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lunes, 11 de junio de 2012

"OVERBOOKING" DE POLÍTICOS


Resulta muy raro, sobre todo cuando se habla de hostelería  y de viajes en avión,  que no aparezca el término ingles overbooking, pues es relativamente frecuente vender más servicios de los que, en realidad, pueden atenderse. La sobreventa es una práctica muy extendida en el sector turístico para asegurar la ocupación plena del espacio disponible. Hoy día, aquí en España, también podemos utilizar semejante vocablo para referirnos al exagerado número de políticos que viven de los presupuestos oficiales, bastantes más de los que tiene cualquier otro  país de Europa. Hay claramente overbooking de políticos.

El número de políticos españoles que cobran sus sueldos de los impuestos de todos los ciudadanos es prácticamente el doble de los que hay en Francia y en Italia. Llama la atención que en España haya  300.000 políticos más que en Alemania, siendo así que los alemanes nos doblan en población y, además, están mucho más descentralizados que nosotros. En total, son casi medio millón de ciudadanos, 445.568 para ser exactos, los que ocupan un cargo político en la administración pública española. Salimos aproximadamente a un político por cada 50 trabajadores. Tenemos más políticos que médicos, policías y bomberos juntos. Tenemos exactamente 165.967 médicos ejerciendo y 154.000 policías, lo que quiere decir que tenemos 2,7 políticos por médico y 2,8 por policía.

La cifra de 75.864 políticos, que obtenemos sumando los 350 diputados, los 266 senadores, los 1.206 parlamentarios autonómicos, los 8.112 alcaldes y los 65.896 concejales, con ser sumamente abultada, se queda en un simple aperitivo. Hay posiblemente una inflación de Ayuntamientos, en cuyo caso sobrarían algunos  alcaldes y un número más amplio de concejales. Pero lo que sobra, sin ningún género de dudas, es el Senado y, con él, los 266 senadores. El Senado aparece por primera vez  en 1834, por decisión de la regenta de Isabel II, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Con la Constitución de 1978 resurge de nuevo el Senado, pero como cámara de representación territorial. A parte de la labor inútil de segunda lectura, el Senado tiene la atribución exclusiva, siempre que lo apruebe por mayoría absoluta, de autorizar al Gobierno adoptar medidas concretas contra alguna Comunidad Autónoma.

Después de 35 años de restaurado el Senado, una cosa queda muy clara, que estamos ante una institución perfectamente inútil y que, a lo largo de estos años, se ha convertido en el símbolo evidente del despilfarro más desvergonzado en la estructura de la administración española. En la pasada legislatura, los senadores tuvieron la desfachatez enorme de permitir el uso de las diversas lenguas cooficiales, obligando así a introducir la traducción simultanea. Da grima ver a estos representantes del pueblo, que podían entenderse perfectamente hablando castellano, que es la lengua común de todos, utilizando traductores que pagamos todos nosotros. El inefable José Montilla justificaba este hecho diciendo que “las lenguas no tienen precio”. Es absurdo mantener instituciones que, como el Senado, no tiene función alguna y, sin embargo, nos cuesta mucho dinero. Su presupuesto para el año 2011 alcanzó la respetable cifra de 55 millones de euros.

Hay otros muchos sitios donde pulula un buen número  de gorrones y vividores. Nada menos que 131.250, vegetan  en empresas públicas o con participación estatal, muchas de las cuales fueron creadas precisamente para pagar favores políticos o para colocar a familiares,  a sus propios amigotes y allegados. Tanto las Comunidades Autónomas como  los Ayuntamientos se comportan como si  fueran agencias de colocación de los partidos políticos. Se sirven para ello de las empresas municipales o autonómicas de la vivienda, de las empresas de transporte y de la proliferación de todo tipo de observatorios  y organismos varios.

Tenemos también, ahí es nada,  65.130 sindicalistas liberados que toda su labor se reduce a cobrar sin trabajar y a encarecer los costes de sus empresas. Su proverbial responsabilidad les empuja a trabajar sin descanso. De ahí que organicen constantemente todo tipo de manifestaciones y protestas callejeras. Y si les queda algo de tiempo libre, procuran mejorar sus emolumentos ejerciendo de consejeros en cualquier Caja de Ahorros, en RTVE o similar. La pauta ejemplar la marca, sin duda alguna, José Ricardo Martínez, líder indiscutible de la UGT madrileña. La patronal cuanta también con 31.210 liberados. Unos y otros realizan funciones políticas y sus organizaciones nutren sus arcas con dinero público.

No olvidemos que tenemos  40.000 políticos, desempeñando  cargos de confianza de otros políticos. Esta cifra es tan alta porque los grupos municipales y los parlamentarios autonómicos se han aficionado últimamente a nombrar por menos de nada cargos de confianza. Además de los cargos de confianza, proliferan los asesores personales al servicio de los políticos electos. Y hasta nos encontramos frecuentemente con  asesores que asesoran a otros asesores. Es el llamativo invento de alguna Comunidad Autónoma. Tanto los asesores como los cargos de confianza forman un buen grupo de enchufados, que ni ellos mismos saben cual es su labor.

En el sistema sanitario y en el educativo nos encontramos con 8.260  y 9.320 empleados políticos respectivamente,  dedicados de manera casi exclusiva a controlar a los demás empleados públicos. El resto de políticos contratados para cobrar y no hacer prácticamente nada útil hasta completar los 445.568 los encontramos en los lugares más variados, sean estos organismos públicos, fundaciones, consejos o cualquier otro tipo de entidad susceptible de vivir del cuento. Una muestra evidente del enchufismo  que ha proliferado profusamente entre nuestra clase política que aspira a ocupar puestos que estén, eso sí, magníficamente retribuidos pero que no exijan esfuerzos. Se aferran descaradamente a la práctica de la dulce holgazanería.

En la actualidad, son muchos los empresarios que, para mantener a flote sus empresas, acuden frecuentemente a los expedientes de regulación de empleo (ERE) para despedir a parte de sus trabajadores. Y es muy posible que la mayoría de estos despidos estén plenamente justificados. Pero nadie se acuerda de los organismos públicos, donde vegetan cada vez más vividores inútiles. Aquí si que es urgente aplicar un ERE, si es que queremos reducir el gasto público y dignificar convenientemente la profesión política.

Gijón, 30 de mayo de 2012

José Luis Valladares Fernández

domingo, 9 de enero de 2011

SUS SEÑORÍAS LOS SENADORES SE PASARON

Los socialistas, como es su costumbre, están siempre apuntados al despropósito y al absurdo. Tal es así que, guiados por su jefe de filas actual, José Luis Rodríguez Zapatero, han hecho de la España de las Autonomías otra España diferente, un país prácticamente seudofederal, donde los nacionalistas disfrutan de ciertos derechos que no tiene el resto de los ciudadanos. Seguro que Zapatero habrá sido convenientemente asesorado por Minerva, o quizás por Atenea, para disponer que el español deje de ser la lengua común de los españoles. De otro modo, sería inexplicable el acuerdo con los nacionalistas que quita al español el calificativo de ‘común’ dentro del Senado.
Los adscritos a las organizaciones nacionalistas, con semejante iniciativa, pretendían y han conseguido que en la Cámara Alta se utilicen habitualmente las lenguas cooficiales, tanto en los plenos y en las comisiones, como en la Diputación Permanente. Piensan que de este modo se salvaguarda el derecho que tiene todo individuo a expresarse en su propio idioma. Y claro, según esto, a sus señorías periféricas no se las puede prohibir que hagan del Senado una auténtica torre de Babel lingüística, por lo que podrán prescindir del idioma común que todos comparten y utilizar cada uno su propia lengua cooficial que muy pocos comprenden.
A semejante desaguisado se llegó el pasado 21 de julio, cuando sus señorías, con el voto en contra del Partido Popular, aprobaron la reforma del Reglamento que proponían los senadores nacionalistas. De este modo se amplia el uso de las lenguas cooficiales, ocasionando así un importante gasto adicional a las arcas del Estado para que esa minoría nacionalista pueda hacerse entender. Se da la circunstancia de que el español es también la lengua común de los senadores nacionalistas, ya que tienen la obligación de conocerla y el derecho a utilizarla. De ahí que la inversión en traductores de las otras lenguas particulares, más que gasto, es un auténtico despilfarro. Y los contribuyentes, que yo sepa, no han renunciado jamás al derecho inalienable que tienen de que no se dilapide miserablemente el dinero que aportan con sus impuestos.
Los integrantes de las fuerzas políticas periféricas, aunque son minoría en la Cámara Alta, hacen lo que los plebeyos en la primitiva Roma hacían con los patricios: exigir de los demás senadores toda una serie de concesiones políticas y económicas extraordinarias. En Roma, con la intervención de Menenio Agripa, contando a unos y a otros su famosa fábula, cedieron los plebeyos y regresaron a la ciudad, plenamente dispuestos a defenderla. En el Senado español en cambio, quizás por falta de un oportuno Menenio Agripa, triunfa la plebe nacionalista. Los patricios centralistas, convenientemente chantajeados, cedieron de forma incomprensible a las exigencias de aquellos, sin tener en cuenta el excesivo coste económico que esto comporta. Los socialistas, buscando su propio interés político, propiciaron con sus votos tan lamentable concesión. Como siempre se va de menos a más, ante el éxito logrado por el nacionalismo en la Cámara Alta, ya ha comenzado la lucha para imponer lo mismo en el Congreso.
Del desaguisado que se avecina hubo ya un previo ensayo en el Senado el pasado 24 de mayo de 2010. Fue el cordobés de Iznájar, José Montilla, que ostentaba entonces la presidencia de la Generalitat, quien, sin defenderse bien en catalán, utilizó esta lengua ante la Comisión General de las Comunidades Autónomas, buscando que estas apoyaran su ofensiva para renovar el Tribunal Constitucional y desbloquear la sentencia sobre el famoso Estatut. Esta comparecencia de José Montilla obligó al Senado a contratar siete traductores, dos para el catalán, dos para el euskera, otros dos para el gallego y uno para el valenciano, para que pudieran entenderse unos con los otros. Esta carnavalada costó entonces unos 6.500 euros.
Ahora ya no se trata de ensayos. De manera oficial, el Senado estrenará el uso de las lenguas cooficiales los próximos días 18 y 19 de enero en el debate de las mociones, de acuerdo con la reforma del Reglamento aprobado parlamentariamente. A partir de ese primer pleno del año, los senadores podrán intervenir en cualquiera de dichas lenguas, lo que obliga a la Cámara a proveer de auriculares a todas y cada una de sus señorías y oficializar además la intervención de los traductores. Si tenemos en cuenta que el debate de las mociones en pleno dura dos días, cada mascarada nos va a costar a los españoles la cantidad de 11.950 euros.
Que una minoría de senadores, apuntados a un nacionalismo absurdo, se dirija a la mayoría de la Cámara Alta en sus respectivas lenguas cooficiales, para ser traducidos después al idioma que todos ellos conocen, es cuando menos una astracanada de muy mal gusto. Si esto no costara dinero, podría darse de paso, aunque aún así se trataría de una broma excesivamente pesada. Pero como cuesta mucho dinero, más del millón de euros anuales, deja de ser una broma y se convierte en una auténtica imbecilidad surrealista. Es imperdonable que el PSOE gaste así el dinero de los contribuyentes, aunque cabe esperar cualquier cosa de una formación política, cuyo líder máximo se atreve a confesar que la nación española es un “concepto discutido y discutible”.

Gijón, 5 de enero de 2011
José Luis Valladares Fernández