miércoles, 21 de abril de 2021

LA SUBVERSIÓN COMO SISTEMA POLÍTICO

 



Perdemos miserablemente el tiempo si tratamos de encontrar algo de coherencia intelectual entre los defensores acérrimos de la ideología comunista. El comunismo siempre ha sido una estafa manifiesta, que recurre continuamente a la mentira y al engaño para sobrevivir y progresar en el mundo de la política. Y Pablo Iglesias, por supuesto, es uno de esos comunistas de la nueva ola que, sin pararse en barras, se ríe de la verdad y le importa un bledo si su discurso tiene algo que ver, o no, con la realidad.

No olvidemos que, para los comunistas con cierta solera, como es el caso del líder de Unidas Podemos, no hay ningún valor universal y absoluto. Todo es relativo y cambiante. En consecuencia, lo que para el común de los mortales es una mentira flagrante, para estos comunistas no es nada más que una interpretación, más o menos teatral, de lo que realmente interesa, en ese preciso instante, a su propia formación política.

Hay que reconocer, que Pablo Iglesias desempeña perfectamente ese papel. Para empezar, es altivo y un  déspota inconmensurable y, por si fuera esto poco, va de listo por la vida. Además de vivir fastuosamente en el casoplón de Galapagar, como si fuera un auténtico marqués, actúa como si, en cuestión de inteligencia, estuviera a muchos años luz por encima de los ciudadanos normales de este país. Piensa, por lo tanto, que tiene todo el derecho del mundo a tutelar el comportamiento político de estos parias españoles.

Estamos, creo yo, ante un personaje siniestro, tremendamente  subversivo, que carece de principios y disfruta fomentando la agitación y la violencia callejera. El marrullero Iglesias se comporta como un farsante impresentable: se ríe desvergonzadamente de los que pasan estrecheces económicas y, a la vez, les pide que le ayuden desinteresadamente a instaurar el régimen bolivariano que se necesita para luchar contra los ricos y el capital.

Es verdad que la vida de Pablo Iglesias no se parece en nada a la que llevan los que tienen que ganarse el pan con el sudor de su frente. Predica una cosa, y hace exactamente  lo contrario. Todo el mundo sabe, que este comunista ejemplar, tanto si peina coleta como si peina moño, se sirve de la política para acrecentar su riqueza y disfrutar así de un bienestar mayor. Y sin embargo, obliga a los más desfavorecidos a seguir siendo pobres y a pasar necesidades. Les roba hasta la más mínima posibilidad de adquirir bienes con su trabajo y de aumentar sus propiedades privadas, obligándoles a vivir perpetuamente en la penuria y la miseria.

Para desarrollar su proyecto político en España, el chantajista Iglesias intentará acabar definitivamente con los pocos vestigios que quedan de la antigua y pujante clase media. No cabe duda que, mientras haya ciudadanos que mantengan cierta autosuficiencia económica, no habrá manera de imponer su propio modelo dictatorial. En consecuencia, tratará de solucionar el problema arruinando a los que, mal que bien, aún se valen por sí mismos.

No necesitamos recurrir a un arúspice experimentado para averiguar los planes de este desvergonzado sujeto, para liquidar nuestro régimen constitucional y acabar irremisiblemente con la poca libertad que nos queda a los españoles. Para conseguir semejante objetivo, Pablo Iglesias se dedica a complicar la vida al mundo del trabajo, sembrando odio y jaleando la violencia social para destruir empleo.

Desde que logró instalarse como un miembro más de la denostada ‘casta’, al dirigente de la formación morada le corroe la ratería y la mezquindad más extrema. No quiere, claro está,  que sus antiguos compañeros de fatiga sigan su propia trayectoria y terminen formando parte también de  la dichosa ‘casta’. Así que, para que no puedan liberarse fácilmente de su bondadosa y despótica opresión, hará todo lo posible para que España siga siendo un país subsidiado, endeudado y, por qué no, hasta sin empresas.

Hay que tener en cuenta, que el desquiciado Iglesias mantiene viva la obsesión de doblegar a los españoles con la revolución bolivariana de Venezuela, que es tan siniestra y letal como el viejo comunismo soviético. Y busca, cómo no, la manera de allanar el camino, empobreciendo aún más a los sufridos  ciudadanos de a píe. Sabe que los menesterosos, los que dependen de las colas del hambre y del Estado para subsistir son extremadamente obedientes y siguen ciega y sumisamente las indicaciones de quien les ayuda a vivir.

Y como Pablo Iglesias tiene cara para eso y mucho más, pasa olímpicamente de los derechos humanos más elementales y hasta del Estado de Derecho, ocupándose exclusivamente de abrir el camino  hacia el totalitarismo.  No es necesario advertir que, con ese comportamiento ilógico, no creamos riqueza y tampoco producimos bienestar. Crecerá exageradamente, eso sí, la pobreza y la miseria y, si no reaccionamos a tiempo, perderemos hasta el más mínimo vestigio de libertad humana. A cambio, se nos ofrece el tan traído y llevado paraíso que, como es sabido, termina siempre en el conocido infierno comunista.

No preocuparía mucho, si un golpista de opereta como Pablo Iglesias actuara solo. En ese caso, ya no sería escuchado nada más que por algún bucanero que otro. Pero desgraciadamente  cuenta con el respaldo explícito del presidente del Gobierno que padecemos, el desafortunado Pedro Sánchez. Es evidente que el presidente Sánchez ha dado muestras más que sobradas de su incapacidad para realizar  cualquier tipo de gestión. Y en este caso concreto, hace más daño por el puesto institucional que ocupa, que por lo que pueda decir o hacer. Y esto  deteriora nuestro Estado de Bienestar y acaba con buena parte de nuestra libertad pública.

Gracias a la colaboración de Sánchez, el insaciable Iglesias ya ha conseguido prohibir los despidos laborales por culpa del Covid-19. También ha logrado cambiar la ley anti-desahucios para proteger convenientemente a los ocupas, mientras dure el estado actual de alarma. Y lleno de satisfacción, no se cansa de celebrar la nueva Ley de Dependencia, que promete ayuda estatal a más de cuatro millones de españoles. De momento, esas ayudas no llegan. Pero eso es lo de menos, ya que los comunistas dan mucha más importancia a la propaganda que a la realidad.

Y como Pablo Iglesias es un bellaco incorregible, se aprovecha descaradamente del apoyo que recibe de Sánchez, para lanzar toda clase de diatribas, desde dentro del Gobierno, contra la Corona en general y, de una manera muy especial, contra el propio rey Felipe VI. Y tiene la poca vergüenza de derrochar igualmente odio y hostilidad contra la Iglesia, la libertad de expresión, la propiedad privada y hasta contra la legalidad vigente. Y el presidente del Gobierno, faltaría más, procura disimular, no sé si porque está de acuerdo con su vicepresidente, o simplemente porque le necesita para seguir disfrutando de La Moncloa.

Ahora, es verdad, Pablo Iglesias ya no es ni vicepresidente, ni siquiera ministro del Gobierno.  Y esto ha servido para que mucha gente lanzara cohetes al aire, porque Pedro Sánchez se ha librado finalmente del marrullero Iglesias. Y no es así. Yo no sé si hay diferencias más o menos insalvables entre ambos, si la deriva totalitaria del presidente es similar o no a la de su vicepresidente.

No obstante, sí podemos afirmar que el cese del guerrillero Pablo Iglesias no fue nada más que una escueta estratagema política para que todo siga igual. Y de hecho, nada ha cambiado con su salida del Gobierno, ya que el pacto social-comunista sigue intacto de momento. Y por si fuera esto poco, el revoltoso Iglesias sigue influyendo directamente en las decisiones del Ejecutivo.

Es indudable que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se odian profunda y sinceramente. Pero a pesar de todo, seguirán apoyándose mutuamente, porque quieren mantenerse al frente de sus respectivos proyectos políticos. Ambos líderes pretenden acabar, de una vez por todas, hasta con el último vestigio del régimen del 78. Precisamente por eso, se han solidarizado con los separatistas, y los animan a que insistan con sus planes insolidarios, porque saben que, rompiendo  la unidad de España, resulta mucho más fácil recuperar la República.

Y como Pablo Iglesias es más radical y más rocambolesco que el presidente Sánchez, no tiene empacho en conspirar públicamente contra la monarquía parlamentaria, para sustituirla, sin más preámbulos por una república comunista y bolivariana, como la que rige en Venezuela. Y tenemos a todos los cipayos y a los matones que le rodean, obligados por su propio líder,  cometiendo el disparate de alborotar y agitar artificialmente la calle, para acelerar la llegada de la nueva República.

 

Gijón, 18 de abril de 2021

José Luis Valladares Fernández


sábado, 3 de abril de 2021

EL SANCHISMO O LA PODEMIZACIÓN DEL PSOE

 

 


Por culpa de la actuación irresponsable de Pedro Sánchez, el malhadado y ficticio doctor que rige nuestros destinos, España camina irremediablemente hacia el fracaso económico y político más absoluto. De momento, ya ha desparecido el diálogo entre las distintas fuerzas democráticas, para dejar paso al absolutismo más absurdo y a la imposición de un extremismo generalizado francamente irracional. Hasta el mismo PSOE ha dejado de ser un vehículo de representación ciudadana, para convertirse en una mera plataforma de poder.

Todo esto es debido, cómo no, a que el ambicioso Sánchez entró en La Moncloa, con la intención de eternizarse en la presidencia del Gobierno. Y fue a las elecciones generales del 10 de noviembre de 2019,  dispuesto a barrer totalmente a la oposición. Y aunque no lo esperaba, se encontró con uno de sus más sonados fracasos, ya que, en ese proceso electoral, perdió otros tres escaños y peligraba seriamente su investidura como presidente.

Y como el voluble Pedro Sánchez no estaba dispuesto a tirar la toalla y marcharse definitivamente a su casa, decidió echarse en brazos de un personaje tan problemático como Pablo Iglesias, para mantenerse al frente del Gobierno. Y sin más preámbulos, a cambio del apoyo que necesitaba para la investidura, se comprometió a formar un Gobierno de coalición con Podemos, similar en todo al del Frente Popular de 1936.

Hay que reconocer que, con este inesperado ofrecimiento, a Pablo Iglesias se le abrieron los cielos. Estaba quedándose prácticamente en cuadro, ya que llevaba tres elecciones generales perdiendo votos y le estaban dando la espalda hasta antiguos compañeros de fatigas. Y entrando en el Gobierno, volvía a recuperar la esperanza y la ilusión. Por lo tanto, no podía rechazar tan sorprendente oferta.  Y mucho menos, sabiendo que, sin el apoyo de Podemos, Pedro Sánchez era un hombre al agua. Así que, hasta podía imponer sus propias condiciones.

Y aunque no era nada más que un desquiciado conspirador, defensor a ultranza de un populismo verdaderamente abyecto y despreciable, consiguió algo que no esperaba nadie, cinco ministerios para la formación morada y la vicepresidencia segunda del Gobierno. Y hasta se permitió el lujo de integrar, ahí es nada, varias proposiciones suyas en el programa de Gobierno, elaborado por el entorno del presidente.

No es de extrañar, por lo tanto, que la podemización del PSOE comenzara realmente en el momento mismo de la toma de posesión del nuevo Gobierno de coalición. Hay quién dice que esta mimetización del presidente Sánchez con Pablo Iglesias no es nada más que el famoso abrazo del oso, para dejar a la formación morada sin espacio político, para que desaparezca en los próximos comicios. En ese caso, también desaparecería el PSOE, porque se quedaría igualmente sin espacio político para sobrevivir

Pero resulta sumamente sospechoso el silencio de Pedro Sánchez, ante los ataques lanzados contra la democracia, por los portavoces de los grupos nacionalistas, separatistas y de los filo-etarras  de Bildu. En sus respectivas intervenciones los días 2 y 3 de enero de 2020, con motivo de la investidura, se acusó a España de querer solucionar los problemas políticos, aplicando “recetas autoritarias”. Y sacaron a relucir, faltaría más, los presos políticos.

Los miembros de esa horda de trúhanes se despacharon a gusto, lanzando feroces ataques en general, contra lo que ellos llaman el régimen del 78, y ciscándose especialmente sobre la Constitución que nos hemos dado los españoles. Trataron, eso sí, de desprestigiar la institución monárquica, llegando incluso a insultar gravemente al Rey, tildándole de “autoritario”.

Y por lo que parece, o Pedro Sánchez, en vez de escuchar, estaba tocando el ‘violón’ y no se enteró de nada, o  estaba simplemente de acuerdo con traspasar todas las líneas rojas, marcadas por la democracia para garantizar la convivencia. Si analizamos detenidamente su contestación a tanto despropósito, tenemos que admitir que asume las propuestas de todos esos peligrosos vende patrias.

No olvidemos que, en su discurso de contestación, en vez de reprochar tanto desafuero, aparece el verdadero Pedro Sánchez, y se compromete firmemente a poner fin a la “judicialización del conflicto político de Cataluña”. Y como si hubiera recibido ya los entorchados de caudillo bolivariano, al estilo de Hugo Chávez, da a entender que no permitirá que los jueces persigan a los que infringieron la ley, con la Declaración Unilateral de Independencia del 27 de octubre de 2017.

En realidad, no hacía falta que abriera la boca el aspirante a ser investido presidente para  dejar constancia de la deriva  o el travestismo irreversible que sufre el PSOE, a pesar de sus 140 años de historia. Y todo naturalmente, por culpa de la nefasta actuación de sus líderes actuales. Para llegar a esa conclusión, bastaba con escuchar el aplauso cerrado, que la bancada socialista dedicó a la presidente del Congreso, Meritxell Batet, cuando justificó como libertad de expresión, los ataques que los enemigos de la unidad de España lanzaban desde la tribuna contra la institución monárquica, .

Y por si todo esto fuera poco, vino detrás Adriana Lastra,  la portavoz del grupo socialista y, sin pensarlo dos veces, llama  extremistas a todos los diputados que voten en contra del candidato oficial del partido socialista. Y termina su discurso, quién lo diría, ensalzando al extravagante portavoz de ERC, Gabriel Rufián, aunque sabía perfectamente que también estaba detrás de la reciente y fallida declaración de independencia.

Está visto, que Pedro Sánchez fue presa de un delirio populista y se dejó arrastrar por los aparentes encantos de los sermones políticos del profeta ultraizquierdista que lidera Podemos. Y al fiarse de semejante visionario, muchos de los acuerdos del Consejo de Ministros terminaron contaminados con ideas comunistas de la propia formación morada. Y esto, claro está, hace mucho daño a España y está asfixiando irremisiblemente a un partido como el PSOE, que tuvo una contribución tan positiva, en la reconciliación entre los españoles.

Es evidente, que el presidente Sánchez  está siendo tremendamente  desleal con España y hasta con su propio partido. Y como quiere eternizarse indefinidamente en La Moncloa, sigue al pie de la letra la agenda del populismo neocomunista que le dicta el embustero Iglesias, consumando así la  podemización del PSOE y la balcanización de España.

Y para que no falle nada, el irresponsable Pedro Sánchez se ha involucrado resueltamente  en ese desquiciado proyecto de cantonalismo del país, asociándose con todos los enemigos declarados de España, entre los que encontramos a Bildu, ERC, BNG, CUP y otras formaciones por el estilo. Y como no piensa nada más que en sí mismo, no hace más que dar cuerda a toda esa marea de independentistas, sin pensar en las posibles consecuencias. Y hasta trata de llevar esa anómala disgregación  a otras regiones que, hasta ahora, no habían dado problemas en ese sentido, como es el caso de León, Cartagena, Extremadura e incluso Teruel.

Para no tener problemas y evitar completamente cualquier tipo de estorbo a su plan, el maniqueo Sánchez procuró deshacerse de los barones sensatos del verdadero PSOE y de todos los socialdemócratas que tuvieron una actuación tan positiva y beneficiosa para lograr el famoso pacto de la Transición a la democracia. Como hizo Ramón María Narváez, acabó con todos sus posibles enemigos, dejándoles, eso sí, como simples figuras decorativas del partido.

Es verdad que Narváez, que hizo de las suyas durante el reinado de Isabel II, no tenía tampoco enemigos. Había terminado con todos ellos. En una de sus anécdotas, se cuenta que, estando en su lecho de muerte, a la pregunta que le hace el capellán que le confesaba de si perdonaba a sus enemigos, el famoso ‘espadón de Loja’ contestó escuetamente: “No puedo perdonar a ninguno, porque los he matado a todos”

 Gijón, 29 de marzo de 2021

 José Luis Valladares Fernández

 


lunes, 22 de marzo de 2021

JAQUE A LA PAZ SOCIAL Y A LA DEMOCRACIA



 

En el refranero español, encontramos muchas sentencias que expresan verdades incontrovertibles, que no tienen vuelta de hoja. Y uno de esos dichos populares, que reza así: “el que mucho presume, de mucho carece”, retrata perfectamente al ególatra Pedro Sánchez, el presidente actual del Gobierno que padecemos.

Conociendo al líder del PSOE, es de suponer que le hubiera gustado entrar en La Moncloa a lo grande, en olor de multitudes y hasta con fanfarria y por la puerta principal. Pero en este caso no fue así y, si quiso entrar, qué le vamos a hacer, tuvo que utilizar la puerta de servicio. Para poder salir con la suya, utilizó una moción de censura irregular, ya que no cumplía estrictamente con todos los requisitos exigidos por la Constitución.

Para empezar, la moción de censura contó con muchos síes, que no eran nada más que rotundos noes a Mariano Rajoy. Y no olvidemos que está basada en un inciso improcedente, que el juez José Ricardo de Prada introdujo en la sentencia de Gürtel con la malsana intención de perjudicar al Partido Popular. Y ese inciso, claro está, fue retirado posteriormente por el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, por su evidente  falta de imparcialidad.

De todos modos, como Pedro Sánchez es capaz de presumir hasta de su propia sombra, dice que aterrizó en la presidencia del Gobierno, entre otras cosas, para “recuperar la normalidad institucional” y para “regenerar la política española”. Y sin más, inició su mandato, dando muestras de una superioridad moral aplastante que no tiene y aparentando saber bastante más de lo que realmente sabe. Un poco más, y nos suelta la locución latina “Veni. Vidi. Vici” (vine, vi, vencí), que utilizo Julio Cesar, para comunicar al Senado Romano su victoria en la batalla de Zela, contra el rey del Ponto, Farnaces II.

Y desde el primer momento, el presidente Sánchez, trata de engrandecerse artificialmente ante su clientela, comprometiéndose a luchar contra las desigualdades sociales, ayudando preferentemente a los que más sufren, a los más desfavorecidos por la fortuna. Con su llegada a la presidencia del Gobierno, según cuentan sus cipayos más cercanos, abrió “un nuevo tiempo de esperanza”, en el que predomina el diálogo, sobre todo el “diálogo constructivo”. Y piensan que, con ese diálogo, conseguirá la ansiada regeneración democrática y acabará, de una vez por todas, con la injusticia social.

Lo malo es que la palabra, si no está acompañada por otras cualidades, se convierte en palabrería, en verborrea  inútil, que complica aún más la situación. Y eso es precisamente lo que le está pasando al envalentonado Pedro Sánchez. En un arrebato de irresponsabilidad, se le antojó asumir la presidencia del Gobierno, más que nada para presumir y disfrutar de la adulación y los agasajos que  proporciona ese cargo. Y eso fue determinante para que la economía y el empleo, comenzaran a sufrir inmediatamente los efectos catastróficos de su pésima gestión pública.

Pero no termina aquí  la funesta actuación del imprevisible presidente Sánchez. Se ha cansado de repetir, una y otra vez, que no pactaría jamás con las huestes de Podemos. Empezó con esa cantinela, que yo sepa,  en septiembre de 2014, poco tiempo después de hacerse con la Secretaría General de su partido. En aquella ocasión, afirmó explícitamente ante los micrófonos de Antena 3: "Ni antes ni después El PSOE pactará con el populismo. El final del populismo es la Venezuela de Chávez, la pobreza, las cartillas de racionamiento, la falta de democracia y, sobre todo, la desigualdad".

Casi cinco años después, Pedro Sánchez seguía pensando que no podía “gobernar con alguien como Iglesias, que no defiende la democracia”. Y el 19 de septiembre, cuando ya llevaba más de cuatro meses como presidente en funciones, reiteró nuevamente, ante los micrófonos de La Sexta, que no podía confiar en el líder de Podemos. Y soltó esta llamativa perla: “Si hubiera aceptado las exigencias de Pablo Iglesias hoy sería presidente del Gobierno. Pero sería un presidente que no dormiría, como el 95% de los españoles, incluidos votantes de Unidas Podemos”.

Pero llegaron las elecciones generales del 10 de noviembre de ese mismo año y, mira por dónde, el presidente Sánchez se encontró ante una tesitura sumamente complicada: o aceptaba los postulados de Iglesias, para formar un Gobierno de coalición con Podemos, o corría el riesgo serio de perder la poltrona.

Y para mantenerse en La Moncloa por encima de todo, el sorprendente Pedro Sánchez se olvidó de sus fundados temores y, sin esperar a más, procuró colmar satisfactoriamente las desmedidas apetencias del quisquilloso Pablo Iglesias, nombrándole vicepresidente segundo del Gobierno. Le acompañan en el Ejecutivo, ocupando sendas carteras ministeriales, otros cuatro miembros de Podemos, aunque alguno de ellos no vale ni para concejal de pueblo.  

Para llegar a esa entente con el líder máximo de Unidas Podemos, el aspirante a perpetuarse  indefinidamente en La Moncloa decidió traicionarse a sí mismo, sabiendo que, así, deslegitimaba su mandato y perjudicaba seriamente al PSOE y a todos los españoles. A pesar de todo, tiene muy poca importancia  que el presidente Sánchez recurra, o no, a los somníferos para conciliar el sueño. Nos preocupa, eso sí, el insomnio que padecemos ahora los sufridos ciudadanos españoles.

Al traicionar Pedro Sánchez a quienes confiaron en él, comenzó a crecer precipitadamente la inestabilidad y el extremismo en España, perturbando así el sueño de todos nosotros. Y como el deterioro  de las instituciones públicas es ya prácticamente imparable, terminaremos asfixiados por el populismo bolivariano de Venezuela. Y por desgracia, no habrá sedante alguno que pueda mitigar las terribles noches toledanas que nos esperan.

Ese pacto con Podemos, acrecentó aún más la recesión económica que ya padecíamos y aceleró la destrucción de empleo. Y esto, como era de esperar, intensificó considerablemente las críticas contra el Gobierno y aparecieron las primeras discrepancias dentro del propio partido con el presidente del Gobierno.

La reacción del endiosado Pedro Sánchez no se hizo esperar. Quería acabar tajantemente con las duras críticas y cortar de raíz las incipientes suspicacias de los barones de su propio partido. Y para eso, necesitaba engañar a la ciudadanía española. Así que, vociferando destempladamente ante el líder de la oposición, Pablo Casado, hizo esta ilusoria afirmación: “mi tarea como presidente es garantizar la estabilidad política”. Y con su fanfarronería habitual, agregó que haría “frente a la emergencia sanitaria y la vacunación”, ocupándose a la vez  de la  “recuperación económica” y de la “creación de empleo y justicia social”.

Pero ya lo dice el refranero español: del dicho al hecho hay mucho trecho. Y todos sabemos sobradamente lo que puede dar de sí un personaje tan presumido y lenguaraz como el presidente Sánchez. Con exhibirse y pavonearse en sus rebuscadas apariciones públicas, para ganar músculo demoscópico, ya tiene bastante. Pero no esperes que aporte alguna solución útil y acertada para luchar  eficazmente contra la terrible pandemia que nos aqueja y contra el hundimiento generalizado de  nuestra economía. Gracias a su manifiesta incapacidad, España es ahora mismo el farolillo rojo de toda Europa.

Es sabido que, en la mayor parte de las actuaciones del Gobierno social-comunista actual, aparece claramente la mano negra de  Pablo Iglesias. Este desvergonzado personaje, llevó también la voz cantante en redacción de los pactos del PSOE con Podemos y, no contento con esto, se las arregló para llevar a Pedro Sánchez al huerto de ERC y de Bildu. Y no cabe duda que está detrás de muchas  de las decisiones económicas que padecemos.

No es de extrañar, por lo tanto, que haya voces más o menos autorizadas, hasta dentro del  propio PSOE, que culpen al líder ultraizquierdista  del desastre económico que padecemos, y pidan insistentemente al presidente Sánchez que prescinda ipso facto de su vicepresidente segundo. De todas formas, eso no solucionaría nada, porque el problema sigue siendo de quien rige nuestros destinos. Y eso nos lleva a pensar que, tanto si el estalinista Iglesias está dentro como si está fuera del Gobierno, tendremos que enfrentarnos también a la pandemia del hambre y la miseria, que ya ha comenzado a extenderse por España.

De momento, los datos son francamente inapelables. Aunque el Gobierno no quiera reconocerlo, ya contabilizamos más de 100.000 muertos por culpa del coronavirus y la ruina económica sigue creciendo de manera constante y desmesurada. Sin ir más lejos, cerramos el año 2020, qué le vamos a hacer, con el desplome de un 11% del PIB, desconocido hasta ahora. Y por si esto fuera poco, a finales de diciembre de ese mismo año, el déficit de la Seguridad Social superaba los 20.000 millones de euros. En ese momento, quién lo iba a decir, España debía ya 122.439 millones de euros, un nivel de deuda nada menos que del 17,1% del PIB.

Es muy posible que, si el despótico Pablo Iglesias abandona definitivamente el Ejecutivo, recuperemos una buena parte del crédito exterior, dilapidado gratuitamente por Pedro Sánchez. Y todo por su evidente falta de pericia y de madurez. Pero no nos hagamos ilusiones, porque eso no implica en absoluto una mejoría reseñable en la forma de gobernar a los españoles.

Pero no debemos olvidar que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se necesitan mutuamente y, si no quieren acabar ambos en la marginación y en el olvido, están obligados a entenderse. El aburguesado líder de Podemos podrá contar con más o menos diputados, pero para ser alguien y no verse abocado al ostracismo, necesita el apoyo decidido de Sánchez. Y como no podía ser menos, al imprevisible caudillo Pedro Sánchez le pasa exactamente lo mismo. Sin la colaboración y el apoyo de Pablo Iglesias, tendría que renunciar a una buena parte de sus ambiciones napoleónicas y hasta se vería obligado a salir de La Moncloa. 

Y como fracasó rotundamente la diabólica alianza entre el POSE y ciudadanos, para usurpar la Autonomía de Madrid al Partido Popular, el maquiavélico Iglesias abandona su cartera ministerial y deja el Gobierno. Y todo, porque sabe que, si no encabeza personalmente la candidatura de Podemos a las elecciones madrileñas, es muy posible que se repita el morrocotudo fracaso que tuvo que soportar en el País Vasco y, sobre todo, en Galicia.

Este hecho, sin embargo, no altera en modo alguno el respaldo que se prestan voluntaria y recíprocamente estos dos cesaristas paranoicos, para socavar poco a poco el régimen del 78. Pedro Sánchez dormirá muy mal, porque se le atragantará, de vez en cuando, la verborrea asamblearia del fantoche del moño y su propensión a organizar escándalos callejeros. Y el altivo y desdeñoso Pablo Iglesias hará lo mismo, por la cuenta que  le tiene, con el endiosamiento y con las mentiras habituales del siniestro personaje que, para nuestra desgracia, ocupa momentáneamente la presidencia del Gobierno.

Gracias a la prepotencia abusiva del conspirador Sánchez y la facundia del supremacista Iglesias, los españoles estamos viviendo un psicodrama muy conflictivo y desquiciante. Ya no sabemos si el mundo que nos rodea es real, o es algo meramente imaginado o fantaseado. Por culpa de sus embustes y maquinaciones, hemos perdido el rumbo y vamos camino del desastre económico y social más absoluto.

Es evidente que estos dos políticos son, ante todo, unos vividores y, en consecuencia, anteponen siempre sus intereses particulares a los generales y se olvidan naturalmente del bien común. Se comportan, no faltaba más,  como Píramo y Tisbe, los dos amantes legendarios que encontramos en la mitología griega.

Ni que decir tiene, que a Píramo y Tisbe les unía un amor entrañable y sincero. Pero Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, por el contrario, se odian intensa y profundamente. Les une, eso sí, el interés propio, y el deseo insaciable de satisfacer  su ambición y su ego personal, a costa de lo que sea. No obstante, esperemos  que los españoles salgan, de una vez, de ese prolongado letargo y saquen a estos dos embaucadores de la vida pública, y los devuelvan a la vida privada, de donde nunca debieron salir.

 

Gijón, 18 de marzo de 2021

            José Luis Valladares Fernández      

viernes, 5 de marzo de 2021

LA BURGUESÍA COMO META INDISCUTIBLE

 




Es algo francamente lamentable, pero siempre ha habido engañabobos que, aprovechando la ingenuidad de una buena parte de la ciudadanía, predican la colectivización de todos los bienes y la igualdad económica más absoluta. Dicen que, para redimir a los pobres y a los desheredados, hay que acabar con la propiedad privada, y poner todas las riquezas: la tierra, el dinero y los demás bienes al servicio de la comunidad.

Pero no escuchemos a estos evangelizadores ocasionales ya que, son incoherentes, e incapaces de vivir de acuerdo con sus encendidos sermones. Utilizan desvergonzadamente sus prédicas o alocuciones para aparentar que se dedican  a proteger y a liberar a los desarrapados y menesterosos, cuando en realidad, no buscan nada más que utilizarlos como escabel para poder vivir personalmente, sin mucho esfuerzo, como auténticos burgueses.

Esto es, ni más ni menos, lo que hizo el mundialmente famoso Karl Marx. Este político alemán, de origen judío, se cansó de clamar  contra la opresión y la explotación de los más desfavorecidos por la fortuna. Y para simular que buscaba desinteresadamente la defensa de la clase obrera, nos dejó varios conceptos, como ‘la lucha de clases’ o la ‘dictadura del proletariado’, que han sido muy manoseados a lo largo de la historia.

Pero eso sí, vivió siempre como un auténtico burgués, sin trabajar y sin estudiar, abusando siempre del vicio y del desorden. Primero, cómo no, a costa naturalmente de sus progenitores, que pertenecían a una clase media acomodada. Y cuando llegó el momento, se retrató a sí mismo, casándose con Jenny von Westphalen, una  baronesa de la clase dirigente prusiana, ya que así podía mantener indefinidamente su habitual estilo de vida. A partir de entonces, claro está, sería la familia de su mujer, la encargada de sufragar una buena parte de sus gastos.

Con ese discurso absorbente y totalitario, Karl Marx logró embaucar a mucha gente, y aún sigue teniendo cantidad de prosélitos en todo el mundo. Y España, por supuesto, no es una excepción. Pero, eso sí, para los que siguen actualmente sus pasos, tienen mucha más importancia sus métodos autocráticos que su doctrina, porque así pueden llegar a  mejorar su situación personal. Y eso solo se consigue, si logras integrarte  en  la lista secreta de personas ‘confiables’ que, en la Unión Soviética, recibía el nombre de ‘nomenclatura’.

Y un aspirante serio, entre nosotros, a ocupar el número uno en esa lista de ‘confiables’ es precisamente Pablo Iglesias Turrión. Como consecuencia de la crisis económica, que se inició en el año 2008, y las medidas  de austeridad, adoptadas por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, miles de personas comenzaron a ocupar plazas y calles. Estaban indignados y trataban de airear públicamente su frustración, por el trato que recibían de los políticos y de las distintas instituciones. Y el enfado de los indignados terminó explotando el 15 de mayo de 2011.

Cuando los líderes, que manejaban esas manifestaciones y acampadas, quisieron darse cuenta, ya se había adueñado Pablo Iglesias de la crispación y del malestar social que reinaba en la calle, plasmando seguidamente todas las demandas de esos grupos en un programa político, que pensaba utilizar en las próximas convocatorias electorales.

Para defender los postulados que demandaban todos los implicados en el Movimiento del 15M, en los próximos procesos electorales, necesitaban crear urgentemente una formación política concreta. Para conseguir semejante objetivo, una treintena de activistas sociales, ligados a la cultura y al periodismo, firman el manifiesto Mover ficha: convertir la indignación en cambio político’, iniciando así la creación de ese partido. Y hay alguien que, inspirándose  en el lema “yes, we can”, utilizado profusamente por Barack Obama para abrirse camino a la Casa Blanca, se le ocurrió bautizar a esa nueva fuerza política con el nombre de Podemos.

De acuerdo con la legislación vigente, la nueva agrupación, que acababa de nacer, fue inscrita en el Registro de Partidos Políticos del Ministerio del Interior el 11 de marzo de 2014. Y aunque no estaba entre los firmantes del manifiesto fundacional, esa formación política estaba presidida, que casualidad, por el inevitable  Pablo Iglesias. Es muy posible que, para esa designación, pesara mucho, creo yo, la proyección mediática innegable del personaje y, por supuesto, el carisma que tenía de aquella.

Y casi sin tiempo para confeccionar el programa político correspondiente, Podemos aúna fuerzas con otros partidos y movimientos de extrema izquierda, y se presenta, sin más, a las elecciones del 25 de mayo al Parlamento Europeo. Querían dar la campanada, y lo consiguieron, ya que obtuvieron un resultado claramente espectacular. Fue la  cuarta fuerza política más votada, logrando nada menos que 5 escaños.

Como consecuencia de esos comicios, comenzaron a dispararse todas las encuestas a favor de la nueva formación política y de sus dirigentes. Dos meses después de esas elecciones, según el sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), Podemos ya superaba al PSOE en intención directa de voto, y se aproximaba al Partido Popular. Y en todos los medios que intervenía su secretario general, Pablo Iglesias, se disparaban las audiencias.

Y llenos de euforia, y en estado prácticamente de shock  por el triunfo cosechado, los dirigentes de Podemos comienzan a preparar la Asamblea ciudadana ‘Sí se puede’, que pensaban celebrar el próximo otoño. En dicha Asamblea, que se celebró entre el 15 de octubre y el 15 de noviembre de 2014, se constituyó oficialmente el nuevo partido político. Como era de esperar, Pablo Iglesias volvió a ser elegido secretario general de Podemos con el 88,7%, de los 107.488 votos emitidos.

Y en las elecciones autonómicas, celebradas a lo largo del año 2015, Podemos consiguió hacerse con una representación suficientemente aceptable  en todas las Autonomías de la geografía española. Y esto es determinante para que el secretario general de Podemos, con todo su equipo, comience a diseñar su estrategia política particular, para presentarse a las próximas elecciones generales, convocadas para el 20 de diciembre  de 2015.

Estos comicios los gana el Partido Popular, pero Mariano Rajoy desecha firmemente optar a la investidura. Se presenta Pedro Sánchez, que cuenta con el apoyo de la muchachada ciudadana de Albert Rivera. Y como el secretario general del PSOE no consigue los votos necesarios para ser investido presidente, se abre un nuevo proceso electoral, fijado para el 26 de junio de 2016.

En estas elecciones, Pablo Iglesias encabeza la lista de Unidos Podemos, que es la coalición formada por Podemos con las huestes de Izquierda Unida, que dirige Alberto Garzón y con otras fuerzas minoritarias, defensoras a ultranza de la igualdad social y del igualitarismo. Y el líder de Podemos acude a este encuentro con las urnas con renovado entusiasmo, porque estaba completamente seguro de dar el ‘sorpasso’ al PSOE, tal como vaticinaban casi todas las encuestas.

Pero el optimismo desmedido del cuartel general de Unidos Podemos fue desapareciendo progresivamente a medida que avanzaba el escrutinio, convirtiéndose al final de la noche electoral, en una sensación inaguantable de frustración y fracaso. Y como fallaron estrepitosamente las expectativas, Pablo Iglesias, Alberto Garzón y demás miembros de Unidos Podemos despertaron del sueño imposible del ‘sorpasso’, y tuvieron que conformarse con los 71 escaños que sacaron.

Y Unidos Podemos que, en atención a la lucha del movimiento feminista, pasará a ser Unidas Podemos, cerró la noche con un mitin de Iglesias, animando a su parroquia a resistir. Les recordó que Salvador Allende tardó cuatro elecciones  en conseguir el triunfo. Y nosotros, dijo, “seguimos llamando a las puertas del cielo”. Y añadió: “nacimos para ganar y vencer” y “esto acaba de comenzar”. Pero la realidad es  tremendamente tozuda, y lo que parecía ser un tsunami arrollador, se desinfló muy pronto, y no tardamos mucho en comprobar que solo se trataba de una simple amenaza.

Y de hecho, Unidas Podemos comenzó muy pronto a perder apoyos. Y esa pérdida de respaldos se intensificó afortunadamente, aún más, a partir de las elecciones generales de junio de 2016. No es de extrañar, por lo tanto, que las mesnadas  populistas asistieran divididos y enfrentados a su segunda Asamblea estatal, conocida como Vistalegre 2, que se celebró el 11 y el 12 de febrero de2017.

Son dos grupos irreconciliables entre sí. Por un lado estaba el omnipresente Pablo Iglesias, que trata de hacerse con todo el poder. Y en la acera opuesta, estaba Íñigo Errejón, que pretende conservar, al menos, el puesto de relevancia que venía desempeñando, para seguir siendo el número 2 de la formación morada.

En esta segunda Asamblea estatal, se enfrentan dos Podemos distintos. Un Podemos más radical y más izquierdista que dirige el tabernario Pablo Iglesias, y un Podemos más posibilista, más sensato y moderado que viene defendiendo Íñigo Errejón. Y se abrió Vistalegre 2 con el plebiscito presentado por Iglesias, al afirmar que, o lo ganaba todo, o se marchaba. Y como las bases se decantaron mayoritariamente por el Podemos más extremista y revolucionario, el que quiere llevar la lucha a las calles, se cerró la segunda Asamblea estatal, con un triunfo contundente de Pablo Iglesias y con Errejón en la cuerda floja.

El reelegido líder se enfrenta ahora al reto de recomponer la unidad del partido de Unidas Podemos. Y trata de conseguirlo,  vilipendiando despiadadamente a los ricos, a los burgueses, a los que llama despectivamente ‘la casta’. Y asegura, que seguirá estando al lado de los menos afortunados y que defenderá, contra viento y marea, a su gente, a los del pueblo llano y a todos los que viven humildemente de su trabajo y necesitan ayudas sociales.

Y como la hemeroteca ha dejado a Pablo Iglesias con las vergüenzas al aire, ya no habla de Vallecas, ni critica a “los políticos que viven en Somosaguas, que viven en chalets, que no saben lo que es coger el transporte público o el precio de un café”. Por razones meramente tácticas, ya no le oiremos decir, refiriéndose  a Luis de Guindos, que poner a un millonario al frente de la política económica, “es como entregar a un pirómano el Ministerio de Medio Ambiente”.

Como cualquier impostor, Pablo Iglesias sigue cantando continuamente las excelencias  de la  vida de los de abajo, de los que suele llamar ‘sus gentes’. Y como ahora ya no es el mileurista que utilizaba frecuentemente el transporte público, que vivía “tan a gustito” en un piso humilde del madrileño barrio de Vallecas, se ha ido a vivir, con Irene Montero, a un Dúplex en Rivas-Vaciamadrid, que es bastante más amplio y cómodo que el piso vallecano.

Y aunque al impresentable caudillo de los morados le gusta más la opulencia que las estrecheces y se siente fuertemente atraído por la vida muelle que llevan los burgueses, sigue cantando las excelencias de la vida de los de abajo, de los que pasan necesidades y tienen que hacer auténticos milagros para llegar a fin de mes.  Sabe que es un incoherente, porque predica una cosa y hace exactamente la contraria, pero como confía en la insensatez de las gentes que tienen que ganar el pan con el sudor de su frente, piensa que ya no necesita disimular sus continuas contradicciones.

A partir de ese  momento, el fatuo Pablo Iglesias, comenzó a vivir a lo grande, como han vivido siempre los aparentemente odiados capitalistas. Y para que las gentes del pueblo, los que trabajan, no descubran el engaño y sigan prestándole sus votos, se presenta como si fuera uno de titanes que, según la mitología, se enfrentaron valientemente a los dioses del Olimpo,  para iniciar el famoso ‘asalto a los cielos’, para tratar de mejorar la situación económica y social de los que tienen que vivir necesariamente de su trabajo.

Y como no podía ser menos, el exigente 'ethos' de Pablo Iglesias y de su pareja Irene Montero, les instaba insistentemente a mejorar su situación personal. Así que ya no les bastaba  con imitar el comportamiento y la vida típica de los burgueses. Tenían que vivir también entre la propia burguesía. Y sin pensarlo dos veces, abandonaron el Dúplex de Rivas-Vaciamadrid, y se marcharon a vivir al casoplón de 268 metros construidos, que compraron en  Galapagar. El chalet está construido dentro de una parcela de más de 2.000 metros cuadrados, tiene piscina, un amplio jardín y cuenta, además, con una casa independiente para invitados.

Y se instalaron en su nueva mansión de Galapagar, rodeándose de todas las comodidades habidas y por haber. Y hasta se rodearon de una servidumbre abundante, más propia de aristócratas que de simples dirigentes comunistas, que se jactan  de estar al frente de un numeroso grupo de populistas baratos y bolivarianos. Y justamente por eso, por ser comunistas, y por llevar un tren de vida que no tiene nada que ver con lo que pregonan, esta pareja no fue muy bien recibida en la sierra madrileña.

Y para colmo de males, esa especie de rechazo social se acentuó aún más cuando, por decisión del presidente  Pedro Sánchez, Pablo Iglesias se convierte en vicepresidente segundo del Gobierno, e Irene Montero se hace con el Ministerio de Igualdad. A partir de ese momento, en las calles de Galapagar, siempre ha habido manifestantes que, con banderas de España y cánticos de Manolo Escobar,  expresan ruidosamente sus protestas contra los líderes de podemos.

Aunque parezca extraño, hay calles de Galapagar por la que no pueden pasear libremente ni sus propios vecinos. Un nutrido grupo de Guardias Civiles, que se encarga de proteger la intimidad de dicha pareja, impide que  los inoportunos viandantes se acerquen a los aledaños del dichoso casoplón. Y como no hay manera de realizar un escrache explícito  a sus moradores, los que realizan esas protestas derrochan ingenio a raudales para que, al menos los ecos de esos alborotos callejeros, traspasen la incómoda barrera policial y molesten e incomoden de verdad a los nuevos ocupantes de ese chalet.

Y por lo que parece, quién lo iba a decir, tanto el vicepresidente, como la ministra, se sienten sumamente enojados por esos escraches a veces un tanto originales. Y como ya están hartos de lo que el propio Pablo Iglesias, en su programa de Fort Apache, bautizó como “jarabe democrático de los de abajo”, ya han comenzado a buscar una nueva residencia.

Como buscan desesperadamente preservar su privacidad, están barajando la posibilidad de aterrizar en otra zona exclusiva de la presierra madrileña, en la ciudad residencial La Berzosa, en las proximidades de Torrelodones  y Hoyo de Manzanares. De momento, han puesto los ojos en la reconstrucción de un chalet, tan amplio y tan lujoso o más, que el de Galapagar.

De todos modos, es incomprensible, que haya personas que subsisten a base de soportar auténticas estrecheces económicas, y apoyen incondicionalmente a unos vividores, que pertenecen  a ‘la casta’ y que solo se acuerdan de los que dicen defender, cuando necesitan sus votos para conservar o incrementar sus privilegios.

 

Gijón, 24 de febrero de 2021

 

José Luis Valladares Fernández