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domingo, 3 de enero de 2016

ALIANZA DE CIVILIZACIONES

Cuenta el poeta latino Ovidio, en su obra Las metamorfosis, que un rey legendario de Chipre, llamado Pigmalión, estuvo buscando durante mucho tiempo una mujer para casarse. Pero esa mujer tenía que ser absolutamente perfecta. Pigmalión era tan exigente, que no encontraba a ninguna que luciera todas las cualidades requeridas. Todas eran sumamente quisquillosas e imperfectas. Y como la búsqueda de esa mujer ideal resulto fallida, para  dulcificar en parte su frustración y disimular su fracaso, decide no casarse y dedicar todo su tiempo a modelar agraciadas esculturas. Así podría aliviar también su terrible sensación de soledad.

Comenzó a esculpir precisamente la estatua de Galatea. Y le salió tan bella y con rasgos tan perfectos, que no se cansaba de admirar su propia obra. Tan embelesado estaba con la efigie de Galatea, que se enamoró locamente de ella e imploró al cielo, por mediación de la diosa Afrodita, para que dieran vida y sensibilidad a su amada estatua. Sin saber aún si los dioses escucharían  su plegaria, Pigmalión se acerca a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente. La vuelve a tocar y siente como si el marfil se reblandeciese y tuviera movimiento.

Asombrado ante semejante prodigio, Pigmalión no sabe todavía si está soñando, o está ante una gozosa realidad. Pero lleno de alegría, la besa y siente en sus labios la caricia de una piel suave y cálida. La palpa una y otra vez, la besa nuevamente y cada vez la siente menos fría, ve que palpita, que la sangre circula por sus venas. Vuelve a posar en ella sus labios y Pigmalión comprueba entusiasmado y lleno de alegría, que no está soñando y que aquello ya no es una simple estatua, porque advierte que ahora  puede verle y oírle. La apoteosis llegó cuando vio que aquella estatua que él había hecho, baja de su pedestal y se dirige directamente  a él con los brazos abiertos.

Algo parecido pasó con José Luis Rodríguez Zapatero en su etapa como presidente del Gobierno de España. El rey Pigmalión buscaba incansablemente una mujer perfecta y la encontró al final, aunque de rebote, en su propia obra escultórica. Zapatero, en cambio, buscaba afanosamente alguna ocurrencia especial que, una vez llevada a la práctica, le asegurara un puesto prestigioso y relevante en la historia. Y como su limitación intelectual no daba para más, buscaba la inspiración mirando al cielo, porque pensaba que, mientras contaba y supervisaba nubes, se le ocurriría algo nuevo y digno de mención.