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jueves, 24 de septiembre de 2009

¿SOLIDARIOS O TONTOS?

Tenemos un presidente del Gobierno con una capacidad enorme para sorprender á cualquiera que se interese por nuestra situación económica. Resulta que la mayoría de la sociedad española es ahora masoquista, ya que están sumamente agradecidos a Zapatero, por darles la oportunidad de ser solidarios. Hay una mayoría de la sociedad, nos dice, que acepta la subida de impuestos porque se trata de “ciudadanos que saben y que están de acuerdo en hacer un pequeño esfuerzo” ahora que estamos metidos en una crisis.
Y no terminan aquí las incongruencias de Zapatero en la sesión de control del Senado. Acto seguido, con un tono de enfado notable y como quien habla ex cáthedra, acusa al Partido Popular de “no haber hecho nunca una política de solidaridad”. De ahí que a los populares “les suena tan extraño” que el Gobierno acuda a la solidaridad con los ciudadanos, subiéndoles la tributación.
Para empezar, no hay solidaridad si no hay libertad; si te la imponen desde arriba, ya no es solidaridad, es imposición. Esto debiera saberlo el presidente del Gobierno. De todos modos, con el dinero ajeno, yo también soy muy solidario. Desde luego, yo no se que tiene de solidario tratar de solucionar la crisis y el desempleo con simples y banales cataplasmas. La solidaridad estaría en buscar, primero, la manera de poner freno a ese constante y feroz aumento del paro y, después, que los ciudadanos puedan vivir honradamente de su trabajo. De rebote quedarían solucionados muchos de los problemas económicos que nos afectan.
Con más moral que el Alcoyano, Zapatero continuó soltando simplezas en su contestación a las preguntas del portavoz del PP, García Escudero. A falta de razones más convincentes, se lamentó de la “demagogia coyuntural” de los responsables del Partido Popular. Y, como si tuviera razón, continuó con su perorata asegurando que, todos los ciudadanos, y sobre todo los grupos de pensionistas, parados y mileuristas, están mucho más protegidos socialmente con su política que con el PP.
Reitera, sin convicción, que la subida de impuestos tiene unas características especiales que ni el mismo se lo cree: será “moderada”, “responsable” y “en una parte temporal”. Más aún, con esta subida de impuestos, según confiesa, además de mantener la protección social, busca reactivar una inversión productiva y, al menos para 2012, cumplir lo exigido por el Pacto de estabilidad y crecimiento, manteniendo el déficit público por debajo del 3% del Producto Interior Bruto, como exige la Comisión Europea.
Zapatero nos da a entender que sigue en sus trece y con esa propaganda triunfal a la que es adicto, continúa con sus ocurrencias y recetas mágicas para enderezar lo que no tiene enderezamiento posible. La protección social de la que presume se reducirá a unas simples y exiguas limosnas que no solucionan nada. No habrá dinero para efectuar inversiones productivas y rentables que generen trabajo y, mientras no haya cambios estructurales, no logrará ahormar nuestro déficit público. Como le dijo García Escudero, en lugar de frenar la “sangría del paro”, la subida de impuestos logrará “justo lo contrario: menos ahorro, menos consumo, destrucción de empresas y más paro”. Con razón dijo Aznar desde Colombia: "No es dificil gestionar mejor la crisis, pero es dificil hacerlo peor".
Que Zapatero coja el toro por los cuernos e introduzca las reformas estructurales necesarias que aumenten nuestra productividad y nuestra competitividad, por ejemplo, es misión imposible. Con gastar dinero cree que ya está todo arreglado. Es un manirroto que despilfarra a manos llenas el dinero, que no es de él, en ministerios superfluos que hasta carecen de competencias, en multitud de altos cargos inútiles, en infinidad de asesores, en regalárselo a dictadorzuelos extranjeros, como es el caso del presidente de Bolivia, Evo Morales y hasta en propaganda excusada. Es muy generoso con el dinero ajeno.
Tampoco hay manera de que nos de detalles de esa supuesta subida de impuestos. Se limita a generalizar sin especificar el alcance real de esa pretendida modificación fiscal y se ampara en infinidad de requiebros vulgares para eludir todo tipo de aclaraciones. Además de obviedades manifiestas, repite una y otra vez que se trata de una subida impositiva “limitada y temporal” y que gobernar es tomar decisiones que “unas veces son más amables y otras exigen más compromiso y responsabilidad”. Como mucho, nos remite a la futura Ley de los Presupuestos Generales del Estado, donde, dice, se concretarán todos los detalles de dicha reforma.
El presidente del Gobierno repite a todas horas, aunque sin convicción, que esta subida de impuestos a quien más va a afectar es a los ricos, que el IRPF no se va a tocar. Se habla de una subida de dos puntos en el IVA. ¡Demagogia barata! Pagarán el pato, como siempre, los que tengan menos poder adquisitivo. Si desaparece la desgravación de los famosos 400 euros, ya se tocó el IRPF. Y nada hay más insolidario que cargar la mano sobre el IVA y sobre los demás impuestos indirectos, ya que serán los pobres los que se lleven la peor parte. Y en España hay muchos pobres ya y que aumentarán, sin duda, como consecuencia del errático Gobierno de Zapatero.
A Zapatero le interesa escudarse en el embeleco de la recuperación. Trata de aguantar como sea, y esperar a que otros países salgan de la crisis. Está convencido de que cuando Alemania y Francia abandonen la recesión, nos arrastrarán también a nosotros prácticamente sin poner nada de nuestra parte. Y gana tiempo tratando de hacernos creer en los brotes verdes de la ministra de Economía, Elena Salgado, conocida hoy como la “bien manda”.
Alemania y Francia atisban ya ese cambio de signo en sus economías. Y otros países de nuestro entorno también, ya que, para su suerte, no tienen a un Zapatero rigiendo sus destinos económicos. España tendrá que esperar tiempos mejores. En esto coinciden todos los pronósticos, incluso el de personas tan poco sospechosas como Joaquín Almunia. Dadas las circunstancias específicas de nuestra crisis, mucho tendrán que cambiar las cosas para remontar de nuevo el vuelo. Lo primero, Zapatero tendría que cambiar de chip y abandonar ese izquierdismo rancio que le ha llenado de complejos absurdos que le tienen maniatado.

Gijón, 22 de septiembre de 2009

José Luis Valladares Fernández

viernes, 3 de julio de 2009

EL SINDICALISMO Y SU EVOLUCIÓN HISTÓRICA

5.- La Segunda Internacional

La Primera Internacional, con sede en Nueva York desde 1872, se disuelve oficialmente en el año 1876 como consecuencia de los muchos problemas originados por la división interna. Para esa fecha, la unidad moral del socialismo no había sido ni esbozada, a pesar de la innegable homogeneidad de todas sus tendencias. Tendencias que, aunque diversas, comparten una base común y un mismo objetivo: la destrucción del capitalismo. A pesar de compartir objetivo, marxismo y anarquismo siguen fuertemente enfrentados entre si.
La corriente marxista, coincidiendo con el centenario de la Revolución Francesa, convoca un nuevo congreso, que se celebró en París el 14 de julio de 1889. Se buscaba con este congreso unir nuevamente todo el movimiento obrero a nivel internacional. Lograron que se constituyera la Segunda Internacional, pero las diferencias entre marxistas, anarquistas y los trade unionistas británicos cada vez eran más profundas. Engels, que en este congreso tuvo una actuación estelar, trato de acercar posturas, pero no lo consiguió.
En este congreso, se acordó que fuera Bruselas la sede permanente de esta internacional y se instituyó como Día Internacional de los trabajadores el 1º de Mayo, fecha que se utilizó también para honrar a los cinco huelguistas muertos en Chicago en Mayo de 1886. A partir de ese congreso, tal día se utiliza para realizar movilizaciones generales de todos los trabajadores del mundo.
Entre los distintos congresos que se celebraron con posteridad julio de 1889, tiene especial significación el celebrado en Londres en 1896. En este congreso se escenifica la rotura definitiva entre marxistas y anarquistas, siendo estos últimos expulsados de la Internacional. Con esta expulsión desapareció la contestación y el enfrentamiento abierto entre unos y otros, pero no fue posible la unanimidad que se buscaba. El marxismo, aunque interpretado de una manera u otra según el tipo de socialismo imperante, pasó a ser la doctrina oficial para esta Segunda Internacional.
Tenemos, por un lado, el socialismo alemán, que ejercía cierto liderazgo sobre los demás. De ahí que las reformas del movimiento obrero fueran hechas de acuerdo con el marco legal alemán. Los miembros del Partido Social-Demócrata alemán eran tremendamente eclécticos, por lo que su socialismo quedaba reducido a una simple visión ética del mundo. Pensaban que la revolución era algo francamente inevitable y, en consecuencia, no se debía rechazar la colaboración de otros partidos no marxistas. Pues esta colaboración podía reportar ciertos beneficios extras que ayudarían a alcanzar, más pronto, las ansiadas metas que nos ofrece el socialismo.
El socialismo francés, en cambio, y debido a su origen revolucionario, era mucho más combativo que el alemán. A pesar de su filiación marxista, al igual que el alemán, no le hacía ascos a la colaboración con otros partidos no marxistas.
El socialismo británico tiene ciertas características propias, y su desarrollo tiene la impronta de una larga tradición de lucha obrera, pero, salvo en la Federación Social-Demócrata, tiene muy poco arraigo el marxismo. Los fabianistas, por ejemplo, lo combaten hasta con violencia. De todos modos, los trabajadores británicos se decantarán mayoritariamente por el Partido Laborista, al que encomiendan la defensa de sus derechos laborales.
El socialismo ruso, sin embargo, no debe su origen a ningún movimiento revolucionario. Aunque su desarrollo sí está ligado al populismo que presupone que Rusia, por su pasado campesino, posee ya una vocación claramente revolucionaria.
Los anarquistas ahora, al quedar fuera de la Internacional de una manera definitiva, no son más que grupos aislados más o menos grandes y sin influencia política alguna. Hasta el anarquismo puesto en marcha por Bakunin deja a un lado sus formas insurrecciónales y da paso al anarquismo colectivista. Únicamente en España mantiene el anarquismo toda su influencia. Y continúa siendo todo un fenómeno de masas. Es mas, en España es el único país donde el anarquismo y el sindicalismo revolucionario continúan coexistiendo con el socialismo reformista.
Para rematar el siglo, en el año 1899, en Suiza se ponen de acuerdo empresarios y sindicatos y firman el primer pacto social de la historia. Con la llegada del siglo XX, se producen ciertos movimientos sindicales de mucha importancia. En 1906, la CGT francesa aprueba en Amiens su Carta Magna y, en Milán aparece el primer sindicato italiano con el nombre de Confederazione Generale del Lavoro (CGdL). Este mismo sindicato, ya en el año 1944 y con el Pacto de Roma, se transformará en la Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGIL). En 1906, en los Países Bajos, se crea la Federación Neerlandesa de Sindicatos. En 1911, en Copenhague, se funda la Secretaría Internacional de Sindicatos. Participan en este acto asociaciones alemanas, belgas, británicas, finlandesas y suecas.
Por esta época y con la reindustrialización de Asturias, Cataluña y el País Vasco, se produce en España un nuevo desarrollo del movimiento obrero. Con este nuevo impulso, en el anarquismo español comienzan a aflorar ciertas disonancias, hasta entonces ocultas, dando lugar a la aparición de diversas corrientes sindicales. Una de estas corrientes es la purista que es abiertamente antisindical. Tenemos la corriente extremista, partidaria incluso de practicar el terrorismo individual. Otra de las corrientes es el posibilismo libertario, algo alejada ya del anarquismo clásico. Y, por último la corriente anarcosindicalista que está basada en la teoría del sindicalismo revolucionario.
El posibilismo libertario no renuncia a los fines históricos del anarquismo, como es la superación del Estado y del capitalismo. Este sigue siendo su objetivo principal. No obstante esto, se dejaron influenciar por otras corrientes políticas, y aunque pocas de sus propuestas saldrían adelante, supieron atemperar el exceso de celo de la Revolución Española de 1936. Este grupo militaba en el Partido Sindicalista creado por Ángel Pestaña en 1932, un partido muy afín al laborismo británico, que buscaba tener una representación parlamentaria lo más alta posible para defender los intereses de los trabajadores. Pero sin perder nunca de vista su objetivo principal: el advenimiento del comunismo libertario, basado sobre estos tres pilares: las cooperativas, los sindicatos y los municipios.
La corriente anarcosindicalista logra un mayor arraigo entre los trabajadores y crea una verdadera fuerza de masas. La confederación sindical obrera, fundada en Barcelona en el año 1907, es claramente anarcosindicalista. Y juntamente con socialistas y republicanos, crean la organización Solidaridad Obrera. Editaban un periódico ácrata con el mismo nombre de la organización, conocido popularmente como la Soli. Solidaridad Obrera, ante el agravamiento de la recesión y el reclutamiento de reservistas para la guerra colonial de Marruecos, organiza una huelga salvaje entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909, con quema incluida de edificios religiosos, dando lugar a lo que se conoce como Semana Trágica de Barcelona
Este movimiento anarcosindicalista convoca un Congreso Nacional de Trabajadores que se celebrará en Barcelona en el año 1910, donde se crea la famosa Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Esta organización pasó a ser el principal sindicato de masas de los trabajadores españoles, superando ampliamente en toda España a la UGT. En Cataluña prácticamente no había más centrales sindicales que la CNT. Y esta preponderancia la mantuvo hasta la guerra civil.
La CNT tenía un carácter claramente asambleario y federalista, lo que le llevaba a obviar frecuentemente las indicaciones que emanaban de la dirección. La dirección de la CNT, por ejemplo, era contraria a las huelgas, pero sus bases las apoyaban con relativa frecuencia. A nivel local o sectorial obraban autónomamente, y cada federación tomaba sus propias decisiones.
Con la lucha social entablada por la Segunda Internacional, se fue imponiendo el voto universal y secreto. Esto facilitaba que los representantes de de los trabajadores accedieran a los parlamentes de los distintos países. Hasta era muy posible que, alguno de los partidos obreros, ganara las elecciones. Estos logros sindicales propiciaron que, en cada país, los movimientos obreros tomaran derroteros distintos y diferenciados entre sí. Cada nación, por separado, iba escribiendo su propia historia sindical.
Al complicarse el ambiente político, se adivinaba como muy posible y muy próxima una confrontación bélica. Como los socialistas europeos, de aquella, estaban comprometidos ideológicamente con la paz y con el internacionalismo, desde la misma Internacional se intentó buscar la paz. Pero no fue posible. La propia cultura de cada obrero, distinta de unos países a otros, les llevaba a anteponer siempre los intereses de la propia nación a las exigencia del internacionalismo sindical.
De ahí que, cuando en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, no hubo lealtad sindical alguna que valiera y los obreros, sin excepción, apoyaron a sus respectivos gobiernos. La rotura de la unidad sindical, en momentos tan graves, supuso el final de esta Segunda Internacional. Hasta 1920, se intentó una y otra vez reflotarla, pero todo fue inútil y terminó desintegrándose definitivamente.

José Luis Valladares Fernández