relacionaban directamente con los represaliados. Y como era  tan celoso de la disciplina interna,  “obraba impulsado por la necesidad de combatir todo intento de ruptura del partido”. La biografía de Carrillo es sumamente tétrica, aunque él trata de obviar y eliminar los detalles más siniestros, edulcorando todo aquello que pueda perjudicar su imagen. Para él, claro está, son los otros, los que no están en la “casa común de la izquierda”, los fachas, los anti demócratas y los criminales inmisericordes.

Gijón, 10 de abril de 2012

José Luis Valladares Fernández 

jueves, 8 de diciembre de 2011

QUIEREN REESCRIBIR LA HISTORIA

Es innegable que José Luis Rodríguez Zapatero, durante su etapa como presidente del Gobierno, cometió varios errores garrafales, no se si por impericia e ineptitud o plenamente consciente de lo que estaba haciendo. Uno de esos errores es tratar de deshacer con la disparatada ley de Memoria Histórica lo que, con gran acierto, hicieron o trataron de hacer los que prepararon la transición. A la muerte de Franco, las fuerzas políticas de entonces se ponen de acuerdo y, con buen criterio, deciden dar carpetazo a todo un pasado conflictivo, enterrando esas dos Españas para  mirar juntos y unidos al futuro.

La transición española a la democracia, a pesar de su enorme complejidad,  fue muy efectiva al permitirnos recuperar buena parte del tiempo perdido. Sin apenas traumas, pasamos pacíficamente de una dictadura a una democracia plena. Dejamos a un lado nuestro aislamiento tradicional y nos incorporamos plenamente a Europa y hasta comenzamos a ser tenidos en cuenta en el concierto internacional. Es cierto que, para lograr esa transición ejemplar, todos tuvieron que renunciar generosamente a alguna de sus exigencias, logrando así  una amnistía política sin exclusiones, la legalización de todos los partidos políticos y la celebración, por fin, de unas elecciones libres. Una mayoría amplia de españoles aprobó también nuestra Constitución.

Aquel acuerdo trascendental entre las diferentes fuerzas políticas hizo posible que España fuera plenamente homologable a los países de nuestro entorno y que indistintamente se pudieran constituir gobiernos formados por centristas, socialistas o conservadores. Es cierto que nuestra democracia, como la de los demás países, tiene sus luces y sus sombreas, pero es innegable que se ha pasado de gobiernos de derechas a otros de izquierda y viceversa sin ningún problema. Con independencia de su color político, solamente se les ha exigido tener votos suficientes para configurar una mayoría capaz de gobernar.

Pero llegó José Luis Rodríguez Zapatero, y dando rienda suelta a sus caprichos y desvaríos personales, pone en marcha su ley de Memoria Histórica, abriendo así nuevamente  las viejas heridas, que creíamos ya  cicatrizadas. Con su afán de remover tumbas de hace 70 años, ha resucitado otra vez el fantasma de la Guerra Civil y ha vuelto a la clásica división de los ciudadanos en “rojos” y “fachas”, enfrentando a unos contra los otros. Antaño los “fachas” eran los buenos y los “rojos” los malos, ahora es al revés. Ahora son los “rojos”, los vencidos,  los que exigen cuentas a los “fachas”, a los que se alzaron con la victoria de la Guerra Civil española.

A Rodríguez Zapatero le importan muy poco los muertos de la Guerra Civil, sean de un bando o del otro. Los utiliza simplemente para demonizar a los que él considera “fachas”  a los que quiere dejar fuera de las instituciones. Y para eso, nada mejor que la gresca y la división. De ahí que, imitando a la Revolución francesa, utilice como jacobinos a los titiriteros, a los del sindicato de la ceja y a los sindicalistas para preparar todo tipo de algaradas. Tanto Zapatero como sus mesnadas pretorianas quieren hacernos ver que los culpables de todos los males son Franco y los que con él propiciaron la desaparición traumática de la Segunda República. Y esto demuestra o que no saben historia o que tratan descaradamente de alterarla a medida de su conveniencia. Según ellos, fue Franco, con su levantamiento militar, el que enfrentó cruelmente a unos españoles contra otros, dando así lugar a las dos Españas irreconciliables entre sí. Esa trágica división entre las dos Españas se acentuó aún más durante los cuarenta años de dictadura y ha sobrevivido hasta nuestros días porque no se depuraron a su debido tiempo las graves responsabilidades cometidas por el franquismo.

No se puede culpar a Franco del fracaso estrepitoso de la Segunda República. La culpa de su hundimiento definitivo hay que achacársela a los propios dirigentes republicanos por su negativa actitud ante la democracia. La Segunda República ya nació de manera irregular. Se proclamó en el contexto de unas elecciones municipales que, por añadidura, perdieron los republicanos. Y fue la izquierda revolucionaria, la izquierda que no sentía ni el menor respeto por la democracia y las instituciones la que se apropió de la República desde el primer momento.  Por eso, cuando la derecha ganó limpiamente las elecciones en 1934, la izquierda se levantó en armas. Querían ganar por la fuerza lo que les negaban las urnas.

Y en este ambiente de extrema violencia llegan las elecciones de febrero de 1936. Aunque volvieron a ganar los partidos de la derecha, la izquierda revolucionaria agrupada en la coalición del Frente Popular, se valió de la extorsión y la fuerza para adulterar fraudulentamente los resultados del escrutinio. La Comisión de Validez de las Actas Parlamentarias, que presidía Indalecio Prieto, se encargó de los oportunos pucherazos, anulando los resultados de algunas mesas electorales, invalidando numerosas actas, para dar así el triunfo al Frente Popular. Ni siquiera respetaron las formas, constituyendo el Gobierno, sin que se celebrara la segunda vuelta electoral.

Desde el primer momento, la coalición del Frente Popular se adueñó de la calle, para acabar de una vez por todas con las tradiciones de mayor arraigo en el pueblo, como es la fe  y nuestra  cultura milenaria. Y para eso, nada mejor que la violencia, la quema de Iglesias y conventos y hasta el crimen generalizado. Les urgía, además, importar cuanto antes la revolución soviética, de acuerdo con los planes establecidos por Largo Caballero que, por cierto, aspiraba a convertirse en el Lenin español. En consecuencia, la República nacida en 1931 ya no les servía. Había que sustituirla por otra de corte popular y totalitaria, donde se pudiera implantar la Dictadura del Proletariado.

La intolerancia política y el sectarismo alocado de la izquierda republicana acabaron con la seguridad más elemental y, por supuesto, con todo atisbo de libertad. Para el 18 de julio de 1936, la extorsión más abyecta y el crimen generalizado hacían inviable la paz y cualquier tipo de convivencia social. La situación en España llegó a ser tan crítica que el enfrentamiento bélico fue inevitable. Y esa Guerra Civil la ganó quien la gano, no se si por méritos propios o por deméritos de los republicanos. ¿Hubo represión después de finalizada la contienda? Normal. En una guerra fratricida como aquella se genera tal cantidad de odio y animadversión, que es muy difícil que quien se alce con la victoria no quiera exigir cuentas a su enemigo.

Si la victoria hubiera caído del lado del Frente Popular, es muy posible  que la represión hubiera sido mayor y más inhumana ya que, a los motivos estrictamente políticos, habría que añadir la persecución ideológica por cuestiones puramente religiosas y culturales. La prueba es evidente, ya que las únicas personas que, después de tantos años, mantienen vivo cierto grado de prevención contra los del bando opuesto, son los de izquierdas, aunque no hubieran nacido cuando se desató la contienda bélica. Hasta el mismo Franco fue mucho más benévolo que algunos de esa izquierda rancia, ya que a los 30 años de finalizada la guerra, mediante el Decreto-Ley 10/1969 del 31 de marzo, declara prescritos todos los delitos cometidos con anterioridad al 1 de abril de 1939, fecha en que finalizó la guerra.

Más aún: aunque la Fundación del Valle de los Caídos nació inicialmente para albergar los caídos del llamado bando nacional, a partir de 1960 los objetivos fundacionales del monumento se orientaron ya hacia una reconciliación clara y decidida y se dispuso que durmieran allí en paz los muertos de uno y otro bando. En la izquierda sin embargo son más reacios a olvidar y a perdonar, e incluso quieren que la consensuada Ley de Amnistía de 1977 preste cobertura a los desmanes del Frente Popular, pero no a los del franquismo. Recuérdese, por  ejemplo, la querella criminal presentada en 1998 por la Asociación de Familiares y Amigos de las Víctimas del Genocidio de Paracuellos del Jarama contra Santiago Carrillo, el PCE, el PSOE, y el Estado. El juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, la rechazó sin más, amparándose precisamente en dicha Ley de Amnistía. Este mismo magistrado, sin embargo, jaleado ampliamente por buen número de esa progresía contumaz, se olvida de esa amnistía y trata de investigar, a toda costa, los crímenes del franquismo.

Con esta Ley de Memoria Histórica, con la que Zapatero pretendía establecer la legitimidad democrática en 1931, aparece esa fiebre revisionista de nuestra historia pasada, que no ha servido nada más que para abrir viejas y dolorosas heridas. Aunque hace ya 36 años que murió Franco y lleva enterrado desde entonces bajo una gruesa losa, Zapatero lo ha convertido en un cadáver totalmente indigesto y no sabe como deshacerse de él. Le ha faltado muy poco para imitar a Esteban VI,  que tras ser elegido papa, mandó desenterrar a su antecesor el papa  Formoso que llevaba nueve meses muerto, para someterle a juicio en un concilio, convocado a tal efecto, y que pasó a la historia con el nombre  de  “Concilio Cadavérico”.

Es cierto que a Rodríguez Zapatero apenas si le queda un suspiro al frente del Gobierno. Pero no es menos cierto que, su aversión manifiesta a una etapa de nuestra historia, ha encontrado adeptos que se han integrado en distintos foros y que, como  Zapatero, han puesto su principal diana en la monumental obra del Valle de los Caídos. Como buenos alumnos de la LOGSE, además de desconocer nuestra historia, no tienen ni idea del significado de ese monumento y menos del significado real de esa gran cruz que se eleva majestuosamente a los cielos. Para ellos esa cruz es simplemente un “símbolo de muerte y venganza”. De ahí que el Foro por la Memoria de la Comunidad de Madrid y el Foro Social de la Sierra del Guadarrama pidan insistentemente la voladura de la cruz que preside la basílica del Valle de los Caídos, culminando así “un gran acto público nacional de desagravio a las víctimas del franquismo".

Como la Federación Estatal de Foros por la Memoria considera que el conjunto del Valle de los Caídos es, hoy día, “el único parque temático mundial del fascismo”, piden al nuevo Gobierno que, además de desmantelar la gran cruz, se desacralice la basílica, que los monjes que la atienden sean trasladados a otro sitio y que se exhumen los restos del General y de José Antonio. Y dando una vez más muestras de su ignorancia, piden que se investigue la identidad de los allí sepultados y que todo el conjunto, ya sin la cruz, sin Franco y sin José Antonio, se reconvierta en un "memorial dedicado a las víctimas del fascismo y a los presos políticos que lo construyeron como trabajadores forzados". Esta sería, según ellos, una “solución justa” para el Valle de los Caídos.

Gijón, 7 de diciembre de 2011

José Luis Valladares Fernández

miércoles, 29 de diciembre de 2010

SANTIAGO CARRILLO AL DESNUDO

Quizás no interese tanto a nadie, como a Santiago Carrillo, permanecer en un segundo plano, a resguardo de los focos indiscretos que ponen al descubierto su vida, sus obras y todos sus milagros. Quizás falló el Hada Azul, olvidándose de asignar a Carrillo su correspondiente Pepito Grillo que lo aleje de los problemas y lo aconseje ante situaciones difíciles. O a lo mejor es el propio Carrillo que, como Pinocho, no escucha a su Pepito Grillo particular y se mete adrede en todos los charcos que encuentra en su camino. Da la sensación de que a Santiago Carrillo le va la marcha y no le importa demasiado que hurguen en su pasado y le acosen por la calle o en los actos públicos en que intervine.
Le falta muy poco a Santiago Carrillo Solares para sentirse orgulloso de su pasado. Por eso no duda en afirmar en sus ‘Memorias’: “cuando hago el balance de mi trayectoria lo hago convencido de haber mantenido en lo fundamental una coherencia clara”. Y en otro párrafo agrega cínicamente: “Pero estoy muy tranquilo, habiendo hecho todo lo que he podido hacer; he cometido errores, pero no fundamentales”. Evidentemente su conciencia no le remuerde en absoluto. No le remuerde, no porque no haya cometido toda clase de crímenes y las atrocidades más espantosas. Es más sencillo que todo eso, no le remuerde, porque no la tiene.
Ahora el Ayuntamiento de Gijón provoca la ira de los que conocen la historia, y saben cómo se comportó Carrillo, durante la guerra civil ejerciendo de Consejero de orden Público en la Junta de Defensa de Madrid, y posteriormente ostentando el cargo de Secretario General del Partido Comunista de España. Porque los crímenes de Carrillo no se circunscriben a su etapa como Consejero de Orden público. Fue también inmisericorde, desde su exilio dorado tras el telón de acero, hasta con aquellos conmilitones suyos que pudieran hacerle sombra. Los crímenes execrables de Paracuellos del Jarama, y más aún, si cabe, los que perpetró contra sus propios compañeros, hacen de Carrillo un personaje extremadamente odioso y detestable. Y una persona así no está capacitada para convertirse, de la noche a la mañana, en hijo predilecto de Gijón ni de ningún otro sitio.
No se qué habrán visto en Santiago Carrillo los responsables de nuestro municipio para otorgarle semejante título. El papel jugado por Carrillo durante nuestra transición no es motivo suficiente para conseguir tal galardón. Pues a nadie se le escapa que, durante aquella época, actuó como actuó por puro interés personal. Carrillo nunca renegó de la revolución y su apuesta por la transición española fue claramente táctica. Se había dado cuenta de que su estrella, dentro del mundo comunista, había iniciado ya su declive. La descomposición misma del comunismo, como modelo ideológico, era ya imparable. Pues todos los intentos de socializar al resto de países que se habían mantenido fieles al capitalismo, habían resultado vanos e inútiles.
Buscando una mayor proximidad hacia las clases medias surgidas del capitalismo, aparece el intento de convertirse en partido de masas y poder así participar en elecciones pluripartidistas para tener opciones ciertas de gobierno. Así nace, de la mano de los comunistas franceses y de los italianos, lo que se conoció como eurocomunismo. A Santiago Carrillo le vino a pedir de boca el inicio en España de la transición democrática y la legalización del Partido Comunista. Con la restauración democrática y la implantación otra vez de los partidos políticos, encuentra en España todo un filón político muy oportuno para abandonar de una vez las incertidumbres en que le había sumido el comunismo soviético. De este modo podría contar con una base social muy amplia y no tendría problemas para implantar también aquí el eurocomunismo.
Es normal que quienes conozcan con detalle la trayectoria de Santiago Carrillo se opongan a que se le nombre sin más hijo predilecto de Gijón y de cualquier otra parte. Y es normal que le echen en cara todas sus atrocidades, que fueron muchas, aunque les tilden de extremistas de derechas, como hace Paz Fernández Felgueroso, alcaldesa del Ayuntamiento de Gijón. Los delitos de Carrillo son muy variados y van desde la conspiración abierta contra el orden democrático, hasta el ataque directo a las haciendas y a las personas con el resultado que todos conocemos. Comenzó su andadura criminal, siendo aún muy joven, tratando de encender la mecha de la Revolución de octubre de 1934 en Madrid, aunque aquí fracaso y terminó en la cárcel.
La vida política de Carrillo ha sido tan azarosa como larga y confesará muy ufano que ha mantenido siempre en alto la bandera de la resistencia antifascista. De ahí que no tenga por qué arrepentirse de nada. Siguiendo instrucciones directas de Moscú, que recibía a través del delegado de la Internacional Comunista y agente de Stalin, Vittorio Codovilla, dedica todo su esfuerzo en fusionar al PSOE y al PCE en un único “gran partido del proletariado” y a la formación de unas milicias armadas, los nefastos milicianos que desempeñaron un papel preponderante en la represión política y religiosa llevada a cabo durante la guerra civil.
Quizás no haya sido todo funesto lo derivado de la Ley de Memoria Histórica. Al menos ha servido para descubrir la historia auténtica de Santiago Carrillo. Este viejo e irredento comunista quería pasar por héroe de la Transición política, y esta inoportuna ley de Zapatero ha redescubierto nuevamente al auténtico criminal de Torrejón de Ardoz y de Paracuellos del Jarama. Los hechos son muy claros. Los responsables del Frente Popular recibieron de Moscú la consigna de aniquilar a la famosa “quinta columna” para evitar que las tropas de Franco encontraran ayuda dentro de Madrid. En cumplimiento de semejante consigna se acentuaron las detenciones, las torturas y los asesinatos, que ya se habían iniciado desde el comienzo de la Guerra Civil. Las llamadas sacas y las matanzas se aceleraron cuando Santiago Carrillo fue nombrado Consejero de Orden Público.
Entre los militares y hombres de carreras y aristócratas “paseados” o, como se dice en la declaración del compañero de fatigas de Carrillo, Ramón Torrecilla Guijarro, sometidos a “una evacuación…. definitiva”, nos encontramos con jovencitos, prácticamente niños que tenían la mala costumbre de asistir a misa. Por idénticas razones había también entre los asesinados, muchos sacerdotes y religiosos que tenían la osadía de creer en Dios. Y, cómo no, también había muchos seminaristas y muchas monjitas que, al parecer, representaban un gran peligro para la República. Cuando las tropas llamadas nacionales se aproximaron a Madrid, se acrecentaron los asesinatos de una manera notable. Fueron miles los presos civiles y militares que encontraron su “final de trayecto” en Torrejón de Ardoz y, sobre todo, en Paracuellos del Jarama.
Piensa Santiago Carrillo que, después de tantos años, ya no se acuerda nadie de sus crímenes. Olvida que hay documentos que lo incriminan directamente en las atrocidades cometidas en las checas madrileñas. Llega incluso a contarnos la patraña de que los generales Miaja y Rojo vivían “una solidaridad profesional con las familias de mandos del Ejército franquista que permanecían en Madrid” y que, por consiguiente, no le hubieran perdonado nunca si hubiera sido responsable de lo ocurrido en Paracuellos. Se declara inocente y achaca los asesinatos de esas columnas de presos por la carencia de medios de la Junta de Defensa para defenderlos en su paso por esos territorios, próximos a Madrid, donde tenían sus bases los “señores de la guerra”. De ahí que confiese cínicamente: “la única responsabilidad que puedo asumir, es decir, todo lo más que se me podría imputar es que no pudimos dar cobertura a esas columnas de presos porque no teníamos efectivos ni para defender Madrid”.
Los incontables crímenes de Carrillo continuaron aún después de terminada la Guerra Civil. Aquellos compañeros de partido o camaradas, como se decía entonces, que operaban en España un poco al margen de las directrices marcadas por el propio Carrillo y por Dolores Ibárruri, cómodamente instalados en el exilio, se les delataba a la Policía de Franco como le ocurrió al agente de la Komintern Heriberto Quiñones. Este procedimiento maquiavélico se repetirá con frecuencia con los que Carrillo consideraba disidentes, como es el caso de Jesús Monzón. A veces era algún enviado de Carrillo el que ajusticiaba directamente a los discrepantes, como les pasó, entre otros a Gabriel León Trilla y a Víctor García García. Pero, eso sí, en estos casos procuraba hacer creer a la familia que había sido la Guardia Civil la causante de su muerte.
A grandes rasgos, estos son los delitos y los crímenes de Santiago Carrillo que trata de ocultar o de disimular, pero de los que nunca se ha arrepentido. En su fuero interno aún piensa que rindió un gran tributo a la libertad y a la democracia, entendidas libertad y democracia como las entendía el propio Stalin. No se le pueden exigir responsabilidades por este tipo de delitos, pues fueron amnistiados por Franco primero en 1966 y posteriormente en 1977 al producirse la transición democrática. Pero sí podemos impedir que se olviden sus actos y que trate de justificar ante nosotros lo que realmente es injustificable. Todos sabemos que Santiago Carrillo ha blindado su conciencia y ha utilizado conscientemente la maldad por sistema. Y este modo de proceder, en realidad, le hace especialmente odioso a la sociedad responsable.

Gijón, 15 de diciembre de 2010

José Luis Valladares Fernández

martes, 20 de abril de 2010

EL SANTÓN DE PARACUELLOS DE JARAMA

El pasado día 6 de abril apareció publicado en El País el interesante chat que sostuvo Santiago Carrillo con lectores del citado periódico. En dicho chat, Carrillo trata de dulcificar su controvertida personalidad y hacernos creer que lo que de él se cuenta, en buena medida, no es más que propaganda interesada y falaz. Pero a través de sus respuestas aparece la verdadera dimensión del antiguo consejero de Orden Público de la Junta de Defensa madrileña. Es evidente que el marxismo, a lo largo de su torva historia, ha generado verdaderos monstruos y Carrillo es uno de ellos.
El ex dirigente comunista es la imagen viva del camaleón, ya que es pintoresco como dicho saurio, y cambia de color de acuerdo con las circunstancias. Parecía haberse moderado, pero desde que el PSOE comenzó a homenajearle, volvió por sus fueros y apareciendo en él, con toda crudeza, el totalitarismo de siempre. No se ha enterado que está siendo utilizado sibilinamente por Zapatero en beneficio propio. Por decirlo de una manera gráfica, se ha convertido en el “tonto útil” del PSOE.
Respondiendo a una pregunta de uno de los internautas, dice que su mejor recuerdo es el de la fundación de las Juventudes Socialistas Unificadas, acto que tuvo lugar en marzo de 1936. Aquel fue, dice Carrillo, “un acontecimiento importante, porque era el primer paso de unidad de socialistas y comunistas en una situación en que esa unidad era muy importante para la defensa de la República”. También señala que el peor recuerdo que le viene a la memoria es el del día en que perdieron la guerra. Cuando otro internauta se interesa sobre si IU debiera haber condenado la muerte de Orlando Zapata y los atropellos del castrismo contra los disidentes, prefirió no mojarse y contestó escuetamente: “En cuanto a lo de Cuba, hoy no toca hablar de eso”.
A preguntas sobre la situación actual de España y sobre el sumario del caso Gürtel, Santiago Carrillo se despachó a gusto. Con la verborrea vacua y malintencionada a que nos tiene acostumbrados, apostillo que se trata de “una situación muy confusa, muy compleja, por la crisis económica, y por los procesos de corrupción de miembros del Partido Popular” y que trae como consecuencia el desprestigio de la clase política. La corrupción, dice, es un cáncer en la democracia y es debida, ante todo, al sistema político-social que impone el capitalismo. “Lo grave de esta lacra es que hace perder la confianza en la política y en todos los políticos y crea siempre un terreno favorable a la aparición de un salvador que dictatorialmente nos saque de esa situación. Y ahí nos encontramos sin libertades y con más corrupción. Yo creo que en este país hay un partido, el Partido Popular, que o realiza seria renovación, o debería dejar de ser una alternativa de gobierno, porque un partido que ha llegado al extremo al que ha llegado éste, puede convertirse en un peligro para la democracia”.
La corrupción, según Carrillo, es consustancial al Partido Popular. El PSOE actual, en cambio, está libre de esa lacra. Ante todo hay que ser agradecidos al trato que le están dispensando las huestes de Zapatero. Por eso dice que, en el pasado, hubo casos de corrupción en el PSOE, pero fueron debidamente juzgados. Incluso, agrega, “el Gobierno del PSOE, en un momento dado, fue capaz de capturar, nada menos que en Laos, a uno de los miembros corruptos de ese partido”. Seguro que, con la ayuda de Santiago Carrillo, la cúpula de Interior de entonces localizó por fin al famoso capitán Khan que, supuestamente, entregó a Luis Roldan.
El comportamiento del Partido Popular, según el antiguo dirigente del Partido Comunista, es muy distinto al del PSOE. Es cierto, dice, que Rajoy ha condenado a Matas. Pero hay indicios claros de que personalidades del PP, comprometidas con la trama Gürtel, están en cierto modo protegidas por el partido. A esto hay que agregar, faltaría más, que Carrillo “duda de la independencia real de los jueces”. El PSOE, en cambio, sería un partido inmaculado en cuanto a corrupción se refiere. Dejando a un lado la financiación del partido socialista con Filesa, Malesa y Time Sport, habría que borrar de un plumazo lo de Merca-Sevilla, el caso Pretoria, Caja Castilla La Mancha, la empresa MATSA donde trabaja la hija de Chaves y otros muchos casos por el estilo. El mismo José Bono aún no ha explicado fehacientemente el origen de su patrimonio. Y ¿qué pasa con las deudas millonarias de los socialistas, perdonadas por los Bancos, deudas que ascendían a unos 40 millones aproximadamente? ¿Acaso son actos de beneficencia por parte de las entidades bancarias?
Ante la intervención de otro internauta, que se interesaba por su actitud ante el revisionismo de Garzón sobre los crímenes de la Guerra Civil y el Franquismo, dice que los crímenes del campo republicano fueron “mucho menores de los que hubo en el franquista”. Además, agrega, los cometidos por los republicanos “fueron juzgados muy severamente al terminar la guerra por el régimen franquista. Miles de personas fueron ejecutadas como consecuencia de aquello. A las ejecuciones se unió el denigramiento de esas personas. Creo que si hubiera que juzgar hoy algún crimen, sería el de los franquistas que naturalmente no sólo no se juzgaron a sí mismos, sino que glorificaron y premiaron a los autores de sus crímenes”.
Es evidente que Carrillo, en la actualidad, no tiene que dar cuenta de sus actuaciones durante la Guerra Civil. Fue amnistiado de todos sus delitos, exactamente lo mismo que los del otro bando contendiente. Precisamente por este motivo, el ex dirigente comunista debería guardar, cuando menos, un prudente silencio. Evitaría que parte de la sociedad entre a saco en su vida y le recuerde sus terribles crímenes, tan numerosos al menos como los de los franquistas, pero mucho más odiosos por el inexplicable sadismo con que se llevaron a cabo. Las declaraciones de Ramón Torrecilla Guijarro, colaborador directo de Carrillo en las macabras sacas de las checas madrileñas, dejan al descubierto la brutalidad macabra con que eran tratadas las víctimas.
Entre los crímenes de Santiago Carrillo, nos encontramos con el asesinato de jovencitos, prácticamente niños, por el delito terrible de asistir a misa los domingos. Entre los asesinados hay también cantidad de seminaristas imberbes y muchas monjitas que, al parecer, entrañaban un gran peligro para la República. A Carrillo, por hablar más de la cuenta, le está pasando lo que a Zapatero con su abuelo. Nadie se acordaba ya de que había existido un tal capitán Lozano, duro represor de los mineros en el año 1934, pero desleal posteriormente con sus compañeros por sus relaciones ocultas con los republicanos. Y en cualquiera de los dos bandos, es normal que personajes así fueran tratados como traidores.
Los incontables crímenes de Carrillo continuaron aún después de terminada la Guerra Civil. Más de un compañero de partido o camarada, como se decía entonces, fue asesinado por orden suya, cuando compartía responsabilidades de mando en el PCE con Dolores Ibárruri, La Pasionaria. Y su osadía era tal, que procuraba que los familiares de la víctima creyeran que había sido la Guardia Civil la culpable de su muerte. Es, por ejemplo, el caso de Víctor García García, alias el brasileño. Pero, eso sí, según confesó en El País, allá por el año 2005, nunca tuvo problemas de conciencia. Faltaría más.
Este es el auténtico Carrillo y no el que él esconde torpemente detrás de sus recomendaciones éticas y morales, que prodiga a través de los micrófonos de la cadena SER. Quien no sepa de qué va, creerá que se trata de un santo muy preocupado por la democracia y por hacer el bien a todos los ciudadanos. Un demócrata consumado. Pero todo el mundo sabe que Carrillo es el símbolo viviente del totalitarismo más abyecto e ignominioso que te puedas encontrar. Su verdadera medida ya la dio siendo aún muy joven, cuando dirigía el periódico Renovación, órgano oficial de la Federación de Juventudes Socialistas de España.
Fue en este periódico donde Santiago Carrillo hizo sus pinitos de estimulador de la violencia, escribiendo el “Decálogo del joven socialista”, allá por 1934. Su manera de luchar por la libertad y la democracia queda muy bien reflejada en el punto sétimo y octavo de su decálogo. El punto sétimo reza así: “Ha de acostumbrarse (el joven socialista) a pensar que en los momentos revolucionarios la democracia interna en la organización en un estorbo. El jefe superior debe ser ciegamente obedecido, como asimismo el jefe de cada grupo”. Y remacha en el octavo: “La única idea que hoy debe tener grabada el joven socialista en su cerebro es que el socialismo sólo puede imponerse por la violencia, y que aquel compañero que propugne lo contrario, que tenga todavía sueños democráticos, sea alto, sea bajo, no pasa de ser un traidor, consciente o inconscientemente”. Todo esto, claro está, lo puso en práctica Santiago Carrillo una vez fue nombrado consejero de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid, sembrando de muertos el arroyo de San José, en Paracuellos de Jarama y el soto de Aldovea, en Torrejón de Ardoz. Este es el verdadero Santiago Carrillo Solares.

Gijón, 19 de abril de 2010

José Luis Valladares Fernández

jueves, 18 de marzo de 2010

CARRILLO Y LOS CAMBIOS EN LA IZQUIERDA

Según confiesa Santiago Carrillo, en unas declaraciones que hizo a Telecinco hace unos días, la izquierda ha evolucionado mucho desde la Guerra Civil. “La izquierda -dice- ha cambiado mucho desde entonces, está desconocida, y en cambio la derecha ha cambiado muy poco". Tanto ha cambiado la izquierda desde entonces, que está completamente “desconocida”. Algo que no ha sido capaz de hacer la derecha.
Para el ex secretario general del Partido Comunista, la derecha y buena parte de los obispos mantienen prácticamente, sin cambios políticos apreciables, las mismas posiciones que en el año 36. Como la derecha de entonces, el Partido Popular mantiene una oposición muy dura contra las decisiones del Gobierno actual. La dureza de esa oposición viene marcada por las críticas desmedidas, según Carrillo, a la modificación de la ley del aborto, que de una simple despenalización pasa a ser un derecho exclusivo de la mujer gestante. Otro tanto ocurre con la obstinada pretensión del Partido Popular de recuperar el debate sobre la cadena perpetua y las protestas continuas por la supuesta ruptura de la unidad de España.
Todo esto, unido a las amenazas de excomunión, por parte de algunos obispos, a quienes dieran el voto favorable al aborto, retrotrae al ex dirigente comunista, según su propia confesión, a los momentos previos a la sublevación militar de Francisco Franco. Sus palabras no pueden ser más claras: “Cuando uno ve la actitud de los dirigentes del PP, sobre todo algunos, y la actitud de una parte mayoritaria de los obispos en este país, todo eso se parece mucho a la agresividad y la dureza de la oposición de aquellos años”. Y agrega, con toda desfachatez, que “ahora lo que pasa es que no hay un Ejército preparado ni dispuesto a sublevarse y en eso nos va bien”.
Las antiparras de Santiago Carrillo le distorsionan totalmente la realidad. La derecha montaraz de la España actual, dice, está empeñada en acosar ciegamente al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, a quien quiere responsabilizar de la presente crisis económica. La gestión de Zapatero, en líneas generales, es muy buena, según Carrillo: “Lo hace bien”. Para el ex secretario general del Partido Comunista, esta situación, está correctamente gestionada por Zapatero. Y afirma con desenfado que no la ha desencadenado “ni él ni las fuerzas o sectores económicos españoles” sino que “es una crisis mundial”.
Es evidente que Carrillo, de manera interesada, no ve más que galgos donde en realidad solamente hay podencos. De ahí que afirme, con el mayor descaro del mundo, que el Partido Popular utilice la situación económica para intentar que “Zapatero reforme el mercado laboral”, pues esta es la fórmula que tiene la derecha “frente a la crisis para hacerla pagar a los sectores más débiles del país, fundamentalmente los trabajadores”. Afirmar esto es una tremenda sinvergüencería, porque quien paga de verdad la crisis son efectivamente los de siempre, los más humildes, pero no porque se reforme el mercado laboral, la pagan, y de manera muy dura, porque pierden su trabajo y tienen que pasar a depender lamentablemente de las temporales y escasas limosnas que les proporciona el Gobierno y de la caridad pública.
Lo que no explica Santiago Carrillo es si ese cambio tan estelar de la izquierda es real o es un simple acto camaleónico para despistar. Pues hay indicios razonables de que, al menos parte de esa izquierda actual, sigue tan sectaria y fundamentalista como la izquierda de la Segunda República. En consecuencia, el cambio que algunos han adoptado, obligados por las circunstancias, es puramente cosmético y superficial. De todos modos, independientemente de que el cambio sea real o aparente, la izquierda intemperante y desenfrenada de entonces, que negaba a la sociedad el derecho a pensar de manera distinta a las pautas marcadas por la Rusia soviética, necesitaba un evidente ‘aggiornamento’ social, más acorde con las exigencias de las democracias modernas y también, como no, para homologarse con la izquierda de los países de nuestro entorno.
La derecha de aquellos años trágicos de la historia española no necesita cambiar. Ya era entonces bastante más democrática y tolerante que el incontinente Frente Popular. En un principio, fue la izquierda la que comenzó con las algaradas y desórdenes salvajes, la quema de Iglesias y conventos y la persecución de quienes pensaban de distinta forma y se permitían el lujo de tener una religión. Fueron esas izquierdas libertinas las que obligaron a la derecha a defenderse de sus ataques ciegos y desenfrenados. Pusieron tal empeño en doblegar conciencias ajenas, que hasta hicieron inevitable la propia Guerra Civil.
La derecha de la España de 1936 estaba plenamente civilizada, reconocía el valor supremo de la vida y respetaba las conciencias ajenas. Sus valores coincidían con los señalados tradicionalmente por la milenaria cultura occidental, con raíces profundas en la Roma clásica y en la Cruz cristiana. Aquella Derecha, y también la Iglesia de entonces, sabían distinguir perfectamente entre las personas y sus ideas. Algo que aún les cuesta hoy a los que, según Carrillo, tanto han cambiado. Podían atacar con dureza a las ideologías contrarias a la ética y a la moral tradicional de nuestra cultural. Pero, eso sí, respetando profundamente a las personas.
Toda la izquierda de la época republicana española, en la que militaba el entonces joven Santiago Carrillo, no llegaba a tanto. Confundía a las personas con sus ideas y sus sentimientos más íntimos y si se salían del esquema trazado por Moscú, pagaban con su vida por ello. Dirá Carrillo que se trataba de enemigos del pueblo y de la República y que ponían en peligro a la democracia popular que intentaban instaurar. Las pobres monjitas asesinadas debían ser un enemigo mortal muy peligroso. Lo mismo que tanto imberbe seminarista y otros muchos jovencitos, casi niños, que tenían la infame osadía de asistir a misa los domingos y que pagaron con su vida por semejante audacia.
Se extraña ahora Carrillo de que la derecha actual, y también la Iglesia, se hayan posicionado tan claramente contra la nueva ley del aborto. El aborto provocado, lejos de ser una señal evidente de modernidad y progreso, es una atrocidad espantosa y macabra, que repugna a la inteligencia y al más elemental sentir humano. Es algo que va contra el derecho más elemental de las personas, como es el derecho a nacer y a vivir.
Con la interrupción voluntaria del embarazo se pone fin a la vida de los seres humanos más inocentes e indefensos. Un genocidio en toda regla consentido y auspiciado por muchos de los que protestan por el maltrato dado a otros animales. Hacemos buenos a los espartanos que, de acuerdo con las leyes implantadas por Licurgo en su tierra, todos los niños que nacían con alguna tara física eran despeñados desde lo más alto del monte Taigeto. El aborto en sí es un asesinato en toda regla de un ser humano indefenso, y semejante acto de barbarie es calificado por esta izquierda que padecemos como algo progresista y digno de alabanza. Hace falta tener una inteligencia muy roma y un corazón más duro que el de una fiera salvaje.

Gijón, 16 de marzo de 2010

José Luis Valladares Fernández

sábado, 11 de julio de 2009

ZAPATERO EN EL BUEN CAMINO

Desde que Zapatero se apeó del tren de cercanías que le llevó a la Moncloa, ya se fijó como meta prioritaria, hacer lo que no supieron hacer sus antepasados políticos: ganar la dichosa guerra civil. Para ello ha ideado, como Azaña cuando llegó la II República, todo un “plan de demoliciones” de las distintas tradiciones españolas, y muy especialmente las tradiciones fundadas en el catolicismo.
Ese afán por borrar de nuestra cultura todo lo que tiene de occidental, al menos todo lo que huela a cristianismo, le llevó a copiar y, posteriormente asumir como propia, la dichosa Alianza de Civilizaciones. Nada como importar tradiciones islamistas, ancladas como poco en la Edad Media, para crear problemas a la más moderna y actualizada cultura cristiana. No importa que el islamismo sea integrista, reduzca a la mujer a un simple objeto y realice otros actos que para todo occidental suenan a pura barbarie. El islamismo es para Zapatero un arma que utiliza intencionadamente para su lucha particular contra nuestras tradiciones más arraigadas.
No ha sido otra su intención al apropiarse de nombres y ritos tan tradicionales y queridos por nuestra cultura cristiana, como el matrimonio y, últimamente el bautismo. Para molestar a la Iglesia católica, se empeñó en dar rango de matrimonio a las uniones entre personas del mismo sexo. No importa ni el significado de la palabra matrimonio, que indica complementariedad, algo que en la unión entre homosexuales no se da. Con otro nombre, y reconociendo todos los derechos a esas uniones de hecho, tendrían los mismos efectos legales que el matrimonio canónico. Pero había que molestar lo más posible a los católicos. Y para seguir hurgando en la herida, se han comenzado a celebrar bautismos laicos.
La misma Ley de Memoria Histórica que se ha inventado trata de fijar el punto de partida en aquel momento histórico, donde por inepcia del Frente Popular, quedó roto con la victoria, en la guerra civil, del ejército de Franco. Zapatero, con esta ley, pretende dejar sentado, de una vez por todas, que los del Frente Popular luchaban por la democracia y, como tales, fueron masacrados de manera inmisericorde por un ejército fascista. Ellos exponían sus vidas desinteresadamente para defender la República, contra la que se habían alineado fuerzas reaccionarias españolas y todo el fascismo europeo.
Olvida Zapatero que existió la insurrección de 1934 contra el resultado de unas elecciones que dieron el poder a la derecha y que fue precisamente esa derecha la que entonces defendió a la República. También olvida Zapatero la existencia de las checas, donde sin juicio previo, se asesinó, entre otros, a peligrosas monjas y a imberbes seminaristas. Olvida, o no sabe muchas cosas de ese período histórico de la República Española, donde se intento volchevizarnos, aunque afortunadamente no lo consiguieron.
Ignora Zapatero el dicho de Largo Caballero de cara a las elecciones de febrero de 1936: “si triunfan las derechas, […] tendremos que ir forzosamente a la guerra civil declarada”. También desconoce, porque no sabe nada de historia, la confesión de Amós Salvador a Portela con ocasión de esas mismas elecciones: estamos dispuestos a formar el Frente Popular para empeñar una lucha a muerte con las derechas. Y si vencen ellos que nos exterminen; y si vencemos nosotros los exterminaremos a ellos.
Pero ahora Zapatero parece ser que acertó para corregir el rumbo errático de la España de Franco y enderezar las sendas del régimen heredado del franquismo y ganar por fin la guerra civil, lo que entonces no fue posible. Cuenta para ello con la colaboración inestimable de personajes del anterior régimen que nacieron ya en coche oficial y con el de varios estamentos estatales. Así celebró, por todo lo alto, el homenaje a Carrillo, el héroe de Paracuellos del Jarama, en cuyo honor se retiró una estatua ecuestre del anterior jefe del Estado.
A Santiago Carrillo, último santón del Frente Popular y responsable final de muchas muertes durante la contienda civil, aunque ya amnistiado, se le declara Doctor honoris causa. A Franco, en cambio, se le retiran todos los honores que le fueron concedidos a lo largo de su dilatada vida. Si se pudiera, se le borraba hasta de la Historia, reduciéndole a una pesadilla o un mal sueño. Ha habido Ayuntamientos, como el de Madrid, que han tenido que esperar treinta y cuatro años para retirarle los títulos y medallas. Necesitaban estar muy seguros de que Franco había muerto.
Con estas ayudas, no cabe duda de que Zapatero tiene despejado el camino para ganar ahora la guerra, que la izquierda perdió en 1939. Y, con la inestimable ayuda de tantas personas cuyos ancestros formaban parte del extinto régimen -Bermejo, Fernández de la Vega, Bono, etc.-, Zapatero terminará por dejar fuera de la Ley al franquismo. Lo malo es que si el régimen de Franco no era legal, será también ilegal la actual situación política emanada de aquel.

José Luis Valladares Fernández

jueves, 12 de marzo de 2009

SANTIAGO CARRILLO Y SUS COSAS


En la primavera de 2008, el Club La Nueva España y la asociación cultural Cauce del Nalón invitaron a una charla o mesa redonda a Santiago Carrillo. Dicha charla estuvo más bien centrada en el análisis de la situación política creada, después de las últimas elecciones generales del 9 de Marzo de dicho año. En La Nueva España del 20 de Abril de 2008, aparece un resumen, bastante completo, de la intervención de Carrillo.
Según dicha reseña periodística, el antiguo líder comunista manifiesta que el modelo de Estado propiciado por Zapatero, con estatutos de autonomía como el de Cataluña, lejos de romper España, contribuye precisamente a su unión. Confiesa que el Partido Popular, cuando habla que la unidad de España está en peligro, simplemente trata de salvar su propia unidad y no la del Estado. Con esta afirmación tan peregrina, nos demuestra palpablemente que su idea de la unidad de España es tremendamente simplista. Esta pobre concepción de la unidad de España no es exclusiva de Carrillo. La comparte, por desgracia, mucha gente de la izquierda pretendidamente progresista. Gente que, además, tiene verdaderas responsabilidades políticas.
Quizás el Partido Popular no haya explicado suficientemente el concepto de unidad de España. Habrá pensado que algo tan claro y evidente no necesita aclaracion alguna. La rotura de la unidad de España no se produce porque el mapa caiga en el suelo hecho pedazos. Tampoco hay peligro de que se instalen fronteras entre unos pueblos y otros, ya que todos ellos saben que necesitan de España para vivir con cierto decoro económico. La rotura de España se produce cuando se rompe la igualdad que propugna nuestra Constitución. Se rompe cuando el gobierno de turno privilegia a unos ciudadanos sobre otros. Si hay ciudadanos con más privilegios que otros; en una palabra, si hay ciudadanos más iguales que otros, la unidad de España está lamentablemente rota.
Y la idea que tiene Carrillo de la igualdad entre hombres y mujeres es tan simplista y primaria como la de la unidad de España. Piensa, al igual que Zapatero, que la igualdad real y sociológica depende exclusivamente de una simple cuota. Nada más falso. La igualdad en número no es igualdad y, a la larga, resulta tremendamente discriminatoria para la mujer. Esa deseada igualdad la conseguiremos únicamente dando a las mujeres las mismas oportunidades que a los hombres para su formación. Y una vez formadas, a la hora de cubrir puestos, elegir a la persona más idónea, sea hombre o mujer. La igualdad será real cuando el criterio de selección se fije únicamente en los méritos y en la preparación de la persona. La valía y la preparación deben primar sobre cualquier otra consideración.
Hay más cosas en las que no puedo estar de acuerdo con Santiago Carrillo. No hace falta que confiese sus carencias en cultura religiosa. Y, como todos los que están ayunos de conocimientos religiosos, se permite teorizar sobre todo lo divino y lo humano que se tercie. De ahí que afirme que el Partido popular está sometido, de una manera u otra, al poder de la Iglesia. Es cierto, eso sí, que el Partido Popular comparte con la Iglesia el respeto por las diferentes ideas y creencias religiosas que cada uno pueda profesar. Coinciden, incluso, en señalar el valor intrínseco de la familia como institución básica y los derechos fundamentales del individuo. La conciencia individual de cada persona, para el Partido Popular, es algo inviolable que merece el mayor respeto.
La dignidad moral de cada individuo, sin embargo, no es respetada en absoluto por los que piensan que lo único válido en la actualidad es el relativismo ético y moral. Un ejemplo claro lo tenemos en una declaración que, por esas fechas, hizo el Consejero de Educación y Ciencia de Castilla-La Mancha, José Valverde Serrano. Se atrevió a decir, sin ponerse colorado por ello, que la moral familiar tiene que supeditarse siempre a la moral del estado.
La cultura es muy interesante. La cultura religiosa también. Es algo necesario para enjuiciar correctamente cualquier hecho religioso. Y más aún para interpretar los actos que se deriven de ese hecho religioso. Si Carrillo tuviera un conocimiento básico de la doctrina coránica, vería claro cual es el origen del terrorismo islámico. Osama ben Laden no atentó el 11 de Septiembre de 2001 contra las torres gemelas por el hecho de que él pertenezca a un pueblo con pocos recursos económicos. Lo hizo por que se sentía obligado a actuar así por sus creencias religiosas
Osama ben Laden esta plenamente convencido de que el Corán y la Hadiz o tradición islámica le obliga a implicarse en la Yihad o guerra santa. El luchar contra los enemigos del islán, en todos los frentes, es para él un deber sagrado al que no se puede sustraer. Si fuera exclusivamente cuestión de pobreza frente al mundo de la abundancia, no habría personas prestas a autoinmolarse por esa cuestión puramente terrenal. El fundamentalismo islámico debe su origen a que creen que los preceptos de Mahoma fueron revelados directamente por Alá. Y según esta doctrina, predicada sin desmayo por todos los ulemas o mulas, tiene garantizado el paraíso todo aquel que mate o sea matado por causa de Alá.
El carácter belicoso del islamista practicante, no es un invento de los americanos. Es algo real, basado en las enseñanzas recogidas en el Corán, desde el primer sura hasta el último. El verdadero islamista es guerrero por encima de todo. De ahí que se vuelque en su fe, siguiendo ciegamente los preceptos coránicos. Para ellos no cuentan para nada ni los derechos fundamentales de la persona, y mucho menos los valores tradicionales de nuestra cultura occidental.
Y mientras no estemos convencidos de que esto es así, a pesar de los valores que pueda tener el multiculturalismo y a pesar de la alianza de las civilizaciones, tendremos muchos problemas con el mundo islámico. Es un peligro inmenso consentir, y en muchos casos propiciar, el que estas personas formen verdaderos guetos religiosos en nuestro mundo occidental. Pues ellos, inevitablemente, se reafirmaran en su propia identidad, pero siempre, que no lo dude nadie, en contraposición a la identidad nacional que los acoge.
José Luis Valladares Fernández