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martes, 21 de diciembre de 2021

LA NUEVA LEY DE MEMORIA DEMOCRÁTICA


 

Entre las obras satíricas del escritor británico, George Orwell, destaca una novela de ficción, Rebelión en la granja, en la que crítica dura y severamente los totalitarismos nazi y soviético. Es una especie de fábula ingeniosa y mordaz, en la que se narra el amotinamiento de los animales de la Granja Solariega, porque consideran que su dueño, el granjero Howard Jones es un tirano. Cuando logran expulsar al granjero, crean un sistema de gobierno propio y consensuan una serie de siete mandamientos, que escriben en una pared para que todos los animales los tengan presentes y los cumplan a rajatabla.

Al aventajar en inteligencia a los demás animales, los cerdos asumen el liderazgo de la nueva Granja Animal. Pero los dos máximos dirigentes, los cerdos Snowball y Napoleón, empezaron muy pronto a tener discrepancias, que terminan cuando Napoleón obliga a  Snowball a huir de la granja y se hace con todo el poder. Y Napoleón, con la complicidad de los demás cerdos, aprovecha esa oportunidad para erigirse como único líder de la granja.

A partir de ese momento, los cerdos empezaron a adoptar poco a poco los defectos de los hombres, que provocaron la pasada revolución. Y como querían acrecentar su poder, procedieron a borrar todos los mandamientos que, de alguna manera, condicionaban su voluntad. Al final, respetaron el séptimo precepto, porque vieron que, añadiéndole una simple coletilla, quedaba completamente desactivado. Por eso, al enunciado original, que decía “todos los animales son iguales”, agregaron simplemente esta expresión: “pero algunos animales son más iguales que otros”.

Y acabaron, claro está, desechando sus ideales iniciales para convertirse en auténticos tiranos. Los demás animales de la granja comenzaron a sentirse oprimidos y avasallados. No podían protestar y tenían que acatar dócilmente los caprichos  y las veleidades del cerdo Napoleón y de sus engreídos compañeros. Y no acaba aquí su calvario, ya que, además de haber caído en desgracia, los elitistas cerdos les obligaba a trabajar de sol a sol y, a cambio, no recibían nada más que una ración de comida muy exigua.

Hay que reconocer que, con la historieta satírica y mordaz de Rebelión en la granja, George Orwell nos advierte que debemos estar siempre en guardia contra cualquier tipo de totalitarismo, porque es sabido que el poder omnímodo lleva siempre a la corrupción más absoluta. Comienzan manipulando descaradamente la verdad histórica a su conveniencia y terminan, cómo no, concediendo  cargos públicos y otras ventajas a sus familiares y amigos, aunque carezcan de la necesaria cualificación profesional para desempeñarlos correctamente.

Y se da la circunstancia que el Gobierno socialcomunista, impuesto por Pedro Sánchez, se parece bastante al régimen dictatorial que impusieron los desvergonzados cerdos a los demás animales de  la granja. Desde el primer momento, se dedicó principalmente a manipular la información y a ejercer una vigilancia extrema sobre una buena parte de la sociedad española. Y como no podía ser menos, con esa vigilancia excesiva, se disparó también la represión política y social.

Para controlar y fiscalizar adecuadamente las noticias que aparecían en los distintos medios de comunicación y en las redes sociales, habilitó un Ministerio muy similar a los descritos en la novela distópica de George Orwell, titulada 1984. Es una especie de Ministerio de la Verdad, que concede al Ejecutivo la extraordinaria potestad de determinar si una información es correcta o no.

Y una de dos, o el presidente Sánchez no conoce la Historia de España, o ha perdido totalmente la dignidad y la vergüenza. Porque solo así se explica que intente completar la faena, impulsando una ley tan absurda como la Ley de Memoria Democrática que, además de falsificar la realidad histórica, devuelve al PSOE nada menos que 80 años atrás.

Es muy posible, que no lleguemos a saber si estamos ante un ignorante, o ante un auténtico desvergonzado que busca expresamente la manera de engañarnos. No obstante, si sabemos que Pedro Sánchez defiende, contra viento y marea, que la Segunda República fue un ambicioso proyecto de modernización del Estado y la sociedad”, donde prevalecía, sobre todo, el “valor de la democracia”.  

Y trata de hacernos ver que, gracias a las avanzadas  reformas políticas y sociales que introdujo la Constitución de 1931, comenzó a funcionar ejemplarmente la justicia social en España, inaugurando así una etapa solidaria, tolerante y verdaderamente democrática. Pero resulta que no duró mucho ese estado de paz y de igualdad porque, como era de esperar, fue interrumpido de manera abrupta por la derecha, que son los sempiternos enemigos de la libertad. Y esa intervención extemporánea de esa derecha cerril encendió los ánimos y abrió paso a toda esa inacabable serie de violencia extrema que padecimos los españoles.

Es evidente que Pedro Sánchez oculta intencionadamente los delitos execrables que se produjeron en la República, antes de estallar la Guerra Civil. Quiere borrar de la historia la Revolución de Octubre de 1934, en la que se produjeron posiblemente más de 2.000 muertos, entre los que  contabilizamos 320, entre guardias civiles, soldados, guardias de asalto y carabineros y unos 35 sacerdotes. Lo que quiere decir que, antes del 18 de julio de 1936, tampoco habría persecución religiosa, ni asesinatos, ni quemas de iglesias y conventos y, por supuesto, tampoco habría destrucción sistemática de  bibliotecas y centros de enseñanzas.

sábado, 31 de octubre de 2020

LA PERVERSIÓN DEL PROCESO DEMOCRÁTICO

 



Es enormemente lamentable, pero el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, además de hacer bueno a José Luis Rodríguez Zapatero, que ya es decir, está pervirtiendo nuestra democracia y llevando a España a la ruina más absoluta. Es tan presumido y petulante, está tan endiosado, que piensa que no hay nadie que le haga sombra y, sin embargo, estropea todo lo que toca.

Y por si fuera poco todo esto, no te puedes fiar de semejante tarambana, porque es como una veleta, ya que puede decir una cosa por la mañana y, sin inmutarse, decir exactamente lo contrario por la tarde. Y como carece hasta de los principios morales más básicos, te vende a las primeras de cambio porque, para colmo de males, siempre actúa movido por su ego y por sus caprichos particulares. Y esto, claro está, le lleva a anteponer  sus intereses personales a los generales, que son los que, en realidad, interesan siempre al común de los españoles.

Dos semanas antes de las elecciones generales del 28 de abril de 2019, Pedro Sánchez es entrevistado por eldiario.es en La Moncloa. Y quien no ha dicho una verdad en su vida, refiriéndose a las duras descalificaciones que recibía de la derecha, contestó desvergonzadamente: "Quien no tiene argumentos recurre a la mentira y, cuando la mentira se acaba, recurre al insulto". El viejo refrán que reza ‘donde dije digo, digo Diego’ le viene como anillo al dedo a este ‘trolas’ compulsivo.

Ha repetido infinidad de veces, que no pactará jamás con Podemos, porque “sería un presidente del Gobierno que no dormiría por la noche, como el 95% de los ciudadanos de este país”. Y fingiendo serenidad, ha agregado que “el PSOE nunca va a pactar con el populismo porque el final del populismo es la pobreza de Chávez, las cartillas de racionamiento y la falta de democracia”. Pasa exactamente lo mismo con Bildu y con los separatistas catalanes: “Yo no voy a permitir que la gobernabilidad de España descanse en partidos independentistas.

Y a pesar de todas estas píldoras, lanzadas aparentemente con toda sinceridad, ahí le tenemos, gobernando en coalición con Podemos y con la bendición de Bildu y de los independentistas vascos y catalanes. Y es más, ha llegado a confesar que está lleno de ‘orgullo’ de su vicepresidente Pablo Iglesias.

De todos modos, es evidente que Pedro Sánchez no vivió aquella Guerra Civil y, por supuesto, no llegó a conocer a Franco. Lo que sabe de aquella época, sea poco o sea mucho, se lo debe a la Historia. Pero no es de recibo que tanto Sánchez, como Zapatero utilicen lo que sucedió entonces de manera sesgada, falseando datos para engañar a los incautos y hacerles comulgar con ruedas de molino.

Está visto, que estos dos representantes destacados de la izquierda española actual adulteran conscientemente la historia, al mantener que los sublevados se levantaron contra la Republica española que, según ellos, seguía siendo una democracia consolidada. Ocultan cuidadosamente el fraude cometido por los prebostes del Frente Popular en las elecciones generales de febrero de 1936. Como no lograron la mayoría, para actuar a sus anchas, falsificaron unas cuantas actas de escrutinio, para hacerse con el poder.

Y como era de esperar, nada más hacerse con las riendas del Gobierno de la República, el Frente Popular puso en marcha un proceso acelerado de sovietización de España, que acabó rápidamente con cualquier atisbo de democracia. A pesar de las evidencias, la petulancia de Pedro Sánchez le llevará a negar esos hechos y seguirá defendiendo que la Republica continuaba siendo democrática, y que el general Franco, por lo tanto, se sublevó contra el Gobierno democrático de ese Frente Popular.

Esto le lleva a decir sin titubear que, con la exhumación de Franco del Valle de los Caídos, se completaba por fin el proceso democrático español. Ni que decir tiene que el presidente Sánchez sabe, cómo no, que todo eso es mentira. No obstante, está plenamente decidido a mantener semejante falacia, para completar el proceso, iniciado por Zapatero, de santificar a todos sus antepasados ideológicos, aunque sean de una calaña tan opresora y déspota como Francisco Largo Caballero o cualquiera de sus pistoleros.

Para conseguir semejante objetivo hay que olvidarse de lo que realmente sucedió y reorientar la historia, dándole el giro que nos interese. Y esto, por supuesto, que resulta excesivamente complicado para cualquier persona normal, no tiene complicación alguna para un personaje como Pedro Sánchez, que ha hecho de la mentira y el embuste, su medio natural de vida. Si hace falta adormilar a los que protestan, recurrirá tranquilamente a la hechicera griega Medea para que le proporcione las pócimas y los ungüentos mágicos que dio a Jasón, para que se burlara del rey Eetes y marchara con el vellocino de oro.

De momento, creo yo, la historia real no tiene nada que ver con la que se desprende de la desdichada Ley de Memoria Histórica y, menos aún con la que nos impondrán, si sale adelante la proyectada Ley de Memoria Democrática. Para empezar, hay que tener en cuenta que, ni la República era democrática cuando el general Franco dio el golpe de Estado, ni el engreído Sánchez completó el cacareado proceso de democratización, con el traslado de los restos mortales de Franco al cementerio de Mingorrubio. Aún no se ha dado cuenta que, desde hace ya mucho tiempo, el general Franco es ya pasado. Lo de menos es que esté en Mingorrubio, o en el Valle de Los Caídos.

Aunque pretendiera algo muy distinto, con la exhumación de Franco, el presidente del Gobierno restauró sin más su figura y su recuerdo, y nos devolvió a los duros enfrentamientos entre vencedores y vencidos. Y al recuperar así ese lenguaje de guerra, que ya habíamos olvidado, volvieron a reabrirse las viejas heridas, que creíamos definitivamente cerradas, y con ellas apareció de nuevo el odio, la intolerancia y la incomprensión entre los españoles.

Mal que le pese al impresentable Sánchez, la recuperación íntegra del proceso democrático es algo, que consiguieron los españoles cuando renunciaron a la idiotez de seguir saldando cuentas con el pasado y, mirando decididamente al futuro, pasaron página, olvidando que se habían estado matando unos a otros. Y con ese olvido voluntario, como era de esperar, llegó la reconciliación sincera entre ambos bandos, que se tradujo en el celebrado acuerdo nacional de la Transición Española.

Y hay que subrayar, que debemos esa Transición a unos políticos que vivieron desde muy cerca la terrible tragedia de nuestra Guerra Civil. Ambos bandos solventaron sus diferencias, enterrando en silencio sus muertos y sus rencores y, por supuesto, olvidando generosamente el pasado siniestro que les tocó vivir. Y gracias a ese acuerdo de la Transición, pudimos disfrutar, durante casi treinta años, de una convivencia nacional aceptable, a pesar de los altibajos del Partido Socialista.

No olvidemos,  que el PSOE es muy dado a navegar entre dos aguas. Y esto le ha llevado a mantener siempre una actitud un tanto equívoca con relación al pacto de Transición, mientras ha estado enteramente vigente. A partir de 1980, los Ayuntamientos regidos por los socialistas ya comenzaron a borrar de sus respectivos callejeros a personalidades destacadas, por estar directamente relacionadas con el franquismo. Y en muchos casos, esos nombres eran sustituidos por otros de personajes del otro bando.

En 1995, sin embargo, el Partido Popular todavía creía en la concordia y en la fiabilidad de una reconciliación sincera y amistosa. Precisamente por eso, la Corporación Municipal de Madrid, que presidía José María Álvarez del Manzano, se olvidó de las veleidades de los socialistas y aceptó, sin más, dar el nombre de Indalecio Prieto a uno de los bulevares del distrito de Vicálvaro.

Y como no podía ser menos, todo se fue al traste con la llegada a La Moncloa, primero de José Luis Rodríguez Zapatero y, después, de Pedro Sánchez. Zapatero dinamitó el pacto de la Transición Democrática con su Ley de Memoria Histórica. Y Sánchez, para no ser menos, trata de enterrarlo para siempre, con la nueva Ley de Memoria Democrática, que quiere imponernos

Por lo que parece, estos dos prohombres del socialismo actual no han sido capaces de digerir la dichosa Transición. Y como son tan sectarios y revanchistas, pretenden pervertir ese proceso democrático, tergiversando mendazmente nuestro pasado. Saben que corrompiendo adecuadamente la memoria, volvemos a las andadas y, entonces, los que perdieron aquella guerra pueden reaparecer ahora como auténticos vencedores.

Para conseguir semejante propósito, comenzaron a denigrar despiadadamente a quienes se levantaron contra el desorden y los atropellos de una República revolucionaria y golpista, que intentaba sovietizarnos por la fuerza. Y con el mismo interés que ponen en zarandear a Franco y a sus seguidores y partidarios, procuran dignificar, faltaría más, a  toda la izquierda tabernaria, que se adueñó de España en 1936 y, muy especialmente, a políticos siniestros y criminales, como Francisco Largo Caballero o Indalecio Prieto.

Con semejante política, es normal que el panorama actual de la convivencia entre los españoles sea tan extremadamente preocupante y desolador. Pero no es para menos, ya que, si hay que retirar las estatuas y quitar los nombres a las calles de los personajes históricos de un bando, hay que hacer lo mismo, con los del otro bando. Porque en ningún caso puede haber privilegios políticos para nadie. Así que, una de dos, o estamos todos al sol, o todos a la sombra.

 

Gijón, 29 de octubre de 2020

 

José Luis Valladares Fernández


sábado, 3 de octubre de 2020

EL ASALTO A LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA

 


En las crónicas mitológicas de la antigua Grecia, se describe detalladamente la reacción de la diosa Hera, cuando se enteró que su esposo Zeus había tenido un romance amoroso con la princesa tebana  Sémele. Dominada por el deseo irrefrenable de vengarse de Zeus y destruir a la ingenua Sémele, pidió ayuda a la maliciosa Ápate, uno de los espíritus malignos que se escaparon de la famosa caja de Pandora, que personificaba el engaño, el dolor y el fraude.

La astuta Ápate accedió gustosamente a prestarle su cinturón mágico, del que pendían toda clase de artificios, todos los trucos y los embaucamientos posibles. Con la ayuda de ese cinturón, la desairada diosa Hera, logró engañar a Sémele para que pidiera confiadamente a Zeus, que se le mostrase tal como era, sin ocultar sus verdaderas formas. Y como la princesa tebana Sémele era mortal, murió abrasada cuando Zeus, el dios del trueno y el rayo, se le apareció con toda la majestuosidad deslumbrante con que gobierna a los dioses del Olimpo.

Y Pedro Sánchez, con la ayuda inestimable de Pablo Iglesias y de lo más granado de los enemigos actuales de España, trata de hacerse con el cinturón de la tramposa Ápate. Piensa que, con ese portentoso cinturón, podría chantajear y engañar más fácilmente a los españoles para rebobinar la historia a su gusto y ganar aquella guerra civil, que perdieron hace ya casi un siglo. Eso allanaría el camino para instaurar, por fin, la república comunista antiespañola que buscaba el Frente Popular y, de paso, borrar a Franco de la historia.

El testarudo ‘ocupa’ de La Moncloa que nos gobierna se ha enzarzado en una lucha absurda contra el general que acabó con los sueños disparatados de Francisco Largo Caballero y de todos sus acólitos marxistas. No se da cuenta que Francisco Franco murió hace más de 40 años y que, por lo tanto, ya no es nada más que una sombra o un fantasma que no hace daño a nadie, ni influye absolutamente en nada en el desarrollo del quehacer diario de los españoles.

El general Franco, es verdad, condicionó decisivamente la vida de los españoles durante un período de tiempo bastante largo. Y eso, nos guste o no nos guste, es motivo más que suficiente para que ocupe un lugar destacado en nuestra historia pasada. Pero también es cierto, que el antiguo Caudillo no tiene significación alguna en la vida política española actual. Y como el presidente Sánchez conoce perfectamente este extremo, es absurdo que saque a pasear ese fantasma a las primeras de cambio, en vez de ocuparse en solucionar los graves problemas que acucian hoy día a todos los españoles.

Y una de dos: o Pedro Sánchez se dedica a denigrar la figura de Franco para disimular su indigencia mental y su manifiesta incompetencia, o porque es un sectario impenitente que odia profundamente a todos los que no comulguen con sus propias estupideces. Culpa al antiguo Caudillo de todos nuestros males y, como quien no quiere la cosa, lo utiliza continuamente para disculparse o para dar una solución aparente y provisional a los diferentes problemas.

Eso es, al menos, lo que hizo nuestro controvertido presidente, cuando comenzaron a lloverle las críticas por la marcha desastrosa de la economía y la destrucción de empleo: recurrió a la exhumación de Franco y disminuyeron las reprobaciones como por ensalmo. Y ahora, que se multiplican nuevamente los reproches por su deplorable manera de gestionar la pandemia que nos aqueja, se procede sin más a la expropiación del Pazo de Meirás. Y para ser más convincente, habla distendidamente de convertir el Valle de los Caídos en un simple Cementerio Civil y de la demolición  de la monumental cruz que preside ese monumento.

Que Franco fue un dictador, como Francisco Largo Caballero, es algo que no se puede negar. Pero hay una diferencia fundamental entre ambos. Mientras Largo Caballero se olvidaba de los intereses que afectaban a los españoles, para ponerse al servicio de Iósif Stalin, el general Franco trataba de evitar que España sucumbiera definitivamente bajo las garras del comunismo, implantado tras el triunfo electoral del Frente Popular en las elecciones fraudulentas  de Febrero de 1936. Por supuesto Largo Caballero, apoyado incondicionalmente por los demás prebostes de la izquierda, quería convertir a España en un País satélite de la Unión Soviética.

Cuando finalizó la Guerra Civil, España estaba hundida en la miseria más absoluta. Los estropicios económicos, provocados por el enfrentamiento bélico, fueron ciertamente muy cuantiosos. Y para colmo de males, a esa cifra astronómica fue preciso añadir el importe descomunal de las incautaciones que realizaron los responsables socialistas del Gobierno, Largo Caballero y Juan Negrín, en el Banco de España y en otras instituciones privadas, además de los robos realizados en museos y catedrales y a personas particulares.

La cantidad más importante de ese expolio procedía de las reservas de oro estatales, sustraídas fraudulentamente del Banco de España. Y hay que señalar, aunque moleste a Pedro Sánchez y a sus ministros, que una buena parte del oro de esas reservas, 510 toneladas exactamente, fueron enviadas a Moscú en septiembre de 1936. El resto de las reservas, se juntó con el oro y la plata de las otras sustracciones  y con las valiosas obras de arte, para reunir el tesoro inmenso que se llevaron a México en el yate Vita, en febrero de 1939.

Cuando terminó la guerra, Francisco Franco se encontró con un panorama económico, social y moral francamente aterrador. Y sin el menor desánimo, comenzó a buscar soluciones para recuperar al menos el antiguo esplendor de España y mejorarlo incluso. Para despejar el camino y eliminar obstáculos, comenzó anulando las libertades políticas. Y esto implica, claro está, la prohibición de los partidos políticos. No olvidemos que Franco estaba plenamente convencido de que la lucha partidista era un estorbo manifiesto para el progreso normal de cualquier Estado.

Hay que reconocer que el jefe del Estado Español, a la vez que se enfrentaba a una escasez enorme de medios, tenía que luchar también contra la marginación y el aislamiento internacional, alentado naturalmente por los republicanos españoles desde el exilio.  Pero a base de tesón y, por qué no decirlo, de mano izquierda, rompió ese aislamiento, integrando a España en el bloque occidental anticomunista.

Es evidente que había llegado el momento de abandonar la política económica autárquica y de autoabastecimiento, que había mantenido hasta ese momento, para iniciar seguidamente un camino de desarrollo económico acelerado. Para conseguir semejante objetivo, Franco realiza una remodelación del Gobierno, y entrega los puestos clave de la Administración, a personas de la talla de Alberto Ullastres, Mariano Navarro Rubio y López Rodó.

Este equipo de tecnócratas, adscritos al Opus Dei, da un nuevo giro a la política económica del Gobierno y pone en marcha el famoso Plan Nacional de Estabilización Económica, que consiguió la estabilidad económica, el equilibrio en la balanza de pagos y, quien lo iba a decir, el robustecimiento de la peseta.

Gracias a esos planes de desarrollo, España se olvidó muy pronto de la pobreza y de las estrecheces pasadas y llegamos a disfrutar de una prosperidad desconocida hasta entonces. Como se decía de aquella, pasamos rápidamente ‘de la alpargata al seiscientos’. Nuestro ritmo de crecimiento fue espectacular y, por supuesto, muy superior al de los demás países de nuestro entorno. Y como era de esperar, cerramos la etapa franquista, siendo la octava economía más grande del mundo. Nada que ver con el puesto 34 que ocupamos hoy.

No podemos olvidar algo,  que molesta extremadamente a la izquierda española: el trato preferencial que dio Franco a los trabajadores, o a los productores, si utilizamos la terminología propia de aquella época. Además de establecer el Seguro Obligatorio de Desempleo y el Salario Mínimo interprofesional, mejoró la Seguridad Social rudimentaria que había, hasta convertirla en la mejor de Europa. A partir de entonces, los trabajadores comenzaron a disfrutar, cómo no, de vacaciones pagadas y de algo tan importante, como una pensión de jubilación.

El mundo del trabajo, creo yo, debe otras muchas mejoras al general Franco. No olvidemos que construyó 4 millones y medio de viviendas sociales, que facilitaba seguidamente a los trabajadores que las necesitaban. Y al mismo tiempo que mejoraba la agricultura con la construcción de numerosos pantanos, se dedicó también a industrializar a España, poniendo en marcha el Instituto Nacional de Industria, a la vez que potenciaba la creación de empresas estatales como Iberia y Renfe. Y los trabajadores, que yo sepa, sin tener que pagar los odiosos impuestos del IVA y del IRPF, como pasa ahora. ¿Hay quién de más?

La transformación social y económica, realizada por el odiado Régimen de Franco, supuso un vuelco en el nivel de vida de los españoles, y muy especialmente en la de los trabajadores. Esto se tradujo en un aumento drástico de la renta per cápita y en un desarrollo más que notable del Estado de Bienestar, desconocido hasta entonces.

Hasta que no se produjo esta explosión económica, provocada por Franco, España estaba prácticamente dividida en dos grupos sociales. Uno de esos grupos estaba formado por la clase rica o privilegiada, que atesoraba la mayor parte de la riqueza nacional. En el otro grupo, el más numeroso, estaba la clase baja, que vivía muy pobremente. Es verdad que, entre ambos grupos, había un número de personas muy reducido, que se dedicaban a la agricultura o al comercio y, por consiguiente, vivía algo más holgadamente que los de la clase baja.

Con el desarrollo económico impulsado por el franquismo, comenzaron a sumarse a este grupo intermedio cantidad de trabajadores, hasta formar una clase media verdaderamente pujante y numerosa. Cuando desapareció Franco de la escena política, el porcentaje de esa clase media superaba con creces el 56% de la población española. Y esto es totalmente intolerable para un político de izquierda, tan arribista y de medio pelo como Pedro Sánchez, más que nada, porque se siente totalmente incapaz de realizar una proeza de esa envergadura.

Hay que tener en cuenta, que el presidente del Gobierno que padecemos está tremendamente obsesionado con el que fuera caudillo de España durante tantos años. Odia intensamente a Franco, en primer lugar por la derrota inapelable que infligió  a los dirigentes del Frente Popular y a su cortejo de navajeros, impidiéndoles instalar en España la infausta revolución marxista. Y eso sí que hubiera sido una dictadura mucho más nefasta y deplorable que la del propio Franco.

Tampoco perdona a Franco que se haya atrevido a beneficiar a la supuesta clase trabajadora de una manera tan magnánima, porque así, priva evidentemente a la izquierda de atribuirse en exclusiva el amparo y el patrocinio de los obreros. Es obvio que los socialistas de corte marxista, lo mismo que los comunistas bolivarianos, más que ayudar a los que trabajan, los explotan miserablemente y obstaculizan su progreso. Y todo, porque saben que, siendo pobres, tienen asegurado su voto.

No olvidemos, que el general Francisco Franco murió hace ahora 45 años. Y con Franco, murió también el franquismo. Y como Franco ya no hace daño a nadie, debería haber muerto igualmente hasta el antifranquismo. Se da, además, la circunstancia que Pedro Sánchez ni conoció a Franco, ni tuvo que soportar ninguna de sus decisiones. Y habiendo tantos problemas económicos y sociales que solucionar, es absurdo que pierda el tiempo así, odiando visceralmente  a quien ya no es nada más que un espectro o una simple sombra.

Debemos admitir, sin embargo, que es mucho más absurdo aún, y hasta patológico que, para escenificar mejor ese odio, realice esa especie de desposorio con un personaje tan desaprensivo como Pablo Iglesias. Y es sabido que el ‘Coletas’ solo conoció a Franco por referencias malintencionadas. Con la política tan desastrosa que practican estos dos falsos demócratas y con su incompetente gestión de la pandemia, están provocando desgraciadamente una auténtica hecatombe económica en España, con la inevitable quiebra de muchas empresas y la ruina de numerosas familias.

No cabe la menor duda, que estas dos águilas de la torpeza y del engaño, seguidos ciegamente por sus respectivos ganapanes, están acrecentando el desastre económico y social con su política de tierra quemada. Y el resultado, no se ha hecho esperar. El hambre se ha vuelto a enseñorear de España y, como en Venezuela, volveremos a ver españoles rebuscando en los contenedores de basura, para poder comer. Y como no cambien de tercio, tendrán que desempolvar las viejas cartillas de racionamiento. De momento, la clase media boyante que aplaudió la llegada de la Transición Democrática, ya ha empezado a desaparecer.

Según todos los indicios, el presidente del Gobierno y su bolivariano vicepresidente no se conforman con ocasionar ese daño económico tan ingente. Son tan sumamente sectarios y tan cainitas, que se han confabulado para acabar con la libertad de expresión y hasta con la libertad  de pensamiento. Eso es, al menos, lo que se deduce del anteproyecto de Ley de ‘Memoria Democrática’, que aprobó el Consejo de Ministros del pasado 15 de septiembre. Aunque es preciso reconocer que no se trata de una ley. Estamos más bien ante un ajuste de cuentas contra el franquismo, para lavar la cara del dichoso Frente Popular.

La intención de esta pareja de tórtolos políticos es muy clara. Con esa iniciativa legislativa, claramente maniquea, pretenden reescribir la historia a su antojo para criminalizar a Franco, culpándole de todas las trapacerías y delitos que se cometieron en los años de la post guerra. Se olvidan naturalmente de las fechorías  y de los crímenes cometidos durante la guerra para que no se hable de las checas, ni de las sacas, y para ocultar la persecución religiosa y las matanzas de Paracuellos.

Con esta manipulación interesada de la historia real, consiguen silenciar las críticas a su nefasta gestión de la pandemia y, por supuesto, a las contradicciones internas del Gobierno social-comunista. Y piensan obviamente que así ganan por fin la guerra que perdieron hace ya más de 80 años.

Una narración así de la historia, basada exclusivamente en los sentimientos que producen unos hechos muy lejanos y violentos, en los que no se tuvo ni arte ni parte, no sirve nada más que para reabrir las llagas que creíamos ya cicatrizadas y para volver a generar odios y animadversiones inútiles. Y mucho más si, como tienen previsto, oficializan esa historia amañada y, utilizando el BOE, obligan a que se enseñe en las escuelas y terminan imponiéndola despóticamente a los medios de comunicación y a toda la sociedad española.

Si consiguen finalmente la promulgación de ese bodrio de ley, se romperá el consenso de la transición y saltará por los aires nuestro sistema constitucional. Y el presidente del Gobierno social-comunista y su impresentable vicepresidente tendrán el deplorable honor de habernos devuelto de un plumazo al 20 de noviembre de 1975, que fue nuestro punto de partida, para recuperar de nuevo las dos Españas políticamente irreconciliables.

 

 

Gijón, 30 de septiembre de 2020

 

José Luis Valladares Fernández

sábado, 21 de marzo de 2020

¡ESPAÑA ES DIFERENTE!


               Hasta el 19 de julio de 1808, el todopoderoso ejército napoleónico había salido victorioso en campo abierto, en todos sus enfrentamientos contra otros pueblos europeos. Ese día, sin embargo, tenía en frente, en la batalla de Bailén, al desdeñado pueblo español, que defendía valientemente su independencia, y no tuvo más remedio que doblegar su cerviz. Y Napoleón, desconcertado ante semejante derrota, se disculpó diciendo que ‘España es diferente’, frase que terminaría haciendo historia.

A partir de 1936, entra en escena Luis Antonio Bolín, que mantenía una relación muy estrecha con Franco. Intervino directamente en el alquiler del Dragon Rapide, que trasladó al denostado General desde las islas Canarias a Tetuán, para dar comienzo al Alzamiento Nacional. Y Bolín también utilizó la frase lapidaria ¡‘España es diferente’!, pero dándole, eso sí, un sentido totalmente diferente al de Napoleón Bonaparte..

Al finalizar la II Guerra Mundial, los afortunados vencedores trataron de asfixiar políticamente al nuevo régimen franquista, sometiendo a España a un aislamiento internacional sumamente feroz e inhumano. Y Luis Bolín que, durante muchos años, ostentó el cargo de director general de Turismo, buscó la manera de mejorar nuestra complicada situación, abriendo España al turismo exterior.

Después vendría Manuel Fraga Iribarne, que fue ministro de Información y Turismo, desde 1962 hasta 1969. Y para promover el desarrollo de España, utilizando ampliamente la industria turística, recurrió también a la conocida frase de ¡‘España es diferente’!, pero traducida al inglés. Y sembró nuestra geografía con el nuevo eslogan Spain is different!’,  para atraer a los turistas extranjeros con nuestro sol despampanante y con nuestras playas paradisíacas. Y así perdió también vigencia, cómo no, el humillante apotegma, “África empieza en los Pirineos”, que acuñó Alejandro Dumas.

Pero el ¡‘España es diferente’!, utilizado profusamente antaño para dar a conocer las excelencias turísticas españolas, tiene ahora un significado muy poco halagüeño. Ese eslogan, hoy día, se emplea para reflejar la situación caótica y deleznable, en que ha caído últimamente la sociedad española. Por culpa de un tramposo como Pedro Sánchez, el Gobierno se ha convertido en un enorme e indisciplinado circo.

miércoles, 17 de julio de 2019

LA EVOLUCIÓN DEL NACIONALISMO EN ESPAÑA



IV.- La explosión del independentismo catalán 



En octubre de 1886, el político catalán Josep Narcís Roca i Farreras ya intentó crear  un movimiento popular de izquierdas, que aceptara sin más que Cataluña era un Estado propio e independiente. Pero ni consiguió adeptos, ni logró convencer a ninguno de sus colegas republicanos que, de momento, siguieron todos ellos manteniendo plenamente la tradicional vinculación de Cataluña con España. 
Tendríamos que esperar unos años más, para poder contar con una asociación de nacionalistas radicales que se posicionara claramente a favor de la independencia de Cataluña. Pero ese primer grupo histórico de catalanes inconformistas no nace en Cataluña, como sería lógico, sino en Santiago de Cuba, cuando la isla consiguió emanciparse de España. Y fue ahí, en el Centro Catalán de esa ciudad, donde ondeo por primera vez la estelada, que creó Vicenç Albert Ballester, un catalán que, en 1898, seguía residiendo en Cuba.
Hay que reconocer, por lo tanto, que esa aspiración a la independencia de Cataluña está íntimamente ligada a la famosa Guerra de la Independencia Cubana, que tuvo lugar entre el 24 de febrero de 1895 y el 24 de agosto de 1898. Con la rendición incondicional del Gobierno colonial español y la firma del Tratado de París, España perdió de una tacada Cuba, Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam, que eran los últimos restos del viejo imperio español.
Era extraordinariamente  numerosa la colonia de catalanes que vivía en Cuba, cuando estalló la guerra que propició la independencia de esta isla caribeña. Casi todos ellos lograron amasar una gran fortuna, comerciando simplemente con el tabaco, el azúcar y también, cómo no, con la esclavitud. Muchos de ellos, es verdad, mantuvieron fielmente su lealtad al Gobierno colonial español durante todo el conflicto bélico. Al finalizar la guerra, claro está, tuvieron que regresar nuevamente a Cataluña.
Pero otros muchos emigrados catalanes, los más lanzados y resueltos, optaron por contemporizar con los cubanos rebeldes y luchar contra la corona de España. Y una vez conseguida la soñada independencia de la isla, vieron que era posible reproducir esos mismos hechos en Cataluña, la tierra que abandonaron años atrás. Y comenzaron inmediatamente a organizar grupos o clubs de nacionalistas radicales, tanto en La Habana, como en Santiago de Cuba y, por supuesto, en Guantánamo, que abogaban, de forma directa y sin ambages, por la independencia de Cataluña, que era su verdadera patria chica.
A partir de ese momento, las organizaciones independentistas que surgieron en Cuba, cuando esta isla logró emanciparse de España, se dedicaron a promover toda clase de propaganda separatista, utilizando, sin reparo alguno, revistas y todos los medios publicitarios que estaban al alcance de sus manos. Y como no podía ser menos, además de izar esteladas en los balcones de sus propios centros, empezaron a financiar una serie de eventos o programas que defendían abiertamente la segregación o la independencia de Cataluña.
A pesar de la intensa actividad propagandística desarrollada en Cuba por los emigrantes catalanes, Cataluña tendría que esperar pacientemente hasta julio de 1918 para contar con la primera organización manifiestamente independentista. Fue entonces cuando surgió el Comité Pro Cataluña, que presidiría el creador de la estelada, Vicenç Albert Ballester, que había regresado a su Barcelona natal.

jueves, 11 de abril de 2019

LAS PATRAÑAS DE PEDRO SÁNCHEZ






Cada vez que veo al presidente Pedro Sánchez en los medios de comunicación, me acuerdo inevitablemente de unos personajes interesantes, que aparecen en El Rey Lear de William Shakespeare. Se trata del ciego conde Gloucester y de su  pechero, el Anciano. El conde Gloucester piensa dejarse guiar por el mendigo Tomasín y manda marchar al Anciano. Y como este le advierte que Tomasín está loco, el conde Gloucester le contesta: “Es calamidad de estos tiempos que los locos guíen a los ciegos”.

Y esto es, ni más ni menos, lo que está ocurriendo con el presidente ‘ocupa’, que entró  en La Moncloa por la puerta de atrás. Y si es ciertamente tragicómico que un loco como Tomasín conduzca al ciego conde Gloucester, no es menos chusco y melodramático, que un personaje tan sectario y tan irresponsable como Pedro Sánchez dirija los destinos del Gobierno de España. No podemos esperar nada bueno de quien, para medrar personalmente y satisfacer su desmedida ambición, se echa en brazos  de filo-etarras ocasionales y de los separatistas más contumaces, que intentan acabar con la Unidad de España.

Es evidente, que no hay nada gratis. Y en consecuencia, tampoco fue gratis el apoyo que los secesionistas prestaron a Pedro Sánchez en la moción de censura que le hizo presidente del Gobierno de España. Y como sigue necesitando de los independentistas para continuar en La Moncloa, llegó el momento de devolverles el favor, cumpliendo satisfactoriamente alguna de sus exigencias, procurando, eso sí, que no afecte mucho a las instituciones del Estado.

Para tener contentos a los golpistas catalanes, nada más llegar al poder, eliminó la supervisión de las cuentas  de la Generalitat de Cataluña, para que los responsables de la Autonomía catalana puedan gastar el dinero público a su antojo. Su complacencia con el separatismo, le llevó a disponer que los presos independentistas, que estaban acusados de delitos de rebelión, sedición y malversación de dinero público, fueran trasladados seguidamente a cárceles de Cataluña. Y terminará, cómo no, indultándoles, si finalmente son condenados, para mantener intacto el apoyo incondicional de los que quieren romper España.

Para mantenerse en el poder, Pedro Sánchez procurará seguir el ejemplo de Creso, aquel antiguo rey de Lidia que, para ser bien aceptado, hacía magnánimas  ofrendas a los dioses de los templos de todas las ciudades griegas conquistadas. Pero no contó con Némesis, la diosa de la justicia retributiva y el equilibrio, que no permite, entre otras cosas, los excesos de fortuna y la complacencia desenfrenada. Y Némesis, claro está, que no podía tolerar la actitud y el comportamiento de Creso, le incita a ir contra Ciro, rey de Persia, para que éste lo derrote y lo despoje del imperio que había conquistado.

jueves, 31 de enero de 2019

LAS ANDANZAS DEL PSOE


XI.- La Guerra Civil y Franco como coartada




El actual Partido Socialista Obrero Español se parece muy poco al que puso en marcha Pablo Iglesias Posse el 2 de mayo de 1879, en la reunión clandestina que se celebró en la taberna Casa Labra  de la madrileña calle de Tetuán. La vida de su fundador estuvo siempre marcada por la miseria y las privaciones. Y esto fue determinante para que el partido que salió de aquella comida de fraternidad se mostrara, aparentemente al menos, como una formación huraña y rebelde, en guerra casi siempre contra los dueños o propietarios,  aunque fuertemente sensibilizado con la clase trabajadora.

No olvidemos  que la fundación del PSOE tiene lugar en plena Restauración borbónica y con una industrialización todavía muy en ciernes.  Los trabajadores carecían de derechos y sus ingresos eran realmente muy bajos e insuficientes. Muchos de ellos, para mejorar sus condiciones de vida, abandonaban los pueblos y las zonas rurales y huían hacia las grandes ciudades o hacia los nuevos polos de desarrollo, en busca de un trabajo mejor remunerado. La Iglesia, sin embargo, que controlaba una gran parte de la educación, mejoraba ostensiblemente su poder económico y social.

Y Pablo Iglesias, que no estaba de acuerdo con esa situación, protestó airadamente en el VI Congreso Federal del partido, que se celebró el 22 de agosto de 1902 en el Teatro Jovellanos de Gijón. Y en una de sus intervenciones, hizo esta afirmación tan rotunda: “Queremos la muerte de la Iglesia, cooperadora de la explotación de la burguesía; para ello educamos a los hombres, y así le quitamos conciencias. Pretendemos confiscarle los bienes. No combatimos a los frailes para ensalzar a los curas. Nada de medias tintas. Queremos que desaparezcan los unos y los otros”.

Ocho años más tarde, en las elecciones generales de mayo de 1910, Pablo Iglesias logró hacerse con el acta de diputado. Y en su primera intervención en las Cortes, volvería a insistir sobre el tema, confesando públicamente  que su partido aspiraba “a concluir con los antagonismos sociales”. Y afirmaría a continuación: “Esta aspiración lleva consigo la supresión de la magistratura, la supresión de la iglesia, la supresión del ejército”.

Ni el Partido Socialista, ni la UGT, sufrieron alteración alguna con la desaparición de su fundador. Con sus sucesores inmediatos, el PSOE continuó siendo tan conflictivo,  tan arbitrario y despótico como con "el Abuelo", que es como apodaban cariñosamente  a Pablo Iglesias. Y como despreciaban la participación política, preferían la lucha sindical a la meramente política. Y al carecer de cultura democrática, procuraban ganar adeptos a base de agitación y propaganda, lo que les llevó a predicar con entusiasmo la llegada de la Buena Nueva y, con ella, la libertad y la igualdad entre todos los trabajadores.

Pero como todos ellos estaban muy mediatizados por Pablo Iglesias y seguían ciegamente sus pasos, su relación con la violencia era especialmente revolucionaria. Así que, en vez de facilitar la llegada de la Buena Nueva o el advenimiento del Paraíso Socialista, esos visionarios a sueldo nos llevaron a una Guerra Civil entre hermanos. No quedaba sitio, por lo tanto, ni para la soñada igualdad, ni para la libertad personal y, menos aún, para las libertades políticas.

Los revolucionarios izquierdistas que lideraba  Francisco Largo Caballero, venían soñando con la Guerra Civil desde octubre de 1934. Pensaban, claro está, que si la derecha reaccionaba y contestaba a sus provocaciones, sería aplastada fácil y definitivamente en muy poco tiempo y sin necesidad de utilizar muchos medios. Pero midieron mal sus posibilidades  y fallaron todas sus previsiones

miércoles, 17 de octubre de 2018

LAS ANDANZAS DEL PSOE


VI.-Estalla la Guerra Civil

Incapaces de superar el fracaso revolucionario que soportaron en octubre de 1934, los magnates de la izquierda republicana, y de manera muy especial los del PSOE, acudieron a las elecciones generales del 16 de febrero de 1936, con ánimos evidentes de revancha. Y si no ganaban las elecciones, estaban plenamente decididos a reconquistar el poder por la fuerza. Escuchemos, si no, lo que dijo Francisco Largo Caballero en el Cinema Europa, apenas unos días antes de celebrarse las elecciones: “Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos”.

Y por si no estuviera aún lo suficientemente claro, escuchemos nuevamente a Largo Caballero. En el mitin que se celebró en Alicante el 19 de enero de 1936, el líder del PSOE y de la UGT proclamó, sin tapujos y sin rodeos: “Quiero decirles a las derechas que, si triunfamos, colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la guerra civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos”.  

Para empezar, las Elecciones Generales de febrero de 1936 se celebraron en un ambiente de intimidación y de violencia francamente insoportable, preparado intencionadamente por el Frente Popular. Siguiendo instrucciones precisas de los máximos responsables de la izquierda, la clase trabajadora se echó a la calle para alterar el orden y provocar el desconcierto Pensaban que así hundirían a la derecha y podrían despedirse definitivamente de la República burguesa.

Pero llega el escrutinio oficial y, antes de completar el recuento de los votos, pudieron comprobar que los resultados no eran tan halagüeños como habían esperado. Era evidente que, si querían ganar aquellas elecciones, tendrían que entrar a saco en el recuento para cambiar papeletas y adulterar fraudulentamente el resultado final. Y para lograr su propósito, multiplicaron los alborotos e intensificaron aún más la violencia callejera. Y a base de intimidar y de coaccionar a unos y a otros, lograron hacerse con los documentos electorales de muchas localidades, antes de finalizar el escrutinio.

Así las cosas, con el “pucherazo” o, si se quiere, con el fraude electoral, la izquierda completa a su antojo el evidente desaguisado electoral. Alteraron impunemente el resultado final del recuento de votos, anularon a placer actas de diputados de derechas, modificaron otras y sustituyeron a diputados electos de partidos políticos minoritarios por otros de izquierda que habían salido derrotados. Hacerse así con una mayoría absoluta aplastante, era sumamente fácil.

viernes, 13 de octubre de 2017

A CADA UNO LO SUYO

VII – La Guerra Civil Española 


Si nos atenemos a los hechos, tenemos que reconocer que el Ejército y una buena parte del pueblo llano, recibieron la llegada de la República con cierto recelo, porque fue instaurada de manera irregular. Pero esa prevención o desconfianza se trocó en irritación, cuando el llamado Frente Popular llega al Gobierno en febrero de 1936, valiéndose de unas elecciones claramente fraudulentas.
Y ese enfado subió aún más de tono cuando constataron que los responsables de ese Frente usaban intencionadamente el poder para transformar el Estado en un instrumento antidemocrático y sectario, para ponerlo, sin más, al servicio de la violencia y el crimen. Y si ya estaban los ánimos suficientemente caldeados,  lograron que, con el asesinato de José Calvo Sotelo, media España se levantara en armas contra esa manera pérfida de hacer política.
Con la llegada al poder del Frente Popular, cambió tanto la República, que no se parecía en nada  a la que se instauró el 14 de abril de 1931. Dejó de ser democrática y, en realidad, terminó siendo un régimen prácticamente ilegítimo. Y sus dirigentes estaban tan seguros de sí mismos, que ni se molestaban siquiera en guardar las apariencias. Retaban descaradamente a los militares que protestaban por la imprevista deriva de la República. Pensaban que, si lograban sublevarlos, acabarían fácilmente con ellos, y así podrían implantar libremente, y sin oposición alguna, la revolución soñada por la izquierda.
Como ya sabemos, el alzamiento militar que se inició el 17 de julio de 1936 en las ciudades españolas de Marruecos, llegó rápidamente a la Península. El mismo 18 de julio, el general Queipo de Llano aplastó fácilmente la resistencia obrera y sindical de Sevilla, y logró el control de tan importante plaza. Pasó lo mismo en la ciudad de Cádiz con los generales Varela y López Pinto.
Tuvo más problemas Ciriaco Cascajo Ruiz,  gobernador militar de la provincia y coronel del Regimiento de Artillería Pesada nº 1, para hacerse con el control de Córdoba. Aunque el gobernador civil, Antonio Rodríguez, estaba inicialmente dispuesto a entregar el Gobierno a los insurrectos, se vuelve atrás cuando constata la firme oposición de un grupo, entre los que estaba el alcalde de la ciudad  y el presidente de la Diputación. Tuvieron que ser los cañones del cuartel de Artillería los que acabaran finalmente con la negativa frontal de ese grupo. Granada caería dos días después.