Está visto que, tal como reza el dicho
popular, unos nacen con estrella y otros nacen estrellados. Y para desgracia de
los que llegan ya estrellados a este mundo, son demasiados los que, por su
buena estrella, se las arreglan estupendamente para vivir, como han hecho
siempre, a costa de los que no han sido tocados por la suerte. Y hasta se
jactan miserablemente de no haber dado nunca un palo al agua y de su habilidad
innata para procurarse rentas que han sudado otros. Tienen la poca vergüenza de
hasta hacer ostentación de su enriquecimiento obsceno y de su encumbramiento
desmesurado a costa de una sociedad torpe, que trabaja sin descanso para
malvivir y contribuir obligatoriamente a la buena vida de tanto espabilado.
Y uno de estos vividores es indudablemente
Tomás Gómez. Sus andanzas le retratan perfectamente y nos demuestra que es un
ejemplar clásico de la casta política. Al igual que otros muchos políticos, carece
de la más elemental experiencia en el sector privado por que siempre ha vivido
del cuento. No sabe lo que es trabajar para ganarse el pan con el sudor de su frente.
Estamos, como ha escrito alguien, ante un señorito de “pan pringao” que, siendo
prácticamente un imberbe, se aficionó a
la moqueta, al coche oficial y a comer la sopa boba a costa de los demás.
Cuando llegó el momento de restaurar la
democracia, los políticos que se hicieron cargo de la situación, eran todos de
auténtica valía, los mejores del momento. Y se hicieron naturalmente a base de trabajo y de mucho
esfuerzo personal, demostrando su valía en la empresa privada. Hicieron su
trabajo como mejor supieron y, una vez estabilizada la situación democrática,
comenzaron a ser sustituidos mayoritariamente por políticos de la nueva ola. De
ahí que, sin mayores problemas, fueran volviendo poco a poco al sector privado
de donde procedían, pasando la administración de la cosa pública a manos de
advenedizos que, como es el caso de Tomás Gómez, han hecho de la política su habitual modus
vivendi.
El exclusivo mérito de la mayor parte de
esta nueva ralea de políticos se reduce a su entrada prematura en las Juventudes
del partido, o que en su familia hay ya algún miembro destacado formando parte
de esa casta política. Para desgracia nuestra, hay ya muchos de estos
vividores rigiendo nuestros destinos, y
todos ellos aspiran fervientemente alcanzar esa meta lo antes posible. Los que
sean incapaces de volar tan alto, pasarán a desempeñar un cargo público dentro
de nuestra administración, contribuyendo a conformar un aparato del Estado
mastodóntico y muy poco operativo.
Como
saben perfectamente que no dan la talla
para trabajar en el sector privado, se aferran desesperadamente a la política
para mantener su estatus privilegiado, aunque de esto se derive una perdida
notable de calidad de vida de los administrados. Les importa un bledo que se
hunda el país en la miseria si, a costa de eso, mantienen intactos sus innumerables
privilegios y siguen cobrando ininterrumpidamente esos sueldos de escándalo. Y
por si esto fuera poco, nadie les exigirá cuentas por su mala gestión en el
desempeño de responsabilidades públicas. Todo un despropósito.
Y este es precisamente el caso de Tomás
Gómez, el presunto “Invictus” en su lucha con Esperanza Aguirre por la
presidencia de la Comunidad de Madrid, aunque midió muy mal sus posibilidades.
Tomás Gómez inició su carrera política
en las Juventudes Socialistas de Parla, Juventudes de las que llegó a ser
Secretario General. Más tarde fue Secretario General de la Agrupación
Socialista de Parla. Posteriormente, en Julio de 2007, tras la dimisión de Rafael
Simancas, fue elegido Secretario General de los socialistas madrileños, siendo
reelegido en septiembre de 2008 y recientemente en marzo de 2012.
En las elecciones municipales de 1999 se
hace con la alcaldía de Parla. Volvió a ganar en las elecciones de 2003, esta
vez con mayoría absoluta, y repitió triunfo cuatro años más tarde, volviendo a
revalidar nuevamente su mayoría absoluta. Su gestión como alcalde no pudo ser
más catastrófica. El desastre económico provocado por Tomás Gómez fue de tal
envergadura, que convirtió a esa ciudad dormitorio en paradigma de la ruina de
las demás arcas públicas españolas. Ahí están, para corroborarlo, las quejas de
su sucesor en la alcaldía, el también socialista José María Fraile: “En los
últimos cuatro años hemos perdido el 25% de nuestros ingresos. En estos
momentos no hay liquidez… La ventanilla del crédito está cerrada”.
En noviembre de 2008, Tomás Gómez
renuncia a la alcaldía de Parla para preparar con tiempo el asalto a la
presidencia de la Comunidad madrileña. No quiere dejar cabos sueltos que puedan
frustrar esta oportunidad. Afronta las elecciones autonómicas de mayo de 2011
con toda la ilusión, pero fracasó estrepitosamente. Un duro golpe, sin duda,
para quien se cree “Invictus” y, por supuesto, muy superior a sus contendientes
ocasionales. Su desmedido orgullo le ciega y no le deja ver que él es muy poca
cosa para enfrentarse a Esperanza Aguirre. Su presunción le llevó a pensar que
los ciudadanos madrileños se equivocaron al decidirse mayoritariamente por Esperanza Aguirre.
A pesar de semejante revés, sigue
creyéndose importante y necesario y espera que el pueblo madrileño se
arrepienta y repare el fallo imperdonable en las próximas elecciones
autonómicas. Como todos los miembros destacados de la casta política, tiene
cosas de peón caminero. En un arranque de generosidad, Tomás Gómez confiesa
categóricamente que “si tuviera una relación laboral iría a la huelga”. Y lo dice una persona que no ha trabajado
nunca y que no tiene ni la más remota idea de lo que es trabajar por cuenta
ajena.
También tiene ocurrencias muy peregrinas
y demuestra palpablemente que es invencible, pero en despropósitos e
insensateces. Se atrevió a proponer que jamás “puedan ocupar responsabilidades
públicas” las personas que, de alguna manera, estén relacionadas con el Opus
Dei. Querer excluir de los puestos de responsabilidad, nada menos que por ley,
a destacados miembros del Opus Dei por el hecho de ser católicos, indica
sobradamente que el líder de los socialistas madrileños es un consumado racista
de corte cultural e intelectual. A quien de verdad habría que excluir de esas
responsabilidades públicas por ley, o simplemente por decencia política, es a
los ineptos entre los que, posiblemente, deberíamos incluir al propio Tomás
Gómez. Y entonces Zapatero nunca habría llegado a donde llegó y nos hubiéramos
ahorrado felizmente la desastrosa debacle económica en que nos metió.
Para Tomás Gómez, el Opus Dei es una
auténtica secta o seudosecta que influye peligrosamente en el Gobierno de
Mariano Rajoy, dándole un tinte marcadamente integrista. Y es que, para el
Secretario General de los socialistas madrileños y para los demás integrantes
de la infausta casta política, nadie es tan competente como ellos para regir
los destinos de los españoles a su antojo. De ahí que, cuando tienen
oportunidad para ello, dicten leyes y más leyes para controlar a los ciudadanos
y convertirlos, cómo no, en paganos de sus lujos y de sus caprichos y desmanes.
Los políticos de la casta, sean del color que sean, hacen lo posible y lo
imposible por blindarse herméticamente en sus posiciones. Acostumbrados a
llevárselo crudo, no quieren competidores en sus dominios para así perpetuarse
indefinidamente en sus puestos. No se dan cuenta que terminan ofendiendo y oliendo
muy mal. Es precisamente esto lo que llevó al famoso escritor de origen
irlandés George Bernard Shaw a decir: "los
políticos y los pañales se han de cambiar muy a menudo,...y por los mismos
motivos".
El famoso escritor Pío
Baroja dice que hay siete clases de españoles. Están “los que no saben”. Vienen
después “los que no quieren saber”. Les siguen “los que odian el saber”. A
continuación, y por este orden, tenemos a “los que sufren por no saber”, a “los
que aparentan que saben” y “los que triunfan sin saber”. Y por fin tenemos a
“los que viven gracias a que los demás no saben”. Según Pío Baroja, estos
últimos se llaman a sí mismos “políticos” y tratan frecuentemente de pasar por
intelectuales. Son, claro está, los de la casta, los que se han habituado a
vivir extraordinariamente bien del cuento y del sudor ajeno.
Barrillos de Las
Arrimadas, 6 de agosto de 2012
José Luis Valladares
Fernández