Mostrando entradas con la etiqueta Bono. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bono. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de noviembre de 2010

SIN CONEJOS, NI CHISTERA

No se si era su sonrisa, a veces inexpresiva y bobalicona, o fue algún hada madrina que le tocó con su varita mágica, el caso es que a José Luis Rodríguez Zapatero todo le salía a pedir de boca. Siendo un perfecto desconocido, sin más méritos que mantenerse mudo en el hemiciclo del Parlamento, fue aupado a la Secretaría General del PSOE, en el congreso que este partido celebró en el año 2000. Su postura radical de izquierda, cuajada de afectación y de cursilería, sirvió para que se fijaran en él unos cuantos compromisarios para habilitar una nueva candidatura. Nadie de entre los congresistas, ni los que avalaron su candidatura, esperaban que se alzara con el triunfo. Todos esperaban su derrota y su vuelta irremediable a la irrelevancia y al anonimato dentro del aparato del partido.
El miedo al desembarco de José Bono en la Secretaría General del partido se apoderó de unos y otros y se obró el milagro más inesperado. Zapatero, contra todo pronóstico, fue el elegido para regir los destinos del PSOE. Aquí comienza su buena estrella. Los sucesos del 11M habilitaron la terrible escalera de muertos que hizo posible su llegada inesperada a la presidencia del Gobierno. Con el tiempo ha demostrado que ese cargo le venía muy grande. No tenía muchas ideas y la mayor parte de las que aportaba eran tremendamente descabelladas. Pero con el cuento de su sonrisa y su pretendido talante, había logrado ilusionar a mucha gente, logrando de este modo poner siempre en marcha sus proyectos. Y ese incomprensible optimismo facilitó su reelección para presidir de nuevo al Ejecutivo.
Pero las circunstancias externas concomitantes y los repetidos errores en la gestión del Gobierno se han aliado para abrir los ojos a una gran parte de los ciudadanos y a eclipsar la estrella de Rodríguez Zapatero. La realidad ha terminado por despojarle cruelmente de su magia y ahora todo le sale mal. No le funciona ya ni la propaganda. Le abuchean y le abroncan las masas y hasta es contestado dentro de su propio partido. En 1996, a base de muchos sacrificios, iniciamos una etapa esperanzadora de desarrollo y normalización que creíamos imparable y definitiva. Poco a poco nos acercábamos ilusionadamente a los estándares de los países del concierto europeo. Se nos tenía ya en cuenta en los demás países de nuestro entorno y se nos respetaba más allá de nuestras fronteras. Comenzábamos a ser un país claramente influyente.
Lo sucedido posteriormente ha devuelto a los españoles otra vez al punto de partida. La política caprichosa y sectaria de Zapatero cortó en seco nuestro despegue económico. Con sus despilfarros planetarios está dejando a España convertida en un solar infausto y formando parte de nuevo del pelotón de los torpes. Ya solamente competimos con países como Letonia y Estonia y otros por el estilo. El prestigio mundial logrado durante años se vino abajo, casi sin darnos cuenta, de la noche a la mañana. Ahora se ríen de nosotros y nos torean hasta personajes como Hugo Chávez y el sultán de Marruecos. Hemos perdido prácticamente toda nuestra dignidad.
Como Rodríguez Zapatero es tan celoso de su imagen le molesta enormemente que se rían de él y los abucheos le sacan de sus casillas. Para evitar esos insultos, nada mejor que escurrir el bulto detrás de un escudo protector. Así, además, si salen mal las cosas, tiene a quien echar las propias culpas. De ahí que, en la última remodelación del Gobierno, hiciera de Alfredo Pérez Rubalcaba un superministro nombrándole vicepresidente primero, con amplios poderes sobre los demás ministros. Evidentemente nadie como Rubalcaba para desempeñar ese puesto, ya que cuenta con una amplia experiencia en todo tipo de guerra sucia desde los nefastos tiempos del felipismo.
Sin pérdida de tiempo, Rubalcaba ya ha puesto a todo el Gobierno en estado de combate para atacar, todos a una, al Partido Popular. Se trata de intimidar a unos y amenazar a otros para que se sientan vulnerables y no se atrevan a levantar la voz y no denuncien la irresponsabilidad culpable del Ejecutivo en nuestro desastre económico. El ministro del “pásalo” quiere que se le tema y que se le crea capaz de destruir a quien se le antoje. Desde que alcanzó la vicepresidencia del Gobierno, Rubalcaba se comporta de tal manera que uno no sabe si tenemos delante al mismísimo Rasputín o al propio Joseph Fouché que empezó su actividad política como monárquico y terminó votando la ejecución del rey Luis XVI. En todo caso, José Luis Rodríguez Zapatero mismo puede ser víctima de semejante personaje.

Gijón, 12 de noviembre de 2010

José Luis Valladares Fernández

miércoles, 14 de abril de 2010

LA CONJURA DE LOS NECIOS

Las Cortes de Cádiz bautizaron como culiparlantes a los diputados que no presentan proyectos de ley, ni aportan nada sustancial en los debates. Se limitan a dar su voto de acuerdo con las indicaciones concretas de su propio partido. José Luis Zapatero era un culiparlante clásico, que jamás abrió su boca en La Cámara hasta que su partido lo utilizó para evitar el desembarque de José Bono, aupándolo a la Secretaría General del PSOE. Tan pronto tuvo en sus manos la responsabilidad del partido socialista, se rodeó de cerebros acreditadamente grises que, sin hacerle sombra, le ayudaran a instalarse en la consigna de la propaganda vacua y mendaz más absoluta.
Como las desgracias nunca vienen solas, en el mes de marzo de 2004, Zapatero llega a La Moncloa en unos trenes de cercanías que fueron criminalmente despanzurrados con explosivos. Pero las funciones de Gobierno le desbordan completamente. Como es un traje que le queda demasiado grande, quiere justificarse tratando de hacernos creer que es un genio incomprendido y que, por tal motivo, los necios se han conjurado contra él. En realidad se comporta de manera similar al protagonista de ‘La conjura de los necios’, novela escrita por el estadounidense John Kennedy Toole. Las peripecias de Zapatero parecen calcadas en las de Ignatius J. Reilly, que es el personaje central y excéntrico de la novela.
El protagonista de dicha obra literaria es un ser desgraciadamente inadaptado y anacrónico que quiere implantar de nuevo la moral y la forma de vida del Medioevo. No le hace caso nadie y, además, es el hazmerreir de todo el mundo. Sin abandonar este cometido, se embarca simultáneamente en unas estrafalarias aventuras para competir con una amiga suya en el terreno de la agitación social. Zapatero no pretende que adoptemos las formas de vida medievales, pero trata de que olvidemos parte de nuestra historia y nos retrotraigamos sumisos a los desgraciados tiempos de la II República. También emula a Ignatius J. Reilly metiéndose continuamente en líos, alterando la convivencia pacífica de los españoles. En su afán por restaurar las dos Españas de la República, no ha dudado en burlarse de sus conmilitones catalanes y pactar con el líder de Convergencia y Unión un Estatuto para Cataluña claramente anticonstitucional.
Gracias a la testarudez de Zapatero, España se ha convertido en un país tremendamente anómalo y bananero. Se está contagiando España del progresismo sectario del jefe del Ejecutivo, lo que nos aleja cada día más de de Europa y nos acerca paso a paso a la Cuba de Castro y a la Venezuela del Gorila Rojo. Con su política desleal y populista se está cargando las distintas instituciones españolas. Hasta la propia Justicia, de la mano de Zapatero, parece darle la razón al alcalde de Jerez, Pedro Pacheco, cuando la definió como un “cachondeo”. Solamente en ese contexto puede tener explicación el aquelarre organizado o consentido ayer por el Rector de La Universidad Complutense, Carlos Berzosa. En ese acto vergonzoso, en defensa de Baltasar Garzón, se cuestionó vilmente el Estado de Derecho y el principio de igualdad ante la Ley
Pero Zapatero también tiene su lado cómico. Es capaz de hablar durante horas de cualquier cuestión, y no decir absolutamente nada. Pero no por eso abandona su talante trasnochado. Nadie como él puede presumir de tener un elenco tan elevado de frases pretenciosas, que pueden sonar muy bien pero que no dicen nada de nada. Recordemos sus palabras de mayo de 2006, pronunciadas en la entrega del premio ‘Leonés del año’ al poeta Antonio Colinas. Aquí se retrató perfectamente dejando al descubierto la medida de su inteligencia y su claridad de ideas: "La gran poesía enseña que la única debilidad es la mentira, cuando el egoísmo y el miedo pretenden pasar por amor a la tierra, desoyendo el papel legislador del pensamiento y el papel mediador de la sensibilidad". Tampoco tiene desperdicio su discurso en la Cumbre de Copenhague de diciembre pasado, donde dijo en tono poético: "(en la Tierra) viven pobres, demasiados pobres. Y ricos, demasiados ricos, pero la Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento".
En la actualidad, es habitual sorprender a Zapatero oteando el horizonte, en busca de los fantasmagóricos brotes verdes que nos van a llevar a la recuperación económica. Y al igual que el que se pierde en un desierto, después de muchas horas bajo el sol y dominado por la sed, comienza a ver oasis por todas partes, Zapatero no ve más que brotes verdes ilusorios, naciendo por todas partes. De ahí que anuncie, un día sí y otro también que si no hemos abandonado la recesión, estamos a punto de hacerlo. Y que la creación de puestos de trabajo, que al final resulta reiteradamente ilusoria, comenzará en unos meses, siempre a finales del próximo trimestre o, como mucho, a finales del semestre actual.
Como Zapatero es tan celoso de su imagen y los desastres económicos continuados han dañado tan profundamente su valoración mediática, esperaba como agua de mayo el momento de hacerse cargo de la presidencia de turno de la Unión Europea. Asumió esa presidencia con grandes alharacas, pensando que le iba a devolver con creces la popularidad perdida. Pero nada de eso ocurrió. Ni la UE le presentó, tal como él esperaba, como cuajado estadista, ni le hizo el más mínimo caso. Es más, a lo largo de estos meses, cada vez que ha habido que tomar alguna decisión importante, le han ignorado claramente. Los que de verdad cuentan en la UE, consideran que Zapatero no es la persona adecuada para dar consejos sobre la mejor forma de gestionar la crisis.
Nada útil de cuanto se ha propuesto nuestro presidente del Gobierno llegó a cristalizar en algo real, ni siquiera la tan cacareada igualdad entre los distintos estamentos de la sociedad. Quiso que la igualdad fuera la suma expresión de su mandato. De ahí que creara el Ministerio de Igualdad, al frente del cual puso a Bibiana Aido. La igualdad, tal como la entiende la indocumentada ministra, y en cualquier orden que se mire, ha resultado ser un manifiesto fracaso. En muchos casos ha terminado por convertirse en una burla, en un desprecio hasta para el propio concepto de igualdad. La mayor desigualdad la produce el hecho de que haya un número tan desorbitado de parados que se ven obligados a vivir prácticamente de unas escasas limosnas.
La única igualdad conseguida por Zapatero tiene un valor muy pírrico, aunque se trate de una igualdad perfecta. Se empeñó en tener un Gobierno paritario, con igual número de mujeres que de hombres y lo consiguió. Más aún, dado su afán de que ningún ministro le hiciera sombra, consiguió que, hombres y mujeres, fueran todos iguales en incompetencia e incapacidad.

Gijón, 14 de abril de 2010

José Luis Valladares Fernández

martes, 12 de enero de 2010

JOSÉ BONO Y SUS EXIGENCIAS AL EPISCOPADO

De seguir así las cosas, José Bono terminará por denunciar a la Conferencia Episcopal Española por daños morales, por indicar que hay razones suficientes para negarle la comunión. Y, como indemnización, exigirá que se le declare católico por decreto y se le proponga, a la vez, como modelo ejemplar para el resto de miembros de la Iglesia. Su abogado, para este extraño proceso, no puede ser otro que José Blanco, católico confeso y, a la sazón, vicesecretario del PSOE y ministro de Fomento.
A José Bono posiblemente le pierda la vanidad y la soberbia. No puede tolerar que, unos simples obispos, le bajen de ese pedestal, al que se ha subido presumiendo de católico perfecto y cabal. La “jerarquía eclesiástica” no es nadie para prohibirle a él comulgar, y menos por un “asunto personal”, como es su voto a favor de la ley del aborto.
A José Blanco, en cambio, quizás le pierda la ignorancia y por eso se lanza, sin paracaídas, a defender a ultranza la catolicidad o el ‘ser-católico’ de José Bono. Tilda de hipócrita a la Conferencia Episcopal Española por atreverse a afirmar que hay motivos sobrados para negar la comunión a Bono, y no haber adoptado la misma postura con los miembros del Gobierno de Aznar. Basa su razonamiento en que entonces “había una ley del aborto, había divorcios y había abortos”, y no hicieron nada para impedir que “se practicaran 500.000 interrupciones de embarazos”. Por lo que considera que, en la Iglesia Católica española, hay “una contradicción permanente” ya que no negaron la comunión a nadie “mientras gobernaba la derecha”. Y concluye José Blanco que hay “demasiada hipocresía” entre los obispos y les recomienda “que prediquen el Evangelio en lugar de atacar las leyes que emanan de la voluntad democrática de los ciudadanos”.
José Blanco es otro acendrado católico, aunque ande algo más remiso que Bono en la práctica del mismo, ya que, según dice él mismo, no es “asiduo practicante” de la religión. La maldad de Blanco le lleva a ignorar, que aquella ley fue promulgada por el PSOE, en un Gobierno de Felipe González. También quiere ignorar que para aquella ley, la interrupción voluntaria del embarazo era un delito aunque, en algunos supuestos, se despenalizara su práctica. La ley impulsada por el Gobierno de Zapatero, para empezar, es radicalmente diferente ya que, en ella, el aborto deja de ser delito y pasa a ser un derecho exclusivo de la mujer.
Piensa José Bono, y piensa mal, que “hay un sector de la Iglesia que no acepta que haya cristianos que seamos o votemos socialista”. “Aspiro a compatibilizar mi fe y mis ideas”, apuntó después. A la jerarquía eclesiástica, como al resto de los católicos, les importa un bledo que Bono sea socialista, comunista o lo que quiera. Como si quiere hacer un curso de Tai-Chi por correspondencia. Lo que critica la Iglesia es su apoyo decidido a una ley que atenta directamente contra la vida humana y presuma después de católico ejemplar. Y además que se fanfarronee de que ha ido a comulgar sin arrepentimiento previo y sin el debido perdón ya que, según afirma, no cometió ningún delito. Se le pide simplemente coherencia.
Para justificar su actuación, cita de nuevo la encíclica “Evangelium Vitae” de Juan Pablo II, donde se dice que “los políticos pueden votar leyes que regulan el aborto si creen que están reduciendo el mal que significa”. No es precisamente este el caso del proyecto de Ley propuesto por Bibiana Aido, ya que el aborto pierde el carácter delictivo y pasa a ser un derecho exclusivo de la mujer. Este nuevo cariz de la futura ley, como dice la Conferencia Episcopal acertadamente, “supone un retroceso en la protección de la vida y no es posible invocar” esa encíclica.
José Bono, o quiere hacernos tontos, o le ciega la soberbia y la vanidad. Que nos diga que la nueva ley “es más limitativa que la actual” es imperdonable en una persona que presume de tener una formación intelectual exquisita. Él sabe muy bien que no es así, como también sabe que, para la Iglesia, la vida, incluida la de quienes aún no han nacido, es sagrada y forma parte de los derechos fundamentales e inalienables del ser humano. Nadie le negará a Bono su derecho a apoyar o a rechazar esta nueva Ley del Aborto, pero que se deje de gaitas y no nos venga con el cuento de que, apoyándola, se contribuye a reducir el número de abortos en España.
Tampoco es característico del buen católico que quiera justificarse a sí mismo, de modo tan aparatoso y artero, descalificando a quienes han votado en conciencia contra esa ley, priorizando sus convicciones políticas y, sobre todo, las morales. Por lo que parece, no todos tienen una conciencia tan laxa como él. Pues está claro que Bono prefirió el pesebre o el comedero político a los dictados de su interior. Y si fuera honesto y razonable, en vez de levantar la voz, guardaría un prudente silencio sin dar lugar a esas baladronadas absurdas que lanza contra la jerarquía de la Iglesia española. ¡Ni que fuera un moralista de prestigio universalmente reconocido!
El ser católico y pertenecer por tanto a la Iglesia católica, Apostólica y Romana es algo voluntario. A nadie se le obliga a entrar a formar parte de esa Iglesia ni a recibir ninguno de los sacramentos. Es algo voluntario y que nace del interior de cada uno. Y el ser católico de verdad implica la aceptación, de manera clara y precisa, de unas normas y unos principios, entre los que está el derecho inalienable a la vida. Si obvias esas normas básicas y esos principios, tu mismo te excluyes de la Iglesia. Pasa exactamente lo que en la pertenencia a cualquiera de los partidos políticos. O guardas sus normas y te adaptas a su disciplina interna, o vas fuera del partido. De esto sabe mucho José Blanco.

Gijón, 8 de enero de 2010

José Luis Valladares Fernández

miércoles, 9 de diciembre de 2009

JOSÉ BONO Y LA VOZ DE LA CONCIENCIA

Es muy posible que, en nuestro país, una aberrante ley de plazos obtenga todas las bendiciones del Poder Legislativo para permitir abortar libremente hasta la 14ª semana de embarazo. Lo que hasta aquí era, en ciertos supuestos, una simple despenalización del aborto, se convierte ahora en un derecho claro de la mujer. Esto indica que nuestra sociedad está gravemente enferma y que padece una ceguera moral asombrosa.
Las razones aducidas por los valedores de tan nefasta ley dejan mucho que desear. Se trata de puros sofismas que se aprovechan de la indiferencia masiva que padece nuestra sociedad y de las adormiladas conciencias de los ciudadanos. Huimos voluntariamente del más mínimo ejercicio de interiorización para no oír los aldabonazos de la conciencia que nos manda seguir fielmente sus dictados morales. Somos demasiado cómodos y egoístas, y prescindimos de la más elemental reflexión.
Las personas que sean capaces de tomar decisiones y emitir juicios sensatos y positivos, no se embarcarán jamás en proyectos legislativos que vulneren conscientemente los derechos humanos, incluido el primero y más elemental de todos: el derecho a vivir. Hay que ser muy escrupulosos a la hora de comprometerse y pasar a formar parte de la militancia de un partido político. Pues hay que tener en cuenta que los partidos de izquierda, en los que milita la más variada progresía, carecen normalmente de la más elemental sindéresis, y no es muy aconsejable integrarse en los mismos. Pues si posees la virtud de la inteligencia y del entendimiento que te lleva a ver el alcance ético y moral de las diversas actuaciones, si te enrolas en un partido de esas características, puedes tener problemas graves de conciencia.
Es evidente que estos partidos políticos, que por sistema no dan valor a los principios morales, en ocasiones te pedirán el plácet a planteamientos políticos o a proyectos de ley que tu inteligencia práctica te dirá que son moralmente rechazables. Y si aceptas su envite, traicionarás a tu propia conciencia moral que se revelará contra ti. No se si es este el caso José Bono, o es que está ocultando obscenamente sus auténticas convicciones morales. Su determinación de apoyar el nuevo proyecto de ley sobre el aborto, casa muy mal con su afirmación de que quiere inspirar su vida en el Evangelio de Jesús. Pero no cabe la menor duda de que, dadas sus convicciones personales y su manera de actuar al margen de las mismas, bate todos los records convirtiéndose así en un auténtico campeón de la incoherencia más absoluta e incomprensible.
El presidente del Congreso, en efecto, confiesa abiertamente en el diario El País que su conciencia le interpela a la hora de votar una ley sobre el aborto. Y a lo mejor es verdad. Pero el comportamiento un tanto dogmático de Bono no se corresponde en absoluto con una persona tan católica como él dice ser. Confiesa –y no le falta razón- que “el feto no es un órgano propio de la mujer, sino una realidad distinta de la mujer gestante”. Y agrega que “el feto es más un ‘alguien’ que un ‘algo’” y que se trata de “una vida humana en formación que es digna de protección”. Si está plenamente convencido de esto, y además es católico por convicción, es normal que le chirríe y le remuerda la conciencia.
No obstante esto, justifica y apoya el nuevo proyecto de ley a pesar de que, en el núcleo de sus propias convicciones éticas y religiosas, está la defensa de la vida y el amparo a los más débiles. Y como la conciencia le sigue cantando su falta de valentía y su enorme incoherencia y quiere acallarla, pone todo su empeño en buscar escusas y justificaciones absurdas. En su pintoresca defensa moral invoca nada menos que un pasaje de la Encíclica Evangelium Vitae de Juan Pablo II. Se atreve, incluso, a criticar a los responsables de la Iglesia por su posición condenatoria de este nuevo proyecto de ley del aborto. Posición episcopal que, según dice, es contradictoria con la disposición papal y hasta chocante socialmente.
Para justificarse y que su actuación, moralmente punible, encaje en la casuística aducida por dicha Encíclica, José Bono distorsiona, creo que a sabiendas, el alcance real de la anterior normativa del aborto y, también, de la que se trata de aprobar ahora. Quiere engañarse a sí mismo y nos dice que la nueva regulación del aborto, libre durante las primeras 14 semanas, va a disminuir notablemente el número de los mismos. Es cierto que en la anterior ley, el tercer supuesto, el de la salud psíquica de la madre, se convirtió en un coladero escandaloso. El problema no se corrige abriendo más la mano, dejando al libre arbitrio de la mujer el abortar o no durante las primeras 14 semanas. Se hubiera corregido exigiendo el cumplimiento exquisito de las exigencias de la ley, y verificando la exactitud de los certificados médico-psiquiátricos que se extendían hasta sin ver a la embarazada. Es lo mismo que si legalizamos las drogas por que es difícil controlarlas; o legalizamos la violencia doméstica porque, a pesar de lo legislado en contra, es algo cada vez más habitual.
El nuevo proyecto de ley supone un modelo de regulación, el de plazos, y lo diga Agamenón o su porquero, no va a reducir el número de abortos. Al ser libre durante las primeras 14 semanas, las mujeres adquieren o se les confiere un derecho subjetivo al aborto para el que no hará falta ni la pejiguera de los certificados médicos. Indudablemente esto se traducirá en un aumento notable y descontrolado de los abortos. Será todo un aberrante e inconcebible holocausto de inocentes. La hipotética disminución de los abortos, en la que se escuda José Bono para apoyar ese nuevo proyecto de ley, no pasa de ser un simple camelo, una quimera con la que José Bono quiere librarse del conflicto moral en que se encuentra y lavar así su conciencia. Aquí, desde luego, no encaja ni por casualidad “la teoría del mal menor”
Está claro que José Bono, aunque él no lo reconozca, se siente abrumado y estigmatizado por su voto favorable a la nueva ley del aborto. Y sin querer respira por esa herida lo que le lleva a no poder controlar ni su propio subconsciente. El siguiente hecho lo demuestra palpablemente. Se encargó de clausurar el X Congreso de Escuelas Católicas, celebrado en Toledo los días 26, 27 y 28 de noviembre pasado. Y en ese acto, hasta sin venir a cuento, insistió una y otra vez en su inocencia y en la tristeza que le causa la posición de la Conferencia Episcopal que negará la comunión a los católicos que den su voto al proyecto de ley, a no ser que se confiesen y, además, manifiesten públicamente su arrepentimiento. E insiste una y otra vez en que tiene "la conciencia tranquila", ya que ha actuado así para reducir el número de abortos.
El resentimiento de Bono con la Conferencia Episcopal es notable. Y echa en cara a la Iglesia Católica que dieran la comunión a Pinochet, que “era un asesino desalmado”. "No puedo –dice- dejar de ver la imagen de Pinochet comulgando y a mí me califican de pecador público". Y agrega: "Yo no soy un asesino". Y pide a los obispos que reflexionen y que no le condenen por ser socialista, "no vaya a ser que si yo no fuera socialista, aunque hubiera actuado del mismo modo, no me hubieran condenado". Diga lo que diga José Bono, quien respalde semejantes leyes es objetivamente responsable de las incontables muertes de tantos inocentes a quienes se les niega el derecho a vivir.
Históricamente, desde la más remota antigüedad, se consideró siempre que era una aberración ética la práctica voluntaria del aborto. De este parecer era ya Hipócrates el Grande, que practicó la medicina en el siglo V antes de Cristo; y Galeno, que ejerció como cirujano de los gladiadores en Pérgamo en el siglo II antes de nuestra era; y tantos como, desde entonces, han dedicado su vida a la noble tarea de sanar a los enfermos. Más aún, consideraban que era esta una práctica claramente punible. De ahí que, desde muy antiguo, todas las civilizaciones pusiesen su énfasis sin complejos en la defensa de la vida humana, en cualquiera de sus etapas.
Hasta Cicerón, que era un hombre de leyes y un maravilloso orador, valoraba extraordinariamente la vida de los hombres. Su gran estima por la vida le llevó a escribir esta frase, que es todo un tratado de filosofía y de ética: “Homo homini res sacra est”, el hombre es cosa sagrada para el hombre. Y se mantuvo tradicionalmente esta concepción de la vida hasta la aparición de los totalitarismos recientes del siglo XX que relegaron la dignidad humana a un segundo plano, sometiéndola a los poderes del estado o de la nación.
No le he visto a José Bono protestar por la expulsión de su partido de aquellos que disienten de la doctrina oficial del mismo y que se atreven a pensar por su cuenta. Carece, por lo tanto, de autoridad moral para criticar a la Iglesia Católica. Y más, si tenemos en cuenta que esta Iglesia está basada en verdades transcendentales y no en meras conveniencias humanas, como es el caso de los partidos políticos.
También pudiera caber que, todo este enorme cabreo contra los pastores responsables de la Iglesia, fuera un simple desahogo personal por sentirse obligado a apoyar esa ley, no por convicción íntima como dice, sino por otros motivos. Sabe que es muy frecuente en su partido que, el que se mueve, deja de salir en la foto. Y estar en la foto para Bono, por lo que parece, es algo que está por encima de otras muchas cosas, incluso a veces por encima de la propia conciencia y de lo transcendente.

Gijón, 4 de diciembre de 2009

José Luis Valladares Fernández

jueves, 26 de noviembre de 2009

JOSE BLANCO. EL CATOLICISMO UN DISFRAZ PARA EL DESPISTE

Con relación a la ley del aborto, el pasado día 11 de noviembre, el secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Juan Antonio Martínez Camino, realiza unas declaraciones que provocan enormes y molestos sarpullidos en algunos dirigentes del Partido Socialista Obrero Español. El ministro de Fomento, José Blanco, y el presidente del Congreso de los Diputados, José Bono, se han adelantado a todos, dándose rápidamente por aludidos y alzando la voz de la protesta de la manera más absurda y airada.
Ambos personajes, José Blanco y el inefable José Bono, que se autodefinen como católicos, demuestran una ignorancia supina sobre la religión católica. Muchas ancianas, que prácticamente no pisaron una escuela cuando eran jóvenes, a veces con su simple “fe del carbonero”, han logrado una formación religiosa y un conocimiento de la doctrina católica muy superior a la de estos dos prohombres del socialismo español.
El portavoz de la Conferencia Episcopal Española, en su alocución del otro día, no hizo más que recordar cual es la doctrina de la Iglesia Católica sobre el aborto. La afirmación de que quien vote o promueva la nueva Ley del Aborto comete un “pecado mortal público” y será excluido de la comunión, no es algo nuevo que se le ocurrió ahora a Martínez Camino o a los demás obispos españoles. Es algo que forma parte de la doctrina secular de la Iglesia, basada principalmente en los Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles y en las Cartas de San Pablo.
La Iglesia, siguiendo las pautas marcadas por el Nuevo Testamento, defiende como nadie los derechos fundamentales del ser humano. Y el derecho a la vida es el más primordial de todos, y más aún tratándose de una persona inocente e indefensa, como es ese ser humano que se encuentra en el primer estadio de su vida. Somos muy exquisitos maniatando a nuestras Fuerzas Armadas para que no se les ocurra ni herir a un terrorista, y abrimos nuestras manos para que, cual nuevos Herodes, se asesine masiva e impunemente a los más inocentes de este mundo.
Afirmar que el aborto voluntario es un derecho de la mujer, además de estar “en contradicción con la ley Divina y católica”, supone una auténtica aberración. De ahí que la afirmación del prelado de que, quien propague dicha ley, caerá en “pecado público” y que, quien defienda su texto o le de el voto afirmativo, está en “situación objetiva de pecado”, guarda la más plena ortodoxia con las enseñanzas evangélicas y la doctrina perenne de la Iglesia.
Estos próceres socialistas debieran saber que, para la Iglesia católica, no será nunca negociable el derecho fundamental a la vida. También debieran saber que no se obliga a nadie a entrar y mucho menos a permanecer por la fuerza en el redil de La Iglesia. La permanencia en la misma depende siempre de un acto personal totalmente libre y voluntario. No se expulsa a nadie de la Iglesia simplemente porque sí, ya que el que cae en pecado, si da muestras de arrepentimiento, encuentra siempre el “perdón” de Dios. La Iglesia, por mandato divino, no es nunca inmisericorde con el pecador.
La condición de católico exige, cómo no, cierta responsabilidad y coherencia en lo que se hace y se dice. Si te confiesas católico, apostólico y hasta romano, el ir a comulgar con bizcocho o mazapán en compañía de otros conmilitones, y más haciéndose notar intencionadamente, no es que digamos un acto muy responsable.
Si de verdad eres creyente no se te ocurrirá jamás reclamar plena libertad de opinión y de acción dentro de la Iglesia, ya que sabes –o al menos crees- que hay verdades inmutables que ni admiten discusiones, ni pueden ser objeto de componenda. Es muy chocante que haya políticos que rasguen sus vestiduras por carecer de libertad plena de opinión y de acción en la comunidad católica y, sin embargo, no toleran esa libertad en su propio partido, y más tratándose del PSOE o de cualquier otro partido de izquierdas.
Es normal que en los partidos políticos se exija cierta unidad de acción para que puedan ser viables, por lo que los militantes de un partido deben guardar obligatoriamente ciertas formas, si no quieren verse fuera del mismo. Estas cautelas, aunque por otros motivos, también deben ser observadas por quien hace pública profesión de fe y se confiesa católico. Es más normal que sea la Iglesia católica la que ponga límites a sus fieles, para que nadie interprete la verdad revelada a su aire o a su conveniencia. Esto es así, entre otras razones, porque la propia Iglesia no debe su origen a un simple proyecto político cambiable. La Iglesia Católica, al revés que los partidos políticos, se fundamenta en conceptos y verdades incontrovertibles, perennes y transcendentes.
De guardar las formas, al menos dentro del Partido Socialista Obrero Español, debiera saber mucho el católico José Blanco. No tiene Blanco autoridad alguna para exigir a los obispos la libertad de opinión y de acción que él ha negado siempre a muchos militantes de su partido. José Blanco, en efecto, desde el año 2001, ha sido el inquisidor máximo y el azote de los socialistas que se atrevieron a pensar por su cuenta. Ahí están para demostrarlo Gotzone Mora, Cristina Alberdi, Rosa Diez y Antonio Aguirre, entre otros muchos, ya que la lista de los expulsados del PSOE es muy amplia. Y el enorme pecado de todos estos heterodoxos socialistas fue la discrepancia, más o menos pública, con la doctrina oficial del partido.
Tanto José Blanco, como José Bono, pueden decir lo que quieran, hasta que se les apareció la Virgen de su pueblo. Pero si no respetan el magisterio de la Iglesia en lo que atañe a ese núcleo doctrinal básico y esencial, su afirmación de que son creyentes y católicos no va más allá de una carnavalada con muy poca gracia. Pero Blanco y Bono nos tienen acostumbrados a estas bufonadas impertinentes, que les retratan de cuerpo entero. A los que, de verdad, comulgan con la doctrina de la Iglesia no se les ocurren estas mascaradas absurdas de considerar que el aborto voluntario es lícito y un derecho incuestionable de la mujer.

Gijón, 21 de noviembre de 2009

José Luis Valladares Fernández