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jueves, 21 de febrero de 2013

MEDIDAS CONTRA LA CORRUPCIÓN POLÍTICA



Tanto El Mundo como El País se han desmelenado últimamente y han puesto en la picota a destacados miembros de la cúpula del Partido Popular. Ambos periódicos utilizaron profusamente, y muy a la ligera, una información poco constatada, suministrada al parecer por el abogado Jorge Trías, un antiguo afiliado del partido y amigo íntimo de Baltasar Garzón. Según nos cuentan quienes le conocen, estaríamos ante un personaje excesivamente enrevesado e impredecible, muy dado a la venganza y al resentimiento y, además, quiere ser siempre protagonista.

Según datos suministrados por Luis Bárcenas, el ex diputado Jorge Trías se ofreció al Partido Popular para desempeñar el cargo de Ministro de Justicia o Defensor del Pueblo en el Gobierno de Mariano Rajoy. También pasó al partido una minuta de 50.000 euros por el asesoramiento prestado, según él, en el caso Gürtel. Al no ser atendida ninguna de sus pretensiones, montó en cólera y, siguiendo quizás el consejo del despechado ex juez Garzón,  entrega a los periódicos citados una documentación un tanto sospechosa y muy comprometida para el Partido Popular. Según esos papeles, varios dirigentes del partido, entre los que estaría el actual presidente del Gobierno, habrían cobrado sobresueldos en dinero negro.

Hasta ahora nadie ha podido probar estos hechos. Los papeles publicados, según todos los indicios, no son más que unas simples fotocopias, posiblemente amañadas para castigar de manera intencionada a esa formación política. De momento, ni El Mundo, ni El País  han podido aportar documento alguno que avale la veracidad de esos papeles, lo que ha sido determinante  para que este asunto se haya ido desinflando poco a poco. De ahí que no sepamos aún el verdadero alcance de tan grave acusación. Podemos estar ante un hecho real o ante un burdo embuste, montado y divulgado con la maliciosa idea de desacreditar al Partido Popular. Lo malo es que,  aunque se trate de un simple infundio, además de perjudicar gravemente a este partido, se pone en cuestión la credibilidad de España y se hace un daño irreparable a toda la clase política.

domingo, 12 de febrero de 2012

ASÍ ES LA IZQUIERDA ESPAÑOLA

Es muy habitual que los hombres de izquierda piensen que solamente ellos están capacitados para decir quién es demócrata y quién no y quién cumple íntegramente los requisitos requeridos para ser un progresista consumado. Pero en realidad, se trata de personas que no han sido capaces de borrar totalmente los rastros que ha dejado en ellas el marxismo. Cuando menos lo esperas, dejan ver la oreja y aparecen sus comportamientos mesiánicos y totalitarios. Una conducta bastante frecuente en personajes como Cayo Lara y Gaspar Llamazares, que se han dejado cautivar por la dictadura cubana y que aún lloran la caída del Muro de Berlín.
No es normal que, a estas alturas de la película,  Cayo Lara y Gaspar Llamazares tengan ese tipo de actitudes y quieran encabezar las procesiones absurdas en defensa de Baltasar Garzón. Pero aún así, es perfectamente comprensible. Sin embargo, extraña bastante más la conducta miserable del PSOE que, por lo que parece, siguen anclados en la primera mitad del siglo pasado. Todavía no han sido capaces de desprenderse de los viejos demonios que aprisionaron a su fundador Pablo Iglesias, y siguen haciendo causa común con las huestes de Cayo Lara y en perfecta armonía con los titiriteros de la ceja para atacar dialécticamente al Tribunal Supremo, por sentar en el banquillo de los acusados a Baltasar Garzón.
Es evidente que Pablo Iglesias no creía en la Justicia que no le diera la razón. Ahí están para confirmarlo las amenazantes palabras que soltó en las cortes el 5 de mayo de 1910: “Este partido está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones". Y los socialistas de hoy, como su fundador, tampoco creen en la Justicia si ésta no les es favorable y se adapta plenamente a sus expectativas. Por eso unen sus voces a las de Cayo Lara,   Llamazares y todo su séquito, entre los que destaca Pilar Bardem y algunos jueces y fiscales, y corean juntos insultos de grueso calibre contra los jueces del Tribunal Supremo. Entre otras lindezas, gritan desaforadamente: "fuera fascistas del Tribunal Supremo" o "Tribunal Supremo, suprema impunidad".
Toda esta tropa se desgañita  lanzando al aire furibundas consignas contra el franquismo y contra los jueces del Tribunal Supremo, entremezcladas con otras de apoyo al juez Garzón. Son incapaces de ver que Baltasar Garzón se ha pasado unos cuantos pueblos al considerar que puede impartir justicia, urbi et orbi,  sin cortapisa alguna. Al tratarse de un juez de izquierdas, como él mismo ha dicho, tiene bula para actuar como le venga en gana, venga o no venga a cuento. Los medios que se utilicen son lo de menos. Todos son útiles y justificables, siempre que ayuden a conseguir el fin propuesto. Justifica la intervención de las conversaciones de los implicados en la “trama  Gürtel” con sus abogados, ya que así impedía que los miembros de esa red delictiva continuaran blanqueando dinero y evadiéndolo fuera de España.
También encuentra escusas Garzón para investigar los crímenes de la dictadura. Al no existir un censo de los desaparecidos en la Guerra Civil, ni de las fosas comunes utilizadas durante la contienda, se imponía una investigación seria y precisa para dar una satisfacción a los represaliados por el franquismo. La amnistía general de 1977, según el juez Garzón,  solamente alcanza a Santiago Carrillo y a los demás responsables del Gobierno de la República. Quedan fuera de su paraguas, sin embargo, los que se levantaron en armas contra el Gobierno legítimo y el orden constitucional. Y es que para Baltasar Garzón, en los asesinatos de Paracuellos, por ejemplo, no había delito contra altos organismos de la Nación. Los asesinatos y las desapariciones provocadas por Franco y sus secuaces “eran crímenes contra la humanidad, de genocidio, que perduran en el tiempo” y que, por consiguiente,  “estaban dentro de la competencia de la Audiencia Nacional”. Para justificar su actuación, aduce como jurisprudencia los juicios de Núremberg contra los nazis.
En el caso  Gürtel, digan lo que digan Garzón y sus voceros,  avasalló los derechos fundamentales de los inculpados al suspender  sus garantías procesales con las escuchas de las conversaciones, realizadas en la cárcel con sus abogados. En el caso de la represión franquista se excedió palpablemente en sus atribuciones jurídicas. Y es precisamente por esto,  por lo que está sentado en el banquillo de los acusados por segunda vez, y no por investigar los crímenes del llamado bando nacional, como quieren hacernos ver  el coro mediático que le defiende y esa especie de jauría política que le jalea a diario a las puertas del Tribunal Supremo.
Y aunque no venga al caso, Baltasar Garzón quiere hacer ver a los jueces que lo juzgan que se sintió moralmente obligado a investigar esos casos que obedecían a “un plan sistemático y preconcebido de eliminación y desaparición de miles y miles de personas”. Y continua impertérrito con su alegato: “No investigué crímenes políticos, sino delitos contra la humanidad. Hice realmente lo que creí que tenía que hacer por encima de ideologías, porque aquí ha habido cientos y cientos de miles de víctimas que no habían sido atendidas en sus derechos y el juez tiene la obligación de investigar esos hechos y dar protección”. Garzón insiste una y otra vez, en lo que se refiere a este caso, que actuó siempre por encima de cualquier ideología. Pero esto es lo de menos. Lo que se investiga aquí es si actuó por encima o de acuerdo con la ley.
Los incondicionales del juez estrella no se conforman con arroparle con todo entusiasmo en sus entradas y salidas del tribunal que lo juzga. Entregaron además un escrito en el Supremo, solicitando la dimisión de los integrantes de la Sala de lo Penal que lo juzgan y reclamando "justicia democrática para el juez y para toda la ciudadanía española y verdad, justicia y memoria para todas las víctimas de la dictadura del general Franco". Y por si todo esto fuera poco, organizaron una manifestación intimidatoria, a la que asistieron juntamente con lo más granado de la izquierda díscola y sectaria que padecemos, algunos jueces y fiscales de la Audiencia Nacional que, por lo que parece, no tenían nada mejor que hacer.
El lema de esta manifestación no podía ser más claro e impertinente: "Contra los juicios de la vergüenza. Contra los crímenes del franquismo. En apoyo al juez Baltasar Garzón". Estaba encabezada, como no podía ser menos, por los líderes sindicalistas Ignacio Fernández Toxo y Cándido Méndez; el coordinador de IU Cayo Lara y el diputado de esta coalición Gaspar Llamazares; los socialistas Pedro Zerolo y Soraya Rodríguez y, faltaría más, la impertinente Pilar Bardem, Marisa Paredes y Lola Herrera. Al mismo tiempo que la manifestación, hubo concentraciones en Granada  y en la localidad malagueña de Vélez-Málaga para protestar contra los juicios abiertos al juez Garzón y para homenajear a las víctimas de la Guerra Civil.
Son significativas las declaraciones de algunos de los asistentes a esta manifestación. Según Cayo Lara, el Supremo, al juzgar a Baltasar Garzón, está "tendiendo puentes de plata a la corrupción y un muro de silencio al genocidio franquista". No ha estado menos expresiva Soraya Rodríguez, lamentando que se dude  de la actuación de quien ha intentado en todo momento “   aplicar con valentía la ley de memoria histórica, que no es un ajuste de cuentas contra nadie, sino un encuentro con nuestra realidad". Según Cándido Méndez, el juez Garzón no ha hecho otra cosa que intentar hacer un "saneamiento democrático" de la sociedad española, “para cerrar las heridas del franquismo y que haya reconciliación". La inefable Pilar Bardem va aún más lejos y califica a este juez como "símbolo para los derechos humanos, que no son ni de derechas ni de izquierdas”.
Una cosa queda muy clara. Esta izquierda que padecemos solamente cree en la Justicia cuando les favorecen las resoluciones judiciales, siempre que condenen, eso sí, a los de la otra acera ideológica, a los de la derecha. Esto pone al descubierto el alto déficit democrático que padece toda esta tropa cavernícola que no ha sabido homologarse con la izquierda moderna de los países democráticos. 
Gijón, 3 de febrero de 2012 
José Luis Valladares Fernández

jueves, 2 de febrero de 2012

HACIA UNA NUEVA IMAGEN DE LA JUSTICIA

Hasta que a Alfonso Guerra se le ocurrió asesinar a Montesquieu, aunque hubiera sus cosas, la Justicia guardaba cierta compostura y simulaba al menos ser honesta,  imparcial y hasta independiente. La tradicional división o separación de poderes era admitida sin más como algo característico de los países democráticos. Pero con la muerte oportuna del Barón de Montesquieu, provocada intencionadamente en plena efervescencia del felipismo, todo cambió y el derecho pasó a ser simplemente un fiel servidor de los fines políticos de la nueva mayoría. Desde entonces, el Consejo General del Poder Judicial pasó a ser un reflejo del Parlamento, quedando así el poder judicial sometido al poder político.
Esta reproducción exacta en el órgano de gobierno de los jueces del esquema político que impera en el Congreso fue aceptada y bendecida sin rechistar por las asociaciones judiciales adscritas de alguna manera a los dos partidos mayoritarios. Protestaron los jueces no inscritos en las conocidas asociaciones, calificando el acuerdo de “apaño” y de “fraude de ley”, pero aceptaron el hecho sin más los de Jueces para la Democracia vinculada al PSOE y los de la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura afín al Partido Popular. Con ese reparto absurdo del poder en el Consejo General del Poder Judicial entre los partidos mayoritarios, la Justicia se debilita, al estar siempre a expensas de los políticos, de sus decisiones arbitrarias y hasta de sus caprichos. Todo un despropósito de la política judicial.
Fue en este contesto, en el que el entonces alcalde de Jerez, Pedro Pacheco, pronunció aquella polémica frase que se hizo muy famosa: “La Justicia es un cachondeo”. Desde que los miembros del Consejo del Poder Judicial español pasaron a ser elegidos por el Parlamento, la opinión pública comenzó a desconfiar de la Justicia de manera creciente. Y ese desprestigio, cada vez mayor, aparece reflejado claramente en las distintas encuestas de opinión que se realizaban entre el público en general y, sobre todo, entre los usuarios de la propia Justicia. Los usuarios de la Justicia, los que se han visto inmersos en algún procedimiento judicial, tienen una imagen aún más negativa del mundo judicial que el resto de los ciudadanos.
Ya son extremadamente alarmantes los datos de una encuesta, realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas allá por  el año 1996. En una  muestra muy amplia, realizada en toda España y con una valoración de 1 a 10, los encuestados calificaron  con un simple 3,9 a la Justicia española, lo que supone un suspenso sin paliativo alguno. Ya de aquella, de una serie de instituciones sometidas a examen entre la opinión pública, la Justicia quedaba muy por detrás de la prensa, de los partidos políticos y hasta de la administración local. La valoración de la Justicia por los ciudadanos se encuentra ahora en uno de los momentos  más bajos desde la reforma de 1985. Su valoración es muy similar a la obtenida por el Gobierno de Zapatero al final de su mandato.
El desprestigio de la administración de Justicia ha crecido tanto, que son muchos los ciudadanos que están plenamente convencidos de que los tribunales se dejan llevar por los intereses del Gobierno y que se amilanan ante las presiones que ejercen ciertos grupos económicos y sociales, e incluso ante los medios de comunicación. Han terminado por convertirse en sicarios del poder político y, a veces, hasta del económico. Un porcentaje muy alto, alrededor de un 65%, considera que los jueces, consciente o inconscientemente, favorecen de manera muy clara a los miembros del partido que gobierna, y  perjudican sin mayores problemas a los políticos de la oposición.
Un paradigma evidente del juez politizado es Baltasar Garzón. Quizás sea porque se trata de un juez de izquierdas, como él mismo ha dicho, aunque si es de izquierdas no vale para juez, como tampoco valdría uno que fuera de derechas. Y como juez politizado que es, Garzón ha manejado el cajón de la mesa de su despacho con una maestría y una eficiencia inigualable, unas veces para dormir los casos cuando convenía y otras para despertarlos y desempolvarlos oportunamente. A más de uno le ha hecho pasar injustamente, eso sí, un terrible calvario, aunque después haya sido declarado inocente. Garzón era un mal instructor. Ahí están las estadísticas para corroborarlo. Pero en cambio, ha sabido manejar muy bien los hilos de la prensa española y extranjera, para dar esa imagen  de súper juez o juez estrella, que está incluso por encima del mal y del bien.
Obsesionado por la fama, el juez Garzón se las arreglaba para que los casos más sonados fueran a parar todos a su juzgado. Y como todo le parecía poco, para agrandar su notoriedad internacional, emitió una orden de arresto contra el ex dictador chileno, Augusto Pinochet, por la muerte y tortura  de ciudadanos españoles durante su mandato. Se quedó con las ganas de investigar  al ex secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, por lo de la Operación Cóndor, mediante la cual se instauraron en Sudamérica varias dictaduras. En abril de 2001, solicitó al Consejo de Europa que desaforara al entonces primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, ya que le consideraba incurso en una causa de fraude fiscal, vinculada a Telecinco. Y en 2003 ordenó el arresto del famoso terrorista Osama bin Laden.
Embriagado con los aplausos derramados por la izquierda política y mediática, Baltasar Garzón llegó a creer que, más que un guardián de la ley,  era su propia encarnación y que, por consiguiente, podía actuar sin limitación alguna. Y para incrementar al máximo su popularidad, nada mejor que encausar a sus adversarios políticos  favoreciendo así los intereses del PSOE,  y embarcarse tontamente en la investigación de los crímenes atribuibles a la dictadura de Franco. Y nada mejor que  la Audiencia Nacional para emprender, con toda clase de ventajas,  esa guerra absurda contra el Partido popular
La ocasión se la facilitó José Luis Peñas, antiguo concejal del Partido Popular en el ayuntamiento de Majadahonda, que en noviembre de 2007 presentó una denuncia ante la Fiscalía Anticorrupción contra su amigo Francisco Correa. Utilizando las grabaciones que José Luis Peñas entregó con la denuncia, el juez Garzón pone en marcha, en febrero de 2009,  la tan traída y llevada operación Gürtel. Se detiene a Francisco Correa y a otros cuatro más entre los que está Álvaro Pérez, apodado “El Bigotes” y el militante del Partido popular Arturo González Panero, alcalde de Boadilla del Monte. Se les acusa de blanqueo de capitales, fraude fiscal, cohecho y tráfico de influencias.
Acto seguido Baltasar Garzón se va de caza a Jaén, con el ministro de Justicia de entonces, Mariano Fernández Bermejo. En la montería, coinciden sospechosamente con la fiscal Dolores Delgado y con el ya famoso comisario jefe de la Policía Judicial Juan Antonio González, que suele ocultar su identidad tras el acrónimo JAG. Como, más que de una operación anticorrupción, se trataba de una operación política de gran envergadura, tenían que preparar cuidadosamente la caza de miembros destacados del Partido Popular, entre los que irán apareciendo el eurodiputado Gerardo Galeote, el senador y Tesorero del partido Luis Bárcenas y Francisco Camps, que posteriormente,  o no fueron citados por el  Tribunal Superior de Justicia de Madrid, o fueron exculpados o declarados no culpables.
Permaneciendo aún incomunicados en el calabozo y sin tomar declaración a ninguno de los detenidos, se comenzaron a filtrar documentos desde el juzgado de Garzón a El País, con la clara intención de desacreditar mediáticamente al Partido popular. Se revelaron delictivamente al periódico del Grupo Prisa, secretos y conversaciones privadas, logradas mediante interceptación de llamadas y conversaciones privadas. Cegado de su obscena soberbia, se atreve a  vulnerar conscientemente hasta las  garantías constitucionales más elementales y ordena grabar las conversaciones entre varios de los imputados, que estaban en la cárcel por el caso Gürtel,  y sus abogados.
Con anterioridad a estos hechos delictivos, Garzón había empezando a investigar formalmente los crímenes del franquismo y ordenó abrir varias fosas de la Guerra Civil, a pesar de la advertencia clara de la Fiscalía, indicándole que semejante caso escapaba a su competencia. Es evidente que Baltasar Garzón se extralimitó puniblemente en el caso de las escuchas en el caso Gürtel y también en la investigación de los crímenes del franquismo. Esto dio lugar a sendas querellas por presunta prevaricación, una de ellas del abogado Ignacio Peláez, perjudicado con la grabación las conversaciones con su defendido implicado en el Gürtel; y la otra del Sindicato Manos Limpias por investigar la represión franquista sin tener competencia para ello.
Ambas querellas fueron admitidas a trámite por la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo de España, acordando la apertura de juicio oral en ambas causas. Esto determinó que el Consejo General del Poder Judicial suspendiera cautelarmente a Garzón por las escuchas ilegales primero y después por su decisión de declararse competente para investigar los crímenes de la dictadura de Franco. Además de en estos dos casos, tendrá que sentarse una tercera vez en el banquillo de los acusados, acusado de cohecho impropio por los cobros durante su estancia en Nueva York.
Llama la atención que un juez como Baltasar Garzón, después de estar en el ajo durante tantos años, no crea en la Justicia. Eso indica al menos su manifiesta desconfianza hacía tantos jueces del Tribunal Supremo. No cree en su imparcialidad y, por eso, esas sonadas recusaciones de la mayor parte de los magistrados que debían juzgarle.  Y a pesar de conseguir que le aceptaran la recusación de cinco de los siete jueces designados para juzgarle, por previsible falta de imparcialidad objetiva, sigue con sus suspicacias y tremendamente receloso del comportamiento de los que, al final, le van a juzgar.
De ahí que Garzón, si no moviliza directamente a sus fans, alienta las esperpénticas protestas que realizan a las puertas del Tribunal Supremo. Y como aún le parecen poco estas carnavaladas, requiere la presencia en el juicio de ciertos jueces y juristas extranjeros, supuestamente defensores acérrimos de los derechos humanos, para chantajear abiertamente a los miembros del tribunal que lo juzgan. Y si un juez desconfía de la Justicia tan ostensiblemente, ¿qué no harán los ciudadanos de a pié, que no pueden esperar cierto grado de debilidad o comprensión debidas al corporativismo o a cualquier otro motivo?
Menos mal que, con el cambio de Gobierno, es muy posible que desaparezca de una vez la crisis que ha venido perturbando gravemente el funcionamiento de la administración de justicia desde la interesada reforma de 1985. Esa fue, al menos, la promesa de Mariano Rajoy, repetida una y otra vez en todas sus intervenciones en la última campaña electoral. Y según parece, en contra de lo que pensaba el gran cínico de la política Tierno Galván, la llamativa promesa de despolitizar los órganos judiciales fue hecha para cumplirla. Ahí están, para demostrarlo, las recientes declaraciones de Soraya Sáenz de Santamaría en la Comisión Constitucional del Congreso y las del nuevo ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, ante la Comisión de Justicia del Congreso.
En este sentido, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría anunció que el Gobierno llevará a las Cortes una Ley orgánica que garantice que "las funciones del Tribunal Constitucional se ajustan a la Carta Magna", confirmando además la recuperación del  recurso previo de inconstitucionalidad y amparo. Dejó bien claro que el Gobierno que preside Mariano Rajoy pretende separar "el poder Ejecutivo, sin paternalismos, del resto de poderes". La posición del nuevo ministro de Justicia tampoco deja lugar a dudas, En esa comparecencia  suya ante la Comisión de Justicia adelantó que se iba a modificar el sistema de  elección del Consejo del Poder Judicial, volviendo al procedimiento utilizado antes de la reforma de 1985.

Una muestra evidente de que esto va en serio, es el perfil del nuevo Fiscal General del Estado. Nos suena a nuevo que el Fiscal General deje es estar al servicio del Gobierno para ponerse incondicionalmente al servicio del Estado. Si se completan todos los cambios prometidos para hacer efectiva la separación de poderes, los ciudadanos volverán a creer en la Justicia

Gijón, 29 de enero de 2012

José Luis Valladares Fernández

viernes, 2 de septiembre de 2011

EL DESPRESTIGIO DE LA JUSTICIA


La Justicia española, desde hace ya mucho tiempo, es una de las instituciones del Estado más desprestigiadas. Cada vez son más los ciudadanos que piensan que funciona mal, e incluso muy mal. La principal causa de esa creciente desconfianza hacia la Administración de Justicia está en la falta manifiesta de independencia. Con la reforma  de la Ley Orgánica del Poder Judicial, llevada a cabo por el PSOE en 1985, se puso fin a la división clásica de poderes y comenzó la mediatización de la misma por parte del Gobierno y de los partidos políticos. Alfonso Guerra anunció gráficamente este hecho, diciendo que “Montesquieu ha muerto”.

Esta reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que no deja de ser una modificación encubierta de nuestra Constitución, ha servido lamentablemente para que los partidos políticos puedan controlar al Poder Judicial, rompiendo así las normas más elementales de una auténtica democracia liberal. Como consecuencia de esto, los jueces difícilmente administraran justicia sin mirar de soslayo al Gobierno de turno. Pues saben muy bien que es el Ejecutivo el que les nombra para esos cargos de prestigio que mejoran su carrera judicial, y también el que los destituye, si su sumisión  al poder político no es efectiva.

A esta falta de independencia de los diferentes órganos judiciales, que tanto influye en el desprestigio actual de la Justicia, se une la actuación irresponsable de algunos miembros, jueces o fiscales, que pertenecen al entramado de ese mundo judicial. Es muy conocido el comportamiento deshonesto del hoy ex juez Pascual Estevill, tan dado a las extorsiones y a las denuncias falsas. No menos llamativo, aunque en otro orden, es el caso de Baltasar Garzón, el famoso juez estrella que, en todas sus actuaciones, buscaba afanosamente el espectáculo y la notoriedad, y no siempre cumpliendo de manera escrupulosa con la legalidad vigente. Además de Garzón, hay otros jueces y otros fiscales igualmente responsables de que los ciudadanos pierdan su confianza en la justicia.

Para acabar de desprestigiar a la Justicia, hasta hay policías que se prestan voluntariamente a los torpes enjuagues del Gobierno. Y, en consecuencia, tratan de manera mucho más benevolente a los presuntos corruptos que son afines o pertenecientes al partido del Gobierno que si son de la oposición. Cuando se trata de miembros del Partido Popular, se les esposa a las primeras de cambio y se avisa a las cámaras de televisión para mostrarlos públicamente a los televidentes.  Y después se filtran a la prensa datos pertenecientes al secreto del sumario, sometiéndoles así a un juicio paralelo. Es extremadamente grave, si es verdad lo que contó La Gaceta hace ya tiempo, el caso de una sobrina segunda del Fiscal General del Estado, Cándido Conde-Pumpido, por su posible implicación en el caso “Malaya”. Después de consultar al Ministerio de Interior, la policía abandona una línea de investigación para evitar que dicha sobrina apareciera en las diligencias del caso.

El Gobierno actual, con su manera de administrar los nombramientos y los ascensos de jueces y fiscales, ahonda esa desconfianza que los ciudadanos sienten hacia la Justicia. El Tribunal Constitucional, por ejemplo, es ya irrecuperable. Es verdad que hay muchos jueces y fiscales, la inmensa mayoría,  que administran justicia responsablemente. Pero el daño que hacen esos pocos, que evitan encausar a ciertas personas porque se las estigmatiza, invalida la labor callada y comedida de los que prescinden de politiquerías y procuran hacer su labor lo mejor que saben, de acuerdo con los escasos medios de que disponen.

Para recuperar credibilidad entre los ciudadanos, es preciso que los partidos políticos renuncien, de manera inmediata, al sistema actual de cuotas en los diferentes órganos judiciales. Solamente así, con la recuperación de su independencia, volverían los ciudadanos a creer plenamente en la Justicia. Si se restituyera la separación de poderes,  el prestigio de la Justicia volvería de nuevo y podría volver a contar con toda seguridad con la confianza de los ciudadanos. Necesita recuperar de nuevo la famosa venda que tapaba sus ojos, para no tener más datos de referencia que el fiel de la consabida balanza.

Barrillos de las Arrimadas 13 de agosto de 2011

José Luis Valladares Fernández

sábado, 26 de marzo de 2011

LA ACCIÓN POPULAR EN PELIGRO

Parece ser que el Gobierno, que preside José Luis Rodríguez Zapatero, busca desesperadamente la rehabilitación del juez Baltasar Garzón. Lo necesitan en la Audiencia Nacional, como agua de mayo,  para enjaular definitivamente a ese molesto faisán,  que se les esta yendo de las manos. De ahí que el Ejecutivo, según revela La Gaceta, haya comenzado ya a presionar insistentemente al presidente del Tribunal Constitucional, Pascual Sala, para que, por lo menos, restrinja las funciones de la acción popular. Y de hecho, ya han comenzado los contactos entre los diversos magistrados de este Tribunal, para ver cual es la posición de cada uno de sus miembros.

Es cierto que la acción popular viene  avalada por nuestra Constitución, en su artículo 125, donde se reconoce expresamente el protagonismo del pueblo en cualquier asunto penal. Se trata, ni más ni menos, de una institución procesal que complementa de manera eficaz la acusación pública, y que interviene sin el control preciso del Ministerio Fiscal. Y esto es precisamente lo que más molesta al Gobierno que preside Rodríguez Zapatero: que pueda actuar al margen de la fiscalía y, encima,  sin necesidad de ser una víctima real del delito. De ahí que recabe los buenos oficios de Pascual Sala para limitar la acción popular para que no pueda en modo alguno acusar y ni solicitar la apertura de juicio oral cuando no haya fiscal o acusador particular.

Tanto la acción popular como el juez de instrucción llevan ya tiempo en el punto de mira del Gobierno. Quiere que ambas instituciones queden reducidas a la más mínima expresión. Y de hecho, la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que está preparando  Francisco Caamaño, según todos los indicios, va en ese sentido.  Simultáneamente está presionando al Tribunal Constitucional para que limite al máximo el ejercicio de la acción popular, para que el monopolio de la acusación pública quede exclusivamente en manos del Ministerio Fiscal. No quiere que se repitan casos similares al de Filesa que, por culpa de acusaciones particulares, no fue posible archivar el caso, a pesar de que el Ministerio Fiscal no acusaba.

A nadie se le escapa que, con un recorte de funciones de la acusación popular por parte del Tribunal Constitucional, se allanaría el camino para que Garzón regresara nuevamente al Juzgado Central de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional.  Como es lógico, se volvería a hacer cargo de los casos más polémicos, como el del chivatazo del Bar Faisán. Y además, por si esto fuera poco, conseguirían archivar la comprometida querella contra la Hípica Almenara, propiedad de la familia del actual presidente del Congreso de los Diputados, José Bono. Esta querella fue interpuesta por la asociación Ciudadanía Anticorrupción y admitida a trámite, en contra del criterio de la Fiscalía, por  el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 6 de Toledo. Se imputa a los administradores de dicha Hípica dos presuntos delitos, uno societario y otro por falseamiento de las cuentas anuales.

Si el Tribunal Constitucional cediera a las insistentes presiones del Ejecutivo y elimina de hecho la acción popular, solamente podrían acusar el Ministerio Fiscal y la llamada acusación particular o parte perjudicada. En consecuencia, la Justicia perdería definitivamente la poca credibilidad que le queda ante los ciudadanos españoles. Es cierto que son Jueces y Magistrados los encargados de impartir justicia, y lo hacen en nombre del Rey, pero no es menos cierto, como indica la Constitución Española, que la justicia emana del pueblo. De ahí que las limitaciones que se adopten,  para que la acción popular no pueda acusar ni solicitar la apertura de juicio oral en contra del criterio del Ministerio Fiscal, sería un timo y una monumental tomadura de pelo al propio pueblo soberano. Sería tanto como reírse de la democracia.

Gijón, 21 de marzo de 2011

José Luis Valladares Fernández