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sábado, 9 de enero de 2021

LOS VAIVENES DE LA ECONOMIA EN LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA

 



 2.-La evolución de la economía entre marzo de 2004 y enero de 2021

        Si nos atenemos a las circunstancias, podemos decir que José Luis Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa, a bordo de unos trenes despanzurrados en el terrible atentado que se produjo tres días antes de las elecciones generales del 14 de marzo de 2004.  Aunque no andaba muy sobrado de luces, Zapatero ganó esas elecciones, por sorpresa y contra todo pronóstico, por la manipulación que se hizo interesadamente de aquel sangriento atentado, que aún tiene varias incógnitas por aclarar.

Con la llegada de Rodríguez Zapatero a la presidencia del Gobierno, se abrió una etapa de dogmatismo ideológico, que devolvió al PSOE a su pasado más cutre. Se trataba de reescribir la historia, para quitar validez a la meritoria Transición española de los años 70, y devolver el honor y la dignidad moral a los del bando opuesto al franquismo. Con la mascarada de su ‘Memoria Histórica’, Zapatero buscaba infatigablemente que, después de tantos años, ganaran aquella guerra los que la perdieron entonces y huyeron al exilio, llevándose las pocas riquezas que aún quedaban a los españoles.

No cabe duda que Rodríguez Zapatero recibió una herencia bastante aceptable, que no supo aprovechar. Se encontró aproximadamente con unos 2.227.000 parados. Pero al cabo de pocos años, cuando se vio obligado a marchar de La Moncloa, ya tenía un total de 4.910.200 desempleados, el 21,4% de la población activa.

Durante los tres primeros años vivió de las rentas, porque las reservas que le dejó José María Aznar cubrían enteramente sus necesidades. Y como se dejaba llevar por la inercia del crecimiento heredado, hasta daba la impresión que se había olvidado del intervencionismo típico de los socialistas. Pero a mediados del año 2007, cuando nadie lo esperaba, estalló la famosa crisis de las hipotecas basura en Estados Unidos que llenó de incertidumbre a las demás economías mundiales, incluida la española.

Fue entonces, cuando aparecieron los primeros problemas que Zapatero intentó solucionar incrementando disparatadamente el gasto público, pasando en ese ejercicio de un superávit de casi 2 puntos sobre el PIB, a un preocupante déficit del 4,4%. Pero esto no era nada más que el principio del desaguisado económico. En 2009, el déficit se volvió a disparar, y subió hasta el 11,1% del PIB. Y el Gobierno desnortado de Rodríguez Zapatero, trató de remediar el problema, con un aumento disparatado de la presión fiscal, que alcanzaba los 15.000 millones de euros.

Y en mayo de 2010, cuando España estaba al borde del rescate financiero, Zapatero se ve obligado a realizar el mayor recorte del gasto social de la Democracia. Obligado por las circunstancias y por los ‘hombres de negro’ de Bruselas, bajó el sueldo de los funcionarios un 5% y congeló inopinadamente las pensiones.

Cuando Zapatero abandonó el poder, dejaba una deuda totalmente envenenada a su sucesor. Además de los datos negativos que ya conocemos, el endeudamiento de España estaba ya en el 69,5% del PIB. Y en esa deuda de 734.530 millones de euros, quedaban fielmente reflejados, entre otros, los gastos absurdos de la chiquillada del cheque  de los 400 euros y el Plan E. Y para quitar hierro en el traspaso de poderes, Zapatero aseguró al PP que quedaba un déficit del 6%. No le dijo, en cambio, que dejaba más de 35.000 millones en facturas sin contabilizar, que elevaba ese déficit, al menos, hasta un 9,6%.

En las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011, Mariano Rajoy logra una mayoría absoluta considerable. Y es absolutamente normal que sucediera así, ya que los ciudadanos estaban hasta la coronilla de las ‘jaimitadas’ de Rodríguez Zapatero y el líder del Partido Popular accedía a aquellos comicios con un programa muy completo y atrayente.

En primer lugar, Rajoy se comprometía explícitamente a no subir los impuestos. Intentaría solucionar el problema, reduciendo los gastos públicos para que haya menos paro y más  crecimiento. Para mantener el Estado del Bienestar, procuraría reducir el tamaño del sector público, eliminando empresas y fundaciones inútiles, para mantener intactos todos los servicios básicos. Y además de otras promesas, promulgaría una Ley de Estabilidad para controlar las cuentas de las Comunidades Autónomas. Y más importante aún, mantener el poder adquisitivo de las pensiones era una línea roja, que no traspasarían jamás.

Pero se da la circunstancia que Mariano Rajoy, no sé si por decisión propia, o por imposición de la logia de turno,  se olvidó muy pronto de sus promesas electorales y, nada más llegar al Gobierno, subió el IRPF y simultáneamente, subió también el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI). Y posteriormente incrementó también el IVA Y en vez actualizar las pensiones con arreglo al 2,9%, que fue la tasa de inflación de 2011, estableció el copago, que obligaba a los pensionistas a pagar el 10% del coste de sus medicamentos. Y no paró ahí, ya que se tragó todas las leyes ideológicas, promulgadas por Rodríguez Zapatero.

Y en diciembre de 2015, cuando se celebraron las siguientes elecciones, los ciudadanos pasaron la correspondiente factura a Mariano Rajoy, por el incumplimiento de sus promesas solemnes. Y pasó lo que tenía que pasar, los 186 diputados anteriores quedaron reducidos a solo 123 escaños. En esas circunstancias es absolutamente normal que se encontrara con cantidad de  complicaciones graves para formar Gobierno.

En cuanto al resultado económico de su gestión al frente del Gobierno, hay que decir que, en 2011 el Producto Interior Bruto (PIB) cayó hasta el 1%. Y en 2012, que fue el año del rescate de la banca, se desplomó hasta el 2,9%. A partir de 2015, el PIB se fue recuperando paulatinamente, alcanzando en 2018 una tasa interanual de  crecimiento del 3%.

No tuvo Mariano Rajoy la misma suerte con la deuda pública, que seguiría incrementándose gradualmente hasta llegar, en 2014,  al 100% del PIB. A partir de entonces comenzaría a mejorar ligeramente, para quedar en 2018 en el 98,30% del PIB, lo que supone una deuda astronómica de 1,140.000 billones de euros, que heredará y empeorará aún más el sabiondo y entrometido Pedro Sánchez.

Cuando Mariano Rajoy llegó al Gobierno, se encontró con una tasa de paro del 21,4%. Y esa tasa de paro siguió escalando puestos, hasta llegar al 26,1% en el año 2013. En esa fecha, ningún país de la Unión Europea, tenía tantos desempleados como España. Llegamos a superar holgadamente a Grecia, que ya es decir.

Esa situación tan dramática comenzó a mejorar progresivamente, tras la reforma laboral introducida por Rajoy, que ha sido criticada y puesta en entredicho por el infortunado dúo gubernamental, formado por la imprevisible pareja de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. El caso es que, en junio de 2018, cuando Rajoy es obligado a salir de La Moncloa, la cifra de parados sumaba un total de 3.252.130, que representaban el 15,28% de la población activa.

En esa fecha, el intruso y atrevido Pedro Sánchez presentó una moción de censura al Gobierno de Mariano Rajoy. Y justificó ese hecho en la sentencia parcial contra la trama Gürtel, retorciendo torticeramente la condena, para incluir entre los culpados al propio Partido Popular. En esa ocasión, el secretario general del PSOE consiguió lo que no le dejaron hacer los barones socialistas en octubre de 2016: pactar con lo más granado de los enemigos declarados de España. Se alió con los comunistas de Unidas Podemos, con los independentistas catalanes, con el PNV y, vaya por Dios, hasta con los proetarras de Bildu.

Estamos, por lo tanto, ante una moción de censura tramposa, utilizada irregularmente para apartar a Mariano Rajoy del poder, porque no cumplía los requisitos más elementales, requeridos por nuestra Constitución. Esa moción de censura debería ser constructiva, pero Sánchez llegaba sin un programa político de Gobierno y, al no contar nada más que con ochenta y cuatro diputados propios, carecía también de una mayoría suficiente para desarrollar ese programa. No tenía nada más que unas ganas locas de llegar a La Moncloa, para dar alas a su enorme y enfermiza egolatría.

El pecado mayor de Pedro Sánchez es, creo yo, la vanidad, la presunción y, por supuesto, la envidia. Y aunque no anda muy sobrado de luces, va de divo por la vida. Se ha endiosado tanto, que presume insolentemente de su planta y hasta de su sombra y le produce una terrible dentera que el rey Felipe VI disfrute de los oropeles  y de los ornatos que proporciona el ser jefe del Estado.

Y son los españolitos de a pie los que pagan inocentemente el pato de las medidas osadas que toma un presidente del Gobierno tan intervencionista y radical como Pedro Sánchez. Como no tenía otra manera de hacerlo, recurrió al consabido Real Decreto Ley, que criticaba anteriormente, para recuperar las ayudas a los parados de larga duración y para subir el salario mínimo un 22,3%, cuando solo llevaba medio año al frente del Gobierno. Y todo sin comprobar si había dinero bastante para semejantes dispendios.

Lo primero que hace es elaborar unos Presupuestos Generales del Estado (PGE) para 2019, que fueron oportunamente devueltos al Gobierno, porque contemplaban una subida de impuestos alarmante y un incremento exponencial del gasto, que rondaba los 7.000 millones de euros.  Y a la vez disparaba exageradamente  los objetivos de déficit y de deuda. No sé de dónde pensaría sacar el dinero para mantener el equilibrio presupuestario, porque con los impuestos sería poco menos que imposible llegar a cubrir esa millonada de gastos.

El rechazo, por parte del Congreso de los Diputados, del presupuesto propuesto para el año 2019, llevó al presidente Sánchez a convocar unas elecciones generales anticipadas, que se celebraron el 28 de abril de 2019. En estos comicios, es verdad, el PSOE pasó de 84 diputados a contar con 123 escaños. Así que Pedro Sánchez, para ser investido presidente del Gobierno, necesitaba contar con el apoyo de otras fuerza políticas.

Y al no contar con los votos de Unidas Podemos que, por lo visto, eran sus “socios preferentes”, fue preciso volver a repetir las elecciones. Y ese nuevo proceso electoral tuvo lugar el 10 de noviembre de 2019. Pero los resultados, aparentemente al menos, no aclararon la situación en absoluto, ya que volvió a ganar el PSOE, pero perdiendo tres escaños con respecto a las pasadas elecciones del 28 de abril.

Pero el envanecido Pedro Sánchez, que no estaba dispuesto a abandonar La Moncloa,  aceptó sin más todas las condiciones que imponía el incorregible guerrillero Pablo Iglesias. Y aunque conocía sobradamente, según sus propias palabras, que con una persona cercana al líder de Podemos en los ministerios “no dormiría tranquilo”, accedió a formar un Gobierno de coalición. Y mira por donde, además de dar un ministerio al propio Pablo Iglesias, le entrega la ‘vicepresidencia segunda’ del Gobierno y nombra también ministra a Irene Montero, que es la compañera sentimental de Iglesias.

El programa económico de este Gobierno de coalición se radicaliza hasta extremos verdaderamente graves. Recupera la subida de impuestos de los PGE de 2019, que habían sido rechazados. Y no contentos con semejante desafuero, hablan de derogar la reforma laboral de Mariano Rajoy, que dio tan buenos resultados para mejorar las estadísticas del paro.

Quieren también subir artificialmente el salario mínimo, lo que es letal sobre todo para las pymes y para los autónomos, ya que así da lugar a una disminución notable de la demanda empresarial, que se traducirá en un aumento considerable del desempleo. Y no cabe la menor duda que esa vuelta acelerada al intervencionismo radical influirá contundentemente en la desaceleración o agotamiento del crecimiento económico y, por lo tanto, en la destrucción  de puestos de trabajo.

En 2017, por ejemplo, estuvimos creciendo al 2,9%, para bajar rápidamente al 2,4% en 2018 y al 2% en 2019. Al finalizar 2019, Pedro Sánchez  ya tenía 1.723 parados más, que cuando llegó al Gobierno. Pero esto no es más que el principio del desastre que se avecina. Y la peor parte, que le vamos a hacer, se la van a llevar los autónomos que, en esa misma fecha, ya habían desaparecido nada menos que 10.279 de las listas de la Seguridad Social.

Sin ir más lejos, al finalizar 2020, el paro registrado en las oficinas de Empleo ya alcanzaba la escalofriante cifra de 3.888.137 parados, más de 630.000 más de los que le dejó Mariano Rajoy. Y no podemos olvidar que, en esa fecha, había 755.613 personas incluidas en las listas de los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE). Y muchos de los trabajadores que ahora están cobijados en los ERTE, como consecuencia de la asfixia que padecen las empresas, terminarán pasando lamentablemente a engrosar los ERE.

Algo muy parecido está pasando con la deuda pública. Cuando Pedro Sánchez era el único responsable del Gobierno, la deuda venía creciendo diariamente una media de 105,99 millones de euros.  Pero desde que se asoció con el del moño, la deuda crece a un ritmo de unos 168,20 millones por día.

Y la situación seguirá agravándose, porque a la vez  que crece exponencialmente el gasto, también cae en picado la recaudación y se produce un descenso importante del PIB. Dependiendo de la intensidad que alcance el movimiento del déficit y del PIB, es casi seguro que la deuda española termine, a finales de 2020, termine entre el 115% y el 125% del PIB. De hecho, el gobernador del Banco de España pronostica que terminaremos este ejercicio en el 128,7%, y afirma que, de seguir así las cosas, es muy posible que, a finales de 2021, superemos el 130% del PIB.

Es sabido que Pedro Sánchez, arropado por sus disciplinados polizontes, achaca el cataclismo que sufre nuestra economía a la pandemia, por culpa de las restricciones de movimientos, el cierre de fronteras, las limitaciones comerciales y el cierre de los centros de ocio, para frenar la propagación del coronavirus. Y es verdad que todas estas medidas restrictivas han tenido un impacto notable en la marcha de la economía española.

Pero el verdadero culpable de la situación económica que  atravesamos es el propio presidente del Gobierno, que ha hecho una gestión desastrosa de esa epidemia. Presume mucho, pero en porcentajes, tenemos más contagiados y más muertos que nadie y una destrucción de riqueza que hace historia. Está visto que, para desarrollar satisfactoriamente su papel de gobernante necesita más luces y, sobre todo, le sobra arrogancia y soberbia.

 

Gijón, 28 de diciembre de 2020

 

José Luis Valladares Fernández

martes, 11 de febrero de 2020

HABLEMOS CLARO




VII.- Evolución de la ‘Memoria Histórica’ 


Si hemos de ser sinceros, tendremos que reconocer que Mariano Rajoy tiene mucha culpa de los problemas que acucian actualmente a los españoles. Con sus frecuentes delirios y sus veleidades socialdemócratas, destrozó a la derecha y allanó el camino a estos aprendices de brujo, que tratan de implantar en España un régimen bolivariano, como el de Venezuela o el de la Bolivia de Evo Morales.

En el programa electoral del 20 de noviembre de 2011, Rajoy se comprometía a entrar a saco en el proyecto político de José Luis Rodríguez Zapatero, anulando la mayor parte de sus leyes ideológicas y modificando convenientemente las otras. Y los ciudadanos, que estaban hasta las narices de las payasadas circenses de Zapatero, le dieron una mayoría absoluta más que notable. Pero se olvidó muy pronto del compromiso adquirido, y terminó la legislatura sin cumplir ninguna de esas promesas. Y los electores, claro está, se sintieron vilmente engañados por el  líder del Partido Popular.

Y Mariano Rajoy, como era de esperar,  pagó muy caro esa especie de desprecio hacia los votantes tradicionales del Partido Popular. El castigo que recibió en las elecciones generales de 2015 fue realmente morrocotudo, ya que no sacó nada más que 123 escaños, 63 menos que en las elecciones de 2011. Y con 123 escaños era inútil pretender formar Gobierno. Se repitieron las elecciones en junio de 2016 y Rajoy volvió a cosechar un resultado claramente insuficiente. Consiguió 14 escaños más que en 2015.

Hay que reconocer que, con 137 diputados, no había posibilidad de formar un Gobierno mínimamente estable. No obstante se presentó y obtuvo la investidura el día 29 de octubre, gracias a la abstención de la mayor parte de los diputados del PSOE. Y ocurrió esto, porque Pedro Sánchez, que era visceralmente contrario a la abstención, fue obligado a dimitir como secretario general del partido y posteriormente, aunque con lágrimas en los ojos,  entregó su acta de diputado unas horas antes de producirse la votación de investidura.

Y al contar este Gobierno con tan pocos apoyos, estaba expuesto a que pasara lo que realmente pasó, que Mariano Rajoy no pudo completar su segunda legislatura. Aguantó, es verdad, la moción de censura del 14 de junio de 2017, interpuesta por Pablo Iglesias, el nuevo integrante de la casta política. No tuvo la misma suerte el 1 de junio de 2018, en la que el redivivo Pedro Sánchez, contra todo pronóstico, le gana la tostada y le suplanta en la Presidencia del Gobierno.

lunes, 16 de diciembre de 2019

HABLEMOS CLARO



         IV.- Sánchez metido a calzador en la Presidencia del Gobierno


           No podemos olvidar, que José Luis Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa a  bordo de un tren despanzurrado y que, una vez instalado en la Presidencia del Gobierno, intentó formar una alianza multipartidista contra la derecha, una especie de Frente popular, muy parecido al de 1936. Pero se encontró con un inconveniente prácticamente insalvable ya que, en el espectro político español de 2004, no había partidos revolucionarios. Y un Frente Popular, formado exclusivamente  con CIU y con el PNV, sería demasiado inestable.

Y ante la imposibilidad de realizar semejante propósito, buscó la manera de dar una nueva orientación a la mentalidad y a la cultura de los españoles, para provocar una ‘ruptura’ completa con el sistema político derivado de la Constitución de 1978. Pretendía enlazar directamente la legitimidad de su Gobierno con la II República, prescindiendo por completo, claro está, de la famosa ‘Transición’ que, según Zapatero, silenció a los que perdieron la Guerra Civil y fueron cruelmente represaliados por los que la ganaron.

Para dar voz a los que lograron superar una situación tan extrema, sobreviviendo a la represión de los victoriosos, Rodríguez Zapatero nos sorprendió con la polémica Ley de Memoria Histórica, que es un ataque manifiesto a la ‘Transición’. Hasta entonces, según el promotor de esa Ley, solamente existía la historia oficial, la que contaban los vencedores. Las víctimas reales de aquel conflicto bélico, sin embargo, estaban sometidas a un silencio verdaderamente vergonzoso y traumático, ya que no podían hablar del pasado.

Y gracias a esa promulgación de la Ley de Memoria Histórica, los perdedores se encontraron con la posibilidad aparente de recuperar su memoria y de transmitir detalladamente aquellos desafortunados sucesos, tal como los vieron con sus propios ojos. Y al poder expresar abiertamente lo que vivieron durante aquellos años, volvieron a recobrar la dignidad pérdida, logrando por fin cerrar unas heridas, que llevaban demasiado tiempo abiertas.

Cuando Zapatero, contra todo pronóstico, ganó las elecciones de marzo de 2004, se encontró con una economía en pleno auge. Pero como los socialistas son siempre unos manirrotos, que no saben nada más que repartir pobreza, comenzó muy pronto a incrementar desmesuradamente el gasto público y a intervenir directamente en la economía del país. El resultado catastrófico no tardó en llegar. No tardó mucho en hundir a España en el mayor de los desastres económicos que conocemos desde la pasada Guerra Civil.

Como la situación económica era totalmente caótica, Rodríguez Zapatero se vio obligado a adelantar las elecciones unos meses. Se celebraron el 20 de noviembre de 2011, y las ganó, cómo no, Mariano Rajoy con una mayoría absoluta más que considerable. Los ciudadanos optaron mayoritariamente por Rajoy, creyendo que enderezaría los desaguisados e insensateces de Zapatero. Dieron por hecho que, en primer lugar, arreglaría la hecatombe económica que asolaba a España, y que después, haciendo honor a su palabra, derogaría  las distintas  leyes ideológicas, promovidas por Zapatero.

sábado, 5 de enero de 2019

LAS ANDANZAS DEL PSOE


X.-La obsesión freudiana de Pedro Sánchez



1ª . Parte

Allá por el año 629 de nuestra era, un monje budista chino, llamado Xuanzang, abandona Luoyang y marcha en peregrinaje a la India. Entre otros lugares sumamente interesantes, estuvo en la ciudad de Bamiyán, donde se entremezclan elementos de arte griego, el persa y budista, dando origen a una modalidad artística que conocemos colmo arte greco-budista.

En sus correrías por la famosa Ruta de la Seda, Xuanzang visitó a los monjes de los monasterios theravāda, que vivían austeramente en cuevas talladas en los mismos acantilados de la ciudad  y pudo admirar las dos estatuas de Budas gigantes, esculpidas en la roca por los propios monjes para embellecer sus celdas. La altura de estas estatuas, una alcanzaba los 55 metros y la otra 37. Y tal como reflejó Xuanzang en su crónica, ambos Budas estaban “decorados  con oro y finas joyas”. Y estas estatuas,  de un valor histórico incalculable por su evidente antigüedad, fueron reconocidas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Aunque los musulmanes siempre han sido iconoclastas e intransigentes con las imágenes budistas, el patrimonio artístico de Bamiyán, siempre había sido escrupulosamente respetado. Pero en el año 2001, los talibanes rompen con esa tradición y deciden poner fin a casi 1.500 años de historia, demoliendo con explosivos las dos estatuas de Buda, que adornaban el milenario monasterio budista de esa ciudad afgana.

Se trata, cómo no, de un acto extremadamente violento, condenado expresamente hasta por la misma Organización de la Conferencia Islámica, que sentó un peligroso antecedente para el mundo musulmán más fundamentalista y que ha sido copiado, en más de una ocasión, por otros combatientes del Estado Islámico. La voladura de los Budas gigantes ha sido también un mal ejemplo para nuestros fundamentalistas particulares, que intentan  aniquilar hasta el más mínimo vestigio dejado por Franco en nuestra historia reciente.

Los yihadistas culturales, que soportamos, querrían ir mucho más lejos, pero han tenido que conformarse con simples amenazas. Los muyahidines, que militan en formaciones políticas tan mesiánicas y ultraizquierdistas como Podemos, estarían completamente dispuestos a dinamitar el portentoso conjunto monumental del Valle de los Caídos, construido  por Franco en el valle de Cuelgamuros. Tampoco se quedarían atrás los talibanes patrios que, desde puestos clave del PSOE, harán todo lo posible para minimizar al máximo la obra de quien sacó definitivamente a los españoles de su pernicioso ostracismo tradicional.

lunes, 16 de julio de 2018

LAS ANDANZAS DEL PSOE




II.- El PSOE en sus primeros años


El fundador del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de la Unión General de Trabajadores (UGT), Pablo Iglesias Posse, tuvo una infancia y una juventud excesivamente dura y llena de privaciones. Es verdad que comenzó a trabajar muy pronto, pero como el salario de aprendiz de tipógrafo era tan exiguo, vivía junto a su familia de una manera precaria y austera. Y esa precariedad le dejaría seriamente marcado para todo el resto de su vida.

En junio de 1870, cuando aún no había cumplido los 20 años, Pablo Iglesias es elegido por los tipógrafos madrileños para ocupar un cargo de delegado en el consejo local de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) o Primera Internacional de los Trabajadores. Con esta elección, el futuro fundador del PSOE pasó a ser miembro oficial de una organización obrera de corte internacional. Y esto, claro está, fue determinante para que comenzaran a lloverle las complicaciones. Fue duramente perseguido, llegando a pisar la cárcel y tuvo que soportar hasta el despido de las distintas imprentas donde trabajaba.

La Asociación Internacional de los Trabajadores, fundada en Londres en 1864, estaba formada inicialmente por sindicalistas ingleses, franceses e italianos, de todas las orientaciones políticas. Aunque en un principio, colaboraban muy estrechamente los partidarios de Karl Marx y de Mijaíl Bakunin, no tardaron mucho en surgir discrepancias tan insalvables, que terminaron con la ruptura  de esa organización.

Los marxistas respaldaban la lucha por la revolución social mediante la conquista del poder del Estado, mientras que los bakuninistas o anarquistas propugnaban el poder de decisión por medio del consenso. Al estallar el conflicto entre ambas posturas, Pablo Iglesias mantiene su fidelidad a la línea marxista que, de aquella, era minoritaria en España. Tras la escisión de ambos bloques, colabora activamente en la creación de la Nueva Federación Madrileña.

En 1874, Pablo Iglesias asume la presidencia de la Asociación General del Arte de Imprimir, en la que había ingresado en 1873. Y nada más llegar a la presidencia de esta organización, comienza a preparar la creación de un nuevo partido político de corte netamente obrero y socialista. Su trabajo intenso y clandestino durante varios años culmina el 2 de mayo de 1879 con la fundación del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en la comida de fraternidad que organiza en la taberna Casa Labra, situada en la calle Tetuán de Madrid. A esa comida asistieron 25 comensales, casi todos tipógrafos.

En un principio, el partido socialista nació sin la E de español, ya que para el abuelo, que es como se conocía a Pablo Iglesias, el marxismo no puede estar ligado al concepto de nación. Para los marxistas convencidos de aquella época, en la sociedad no había nada más que dos clases totalmente antagónicas, la burguesía y el proletariado. La E de español, por lo tanto no encajaba en modo alguno en la ortodoxia de la doctrina marxista. Y de hecho, los primeros socialistas fueron extremadamente reacios a dar al partido la calificación de español.

sábado, 21 de abril de 2018

LA HISTORIA PARA LOS HISTORIADORES



Para el escritor estadounidense Charles Bukowski, representante máximo del ‘realismo sucio’ y de la literatura independiente, “el problema en el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que la gente estúpida está llena de certezas”. Y es evidente que José Luis Rodríguez Zapatero estaba completamente lleno “de certezas”, cuando llegó a La Moncloa a bordo  de uno de aquellos trenes de la red de Cercanías de Madrid, despanzurrados por alguien que aún no sabemos, en la madrugada  de aquel fatídico 11 de marzo de 2004.

En realidad, Zapatero era un personaje muy normal, un poco apocado si se quiere, pero extremadamente  dócil y disciplinado. Es verdad que presentó personalmente su candidatura para liderar al PSOE. Pero como no esperaba nada, porque sabía que no era nada más  que un simple candidato de relleno, como Rosa Diez y como Matílde Fernández, hizo un discurso de presentación breve y hasta simplista, en el que abogaba  por un “cambio tranquilo” y por “una España plural, más laica, más solidaria y más justa”.

Durante la celebración del XXXV Congreso Federal del PSOE, la corriente oficialista trató de entronizar a José Bono en la Secretaria General del partido. Los miembros de esa corriente, por qué no decirlo, sabían perfectamente que,  entre los asistentes a ese histórico Congreso, había muchos delegados críticos, que rechazaban abiertamente la candidatura del dirigente manchego. Pero estaban completamente seguros del aplastante triunfo del candidato oficial, porque pensaban que ese grupo de respondones dispersaría sus votos entre la  Nueva Vía  de Zapatero, el guerrismo de Matilde Fernández y el inconformismo de Rosa Díez.

Los representantes del viejo aparato del partido no pensaron jamás, que un novato como Rodríguez Zapatero pudiera desarmarles tan rápidamente su bolera. No tuvieron en cuenta que los guerristas que apoyaban a Matilde Fernández, odiaban a Bono en la misma medida que lo temían. No es de extrañar, por lo tanto, que los partidarios de esa corriente contestataria se dejaran arrastrar por un discurso espontaneo y atrevido, aunque lleno de simplezas, como el que pronunció Zapatero para presentar se candidatura. Y aquí, habría que añadir algo más: que Zapatero contaba con la inestimable ayuda del trabajo sucio de José Blanco.

Y contra todo pronóstico, se produce la traición de los delegados del ala izquierdista del partido, los guerristas, y dejan al candidato oficial, José Bono, compuesto y sin novia. Y eligen sorprendentemente a José Luis Rodríguez Zapatero como nuevo Secretario General del PSOE. En aquel 22 de julio del año 2000, el nuevo líder del PSOE podía haber repetido con toda tranquilidad, cómo no, el Veni, vidi, vici que pronunció Julio Cesar, después de derrotar a Farnaces II del Ponto en la batalla de Zela.

domingo, 19 de febrero de 2017

CONSECUENCIAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero aterrizó en La Moncloa, ya no se hablaba de la República, ni de nuestra trágica Guerra Civil. Estos temas, aunque están en la Historia de España, carecen afortunadamente de actualidad. Y todo, porque hace ya muchos años que dejaron de existir aquellos bandos irreconciliables que se odiaban a muerte y que, en la década de 1930, se mataban entre sí sin contemplación alguna. En esa fecha, marzo de 2004, habían desaparecido prácticamente los escarnios y exabruptos políticos. En realidad, ya no se tildaba a nadie de facha, nazi o rojo, pensara como pensara.

Es cierto que, para completar satisfactoriamente el proceso de nuestra transición política a la democracia, tuvimos que superar complicaciones muy graves. Los líderes de los partidos políticos de la oposición y de las fuerzas sociales que actuaban en España de manera más o menos legal o un poco en la sombra, defendían abiertamente y sin complejos la ruptura democrática. Pero al final, se impuso la cordura y comenzaron a negociar con el Gobierno. Y como era de esperar, cediendo todos ellos parte de sus exigencias, no tardaron en ponerse de acuerdo, instaurando así nuestra ejemplar restauración democrática.

Con la famosa restauración democrática, comenzó a cambiar rápidamente el temple y la idiosincrasia de los españoles. Los que antes eran enemigos que se odiaban a muerte, comenzaron a civilizarse y, mira por dónde, terminaron siendo simples adversarios políticos. Y en vez de seguir odiándose, como en tiempos de la República y durante los primeros años de la postguerra, comenzaron a respetarse mutuamente, y hasta fueron capaces de colaborar juntos y firmar acuerdos tan transcendentales, como los Pactos de la Moncloa, remediando así situaciones económicas verdaderamente complicadas.

El 11 de marzo de 2004, cuando empezaba a alborear el día,  los madrileños se despiertan entre un mar de gritos y un continuo ulular de sirenas, retransmitidas constantemente por todas las emisoras de radio y de televisión. El despanzurramiento con explosivos de cuatro trenes de cercanías, en esa hora punta de la mañana, dejó 193 personas muertas y 1.858 heridas. Este suceso, el más grave que han tenido que soportar los españoles, sumió a Madrid en el desconcierto más absoluto y, por supuesto, hizo que España entera enmudeciera ante un número tan elevado de víctimas.

Los efectos de dicha masacre fueron tan terroríficos, que España quedó totalmente conmocionada y sin posibilidad alguna de reaccionar a tiempo para no votar condicionados por tan terrible tragedia, en las elecciones generales del 14 de ese mismo mes de marzo. Y esto, claro está, influyó decisivamente en el resultado final, que no tenía nada que ver con la situación política del momento y mucho menos con lo que auguraban todas las encuestas.

Votar en esas condiciones, estando España dominada por el miedo e impactada por la muerte violenta de tantas personas inocentes, tenía que terminar necesariamente como el Rosario de la Aurora. Es verdad que, en este caso concreto, no hubo farolazos, pero fue aupado a la Presidencia del Gobierno un personaje tan gris y tan lleno de carencias como José Luis Rodríguez Zapatero. Y todo porque, de aquella, ocupaba ocasionalmente la Secretaria General del PSOE, a la que había llegado por descarte, o de chiripa si se quiere, para frustrar así el desembarco de José Bono en la sede de Ferraz.

sábado, 12 de julio de 2014

DE AQUELLOS POLVOS...

Nada más llegar a La Moncloa, José Luis Rodríguez Zapatero comienza a desmantelar las instituciones básicas del Estado para poder implantar en España un nuevo proyecto cultural, totalmente ajeno a nuestras tradiciones milenarias. Da inicio a su labor de zapa, primero de manera solapada y después abiertamente y sin complejos, promoviendo una serie de leyes y disposiciones que tienen muy poco que ver con la idiosincrasia y las costumbres de los españoles. Y utiliza toda clase de tretas para substituir los valores y la vieja moral de la sociedad española por un nuevo humanismo, que excluye expresamente cualquier tipo de referencia al bien y a la virtud.

El atrevimiento de Rodríguez Zapatero no tuvo límites. Sin el menor escrúpulo, se sirvió del Gobierno, como si fuera un simple instrumento, para poner en práctica su proyecto. Comienza, por lo tanto,  aprovechándose astuta y descaradamente del Boletín Oficial del Estado para impulsar, con nuevas disposiciones y leyes, la transformación cultural e ideológica de la sociedad española. No le preocupa gran cosa el bienestar de los españoles, pero se desvive para imponerles una nueva manera de pensar, sustituyendo sus creencias ancestrales por otras más acordes con el laicismo, con el relativismo ético y con la ideología de género.

Para conseguir semejante objetivo, desplegó todas sus artimañas para destruir la familia tradicional. Sabía que, sin desmantelar definitivamente la actual institución familiar, el Estado no podría sustituir a su antojo los valores personales, ni usurpar fácilmente nuestra libertad individual y, menos aún, modelar nuestro  futuro. Para lograr su objetivo, el entonces presidente del Gobierno dispone que se adoctrine a los futuros ciudadanos desde su más tierna infancia, para implantar más fácilmente el relativismo y el laicismo y acabar así, de una vez, con el carácter absoluto  de los principios y los valores morales que emanan de las familias.

Pero Rodríguez Zapatero no se conforma con  mantener bajo control a todos y a cada uno de los ciudadanos y con el propósito laicista de relegar la religión al ámbito estrictamente privado. Su proyecto era mucho más ambicioso y demoledor. Hizo cuanto pudo para destrozar nuestro modelo de sociedad, falsear la historia de España y destruir hasta nuestra propia identidad. Y lo que es peor, puso todo su empeño en romper la convivencia de los españoles con su inoportuna ley de recuperación de la Memoria Histórica.

lunes, 2 de diciembre de 2013

FACHAS CARPETOVETÓNICOS

El fascismo aparece por primera vez en Italia, un 23 de marzo de 1919, de la mano de Benito Mussolini, con la creación de los “Fascio di Combattimento”. Desde un principio, el primitivo Fascio de Combate se enfrentó decididamente a las demás fuerzas políticas italianas. Se distinguía precisamente por su acendrado ultranacionalismo, su desprecio hacia la burguesía liberal y, sobre todo, por su oposición frontal a cualquier forma de marxismo. De este grupo, de marcado carácter violento y paramilitar, surgiría posteriormente, en 1921, el famoso Partido Nacional Fascista.

El ex socialista Mussolini supo aprovechar, mejor que nadie, el descontento social que se extendió por toda Italia, al terminar la Primera Guerra Mundial. La Triple Entente, integrada por Francia, Gran Bretaña y el Imperio Ruso, había buscado afanosamente la colaboración directa de Italia en la guerra contra las denominadas Potencias Centrales, que formaban el Imperio Alemán, el austro-húngaro y el otomano. Y para asegurar esa contribución, Francia y Gran Bretaña habían ofrecido a Italia, si luchaba a su lado, todas las zonas austro-húngaras habitadas por italianos y gran parte de la costa dálmata.

Los italianos aceptaron encantados la oferta y, para ampliar sus territorios, se implicaron directamente en la contienda. Se gano la guerra, pero el coste en vidas humanas para ellos fue excesivamente alto, unos seiscientos mil muertos y aproximadamente un millón de heridos. Por si todo esto fuera poco, el conflicto bélico debilitó considerablemente a este país, al resultar destruida por los combates una buena parte de la industria establecida en el norte del país, lo que dio lugar a una situación económica extremadamente difícil.  Quebraron cantidad de empresas, la lira perdió más del 80% de su valor, comenzó a generalizarse la corrupción y la deuda del Estado superaba ya, a principios de 1919, la friolera de los 83.000 millones de liras.

Comenzó a crecer el paro, se multiplicaron enormemente los problemas económicos, sociales y políticos y el hambre comenzó a hacer estragos entre la población más desfavorecida. Por si fuera esto poco, los italianos sufrieron una enorme decepción, ya que, al finalizar la guerra, sus antiguos aliados no cumplieron íntegramente su solemne promesa y no les dieron nada más que los territorios de Trento y Trieste. Este decepcionante hecho, unido a las espantosas dificultades económicas, encrespó los ánimos de los excombatientes y causó una tremenda agitación en los sectores más radicalizados de la clase obrera, que desconfiaba seriamente del sistema parlamentario liberal y que quería implantar la revolución bolchevique, que acababa de imponerse en Rusia.

Es entonces cuando entra en escena el ex socialista y ex combatiente  Benito Mussolini y, con sus “Fascio di Combattimento”, aprovecha magistralmente la oportunidad brindada por aquella situación explosiva, para hacerse con el poder. Y lo hará, exaltando el más genuino espíritu patriótico. En un principio, él mismo contribuyó intencionadamente a encrespar y desestabilizar aún más el ambiente, para presentarse después como la única esperanza del país para evitar el amenazador caos social y económico que se avecinaba.

martes, 21 de mayo de 2013

2.- Necesitamos cambiar de rumbo


Los líderes carismáticos, capaces de arrastrar muchedumbres sin apenas esfuerzo, tienen que nacer, como los poetas o los pintores y después cultivar adecuadamente esos dones innatos. Si carece del imprescindible atractivo personal y el  necesario don de gentes, por mucho que lo intente, será incapaz de atraer y fascinar a las multitudes. Es cierto que las masas o  muchedumbres, tienen en su ADN vocación de rebaño.  Pero aún así,  los líderes prefabricados, los de diseño, no llegarán jamás a seducirlas ni a sacar lo bueno que pueda haber en ellas.

Y este es precisamente el caso de Mariano Rajoy. La naturaleza no fue muy generosa con él, ya que no le dio mucho don de gentes  ni demasiado atractivo personal. Así que, si no se produce algún hecho extraordinario que le ayude a sacudir las conciencias, será incapaz de persuadir y arrastrar a las masas. Es ni más ni menos  lo que le pasó en las elecciones generales del 9 de marzo de 2008. Los votantes le dieron la espalda y siguieron apoyando a José Luis Rodríguez Zapatero, a pesar  de su impericia e incompetencia.

Fue el 11M lo que llevó a Zapatero en 2004 a La Moncloa. Y desde que llegó, se dedicó metódicamente a arrasar todas las instituciones básicas de la sociedad española. Le molestaban de manera muy especial las creencias tradicionales y los valores morales típicos de la cultura occidental,  por lo que intentó sustituirlos por otros más acordes con una izquierda laicista y descreída. Trató de reescribir la historia a su antojo, enfrentando a unos españoles contra otros con su arbitraria Ley de Memoria Histórica. Destrozó a sabiendas la unidad de España alineándose con grupos radicales y separatistas a cambio de ayuda para imponer su propio proyecto cultural. Y a pesar de todo esto, en las elecciones de 2008, los ciudadanos dieron la espalda a Rajoy y volvieron a apoyar a Zapatero, nefasto Poseidón que se empañaba  en borrar hasta el último vestigio de nuestra cultura ancestral.

Las cosas cambiaron radicalmente en las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011. Rodríguez Zapatero, con sus ocurrencias e improvisaciones, llevó a España al borde de la quiebra, destrozó totalmente el tejido empresarial, con lo que el paro alcanzó cifras realmente alarmantes. Ante tal desastre social y económico, los ciudadanos salieron de su letargo y se volcaron de manera masiva con Rajoy, dándole esa mayoría absoluta tan extraordinaria.

Pero no fue ni el carisma de Mariano Rajoy, ni su simpatía personal lo que arrastró a tanta gente en esas elecciones. Esos comicios no los ganó Rajoy, los perdió el propio Zapatero. Su mala gestión de la crisis económica  fue determinante en tan catastrófico resultado. Empezó negando tozudamente la existencia de esa crisis y, en consecuencia, no hizo nada por prevenirla y para paliar sus efectos. Si se hubiera enfrentado a ella con medidas y reformas estructurales precisas, cortando de paso tanto derroche innecesario de dinero público, Rajoy no habría tenido opción alguna.

La gestión tan descabellada que hizo Zapatero de la crisis económica, tuvo consecuencias funestas para él y hasta para su partido. Los enfrentamientos parlamentarios con Rajoy hicieron el resto.  Los reproches y las contestaciones inapelables del jefe de la oposición sintonizaban perfectamente con el sentir mayoritario de la ciudadanía. Cada vez que venía a cuento, Rajoy le echaba en cara, desde la tribuna del Congreso de los Diputados, su prolongado empecinamiento en negar la crisis ya que, con su inacción, no hacía nada más que generar desconfianza en los mercados financieros, ahuyentando las inversiones extranjeras y generando más paro.

A partir de mayo de 2010, Mariano Rajoy  parecía ya un comisionado de la mayor parte de los ciudadanos y, como tal, aprovechaba las sesiones de control al Gobierno de cada miércoles para criticar duramente los recortes exagerados de Zapatero. Sus contundentes frases por la subida del IVA, la congelación de las pensiones y la reducción  del salario de los funcionarios, parecían dictadas directamente por los perjudicados con esas medidas.

El 12 de mayo de 2010, compareció Zapatero ante el Congreso para dar cuenta de estos recortes tan extremadamente duros e insolidarios. No encontró otra manera mejor de reducir el déficit público. La contestación de Rajoy no pudo ser más precisa: "Reducción del déficit sí, pero no así, no haciéndolo recaer sobre los más indefensos". Y agregó que este lote de recortes es "profundamente injusto", "ineficaz", y que "hace que los errores cometidos por el Gobierno y por su presidente lo paguen pensionistas y funcionarios públicos que no tienen la culpa". Y además, "ni sirve para que la economía crezca, ni sirve para crear empleo".

Con la subida del IVA, el entonces jefe de la oposición fue muy claro, y la calificó de "insolidaria, injusta, contraproducente y además ineficaz". Rajoy no se mordió la lengua y llegó a decir de tan injustificado incremento del IVA que era  “el sablazo que el mal gobernante le pega a todos sus compatriotas”. Lo culpó directamente de llevar a cabo "el mayor recorte de derechos sociales en la historia de la democracia", terminando con esta acusación: "Es usted el presidente que más ha empobrecido a los españoles y el que ha hecho más recortes que nunca".

A estas alturas de la fiesta, la mayor parte de los ciudadanos españoles, ya se habían dado cuenta del tremendo desastre originado por un presidente del Gobierno inepto y, sin lugar a dudas, tremendamente perverso y malvado. Como si fuera el caballo de Atila, destrozó completamente todo lo que tocaba, como la economía, la unidad de España y la igualdad entre los españoles. Al comprobar que estábamos  hundiéndonos en la ruina más absoluta, la gente comenzó a tener en cuenta lo que proclamaba continuamente Mariano Rajoy y comenzaron a ver en él su única tabla de salvación.

Al comparar lo que había hecho Zapatero y lo que predicaba Rajoy,  fueron muchos los ciudadanos que llegaron a la conclusión de que se habían equivocado gravemente en las elecciones generales de 2008 al decidirse por José Luis Rodríguez Zapatero. Y querían poner remedio lo más rápidamente  posible a tan funesta situación por la que estábamos pagando un  precio exageradamente alto. De ahí ese deseo prácticamente unánime de que Zapatero decretara el fin de esa legislatura y convocara nuevas elecciones.

Aunque demasiado tarde, y después de causar un tremendo daño, sobre todo a las clases medias, Zapatero disuelve las cortes y convoca elecciones generales para el 20 de noviembre de 2011. Augurando un tremendo fracaso, se mantiene al margen y es Alfredo Pérez Rubalcaba,  su antiguo todopoderoso ex vicepresidente del Gobierno, el que le sustituye en esa contienda electoral. Y en los primeros compases de la precampaña y campaña electoral, Mariano Rajoy mantuvo el alentador discurso de sus enfrentamientos dialécticos con Zapatero.

Despertó un interés muy especial su duelo con Rubalcaba en el debate electoral del 7 de noviembre de 2011. Sus afirmaciones de ese día no defraudaron, fueron todas especialmente contundentes y esperanzadoras y en línea con las propuestas de su programa electoral. Concordaban además con lo que siempre ha predicado la derecha tradicional española y con lo que esperaban todos aquellos que vienen de vuelta, o se han vacunado a tiempo contra el zapaterismo.

Ambos contendientes se enzarzaron en un combate dialéctico sobre la mejor manera de afrontar los principales problemas que nos afectan y que preocupan hondamente  a todos los colectivos y la mejor manera de solucionarlos. Salió a relucir en tan interesante cara a cara el paro, el déficit,  la deuda pública, las prestaciones por desempleo y la alarmante pérdida de poder adquisitivo de los salarios y de las pensiones. Y también, cómo no, el estado de bienestar y la burbuja inmobiliaria. Para Mariano Rajoy, era el Gobierno el verdadero responsable de la gravedad de la situación económica por incuria o por ignorancia, o por ambas cosas a la vez.

Comienza señalando Rajoy que, en el año 2007, Alemania, Francia y España tenían la misma tasa de desempleo, un 8,2%. La evolución del paro desde 2007 hasta noviembre de 2008, en estos tres países es radicalmente distinta, aunque los tres soportaron exactamente la misma crisis económica. Mientras que Alemania lograba reducir su tasa de desempleo al 5,2%, Francia la elevaba hasta el 9,8%, un 1,6% más que en 2007. España, sin embargo, rompe todas las expectativas y nos vamos hasta un preocupante 22% de paro. Aumentamos la tasa de desempleo nada menos que un 14%. Esto indica claramente que ha tenido que haber algo más que una crisis internacional, y ese algo no puede ser más que la deficiente actuación del Gobierno.

El candidato socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, acusaba insistentemente a Rajoy de moverse en una “ambigüedad calculada” para no desvelar  su programa, y le pedía una y otra vez que explicara detalladamente las medidas que pensaba tomar. La contestación de Mariano Rajoy fue inmediata y sumamente concluyente: “Usted me atribuye intenciones y programas ocultos.  Permítame que le diga que lo que yo voy a hacer lo diga yo. Usted subió el IVA a la gente y no lo llevaba en su programa. Pero yo no soy como usted, yo lo que no llevo en mi programa no lo hago”.
Y Mariano Rajoy continuó desgranando pausada y pormenorizadamente todo lo que tenía que cambiar en España para salir de la crisis y volver a crear empleo. Urge, ante todo, recuperar nuevamente la credibilidad que hemos perdido. Y para eso, hace falta “Primero, un cambio político. En segundo lugar, un gobierno competente. Es decir, con ministros que sepan de lo que hablan, que se conozcan bien los temas y se los estudien. En tercer lugar, decir la verdad y hacer un buen diagnóstico. Y en cuarto lugar, un plan. Hay que poner fin a esa etapa de ocurrencias, improvisaciones, rectificaciones, un plan”.

Nada que objetar a estos planteamientos de Mariano Rajoy, ya que las medidas que aquí propone, las aplicó José María Aznar en 1996 y obtuvo con ellas un resultado excelente. Hoy, quizás se necesite algo más, haría falta racionalizar y adelgazar  convenientemente  nuestra desmesurada Administración. Y si bajamos impuestos y no gastamos más de lo que en realidad se recauda, que es lo que propone aquí Rajoy, la recuperación económica está servida. Y los ciudadanos así lo entendieron y respondieron entusiásticamente con sus votos, dando así lugar a esa extraordinaria mayoría absoluta, la mayor de nuestra historia democrática.

José Luis Valladares Fernández