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viernes, 13 de agosto de 2021

LAS FANTASMADAS DE PEDRO SÁNCHEZ EN EE.UU.

 


Aunque es algo muy lamentable, tenemos que reconocer  que la historia del mundo está llena de megalómanos y lunáticos, que necesitan perentoriamente recibir toda clase de loas, halagos y parabienes. Y en buena lógica, como se creen muy superiores al resto de los mortales, piensan que deben ser ellos los elegidos para encabezar y dirigir las distintas Administraciones o Instituciones Públicas. Y por desgracia, casi siempre salen con la suya, perjudicando gravemente, claro está, a los administrados, ya que nada más conseguir su propósito, suelen perder  también hasta el más mínimo contacto con la realidad.

Si recurrimos a las narraciones mitológicas de la antigua Grecia, ya encontramos personajes de esa guisa, con un ego tan inmenso y desmedido, que les llevaba a pensar que hasta podían reírse del bien y del mal. Y eran tan audaces y tan presuntuosos, que se sentían plenamente capacitados para enfrentarse a los mismos dioses. Y ni corto, ni perezoso fue precisamente lo que al final hizo Aquiles, el famoso héroe de la guerra de Troya y uno de los más grandes guerreros que encontramos en la Ilíada de Homero.

Derrochando valor y coraje, los troyanos estaban haciendo retroceder a los griegos. Para conjurar el peligro, el héroe Patroclo se lanza al ataque y comienza a hacer estragos entre las tropas de Troya, que huyen cobardemente para buscar refugio dentro de la ciudad. Y tiene que llegar el príncipe troyano Héctor que, con la ayuda explícita de Apolo, evita el desastre, dando muerte al envalentonado  Patroclo.

Al enterarse Aquiles de la muerte de su compañero de armas Patroclo, monta en cólera y decide tomar las armas para vengarlo. Cuando los troyanos se enteran que van a tener que hacer frente al propio Aquiles, se refugian rápidamente dentro de las murallas. El valiente Héctor, en cambio, se negó a abandonar la lucha y permaneció impaciente ante una de las puertas de entrada para luchar cuerpo a cuerpo contra el temido Aquiles.

El combate entre los dos contendientes fue sumamente duro, largo e indeciso. Es verdad, que cualquiera de los dos rivales pudo vencer, pero la suerte se alió con Aquiles, que logró acabar con su contrincante Héctor, traspasándole  el cuello con su lanza. Vengada así la muerte de su amigo Patroclo y con su enemigo inerte en el suelo, el vencedor sufrió un ataque desmesurado de orgullo y de arrogancia desenfrenada (el famoso ‘hibris’ (ὕβρις) que dirían los griegos), transgrediendo así los límites que le habían marcado los dioses.

Por culpa del envanecimiento y del exceso de confianza en sí  mismo, Aquiles culminó su  revancha atando el cadáver de Héctor a su carro y arrastrándolo seguidamente por el campo de batalla y alrededor de las murallas de Troya. Esa acción encolerizó a los dioses, que decidieron castigar su desobediencia, dirigiendo la flecha que lanzó Paris a la única parte vulnerable de su cuerpo, para causarle la muerte.

Claro que, para encontrar megalómanos destacados, completamente satisfechos de sí mismos, no necesitamos recurrir a la legendaria Grecia. Tenemos personajes jactanciosos, que sufrieron verdaderos delirios de grandeza en épocas más cercanas a nosotros. Es el caso, por ejemplo de Adolf Hitler, el dictador alemán que provocó la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia en septiembre de 1939, y el aberrante déspota soviético Iósif Stalin.

Para el megalómano Hitler, los seres humanos estábamos divididos en razas y, por supuesto, la raza ‘aria’, representada básicamente por los auténticos alemanes, era muy superior a las demás. Les correspondía, por lo tanto, estar al frente de los destinos del mundo. Había también, cómo no, otras “razas inferiores”, como es el caso de los judíos o los eslavos que no tenían derecho ni a la cultura más elemental.

Es sabido que el Führer, con sus encendidas arengas, consiguió que más de tres millones de jóvenes, y otras muchas personas de reconocido prestigio, aceptaran ciegamente esas delirantes teorías y estuvieran dispuestos a dar su vida para llevarlas a la realidad y asumir después el puesto destacado que les corresponde. Y no digamos nada del genocida Stalin que, nada más desaparecer Lenin de la historia, comenzó a deshacerse de sus oponentes, enfrentando a unos contra otros, para acaparar todo el Poder  en la Unión Soviética.

Para lograr semejante objetivo, el sanguinario Stalin solía utilizar el conocido método de “dividir para gobernar”. Y cuando eso no era posible, recurría directamente a las purgas selectivas y a los inhóspitos campos de concentración o gulags. Y a la vez que se deshacía de sus enemigos políticos, intensificaba su labor para magnificar el culto a su persona y recibir cantidad de halagos y agasajos.  Como suelen hacer los líderes carismáticos, quería que se elogiara públicamente su destacada inteligencia y su bravura.

De todos modos, no debemos olvidar que, hoy día, también hay muchos megalómanos y ególatras sueltos que sienten un amor excesivo hacia sí mismos y que utilizan constantemente sus delirios de grandeza para esconder sus abundantes y escandalosas carencias con la perversa intención deslumbrar a los demás. De ahí que podamos decir, sin miedo a equivocarnos, que no hay nadie que se haya endiosado tanto en tan poco tiempo, como Pedro Sánchez, el actual presidente del Gobierno que padecemos.

Está visto que el personaje, que rige ocasionalmente nuestros destinos, carece de credibilidad. Y por si fuera esto poco, no ha sido capaz de solventar los problemas, tanto económicos como sociales e incluso sanitarios, que venimos soportando desde que aterrizó sorpresivamente en La Moncloa.  Para empezar, al presidente Sánchez le preocupan muy poco las necesidades reales, que afectan a los españoles de a pie, porque no piensa nada más que en sí mismo. Y es tan vanidoso, que solo se desvive por enaltecer su imagen y buscar la manera de eternizarse en el Poder. 

Podemos dar por hecho, que Pedro Sánchez, ‘el guapo’, no tiene más cartas de presentación, ni más activos que esa deslumbrante estampa o figura física que le ha valido ciertamente, entre otras cosas, para encandilar a mucha gente, sobre todo mujeres jóvenes y también, quien lo iba a decir, para llegar a donde llegó.

En todo caso, tenemos que aceptar que, como el atrevido Sánchez no dispone de más virtudes que su aspecto físico, no está debidamente preparado para estar al frente de la presidencia del Gobierno. Su fisionomía o empaque será todo lo fascinante que se quiera, pero solo sirve para engatusar a gente incauta y desprevenida. Y como a orgulloso no hay quien lo gane, jamás reconocerá este extremo y seguirá intentando acrecentar su estima y su popularidad, con el pavoneo que suele practicar en sus apariciones públicas, que no son muy frecuentes, porque tiene mucho miedo a las protestas.

No olvidemos que la gestión realizada por Pedro Sánchez al frente del Gobierno deja mucho que desear. Y a esto hay que agregar que está ya más visto que el tebeo. Y para colmo de males, ha abusado tanto de esa especie de triunfalismo hueco para cosechar aplausos y parabienes, que se ha ganado a pulso el rechazo unánime de los españoles. Así que  ya no puede ni salir a la calle, porque a cualquier sitio que vaya, la gente reacciona espontáneamente con toda clase de protestas y abucheos, soltando frases como esta: “¡sinvergüenza, vete de aquí1”.

 Aunque desde el Ministerio del Interior se tomaron todas las precauciones posibles para evitar hasta el más mínimo reproche, el presidente Sánchez fue recibido en Alcalá de Henares con un monumental griterío a su llegada a la XIII Cumbre hispano-polaca. Le volvió a pasar en Granada, cuando visitó los laboratorios farmacéuticos del Grupo Rovi, donde se fabrica el principio activo de la vacuna de Moderna. Y como no hay dos sin tres, se volvió a repetir la historia en Ceuta, en la visita que hizo a esta ciudad por culpa de la crisis migratoria provocada por Marruecos.

Y todos conocemos perfectamente lo que ocurrió durante la celebración de la XXIV Conferencia de Presidentes, que se celebró en el Convento de San Estaban de Salamanca. Siguiendo la pauta marcada por el programa, los presidentes tenían que acudir a la Plaza Mayor para realizar allí la correspondiente foto de familia. Y desde allí, pensaban desplazarse hasta el Convento, dando un paseo por la ciudad salmantina. Pero La Moncloa sustituyó ese paseo por un desplazamiento en coches, porque el público que se había congregado en la Plaza Mayor recibió a Pedro Sánchez, con una gigantesca bronca y, ahí es nada, llamándole “traidor”.

Y en esta ocasión, como el gabinete del jefe del Ejecutivo quería desagraviar al denostado Sánchez, eludiendo a la vez otros posibles insultos o abucheos, que los desaprensivos ciudadanos sueltan airadamente, porque están hasta las narices de las mentiras del presidente y de la pésima gestión que viene realizando. Y eso solo se consigue, previniendo esos desagradables reproches y organizando un recibimiento en olor de multitudes y con una nube de calurosos y sinceros aplausos.

Y para eso, nada mejor que llevar a Pedro Sánchez a un pueblo, no muy grande, para controlar debidamente la situación. Y se eligió el pueblo salmantino de Calvarrasa de Arriba, que tan solo tiene 600 vecinos. Y mira por donde, a pesar de las precauciones tomadas, cuando menos lo esperaban, un vecino del pueblo entró en el bar donde el presidente departía amigablemente con los suyos y le soltó a boca de jarro esta pregunta: “¿Es usted Pedro, el mentiroso?”.

Tal como van las cosas, no sé qué tendrá que hacer este advenedizo y envanecido presidente para ahorrase estos disgustos, manteniendo simultáneamente su descomedida codicia y esa escurridiza popularidad. Tendrá que terminar, creo yo, encerrado en La Moncloa, o aislado al menos en una impenetrable y protocolaria burbuja.

Al llegar agosto, como es habitual, se fue a descansar al Palacio de la Mareta, en Lanzarote. Pero esta vez, para evitar que se repitan las recientes y desagradables escenas de Ceuta y de Salamanca, el acomplejado Sánchez pidió al Ministerio del Interior que, además de las instalaciones propiamente dichas, blindaran cuidadosamente también una franja de terreno mucho más amplio que en años anteriores, alrededor de La Mareta.

Este año en concreto, las patrullas  de los Grupos de Reserva y Seguridad, desplazados expresamente  a Lanzarote con ese fin, mantienen un fuerte control policial, para que ningún vecino desaprensivo pueda acercarse a menos  400 metros del palacio vacacional y enturbie  las vacaciones de Pedro Sánchez, organizando escraches y alborotos o cualquier otro tipo de manifestación o protesta.

A estas alturas de la película, ya no quedan españoles que se dejen arrastrar por las incontables baladronadas del impresentable Sánchez. Es público y notorio que el personaje que nos gobierna es incapaz de respetarse a sí mismo, porque hace siempre exactamente lo contrario de lo que promete. Y en consecuencia, ¡qué le vamos a hacer!, ha terminado siendo el pimpampum de los ciudadanos, porque ya no cree nadie en su palabra.

En realidad, tenemos que admitir  que Pedro Sánchez es un personaje muy singular que, ha sido puesto en solfa en España, más que nada por su desastrosa gestión de la pandemia y por su manifiesta incapacidad para reactivar la economía. Y lo que son las cosas, como aquí ya no le hace nadie caso, decide  reivindicar su honor y su credibilidad nada menos que en Estados Unidos. La coartada, desde luego, no podía ser más precisa: intentaba captar inversión extranjera para España, utilizando descaradamente como señuelo, los 140.000 millones que esperamos recibir de los Fondos de Recuperación europeos.

Y emprende el viaje, sin contar prácticamente con ninguna empresa importante española. Tan solo le acompañó un grupo limitado de emprendedores que se dedican habitualmente a comercializar productos y servicios a través del uso intensivo. Y llegó a Nueva York, sin ningún plan previsto, dispuesto, por qué no decirlo, a vender la burra a quienes conocen mejor que nadie los problemas de  nuestra economía y la evidente falta de estabilidad política que padecemos por culpa de la izquierda montaraz que nos gobierna.

Y haciendo el ridículo una vez más, primero en Nueva York, y después en Los Ángeles y en San Francisco, Pedro Sánchez trato de camelar a los inversores  norteamericanos que quisieron escucharle, presentándose a sí mismo “como un político que cumple”, que “trabaja y saca medidas adelante”, mientras que “la oposición solo grita”. Y además de ofrecer insistentemente ‘seguridad’ y ‘certidumbre’  a los posibles inversores, terminó su discurso diciendo: “España es el mejor lugar del mundo para invertir”.

Pero, por lo que se ve, todo este sermón no surtió efecto, porque las obras y los milagros del fanfarrón Sánchez hace ya mucho tiempo  que traspasaron fronteras y llegaron, vete tú a saber cómo, a los Estados Unidos. Y esto fue determinante, no faltaba más, para que el fracasado  viajero volviera a España sin conseguir ni una sola inversión. Pero aún hay que añadir algo más, ya que es muy significativo que ningún medio importante de comunicación norteamericano quisiera hacerse eco de semejante viaje y que solo mereciera un par de comentarios en YouTube, y por lo que parece, fue absolutamente inoportuno, o estuvo muy mal planificado.

No obstante, es evidente que el narcisista Pedro Sánchez aprovechó esa supuesta gira americana para pasear su físico por las calles de Nueva York, Los Ángeles y San Francisco. Su oportuna aparición en el programa Morning Joe causo un verdadero furor entre las mujeres norteamericanas, llegando incluso a darle el calificativo de “hot president” y a decir que ha llegado “el nuevo superman”. Es seguro que ni un pavo real auténtico, haciendo exhibiciones apoteósicas con todo su plumaje extendido, es capaz de hacerlo mejor.

 

Gijón, 10 de agosto de 2021

 

José Luis Valladares Fernández

viernes, 2 de noviembre de 2018

LAS ANDANZAS DEL PSOE


VII.-El expolio del tesoro de los españoles

             
 Con la caída de Cataluña en manos del Ejército de Franco, la situación de la República era ya algo francamente irreversible y su desastroso final estaba ya cantado. Era inútil, por lo tanto, continuar con aquel enfrentamiento absurdo, que no valía ya nada más que para aumentar el sufrimiento de los españoles. No obstante,  Juan Negrín y su Gobierno querían seguir resistiendo a toda costa, ya que, como consecuencia de la llamada ‘Crisis de Los Sudetes’, era muy probable que estallara la Segunda Guerra Mundial.  Y entonces, podrían contar con ayuda exterior y, por lo tanto, volverían a tener chace en aquella ya larga Guerra Civil Española.
Pero sus esperanzas se evaporaron muy pronto, dando lugar a una terrible decepción. Esperaban impacientemente, que la ‘Crisis de los Sudetes’ no tuviera solución, y que el Tercer Reich invadiera Checoslovaquia el día 28 de septiembre, de acuerdo con la explícita amenaza de Hitler. Y para zanjar la crisis y evitar, en última instancia, la más que probable conflagración mundial, Benito Mussolini irrumpe en el escenario, y propone la celebración de una conferencia  entre los jefes de Gobierno de Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña. Los implicados aceptaron, sin más, la propuesta italiana, y acordaron celebrar una reunión, conocida con el nombre de Conferencia de Múnich.
Y el día 30 de septiembre por la noche, Hitler, Mussolini, Chamberlain y Daladier aceptan un compromiso y firman los famosos ‘acuerdos de Múnich’, reconociendo el derecho de los alemanes a ocupar pacíficamente los Sudetes. Y de esta manera dejaron airada a Checoslovaquia, es verdad, pero alejaron momentáneamente el inmediato peligro de una nueva Guerra Mundial.
Cuando conoció esta noticia, Negrín sufrió una desilusión enorme. Pero pensaba que había que seguir resistiendo, porque intuía que aquel arreglo era muy provisional y extremadamente frágil, que retrasaría, eso sí, el conflicto bélico mundial, pero que terminaría estallando más pronto que tarde. Y como quería consultar con las demás fuerzas que integraban el ‘Frente Popular’, antes de tomar una decisión definitiva, propuso a las Cortes que se reunieran el 1 de febrero de 1939, en el castillo de San Fernando de Figueras (Gerona), que estaba a muy pocos kilómetros de la frontera francesa.

lunes, 17 de abril de 2017

A CADA UNO LO SUYO

I – La Clase Media y el Estado del Bienestar



El dirigente principal de la Revolución de Octubre de 1917, Vladímir Ilich Uliánov, al que conocemos con el nombre de Lenin, nos dejó una frase que ha hecho historia: "Una mentira repetida muchas veces se convierte en una gran verdad". Después vendría Paul Joseph Goebbels y, sin pretenderlo, popularizaría esta misma frase, dándole, eso sí,  esta otra redacción: "una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad".

Es evidente que Goebbels, el fiel jefe de campaña de Adolf Hitler, había asimilado íntegramente la vieja doctrina de Nicolás Maquiavelo sobre la mentira. Mentir, por lo tanto, para este agitador de masas germano, carecía totalmente de connotaciones morales. La mentira era siempre válida, si servía para influir de manera decisiva en la sociedad. Y Joseph Goebbels procuraba sacar, cómo no, el máximo provecho de todas sus mentiras. Y ponía tanta pasión en sus soflamas que, a pesar de estar ardiendo el Reich y la Wehrmacht abandonando desordenadamente los frentes, el pueblo alemán aún pensaba  que era posible la victoria.

Con sus discursos sumamente apasionados, el omnipresente ministro de Propaganda hitleriano, del mismo modo que estructuró el entramado político del régimen nazi, también supo despertar el entusiasmo de la juventud germana, para que se afiliaran en masa al nuevo Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Y gracias a esas encendidas peroratas, esos mismos jóvenes mantuvieron alta su moral y su voluntad de resistencia hasta que llegó el momento de la inevitable derrota. El mismo Goebbels se creía a pie juntillas todas sus patrañas.

La mentira es casi tan vieja como el mundo que nos rodea y los políticos la llevan en su propio ADN. Por lo tanto, necesitan mentir, y utilizan la mentira, unas veces por razones puramente egoístas y, otras, como simple herramienta para rentabilizar su actividad política en beneficio propio y del pueblo a quien dicen servir. Todos ellos han hecho suya la famosa frase de Goebbels y, sin excepción, piensan que, para el desarrollo político, la mentira es mucho más útil que la verdad. Sobre todo para los políticos de la izquierda que, por supuesto, suelen mentir generalmente con mucha más desfachatez e insolencia que los de la derecha.

Los socialistas, por ejemplo, que padecen la peor crisis institucional de su historia por culpa de dos secretarios generales tan nefastos como José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, utilizan la mentira y el embuste, ¡faltaría más!, con verdadero cinismo y desvergüenza. Y lo hacen para disimular su situación actual, que es crítica y totalmente insostenible. Simulan sentirse muy orgullosos, rememorando, cómo no, épocas pasadas mucho más gloriosas. Precisamente por eso, se pavonean de haber puesto a vivir a los españoles, y atribuyen abierta y desvergonzadamente  a los Gobiernos de Felipe González la puesta en marcha del Estado del bienestar.

sábado, 23 de enero de 2016

¡QUE LE LLEVEN A UN PSIQUIATRA

Según una fábula mitológica de la antigua Grecia, el joven Ícaro era hijo de Dédalo, famoso arquitecto ateniense, y de una esclava llamada Náucrate. Su padre, que fue condenado al destierro por el tribunal del Areópago, tuvo que abandonar precipitadamente Atenas y se marchó a vivir a la isla de Creta. Y como en esta isla no había arquitectos y hasta escaseaban los escultores, el rey Minos II lo acogió en su reino con los brazos abiertos y  le ofreció, faltaría más, la posibilidad de residir en su propio palacio.
Y fue en ese palacio, donde fue creciendo el pequeño Ícaro, hasta convertirse en un intrépido mozalbete. Mientras tanto, su padre se dedicaba a crear verdaderas obras de arte, encargadas expresamente por el rey Minos, su protector. Entre esas obras, destaca precisamente el famoso laberinto, construido para encerrar al Minotauro y librar así a la isla de los sucesos que provocaba tan terrible monstruo. Se trataba de una construcción intencionadamente  llena de recovecos y de inextricables pasadizos para que, quien entrara o fuera encerrado allí, no pudiera encontrar jamás la salida.
Pero un buen día, el rey Minos II se enteró que el artista Dédalo estaba pagando con ingratitudes sus desvelos y su franca  hospitalidad. El padre de Ícaro se dedicaba secretamente a complacer los caprichos intrigantes y las andanzas apasionadas de Pasifae, la mujer del rey. Y para castigar semejante impostura y desfachatez, el  rey Minos encerró a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto, condenándolos a pasar allí el resto de sus vidas.
Y después de pasar allí cierto tiempo, el ingenio del ateniense Dédalo ideó un plan para escapar de aquel cautiverio. Simulando que quería ofrecer a Minos un regalo, pidió a sus carceleros que le proporcionaran cierta cantidad de cera y un número considerable  de plumas.  Cuando dispuso de todo ese material, comenzó inmediatamente a construir un par de alas para él y otro para su hijo Ícaro. Al terminar su trabajo, utilizando un arnés, adaptó a su espalda y a sus brazos su par de alas y, completamente satisfecho, comprobó que podía volar como si fuera un pájaro.
Equipó seguidamente de la misma  manera a su hijo. Y cuando ya estaban preparados los dos para huir volando, le aconseja, eso sí, que vuele con prudencia, que conserve siempre una altura conveniente. Que si volaba demasiado bajo, la humedad del mar mojaría sus alas y no podrías volar. Si se elevaba demasiado, el calor del sol fundiría la cera de sus alas, se desprenderían las plumas y terminaría cayendo al mar. Le pidió que evitara escrupulosamente cualquiera de esos dos extremos y que le siguiera sin vacilar.
      Y sin más, padre e hijo comenzaron a volar, elevándose por encima de los muros de aquella extraña prisión. Al principio, el vuelo de Ícaro era exageradamente tembloroso y vacilante. Pero poco a poco fue perdiendo el miedo y comenzó a coger nuevos bríos y a entusiasmarse con aquella insólita experiencia. La vista desde el aire era maravillosa y esto indujo a Ícaro a olvidar los consejos de su padre y a entregarse irreflexivamente al peligroso placer de volar. Sin tener ya miedo a nada, Ícaro vuela cada vez más alto. Y llegó a volar tan cerca del sol, que la cera comenzó a derretirse, se aflojaron las ligaduras que sujetaban sus alas y se desprendieron sus plumas. Entonces Ícaro ya no puede sostenerse en el aire y cae al mar, encontrando así la muerte.

martes, 27 de octubre de 2015

IZQUIERDA Y TAUROMAQUIA

En septiembre de 1940, Alemania ya sospechaba que algunos de los países no beligerantes terminarían indefectiblemente engrosando la lista de sus enemigos. Para curarse en Salud, Alemania se adelanta a esa posibilidad y firmó con Italia y con Japón un pacto de asistencia mutua, tanto en el aspecto económico, como en el político y militar. Y el Führer, Adolf Hitler, que esperaba convencer a España para que se alineara también con las Potencias del Eje, envió a Madrid al jefe de las SS, Heinrich Himmler, para organizar la famosa entrevista de Hendaya.

El Reichsführer SS H. Himmler llega a España el 19 de octubre de 1940. Al día siguiente se entrevista en el Palacio del Pardo con Franco para preparar cuidadosamente las medidas de seguridad necesarias para el encuentro que, ambos mandatarios, celebrarían cuatro días más tarde en la estación de trenes de la localidad de esa localidad francesa. Ya por la tarde, el Jefe del Estado Español invitó a Himmler y a su comitiva a una corrida de toros que se celebraba, cómo no, en la plaza madrileña de las Ventas.

En el cartel de aquel festejo taurino intervenían los diestros Marcial Lalanda, Rafael Ortega “Gallito y Pepe Luis Vázquez, que confirmaba su alternativa. Se lidiaban seis toros de las ganaderías de Bernardo Escudero y Manuel Arranz. Aquella tarde, Pepe Luis Vázquez se lució con el tercer toro, que era el de su confirmación, al que hizo una de las mejores faenas de su carrera en los ruedos. Tras la lidia de este toro, llamado “Carmoneño”, comenzó a llover torrencialmente y tuvieron que suspender la corrida.

Esa inoportuna lluvia, que privó a los diestros de redondear una tarde de gloria, fue sin embargo una auténtica bendición para el máximo responsable de las SS, ya que,  según dijo cuando se puso fin al fiesta taurina, sufrió nauseas mientras duró la lidia, porque era incapaz de soportar el martirio y el sufrimiento que se daba a aquellos pobres animales. Y no acabaron aquí los comentarios claramente negativos de Heinrich Himmler. Ya en Alemania, el Reichsführer no se anduvo con tapujos y describió las corridas de toros como “un espectáculo deleznable y extremadamente sangriento”.

Está visto que para Himmler, que era uno de los principales responsables de los terribles horrores del Holocausto, los animales están siempre por encima de las personas, especialmente si estas son judías.  Para este monstruo, lo de Auschwitz era  totalmente razonable y, por lo que parece, los animales tenían bastantes más derechos que los seres humanos, sobre todo si estos eran judíos.

sábado, 26 de septiembre de 2015

LA DERIVA DE PEDRO SÁNCHEZ

Tal como se cuenta en una vieja parábola budista, un antiguo rey del norte de la India reunió a unos cuantos ciegos que desconocían totalmente lo que era un elefante. Y a medida que iban llegando al patio del palacio real, se les hacía tocar, a cada uno, una parte distinta del cuerpo del paquidermo y se les decía: esto es un elefante. Uno tocó la cabeza, otro la trompa, el siguiente el colmillo, después una oreja, una pata  y así sucesivamente hasta completar la anatomía del elefante.

Cuando todos los ciegos habían tocado ya la parte asignada del cuerpo del animal, el rey les pidió que le explicaran detalladamente qué era para ellos un elefante. Los ciegos no se ponían de acuerdo y cada uno de ellos daba una definición diferente. Comenzaron a discutir tan acaloradamente que terminaron peleándose entre sí, para regocijo del rey, que buscaba este tipo de entretenimiento.

Según la tradición, el propio Buda utilizaba este cuento para describir las luchas sectarias de aquella época arcaica, poniendo a los contendientes cara a cara con sus propias contradicciones. Y terminaba la parábola comparando a los ciegos con unos predicadores ignorantes que, sin ver ni percibir lo que les rodea, se empeñan en mantener firmemente sus particulares puntos de vista. Su ignorancia, que es mayúscula, les lleva a protagonizar ásperos enfrentamientos entre sí, y no hay manera de hacerles renunciar voluntariamente, a ninguno de ellos, a su verdad particular.

Y nuestros políticos, sobre todo si son jóvenes y de izquierdas, son relativistas convencidos y se comportan frecuentemente como esos ciegos de la parábola budista. No hay más verdad que la suya. Y si por casualidad consiguen el liderato de su partido, tratarán de imponer su verdad particular a todos los demás mortales y, cómo no, relativizar los valores morales. Cuando se vota, las papeletas que se introducen en las urnas, lo mismo valen para elegir a las personas que nos gobiernan, que para determinar lo que es y lo que no es la verdad

Para todos los políticos de izquierdas, tanto si son socialistas como si son comunistas, y para los de la derecha  que han perdido el oremus,  el hombre es un poco la medida de todas las cosas y, por consiguiente,  todos los puntos de vista son igualmente válidos. De ahí que, para esas gentes, la verdad sea siempre relativa a los individuos y la ética tenga invariablemente ese carácter autónomo y situacional. Lo real carece de una base permanente y estable y es validado exclusivamente, en un contexto determinado, por  la subjetividad de cada individuo. Esto significa que ni la verdad es objetiva, ni las normas morales son  absolutas y universalmente válidas, ya que pueden cambiar si cambia su situación concreta.

domingo, 12 de abril de 2015

PRECEDENTES HISTÓRICOS DE PODEMOS

La historia es muy terca y, si los ciudadanos no despiertan, se repetirá una y otra vez, ocasionando siempre las mismas o parecidas desventuras y los mismos infortunios. Dicho de otro modo:  “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, como reza esta frase lapidaria, atribuida a Cicerón y que se ha citado en infinidad de ocasiones. Si no reconocemos nuestros fallos pasados, volveremos a cometer evidentemente los mismos errores y las mismas equivocaciones de otras veces.

Hace ya casi ochenta años que los españoles tuvieron que soportar la desastrosa actuación de un Frente Popular, extremadamente sectario y radical, que hizo mucho daño a todos los españoles. Fue en realidad una coalición electoral, creada por la izquierda marxista para afrontar las elecciones generales de febrero de 1936. No olvidemos que, de aquella, las organizaciones políticas, llamadas también “fuerzas obreras”, que formaban parte de esa coalición, obedecían ciegamente las consignas que llegaban de Moscú, aunque estuvieran en contra de los intereses generales de España.

Ahora es Podemos el partido que quiere crear otro Frente Popular, muy similar al de 1936, que les sirva en bandeja la ocupación y el control del poder, de todo el poder. Quieren acabar de una vez con lo que ellos denominan el “régimen del 78”, que ha servido de rodillo a socialdemócratas, populares y liberales para preservar en España el viejo proyecto capitalista. Estamos evidentemente ante un partido de la izquierda radical que si no está a sueldo del régimen bolivariano, acata obedientemente todos sus dictados. Y trata, cómo no, de montar en España un “contrapoder”, que aglutine  en un frente común a las distintas mareas ciudadanas con otros partidos y colectivos alternativos que estén dispuestos a dejar fuera de juego a la, hasta ahora,  poderosa casta política.

Muchos españoles no ven en Podemos nada más que un partido político que aspira, como cualquier otro partido, a convertirse en una alternativa política en las próximas elecciones generales. Pero Podemos no se adapta a la trayectoria de los demás partidos que respetan escrupulosamente la Constitución. Podemos la utilizaría, eso sí, para llegar a La Moncloa y, una vez instalados en el poder, la romperían y todos los españoles tendríamos que doblegar necesariamente la cerviz y amoldar nuestros actos al monstruoso esquema mental de los que formaron parte de la siniestra banda de Somosaguas.

jueves, 1 de enero de 2015

JAQUE MATE A LALIBERTAD

     
          Decía el poeta bengalí,  Rabindranath Tagore, que “no hay cosa más difícil de soportar que la fe ciega del estúpido”. No sé si Pablo Iglesias, el líder de Podemos, cree ciegamente en su proyecto político, o se está dejando llevar por una maldad extrema para imponer un sistema siniestro para colmar su desmedida ambición de poder. Y esto, por supuesto, sería mucho más intolerable que la simple fe ciega. De todos modos, como suele ocurrir frecuentemente, cuanto más perversos son los deseos de los políticos, más ágil es su lenguaje y más grandilocuente y pomposa su labia.

        Para empezar, hoy día en política hay poco que inventar. Prácticamente está ya todo inventado. En consecuencia, los ciudadanos de a pie no tenemos nada más que abrir los ojos y recapacitar un poco para descubrir a tiempo el tipo de mercancía que se nos quiere vender. Cuando aparezca un personaje iluminado, como el mediático líder de Podemos, si te dejas llevar, terminarán imponiéndote sus objetivos. No olvidemos que estas personas son muy falsarias y aparentan saberlo todo y, por supuesto, no admiten más maneras de pensar que la suya. Son tan frívolas que, si no pueden camelarte por las buenas, te acosarán con toda crudeza para imponerte su exclusiva forma de pensar.

     La historia europea es muy elocuente a este respecto. Los iluminados, que idolatran el pensamiento único, si se les da cancha, además de acabar con la libertad de los pueblos, terminan inevitablemente provocando una auténtica tragedia a toda la humanidad. Es el caso, por ejemplo, de personajes tan totalitarios y tan autócratas como Adolf Hitler y Iósif Stalin, con millones de muertos sobre la conciencia de ambos.

         Es muy llamativo para nosotros el caso de Hitler, líder del Partido Obrero Alemán desde 1921. Si exceptuamos su fallido golpe de estado de 1923 y su consiguiente encarcelamiento en Landsberg, la escalada política del futuro Führer alemán tuvo un desarrollo muy similar a la que está teniendo ahora Pablo Iglesias, el mandamás actual de Podemos. Una vez liberado, Hitler aprovechó a fondo sus dotes oratorias y, con su discurso plenamente populista y demagógico, encandiló a las muchedumbres de entonces, que terminaron apoyándole masivamente.

        Hitler cautivó y movilizó a todo el pueblo alemán, al enfocar sus problemas más acuciantes, recalcando mucho más los aspectos emocionales que los meramente racionales. Supo aprovecharse de la humillante derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial para granjearse el apoyo del ejército. Pasó lo mismo con los industriales, con las clases medias y con los trabajadores que estaban siendo golpeados cruelmente por una terrible crisis económica sin precedentes, agravada aún más por la actuación desconsiderada y egoísta de unos sindicatos desvergonzados.

lunes, 2 de diciembre de 2013

FACHAS CARPETOVETÓNICOS

El fascismo aparece por primera vez en Italia, un 23 de marzo de 1919, de la mano de Benito Mussolini, con la creación de los “Fascio di Combattimento”. Desde un principio, el primitivo Fascio de Combate se enfrentó decididamente a las demás fuerzas políticas italianas. Se distinguía precisamente por su acendrado ultranacionalismo, su desprecio hacia la burguesía liberal y, sobre todo, por su oposición frontal a cualquier forma de marxismo. De este grupo, de marcado carácter violento y paramilitar, surgiría posteriormente, en 1921, el famoso Partido Nacional Fascista.

El ex socialista Mussolini supo aprovechar, mejor que nadie, el descontento social que se extendió por toda Italia, al terminar la Primera Guerra Mundial. La Triple Entente, integrada por Francia, Gran Bretaña y el Imperio Ruso, había buscado afanosamente la colaboración directa de Italia en la guerra contra las denominadas Potencias Centrales, que formaban el Imperio Alemán, el austro-húngaro y el otomano. Y para asegurar esa contribución, Francia y Gran Bretaña habían ofrecido a Italia, si luchaba a su lado, todas las zonas austro-húngaras habitadas por italianos y gran parte de la costa dálmata.

Los italianos aceptaron encantados la oferta y, para ampliar sus territorios, se implicaron directamente en la contienda. Se gano la guerra, pero el coste en vidas humanas para ellos fue excesivamente alto, unos seiscientos mil muertos y aproximadamente un millón de heridos. Por si todo esto fuera poco, el conflicto bélico debilitó considerablemente a este país, al resultar destruida por los combates una buena parte de la industria establecida en el norte del país, lo que dio lugar a una situación económica extremadamente difícil.  Quebraron cantidad de empresas, la lira perdió más del 80% de su valor, comenzó a generalizarse la corrupción y la deuda del Estado superaba ya, a principios de 1919, la friolera de los 83.000 millones de liras.

Comenzó a crecer el paro, se multiplicaron enormemente los problemas económicos, sociales y políticos y el hambre comenzó a hacer estragos entre la población más desfavorecida. Por si fuera esto poco, los italianos sufrieron una enorme decepción, ya que, al finalizar la guerra, sus antiguos aliados no cumplieron íntegramente su solemne promesa y no les dieron nada más que los territorios de Trento y Trieste. Este decepcionante hecho, unido a las espantosas dificultades económicas, encrespó los ánimos de los excombatientes y causó una tremenda agitación en los sectores más radicalizados de la clase obrera, que desconfiaba seriamente del sistema parlamentario liberal y que quería implantar la revolución bolchevique, que acababa de imponerse en Rusia.

Es entonces cuando entra en escena el ex socialista y ex combatiente  Benito Mussolini y, con sus “Fascio di Combattimento”, aprovecha magistralmente la oportunidad brindada por aquella situación explosiva, para hacerse con el poder. Y lo hará, exaltando el más genuino espíritu patriótico. En un principio, él mismo contribuyó intencionadamente a encrespar y desestabilizar aún más el ambiente, para presentarse después como la única esperanza del país para evitar el amenazador caos social y económico que se avecinaba.

lunes, 8 de abril de 2013


Los países que forman parte de la Unión Europea, como consecuencia de la Directiva Comunitaria 2000/84/CE, están obligados a cambiar la hora dos veces al año, coincidiendo exactamente con los últimos domingos de marzo y de octubre. Con la disculpa de aprovechar mejor la luz solar y ahorrar energía eléctrica, el último domingo de marzo se adelantan los relojes una hora y se retrasa nuevamente el último domingo de octubre.

Este cambio de hora fue utilizado esporádicamente por algunos países durante la primera Guerra Mundial para ahorrar carbón, pero no se generalizó hasta que en 1974 se produjo la primera crisis del petróleo y algunos Gobiernos decidieron adelantar la hora en verano para gastar menos energía eléctrica en iluminación. Este cambio horario se lleva a cabo con carácter indefinido desde el año 2001 en todos los países miembros de la Unión Europea.

Y de acuerdo con esa misma Directiva Comunitaria, el pasado día 31 de marzo se nos ha impuesto a los españoles, una vez más, el llamado horario de verano. La disculpa que nos dan los responsables, es sobradamente conocida. Justifican la medida por los impactos positivos que ocasiona sobre el transporte, sobre las comunicaciones y hasta sobre las condiciones de trabajo, los modos de vida, el turismo y el ocio y, sobre todo, sobre el consumo energético. Aventuran hasta las cifras concretas de ahorro, nada menos que un 5% del consumo eléctrico, aproximadamente unos 300 millones de euros.