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miércoles, 7 de mayo de 2014

LA EDUCACIÓN Y SUS PROBLEMAS

Los datos publicados, hace poco más de una semana, por la Oficina Estadística de la Comisión Europea (Eurostat), sobre la educación en España, son francamente demoledores. Volvimos a registrar, un año más, la tasa más alta de Europa en fracaso escolar. Según Eurostat, de los jóvenes españoles que, en 2013, estaban matriculados en Educación Secundaria, un 23,5% abandonó sus estudios al finalizar el ciclo obligatorio.  Y muchos de ellos, sin conseguir, incluso, la graduación correspondiente. La media de la Unión Europea es del 11,9% de fracaso escolar.

En España, son muchos los alumnos que, aunque se esfuercen, no logran alcanzar jamás el nivel medio de la mayoría de jóvenes  de su misma edad.  Y como es lógico, suspenden irremediablemente al finalizar el curso. Y una de dos, o se convierten en eternos repetidores, o abandonan prematuramente  sus estudios. En cualquiera de los dos casos, esto se traduce en un fracaso personal y social evidente y, como es lógico, afecta gravemente a su autoestima. Es normal que  pierdan la confianza en sí mismos y queden marcados para toda su vida, cercenando así toda posibilidad de mejorar en el futuro.

Son muchas las circunstancias que provocan, de manera inexcusable, ese abultado fracaso escolar. Algunas son perfectamente subsanables, como la miopía y la sordera ocasional. Otras son más difíciles de corregir. Es el caso de la dislexia y la hipersensibilidad que padecen algunos niños, en cuyo caso, o no comprenden lo que leen, o son incapaces de controlar sus movimientos y su atención. En ambos casos, el fracaso escolar es inevitable. También fracasarán, , por razones obvias, los que tengan un coeficiente intelectual manifiestamente bajo,  los que proceden de familias desestructuradas y, cuando se aburren en clase, los superdotados.

En Europa, nadie nos iguala, ni nos discute el liderazgo en fracaso escolar. Hasta hace unos años, eran Malta con un 49,9% y Portugal con un 41,2%  los campeones de dicho fracaso. Nosotros, con un 30%, ocupábamos un discreto tercer lugar. Rebajamos algo ese porcentaje, es cierto, pero de manera muy leve. Malta y Portugal, en cambio, mejoraron significativamente sus resultados con pequeñas reformas y nos dejaron solos al frente de semejante clasificación. En muy poco tiempo, Malta redujo esa tasa en 29 puntos y Portugal no se quedó atrás y redujo la suya en 22 puntos.

lunes, 21 de abril de 2014

EDUCACIÓN Y SENTIDO COMÚN

En Madrid y en otros muchos lugares de España, el 26 y 27 de marzo pasado, un buen número de estudiantes abandonó las aulas y se echó a la calle para protestar ruidosamente contra la política educativa del Partido Popular.  De entrada piden, cómo no, la dimisión del ministro de Educación, José Ignacio Wert y centran prácticamente todos sus reproches al Gobierno en los recortes que han hecho en Educación, dando lugar al consiguiente despido de profesores, a una subida excesiva de las tasas universitarias y al incremento de trabas y obstáculos para conseguir una beca.

El descontento de los estudiantes no es nuevo, viene ya de cuando el Partido Popular ganó las elecciones. Y en sus frecuentes revueltas, unas veces van solos como ahora, y otras hacen causa común con un núcleo determinado de padres y profesores.  Pero no nos engañemos,  es la izquierda española la que, desde la sombra, alienta y dirige impunemente todas esas grescas callejeras, utilizando al Sindicato de Estudiantes. A veces van más allá y, entonces, intervienen de manera más directa a través de los sindicatos afines FE-CCOO, FETE-UGT, y de las organizaciones  insertas en el Movimiento Patriótico Revolucionario (MPR) que, siendo minoritarias y con muy poca representación, suelen dar mucho ruido.

Sin que importe mucho su procedencia sociológica, la izquierda española no digiere las derrotas electorales. Y cuando sucede esto, como es el caso, prepara en la calle todos estos cirios,  a veces muy violentos, para acabar cuanto antes  con esa situación que considera totalmente anómala e injusta. Y en esto, no hay la menor discrepancia entre la “izquierda histórica” o de “masas” y la “izquierda intelectual”, e incluso, la “izquierda de los descontentos” o de los “indignados”. Por eso, cuando gobierna la derecha, la izquierda monta en cólera invariablemente porque se siente estafada y despojada de algo que le pertenece casi por Derecho Divino.  

Y no digamos nada si esa derecha pierde el pudor y promulga leyes tan irrespetuosas con la “igualdad”, como la nueva Ley de Educación, la famosa LOMCE.  No olvidemos que, desde la Revolución Francesa, la “igualdad” pasó a ser un auténtico dogma de fe para todas las gentes de izquierda. Y cuando unos intrusos ocasionales, como los de esta derecha ultramontana, la ponen en peligro, tratan de defenderla echándose a la calle y organizando continuos altercados y revueltas, a veces excesivamente graves, para crear un ambiente social lo más irrespirable posible. Piensan que, al enfrentarse a situaciones tan difíciles, la derecha fracasará irremediablemente y abandonará el Gobierno mucho antes de lo previsto.