VII – La
Guerra Civil Española
Si nos atenemos a los hechos, tenemos que reconocer
que el Ejército y una buena parte del pueblo llano, recibieron la llegada de la
República con cierto recelo, porque fue instaurada de manera irregular. Pero
esa prevención o desconfianza se trocó en irritación, cuando el llamado Frente Popular llega al Gobierno en
febrero de 1936, valiéndose de unas elecciones claramente fraudulentas.
Y ese enfado subió aún más de tono cuando constataron
que los responsables de ese Frente usaban intencionadamente el poder para
transformar el Estado en un instrumento antidemocrático y sectario, para
ponerlo, sin más, al servicio de la violencia y el crimen. Y si ya estaban los
ánimos suficientemente caldeados, lograron que, con el asesinato de José Calvo
Sotelo, media España se levantara en armas contra esa manera pérfida de hacer
política.
Con la llegada al poder del Frente Popular, cambió
tanto la República, que no se parecía en nada
a la que se instauró el 14 de abril de 1931. Dejó de ser democrática y,
en realidad, terminó siendo un régimen prácticamente ilegítimo. Y sus
dirigentes estaban tan seguros de sí mismos, que ni se molestaban siquiera en
guardar las apariencias. Retaban descaradamente a los militares que protestaban
por la imprevista deriva de la República. Pensaban que, si lograban
sublevarlos, acabarían fácilmente con ellos, y así podrían implantar
libremente, y sin oposición alguna, la revolución soñada por la izquierda.
Como ya sabemos, el alzamiento militar que se inició
el 17 de julio de 1936 en las ciudades españolas de Marruecos, llegó rápidamente
a la Península. El mismo 18 de julio, el general Queipo de Llano aplastó
fácilmente la resistencia obrera y sindical de Sevilla, y logró el control de
tan importante plaza. Pasó lo mismo en la ciudad de Cádiz con los generales
Varela y López Pinto.
Tuvo más problemas Ciriaco Cascajo Ruiz, gobernador militar de la provincia y coronel
del Regimiento de Artillería Pesada nº 1, para hacerse con el control de
Córdoba. Aunque el gobernador civil, Antonio Rodríguez, estaba inicialmente
dispuesto a entregar el Gobierno a los insurrectos, se vuelve atrás cuando
constata la firme oposición de un grupo, entre los que estaba el alcalde de la
ciudad y el presidente de la Diputación.
Tuvieron que ser los cañones del cuartel de Artillería los que acabaran
finalmente con la negativa frontal de ese grupo. Granada caería dos días
después.

